Los Ejercicios Espirituales, tiempo de renovación con miras a un servicio mejor

Francisco Javier Fernández ChentoEspiritualidad vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Anne Duzan · Año publicación original: 1989 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1989.
Tiempo de lectura estimado:

Verdaderamente es una gracia particular el poder hacer los Ejercicios aquí, en la Casa Madre, en la «Cuna» de la Compañía. Los Ejercicios constituyen un «tiempo fuerte» un «tiempo de renovación» que implica la responsabilidad de ustedes, a título personal y comunitario y que, por ello, tendrá repercusiones en toda la Compañía.

Al dar comienzo a este alto en el camino, deben ustedes escuchar en lo íntimo de su ser una invitación, y será el momento de que repitan al Señor:

«Danos, Señor, un corazón nuevo;
infunde en nosotros un espíritu nuevo…».

Es posible que alguna de ustedes, antes de emprender el camino hacia París, haya abierto el libro de las Constituciones para consultar lo que nos dice acerca de los Ejércicios. Bueno será que leamos la C. 2.14. Voy a repetirles el párrafo que hoy nos interesa:

«Entre otros medios de renovación, los Ejercicios Espirituales (retiro anual), de carácter comunitario y vicenciano, son ocasión de diálogo más intenso con el Señor, de celebraciones litúrgicas más festivas y de revisión personal de vida, para un servicio mejor».

La renovación a la que se las invita no es otra cosa que un movimiento continuo de conversión, a nivel personal y a nivel comunitario. San Pablo tiene, a este respecto, palabras muy significativas:

«nuestro hombre interior se renueva de día en día…» (2 Cor. 4,16).

y dirigiéndose a los Colosenses, insiste:

«…Vestíos (del hombre) nuevo que sin cesar se renueva… según la imagen de su Creador» (Col. 3, 10).

Vamos a tratar, juntas, de interiorizar los objetivos que se les proponen al comenzar estos Ejercicios.

I – Ocasión de diálogo más intenso con el Señor

Este diálogo más intenso con el Señor es la finalidad esencial de los Ejercicios. Los días de silencio y de recogimiento de que se componen se les ofrecen a ustedes para hablar a Dios y sobre todo para escucharle. Ya recuerdan aquella frase de San Juan María Vianey con la que caracterizaba la Oración:

«Yo le miro y El me mira…»

¿Por qué orar?… ¿Cómo orar?… Es muy conveniente que nos afiancemos en nuestras convicciones.

En el recogimiento de la oración es donde el cristiano toma conciencia de su ser profundo: hijo de Dios, por gracia, y hermano de todos los hombres. Orando, conversando con Dios, nos volvemos hacia El y nos situamos en nuestro lugar de criaturas frente a El, el Infinito, nuestro Creador: «Tú, Dios; yo, hombre…».

Cuando oramos, nos detenemos en esa realidad invisible: en nosotros mora Alguien que es mayor que todo, que es transcendente. Libre y conscientemente aceptamos esa dependencia de Dios. Cuando oramos, en cierto modo decimos Sí a todo lo que Dios hace en nosotros, en todos nuestros hermanos… Intentamos vernos en Dios y ver a los demás en EL, en ese Dios nuestro que se hizo hombre para que pudiéramos conocer al Padre; que es el Camino y la Verdad y la Vida; que rogó al Padre para que nos enviara al Paráclito, al Espíritu Santo, que «os lo enseñará todo…» (Jn., 14, 6-26). ¡Escuchémosle!

Sí, sin duda alguna, el Espíritu Santo es la comunicación suprema de la vida y del amor. Dentro de nosotros, es la comunicación más íntima del hombre con Dios:

«…habéis recibido el Espíritu de adopción, por el que clamamos: Abba, Padre». (Rm. 8, 15).
«…el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por virtud del Espíritu Santo que nos ha sido dado…». (Rm., 5, 5).

Este Espíritu ora en nosotros, es Amor, Don, Presencia. El es quien nos da a conocer todas las cosas. Si Dios no nos hubiese comunicado su Espíritu, conoceríamos a Jesús solamente desde fuera, exteriormente… Llegamos a ser cristianos cuando aceptamos a Jesús vivo, presente en lo más íntimo de nuestra vida y de la vida del mundo. Y esta aceptación de Jesús como Señor, como «nuestro» Señor, no es posible sino gracias al don del Espíritu.

El Espíritu es el que nos «lo enseñará todo» (Jn. 14,26). Nos enseñará a vivir como auténticas Hijas de la Caridad: «nos guiará hacia la verdad completa» (Jn. 16, 13). El Espíritu nos permite descubrir el porqué y el cómo del «seguimiento de Cristo», «Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los Pobres» (C. 1.5), en la radicalidad de los Consejos Evangélicos y el espíritu de las Bienaventuranzas.

