Introducción
Las Hijas de la Caridad ratifican su entrega total a Dios (consagración) por medio de la renovación anual de sus votos. Si la conferencia de ayer tuvo como tema la consagración, parece lógico que tratemos hoy sobre los votos. Quizá a algunas Hermanas les resulte un tema reiterativo y suficientemente conocido. Pero hoy se dan algunas circunstancias que aconsejan volver a tratarlo. Por ejemplo: la formación en centros intercongregacionales, la colaboración con otras religiosas, la tendencia a un igualitarismo en lo esencial, olvidando que la fidelidad al carisma consiste en vivir lo específico, etc. Todo esto es bueno, pero puede tener algún riesgo de desidentificación que conviene superar.
El modo de enfocar y desarrollar el tema será un poco similar al de ayer. En primer lugar, reflexionaremos sobre lo que significa asumir por voto los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. En segundo lugar, la especificidad de los votos que asumen y practican las Hijas de la Caridad.
Cada época de la historia está marcada por unos determinados valores y contravalores que son indicadores de otros tantos retos que la cultura reinante lanza a la práctica de los consejos evangélicos. ¿Cuáles son hoy esos desafíos? ¿Cuál será, por lo tanto, el testimonio profético que, como respuesta a esos desafíos, tendrán que dar quienes han asumido en su proyecto de vida la práctica de los consejos evangélicos? Éste será el tercer apartado de la conferencia. Y, por fin, como también hicimos ayer, señalaremos en un cuarto apartado, algunos puntos más concretos relacionados con los votos en los que parece conveniente poner el acento hoy en la Compañía, en algunas Hermanas al menos.
1. Votos y consejos evangélicos
En la teología y espiritualidad cristiana, por la palabra «voto» se entiende generalmente la manera más seria que tiene una persona de comprometerse ante Dios a cumplir aquello que se le promete mediante ese acto. Es como una alianza entre Dios y quien hace el voto a la cual hay que ser fiel en virtud de la palabra empeñada.
El voto es un acto de la virtud de la religión. Por medio de esta virtud, la criatura se siente inclinada a dar a Dios el honor y el culto que le debe como a Dueño y Señor de todo lo creado. San Vicente decía que Jesucristo tenía dos grandes virtudes, a saber: «la religión para con su Padre y la caridad para con los hombres». Por medio de esa virtud, Cristo tributaba a su Padre la gloria, el honor y la alabanza, buscando en todo cumplir su voluntad y agradarle.
En el campo y en el lenguaje de la vida consagrada, los votos son el compromiso por el que se asumen los tres consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. (También puede haber otros modos de asumirlos, por una promesa por ejemplo). Algunas congregaciones añaden otro cuarto voto más específico; las Hijas de la Caridad, en concreto, el de servicio a los Pobres.
Al comprometerse por voto a vivir según los consejos evangélicos, se quiere expresar que se ofrece a Dios la persona entera, siguiendo a Cristo en esas tres dimensiones de su existencia histórica concreta, a la vez que desean superar los posibles obstáculos que se oponen a ese seguimiento: el uso desordenado del poder, del sexo y del dinero.
El mismo Jesucristo experimentó como obstáculos a su misión esas tres pruebas, tal como aparece en las tentaciones que sufrió en el desierto. San Juan enumera como contrarios al amor del Padre «los bajos apetitos, los ojos insaciables y la arrogancia del dinero»3. «¿Qué dice una Hija de la Caridad -se preguntaba San Vicente- al hacer el voto de pobreza, castidad y obediencia? Dice que renuncia al mundo, que desprecia todas sus hermosas promesas y que se entrega a Dios sin reserva alguna… Eso es lo que se hace con los votos y lo que hay que hacer para observarlos bien»4.
