Cuarta base: Que el Visitador, en unión de su Consejo, pueda estableces para bien y prosperidad de la Provincia, lo que crea necesario, conveniente y oportuno.
55.- La sabiduría y acierto con que se ha fijado esta necesaria e indispensable Base se ve a primera vista. Sin ella, el Visitador de España sería una nulidad; estaría sujeto como ha querido sujetársele desde 1855, a disposiciones que, o bien no podría obedecer o le harían faltar a su conciencia y a las contratas y compromisos celebrados con el Gobierno Español; y atendiendo al carácter particular de la Congregación de la Misión, los Señores Obispos verían frustrarse y aun desaparecer en un instante el plan que se formaran con el Visitador General de España, tanto por lo que mira a la formación y dirección de los Seminarios como por lo que toca al modo de establecer y hacer las Misiones en los Pueblos; si este no tuviese bastante autoridad para disponer lo que creyese más necesario, conveniente y oportuno.
56.- Tal vez se creerá que esta 4ª Base abre las puertas a la relajación, o bien a que los Misioneros Españoles se ocupen de funciones incompatibles con los trabajos apostólicos propios de su instituto y que con tanta urgencia piden el Clero y el Pueblo Español. A esto contestaremos con lo que dejamos insinuado en la 1ª Base y creemos que ciento cincuenta años de experiencia son una garantía más que suficiente para que no se recele de la autoridad con que esta 4ª Base inviste al Visitador Español. Otra garantía es la sujeción y dependencia que los Misioneros Españoles tienen, como hemos visto, de los SS. Obispos. Además, no se dice que el Visitador obre sin regla alguna porque reglas tiene y a ellas debe sujetarse y la principal de todas ellas es la que se consigna en esta misma 4.° Base, a saber: que lo que se establezca para el bien y prosperidad de la Provincia sea en unión de su Consejo: de este modo desaparece todo temor y queda asegurada la conservación del verdadero espíritu en toda la Provincia de España.
57.- No podremos decir ciertamente lo mismo si se desecha la Base que nos ocupa: la Congregación de la Misión sería entonces enteramente inútil y aun sumamente perjudicial a España; su existencia y conservación no sería efecto de la protección del Gobierno ni de la ilustre munificencia del esclarecido Episcopado Español; seria sí resultado de las miras más o menos interesadas y de los planes más o menos atrevidos del Superior Extranjero; lo diremos más claro, el Superior Francés, especularía con los Misioneros Españoles, como lo ha hecho ya, y como lo está haciendo, con mengua de nuestro honor Nacional . Ahí están las pruebas.
58.- Hemos dicho, en primer lugar, que si el Superior Español no tiene todas las facultades necesarias para establecer lo que crea indispensable para el bien y prosperidad de la Congregación de la Misión en España, dicha Congregación es inútil. Lo que hoy día necesita España, son Comunidades que se dediquen no a la vida contemplativa sino Corporaciones Apostólicas que uniendo la acción a la contemplación, se interesen por la suerte de los pueblos y trabajen a la moralización de las mansas; ellas deben servir de lugares de refugio y centros de esperanza en donde los desgraciados que no encuentran consuelo ninguno en medio de la sociedad actual, tan corrompida y materializada, hallen la paz que desea su corazón; saliendo de allí nuevos hombres, verdaderos amantes de su familia y de su Patria, fieles discípulos de la Religión Santa y Divina, dispuestos a sacrificarse por los intereses y el honor de la Nación. Así lo ha comprendido la Católica España: tal es la convicción de su esclarecido Episcopado, tales los sentimientos de Nuestro Santo Padre el Papa Pio IX. Ahí está el art. 29 del Concordato de 1851; él solo dice más de lo que nosotros decir pudiéramos con largas disertaciones. Pues bien; doce años han pasado ya desde que la Congregación de la Misión ha sido restablecida en España; durante este período apenas se ha visto un Paúl en una Casa de Beneficencia o de Corrección de esta Corte.
59.- Los Hospitales, Hospicios, Cárceles y Presidios, Orfanatorios e Inclusas, Casas de Reclusión y cien otros lugares en donde la humanidad necesita de los auxilios de la Religión Divina y en donde esta consigue los más gloriosos, a la par que tiernos triunfos, era en donde pasaba la mayor parte de sus días el Padre de los pobres, Héroe de la caridad e insigne Apóstol del siglo XVII, Vicente de Paúl. Mas es un hecho del que se lamenta España, pero de un modo especial, la Corte de Madrid, que los PP. Paules que a imitación de su esclarecido Fundador y siguiendo los fines por los cuales fueron restablecidos últimamente en la Península, debían estar enteramente consagrados a procurar el bien y el alivio de todos los necesitados; no se ven ni aparecen para nada allí en donde la humanidad desgraciada y desvalida está pidiendo con el mayor interés el pan de la divina palabra, el consuelo celestial que solo puede dar la sublime y encantadora Religión fundada por Jesús.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué se falta de un modo tan claro a lo dispuesto por el Concordato? ¿Por qué se desprecian las sentidas quejas del religioso y necesitado pueblo Español?… Con solo decir que el Superior Francés, en una de sus últimas circulares, dispone y manda que los Sacerdotes de la Congregación de la Misión no se encarguen de la dirección espiritual de persona alguna, está dicho todo. Y entonces preguntamos: ¿Con qué objeto se ha restablecido la Congregación de los Paules en España? ¿Si se retiran de ejercer los oficios de la caridad; si se retraen de dirigir las conciencias de los fieles, según lo dispone y manda el Superior Francés, para qué sirve su conservación en la Península?
