La mezquita de Córdoba constituye una estructura integrada por multitud de elementos. Algo semejante acontece con la Evangelización que, siendo una, tiene acentos plurales.
El padre Ávila fue y sigue siendo un gran evangelizador. Imposible la exposición de todos sus elementos. En consecuencia, acoto el campo para centrarme en un punto del programa evangelizador de san Juan de Ávila, como es la misión parroquial, popular o campesina.
En carta del 22 de diciembre del año 1564 propuso al arzobispo de Granada que enviara a tierras de cristianos nuevos y de moriscos de habla castellana predicadores buenos y excelentes, como lo hacen los jesuitas en la misión de Japón.
Con el fin de que los misioneros se dediquen de lleno a este ministerio (procedo de menos a más), han de estar libres de toda otra actividad pastoral para que puedan distribuir a los pobres: rosarios, libros devotos, cartillas, imágenes de Jesucristo, de la Virgen María y de los santos.
Residirán en los pueblos, pero sin asentarse en ninguno, en orden a la itinerancia.
Los obispos dotarán a cada misionero con 40.000 maravedís (tradúzcalos a euros un economista), más 40 fanegas de trigo, medida de granos y de líquidos que, dependiendo de los lugares, oscilaba entre 22-55 litros de trigo. Si hacemos el cálculo a la baja, resultan 880 litros de trigo; si a la alta, 2.200, en orden a que tuvieran asegurado el pan.
El misionero ha de ser la «espuerta de Dios» o «alacenilla», en frase de san Agustín. Esto es, no unos zotes que repitan los sermones como papagayos.
El apóstol de Andalucía supo la Biblia de memoria y, en frase de Íñigo de Loyola, era el «archivo de la Sagrada Escritura». De ahí que los predicadores impartan el pan de la Palabra al hilo de la Biblia.
El misterio de la Encarnación, por el que profesa el manchego un amor entrañable, constituye el resumen de la salvación, así como la blandura de Dios, en orden a ir a él con gran confianza.
Del profesor de Baeza se ha dicho, y no lo niego, que es el predicador de la Virgen María, pero sus sermones sobre el Espíritu Santo constituyen una cumbre teológica y pastoral.
Con estos contenidos y otros amueblaba el autor del «Audi filia» la cabeza y corazón de los misioneros itinerantes, sin olvidarse de catecismos, grandes y pequeños, oraciones en castellano, y no en latín, aunque protesten los cultos latiniparlos.
Además de la manutención de las misioneros a cargo de los obispos, en cada pueblo misionado debe establecerse una Cofradía financiada por los socios, con el fin de censar y socorrer a los pobres, dotar a los niños expósitos, sostener hospitalitos y asistencia a los encarcelados. Las Cofradías de seglares constituyeron durante siglos una de las páginas más hermosas de la atención a los pobres en España.
El padre Ávila fue y es un autor importante tanto para el Estado como para la Iglesia. Sus programas de Reforma hubieran sido suficientes para que la Iglesia y estado español fueran de otra manera, pero no se le hizo caso.
Además de importante para España, su influencia se extendió a Francia e Italia. El cardenal Bérulle, promotor de la escuela sacerdotal francesa del siglo XVII, veía en el padre Ávila, como refiere Bourgoint, al reformador especializado del clero: «Dios había ya derramado la semilla de la reforma del clero en varias almas elegidas y en varios lugares. Yo recuerdo haber oído decir a nuestro Padre (Bérulle), que esta reforma había sido la única meta que se había propuesto el P. Ávila, predicador apostólico; añadiendo después que, si Juan de Ávila hubiera vivido en nuestros días, él hubiera ido a postrarse a sus pies, porque le tenía singular veneración».
Quien secundó en Francia la obra de Ávila en el siglo XVII fue Vicente de Paúl (1581-1660). Este hombre desplegó por toda Francia, Italia, Polonia, parte de Inglaterra e Irlanda, la misión parroquial, así como los Seminarios mayores y formación permanente del clero. Según Juan de Ávila, nadie debía ser ordenado de sacerdote antes de los 30 años, y lo mismo escribe Vicente de Paúl, pero a ninguno de los dos se les hizo caso.
El problema de la evangelización viene de muy atrás. Se anuncia un nuevo proyecto en nuestros días. Veremos si con más ardor, o se queda en agua de borrajas.
Según mi entender, una nueva evangelización, mejor aún, una permanente evangelización, debe tener en el fondo, centro y superficie, la Biblia, como lo pensaron Ávila y Vicente de Paúl, que lo mismo puede ser leída por un ateo que por un creyente, pues ambos coinciden en que la Biblia es una cumbre de la Literatura Universal. La coincidencia no es valadí, aunque el creyente va más allá de la Literatura, pero no sin ella.