la materia concreta objeto del voto, sino la virtud y el consejo evangélico correspondiente. Sería un contrasentido si el voto rebajase las exigencias de la virtud. Un ejemplo: por el voto de pobreza, las Hijas de la Caridad «se comprometen a una total dependencia en el uso y disposición de los bienes de la Compañía, así como en el uso de los bienes personales»5. Esta manera de concretar la materia del voto no les exime de las exigencias que comporta el seguimiento de Cristo pobre y de lo que implica su condición de siervas de los pobres. Por eso, la distinción que a veces se hace entre lo que exige la virtud y el voto es peligrosa, y las razones que se dan, poco convincentes. Si las Hijas de la Caridad se limitasen en su manera de entender y vivir la pobreza a lo que expresa literalmente el voto, estarían empobreciendo y rebajando las exigencias evangélicas y lo que pedía San Vicente: «Hijas mías, -les decía a todas las Hermanas refiriéndose a la pobreza- lo escogisteis cuando entrasteis en la Compañía. Si Él llevó una vida pobre, tenéis que imitarle en eso». «Todas las que estáis en la Compañía y las que no han hecho los votos aún tenéis que guardar la pobreza. Para las que los han hecho, la cosa está más clara» 7. En otras conferencias, San Vicente propone a las Hermanas el ejemplo de los capuchinos y las carmelitas que se destacan por el rigor con que viven la pobreza8. Por eso, cuando las Constituciones presentan los votos de las Hijas de la Caridad, además de concretar la materia del voto, asumen la teología y la espiritualidad de las virtudes y de los consejos evangélicos correspondientes.
Y no podía ser de otro modo. Porque las Hijas de la Caridad, con la emisión y renovación de los votos, confirman su consagración a Dios; y ésta consiste en un modo evangélico radical de seguir a Cristo, entregándose totalmente a Dios para servir a los pobres. Como reafirmación de dicha consagración y para mejor cumplir el fin asumen los consejos evangélicos con todas las exigencias que implica el hacerlo por medio de los votos.
2. Los votos en la Compañía
Los votos se introdujeron en la Compañía nueve años después de su fundación. Hasta entonces también eran verdaderas Hijas de la Caridad. Cuando entraban en la Compañía todas se comprometían a vivir en pobreza, castidad y obediencia.
Antes de introducirse la costumbre de hacer los votos, San Vicente había hablado repetidas veces a las Hermanas de la necesidad de la práctica de las virtudes de la castidad, de la pobreza y de la obediencia. Si los votos no constituían un elemento esencial en la Compañía, sí lo era la práctica de los tres consejos evangélicos. En relación con la pobreza San Vicente les dice: «Algunas de vosotras habéis hecho voto de pobreza, y las demás tienen el propósito de hacerlo. Cuando entrasteis en la Compañía, estabais todas resueltas a abrazar la pobreza, porque de lo contrario no se os habría recibido».
En la conferencia del 5 de julio de 1640 San Vicente dice a las Hermanas: «Las Hijas de la Caridad, aunque por ahora no tengan votos, no dejan de estar en ese estado de perfección si son verdaderas Hijas de la Caridad». En la conferencia que les dio dos semanas después les transmitió con emoción el impacto que le había producido la fórmula con que los Religiosos Hospitalarios de Italia asumían los votos de pobreza, castidad y obediencia y de servir a nuestros señores los pobres. La reacción de las Hermanas fue expresar si ellas no podrían hacer también esos votos. San Vicente admite la posibilidad, pero precisándoles que, si un día los hacen, será sin que eso les convierta en religiosas».
El 25 de marzo de 1642, Santa Luisa y cuatro Hermanas más hicieron por primera vez los votos «por toda su vida». Sucesivamente otras Hermanas los van asumiendo, pero con una gran libertad: unas sí y otras no; unas temporales y otras perpetuos, sin que estas diferencias creasen ningún obstáculo ni desigualdad en la comunidad. En 1648 comienzan a ser anuales, y tanto para hacerlos como para renovarlos, las Hermanas pedían la aprobación a San Vicente.
Según van pasando los años, se va generalizando entre las Hermanas la práctica de pronunciar los votos y el hacerlo entre los cinco y los siete años de vocación. En 1801 se convierten en condición indispensable para permanecer en la Compañía.
La preocupación y empeño de los fundadores fue inculcar a las Hermanas que, aunque hiciesen los votos, no pasaban a pertenecer al estado de las religiosas sino que permanecían siendo seculares. Lo que querían salvaguardar era la movilidad para servir a los pobres allí donde ellos se encontrasen. Y el miedo y peligro era que al hacer los votos las tomasen como religiosas, lo cual habría implicado tener que vivir en clausura. «Si os pregunta (el obispo) qué sois, si sois religiosas, le diréis que no…, pues si lo fueseis tendríais que estar encerradas y que por consiguiente: «Adiós al servicio de los pobres». Decidle que sois unas pobres Hijas de la Caridad que os habéis entregado a Dios para servir a los pobres… Y si os pregunta además: «¿Hacéis votos religiosos?» Decidle: «No, señor, nos entregamos a Dios para vivir en pobreza, castidad y obediencia, unas para siempre, otras por un año»».
