Los nadies: III. A manera de conclusión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Stuardo Alberto Marroquín, C.M. · Año publicación original: 2009.

El presente trabajo fue fruto de la investigacion del primer semestre de 2009 en el seminario mayor villa paúl de la materia antropologia teológica por el estudiante de teologia Stuardo Marroquín de la provincia vicentina de América Central. él es del Salvador Ingeniero Industrial y ahora misionero vicentino, colabora con una publicación semanal de la Lectio Dominical con enfoque vicentino.


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El pueblo crucificado: los nadies, principio de salvación universal

Esta realidad de Exclusión, que a mi juicio es un pecado madre, atenta contra todos los mandamientos de nuestra fe cristiana. Es increíble la variedad de maneras en que la Exclusión niega el amor a Dios y el amor las personas. La variedad de males que causa se pueden resumir en: dolor, sufrimiento, muerte: asesinato de Dios y del ser humano.

No puede menos que removernos las entrañas, el ver a nuestros pueblos postrados, oprimidos, engañados, burlados: Excluidos de la vida y sus posibilidades. No hay nada tan grave como negar la vida, anularla; se niega la “gloria de Dios”, pues su gloria es “que el ser humano tenga vida” y, como diría Monseñor Romero, “que el pobre tenga vida”. Recordemos que al inicio de nuestro trabajo, identificamos a los pobres con los excluidos, “los nadies” para el sistema. Son ellos los que ahora nos reclaman la vida, son el pueblo crucificado que debe ser bajado de la cruz.1

El sufrimiento de las personas excluidas, víctimas cuya sangre es ofrecida al sistema hegemónico a través del pecado madre que es la Exclusión, es decir, su “bestia de siete cabezas y diez cuernos”2, tiene profundas raíces que deben ser erradicadas y sustituidas por otras que produzcan vida, fraternidad, inclusión.

Desde esta perspectiva, se hace necesario un nuevo proyecto histórico, de transformaciones radicales, que reviertan la historia, que operen un giro de 180 grados sobre ella. Los miles de millones de personas excluidas son un signo que nos urge a toda la comunidad cristiana creyente, hacia un proceso de cambio revolucionario:

Entre tantos signos (de los tiempos) como siempre se dan, unos llamativos y otros apenas perceptibles, hay en cada tiempo uno que es el principal, a cuya luz deben discernirse e interpretarse todos los demás. Ese signo es siempre el pueblo históricamente crucificado, que junta a su permanencia la siempre distinta forma histórica de su crucifixión. Ese pueblo crucificado es la continuación histórica del siervo de Yahvé, al que el pecado del mundo sigue quitándole toda figura humana, al que los poderes de este mundo siguen despojando de todo, le siguen arrebatando hasta la vida, sobre todo la vida.3

Los excluidos, los nadies del hoy, son el siervo sufriente de Yahvé, que no tienen ya rostro humano y son despreciados por todos, no encuentran quien les defienda de frente a la muerte, son Cristo crucificado en la historia.

Con ello afirmo que la Exclusión es pecado, radical negatividad, radical negación de la voluntad de Dios y manifestación máxima del rechazo de Dios. “Este mundo es la aparición histórica del siervo de Yahvé en cuanto siervo sufriente y la aparición de Cristo en cuanto crucificado”.4

Por ello, desde su filosofía, Ellacuría propone el carácter desideologizante y desencubridor de la realidad encubierta que debe tener aquélla, reclama a Heidegger que “quizás en vez de preguntarse por qué hay más bien ente que nada, debería haberse preguntado por qué hay nada, no ser, no realidad, no verdad, etc., en vez de ente”.5

El gran signo de este tiempo es la Exclusión, ¿por qué hay Exclusión y no Inclusión?

Podemos acercarnos a la respuesta considerando que hay un pueblo crucificado, cuya crucifixión es resultado de acciones históricas. Es el producto del pecado estructural que conlleva el sistema hegemónico. Recordemos que la Exclusión, como pecado estructural, es hija del sistema.

Se entiende aquí por pueblo crucificado, aquella colectividad que, siendo mayoría de la humanidad, vive la Exclusión y debe su situación de crucifixión a un sistema social promovido y sostenido por una minoría que ejerce su dominio en función de unos factores e intereses, los cuales, en su conjunto y dada su concreta efectividad histórica, deben calificarse como pecado. Esta consideración no excluye la consideración individual de sufrimiento a causa de injusticias y pecado de otros. No se trata tampoco de una consideración “natural” de los que sufren por desgracias de la naturaleza, aunque también esos males, en muchas ocasiones tienen relación con las situaciones de injusticia del sistema y son de carácter histórico.