61.- Acaba de verse cuán importante es la Base que nos ocupa: demos un paso más y quedaremos más íntimamente persuadidos de su imprescindible necesidad.
62.- Hace años ya que el Superior Francés ha estado manifestando, y aun llevando a efecto, su gran proyecto de centralizarlo todo en París. Empezó por la centralización de fondos; siguió con la centralización del poder y hoy día lleva entre manos la más difícil, la centralización del personal.
63.- Sobre la primera por hoy no queremos decir una palabra; acerca de la segunda hemos dicho lo suficiente, haciendo palpar sus funestas consecuencias al examinar la necesidad de la primera Base; con respecto a la tercera diremos dos palabras para que se vea más claramente lo que hemos dicho que, si no se admite la cuarta Base, la conservación de la Congregación de los Paules en España es perjudicial; perjudicial decimos a nuestra fe, a nuestras costumbres y a nuestro honor Nacional.
64.- El Superior Francés, en su circular de 1.° de Noviembre de 1861, manifiesta de un modo muy claro la necesidad que hay según su modo de entender de que todos los individuos pertenecientes o que pertenecer pretendan a la Congregación de los Paúles se formen en una sola casa, esto es, en la «de París». Ahora preguntamos nosotros: ¿qué tienen que ver los Misioneros que se forman en Francia con los que necesita España? ¿Por ventura España no se los ha formado desde 1704 con el éxito más feliz? Además, España admitió el Concilio de Trento y lo declaró ley del Estado, mientras que Francia apenas lo conoce; hay en Francia libertad de cultos; se reconoce el matrimonio civil; es en donde levantó su cabeza y dejó la señal de sus impuras plantas el Jansenismo; es… no queremos decir más; el esclarecido e ilustre Obispo de Orleans dijo, hace muy poco, en una solemne ocasión que España era el país católico siempre virgen en su fe y el que no se había dejado manchar jamás ni por la herejía ni por la infidelidad ni por el cisma.
65.- ¿Qué podemos ambicionar los Españoles acerca la Religión que no lo tengamos ya?—¿Qué irán a aprender nuestros jóvenes Españoles saliendo de su madre patria declarada virgen en su fe pasando a una Nación que ofreció incienso a la Liviandad?—¿Qué resultará de ese roce y manejo de autores sospechosos y aun muchos de ellos opuestos abiertamente a la fe como pululan en aquella Nación libre? ¿Podrá dar acaso buen resultado?—¿Adelantaremos alguna cosa? ¿Será más fundada y firme la fe de nuestros Misioneros, después que se haya rodeado de la duda y del espíritu del libre examen? —No es menos palpable lo perjudicial que sería tal formación a nuestras costumbres.
66.- Es bien sabido que en los estudios de moral, los tratados de mayor interés e importancia, relativos a las costumbres, son los conocidos con los nombres de Iure Justitia y de Contractibus; pues bien, ambos tratados, además de los principios generales del derecho, se apoyan y fundan en las leyes y disposiciones, usos, prácticas y costumbres establecidas y admitidas en los respectivos Reinos.—¿El derecho Francés es acaso el derecho de España? —¿Qué tienen que ver las disposiciones y leyes de Francia con las de España?—¿Son acaso lo mismo sus prácticas y usos? Además, la formación del Clero Francés ¿no tiene cierto carácter, cierta expresión y cierto modo que le estará muy bien en su paíspero que en España nos choca y repugna? Y si un grande político Francés se ha quejado del demasiado roce del Ejército Francés con el pueblo Romang alegando que la forma clerical del Gobierno de Roma no estaba conforme con el carácter Francés ni eran las mismas las costumbres y prácticas Romanas que las que hay en Francia; ¿podremos admitir nosotros conveniencia alguna en el roce que deberían tener nuestros Misioneros con el Clero Francés, si pasasen a París para formarse allí?
67.- Si de lo especulativo pasamos a lo práctico, las dificultades toman colosales dimensiones. No somos nosotros los que vamos a hablar; es el Superior Francés, quien declara de la manera más explícita cuáles son sus convicciones cuáles sus proyectos. A nuestro modo de entender, no es el espíritu de la Religión quien lo anima, ni el deseo de hacer la felicidad de nadie, quien lo inspira a obrar más bien parece un conquistador que presenta el plan que debe seguirse en los pueblos que pronto va a dominar que un sucesor de S. Vicente, de ese hombre grande que siguiendo el pensamiento del Apóstol decía y lo repetía mil veces: «Me he hecho todo a todos para ganarlos a todos.» No; esta doctrina pura y sublime, que hace a la Religión divina de Jesus cada vez más grande y más amable no se descubre en el lenguaje que usa el Superior Francés; oigamos. Pero antes, queremos consignar dos notables autoridades de ilustres Españoles, prácticos y muy profundos en política: Balmes y Goñi; aquel en 1846 hablando de la influencia francesa en nuestra cara patria y este examinando en 1847 los tratados que España tiene celebrados con el vecino Imperio. Como Pensadores previeron a dónde podía conducirnos la demasiada ligereza al tratar con la Francia: después de lo que han escrito, no nos admira oír el lenguaje que usa el Superior General Francés de la Congregación de la Misión; lo que sí nos sorprende es que haya en España hombres que piensen ser muy amantes de su patria y no se ruboricen de querer sostener, apoyar y propagar las miras del Superior Francés en nuestra Católica. Nación. Se está derramando por nuestro país un torrente invasor, decía el eminente publicista Catalán que filtrándose por todas partes va matando nuestra Nacionalidad: se alteran en sentido francés nuestras ideas, nuestras costumbres, nuestras leyes, nuestros trajes, nuestra lengua. Nuestro