La Compañía es en la Iglesia una Sociedad de vida apostólica. Estas Sociedades no tienen votos religiosos; abrazan los consejos evangélicos mediante un vínculo determinado por las Constituciones. Las de las Hijas de la Caridad dicen que son «»no religiosos», anuales y siempre renovables». La Iglesia, al aprobar las actuales Constituciones, garantiza que en la manera que tiene la Compañía de comprender y expresar hoy los votos también está siendo fiel a los fundadores.
La expresión «votos no religiosos» significa, en primer lugar, que los votos de las Hijas de la Caridad son distintos a los de las religiosas. Y la diferencia fundamental está —como ya dijimos en la conferencia anterior— en que en la vida religiosa se profesan los consejos evangélicos por votos públicos, y ese acto es lo que les constituye en religiosas. Y lo que constituye a una Hija de la Caridad es la entrega de su vida a Dios para servir a los pobres. Por eso es Hija de la Caridad desde que ingresa en el Seminario. Los votos (ni públicos, ni solemnes, ni totalmente privados, sino los propios de la Compañía) vendrán después para confirmar esa entrega a Dios y para mejor servir a los pobres. En la consagración de las religiosas el centro está en la profesión de los votos; en la consagración de las Hijas de la Caridad el centro está en el servicio a Cristo en los pobres.
Suele decirse que la definición de los votos de la Compañía como «no religiosos» es negativa y no explica propiamente lo que son. Creo que están claramente explicados en los números que las Constituciones les dedican y en la «Instrucción». El que hoy se intente una revalorización de los votos, no equivale a religiosizarlos, sino a comprenderlos y vivirlos según las Constituciones.
Expresión de una exigencia espiritual
Ayer dijimos que la consagración de las Hijas de la Caridad no es menos radical que la de las religiosas. Ahora afirmamos que también los votos de la Compañía son signo de una mayor exigencia, aunque sean «no religiosos». Escuchemos a San Vicente: «Sería conveniente que aquellas a las que Dios les ha dado la gracia de entregarse más perfectamente a Él y que le prometieron servirle en la Compañía, renovasen sus votos».
«Al entrar en la Compañía escogisteis a nuestro Señor como esposo y Él os recibió como esposas, o mejor, os prometisteis a Él. Luego, al cabo de cuatro años poco más o menos, os entregasteis a Él por completo por medio de los votos».
«Hijas mías, todas vosotras habéis sido inscritas en el libro de la caridad cuando os entregasteis a Dios para servir a los pobres; especialmente el día que hicisteis los votos recibisteis este nombre que os ha dado el mismo Dios».
El hecho de ser anuales y renovables tampoco rebaja su importancia. La temporalidad no es signo de provisionalidad, sino dinamismo espiritual y un impulso para una profundización progresiva en la vocación. Esta es intencionadamente una opción de por vida. La renovación anual es un SÍ sin discontinuidad a la vocación. Ante una posible relativización de los votos por el hecho de ser anuales, San Vicente afirmaba: «Valdría más no hacerlos que tener la intención de dispensarse de ellos cuando uno quiera» Comprendidos y vividos a la luz del «voto especial»
Otro aspecto fundamental de los votos de las Hijas de la Caridad es que el fin de la Compañía constituye el objeto de su cuarto voto, su «voto especial». Este es el más específico de la Compañía y el más directamente relacionado con su identidad y con el fin que tiene en la Iglesia. Los otros tres hay que comprenderlos y vivirlos en referencia a ese cuarto voto. La Fórmula con la que pronuncian los votos lo deja entrever claramente: «En respuesta a la llamada de Cristo que me invita a seguirle y a ser testigo de su caridad hacia los pobres… hago voto a Dios por un año de castidad, pobreza y obediencia… y de emplearme en el servicio corporal y espiritual de los pobres». Y es que «el servicio de Cristo en los pobres es un acto de Amor —amor afectivo y efectivo— que constituye la trama de su vida». «La práctica de los consejos evangélicos… reciben de dicho servicio su carácter específico». «La práctica de los consejos evangélicos siempre vinculados al servicio de Cristo en los pobres». La Compañía es una Sociedad de vida apostólica y éstas se identifican, ante todo, por un fin apostólico; el de las Hijas de la Caridad es el servicio corporal y espiritual a los pobres.
