Louis Debras, octavo Superior General de la Congregación de la Misión y de las Hijas de la Caridad (1678-1761)

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Author: Desconocido · Translator: Máximo Agustín, C.M.. · Year of first publication: 1903 · Source: Notices, IV.
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hijas-caridadEl Sr. Jacquier, sucesor del Sr. Debras en el cargo de Superior general, dio a las misiones de la Compañía, el 1º de enero de 1762, estos detalles biográficos sobre su venerado predecesor:

Nacido en Montidier, en la diócesis de Amiens, el 10 de agosto de 1678 el Sr Debras había sido recibido en el seminario, en París, el 9 de febrero de 1697. Sus años del siglo habían transcurrido lejos de las frivolidades que divierten a la juventud. Una madurez de alma por encima de su edad, un gusto natural por lo serio le hicieron desde entonces entregarse constantemente a todo lo que puede formar a un hombre virtuoso y sabio. Así dispuesto, entrón en el seminario. Hizo allí los mayores progresos en el estudio de la piedad y no descuidó nada de lo que podía cultivar su espíritu y prepararle a las ciencias profundas de la religión. Admitido a los votos como un sujeto de la mejor esperanza, sus éxitos en filosofía y en teología llegaron más allá de lo que se esperaba: un hombre prudente, sólido, virtuoso, aplicado, puede llegar a todo. Ha regentado sucesivamente todas estas ciencias: en primer lugar la filosofía en Sedan, aunque no fuera aún más que subdiácono; luego la teología en los seminarios de Toul, de Saint-Flour y de Tours, y en todas partes su penetración en las mayores dificultades, su precisión en ver el punto que separa la verdad del error, su claridad en las explicaciones, han mantenido la alta idea que se tenía de su profunda capacidad.

En Tours, donde ha sido treinta años superior,  había captado de tal forma la confianza de los arzobispos y de la diócesis, que le consultaban como al oráculo. De todas partes, acudían a él para las decisiones de casos de conciencia, y para la solución de las dificultades que se presentaban en materia eclesiástica. Le habían colocado a la cabeza de los asuntos del clero, y encargado de la revisión de los procesos : y es que, una vez superior, no teniendo ya la obligación de no estudiar más que la teología, se había entregado al estudio del derecho canónico, y lo había hecho de una manera tan sólida que podía equipararse con los mayores jurisconsultos ; era el juicio que emitía el difunto Sr. abate de Saint-Cyr, tan célebre canonista él mismo, y que, mientras que era oficial de Tours, se había formado del Sr. Debras una estima y una amistad que le ha conservado hasta la tumba.

Durante el tiempo que el Sr. Debras ha sido superior del seminario de Tours, su conducta no ha cambiado en nada. Siempre el mismo, siempre prudente, siempre serio, continuamente entregado a  sus funciones en la casa, a los asuntos del clero y a los estudios de toda ciencia del dominio eclesiástico, solo hacía, en el exterior las visitas indispensables, y nunca ha comido una sola vez fuera; nunca más contento que en su aposento, no iba siquiera a la casa de campo. No es que fuera contrario a estas honestas recreaciones; se las concedía de buena gana a sus cohermanos, y era incluso en esto de lo más generoso, mientras no veía ninguna diversión, ni ningún abuso; pero era de una firmeza inflexible en impedir las visitas inútiles en el locutorio, y las recreaciones con los externos, en las que, para un sacerdote, para un misionero, todo es peligroso y lleva a la disipación.