estado social es muy diferente al de Francia; nuestras necesidades son muy distintas; las máximas que entre nosotros han de regir nada pueden tener de semejante con las que dominan en París. Esto decía, esto veía, esto pensaba Balmes en 1846. El insigne Diplomático Goñi decía en 1847 lo siguiente: «La historia de relaciones internacionales con la Francia nos presenta la política de esta Nación, animada siempre de un mismo pensamiento, a saber, el de dominar moralmente a la España. Con ningún pueblo hemos vivido en más íntimo y frecuente trato y ninguno nos ha acarreado mayores males y más repetidos quebrantos, ora con sus amistades, ora con sus enemistades. Cuando hemos sido fuertes, la Francia ha procurado debilitarnos; cuando nos ha visto débiles, ha tenido la pretensión de llevarnos atados a su carro para que sirviésemos exclusivamente a sus propias miras e intereses. Y ya amigos ya enemigos de aquella Nación, siempre hemos experimentado por su causa los más funestos desastres. Al concluir el Sr. Goñi la cuarta lección, que es de donde hemos tomado las palabras que acaban de leerse, decía lo siguiente: «La España debe estar siempre alerta para no admitir las inspiraciones de la Nación vecina, y para vivir completamente emancipada de ella, así en su régimen interior como en su política exterior… Por mucho que con razón debamos esperar de la nueva política que ha inaugurado la Nación vecina, no debemos, sin embargo, olvidar nuestra historia ni desdeñar en el porvenir los ejemplos que nos ofrece el pasado. Nunca ha necesitado más que hoy España mantener vivo el espíritu de independencia que en medio de las conmociones que agitan a la Europa debe ser el principio que nos guíe y el sentimiento que nos anime, para llevar a cabo la obra de nuestra restauración.
68.- Al observar la Nación vecina la actitud que tomaban nuestros más eminentes hombres, sin mudar de rumbo, ni ceder el campo apeló a otros medios que a su juicio debían dar por resultado el completo triunfo de su pensamiento. España es religiosa por excelencia; pues la religión debe servirnos para apoyar nuestros planes. Introdúzcanse en España Comunidades Francesas que se dediquen a la enseñanza, que ejerzan públicamente la Caridad, que ostenten gran celo a favor de la religión, pero que no se separen ni se aislen de los Superiores que residen en Francia, que no reconozcan ni estén sujetas a la autoridad y vigilancia de los Obispos en cuyas Diócesis se establezcan, que busquen medios para burlar la vigilancia del Gobierno y del Episcopado Español sobre la educación y puedan de esa manera enseñar las mismas doctrinas que se enseñan en Francia. Si conseguimos que se propaguen y abracen las tres clases de la sociedad Española, la victoria es segura. Una simple circular que de cuando en cuando expida un superior residente en París será bastante para que se vayan infiltrando en la Península Española las ideas que nos convienen y siendo personas religiosas y obrando por principios de conciencia las que deben llevar a cabo tamaña empresa no podemos dudar que la obra de nuestros días no será como la que hizo
José Bonaparte en 1808. Tal es el lenguaje del vecino Imperio; si de ello se duda, óigase a uno de sus más caracteriza dos órganos, al Superior General de la familia de S. Vicente: «La experiencia ha inspirado a S. Vicente los usos y costumbres que tenemos en la Congregación. La Compañía no debe aparecer en los demás puntos del universo más que con el mismo espíritu que tiene en Francia. Ella no tiene la misión de apropiarse el espíritu y las costumbres de los otros pueblos; antes, al contrario, debe plantear en medio de ellos su género de vida y sus instituciones. Ella no debe tomar sus formas y maneras, antes bien debe hacer aceptar las suyas; de otro modo (atiéndase, porque la razón es convincente) en lugar de salir la Congregación de Francia para pasar a otras Naciones, Dios hubiera suscitado otras semejantes en su seno.
69.- No necesitamos ya más pruebas; ni creemos necesario por ahora desarrollar las ideas que encierran las palabras que acabamos de transcribir. Con decir que fueron escritas en París, está dicho todo. Parece que el Superior francés no intenta, ni mira, ni pretende la mayor gloria de Dios ni la salvación de las almas; ni la formación del Clero ni la instrucción y moralización de las masas; a lo que sí parece inclinarse, trabajar y dirigir todos sus conatos, todas sus miras, todos sus afanes, es; a coadyuvar la idea de su Patria, la Francia, la que tiene hoy, la que tuvo ayer y la que tendrá mañana; es decir, a enseñorearse de todo el mundo, a imponer la ley a los pueblos, aun cuando desde su Cámara de los Pares, oiga la voz de uno de sus más grandes y elocuentes hijos, que con profundo sentimiento dice: «la Francia ha impuesto a los pueblos el yugo del despotismo: ella ha llevado en la punta de sus bayonetas la anarquía y el saqueo a muchos Países de Europa.»
En otro tiempo, España, detrás de la Cruz, establecía en los pueblos la civilización; hoy día la Francia, detrás de la Cruz, establece la barbarie. La historia contemporánea tiene sobre este particular, hechos que hablan muy alto.
Antes de pasar adelante, debemos consignar que las Comunidades Españolas a quienes se dirige el Superior Francés y a las que quiere sujetar son las que tienen bajo su dirección en España más de ciento treinta casas de Beneficencia; que tienen a su cargo dar Misiones en los pueblos de la Península y son también llamadas para formar el Clero Español; que su personal pasa en el día de mil ochocientos individuos. Con un número así de propagandistas alguna cosa puede hacerse y mucho más cuando se cubren con el velo de la Caridad.