Según las Sagradas Escrituras, considerara a una colectividad como sujeto de la salvación no es ajeno a ella, sino que es en ella un sentido originario. Un individuo sólo puede constituirse en siervo de Yahvé, según J. Jeremias, en tanto que es miembro del pueblo de Dios, porque la salvación está ofrecida primariamente al pueblo y en el pueblo. La insistencia moderna en individualizar la existencia humana sólo será realista si no implica un desconocimiento de su dimensión social, cosa que no ocurre en el actual sistema hegemónico capitalista. No se necesita negar la dimensión social y estructural para dar campo a un desarrollo pleno de la persona.6

La Exclusión del pueblo crucificado viene de una necesidad histórica: la necesidad de que muchos tengan que sufrir para que unos pocos puedan gozar, de que muchos sean “nadie” para que otros “alguien”, que grandes mayorías sean desposeídas para que unos pocos posean mucho, mejor si es todo. El mismo esquema de Exclusión, aunque con distintos sentidos histórizados, sucedió con Jesús.

Algunas veces se ha tendido a hacer una separación entre el grupo de los opresores y el grupo de los oprimidos. “Se ha insistido en la gravedad y en la multiplicidad de las formas en que, dentro del mundo de los oprimidos, hay quienes se ponen al servicio de los opresores o desatan sus propios instintos de dominación”.7 Esto obliga a no tener una división maniquea del mundo: de un lado los malos y del otro los buenos.

Se debe iluminar la crucifixión desde lo que fue la muerte de Jesús para ver su alcance salvífico y el modo cristiano de esa salvación. Aunque la presencia del pecado y de la muerte es abundante en nuestra realidad, también es de suma importancia y palpable la presencia de la gracia y de la vida. No se debe olvidad ninguno de los dos aspectos. Pues la salvación sólo puede ser entendida como el triunfo de la vida sobre la muerte, un triunfo que ya está inaugurado en la resurrección de Jesús, pero que debe ser hecho realidad procesualmente, siguiendo los pasos de Él.8

III.1. “Los nadies” vistos desde el siervo de Yahvé

En primer lugar, la teología del siervo supone que el encuentro de Yahvé ocurre en la historia, que se constituye así en el lugar de su revelación, cercanía y en el lugar de la respuesta y la responsabilidad del pueblo. Según el deutero­Isaías, la unidad entre lo que ocurre en la historia y lo que Dios quiere manifestar y comunicar a la humanidad es indisoluble.9

Son cuatro cantos del siervo doliente en el deutero­Isaías, para lo cual vamos a seguir el esquema que propone Ellacuría.10 En el primero11 habla de la elección del siervo, que es un elegido, un preferido de Yahvé, sobre el que éste ha puesto su espíritu. El fin del siervo es traer el derecho y la justicia a las naciones que viven una situación de opresión. Se busca, en primera instancia, interiorizar el amor a la justicia, y luego una renovación del culto. Es una respuesta de Dios a lo que esperan los pueblos oprimidos.

En el segundo canto12, se destaca el carácter de la elección hecha por Yahvé: ha elegido a quien desprecian los poderosos, a quien parece débil, sin fuerzas para hacer reinar la justicia, ¿quién podría pensar que de los que son el “desecho del mundo”, “los nadies” son el siervo de Yahvé?, sin embargo, tiene el respaldo de Dios. Su elección es para construir una tierra nueva y un pueblo nuevo. Resalta la idea de que Dios está al lado del oprimido y contra el opresor, y se refiere a un pueblo entero y no solamente a individuos particulares.

El tercer canto13 da un paso más al resaltar la importancia que pueden tener los sufrimientos en el camino de liberación del pueblo. El abatimiento puede llevar a la desesperanza, a la desconfianza, pero el Señor va a respaldar ese sufrimiento y va a terminar dando la victoria a quien aparentemente está derrotado. Se abre aquí una gran esperanza para el pueblo, para los excluidos, su dolor no es en vano, Dios está tras él no como causante sino como liberador. Ésta es una esperanza que tocarán sus manos y que transformará sus vidas.