El Sr. Debras apenas salió de Tours sin verse en circunstancias muy críticas; pero, verdadero sabio, igualmente prudente, no se ha inclinado por el cambio en materias que agitan los espíritus, siendo siempre el más sinceramente sumiso a las decisiones de la Iglesia. Fue la reunión de todas esas hermosas cualidades que determinó la Asamblea general de 1747 al darle por jefe a la Congregación. Todo el mundo aplaudió en esta elección, no se podía hacerlo mejor. Solo el Sr. Debras quedó consternado. Se veía, a la edad de setenta años, cargado con la más pesada carga. Su humildad aumentó sus alarmas; había que someterse. Una vez que hizo frente a los asuntos, su sabiduría, su dedicación, sus profundas reflexiones suplieron con abundancia todo lo que él decía que le faltaba de experiencia. Se consideró como una víctima inmolada al servicio de la Compañía, y él no se perdonó nada. Le hemos visto con admiración, hasta el tiempo de sus últimas debilidades mortales, encontrarse en todos los ejercicios de la comunidad; nunca faltar a la oración de la mañana; sostener él solo todo el peso de las conferencias y demás instrucciones; hacerlas con la mayor solidez y tal plenitud de saber eclesiástico que citaba de continuo las sagradas Escrituras y a los Padres. El resto de su tiempo, se lo dedicaba a los asuntos de la Congregación. Hombre del mundo más sedentario, por deber como por gusto, no salía a la ciudad más que cuando no podía por menos: también lo que le arrancaba  de la soledad era como un suplicio para él. Todo su gobierno ha sido feliz y tranquilo, habiendo sabido por su sabiduría y su paciencia, disipar todas las nubes que habrían podido oscurecer la serenidad de nuestros días. Ha prestado a la Congregación los mayores servicios, en todas las circunstancias de su vida, y la ha edificado constantemente con los ejemplos de las más sólidas virtudes.

Hombre lleno de fe, de religión, de caridad, de celo, todas las acciones de su vida han concurrido a formar en él el carácter de un buen cristiano, de un santo sacerdote, de un digno hijo de nuestro santo fundador. Fe viva: el recogimiento en que vivía el Sr. Debras bastaría por sí solo para probar su convicción de las verdades eternas. La manera como hablaba hacía más sensible aún su persuasión. Celebraba los divinos misterios con una piedad reflexiva que impresionaba a los asistentes. No podía comprender cómo se podía decir precipitadamente la misa, ni cómo se podía subir al altar sin haber pensado profundamente en la grandeza del sacrificio, sin estar bien preparado para participar en sus maravillosos efectos. Fe también tan humilde como viva: de ahí su sumisión pura y simple a las decisiones de la Iglesia, sumisión tanto más invariable en él cuanto más esclarecida era. Nunca dejó pasar la ocasión  de constatarla: él creyó que, tras su elección al generalato, deber hacerla cada vez más auténtica todavía, recomendándola  en sus cartas circulares, y declarando que quienquiera que faltara a ella, experimentaría la severidad de su celo. Siempre que se trataba de las materias que ocasionan las disputas presentes, expresaba con una rectitud y una precisión que no dejaban ninguna sospecha. Su dirección, conforme a sus sentimientos, de tal manera  se había adelantado en su favor, que Mons. el arzobispo de París le tenía como el superior que conducía su comunidad con la mayor sabiduría, y que mantenía la unión en ella, la sumisión, la paz sin el menor engorro; por ello, enterado de su muerte, Su Ilustrísima  declaró que le lloraba como al mayor eclesiástico de su diócesis: elogio tanto más halagador, cuanto este digno arzobispo es a su vez uno de los más grandes prelados del reino. Todo lo que se refería a la religión interesaba el celo del Sr. Debras. Su amor por todas las reglas eclesiásticas era muy decidido. Hallándose en Tours, ha rechazado constantemente entrar en casas religiosas; por muy libre que fuera la entrada, y no creía poder aprovecharse de ello. Decía que según los cánones y el espíritu de la Iglesia, se precisaba para ello una verdadera necesidad, y que la curiosidad no era suficiente para romper un claustro que una disciplina sabía exige, para la seguridad de las vírgenes que han renunciado al mundo para consagrarse a Dios. Por eso, una vez superior de la comunidad tal vez la más regular, la más religiosa, la más fervorosa del reino, era de una reserva extrema sobre estos permisos, remitiéndoselos, mientras podía, al primer superior, no cediendo más que cuando personas graves le certificaban la conveniencia o la necesidad, y no permitiéndose estas entradas a sí mismo más que en el caso de una verdadera necesidad.

