Los pobres están felices con la Evangelii Gaudium

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Mario Yépez, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Caminos de Misión, diciembre de 2014.
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pobres evangelii gaudium 01

Pronto está para cumplir su primer año esta Exhortación Apostólica y es indudable que se ha comentado muchísimo acerca de su contenido en todo el mundo. Aquellos pensamientos suscitados desde el corazón del Papa Francisco se ha repartido entre artículos, comentarios, charlas, conferencias, ponencias, simposios, oraciones comunitarias, encuentros, jornadas, retiros, ejercicios espirituales, redes sociales, etc. Así, como podemos percibir, ha llegado a los oídos de todos los cristianos y también por qué no decirlo a todo el mundo.

La tarea más complicada ahora viene para nosotros los cristianos, y más aún nosotros como vicencianos, que es la de intentar aplicarla en nuestro ritmo cotidiano de vida. Supuestamente todo lo dicho corresponde a nuestra vocación pero aún estamos lejos de haberla asimilado como tal, puesto que debería ya haberse dado repercusiones de alto calibre al respecto. El cambio no pasa por el Evangelio que hay que anunciar sino en los agentes evangelizadores que estamos llamados a proclamarlo con la palabra y la obra. Por eso creo que un referente para medir esto debería ser la opinión de los pobres, los predilectos de Dios, en este momento concreto de la historia.

No sé si los pobres han llegado a conocer esta Exhortación Apostólica en cuanto a letra escrita se refiere, pero tendrían que haber notado su existencia gracias al testimonio de tantos hermanos que con su predicación unida a las acciones misericordiosas y de promoción humana, se han entregado fielmente al servicio en caridad en este último año. Son los pobres los que deberían ayudarnos a valorar si de verdad ha calado este llamado a renovar el impulso misionero en la Iglesia.

Estamos llamados a que de forma concreta los pobres se enteren de esta Buena Nueva que hoy se está proclamando: la alegría de creer en Cristo. Tienen derecho a sentirse felices en medio de tantas malas noticias y no se la podemos negar ni guardar. Jesús en el discurso del monte proclamaba abiertamente: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos» (Mt 5,3). ¿Quién proclama esto hoy sin reservas? ¿Quién se lo dice a los pobres? El pobre desearía escuchar esto nuevamente y alguien debería decirle que el Papa ha lanzado este grito para que la Iglesia no olvide la razón de la evangelización: «Evangelizar es hacer presente en el mundo el Reino de Dios» (nº 176). No podemos pretender hablar de espiritualidad si no estamos enraizados en nuestro compromiso social pues «el contenido del primer anuncio tiene una inmediata repercusión moral cuyo centro es la caridad» (nº 177).

Caridad Parroquial: Ayuda en víveres a los necesitados del Pueblo Joven César Vallejo (Sur de Lima)

Caridad Parroquial: Ayuda en víveres a los necesitados del Pueblo Joven César Vallejo (Sur de Lima)

Uno de los pilares de la evangelización es la centralidad del misterio de la encarnación, y con ello, el respeto de la dignidad de cada ser humano. En la actualidad se ha avanzado mucho en ese «reconocimiento» de palabra desde el ámbito político, social y económico; pero aún siguen dándose muchos casos en que los pobres son vulnerables ante esta degradación en la praxis. Los pobres se alegrarían mucho de escuchar cómo el Papa afirma que: «El Espíritu Santo posee una inventiva infinita propia de una mente divina, que provee a desatar los nudos de los sucesos humanos, incluso los más complejos e impenetrables» (nº 178). Se enarbola la bandera de los pobres por doquier, pero no se llega al plano concreto del trato respetuoso y la atención a las demandas más necesarias. Es verdad que muchos cristianos y muchas instituciones de confesión católica (como nuestras asociaciones y movimientos vicencianos) se esfuerzan día a día por desatar esos terribles nudos pero y los demás ¿qué hacemos?

La indiferencia se está convirtiendo en la norma de la actuación y con ello renunciamos a abrirnos a la trascendencia. Nos cuesta plasmar toda esa doctrina en un simple acto de caridad. ¿Será que pensamos que nadie se va enterar? ¿Necesitamos publicitarlo? Los pobres no se sentirían solos al escuchar que «así como la iglesia es misionera por naturaleza también brota ineludiblemente de esa naturaleza la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (nº 179). ¡Qué espíritu vicenciano resuena en estas palabras!

