Louis-Joseph François nació en Busigny, en la diócesis de Cambrai, el 3 de febrero de 1751, de Joseph François, labrador, y de Anne Legrand. Hizo sus estudios clásicos, bajo la dirección de los Padres Jesuitas, en el colegio de Château-Cambresis. Al final de su retórica, Dios le inspiró el deseo de entrar en la familia religiosa de san Vicente de Paúl. Dócil a la voz que se hacía oír dentro de él, pidió su admisión al superior general de la Congregación de la Misión, que le acogió con gozo en San Lázaro. Comenzó su seminario interno el 4 de octubre 1766, con apenas quince años y medio de edad y debió, al término de los dos años de probación, esperar a cumplir los diecinueve para pronunciar los votos. El 4 de febrero de 1769, se le vio arrodillarse humildemente junto al altar y darse a Dios sin reserva. Fue siempre de los que saben gustar los encantos de la vida de comunidad. Sus cartas, llenas de la felicidad que experimentaba despertaron en el corazón de sus hermanos y hermanas que seguían en el hogar de la familia, un sentimiento de noble emulación. Jean-Baptiste vino el primero; fue recibido en el número de los hijos de san Vicente, el 25 de agosto de 1772, el 15 de junio de 1775, Marie-Anne era admitida en las Hijas de la Caridad. El 26 de mayo de 1779 Jean-Jacques François entraba a su vez en el seminario interno de la Misión.
–Jean Jacques François, nacido el 25 de mayo de 1760, formaba parte del personal del seminario Saint-Simón de Metz en el momento en que el gobierno revolucionario cerró los establecimientos religiosos.
En esta época, Louis-Joseph había dejado San Lázaro. Sus superiores le habían confiado una cátedra en un seminario mayor. El joven profesor se aprovechaba de del escaso tiempo que sus obligaciones profesionales le dejaban para entregarse al ministerio de la predicación. «El Sr. François, escribe el Sr. Boullangier, había mostrado en sus jóvenes años una gran ardor y talentos raros para la verdadera elocuencia «. Sus raras cualidades atrajeron sobre él la atención del Sr. Jacquier, Superior general de la Congregación de la Misión que le confió, el 13 de octubre de 1781, la dirección del seminario mayor de Troyes.
El nuevo superior no tenía más que treinta años; mas para quien sabe ver y comprender, la juventud no excluye la experiencia. El Sr. François justificó plenamente la confianza que sus superiores habían puesto en él, demasiado plenamente tal vez, para él, ya que le sacaron pronto de un obispo y de una diócesis a las que se había apegado para elevarle a las más altas funciones de la Congregación.
El Sr. François Bourgeat, entonces secretario general de la Compañía, comprendiendo que su edad y sus debilidades no le permitían ya cumplir convenientemente sus funciones, ofreció su dimisión, que fue aceptada. Se le dio como sucesor al Sr. François.
El Sr. François se ganó pronto la estima de todos dentro y fuera. Con ocasión de un triduo que se celebró en 1686 para conmemorar el centenario de la fundación del establecimiento fundado en Saint-Cyr por la Sra. de Maintenon para las jóvenes de familia noble desprovistas de fortuna, fue uno de los tres predicadores invitados.
Fue también él quien pronunció el 25 de abril de 1788 la oración fúnebre de la Sra. Louise de France, esta angelical hija de Luis XV quien, después de espiar en el Carmelo de Saint-Genis, con el nombre de Marie-Thérèse de Saint-Augustin, por una vida toda de pureza y de mortificación, los desórdenes de su padre, había muerto en olor de santidad el 23 de diciembre de 1787.
A la muerte del Sr.Cousin, superior del seminario de Saint-Firmin, en París, el Sr. Cayla de la Garde, superior general, ofreció este cargo al Sr. François. Estábamos a mediados del año 1788, los espíritus perspicaces entreveían los signos precursores delos graves acontecimientos que debían revolucionar Francia durante los últimos años del siglo dieciocho. El 13 de julio de 1789, muy temprano, un populacho sobornado se precipitó sobre la casa de San Lázaro, allí saqueó, sin ser inquietado, hasta bien caída la noche, y no dejó, tras su salida, más que un montón de ruinas. El Sr. Cayla, dos de sus asistentes y algunos estudiantes se refugiaron en Saint Firmin, donde se quedaron hasta el día siguiente.