3. El profetismo de los consejos evangélicos
La Constitución conciliar Lumen Gentium afirma que todos los fieles, incorporados al pueblo de Dios por el bautismo, participan de la función profética de Cristo.
Si la vida consagrada es una profundización y un despliegue de la consagración bautismal, es lógico que este modo de ser cristiano se le defina como «como una forma especial de participación en la función profética de Cristo».
Lo característico del profeta es su experiencia de un Dios apasionado por su pueblo, especialmente por los pobres y oprimidos. El profeta se siente elegido y enviado para proclamar la santidad de Dios y ser defensor de los pobres. Como mensajero de Dios, ve y juzga los acontecimientos desde criterios de Dios y del Evangelio, y está dispuesto a dar su vida por la causa del Reino, por la verdad y por la justicia.
El profeta, en primer lugar, anuncia el plan de Dios, y como consecuencia, denuncia aquellas situaciones que impiden el cumplimiento de esa voluntad salvadora. Y lo hace con su vida y su palabra. Es testigo y profeta al mismo tiempo, porque no se elige ser o hacer de profeta; se es profeta desde la propia vida.
La Exhortación «Vita Consecrata» asigna a los consagrados la misión de dar una respuesta a los grandes retos que la cultura actual lanza a la Iglesia y a la misma vida consagrada: «son desafíos de siempre, que la sociedad contemporánea, al menos en algunas partes del mundo, lanza con formas nuevas y tal vez más radicales».
El principal reto que hoy tiene la vida consagrada proviene de una cultura en la que se está perdiendo el rastro de Dios. El agnosticismo, el ateísmo práctico, la indiferencia o el desprecio de los valores espirituales ganan terreno. Ante esta realidad, el testimonio profético de la vida consagrada consistirá en afirmar con la vida la primacía de Dios. Ante el oscurecimiento o la nostalgia de Dios, los consagrados están llamados a ser buscadores incansables y «testigos del Dios vivo».
Las tres fuerzas que impulsan gran parte de las aspiraciones y deseos de la cultura actual son la ambición de poder, de gozar y tener, expresados en determinadas actitudes y comportamientos ante la libertad, el sexo y el dinero. El profetismo de los consejos evangélicos que asumen los consagrados consistirá en una manera evangélica de comprender y vivir esas tres realidades.
Ante el desafío de una cultura que idolatra el instinto sexual, buscando saciarlo al margen de toda norma moral y reduciendo a las personas en mero objeto de consumo, los consagrados están llamados a dar testimonio de un celibato en castidad. Al abrazar este consejo evangélico en seguimiento de Cristo célibe y casto, los consagrados anuncian el amor gratuito y universal, a la vez denuncian la comprensión y el ejercicio distorsionados de la sexualidad como explotación y utilización de las personas para el placer egoísta.
Ante el desafío del materialismo, ávido de tener y poseer, que idolatra el dinero y el consumismo, que se desinteresa de los marginados de la sociedad y genera una injusta distribución de los bienes, por el consejo evangélico de la pobreza los consagrados anuncian la opción preferencial de Dios por los pobres, la solidaridad, el compartir, la cercanía desde una vida sobria y sencilla. A la vez, que denuncian el consumismo, la acumulación, la injusta distribución de los bienes y las causas que provocan la marginación.
Ante el desafío del individualismo que exalta la libertad absoluta de la persona al margen de toda referencia a la moral y a los derechos de los demás, el consejo evangélico de la obediencia anuncia el señorío de Dios, la superación del individualismo para discernir con otros los signos de los tiempos, la armonización de la libertad y la autoridad, la disponibilidad para la misión. Y denuncia el poder que esclaviza a los débiles, el egoísmo y autosuficiencia, la autoridad como dominio.
