Los laicos en la Iglesia de hoy

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Jean Landousies, C.M. · Traductor: Centro de traducción – Hijas de la Caridad, París. · Año publicación original: 2002.
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Introducción

El título dado a esta exposición engloba un campo muy amplio: «Los laicos en la Iglesia hoy«. Por otra parte, la diversidad de origen, de profesión, de trabajo, de situación y de las opciones locales de todos ustedes, hace todavía más difícil el proyecto. Por eso he tenido que optar entre los temas posibles para nuestra reflexión. Me he visto obligado a limitarme a elementos bastante generales, esperando que en el trabajo de grupo van a poder expresar sus experiencias. Les propongo, pues, algunas orientaciones que me parecen importantes para la vocación y la misión de los laicos en las evoluciones actuales del mundo y de la Iglesia. Voy a desarrollar mi intervención en cinco puntos:

  1. Los laicos en la Iglesia-Comunión;
  2. Laicos apasionados por el hombre: la llamada a anunciar el Evangelio a los pobres;
  3. Laicos apasionados por Dios: la llamada a la santidad;
  4. Trabajar como Iglesia, colaborar con los hombres de buena voluntad;
  5. La necesidad de la formación.

Antes de entrar en nuestra reflexión, quisiera también poner de relieve dos puntos que me parece importante tener presentes como telón de fondo en nuestro debate:

El primero es el interés que Vicente de Paúl dio al lugar de los laicos en la misión de la Iglesia. Recordemos que la primera de sus fundaciones fue la de las Caridades. Reunió a laicos para que los pobres fueran servidos. Este tema lo trataremos más tarde. El segundo punto es la inquietud que debemos tener no solamente por el laicado vicenciano «constituido», sino también por todos los laicos que a través del mundo siguen, explícitamente o no, a San Vicente de Paúl, y que no tienen ninguna intención de unirse a una rama constituida de la Familia Vicenciana. Ellos también, solos o junto con otros, hacen que los pobres sean servidos.

1. Laicos en la Iglesia comunión

1.1. ¿Qué Iglesia?

En un primer momento, les invito a reflexionar un instante sobre la Iglesia en la que los bautizados tienen que vivir su vocación.

Desde el Concilio Vaticano II, la reflexión sobre la Iglesia comunión se ha desarrollado ampliamente. Nos encontramos aquí en el corazón del misterio de la Iglesia: una Iglesia que procede del Dios-Trinidad, es decir, de un Dios que es Él mismo comunión; una Iglesia cuyos miembros deben vivir en comunión con ese Dios que los llama y los envía; una comunión con Dios de donde procede la comunión de los miembros entre sí. Por último, como consecuencia de lo que ella misma es en lo más profundo de su ser, esta Iglesia ha recibido la misión de trabajar en la realización de la comunión de todos los hombres entre ellos y con Dios.

Tres imágenes importantes expresan y completan la presentación de este misterio de la Iglesia comunión: las imágenes de la Iglesia Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu.

a. La Iglesia, Pueblo de Dios. La Iglesia es un pueblo que procede de Dios, que vive de Dios y que pertenece a Dios. Antes de toda distinción de funciones, de servicios o de ministerios, lo que es primordial es el ser una asamblea de cristianos. Lo que no excluye, por supuesto, la necesidad que tiene el Pueblo de Dios, como todo pueblo, de contar con responsables, tomados de entre sus miembros. Pero es preciso ir aún más lejos, pues es grande el riesgo de que ese Pueblo se encierre en sí mismo, excluyendo a quienes no forman parte de él. Es lo que podría llamarse el riesgo ‘sectario’. La Iglesia es un pueblo enviado a misión con el Espíritu Santo, un pueblo abierto a todos los pueblos de la tierra, invitándoles a formar todos juntos el único Pueblo de Dios. Conocemos bien el bello pasaje de Lumen Gentium, empleado después muchas veces en la enseñanza del Magisterio: «la Iglesia es, en Cristo, en cierta manera, el sacramento, es decir, el signo y a la vez el medio de la unión íntima con Dios y de la unidad con todo el género humano» (n. 1).