Sin embargo, es el cuarto canto14 donde se desarrolla más el temo de la pasión y gloria del siervo. Éste expresa lo contradictorio entre la situación del siervo y su capacidad real de salvación. Es en éste en donde se pueden observar con mayor claridad, las características que son muy similares a las que sufre el pueblo excluido hoy.

Este texto es fundamental para cualquier teología de la salvación, pues puede iluminar problemas distintos. La lectura tradicional ve en este canto, preanunciada la figura de de la pasión de Jesús.

Sin embargo, no se puede ignorar lo que el texto tiene de realmente descriptivo de lo que vive una gran mayoría de la humanidad. Veamos algunos aspectos.

En primer lugar, se trata de una figura destrozada por la intervención histórica de los seres humanos: es un hombre de dolores, acostumbrado al sufrimiento, que es llevado a la muerte sin defensa y sin justicia; desestimado y despreciado por todos, alguien que se considera que no tiene ningún mérito. Hoy es el pueblo excluido el condenado a muerte porque es el sobrante, sin nadie que les defienda, legitimado por la “justicia”.

En segundo lugar, no se le considera como posible salvador del mundo, sino, todo lo contrario, como leproso15, como condenado, herido de Dios y humillado, un completo excluido, totalmente “fuera de”.

En tercer lugar, aparece como pecador, como fruto del pecado y como lleno de pecados; por eso le dieron sepultura entre los malvados y con los malhechores; fue contado entre los pecadores porque él cargó con el pecado de muchos. “Los nadies” merecen morir, sólo causan violencia, desestabilizan, causan mala imagen a su país, y están así por ser gente que no trabajo. Son parásitos de la sociedad.

En cuarto lugar, la visión desde la fe es de otra manera: su estado no se debe a sus propios pecados, sufre el pecado sin haberlo cometido, está herido por los pecados del pueblo. Es víctima del pueblo. Antes de que él muera por los pecados, son los pecados los que los llevar a la muerte, son ellos los que lo asesinan. Es el pecado en el mundo el que condena a muerte a los que no se pueden defender, a quienes son sus víctimas y les van a permitir seguir llevando el mismo estilo de vida. Garantizan el statu quo.

En quinto lugar, el siervo acepta este destino. El siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Nuestro castigo cayó sobre él y sus cicatrices nos curaron. Es expiación e intercesión por los pecados. “Los nadies”, despojados de toda dignidad, de toda esperanza y de cualquier utopía, caen en la resignación y prácticamente llegan a pensar que deben ser las víctimas.

En sexto lugar, el propio siervo, aplastado en su vida sacrificada y en su muerte fracasada, triunfando, verá su justificación y la de los otros, verá su descendencia y tendrá larga vida.

En séptimo lugar, el Señor mismo asume esta situación: carga sobre él todos nuestros crímenes. Más aún, se dice que el Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación, aunque después le premiará y dará la recompensa total. Son las frases más fuertes, pero que admiten la interpretación de que Dios acepta como querido por él, como saludable, el sacrificio de quien históricamente es muerto por los pecados de la humanidad. Sólo en un difícil acto de fe el cantor del siervo es capaz de descubrir lo que aparece como todo lo contrario a los ojos de la historia. Precisamente porque ve cargado de pecados y de las consecuencias del pecado a quien no los cometió, se atreve, por la misma injusticia de la situación, a atribuir a Dios lo que está sucediendo; Dios no puede menos de atribuir un valor plenamente salvífico a este acto de absoluta injusticia histórica.16

A manera conclusiva, se puede decir que la orientación global de estos cuatro cantos, es su sentido profético de anuncio del futuro y ámbito de universalidad. Esto hace que los cánticos estén siempre abiertos para hablar en la historia ante las distintas realidades de opresión e injusticia. Posibilitan esperanza, sueños y resistencia activa no violenta ante la cruel realidad. Para expresarlo mejor, siervo doliente de Yahvé será todo aquel crucificado injustamente por los pecados de la humanidad, porque todos los crucificados forman una solo unidad, una sola realidad. Aunque se le dé mucho realce al sufrimiento y al aparente fracaso, sobresale la esperanza del triunfo que ha de tener un carácter público e histórico y que esté directamente relacionado con la implantación del derecho y la justicia.

