Louis-Antoine Appiani (1663-1732)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1903 · Fuente: Notices, IV.
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El Sr. Bonnet, superior general, dio cuenta, en una circular del 9 de octubre de 1733, de la muerte del Sr. Louis Appiani y rindió homenaje de sus virtudes en estos términos:

El Sr. Louis-Antoine Appiani, nuestro cohermano, acaba de morir en China donde se hallaba desde hace más de treinta y cinco años.

Os habréis enterado probablemente, Señor, por la vía pública o por cartas particulares, que el moderno emperador, décimo tercer hijo del último muerto, habiendo tenido algún descontento de algunos misioneros en relación a la sucesión al imperio, aprovechó la ocasión de prohibirles extenderse indiferentemente por todas las provincias de su imperio, y les ordenó que se limitaran a las de Pekín y de Cantón, y que luego les señalaría otras más. Hace algo más de un año que los mandarines de Cantón llevaron a su majestad quejas igualmente atroces, falsas y calumniosas, contra los misioneros de todos los órdenes indistintamente, por los cuales los exilió de Cantón a Macao, con órdenes muy precisas, que fueron ejecutadas inmediatamente con el último rigor aunque el emperador confesara a los misioneros residentes en Pekín, los cuales se habían reunido para la defensa y la justificación  de sus cohermanos, que estaba muy persuadido de que no eran culpables de todos los crímenes de que se los acusaba, pero que él ni podía evitar que se usara de este rigor, por los avisos y las insistencias de sus mandarines , revestidos de su poder, para asegurar en todas partes la seguridad y la paz de su imperio. El Sr. Appiani, atacado como estaba de una enfermedad que degeneró al poco tiempo en una disentería, a la que se juntó una fiebre continua, fue llevado en unas parihuelas al barco para ser embarcado con todos sus demás cohermanos y coapóstoles y, apenas fue desembarcado, cuando su enfermedad agravándose considerablemente, recibió los últimos sacramentos, de las manos de los Reverendos Padres Dominicos, con mucha fe, piedad, confianza y resignación del agrado de Dios;  y, el 29 de agosto de 1732, murió como verdadero santo, como fiel y valiente confesor de Jesucristo y como un verdadero mártir de nuestra santa fe y de la religión católica, apostólica y romana, nuestra Madre. Fue enterrado al día siguiente al pie del altar de estos Reverendos Padres con la presencia de todos los misioneros, y la pompa de todas las solemnidades ordinarias.

El Sr. Appiani había nacido en Dogliani, diócesis de Saluces, en Piamonte, el 22 de marzo de 1663; había sido recibido en nuestra Congregación, en el seminario interno de Génova, el 20 del mes de mayo de 1687, siendo ya sacerdote. Después de ser regente de teología durante unos años, se sintió llamado por Dios a las misiones extranjeras, fue admitido, destinado y enviado  por la Sagrada Congregación de la fe, a China, adonde fue seguido poco después, por los Srs. Mullener y Pedrini. Apenas hubo llegado al lugar de su misión, se entregó con todo el cuidado y el éxito imaginable a aprender bien la lengua china, que es muy difícil, por no tener ninguna relación con nuestras lenguas de Europa. Se devoró también, con un entusiasmo heroico, todas las demás dificultades inseparables de una misión así; de la misma manera se entregó a la formación de los nuevos catequistas para ponerlo en estado de instruir, impresionar y de convertir a sus parientes, como es costumbre en aquel país. Pasó la mayor parte de su vida en Cantón, donde ha sido siempre muy estimado, querido y reverenciado como a un santo sacerdote, tanto por nuestros cristianos europeos como por los naturales del país.

Se ocupó principalmente en tres cosas, hasta la llegada de Mons. el cardenal Tournon. 1º se dedicó  a santificar a los católicos de Europa, que desembarcaban en Cantón, dándoles pequeñas misiones haciéndoles acudir a retiros anuales y hacer confesiones generales o particulares, según sus necesidades, para disponerles a cumplir con pascua y a acercarse con dignidad a la sagrada mesa, en las principales fiestas del año. 2º Por un sentimiento de una profunda humildad y de una caridad universal muy perfecta y totalmente desinteresada, se había convertido en Cantón como el servidor de todos los misioneros de la China, haciendo que recibieran las cartas, sus pensiones y todos los demás auxilios y comodidades que les venían de Europa, privándose incluso de lo necesario para no dejar que les faltara nada. 3º Por último, por sí mismo y por medio de jóvenes catequistas, sus alumnos, trabajaba sin descanso en la conversión y en la santificación de los infieles, y educaba poco a poco a jóvenes clérigos, para hacer de ellos dignos instrumentos de las misericordias del Señor para con los infieles.