b. La Iglesia Cuerpo de Cristo. En estos últimos años, quizá se ha hablado con frecuencia exclusivamente de la Iglesia como Pueblo de Dios, sin duda, para evitar caer de nuevo en una visión piramidal de la Iglesia. Sin embargo, la imagen del pueblo no agota el misterio de la Iglesia. Es preciso articularla con otras imágenes y, ante todo, con esta imagen esencial de la ‘Iglesia – Cuerpo de Cristo’. Esta imagen expresa a la vez la unidad profunda de la Iglesia con Cristo y su dependencia con respecto a Él que es la cabeza del cuerpo. Esta imagen muestra también, al mismo tiempo, la unidad y la diversidad de la Iglesia. Todos son miembros de ella, pero todos no tienen en ella la misma función (Cf. 1 Co 12, 12-30). En la Iglesia hay una diversidad y una complementariedad de vocaciones y de condiciones de vida, de ministerios, de carismas y de responsabilidades. Por otra parte, esta imagen del Cuerpo es importante para la comprensión de la misión. Pues si el cuerpo es lo que nos permite entrar en relación con los demás, la Iglesia – Cuerpo de Cristo permite a Cristo entrar concretamente en relación con los hombres y mujeres de todas las épocas, de todas las culturas.

c. La Iglesia Templo del Espíritu. Por último, una tercera imagen, unida a las dos precedentes es la de la ‘Iglesia – Templo del Espíritu’. Es el mismo Espíritu quien es el principio dinámico de la variedad y de la unidad de la Iglesia y en la Iglesia. Es el Espíritu de comunión el que reúne a la Iglesia en toda la diversidad de sus miembros y el que hace de ella un solo Pueblo y un solo Cuerpo. La Iglesia es el Templo del Espíritu porque es construida, edificada por el Espíritu Santo, al mismo tiempo que por los cristianos. El Espíritu es la fuente de todos los carismas, esos dones confiados a todos los cristianos en beneficio de la Iglesia y de su misión. Esto significa también que, puesto que todos los bautizados han recibido el Espíritu Santo, todos tienen derecho a la palabra en la Iglesia, todos tienen el derecho a ser escuchados. En este punto es donde se podría hablar de lo que se llama el sensus fidei, es decir, el sentido sobrenatural de la fe que es el del Pueblo entero (Cf. LG 12).

Si tuviéramos tiempo, tendríamos que hablar aquí también del sacerdocio común de los fieles, que no es el sacerdocio de los laicos sino el de todos los miembros de la Iglesia; un sacerdocio común, dado a todos por el Espíritu Santo… (Cf. LG 10).

1.2. ¿Para qué laicos?

En esta Iglesia comunión, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu y Pueblo de Dios, es donde yo quisiera situar la vocación y la misión de los laicos. Recordemos lo que dice el Vaticano II en Lumen Gentium : Con el nombre de laicos se designan […] los cristianos que en cuanto incorporados a Cristo por el bautismo, integrados al Pueblo de Dios y hechos partícipes, a su modo, de la función sacerdotal, profética y real de Cristo, ejercen en la Iglesia y en el mundo la misión de todo el pueblo cristiano en la parte que a ellos les corresponde (n. 31). Los laicos no se definen, pues, con relación a los sacerdotes o a los religiosos. Se trata, ante todo, de bautizados que, por su bautismo, están habilitados para participar en la vida y en la misión de la Iglesia, que están unidos a Cristo y que viven de su vida y de su Espíritu. Por otra parte, viven en comunión de unos con otros, constituyendo un mismo cuerpo y un mismo Pueblo. Por último, su misión se ejerce en la Iglesia y en el mundo. Observemos también, de paso, que el laico no se define únicamente por su presencia en el mundo. Es también responsable de la vida de la Iglesia y participa en su misión.