Los pobres se regocijan si alguien les dice lo que comparte el Papa: «nadie puede exigirnos que releguemos a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos» (nº 183). La Iglesia tiene en su Doctrina Social muchos elementos orientadores para hacer realidad esto. ¿Qué estamos esperando? ¿Es que desconocemos este gran aporte a la sociedad?

¿Cómo es posible que se diga que no se puede iluminar desde la Palabra de Dios los ámbitos políticos, sociales y económicos que afectan al ser humano, y más aún a los pobres a quienes nos debemos?

El Papa nos exhorta a que seamos dóciles y atentos a escuchar el clamor de los pobres y socorrerlo. Nuestra motivación para hacerlo es mucho más alta que cualquier proyecto político o filantrópico. «Hacer oídos sordos a ese clamor, cuando nosotros somos los instrumentos de Dios para escuchar al pobre, nos sitúa fuera de la voluntad del Padre y de su proyecto, porque ese pobre clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado (Dt 15,9)» (nº187). Todo este asunto es algo serio, enfatiza una religiosidad novedosa, y que la trajo el mismo Cristo, Hijo de Dios encarnado. Desde el acto más simple de solidaridad hasta la cooperación por resolver las cusas estructurales de la pobreza y promover el desarrollo integral de los pobres, estamos siendo coherentes con el evangelio que creemos (nº 188). Los pobres se alegran porque no están solos, y seguirán luchando porque saben que su causa no es en vano y sin sentido.

Los pobres se alegrarían mucho al enterarse que en los cristianos es un imperativo el escuchar su clamor. En esto no hay error doctrinal: debemos hacer lo que Cristo hizo en la tierra. Muchos hijos e hijas de la Iglesia hacen realidad esta aplicación doctrinal consagrando sus vidas a optar por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha (nº 195). ¿Es que no deberíamos unirnos de una vez a esta labor? ¿Por qué nos quedamos en disquisiciones acerca de la naturaleza de nuestras motivaciones cuando solo basta con la principal de todas: «soy cristiano y tengo que hacer lo que Cristo hizo»? A San Vicente no le preocupó las habladurías de la corte regente ni de la jerarquía eclesiástica de su tiempo, y es que su motivación se percibía por cuanta obra emprendía: amar a Cristo en los pobres.

Los pobres cantarían y alabarían a Dios si alguien les comunica que en el corazón de Dios tienen un sitio preferencial. No hay discusión en esto, no debería haberlo. La praxis de la evangelización queda constatada puesto que «la Iglesia hizo una opción por los pobres entendida como forma especial de primacía en el ejercicio de la caridad cristiana, de la cual da testimonio toda la tradición de la Iglesia» (nº 198). De allí que los pobres nos exijan a nosotros, que somos iglesia, que sepamos ser pobres para ellos. ¿Lo somos? ¿Puedes dar fe de que has aprendido de los pobres? ¿Intentas solidarizarte en algo con los pobres?

Representación musical en el marco del homenaje a la Virgen de la Asunción, Lima, Perú

Representación musical en el marco del homenaje a la Virgen de la Asunción, Lima, Perú

Yo también me cuestiono todo esto, pienso que tal vez no doy todo lo que tenía que dar para los demás, pero quiero intentar poner toda mi atención considerando al pobre como alguien digno y respetable. Si hay algo que pido mucho a Dios es poder estar siempre al lado del que sufre en el momento oportuno que lo necesitara. Tú y yo conocemos esos días, en que no pensamos mucho para actuar, pero allí estamos. Abrimos nuestro corazón y solo brota la caridad que Dios ha depositado en nosotros, y estamos allí para ayudar, para escuchar, para animar, para amar.