Recordaremos un hecho histórico de grande importancia para nuestro asunto y que nos enseñará de la manera más elocuente la conducta que debe seguir España en la presente cuestión.
73. -A consecuencia de las severas leyes con que Inglaterra prohibió dar en Irlanda alguna clase de educación Eclesiástica, los jóvenes a quienes Dios llamaba al Santuario, pasaban a Austria, España, Francia, Italia y aun a Portugal para formarse en los Seminarios establecidos en esas Naciones. Verdad es que estos intrépidos y virtuosos levitas durante largos años no pudieron volver a pisar las playas de su país natal sino ocultamente; mas al fin su constancia heroica, triunfando de la injusticia de sus opresores, llegó a orillar estas dificultades. Mas la Inglaterra, siempre perspicaz para ver desde lejos los peligros que amagarla pueden, divisó en el triunfo obtenido por los Sacerdotes Irlandeses, es decir, de formarse fuera de Irlanda y regresar después libremente a su Patria, dificultades grandes y de trascendental consecuencia. Las ideas revolucionarias, después de trastornar la Francia, pulularon con más o menos fuerza en otras Naciones continentales, amenazando invadir más tarde, aun las más remotas de Europa. El Parlamento Inglés temió, que infestados por ellas los jóvenes Irlandeses que se educaban en Francia y en Italia, viniesen a esparcirlas en Irlanda, y aprovechando la influencia que les daba su Ministerio, dispusieran el pueblo a la revolución. Por esto en 1795 resolvió que se fundase en Irlanda un Seminario para la educación del Clero Católico, sostenido por el Erario Nacional. Llámase, Colegio de Maynooth y cuesta cada año al Gobierno Inglés, más de dos millones y medio de reales, es decir, veinte y seis mil trescientas sesenta libras esterlinas.
74. La Inglaterra consiguió lo que deseaba: el Clero Irlandés, formado y educado dentro su misma Patria, es sumamente útil a su Nación y está muy lejos de hacer levantar sospechas, que enervarían su Ministerio. No es este lugar a propósito para examinar las grandes ventajas que el Catolicismo reportó en la erección del gran Colegio de Maynooth; es suficiente para nuestro intento haber citado el hecho.
75.- Ahora bien; si Inglaterra obró con prudencia y cordura cuando resolvió la erección del Seminario mencionado a fin de conservar intacta la marcha de su Gobierno y el espíritu de su Nacionalidad, ¿podrá aplaudirse el que España permita o tolere el que sus hijos vayan a formarse en una Nación, de cuya amistad, ha dicho nuestro profundo político, Balmes, no nos puede venir bien ninguno y si acarrearnos muchos males? ¿qué, no es más noble, más grande, más poderosa la razón que tiene España para no permitir que su Clero, y mucho menos sus Misioneros, vayan a formarse en el extranjero que la que tenía Inglaterra ?… Lo oímos y no podemos creerlo. España, la Nación de los grandes hombres, que ha llenado el mundo de admiración en todos los Concilios de la Iglesia desde el primero de Nicea hasta el de Trento; la que ha llenado la tierra de inmensas obras debe acudir en el siglo XIX a pedir por caridad a un país extranjero que le forme sus hijos!!!
76.- Mas acordándonos de lo que somos, de lo que valemos, de que aun no nos hallamos en la triste necesidad de vivir bajo la tutela de nadie, preguntamos y creemos tener para ello sobrada razón: ¿no es insultarnos, no es vejar nuestro honor Nacional, después que tenemos y poseemos las mejores obras que se vieran jamás, tanto de ciencias y artes, como de filosofía, teología, moral, derecho, historia, mística, ascética, etc. etc.: decirnos: es necesario que mandéis a vuestros hijos que quieran dedicarse al Santo Ministerio y a quienes deberéis confiarles los pueblos todos de España para que los instruyamos y formemos en París?
77.- Hasta ahora jamás se habían visto ni oído planes tan avanzados como los expuestos por el Superior Francés de la Congregación que nos ocupa. No calificaremos tal conducta, pero sí diremos dos palabras sobre ella: primera, que está muy distante de la que en la actualidad sigue y siempre ha seguido el Vicario de Jesucristo. «Que vuestra benevolencia con los Misioneros Católicos, dice el muy amable Pío IX, dirigiéndose a un Monarca, vaya siempre creciendo, a proporción de su celo y su adhesión por V. M. y la felicidad de vuestros pueblos. Segunda: le aconsejamos que desista de querer plantear en España los deseos que ha iniciado; de otro modo oirá de la Nación Católica aquella expresión terrible y altamente significativa que levantó en masa a los Españoles al principio de este siglo y acabó con todo el poder de Napoleón I: No querernos que os mezcléis en nuestros asuntos.
78.- Tal vez alguno crea que, entusiasmados por el amor patrio, vemos peligros y hallamos abismos en donde realmente no los hay. ¡Ojalá fuese así! ¡ojalá pudiesen desaparecer los hechos existentes para que siquiera por un momento pudiéramos alegrarnos con una risueña ilusión … No citaremos más que dos de ellos y prometemos adherirnos con todo nuestro corazón al juicio que se forme cualesquiera persona de sano y noble criterio.