a. El compromiso de los laicos en el mundo. Este aspecto se desarrolla ampliamente en los textos del Vaticano II, y también después. Hablaré de esto luego. Digamos ya que la vocación apostólica de los laicos no les viene de un ‘mandato’ que les estuviera confiado por el Obispo sino que está fundada en su bautismo y en su confirmación. Los textos muestran claramente que evangelizar, misión primordial de la Iglesia, no consiste solamente en anunciar el Evangelio en el sentido estricto de la expresión (predicación, catequesis, etc…), sino que consiste también en transformar el mundo haciéndolo más conforme con el Evangelio. Hay asimismo un apostolado que consiste en evangelizar las realidades del mundo, mediante el testimonio de vida y mediante la palabra.

b. El compromiso de los laicos en la Iglesia. Se asiste desde el Vaticano II a una renovación considerable en este aspecto. El lugar de los laicos en la Iglesia no se reduce a una asistencia pasiva, ni siquiera a un servicio litúrgico, por otra parte bastante limitado. Pensemos en el desarrollo de la participación de los laicos en las responsabilidades pastorales en la vida de las comunidades, desde la liturgia hasta la transmisión de la fe, la catequesis o la contribución en diversos servicios y estructuras pastorales. Cada región tiene su modo de actuar para ayudar a los laicos a participar activamente en la vida de la Iglesia, según las necesidades. Pero, de manera general, podemos hacer notar también, por ejemplo, que la creación de consejos y de sínodos ayuda a los laicos no solamente a desarrollar ‘actividades’ sino a sentirse efectivamente más responsables de la misión de la Iglesia y responsables como laicos, en comunión con los obispos y los sacerdotes. Aunque, evitando los riesgos de una «clericalización» de los laicos, éstos necesitan participar en la vida interna de la Iglesia por el hecho de su bautismo y de su confirmación.

En resumen, podemos repetir lo que escribe Juan Pablo II en la carta apostólica Christifideles Laici: «Los fieles laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la vocación y la misión de ser anunciadores del Evangelio: son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu Santo» (n. 33). Los laicos están, pues, plenamente comprometidos en la misión de la Iglesia, por el hecho de su bautismo y de su confirmación. Es lo que quisiera tratar ahora.

2. La pasión por el hombre: laicos llamados a anunciar el Evangelio a los Pobres

Quisiera ahora abordar de manera más concreta el lugar de los laicos en la misión de la Iglesia y, sobre todo aquí, a través de su servicio a la sociedad.

La misión primordial de los laicos que voy a poner de relieve es, ante todo, que a través de toda su vida deben dar testimonio de que la fe en Jesucristo es la respuesta fundamental a los interrogantes y a las expectativas del hombre y de las sociedades. Al comprometerse en los diferentes sectores de la vida del mundo, anuncian concretamente esta Buena Noticia que es la salvación en Jesucristo. Se trata de una responsabilidad esencial confiada a los laicos en comunión con todos los demás miembros del Pueblo de Dios. No voy a extenderme aquí sobre la diversidad de compromisos misioneros de los laicos ni sobre la necesidad de un análisis de las situaciones humanas y de las mutaciones de las sociedades. Ustedes son sensibles a ello en sus países.

Pero en estos aspectos, me parece que nosotros, vicencianos, debemos tener la preocupación especial por recordar, a tiempo y a destiempo, que los laicos tienen una vocación particular para trabajar en la promoción de la dignidad de todo hombre. Y, ante todo, de los más pobres, de los más débiles.