Uno de los aspectos de la inculturación es tratar de transformar o enriquecer las culturas con los valores del evangelio. Los consagrados, mediante la práctica de los consejos evangélicos, están llamados a ser creadores y sembradores de una cultura de solidaridad, de libertad y de amor. Será, sin duda, una cultura crítica ante los contravalores reinantes. Pero también una «terapia espiritual» para la humanidad. La Exhortación «Vita Consecrata» afirma que «la vida de la Iglesia y la sociedad misma tienen necesidad de personas capaces de entregarse totalmente a Dios y a los otros por amor de Dios». Y se pregunta: «¿Qué sería del mundo si no existiese la vida consagrada?». «Sin este signo concreto -se responde- la caridad que anima a la Iglesia correría el riesgo de enfriarse, la paradoja salvífica del Evangelio de perder en penetración, la sal de la fe de disolverse en un mundo de secularización».
Lo dicho en este apartado sobre la función profética que tienen los consejos evangélicos es aplicable a todas las formas de vida consagrada, también para las Hijas de la Caridad. Las dos últimas Asambleas lo han reconocido claramente: «Inmersas en el mundo, pertenecemos sin embargo a Cristo. Por la radicalidad de nuestro don total a Dios, confirmado por los votos, queremos ser para el mundo una voz profética que dé testimonio del Dios vivo. Queremos vivir los consejos evangélicos: la castidad, fuente de libertad interior y de fecundidad; la pobreza de corazón, como siervas humildes, sencillas y llenas de amor; la obediencia responsable que integra la dimensión de la fe en la relación autoridad-obediencia».
Pero desde la peculiar consagración de la Compañía y desde su cuarto voto especial, las Hijas de la Caridad tienen que sentirse impulsadas a ser testigos y profetas con un acento peculiar. Hacen profesión de servir, de dar la vida por la caridad en el servicio corporal y espiritual a los pobres, «apóstoles de la caridad», les llamada el fundador.
Desde esta su identidad, las Hijas de la Caridad están llamadas a hacer más real y creíble la opción preferencial de la Iglesia por los pobres. Y si la misión del profeta brota y se sustenta en una fuerte experiencia del Dios de los pobres, el profetismo de las Hijas de la Caridad no puede tener otra fuente y otro sustento que un amor apasionado por un Cristo evangelizador y servidor de los pobres y el convencimiento de que existen en la Iglesia para continuar la misma misión. Su condición de siervas de los pobres y éstos sus «amos y señores», se traducirá en un servicio corporal y espiritual sustentado y animado por un espíritu de humildad, de sencillez y de caridad.
4. Algunos puntos de insistencia para las Hijas de la Caridad de hoy en relación con los votos
Si la renovación anual de los votos es una confirmación de su consagración, un nuevo SÍ pronunciado en libertad a la vocación a la que Dios les ha llamado, debería ser todo lo que incluye esa vocación lo que se renueva cada año. Supuesto esto, voy a fijar mi atención en algunos aspectos que, en mi opinión, necesitan un impulso especial en el momento actual de la Compañía. Reconociendo que se podrían enumerar otros, me limitaré a señalar solamente seis, los dos primeros referentes a los votos en general, y los restantes en relación con cada uno de los cuatro votos en particular.
a) En relación con los votos en general
El hecho de que sean «no religiosos» y renovables cada año, no aminora la radicalidad evangélica que conlleva el asumir por voto los consejos evangélicos. San Vicente urgía a las Hermanas a vivir su vocación con una mayor exigencia «desde el momento que hicisteis los votos». Ya hemos dicho anteriormente que el hecho de asumir los consejos evangélicos por los votos ha significado siempre en la Iglesia un seguimiento más radical de Cristo. Y si no son eso, pierden su razón de ser. El P. Maloney ha escrito: «Los votos son signos proféticos y palabras atrayentes si los vivimos verdaderamente a fondo. De lo contrario son un escándalo, una mentira, la historia de uno que da y en seguida retira» 32. Sin esa nota de radicalidad se convierten en sal que ha perdido su sabor y levadura sin fuerza para hacer fermentar la masa. Alerta, pues, ante una posible banalización y relativización de los votos.
b) En relación con la temporalidad de los votos
El hecho de que las Hijas de la Caridad hagan votos por un año y sean renovables no debería afectar en nada a la opción vocacional que, en sí misma, es de por vida. Ambos fundadores insistían en este aspecto. San Vicente decía: «Os habéis entregado vosotras mismas a Él en la Compañía con la intención de vivir y morir en ella». Y Santa Luisa escribía: «No recibimos a ninguna que no tenga la intención de vivir y morir en la Compañía».