III.2. Jesús y el siervo de Yahvé

El cristianismo ha identificado este texto con Jesús, el siervo de Yahvé, pues es la figura del

mesías no violento, que ha cargado sobre sí el pecado del mundo. Es claro que la interpretación debe dar cuenta sobre las reales razones de la muerte de Jesús. El mismo Jesús no era conciente de que su muerte era “algo necesario” para la salvación de la humanidad. Jesús, simplemente vivió en fidelidad a la voluntad del Padre: presentó el amor como el proyecto de vida del ser humano, enmarcado dentro de la justicia y la misericordia.17

Jesús no fue ingenuo, fue un gran consecuente con el anuncio que hacía. Eso lo llevó a generar conflictos con todo lo establecido, pues primaba la libertad de espíritu y la vida de la gente. Su hechos y dichos nos muestran que la liberación que él daba era integral, y para ello necesitaba ir contra realidades de muerte legitimadas desde las instituciones oficiales. Es le llevó a tocar al leproso para sanarlo, a comer con gente impura, indeseable, prostitutas y publicanos, con toda clase de “gente pecadora”.

Estos eran suficientes motivos para escandalizar a la gente piadosa, puritana, legalista, que tras sí tenían sus propios intereses y sostenían la estructura social de pecado que a diario excluía y condenaba a diversas clases de muerte a la gente. La lucha directa de Jesús fue contra el pecado y todas sus estructuras. Eso le llevó a la muerte sin la conciencia de ser él el siervo sufriente de Yahvé.

Ahora bien, Jesús si tuvo plena conciencia que su ministerio público estaba generando incomodidad dentro de las autoridades judías y quizás romanas, pues los cuatro evangelios dan cuenta de ello. Lo cual indica que el sabía que corría peligro de muerte, que lo perseguían y querían desaparecerle del mapa. Se había convertido en un estorbo, en un violador de las leyes judías, sagradas y religiosas, queridas por Dios.

Schürmann, después de un largo análisis exegético, concluye: es una perspectiva soteriológica la que mejor explica los gestos de ofrenda de aquel que va a morir y que anuncia la salvación escatológica; en estos gestos del siervo realizados en Jesús, la salvación escatológica se hace comprensible en la acción simbólica de quien llega hasta el don de sí en la muerte como culminación de toda su vida, que ha sido siempre una pro­existencia, esto es, una vida definitiva por la entrega total a los demás.18

Contra la autocomprensión plena de sus muerte por parte del propio Jesús está, sin embargo, su grito en la cruz recogido por Mateo (27, 26) y Marcos (15, 35), que parece indicar un sentimiento de absoluto abandono por parte de Dios y, consecuentemente, un desfallecimiento de su fe y de su esperanza. El texto presenta una dificultad tan grave, que los demás evangelistas lo sustituyen por una palabra de confianza19 o por una palabra de plenitud20.

Jesús habría querido expresar su estado de tristeza, de abandono, de fracaso que significa la muerte, muerte que de por sí es la separación del Dios vivo. Sin embargo la experiencia de abandono es expresada a manera de diálogo que manifiesta la presencia del que parece que está ausente; el diálogo no queda interrumpido, aunque Dios parece haber desaparecido.

Es claro que el pueblo excluido de nuestro tiempo, tampoco tiene conciencia de ser el siervo sufriente de Yahvé, tal como probablemente le sucedió a Jesús. El pueblo crucificado por la Exclusión es, pues, la continuidad histórica del siervo de Yahvé, por tanto no es “otro” siervo.

Al afirmar que siempre será el pueblo de Dios crucificado, no es posible definir exactamente quién es ese pueblo de Dios. Sin embargo, la razón más fundamental para saberlo es si es aceptado por Dios, pero esta aceptación no es comprobable sino sólo a través de su “semejanza” con lo que le ocurrió al Jesús crucificado de la historia. Según esto, deberá ser crucificado por los pecados de mundo, deberá haber sido convertido en desecho de la humanidad que vive según los criterios del mundo, entendiendo éste como el sistema de pecado que causa la muerte, su apariencia no será humana precisamente porque ha sido deshumanizada; deberá tener un alto grado de universalidad, pues se ha de tratar de una figura redentora del mundo entero; deberá sufrir está deshumanización total no por sus culpas, sino por cargar con las culpas de los demás; deberá ser desechado y despreciado precisamente como salvador del mundo, de tal forma que este “mundo” no lo acepte como su salvador, antes al contrario, lo juzgue como la expresión más cabal de lo que se debe evitar y aun condenar, deberá, finalmente, darse una conexión objetiva entre su pasión y la realización del reino de Dios. Por otra parte, no deberá identificarse esta figura histórica del siervo con una determinada organización del pueblo crucificado cuya instancia definitoria esté al alcance del poder político.21