Un campo privilegiado, unido al compromiso en favor de la dignidad del hombre, es la presencia en los lugares de pobreza y de sufrimiento: asistencia a los enfermos, minusválidos, ancianos, enfermos terminales, víctimas de las nuevas enfermedades (SIDA y otras). Los cristianos que ahí se implican, mediante su encuentro y su comprensión de las personas, son expresión esencial del rostro amoroso y misericordioso de Cristo y de su Iglesia con relación a quienes están atravesando la prueba. El corazón del mensaje evangélico es precisamente esta Buena Noticia: ¡el hombre es amado por Dios! La palabra y la vida de cada cristiano deberían ser un anuncio claro de ello. Ocurre lo mismo con todo lo que se refiere al campo de la caridad y de la solidaridad, la participación en los movimientos caritativos, de apostolado o de educación, para construir una sociedad más justa donde cada uno encuentre su lugar y pueda vivir decentemente. Nosotros, vicencianos – especialmente – no podemos olvidar que el combate por la justicia es un elemento esencial de la misión de la Iglesia: todo esto en las parroquias, comunidades diversas, en la vida asociativa de los barrios o pueblos, en colaboración con las demás personas de otras corrientes de pensamiento que animen servicios de ayuda mutua o de solidaridad.

Otro campo en el que es urgente que trabajen los laicos es en el de la promoción y defensa del respeto por la vida. Sabemos que esto engloba muchos campos y que plantea cuestiones a menudo muy difíciles, pero que nosotros no podemos eludir. Pienso especialmente en los desafíos lanzados por las cuestiones relativas a la bioética.

La diversidad de los compromisos, que aquí no desarrollaré más, debe ayudar a cubrir todos los aspectos de la existencia humana en sus dimensiones individuales y colectivas: desde los problemas de la persona, de la familia, hasta los de la cultura, de la paz, de la política… O también, la necesidad de tener una conciencia clara de la dignidad del trabajo, concebido con miras a la realización del hombre y del cumplimiento de su vocación.

Por otra parte, de una manera general, para llegar a un auténtico cambio en las relaciones humanas y en el conjunto de la vida de la sociedad, me parece importante que los movimientos de laicos sean lugares de educación y de apoyo para quienes tienen responsabilidades políticas, económicas, sociales, a fin de ayudarles a cumplir sus tareas con integridad, con la inquietud por dar la prioridad al bien de las personas, conscientes del impacto humano que tienen sus opciones.

Permítanme ahora, para terminar este punto, que me detenga en dos dimensiones de estos compromisos que, a mi juicio, son esenciales hoy para la misión: la calidad de los encuentros y la universalidad de la mirada. Es, por otra parte, lo que podemos encontrar ampliamente expresado en Vicente de Paúl.

Primero, la importancia y la calidad de los encuentros. Esto es verdad en la vida de todo cristiano, pero quisiera subrayarlo en la vida de los laicos hoy, pues con frecuencia existe la tentación de atenerse a la calidad del hacer, del contenido intelectual o material de un encuentro, de una reunión, de una acción etc.… Para nosotros, hay ciertamente ahí algo que es necesario profundizar para vivir según el espíritu de Vicente de Paúl. Los laicos están en primera línea para ir ‘naturalmente’ y en todos los campos, al encuentro de los demás, en nombre de Cristo, sin exclusividad; para llevar a cabo encuentros hechos de escucha del otro, para ayudarle a crecer, tomándolo en serio, respetando su dignidad a fin de que pueda vivir plenamente su propia vocación humana y espiritual. En esta perspectiva, quisiera también añadir que es urgente que en nuestras reacciones, en nuestra propia visión de las personas y de las situaciones, hayamos integrado elementos tan importantes como el diálogo ecuménico o el diálogo interreligioso. Éstos son hoy lugares de encuentro y, por tanto, de anuncio del Evangelio, que no podemos ignorar. Si existen todavía tantas incomprensiones, y por desgracia se dan hoy entre personas de religiones diferentes, es a menudo por falta de conocimiento verdadero, por falta de respeto mutuo de las diferencias.