Quizá por la influencia de uno de los rasgos de la cultura actual, que se expresa en el miedo a asumir compromisos duraderos y la preferencia por los de corta duración, algunas Hermanas están relacionando su opción vocacional con la temporalidad de sus votos. La intención de los fundadores era todo lo contrario. Aceptaron que en la Compañía se hicieran los votos como signo de madurez y estabilidad en la vocación. La fidelidad a la vocación incluye la perseverancia.
La renovación anual no significa provisionalidad sino dinamismo, nuevo impulso y profundización en lo que implica la consagración en la Compañía. Esto tienen que tenerlo muy claro las Hijas de la Caridad, incluso aunque otras congregaciones tengan cierta confusión al respecto. Hace pocos meses, durante un encuentro de Superiores mayores, alguien sugirió que la manera de atraer nuevas vocaciones sería asumir los votos por un año, como hacen las Hijas de la Caridad; y la razón que se dio fue que eso conecta con la sensibilidad actual de los jóvenes. No deja de ser una confusión más a la hora de comprender el sentido de la temporalidad de los votos en la Compañía; y una manera equivocada e ineficaz de presentar la vocación a los jóvenes; prueba de ello es que tampoco las Hijas de la Caridad atraen muchas vocaciones.
Si en la Compañía no se toma la renovación anual de los votos como signo de confirmación y de profundización progresiva en la vocación, esa temporalidad de los votos se convierte en una ocasión de conflictos y casuística. Conflictos en aquellas Hermanas que, con motivo de la petición de la renovación dudan, año tras año, si permanecen o se van, lo cual les hace vivir desestabilizadas, inseguras, desintegradas y con escaso sentido de pertenencia a la Compañía. Y conflictos y casuística para ellas y para las diversas instancias de gobierno ante las diversas posibilidades que contemplan las Constituciones: si piden o se les impone una prórroga en la renovación, por cuánto tiempo, cómo vivirla, qué acompañamiento ofrecerles, si han cumplido o no diez años de vocación, etc. Y lo que es más serio aún, cuando se pide una dispensa de votos poco antes de finalizar o a poco de haberlos renovado, sobre todo cuando el motivo que se aduce existía ya antes. ¿No está indicando todo esto una desvalorización de los votos? Afortunadamente no de dispensa tendría que ser algo excepcional, si es que se toma en serio lo que significa comprometerse ante Dios por voto.
c) En relación con el voto de castidad
En una cultura hedonista que coloca en primer plano la satisfacción del instinto sexual, el celibato en castidad resulta incomprensible, o se desconfía y sospecha sobre la autenticidad con que se vive. Tal es el contexto en el que la vida consagrada asume hoy el consejo evangélico de la castidad.
Ciertamente que la revolución que se ha dado en torno a la sexualidad ha ayudado a superar ciertos tabúes y a situarla en un contexto menos represivo. Pero no se debe ignorar que, junto con los aspectos positivos, la sexualidad se está trivializando y desenfoncando. Y eso tanto en la sociedad como en la vida consagrada.
Estadísticas serias y fiables nos dicen que la mayor parte de los abandonos de la vocación tienen, como causa primera, problemas no resueltos en torno a la castidad, aunque frecuentemente se enumeren otras causas. Igualmente, que determinados comportamientos en la vida comunitaria y en el servicio a los pobres subyacen expresiones de una sexualidad y afectividad inmaduras y deformadas.
Los puntos de insistencia en relación con este voto serán: en primer lugar, una mística de la castidad. Si no es un amor apasionado por Cristo y por su causa, cultivado en la oración y apoyado en el amor fraterno, la castidad evangélica de los consagrados es imposible y carecería de su verdadera motivación. En segundo lugar, durante las etapas de formación inicial, hoy más que nunca, hace falta una información clara y una formación sólida en relación con la sexualidad y la afectividad. Y, más aún, sobre lo que significa e implica vivir el celibato en castidad.