79.- Es una cosa pública y notoria que el Superior único a quien reconocen y han reconocido siempre las Hermanas de la Caridad Españolas es al Visitador General de los Padres de la Misión. En tal virtud, el esclarecido Sr. D. Buenaventura Codina, ilustre Español e insigne hijo de S. Vicente de Paul, dictó providencias y tomó las medidas que creyó convenientes y oportunas para el bien de las familias de S. Vicente establecidas en España. Esto hizo, que la Congregación de las Hijas de la Caridad se propagase en la Península de una manera asombrosa y que con facilidad pudiese ser restaurada la Congregación de los Padres de la Misión. Estas disposiciones del Sr. Codina no agradaron al Superior Francés y desde este momento, como ha dicho muy bien un individuo muy enterado en el asunto, se le empezó a calumniar y acibarar cruelmente. Esto no impidió que el Sr. Codina siguiera siendo en España el alma y el sostén de las familias de S. Vicente: su prudencia y discreción, su amabilidad en el trato, su disposición para gobernar y mil otras relevantes cualidades le granjearon el aprecio y estimación no solo de los Misioneros, de quienes era Visitador general en 1835, sino que también se captó la voluntad de todas las Hijas de la Caridad que le miraban como a su tierno y cariñoso padre. «Era imposible,» nos han dicho hombres sumamente respetables de esta Corte, conocer y tratar al Sr. Codina sin quererlo desde luego de un modo muy particular. Su carácter simpático, su trato franco y jovial, ganaban los corazones de todos los que tenían la dicha de hablarle. Hombre de un talento despejado, nos han dicho otros, de una instrucción poco común y sobre todo de una conducta la más irreprensible merecía figurar en el esclarecido Episcopado Español. Y figuró; porque el Gobierno de S. M. C. tuvo a bien presentarlo al Solio Pontificio entre los primeros que fueron preconizados para España por el augusto Pio IX después de los lamentables trastornos que interrumpieran nuestras relaciones con la Santa Sede.
Pues bien; este hombre bajo tantos aspectos venerable y cuya colosal figura descuella entre los más grandes hijos que S. Vicente de Paul ha tenido en España, este hombre que en los días de más tribulación sostuvo la Casa del Señor conservando la vocación de cien y cien Misioneros Españoles que después llevaron la fe al Asia, África y América, este hombre a quien los hijos e hijas de S. Vicente Españoles no pueden pronunciar su nombre sin manifestar los más profundos sentimientos de amor y gratitud, este hombre, lo diremos en una palabra, Santo, amado, alabado y bendecido por el inmortal Pio IX, fue separado y expulsado de la Congregación de la Misión por los enormísimos crímenes, e imperdonables delitos de ser Español, defender los derechos y el honor de su Patria y por haber obedecido al Santo Padre, Pastor Universal y Vicario de Jesucristo, aceptando el Episcopado.
80.- El Excmo. e filmo. Sr. Codina fue separado de la Congregación de la Misión por el Superior Francés; no tanto por ser Obispo, cuanto por ser Español.
Este crimen cometido en 1849 quedó impune e hizo que el Superior Francés tomara sobre las Comunidades de S. Vicente, Españolas, una preponderancia del todo despótica. Murió el Sr. Codina siendo Obispo de Canarias, donde lo había llevado el Gobierno Español y la expresa y terminante voluntad del Santo Padre; mas al morir, el Superior Francés que dirige las Congregaciones de S. Vicente, en las que tanto trabajara por espacio de más de treinta años, el venerable y siempre digno de memoria, Excmo. Emno. Sr. D. Buenaventura Codina; no dispuso que se hicieran los sufragios que se hacen para los hijos de San Vicente o por sus especiales bienhechores; ni siquiera hizo mención de él.
81.- Al llegar aquí, desfallece nuestro corazón y cae la pluma de nuestras manos… ¡es posible! ¿es posible que suceda esto en una Comunidad religiosa? ¿es posible que pase esto ante nuestra Católica España?… ¿y será preciso callar siempre, siempre callar?… ¡ah, el honor Nacional no puede sufrir vejación tal y si la Religión no ha podido dejar oír su elocuente voz para condenar tales injusticias, abusos y arbitrariedades; la voz del patriotismo saldrá a su defensa y, ¡vive Dios! no bajarán al sepulcro deshonrados ni se perderá de entre los mortales la memoria de aquellos que se han sacrificado por el bien y felicidad de sus hermanos.—La ingratitud no puede aclimatarse en nuestra Católica Patria.
82.- Registremos otra página de esa historia, escrita toda con letras de sangre.
83.- El año de 1855 tocaba a su término; poco más de cuatro años hacia que España había escrito y el Romano Pontífice aprobado esta sabia y prudente disposición: a fin de que en toda la Península haya el número suficiente de Ministros y Operarios Evangélicos de quienes puedan valerse los Prelados para hacer Misiones en los pueblos, auxiliar a los Párrocos, asistir a los enfermos y para otras obras de caridad y utilidad pública, el Gobierno de S. M. tomará desde luego las medidas convenientes para que se establezcan donde sea necesario, oyendo previamente a los Prelados Diocesanos, Casas y Congregaciones Religiosas de S. Vicente de Paul… las cuales servirán al propio tiempo de retiro para los Eclesiásticos para hacer ejercicios espirituales y para otros usos piadosos.
En virtud de esto el Gobierno de S. M. C. por medio de un Real Decreto dado en 1852, dispuso que se estableciese en la Corte una Casa Noviciado en donde deberían formarse los jóvenes que quisiesen ingresar en la mencionada Congregación de S. Vicente de Paul y, además, que todas las Casas que se erigiesen de dicho Instituto, en cualquier punto de la Península, estuviesen sujetas al Ordinario. Tres años hacía ya que los Paules iban siguiendo, con el éxito más feliz el plan fijado por el Gobierno Español, de conformidad con la Santa Sede; cuando de repente sin saber cómo ni por qué, sin haberse comunicado nada a nuestro Gobierno y sin que interviniera tampoco ningún Obispo Español, se recibió en la Casa Noviciado de Madrid una orden terminante del Superior Francés en que declaraba disuelta la Congregación de los Misioneros en España y por lo mismo su Noviciado.—Muchísimos eran los jóvenes Españoles que a la sazón se hallaban en dicha Casa pertenecientes a diversos puntos de la Península; la arbitraria disposición les fue comunicada el 18 de Diciembre del citado año, de 1855; el efecto que produjo en ellos no es para decir; no hemos podido contener las lágrimas al oír la simple relación de lo acontecido… no se les entregó ningún recurso, para que volver pudieran al seno de sus familias, ni tampoco se les dijo lo que podían esperar para el porvenir.