Todo esto nos lleva también a favorecer la universalización de la mirada, tanto más urgente cuanto que en la vida social nos encontramos en un contexto de mundialización. Ya tendrán la ocasión de volver a hablar sobre este tema. En numerosos países nos encontramos, cada vez más, en presencia de poblaciones de origen muy diverso, de diferente origen social, cultura, o religión. Podríamos añadir indudablemente el desarrollo rápido de las comunicaciones, del turismo, etc… Ya no es posible permanecer replegados sobre el entorno tradicional inmediato. Además, sabemos también que el descubrimiento de esta ampliación de horizontes puede engendrar muchos temores, con sus consecuencias a menudo desastrosas. Los laicos tienen ciertamente ahí un campo ilimitado para la apertura del corazón y del espíritu misionero.

3. La pasión por Dios : laicos llamados a la santidad

Les propongo ahora que demos un paso más, situando la vocación de los laicos a la misión en la perspectiva de la llamada a la santidad que es, en cierto modo, una consecuencia del bautismo.

La vocación del laico en la Iglesia no es un puro activismo, mientras que las ‘cosas espirituales’ estarían reservadas a los sacerdotes, religiosos y religiosas. La experiencia cristiana del laico no se reduce a sus encuentros con el hombre, sino que se lleva a cabo al mismo tiempo en un encuentro íntimo con Dios. La experiencia espiritual de Vicente de Paúl es particularmente esclarecedora a este respecto. Su experiencia de Cristo es indisociable de su experiencia de los pobres. Al buscar a uno descubre a los otros, descubriendo a los pobres encuentra a Cristo, y cuanto más descubre a Cristo en su misterio, más se ve impulsado a ir al encuentro de los pobres para vivir con ellos lo que ha descubierto. La vida espiritual que cada bautizado está llamado a desarrollar en sí mismo no es una huida del mundo. Es esencial volver a la llamada universal a la santidad, dirigida a todos y cada uno de los fieles laicos, pues esta llamada hunde sus raíces en el bautismo y se refuerza por medio de los demás sacramentos. El bautizado debe ser, por tanto, un apasionado de Dios que avanza con valentía por el camino de la renovación evangélica.

La respuesta a la llamada a la santidad no es un camino abstracto, perdido entre las nubes; no es un puro deseo lejano y desencarnado. Se trata, en realidad, de la búsqueda de la perfección del ser, de la realización total de la persona, tal como Dios la ha creado, tal como Dios quiere verla desarrollarse plenamente; es la búsqueda de la verdadera felicidad para sí – y también junto con los demás y para los demás – en cierto modo; una dicha, una perfección que se encuentran en una auténtica comunión con Dios y con los hermanos. Se trata, pues, de algo muy concreto que engloba toda la vida, que concierne a todos los campos de la existencia, no solamente a lo que llamamos estrictamente la vida espiritual. Al buscar la santidad, el cristiano desea encontrar su pleno desarrollo, su plena perfección, configurándose con Cristo. Este camino no es fácil, pero es esencial proponerlo como el corazón de la vocación cristiana, de donde se desprende todo lo demás, y mostrar que la marcha por este camino no es solitaria sino solidaria, a la vez con Cristo y con los demás bautizados.

Esta vocación de los laicos a la santidad se expresa, de manera especial, a través de su inserción en las realidades temporales y de su participación en las actividades del mundo. Esto significa que la vocación cristiana a la santidad está íntimamente unida a la vocación a la misión. Es la vida cotidiana, con todos sus compromisos, en particular al servicio de los demás en la Iglesia y en el mundo, la que debe convertirse en una ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad. Así, los laicos contribuyen a la edificación del Reino de Dios.

En resumen, como lo ha recordado Juan Pablo II en su Carta apostólica al final del gran Jubileo, poner la vida pastoral bajo el signo de la santidad es una opción de importantes consecuencias. Esto significa expresar la convicción de que, si el Bautismo hace verdaderamente entrar en la santidad de Dios mediante la inserción en Cristo y de la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida bajo el signo de una ética minimalista y de una religiosidad superficial » (Novo millennio ineunte, 31).