Cuando el Sr. Em. el cardenal de Tournon le hubo entrenado bastante, y ya perfectamente conocido en China, le eligió para que le sirviera de secretario y de intérprete en todos los asuntos de la religión y de su legación, lo que le atrajo muchas complicaciones  y persecuciones  de todas partes, hasta la gloriosa y santa muerte de este santo y gran cardenal;  y además, varios años después, fue acusado, calumniado y castigado  como culpable, aunque muy inocente, de las falsedades de que se le acusaba. Fue llevado a las cárceles públicas, después observado y seguido de cerca, paso a paso, llevando en su débil cuerpo, durante siete u ocho años, once cadenas por el amor de Nuestro Señor Jesucristo, de quien se suscribía, con alegría y por honor, como el santo Apóstol :    «L.-A. Appianus vinctus Christi: Louis-Antoine Appiani-cargado de cadenas por Jesucristo. «

Nuestro Santo Padre el papa Clemente XII, de gloriosa memoria, persuadido de su prudencia, de su piedad, de su virtud y de su celo y de su fidelidad en todos los deberes de su santo y sagrado ministerio, le había nombrado obispo de Myriophis, y su vicario apostólico ; pero él agradeció a Su Santidad por el honor que acababa de hacerle, y suplicó muy humilde e insistentemente que le descargara de estos honores y de esta pesada carga, y que se dignara favorecer con ella al Sr. Mullener, su cohermano, alegándole como razones  sólidas, simples y eficaces : 1º        que él se hacía ya viejo, débil y caduco, y que él no podría servir a la Iglesia y a esta misión por mucho tiempo ; 2º que su cohermano era mucho más joven, más fuerte y más vigoroso y que tenía motivos de esperar que viviría mucho más tiempo :  por último, que su cohermano estaba dotado de la dulzura, de la caridad, del socorro y de todas las demás virtudes de san Francisco de Sales, de lo que él se reconocía, decía, totalmente destituido ante Dios y ante los hombres. El Santo Padre asintió a estas razones, y le otorgó estas dos gracias que le pedía con verdad, sencillez, en una perfecta indigencia de examen de conciencia, y en una perfecta abnegación y un entero desprendimiento de los oficios y dignidades de la Iglesia. La humildad, la modestia de Mons. el obispo de Myriophis (Mons. Mullner), que vive aún a la cabeza de un sabio y piadoso clero que se ha logrado de los más regulares y que lleva a varias iglesias que él ha consagrado a la gloria del verdadero Dios en varios lugares desiertos en China, haciendo las visitas a pie y piernas desnudas, cargado con una pequeña maleta de mercerías al hombro, nos impiden entrar en mayores detalles  de sus demás virtudes cristianas, episcopales y apostólicas ; ellas justifican la elección que nuestro querido difunto hizo de su persona, para llevar con honor el peso del episcopado y del vicariato apostólico.

Terminaré diciéndole, como os lo he indicado en varias cartas del día primero de cada año, que el difunto Sr. Appiani no ha cesado, desde hace más de veintitrés años, de solicitarnos que le enviemos, y a sus Srs. cohermanos, algunos jóvenes misioneros prudentes y virtuosos, para tener el tiempo de formarlos y colocarlos en sus lugares, y dejarles herederos de los frutos de sus trabajos,  para la gloria de Dios, para el servicio de la Iglesia y para la salud de tantos nuevos fieles, que han engendrado a Nuestro Señor por el Evangelio, y que han incorporado feliz y santamente a su cuerpo místico, que es la Iglesia, de la que es cabeza : Ipsum dedit caput super omnem ecclesiam, quæ est corpus ejus. Fue para corresponder a las piadosas y santas vistas de nuestro querido difunto y de sus otros dos coapóstoles, que hace unos dos años, escogimos a algunos  para unirse a estos tres hombres apostólicos ; y si el difunto Sr. Appiani no ha podido verlos, antes de entregar su espíritu a su Creador, lo ha podido saber cosa de un mes antes de su muerte, que estaban de camino, por la seguridad que nos dio el navío que llegó el primero a Canton, a primeros del mes de agosto ; pero el segundo navío  al que se habían subido nuestros tres jóvenes misioneros, no habiendo llegado a Java hasta ocho o diez días después, se perdió el monzón, es decir el tiempo propio para llegar a China sin el peligro de los huracanes, y fue obligado a retroceder 1300 o 1400 leguas, para invernar en las islas de Mascareignes y de Francia, las cuales han edificado  mucho, y han ayudado a nuestros cohermanos que están dando allí pequeñas misiones y retiros públicos en sus parroquias y, llenos de edificación recíproca y de gratitud por el buen trato que han recibido, han sentido pesar al separarse de ellos , y ardientes deseos de subir a bordo, para llegar por fin al lugar de su misión.

Recomiendo a las oraciones ordinarias de la Compañía al querido difunto y a estos tres jóvenes misioneros, para que quiera el Señor llevarlos él mismo a los lugares a los que él mismo los ha destinado por toda la eternidad, etc –Circulaires des Supérieurs généraux, t. I, p. 272.

 

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