Louis Janet era originario de la diócesis de Périgueux. Nació el 21 de agosto de 1761, en Mareuil (Laroche-Beaucourt). A la edad de dieciséis años pidió ser recibido entre los hijos de san Vicente de Paúl y comenzó su seminario en San Lázaro, en París, septiembre de 1777. Terminado su tiempo de formación, se le permitió pronunciar los votos el día de la Natividad de María. Le volvemos a ver más tarde profesor de teología en el seminario mayor de Angoulême. Los directores de este establecimiento se negaron todos a prestar el juramento cismático.
El 24 de enero de 1791, su superior, el Sr. Poirier escribía a la municipalidad de Angulema:
«Señores. Hasta este momento, mis cohermanos y yo, nos hemos señalado por la obediencia constante y nuestro respeto por los decretos de la Asamblea nacional. Se necesitaba una ley tan imperiosa como la de la conciencia para detenernos ante el juramento que prescribe a los funcionarios públicos. Por rigurosas que sean las penas que ha pronunciado, nos sometemos a ellas».
Los Sacerdotes de la Misión siguieron por algún tiempo en el seminario, pero con prohibición de enseñar. Después del licenciamiento de los seminaristas, estos se dispersaron. El Sr. Janet se quedó en Angulema. Por su celo tan apostólico, prestó a los fieles inestimables servicios. En los últimos meses del año, su salud se alteró. Una fiebre intermitente, de la que no debía sanar, fue gastando sus fuerzas. Se quiso otra vez obligarle a prestar el juramento. Él se negó, alegando que la ley del 27 de noviembre de 1790 no le afectaba y logró convencer al directorio del distrito que, el 19 de octubre de 1792, se declaró satisfecho de sus explicaciones.
No le dejaron tranquilo por mucho tiempo. En abril de 1793, le prendieron y metieron en la cárcel, con otros treinta y dos sacerdotes, en un antiguo convento de Carmelitas. El 24 aparecía el
comunicado que le condenaba a la deportación. No permitiéndole viajar su estado de salud, se retrasó su partida. El 6 de mayo, un nuevo comunicado, confirmativo del precedente. Se fijaba la partida para el 26. Diecinueve condenados más, y el hermano coadjutor Paris, que había tenido con él en el seminario de Angulema, fueron sus compañeros de ruta. En Rochefort, los prisioneros fueron despojados de todo y encarcelados en los navíos. Se llevaron al Sr. Janet al Washington, donde se hallaba desde hacía unos días su cohermano el Sr. Parisot.
La antigua sociedad romana no trataba a sus esclavos con más dureza que el capitán del Washington a sus cautivos. Estos estaban condenados a permanecer todo el día desde las siete de la mañana a las siete de la tarde en un espacio estrecho que un tabique de madera, coronado de enormes puntas de hierro separaba del puente. Eran allí de trescientos a cuatrocientos, siempre de pie y tan apretados, que si a uno se le ocurría moverse, todos corrían peligro de perder el equilibrio. Nada para protegerlos de las nieblas y de la lluvia, los ardores del sol y los rigores del frío. Por la noche, se entraba al entrepuente, especie de bodega infecta que nunca se iluminaba, la luz del día no podía penetrar. Allí se pasaba la noche y ¡qué noche! «Nunca lo hubiera creído, dice uno de los condenados, que un tan grande número de hombres pudieran resistir en un espacio tan pequeño «. Y otro testigo añade: «Estaban tan apretados que, no pudiendo la mayor parte estirarse del todo ni acostarse de espaldas, se veían obligados a mantenerse de lado. En esta posición tenían todavía sobre ellos los pies o las piernas de otros cinco o seis, que no tocaban el piso más que por la mitad del cuerpo «. Hacía un calor bastante subido como para licuar una barrica de alquitrán colocada cerca del agujero de entrada. Así los pobres prisioneros nadaban en un baño de sudor. Qué felicidad era, cuando, por la mañana, llegaba la orden de subir al puente.
La alimentación se reducía, lo más frecuente, a casi nada. El pan hecho de cebada, de centeno, de paja y de polvo, no estaba siquiera bastante bueno ni para los puercos. Al cortarlo, salía un humo negro e infecto. El bizcocho era de una extrema dureza; se empleaba una bola para molerlo. Nada que añadir al horror de este cuadro, ninguna descripción puede dar una idea bien sea aproximada de lo que era la realidad. ¡Los que debió sufrir el Sr. Janet en este espantoso antro!
Murió el 1o de septiembre de 1794. Su cuerpo, trasladado a la Isla Señora, fue enterrado en la arena.
SOURCES. – Blanchet, le Clergé charentais pendant la Révolution; — Manseau, les Prêtres et Religieux déportés sur les côtes et dans les î1es de la Charente-Inférieure.