84.- ¿Y esto pasó en España?—sí; sí; lo repetiremos: el 18 de Diciembre de 1855;—hay muchos Misioneros en el Noviciado de esta Corte que se hallaban entonces presentes; acúdase a ellos: pregúnteseles y ellos responderán.
85.- Pues entonces se nos preguntará, ¿cómo es que subsiste aun dicha Congregación en España?—hemos dicho que no queríamos citar más que dos hechos de los muchísimos que pudiéramos alegar en confirmación de lo que estamos diciendo; mas, ya que se nos pregunta, contestaremos con otro nuevo rasgo de injusticia y arbitrariedad.
86.- La Congregación de los Paúles subsiste en España a pesar de la arbitraria disposición del Superior Francés porque hubo un Misionero Español, que con respeto sí, mas también con, energía y dignidad, se opuso a la orden venida de París; pero téngase entendido que este Sacerdote venerable cuyo nombre, por no ofender su modestia, no consignamos aquí, aunque era y es amado de todos los Misioneros Españoles; aunque había encanecido en el ejercicio del Santo Ministerio, trabajando como hijo de S. Vicente por espacio de más de treinta años en España fue separado, lo mismo que otros muchos apreciabilisimos Sacerdotes de la Congregación de la Misión por el Superior Francés por haber cometido el gravísimo crimen de no sujetarse a aquello que no debían obedecer.
87.- Vamos a concluir, porque si quisiésemos manifestar todas las razones que tenemos para hacer ver la urgente necesidad que hay de que los Misioneros Españoles sean gobernados por un Superior Español, que, conservando su unidad con la cabeza de su Congregación, tenga todas las facultades necesarias para establecer lo que crea conveniente y oportuno, para el bien de la Provincia de España, no acabaríamos jamás: y téngase presente que esto que se pide no es una cosa nueva; pues la tenían ya los Superiores Españoles que gobernaron esta Provincia en el largo periodo de más de sesenta años .
88.- Al terminar, recordaremos el epígrafe que lleva este Opúsculo y que hemos repetido ya: Tengamos la conciencia de lo que somos y de lo que valemos que todavía no estarnos en la triste necesidad de vivir bajo la tutela de nadie.—No queremos ni intentamos despreciar ni rebajar a nadie; pero sí tenemos derecho para decir pues nos lo prueba la experiencia de CIENTO CINCUENTA años que nuestros Misioneros Españoles para el exacto y perfecto desempeño, de los cargos, oficios y Ministerios, que les han confiado o que confiarles pueden el Gobierno o el Episcopado Español no necesitan el auxilio de ningún extranjero. La experiencia de ocho años en que un Superior Francés ha querido intervenir directamente en los asuntos y negocios de los Paúles Españoles nos enseña que los planes y miras de los extranjeros en nuestra Patria se dirigen a engrandecerse con los trabajos y fatigas de los hijos de España importándoles muy poco el que con esto vengan muchos males sobre la Nación Católica y se pise nuestro honor Nacional.
89.- La Base, pues, con que empieza este artículo, la creemos indispensable, más aun, absolutamente necesaria. Con ella se salvan los derechos de los Misioneros hijos de España, con ella se coopera a engrandecer más y más nuestro honor Nacional.
90.- Debíamos pasar ya a presentar y probar luego, siguiendo nuestro plan, la necesidad y conveniencia de la quinta y última Base presentada por los Misioneros Españoles; más habiendo dos razones de gravísima importancia a favor de la cuarta Base, examinada ya, que ni siquiera han sido indicadas, nos vemos en la necesidad de exponerlas a continuación.
91. Es la primera: la práctica que se sigue en la Congregación de la Misión para el nombramiento de Superior General. Este es francés y debe ser siempre francés según ordenan y mandan las leyes sancionadas en el gabinete de las Tullerías que excluyen a cualquier Misionero de otra Nación para desempeñar dicho cargo.
Esta ley no ha sido reconocida por el Santo Padre ni por ninguna de las Naciones que poseen Misioneros que directa o indirectamente están sujetos a dicho Superior General. Es por lo mismo una falta grave contra los derechos internacionales y que puede dar, en un día más o menos remoto, resultados funestos, males incalculables.
92.- Por esto, creemos conveniente lo que hemos dicho ya en otro lugar, a saber: que debe trabajarse con insistencia para que dicho Superior General resida en Roma y que la Asamblea para su nombramiento se verifique en la misma Ciudad Eterna al abrigo del Vicario de Jesucristo y exenta de las trabas más o menos humillantes con que pueda coartar su libertad cualesquiera potestad civil. Mas entretanto, es del todo necesario que el Visitador General Español tenga libertad de acción, amplias facultades para poder hacer y disponer para bien y prosperidad de las Congregaciones establecidas en la Península lo que crea necesario, conveniente y oportuno; pues es absolutamente imposible que el Superior General de la Congregación de la Misión, siendo Francés, residiendo en París y teniendo centralizado el poder, pueda disponer en las cosas interiores a la Nación Española; lo que las familias de S. Vicente deben hacer para que sus trabajos sean útiles, convenientes y oportunos, a las necesidades y vicisitudes en que se hallan a puedan hallarse, las clases menesterosas de la Península, confiadas de un modo especial a sus cuidados y a su caridad.—Téngase presente, para conocer más y más la razón que acabamos de alegar, las palabras que hemos citado ya de nuestro esclarecido Balmes hablando de los pocos conocimientos que tienen los Franceses de nuestra Patria.