4. En sociedades pluralistas: necesidad de un trabajo como Iglesia y de colaboración con los hombres de buena voluntad

En las sociedades nuestras es necesario tener en cuenta el pluralismo que en ella se expresa cada vez más y sacar las consecuencias para la misión de los laicos. Me parece que aquí el cometido de los asesores de los diferentes grupos y movimientos tiene una gran importancia.

Para esto, lo primero que hay tener en cuenta es que la Iglesia misma es pluralista. Como hemos dicho ya, a imagen de la Santísima Trinidad, la unidad de la Iglesia es una unidad de comunión entre diferentes carismas que se manifiestan en ella. Esto constituye su riqueza, que muestra a la vez la diversidad de los dones del Espíritu y la posibilidad que tiene de llegar a todas las situaciones vividas por los hombres para anunciar en ellas el Evangelio y dar testimonio de él de manera auténtica.

Esta riqueza de los dones del Espíritu, que manifiesta la riqueza y la diversidad del Evangelio, nadie ni ningún grupo eclesial puede pretender poseerla totalmente. Por otra parte, es el Evangelio en su totalidad el que debe transmitirse a los hombres y mujeres de hoy. Se da aquí la expresión de una realidad importante para la vida de la Iglesia. Ser fiel al Evangelio y a su anuncio requiere que se viva en ese anuncio una auténtica comunión, no solamente a nivel del Credo, sino en su misma expresión misionera. Las exigencias que de ello se desprenden son de dos tipos: por una parte, al interior de nuestras mismas comunidades católicas y, por otra, en la búsqueda de la unidad de los cristianos.

Para hablar más concretamente, un punto esencial en la misión de los laicos es su dimensión colectiva, comunitaria o, más bien, sencillamente eclesial. La tentación de muchos grupos consiste en ¡replegarse sobre sí mismos! Hay muchos que deben hacer una necesaria toma de conciencia de que la misión que han recibido, personalmente o en grupo, es una misión confiada por Cristo a su Iglesia, y que los diferentes grupos que existen en su seno son la expresión de la diversidad de los carismas. Ciertamente, por lo que nos atañe más de inmediato, es legítimo dar cuerpo a lo que llamamos la Familia Vicenciana. Pero esto debe conducir a una profundización del carisma vicenciano, a su extensión. Ya entre nosotros, en esta familia, podemos sentir las diferentes facetas de este carisma. Este conjunto es el que debemos aportar a la única misión de la Iglesia. El replegarse sobre sí mismas de algunas comunidades o de grupos no puede sino conducir a un empobrecimiento de la Iglesia y, finalmente, a un empobrecimiento de estos grupos, que terminarán por morir o desprenderse del árbol vivo de la Iglesia para encerrase en prácticas sectarias. Tenemos que construir una Iglesia fraterna, comunidad de creyentes pero también comunidad o comunión de comunidades; una Iglesia abierta, en la que cada persona ocupa su lugar reconocido por los demás; una Iglesia donde todos colaboran con sus diferencias. Volvemos a encontrar aquí lo que debe vivirse en las sociedades humanas tentadas de individualismo.

Por nuestro carisma vicenciano, tenemos la responsabilidad de contribuir a hacer del mundo un lugar donde se haga realidad el compartir, la fraternidad; un lugar donde se viva bien juntos, ampliamente abierto a los demás, comenzando por el respeto a las legítimas diferencias que son un enriquecimiento mutuo y por no mantener unas fronteras herméticas.