Una visión positiva de la sexualidad no excluye la vigilancia y la ascesis. Hoy nos pueden parecer exageradas ciertas precauciones que San Vicente proponía a las Hermanas como medios para guardar la castidad. Sin embargo la experiencia nos confirma en la necesidad de centrar bien la afectividad y estar alerta en lo relacionado con la amistad, en el uso de los medios de comunicación etc. Porque la castidad es a la vez ofrenda gozosa y renuncia. Las Constituciones recuerdan que la castidad, como «respuesta de amor a una llamada del Amor, implica la participación en el Misterio Pascual, misterio de muerte y de vida». Si bien es cierto que también el voto de castidad de las Hijas de la Caridad se orienta hacia el servicio de los pobres, su fundamento no está ahí. Está en el ejemplo de Cristo y en un amor a Dios sobre todas las cosas. Y sin esto se estaría instrumentalizando la castidad, aunque sea por la noble causa del servicio a los pobres.
d) En relación con el voto de pobreza
Los puntos de insistencia hoy con relación al voto de pobreza que asumen las Hijas de la Caridad podrían concretarse en los siguientes:
La Compañía sirve a los pobres a través de diversas obras y servicios. Para ello necesita bienes, sean estos muebles o inmuebles. Así ha sido desde sus orígenes y hay que pensar que eso no impidió vivir la pobreza evangélica a los fundadores ni a las primeras Hermanas.
Pero hoy, en varias Provincias, se da una realidad de la que hay que sacar enseñanzas para el futuro y para las Provincias que aún no están afectadas por esa realidad. Por diversas causas, explicables y sin duda justificadas, se encuentran con un patrimonio cuya gestión les sobrepasa, o consume unas energías que podrían estar orientando más directamente a la animación del espíritu y el fin de la Compañía. Y cabe preguntarse quién se beneficiará de ese patrimonio en el futuro. Ojalá sean los pobres; eso es lo que se pretende, pero los interrogantes permanecen.
En tales Provincias que cuentan con tal patrimonio, la pobreza se vive en un estilo de vida sobrio y sencillo, tanto personal como comunitariamente, a pesar de la tentación del consumismo que acecha a quienes tienen bienes. Pero serán pocos los que perciban que la Provincia da un testimonio de pobreza; a lo más que es una institución poderosa dedicada al servicio de los pobres. ¿Es este el ideal evangélico al que tiene que aspirar la Compañía?
Si es muy difícil dar testimonio de pobreza y vivirla siendo ricos, uno de los puntos de insistencia sobre este voto va dirigido a aquellas comunidades y Provincias que son pobres o que están comenzando. Que no tengan afán de grandeza y propiedades; que no unan necesariamente servicios eficaces a los pobres con grandes obras. Se les puede servir con medios sencillos, sin ser ni dar impresión de una institución poderosa sostenida por un capital extranjero inagotable. Es más fácil y quizá más evangélico ser y vivir pobres entre los pobres porque se ha optado libremente por ellos, que ser y aparecer pobres teniendo muchos bienes.
e) Con relación al voto de obediencia
Otro punto de insistencia con relación al voto de pobreza de las Hijas de la Caridad se refiere al uso de los bienes personales. Su voto les permite tenerlos. Pero a lo que tendrán que prestar atención es a no fomentar diferencias en el estilo de vida entre las Hermanas que poseen y las que carecen de ellos. La petición de los permisos correspondientes es una expresión de la pobreza como dependencia, a la vez que oportunidad para un discernimiento sobre la utilización de esos bienes.
Jesús es, ante todo, el Hijo de Dios que se encarnó para cumplir la misión que el Padre le había confiado, misión que se orienta a anunciar la buena noticia a los pobres. El voto de obediencia en la Compañía se orienta a facilitar la continuación de la misión de Cristo entre los pobres. El empeño de San Vicente para que las Hijas de la Caridad no fueran religiosas, fue para que la clausura no les impidiese ir a donde los pobres las reclamasen.
Pero además de salvar ese obstáculo físico, a las Hijas de la Caridad «hermanas que van y vienen» se les pedía una gran disponibilidad y movilidad. Cuando San Vicente les hablaba de la obediencia, casi siempre la traducía en disponibilidad para ir a donde los superiores las enviasen y los pobres las reclamasen.