Su caridad para con el prójimo era tierna y sincera. Aunque serio y concentrado en sí mismo, él tenía un buen corazón; si no concedía cuanto le pedían, no era más que cuando, en su puesto,  se creía obligado a no favorecer deseos demasiados naturales. Por lo demás, prefería agradar, y lo hacía de una manera directa, afable, que hacía sentir la bondad de su corazón. Las necesidades de los pobres le enternecían.  Ha desplegado entre ellos todos sus recursos. La Providencia le había hecho encontrarse con una suma bastante considerable; pero, hombre desinteresado,  lejos de pensar en crear un fondo para procurarse algunas dulzuras en la vida, la distribuyó toda en el alivio de los pobres, a medida que tenía conocimiento de su miseria.

No rechazaba a nadie, una vez que estaba persuadido de la verdadera necesidad. La caridad sola dirigía sus donativos; jamás la carne  y la sangre tenían que ver en ello. Le expusieron un día que un hombre de familia y de talento estaba la extrema miseria, fugitivo de su patria, por uno de esos reveses de la fortuna de los que la probidad misma no se ve exenta. Se trataba de un socorro considerable, la necesidad era real y urgente.

El Sr. Debras, enternecido, sacó de sí mismo lo que pudo; solicitó luego la generosidad de algunas personas caritativas: logró por fin, con su celo industrioso, hacer una suma de 1 000 escudos,  que sacaron a este hombre de honor del apuro en que se encontraba, le devolvió a su familia que continúa subsistiendo honrosamente, bendiciendo a Dios por haberle suscitado, en la persona del Sr. Debras, un protector caritativo. Sería fácil citar gran número de rasgos parecidos, de una caridad pura, desinteresada, tierna e industriosa, y no podríamos citarlos todos, pues este santo sacerdote, que no buscaba más que a Dios, actuaba con tanta prudencia que, a menudo, su mano izquierda ignoraba el bien que hacía su mano derecha.

Esta prudencia que se le conocía le atraía la confianza de todos los que sufrían  y padecían necesidad. Se podía confiarle con mayor libertad en su seno las cosas más interesantes porque se sabía que era juicioso, compasivo, celoso, prudente, sepultando todo en el secreto más impenetrable. Cuando se obraba recto con él, se recibía todo el consuelo que se deseaba; pero, si se le engañaba con falsas exposiciones o informes inquietantes, su sagacidad le descubría pronto el interés o la pasión de los reporteros, y se les acababa el acceso a él. Es que su celo por el bien  estaba dirigido por la rectitud, exento de esa inquietud que perturba la paz y puede ocasionar injusticia. Era pues un hombre recto y amante de todo bien. Cuál ha sido su celo por mantener el orden y la regularidad de esta casa! Nos ha dado el ejemplo de una vida verdaderamente austera y sometida. Que se temía algún relajamiento, algún abuso, daba entonces reglas severas para adelantarse al mal o destruirlo. Qué inquietud no nos ha demostrado sobre las salidas a la ciudad, cuando no le parecían necesarias! Daba sobre esto a aquellos mismos a quienes, por lo demás, él estimaba sinceramente, los avisos más serios, y exigía de todos los que tenían necesidad de salir encontrarse a las horas de las comidas. Decía que es esta libertad de ir, de venir, de comunicar con el exterior, de beber, de comer, de recrearse con los externos la que ocasiona la relajación en las comunidades regulares. Personajes sabios, incapaces, si la humildad puede serlo, de abusar de su libertad, han gemido alguna vez bajo la severidad de tales leyes. Pues bien, respondía nuestro digno superior, más sabio aún, esta obligación es poca cosa para almas virtuosas, que deben buscar la ocasión de hacer algún sacrificio, y es necesaria  a gentes ligeras, para impedir su disipación.