En el siglo XIX hubo en España un genio en la difusión de la Biblia, Jorge Borrow, o don Jorgito el inglés. «La Biblia en España», Alianza Editorial, Madrid, 2005, es un libro genial. Si alguno de los obispos, curas y seglares, hombres y mujeres, no saben qué libro leer en unos días de ocio, que echen mano de don Jorgito, y seguro que les vende nuevas pistas para el anuncio de la Biblia en nuestro país que, según el Sínodo de la Palabra, quedó a la cola de la cristiandad. El libro viene a ser otro «Don Quijote», traducido en perfecto castellano, y prologado por Manuel Azaña.
Si Juan de Ávila, Vicente de Paúl y don Jorgito el inglés hicieron tales maravillas en sus tiempos, ¿qué hacemos nosotros y, en concreto, el autor de estas líneas, por la difusión de la Sagrada Escritura?
Los cristianos del siglo XXI debemos colocar el acento en la evangelización a todos los niveles. Si contamos para este ministerio con un buen plantel de catequistas, acaso recuperemos, en calidad, lo que hemos perdido en cantidad.
Una buena catequesis debe hacer un despliegue de la Biblia, con mínimos y suficientes apoyos exegéticos, en orden a que nuestras comunidades sean lectoras, auditoras y comprensoras de la Sagrada Escritura.
Desde el año 2001 acompaño, semanalmente, de octubre a finales de junio, a cuatro grupos, unas 80 personas en total, en la iniciación bíblica. Muchos de los componentes son mayores. En Europa casi todos los católicos somos viejos, pero los viejos también valemos y queremos reciclarnos. Acompañar «a» y acompañarme «de» estas personas me resulta gratificante. La dinámica es muy sencilla. De antemano, todos contamos con el texto bíblico que vamos a tratar, enriquecido con notas exegéticas. Por mi parte, en el estudio del tema utilizo libros y autores excelentes, entre otros el «Comentario bíblico internacional, el Curso de Biblia de Tirso Cepedal, los libros del argentino Ariel Álvarez Valdés, y la Biblia del Peregrino, en tres volúmenes, de Luis Alonso Schöekel, cuyas notas valen un Potosí. En las reuniones me siento muy apoyado, pues algunos de los asistentes leen otros libros de exégesis. Así, el diálogo resulta enriquecedor.
Ante todo, trato de dotar a los grupos de claves para leer y entender la Biblia y meditarla. De cada libro de la Escritura ofrezco una presentación y un recorrido por sus pasajes más importantes. Cuando se trata de libros breves, como las Cartas, las recorremos y leemos en su totalidad. Los grupos han vibrado con la de Santiago, primera a los Tesalonicenses, Gálatas, Primera Corintios, Filemón y Tobías, por no citar más. Además de presentar los evangelios, hemos leído y estudiado de modo sistemático, capítulo a capítulo y verso a verso, el de Marcos, por ser el más antiguo, anárquico y menos teologizado. Actualmente nos encontramos metidos de lleno en los Hechos de los Apóstoles, como tránsito entre lo que dijo e hizo Jesús y lo que dijo e hizo la primera Comunidad, con la correspondiente iluminación para el día de hoy.
El catequista, sea laico, hombre o mujer, sacerdote o religiosa, casado o soltero, padre o madre, tiene que personalizar y narrar la Biblia de modo vivo, si desea que la catequesis sea provechosa.
Finalmente, sugiero que, así como en el Día del Libro leemos en España «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha», organicemos en parroquias e iglesias la lectura continua de alguno de los libros de la Escritura. La carta a los Gálatas no se tarda en leerla, pausadamente, ni dos horas.
El Espíritu Santo, como Director del Pueblo de Dios, nos irá enseñando, personal y colectivamente, que Dios nos alcanza con su Palabra, que el Bautismo nos hace Pueblo de Dios, sellado con la Confirmación y transformado en Cuerpo de Jesucristo en la Eucaristía, de modo que seamos lo que comemos y comamos lo que somos.
Termino este apunte sobre san Juan de Ávila con un soneto de mi cosecha:
¡Oh Biblioteca y bosque de espesura,
signos cifrados, silbos trascendentes,
carta magna de Dios para las gentes,
despensa de riqueza y hermosura!
¿Quién me dará a entender vuestra lectura?
¿Quién su maná con tantos ingredientes?
¿Quién de vosotros, sabios eminentes,
me explica llanamente su cordura?
Si me pierdo en su bosque, como niño
travieso en pos del raudo pajarillo,
detén la noche oscura, alarga el día;
envía al Santo Pneuma con su brillo,
despéjame las dudas con cariño,
y brízame en su cuerda algarabía.