III.3. Conclusión

Esta conclusión aporta una seria afirmación: “los nadies”, los excluidos del mundo por el mismo mundo y sus estructuras de pecado, son el pueblo crucificado, la continuidad del siervo sufriente de Yahvé. Cumplen con todas las características de “semejanza” con lo que le ocurrió al Jesús crucificado de la historia.

El Reino de Dios se hace presente dando vida, dignificando la vida de las personas: Incluyendo a los excluidos. Esto, inevitablemente genera conflicto con quienes anteponen sus intereses (por más religiosos que sean) a la integridad y la dignidad de las personas.

La solidaridad con el excluido, si es que se toma en serio y con todas sus consecuencias, termina en exclusión. Es decir, liberar de la Exclusión lleva consigo compartirla, pues el sistema que excluye, excluirá a toda persona que opte por los excluidos. Se entra en conflicto con los enemigos de la vida. Por ello Jon Sobrino afirma que entre el Reino de Dios y el anti­Reino, la lucha es duélica.22 Si se quiere transformar la realidad del actual pueblo crucificado, de los excluidos, no se puede hacer sin tocar su realidad, insertarse en ella hasta llegar a ser considerado un excluido más (esto de manera personal, comunitario o institucional). Sólo así se restituye la dignidad a quien se le había pretendido anular. Así se gestan nuevas esperanzas en Dios y nuevos proyectos de resistencia activa no violenta. Es necesario mantener una actitud crítica desde las ciencias, especialmente desde la teología, la filosofía y la antropología, que están estrechamente ligadas a nuestro ser de compromiso de fe; es una tarea de desenmascaramiento, de desideologización, que es a la vez una denuncia coherente ante la situación de pecado estructural que causa exclusión.

Implica también una opción más coherente de parte de nuestra Iglesia, de nuestro seminario, de tal forma que nuestra opción por los pobres se defina en hechos y palabras, teniendo, institucionalmente, signos concretos de contradicción con los criterios del mundo, verdaderos signos proféticos de solidaridad y compromiso con los excluidos, que en la realidad colombiana tienen muchos rostros: los desplazados, la gente del campo, las personas que trabajan en las floras, etc.

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  1. Cfr. Sobrino, Jon. Ignacio Ellacuría, el hombre y el cristiano. “Bajar de la cruz al pueblo crucificado”. Editorial Centro Monseñor Romero UCA. San Salvador, El Salvador. 2006. Pp. 12,13.
  2. Cfr. Ap 13, 1
  3. Ellacuría, Ignacio. Discernir el signo de los tiempos. Revista Diakonía. El Salvador. No. 17. 1987
  4. Sobrino, Jon. Ignacio Ellacuría, el hombre y el cristiano. “Bajar de la cruz al pueblo crucificado”. Editorial Centro Monseñor Romero UCA. San Salvador, El Salvador. 2006. P. 16.
  5. Ellacuría, Ignacio. Función liberadora de la filosofía. Revista ECA No. 435­436. San Salvador. El Salvador. 1985. P. 50.
  6. Cfr. Ellacuría, Ignacio; Sobrino, Jon. Mysterium Liberationis. Conceptos fundamentales de la Teología de la Liberación. Tomo II. Editorial Trotta. Madrid, España. 1990. Pp. 201­-203.
  7. Ibid. P. 203.
  8. Cfr. Ibid. 204.
  9. Cfr. Ibid. 205
  10. Cfr. Ibid. 205­210.
  11. Is 42, 1­7
  12. Is 49, 1­26
  13. Is 50, 4 – 51, 12
  14. Is 52, 13 – 53, 12
  15. Cfr. Mc 1, 39­45
  16. Ibid. Pp. 209­-210.
  17. Cfr. Ibid. 210­-211.
  18. Ibid. Pp. 213­-214.
  19. Lc 23, 46­47
  20. Jn 19, 30
  21. Ibid.
  22. Cfr. Sobrino, Jon. Jesucristo liberador. UCA Editores. San Salvador, El Salvador. 2000. P. 218.
  23. CEP

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