Su corazón lleno de celo se sentía tan vivamente afligido por las menores inexactitudes en el servicio de Dios que por las irregularidades  en la observancia de nuestros deberes. Estaba tan decidido, que no podía sufrir en el ministerio a sujetos que él no habría creído menos dignos, sea por sus costumbres sospechosas o sus malos sentimientos, y prefería verlos abandonar la Congregación. Es pues a su celo prudente, vigilante y firme, al que debemos atribuir la sumisión, la subordinación, la unión, la paz, que a pesar de los males presentes reinan en nuestra Congregación, y que han hecho hasta aquí nuestra edificación, nuestra tranquilidad, nuestra felicidad. Todos estos rasgos de virtud no pueden sino renovar nuestro dolor, por haber perdido a un jefe tan digno de dirigirnos.  Qué más no tendríamos que añadir si el tiempo lo permitiera! Este santo sacerdote, aunque dotado de tantas cualidades, era de una humildad profunda. Verdaderamente sabio, se admiraba hasta en los últimos años de su vida, que las materias más profundas le estaban tan presentes  como lo pueden estar a los que están en el momento de enseñarlas, y nunca se ha servido de ello. Todo el uso que ha hecho de su ciencia era instruir y edificar. En todos los lugares donde habría podido dar el tono, se comportaba con la mayor modestia, cediendo a los demás la gloria de pronunciar, cuando veía que pronunciaban bien; humilde en sus palabras, no citaba nada que pudiera volverse en su alabanza; humilde en su comportamiento, en sus muebles, todo respiraba humildad, pobreza evangélica; humilde en sus sentimientos, en su conducta, nunca ha dado el menor paso para presentarse, para hacerse conocer, para atraerse consideración. Su vida, toda oculta en Dios, era la de un verdadero discípulo de Jesucristo humillado, oculto, anonadado. La Congregación no podía ver más que con complacencia al frente a un superior tan apto para edificar con sus virtudes, y tan capaz de gobernarla bien por su sabiduría. Por eso la Asamblea general de 1759 se negó constantemente a recibir su dimisión, que su humildad le hacía ofrecer, y que había escrito con el verdadero deseo de ser oído. Su edad era ya avanzada, pero su temperamento, hasta entonces fuerte y robusto, lo más sano, y sin ninguna debilidad, anunciaba todavía unos años de vigor, durante los cuales alardeaban de continuar gozando de los frutos de su sabiduría. Forzado a ceder  a las instancias que le fueron hechas, él respondió, como adivinando el porvenir, que este nuevo plazo no podía ser más que de un año o dos. Esta predicción comenzó a cumplirse desde el mes de septiembre siguiente. Una salud que parecía tan vigorosa fue atacada por la más dolorosa de todas las enfermedades. El enfermo, detenido por una retención de orina, con efusión de sangre, anduvo durante seis semanas, con la sonda, entre la vida y la muerte. Salió de este accidente contra todas las apariencias, y se recuperó bastante bien. Volvió a caer en octubre del año siguiente; por suerte, la convalecencia pareció más rápida, pero, el mes de agosto de 1761, un tercer ataque, aunque más ligero, ocasionó tal trastorno de estómago, que el alimento pasando sin digestión no ha podido impedir el progreso de debilitación.

Desde el primer ataque, le quedaron a nuestro digno Padre debilidades  habituales, que le han hecho sufrir mucho y que, con una paciencia heroica, las ha sufrido sin quejarse. Avisado, por ser tan insistentes y en continuo avance que ya no podía contar con la vida, se ha preparado en particular a la muerte por el ejercicio interior de todas las virtudes, y por la renovación de su celo para afirmarnos en la observancia de los deberes. Se ha enfrentado a este último momento con la constancia de un héroe cristiano, que encuentra en su fe, en su amor, en su virtud, motivos de confianza  en las misericordias divinas, y como la seguridad del descanso eterno; jamás moribundo alguno ha parecido más tranquilo. Se puede decir lo que el Espíritu Santo dice de Ezequías: Spiritu magno vidit ultima, porque, como él, ha hecho lo que era agradable al Señor: Nam fecit quod placuit Deo, y que, durante toda su vida, ha caminado con paso firme, noble y constante por los caminos del Señor: Fortiter ivit in via David, y que al morir nos ha consolado con una fuerza, una piedad, una dignidad poco comunes: Et consolatus est lugentes in Sion. Estas son las palabras que pronunció después de recibir los últimos sacramentos, y será con ellas como acabaremos su elogio. Había edificado con los sentimientos de una piedad sólida durante toda la ceremonia; al final, dijo, con tono firme, a quien le había administrado:

«Señor, no he querido interrumpir las ceremonias, para rezar mejor; que me sea permitido ahora, a punto de ir a presentarme ante Dios, hacer saber a la comunidad cuáles son mis sentimientos. Pido a todos, señores sacerdotes, clérigos, estudiantes y seminaristas,  y a nuestros hermanos coadjutores, que me encomienden a Nuestro Señor, y le pidan el auxilio de su gracia para entrar en los sentimientos de fe, de confianza, de amor, de religión, y de las demás virtudes que son necesarias para comparecer con alguna seguridad ante este soberano juez y darle, al punto tras su muerte,  la cuenta que exigirá de todas las acciones de mi vida.

«En las circunstancias presentes, en que yo comienzo a entrar en el terrible tránsito de la muerte,  recomiendo a todos, señores sacerdotes, clérigos, estudiantes y seminaristas, y a nuestros hermanos coadjutores, que permanezcan inviolablemente unidos a su vocación, que la amen y la honren; llamo a que honren su vocación, a vivir como verdaderos misioneros, a guardar exactamente todas nuestras reglas, y a observar constantemente todas las santas prácticas en uso entre nosotros, y a ejercitarse en todas las virtudes que forman a los verdaderos hijos de la Misión, les recomiendo, en una palabra, que lleven una vida tan edificante y tan llena de buenas obras, que todos los que sean testigos de nuestra conducta encuentren en ello motivos de estimar nuestro estado, se convenzan de que no hemos decaído de la virtud de nuestros Padres. Pido también el socorro de sus oraciones»

Después de este discurso, que enterneció  hasta las lágrimas a los asistentes, nuestro virtuoso enfermo no se ocupó ya más que de Dios, de sus juicios, de su eternidad, pero siempre con una dulce paz y una humilde confianza en sus misericordias. Se le propuso recibir la absolución in artículo mortis y la indulgencia plenaria que va unida: Esperad, respondió él,  a esta tarde, después de vísperas, que comenzará la fiesta de la bienaventurada  Chantal; prueba de su presencia de espíritu, y que en el fondo de su corazón él invocaba a sus protectores delante de Dios. Él la recibió luego con un deseo sensible de conseguir el efecto, luego entregó pacíficamente su alma a Dios, el 21 de agosto de 1761, hacia las nueve y tres cuartos  de la noche. Sus exequias se celebraron  el 23, y fueron honradas  por unos grandes números de generales de órdenes, de eclesiásticos y demás personas respetables, que quisieron compartir con nosotros nuestro sentimiento y nuestro dolor. –  Circul., t – I, p. 5 17.

La elección del Sr. Debras había dado lugar  a la undécima asamblea general que tiene una gran importancia, a causa del decreto que determina la naturaleza y la extensión del voto de pobreza, tal cual se emite en la Congregación. Los veinte artículos de que se compone, y que son como otros tantos casos de conciencia, concluyen en esta conclusión definitiva: que el misionero no pierde, con este voto, el dominio de sus bienes anteriormente adquiridos y poseídos, pero que no puede hacer uso de ellos más que de conformidad con la voluntad  y las intenciones de los Superiores. El Sr. Debras era tan virtuoso como versado en la ciencia de la teología y del derecho canónico. Murió a la edad de ochenta y tres años, lleno de días y de méritos. – Circul., t. I, préface.

 

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