La Revolución había comenzado. El Sr. François estuvo siempre en primera fila de los que lucharon para defender los derechos de la Iglesia. No cesó de poner en guardia a los pastores y a los fieles contra las asechanzas que les preparaban. Apenas aparecidos, estos folletos se agotaban al momento; casi todos fueron reeditados, algunos hasta siete veces. Escribió contra la confiscación de los bienes eclesiásticos, contra la Constitución civil del clero, contra dimisión de los sacerdotes y sobre todo contra el juramento constitucional. Nadie contaba mejor que él los males de los sacerdotes no juramentados. Varios le pidieron que se retirara a su casa y él los recibió con alegría. Ignoraban que el asilo donde contaban encontrar un poco de reposo y de seguridad iba pronto a convertirse en su prisión.
El 12 de agosto de 1792, la sección del Jardín de las Planta decidió que todos los contrarrevolucionarios apresados en el ámbito de la sección serían encerrados en Saint-Firmin. El 13, pusieron centinelas en las puertas del seminario y les dieron como consigna dejar entrar a todo el que quisiera entrar y no dejar salir a nadie. Ese mismo día, a las ocho de la mañana, una primera banda de eclesiásticos fueron conducidos al seminario. Las puertas se volvieron a abrir por la noche y los días siguientes hasta finales de mes para dejar paso a otros cautivos.
Los huéspedes de Saint-Firmin sabían que por parte de sus perseguidores había que temerlo todo. Por eso se prepararon seriamente para morir. El Sr. François confesó a un buen número. Él mismo hizo un retiro espiritual y una confesión general.
El 2 de setiembre, por la noche, circularon en la casa rumores siniestros. Se difundió el ruido, y ay, todo era vedad, que unos bandidos masacraban a los prisioneros encerrados en la Abadía y en los Carmelitas. A las ocho de la noche un muchacho carnicero entra en Saint-Firmin. Ve al procurador, al Sr. Boullangier, que anuncia que los asesinos estarán pronto en el seminario y añade que ha venido a salvarle. El Sr. Boullangier piensa inmediatamente en su venerado superior. Sube a su casa, le comunica la inminencia del peligro y le habla del socorro providencial que Dios les envía. Molestia inútil. El Sr. François cree que está en su deber en esta hora crítica quedarse en una casa de la que es superior.
El 3, a las cinco y media de la mañana, los bandidos hacen su entrada, recorren la casa e todos los sentidos, derriban las puertas a culetazos, se apoderan de todos los prisioneros que encuentran y se los llevan. Viéndole ellos, Nicolás Gomer, sacerdote de la Misión, se dirige corriendo a la habitación del Sr. François. Le ven, disparan sobre él. Siente que debe pensar en primer lugar y se escapa pasando por los tejados. El Sr. François, un vicario de Saint-Étienne-du-Mont y un sacerdote de la parroquia de Saint-Nicolas-du- Chardonnet suben a la sala que el comité civil de la sección se había reservado para sus sesiones. Esperaban encontrar allí un refugio y encontraron la muerte. Los arrojaron por las ventanas a la calle, donde mujeres, armadas de porras, los acabaron.
SOURCES : Notes manuscrites de M. Boullangier. – E. Villette, Un enfant du Cateau, soldat et martyr, Jean-Antoine-Joseph de Villette, massacré en haine de la religion au séminaire de Saint-Firmin, à Paris le 3 septembre 1792 (Paris, Amat, 1903). – Rosset, Notices bibliographiques sur les écrivains de la Congrégation de la Mission, (Angoulème, 1878). – Mortimer-Ternaux, Histoire de la Terreur, (t. III). – Ignace Laurent, Souvenirs du prêtre échappé au massacre de Saint-Firmin en septembre 1792 (ms. de 32 pages).- D’Auribeau, Mémoires pour servir à l’histoire de la persécution française (Rome, 1797).
Louis-Joseph François (1751-1792)