93.- La segunda razón que debemos consignar en este lugar es la necesidad que hay en España de un Superior con quien pueda entenderse el Gobierno de S. M. C.
94.- Es sumamente vergonzoso, por no calificarlo de otra manera, que el Gobierno de la Nación Católica por excelencia que tiene confiados a los hijos e hijas de S. Vicente cerca de doscientos establecimientos de Beneficencia, repartidos en la Península, en las Islas de Mallorca y Canarias, Cuba y Filipinas y que por momentos va a establecerlas a Puerto-Rico y Santo Domingo, se vea en la triste necesidad de tenerse que entender con tercera persona. No es este lugar a propósito para examinar cuál es la causa que ha podido autorizar el palpable abuso que se comete sobre el particular con desprecio de la Escritura de fundación de las Hermanas de la Caridad en España, autorizada por el Católico Monarca D. Carlos IV; nos concretaremos tan solo a indicar lo que está pasando y a hacer ver la necesidad que hay de que el Superior que esté al frente de las Comunidades Españolas de S. Vicente de Paul , tenga todas, todas, las facultades necesarias para entenderse por sí solo y arreglar de un modo definitivo con el Gobierno Español todo lo que se crea necesario y conveniente para la creación de nuevas Casas o distribución de Misioneros y Hermanas de la Caridad en la Península y en todas nuestras posesiones de Ultramar.
96.- Tal vez extrañará alguno lo que acaba de leerse por estar en la persuasión que las fundaciones, convenios y contratas a ellas pertenecientes se celebran únicamente con el Visitador y Director General de las Hijas de la Caridad residente en Madrid.
Así había sido efectivamente hasta 1830. Desde entonces acá ha habido una lucha continua entre el Superior Español y el Superior Francés y prevaliéndose este de su posición y de la libertad que se ha tomado pero que de ningún modo conviene que tenga de cambiar cuando le place al Superior de España ha llegado el momento que ha absorbido todo el poder; quedando por lo mismo nulificada la autoridad del Superior Español, o como se dice en derecho: titulo sine re.
97.- Dos hechos palpitantes aun podemos aducir en confirmación de lo expuesto. La fundación de las Hijas de la Caridad en Puerto-Rico; la fundación de los Padres de S. Vicente de Paul en la Habana.
98.- Es cosa pública y notoria que la fundación de las Hijas de la Caridad en España pertenece al Real Patronato y que en su virtud S. M. C. por sí, o por su gobierno, es el único que puede conceder o negar las fundaciones nuevas que se soliciten en cualquiera punto de sus dominios. Pues bien, el 3 de Marzo de 1860 dispuso que a la mayor brevedad posible se hiciera en Puerto-Rico una fundación de Hermanas de la Caridad a fin de que se encargaran del Hospital Militar de dicho punto. Pasó todo el año sesenta y no se hizo la fundación; pasó el sesenta y uno y tampoco se hizo; cansadas de aguardar las autoridades de Puerto-Rico, acudieron de nuevo al Gobierno de S. M. C., y este en 25 de Agosto de 1862, dio otra Real Orden que dirigió al Visitador de la Misión y Director General de las Hijas de la Caridad de España en la que se le hacía ver la necesidad urgente que obligaba a enviar cuanto antes un cierto número de Hermanas para que se encargaran del Hospital Militar de Puerto-Rico. Terminó el mes de Agosto, pasó el mes de Setiembre, vino luego Octubre, apareció Noviembre y no se habla visto aun dar paso alguno para cumplir la voluntad del Real Patrono de las Hijas de la Caridad Españolas. Fue el 8 de Diciembre de 1862 cuando apareció una Circular que fue dirigida a todas las Casas que la Congregación Española de las Hijas de la Caridad tiene en la Península excitándolas a que se manifestaran las Hermanas que deseasen o se sintiesen con fuerzas para ir a prestar sus caritativos servicios a nuestros hermanos residentes en Ultramar.
99.- Todo el misterio que parece encerrar esta inexplicable conducta observada por el Superior Español queda desvanecido con una sola palabra: el Superior Español que se halla al frente tanto de los Padres de la Misión como de las Hermanas de la Caridad no puede hacer por sí cosa alguna; es necesario que en todo, por todo y para todo aparezca la aprobación de París, aun cuando se exponga a mil desaires, a mil humillaciones, haciéndolo pasar por una autoridad inconsecuente. Seremos más claros pues ya que ha llegado el momento, descorreremos el velo con que se ha querido encubrir planes muy poco Católicos y nada favorables a la Nación Española.
100. El Superior Francés ha procurado hacer fundaciones de Hermanas Francesas en todos los puntos de nuestro litoral: hay quien dice que este plan le ha sido inspirado por el Gobierno de su Nación. No nos meteremos en esto; pero sí diremos que las Hermanas de la Caridad Francesas, que no reconocen a la Superiora Generala Española, que según la voluntad de nuestros Monarcas está y debe estar en la Casa-Noviciado de Madrid, que no reconocen tampoco al Director General de las mismas Hermanas Españolas y que sí dependen solo y exclusivamente de París; se hallan establecidas en Arenys de Mar, Cartagena, Málaga y que se está trabajando con bastante insistencia para introducirlas en los demás puntos, principalmente en Cádiz y Barcelona. En esta última Ciudad es escandaloso, más que escandaloso, lo que está pasando.—Mas no queremos desviarnos de nuestro intento.
