Los pobres, nuestros señores y maestros

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Misioneros Paúles en Salamanca .
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Las damas me han rogado que le pida se informe cuidadosamente en cada cantón y en cada aldea por donde usted pase, de cuántos son los pobres que tendrán necesidad de pedir ropa el invierno que viene, o toda o parte de la misma, a fin de que pueda calcularse el gasto que habrá que hacer y puedan ir preparándose los trajes con tiempo suficiente. Se cree que será mejor comprar tiritaña en vez de sarga. Así pues, convendrá que escriba usted los nombres de esas pobres gentes, a fin de que cuando llegue la hora de hacer la distribución, se les pueda dar esa limosna, y no a otras personas que quizás puedan prescindir de ella. Para distinguirlos bien, habría que verlos en sus casas, y conocer de cerca a los más necesitados y a los que no lo son tanto. (SVP,VI, 348).

“He ahí a Vicente de Paúl que accede en vivo a su verdadera grandeza. Es el hombre de los pobres. Se le oye suspirar de fatiga y de amor: Los pobres, que no saben adónde ir ni qué hacer, que ya están sufriendo y que todos los días se multiplican, ese es mi peso y mi dolor” (Collet I 499 francés). “Y se hace más categórico ante los misioneros reunidos cuando afirma: Somos los sacerdotes de los pobres. Dios nos ha escogido para ellos. Eso es lo capital nuestro, todo lo demás es accesorio” (Collet VII 168 francés).

¡Los pobres! En nuestros días esta palabra turba, a tal punto está envilecida y es lamentable la realidad que expresa. ¿Cómo hablar con justeza de personas que imploran ante todo nuestra discreción y nuestro pudor? Siempre es embarazoso el tratamiento de este tema, pues más fácil es hablar de los pobres que acompañarles o compartir su condición de vida. Pero hay una visión vicenciana de los pobres merecedora de meditación y aun contemplación. Vicente de Paúl nos hace pasar de la sociología a la mística.

Para empezar, existe el bien conocido hábito de la mirada. Este hombre ve la realidad y la escudriña con intensidad, hundiendo su vista en todos cuantos cruzan su camino: los labriegos de su tierra, los vagabundos de ciudades y rutas, los campesinos, los braceros, los marginados, los itinerantes, los mutilados. Siente piedad por los inválidos, los viejos, los huérfanos, los galeotes que le son confiados, y por la cohorte inmensa de cuantos aprisiona el malestar y el hambre atenaza. Hay muchos sin trabajo, la peor injusticia de la época. Y luego están ¡los mendigos! Bajo capa de beneficencia, en realidad para limpiar las calles de la ciudad, el poder creará en París, el año 1656, el Hospital General. Observemos la interrogadora extrañeza de san Vicente: Van a suprimir la mendicidad en París y a reunir a todos los pobres en unos locales apropiados para mantenerlos, instruirles y darles trabajo …El rey y el parlamento lo apoyan decididamente y, sin hablar conmigo, han destinado ya a los Padres de nuestra Congregación y a las Hijas de la Caridad para el servicio de los pobres, con el beneplácito del señor arzobispo de París. Sin embargo, nosotros no estamos aún decididos a comprometernos en estas tareas, por no conocer suficientemente si es voluntad de Dios; pero, si la emprendemos, será al principio solamente en plan de prueba (marzo de 1657) (SVP, VI, 240).

Pues Vicente no se contenta con una visión de los pobres. No puede borrar las asperezas de su niñez y juventud, y conoce demasiado el valor del trabajo como para aceptar que a aquellos pobres se les prive de él. Reacciona, pues, con fuerza, y se consagra a lo urgente dando de comer. Alimentar … Subvenir a las necesidades inmediatas, tal su muy comprensible reflejo.

Pero no se encierra en ese desfile; desea que cada cual se adueñe de sí, siempre que sea posible. Es ejemplar el caso de los socorros a las provincias siniestradas por la Fronda, y luego por la guerra. Da órdenes muy precisas a los Hermanos Régnard y Parre, sus auxiliares, para asistir a las víctimas de la violencia: Le diré, escribe al Hermano Juan Parre, que se destina alguna pequeña ayuda para que esos pobres hombres puedan sembrar un poquito de tierra; me refiero a los más pobres, que no podrían hacer nada si no se les socorriese. Todavía no hay nada preparado, pero se hará algún esfuerzo para reunir al menos cien pistolas para ello, esperando a que llegue el tiempo de sembrar. Entretanto le ruegan que vea en qué lugares de la Champaña y de la Picardía hay más pobres que tengan necesidad de esta ayuda; esto es, mayor necesidad. Podría recomendarles de pasada que preparasen algún trozo de tierra, que lo labrasen y ahumasen, y que le pidiesen a Dios que les envíe alguna semilla para sembrar allí y, sin prometerles nada, darles esperanzas de que Dios proveerá.…

Se querría igualmente que todos los pobres que carecen de tierras se ganasen la vida, tanto hombres como mujeres, dándoles a los hombres algún instrumento para trabajar, y a las muchachas y mujeres ruecas y estopa y lana para hilar, y esto solamente a los más pobres. Es evidente el cuidado de la responsabilización personal (SVP, VIII, 66).

Hasta recurre al sistema de las “Relaciones”, que confecciona Maignard de Bernières; se redactan y distribuyen como tantas otras crónicas informativas sobre la situación y tienen como destino tocar los corazones y abrir los bolsos. Nombra de entre los vicencianos a un Intendente General de la Caridad para que coordine las indigencias y los socorros. Pero hay evidentemente más en este santo de la caridad. El pobre es quien nos descubre al primer sufriente, el que lleva el peso de todas las miserias del mundo: Jesucristo pobre y humillado. Es el “sacramento de Cristo”. Vicente expresa esta mística del pobre en palabras que han dado la vuelta al mundo: No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dad la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos representan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre … (SVP, XI, 725). Nuestro santo se apropia con predilección la palabra definitiva del Cristo glorioso que juzga a todos los hombres: “Todo cuanto hiciste al más pequeño de entre mis hermanos, a mí me lo hiciste” (Mt 25,40). Dice a las Hijas de la Caridad: Los pobres son nuestros amos, son reyes, señores (SVP, IX, 1137), que vuelven siempre que una situación se estabiliza, ¡y con qué fuerza!, en pleno corazón del siglo XVII.

Hoy más que nunca, la dignidad de los pobres cuestiona la nuestra. Querámoslo o no, sepámoslo o no, la actitud que adoptemos para con ellos juzga nuestra fe.

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