El pobre se alegraría inmensamente al saber que para el cristiano no hay justificación que valga en lo que respecta a la atención al necesitado. Esté donde esté, trabaje donde lo haga, estudie donde fuera, siempre el cristiano estará presto a echar una mano. Los pobres se sentirían felices porque la voz de un Papa se ha alzado y con ella la de la Iglesia que exige a todas las fuerzas políticas y sociales que se abran a la libertad de amar al prójimo y ayudarle a crecer, a ser respetados y valorados; y así se liberen de las cadenas del egoísmo, la indiferencia y el individualismo. La Iglesia se caracteriza por incluir, pues en ella, donde estemos, somos Iglesia; hay un lazo profundo que nos une a pesar de nuestras diferencias. Tenemos que ser ejemplo para el mundo de lo que significa construir sociedades inclusivas. Y aun con todo, a pesar de que existan tantas aberraciones contra la persona humana y su dignidad, siempre habrá un cristiano, un hijo o hija de la Iglesia, que estará cerca del pobre y del excluido.

Dios no se puede contradecir y a lo largo de la historia salvífica Nuestro Señor ha tomado partido siempre por los pobres: está del lado del menor, del pequeño, de la estéril, de la viuda, del indefenso, del débil, del anciano, del enfermo, del moribundo. Si Dios está cerca de ellos, ¿qué hacemos buscándolo en otro lado? Esto no quiere decir que Dios no está al lado de los que viven bien por el fr

de su trabajo constante, de los que poseen sus bienes y riquezas; el punto es que nadie defiende al pobre, no cuentan con lo básico por culpa de una sociedad indiferente, y ante esto Dios toma partido por ellos y quienes tienen deberían ayudar a que las distancias económicas no sean tan abismales, procurar siempre la justicia en sus asuntos, y en definitiva, todos de alguna u otra manera deberíamos unirnos a esta causa.

Misa en honor de la Virgen de la Asunción: P. Rafael Buendía, C.M., P. Mario Yépez, C.M. (párroco), P. Pedro Guillén, C.M. (Superior Provincial)

Misa en honor de la Virgen de la Asunción: P. Rafael Buendía, C.M., P. Mario Yépez, C.M. (párroco), P. Pedro Guillén, C.M. (Superior Provincial)

Los pobres necesitan paz pero el mundo sigue apostando por la guerra. No se venden alimentos sino armas; no se preocupan de que las futuras generaciones se formen y estudien, sino que aprendan a odiar a quien no es de los suyos; no se enseña a respetar la vida sino a quitarla de en medio para poder subsistir como si no hubiera otro medio para solucionar conflictos.

¿Cómo se puede pensar en progreso, bienestar, desarrollo si se hace todo lo posible por lograr más bien lo contrario? «La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres» (nº 219). Lo más triste es que aquéllos que viven los terrores de la guerra no tienen otra alternativa más que intentar sobrevivir y muchos crecen en medio del odio y la venganza; mientras que nosotros teniendo las posibilidades para satisfacer nuestras necesidades simplemente nos volvemos mezquinos y despilfarradores infundiendo en las futuras generaciones una cultura de derroche, consumismo y de lo descartable. ¿Acaso con ello no contribuimos a la pobreza de este mundo?

Queridos lectores de «Caminos de Misión» que vivimos este carisma vicenciano, los pobres, los que conocemos, los que nos tocan la puerta, los que nos piden un tiempo para hablar, necesitan urgentemente conocer esta ortación. ¡Démosle a conocer todas estas buenas nuevas en cada acción que realicemos con ellos! Ahora la enseñanza lleva más que nunca la obra de nuestras manos; hablemos con la caridad y volvamos a la fuente del evangelio: un Jesús cercano a los pobres, a los niños, a las mujeres, a los pecadores, a los publicanos, a los trabajadores, a los enfermos.

Ahora, en estos momentos, con toda seguridad, hay un cristiano que está comunicando esta verdad con su solidaridad y desprendimiento. Por eso puedo afirmar: los pobres están felices con esta Exhortación Apostólica; tal vez no la han leído pero se la conocen porque un hermano o una hermana desde su fe cristiana se la ha dado a conocer sentado en el lecho del hospital, dando de comer a los indigentes, escuchando el sufrimiento de una mujer, acogiendo a niños abandonados, orando en la capilla por los que sufren. No solo ha hablado el Papa, hemos hablado con él todos, porque el Espíritu Santo habita en la Iglesia y hace posible estas cosas que para el mundo parecen ser actos heroicos, pero para los cristianos es la convicción más alta escrita en los corazones de todo ser humano que los hace capaces de hacer algo tan sencillo con una repercusión tan grande.

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