101. El Superior Francés consiguió separar de la Provincia de España las muchas e interesantes Casas; que las Hermanas Españolas tenían en la Habana. Deseaba, que las Hermanas que se estableciesen en Puerto-Rico o fuesen Francesas o dependiesen inmediatamente de Francia. Tan luego como el Superior Español manifestó al Excmo. Sr. Ministro de la Guerra y de Ultramar los deseos del Superior Francés, el muy digno Consejero de la Corona de S. M. C., rechazó tan atrevido pensamiento.
102.- El Superior Español quedó en ridículo porque el Superior Francés no le contestó una palabra de lo que debía hacer tan luego supo la respuesta que diera a sus pretensiones el señor Ministro de la Guerra y de Ultramar.
103.- Dos años después, como hemos dicho va, cedió una segunda Real orden, para que cuanto antes salieran de la Península las Hermanas que se habían pedido desde principios de 1860 para que tomaran a su cuidado el Hospital militar de Puerto-Rico… Cuatro meses después de haber sido comunicada dicha Real orden, es decir, después que de Madrid a París y viceversa habían ido y venido escritos mil, preguntando, indagando, disponiendo, ordenando y mandando, el 8 de Diciembre de 1862 apareció la Circular de que hemos hecho ya mención; la que no sabemos cómo calificar. El segundo párrafo, que íntegro vamos a trascribir, dice así: «En una Real orden que se me comunicó en 25 del pasado Agosto se me hace ver la necesidad urgente que obliga a enviar cuanto antes un cierto número de Hermanas para encargarse del Hospital Militar de Puerto-Rico; siendo cada día más imperiosa la necesidad de proveer a la esmerada asistencia de los enfermos. Este pedido que ya se hizo en 3 de Marzo de 1860 viene ahora recomendado de nuevo en Real orden comunicada por el Sr. Ministro de la Guerra y de Ultramar donde se encarece la urgencia por exigirlo así las crecientes necesidades y mejor servicio del referido Hospital.
104. Solo porque tenemos en nuestra mano la Circular de la cual acabamos de copiar el artículo que precede podemos creer que ha sido escrita en España; y no creeríamos que es Español quien la escribió si no conociésemos perfectamente a su Autor. Conviene y confiesa ingenuamente que la Real orden le manifiesta la necesidad urgente que obliga a enviar cuanto antes Hermanas a Puerto-Rico; confiesa que desde 1860 se habían ya pedido dichas Hermanas que la necesidad de proveer a la asistencia de los enfermos de dicho Hospital es cada día más imperiosa; que las crecientes necesidades exigen y urgen el que las Hijas de la Caridad vayan a ejercer sus caritativos y consoladores servicios; sin embargo, pensando más en dar gusto a los franceses que de cumplir con los sagrados deberes que le impone lo mismo que él públicamente confiesa, muy tranquilo, extiende su Circular, después de este encabezamiento: Madrid 8 de Diciembre de 1862. Si para las necesidades urgentes hay atrevimiento de hacer aguardar al Gobierno de S. M. C. dos años y medio, ¿qué será cuando este no haga más que manifestar la conveniencia que habría de que se estableciesen los Misioneros o las Hermanas de la Caridad, en tal o cual fugar?… No queremos seguir examinando más este punto; con la luz del hecho que queda consignado ya. Le daremos más colorido presentando otro hecho y quedará más y más patente la verdad de lo que decimos, a saber: que el que manda y gobierna, con qué autoridad no lo sabemos, en todas y cada una de las cosas pertenecientes a las Congregaciones Españolas de Hijos e Hijas de S. Vicente es el Superior, Francés.
105.- En una carta de la Habana, fechada el 15 de Junio del presente año, publicada en la Revista Católica de Barcelona, leemos lo siguiente: «El día 1.° del actual tomaron posesión del exconvento de la Merced de esta Ciudad los Presbíteros de la Congregación de S. Vicente de Paul que de Real orden estaba mandado hacía ya tiempo se estableciesen en nuestra Capital. Mucho espera La Habana de tan celosos Operarios de la Viña del Señor. El Superior de los Padres Paules en esta es el Sr. Presbítero, D. Gerónimo Viladás.
106.- El Superior Español, que reside en Madrid, y que debía haber ejecutado la real orden a que se refiere el artículo que acabamos de transcribir no ha intervenido ni directa ni indirectamente a dicha fundación. Es de París de donde han salido las órdenes y los Misioneros que han hecho la mencionada fundación no pertenecen a la Provincia de España sino a la de Méjico; y como el Superior Francés quiere que los Misioneros que se hallan en el ex-convento de la Merced de la Habana vuelvan a Méjico se queda deshecha o enteramente desmembrada aquella fundación y el Superior Español en ridículo porque los que no saben los misterios creen que la culpa de esos cambios y mutaciones, de esa aparición y desaparición es resultado de las disposiciones tomadas por el Superior Español. Como es consiguiente las autoridades de la Habana se lamentan en este sentido con el Gobierno de S. M. C. y este tiene que tratar con un Superior que no tiene facultad alguna. Si esto no es vergonzoso, si no es humillante, no sabemos en qué consiste la humillación y la afrenta: el Diccionario de la Academia tendrá que dar otras explicaciones a estos nombres.
107. Lo repetiremos: la admisión de la cuarta Base es absolutamente indispensable, de otro modo queda sumamente vejado y humillado nuestro honor Nacional.