El Espíritu es también el que nos reúne y congrega. Es, igualmente, el que nos envía al mundo, hacia los hombres, hacia los Pobres, que son su Iglesia. El Padre Varillon, jesuita, define al Espíritu Santo como «una energía divina para amar, que se nos da…». Esta convicción de que se nos envía hacia los Pobres para revelarles que Dios los ama, se afianza cuando oramos, porque orando aprendemos a amar como Dios ama.

El diálogo más intenso con Dios que acabamos de evocar exige determinadas condiciones.

Silencio, apertura, deseo, son las actitudes primordiales para un verdadero encuentro con el Espíritu. Estas actitudes requieren que nos vaciemos de nosotros mismos, que dejemos atrás nuestros propios intereses, para poder mantenernos en escucha, para abandonarnos al deseo de nuestro Dios. En esto encontramos esbozadas las principales virtudes de las verdaderas aldeanas que tanto nos recomendó San Vicente y que nos permiten mostrarnos:

«…dóciles a las inspiraciones del Espíritu, convencidas de que llegaremos a ser instrumentos de sus obras sólo en la medida en que le seamos fieles»… (cf. C. 2.2).

Para acoger al Espíritu, es necesario, también, creer en El y entregarse en manos de Aquel cuyo Amor tiene una inmensa capacidad para transformarlo todo:

«Orar, no es hablar a Dios,
es escuchar a Dios que me habla.
Orar, no es pedir a Dios,
sino recibir lo que El quiera darme.
Orar, no es sentirnos escuchados por Dios
sino atender a lo que Dios me pide.
Orar, no es pedir perdón a Dios,
sino abrirme al perdón que El me propone.
Orar, no es ofrecerme a Dios,
sino acogerle a 8 en la donación que hace de Sí mismo.
Orar es morir y resucitar,
Orar, es LLEGAR A SER…» (L. Evely: Prier c’est devenir).

De la Santísima Virgen, aquí, en esta Casa que es especialmente suya, podremos aprender a dejarnos guiar por el Espíritu, contemplándola a Ella, como:

«La Inmaculada, totalmente abierta al Espíritu… ejemplo perfecto de los que escuchan la Palabra y la guardan…» (C. 1. 12).

II – Los ejercicios son también ocasión para celebraciones litúrgicas más festivas

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, ha insistido en valorar la participación de todo el Pueblo cristiano en el culto dado a Dios. Mediante la celebración litúrgica expresamos a Dios, juntos y sirviéndonos de signos visibles y sensibles, nuestra adoración, nuestra confianza en El. Juntos, elevamos hasta El nuestras súplicas, le exponemos las necesidades de todos nuestros hermanos.

En toda Liturgia, Cristo está presente en medio de la comunidad que celebra, en medio de la Asamblea que ora, por reducida que sea:

«…donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos…» (Mt. 18, 20).

Mediante la Liturgia y en torno a Celebrante, que representa a Cristo, la Iglesia crece, se expresa, se manifiesta.

«En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del Santuario y del Tabernáculo verdadero; cantamos el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos, esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo hasta que se manifieste, El, nuestra vida, y nosotros nos manifestemos también gloriosos con El». (Sacrosanctum Concilium – n. 8).

Fortalecidas con estas convicciones, tomamos mayor conciencia de la necesidad de nuestra participación, plena, activa, en toda celebración Litúrgica. Que estos Ejercicios sean para ustedes ocasión de encontrarse reunidas en la oración del Pueblo de Dios. Que sus cánticos e himnos sean la expresión de su alabanza. Que sus súplicas presenten al Señor «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo» (Gaudium et Spes, 1)… Entonces, manifestarán que su Fe es referencia a Alguien trascendente, en torno a Quien se reúnen.

III – Los ejercicios, ocasión de revisión, de «nueva lectura» de nuestra vida

En la apertura de la Asamblea de 1985, el Padre McCullen, valiéndose de unas palabras de Jeremías, nos invitaba:

«Paraos en los caminos y mirad, preguntad por los senderos antiguos, cuál es el camino bueno y andad por él…»

Unos Ejercicios son también un momento privilegiado para «detenerse, mirar, preguntar…». Es de la mayor importancia considerar ante Dios el camino recorrido, el camino que queda por recorrer o, por modificar, situar el presente de nuestra vida eh la fidelidad al pasado y en la apertura hacia el porvenir.

«La verdad os hará libres…» (Jn. 8, 32), ha afirmado Jesús. Se trata de esa libertad en el sentido profundo y auténtico de la palabra, libertad escatológica, que es don de Dios y hace de nosotros hijos suyos.

Para entrar en esa verdad, en esa libertad, tenemos que hacer silencio en nosotros; tenemos que despojarnos de todas nuestras falsas certezas, y, con lealtad, buscar lo que verdaderamente constituye un obstáculo para nuestro crecimiento en el amor a Dios y a nuestro prójimo. Pidamos a MARIA esa pobreza del corazón, que

«permite acoger al Espíritu, abre al amor de todos… hace aceptar con paz las contradicciones y fracasos, las limitaciones propias y ajenas…» (cf. C. 2.7).