En la cultura actual, el individualismo y el egoísmo se disfrazan frecuentemente bajo la capa de libertad. Otro punto de insistencia sobre el voto de obediencia hoy será fomentar la disponibilidad. La continua revisión de obras en cada Provincia no puede realizarse sin esa disponibilidad total de las Hermanas. La misión de la Compañía no tiene que ser obstaculizada por los proyectos personales ni por los lazos afectivos, profesionales o apostólicos de las Hermanas. La obediencia requiere corazones libres para aceptar la voluntad de Dios, conscientes también de que la autoridad, el discernimiento comunitario y los signos de los tiempos son mediaciones para descubrir el plan de Dios sobre la Compañía. La persona se realiza en libertad no replegándose en sí misma, sino en una actitud dialogal y de interdependencia.
f) En relación con el voto de servicio a los pobres
Cuando entre las Hijas de la Caridad se afirma que el voto más característico de la Compañía es el de servicio a los pobres, que es la expresión de su consagración, la trama que une y da sentido a los otros tres votos se están haciendo afirmaciones verdaderas, pero no se está agotando toda la verdad. Porque «no basta servir a los pobres» 38; «otras muchas hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera que vosotras lo hacéis» 39. Faltaría, pues, añadir: siempre que el servicio a los pobres se haga como Hija de la Caridad. Y eso incluye: mirar a los pobres con los ojos de la fe, viendo en ellos la imagen de Cristo; buscar al mismo tiempo socorrerles, promocionarles y evangelizarles; realizar el servicio con verdadera actitud de siervas, expresada en la humildad, la sencillez y la caridad.
El punto de insistencia con relación al voto de servicio a los pobres será, pues, recuperar o acrecentar la mística del servicio. Y esto tiene mucho que ver con el por quién, por qué y cómo se sirve a los pobres.
CONCLUSIÓN
Los votos de las Hijas de la Caridad son «no religiosos». Pero el objeto sobre el que versan los votos de unas y otros son los mismos consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. Según la Exhortación «Vita Consecrata», asumir los consejos evangélicos sólo se explica por una «sobreabundancia de amor y gratuidad»40. Amarás a Dios más que a todas las personas se traduce en castidad; más que a todas las cosas, en pobreza; más que a uno mismo, en obediencia. La diferencia entre los votos que asumen las Hijas de la Caridad y los que profesan las religiosas no está en la mayor o menor radicalidad evangélica de unos u otros, sino en el enfoque que se les da y en determinados efectos jurídicos. Uno de los objetivos de estas conferenciaS ha sido tratar de explicar lo que tienen en común y lo que tienen de específico. La fidelidad a la propia vocación presupone una clarificación de su identidad y especificidad. Ambos aspectos están incluidos en esta frase feliz y concisa del P. Lloret: «no se hacen votos para ser Hijas de la Caridad, sino porque se es Hija de la Caridad y para serlo más cada día». La frase expresa tanto la especificidad de los votos en la Compañía como el sentido dinámico de la renovación anual.
Pero tener una mayor claridad de ideas no equivale a vivir en una mayor coherencia. Y lo que se intenta con la renovación anual de los votos es justamente eso: avanzar en coherencia, conseguir un mayor ajuste y sintonía entre lo que se está siendo en realidad y lo que se está llamado a ser según el proyecto vocacional abrazado.
Esto no es posible sin la gracia de Dios. La vocación es un don gratuito, y la fidelidad a ella también. Por eso será bueno concluir esta conferencia con la oración que San Vicente pronunció con gran fervor el día que habló por primera vez a las Hijas de la Caridad de la posibilidad de asumir los votos en la Compañía:
«iOh, Dios mío! Nos entregamos totalmente a Ti; concédenos la gracia de vivir y morir en la perfecta observancia de una verdadera pobreza. Yo te la pido para todas nuestras Hermanas presentes y lejanas. ¿No lo queréis también así hijas mías? Concédenos también de la misma forma la gracia de vivir y morir castamente. Te pido esta misericordia para todas las Hijas de la Caridad y para mí, y la de vivir en una perfecta observancia de la obediencia. Nos entregamos también a Ti, Dios mío, para honrar y servir toda nuestra vida a nuestros señores los pobres, y te pedimos esta gracia por tu santo amor».