Esto nos lleva pues a dar todavía un paso más, a abrir nuestros horizontes. Es lo que yo llamaría la urgencia de un compromiso común con los hombres de buena voluntad. Los laicos se encuentran en el corazón de las sociedades pluralistas, donde se expresan una multitud de corrientes religiosas o no religiosas, culturales, etc. Tienen que afrontar directamente estas corrientes en su vida de familia, de vecindario, de trabajo, de ocio etc… Ahí es donde, de múltiples maneras, viven su compromiso apostólico. Por tanto, es necesario abrirlos a todos estos campos de lo «religioso» o de lo cultural que, cada vez más, tienen que conocer. Con demasiada frecuencia no están preparados para ello – los sacerdotes se encuentran a veces en el mismo caso – . Me parece urgente que ante todos los desbordamientos actuales, ante las manipulaciones de religiones, los laicos se sientan incitados al encuentro, al trabajo común, al servicio de la sociedad, junto con todos los hombres de buena voluntad, más allá de las divergencias religiosas o ideológicas. Pienso que no solamente viviendo los unos al lado de los otros es como puede darse un auténtico conocimiento o una apreciación recíproca, sino desde el compartir cotidiano de la vida, desde un compromiso común por el progreso de las personas y de las sociedades.

5. La formación de los laicos

Llego a mi último punto, que tiene ciertamente una gran importancia para ustedes, primero como asesores pero, sobre todo, para los laicos, para consolidar el presente de su vocación y de su misión, y para asegurar su futuro. Es la cuestión de la formación.

Si deseamos un laicado que dé pruebas de madurez, que sea consciente de sus responsabilidades en la Iglesia y en la sociedad, y si queremos ampliar los horizontes de la evangelización, es necesario dar a los laicos una formación humana y espiritual sólida. Se trata con ello de ayudarles a descubrir y a vivir su vocación; a estructurarse, haciendo realidad la unidad de su vida. En el mundo de hoy, que se ha hecho complejo y exigente, es indispensable que los cristianos, sobre todo los que están comprometidos en movimientos, puedan actuar con competencia; una competencia que no sea solamente material o técnica sino también, y quizá ante todo, espiritual, para que el Evangelio sea anunciado con autenticidad y audacia. La competencia en el servicio es una forma de respeto a los pobres. Es indispensable que los laicos sean formados para una reflexión cristiana sobre las situaciones que se les presentan en su vida y apostolado. Todos sabemos que es importante tener corazón, pero sabemos también que esto no basta. Hace falta, al mismo tiempo, hacer funcionar la razón. Y esto es verdad, especialmente en el ejercicio de la caridad, de las obras de caridad, en que uno, con frecuencia, se ve tentado a dejar hablar y actuar exclusivamente a los sentimientos.

Sin querer limitar la formación a este aspecto de las cosas, quisiera subrayar aquí, para nosotros vicencianos, la importancia de la formación en la Doctrina Social de la Iglesia. Nos toca a nosotros ser especialmente sensibles en este punto, si queremos proponer una visión del hombre y de la sociedad acorde con los valores humanos fundamentales, y trabajar para promover el respeto de la dignidad inviolable de toda persona humana, empezando por los más pobres y los más débiles de nuestras sociedades.

Conclusión

Como conclusión de esta exposición quisiera retomar un pasaje de la carta apostólica dirigida a toda la Iglesia por Juan Pablo II, al final del gran Jubileo del año 2000, Novo millennio ineunte : Nuestro paso al principio de este nuevo siglo debe hacerse más ágil al recorrer los senderos del mundo. Los caminos por los que avanza cada uno de nosotros y cada una de nuestras Iglesias son muchos, pero no hay distancia entre quienes están unidos por la única comunión, la comunión que cada día se nutre de la mesa del Pan eucarístico y de la Palabra de la vida (n. 58).

La vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo conllevan exigencias tan fuertes como las demás vocaciones eclesiales. No son vocaciones «con rebaja». Como acompañantes, tenemos una responsabilidad especial, no solamente junto a los grupos que seguimos, sino más ampliamente aún en la Iglesia, a fin de que todos los bautizados adquieran una conciencia viva de la dignidad de su vocación y de las consecuencias que de ello se desprenden en su vida personal y eclesial.

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