Bien sabemos que tenemos, todos y todas, un camino de conversión que emprender, que renovar. «El amor de Jesucristo crucificado» nos apremia a amar más y mejor a Dios, a la Compañía, a nuestros hermanos.

Dios no cambia en su Amor: somos nosotros los que cambiamos, dada la inconsistencia de nuestro temperamento, de nuestro fondo de pecadores. Nos damos, y volvemos a tomarnos; —prometemos y esquivamos nuestros compromisos o resoluciones; —decimos Sí a Dios por la mañana, y pronto nuestro día se encuentra tejido de noes… Pero Dios es Misericordia, ama a los pecadores, a los pequeños que reconocen sus debilidades, que creen en su Perdón, en la Paz, la Alegría, la Fortaleza, frutos del Sacramento de la Reconciliación. Es Cristo quien, por su Muerte y Resurrección, nos levanta sin cesar. En toda circunstancia, Cristo manifiesta que «no ha venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo».

«Señor, Dios nuestro, el que te ha ofendido y se ha separado de Ti, puede volver a encontrarte, porque para Ti no hay nada irreparable.
Lo único irrevocable es tu Amor.
Te lo pedimos: recuérdanos tu Nombre, conviértenos a Ti, sigue siendo nuestro Padre, siempre, una y otra vez; danos la vida,
como una dicha que no merecemos, día tras día,
hasta el eterno amanecer…» (H. Oosterhuis).

IV – Con miras a un servicio mejor

Este tiempo de recogimiento, este alto en el camino a la escucha del Señor, esta toma de conciencia de la llamada constante de Dios, se nos propone con miras a un ser vicio mejor.

La contemplación engendra en nosotros una inagotable capacidad de entregarnos a los demás. Todos nos vemos amenazados por el peligro de convertirnos en «profesionales», incluso en profesionales de la misión, del apostolado o de la catequesis… Corremos el riesgo de «diluir» el mensaje, si no nos tomamos el tiempo de dirigir nuestra mirada hacia Cristo, de unirnos a Dios. El Padre Peyriguére decía a sus futuros sacerdotes:

«Cristo tiene demasiados apóstoles que hablan. En cambio tiene hambre y sed de apóstoles que vivan de El…»

Nuestro Superior General insistía en el mismo sentido:

«La espiritualidad vicenciana se caracteriza sobre todo por ser una espiritualidad del acontecimiento… Dios se manifiesta cada día a través del encuentro con los Pobres, y la oración permite ponerse en situación de reconocerle y escucharle… (Librito del Tricentenario).

En la oración Dios nos recuerda todas las miserias, los sufrimientos, las llamadas de los Pobres. Por tanto, vamos hacia los demás con la mirada de Dios, con El y como El; y nuestra misión consiste en dar testimonio del Amor y de la Esperanza que nos invaden, es decir, en amar a nuestros hermanos y expresárselo a través de nuestro servicio. Quizá conozcan ustedes esta hermosa oración de los Hermanitos de los Pobres:

«Señor, ayúdanos a transparentar e irradiar el amor, a ser acogedores hacia aquellos con quienes nos encontramos, porque ellos son TU».

Nuestras Constituciones son muy claras en este punto:

«Un mismo amor anima y dirige su contemplación y su servicio…» (C. 1.4).
«El servicio de las Hijas de la Caridad es al mismo tiempo mirada de Fe y puesta en práctica del Amor del que Cristo es fuente y modelo». (C. 2.1).

Como Hijas de la Caridad, es a través de nuestro servicio humilde, de nuestros gestos llenos de atención, de nuestras palabras sencillas que emanan de un corazón lleno de amor, como revelaremos a Jesucristo a los Pobres. Con todo lo que somos y hacemos, hemos de hacer posible que los otros crean en el Amor. Y este testimonio no puede ser verdadero más que si, como lo hemos subrayado, estamos invadidas por este Amor de Dios.

«…a todas nuestras queridas Hermanas deseo que estén llenas de un amor fuerte que las ocupe tan suavemente en Dios y tan caritativamente en el servicio de los Pobres…» escribía Santa Luisa a las Hermanas de Angers (Carta 73, p. 82).

Conocemos muy bien todas estas realidades, pero es bueno recordarlas al principio de unos Ejercicios. Les aseguro mi oración especial por cada una de ustedes, a fin de que este «Tiempo Fuerte» sea un tiempo de gracias para ustedes mismas, para sus Comunidades, para los Pobres de los que están encargadas y también para los del mundo entero, cuyas llamadas son tan numerosas… Y, pensando en ustedes, hago mío el deseo que San Vicente expresaba a Santa Luisa el 1.° de enero de 1638:

«Les deseo un corazón nuevo y un amor totalmente nuevo para Aquel que nos ama incesantemente de una manera tan tierna como si comenzase ahora a amarnos, pues todos los gozos de Dios son siempre nuevos y llenos de variedad, aunque El no cambia jamás».

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