En todas las lenguas existe hoy una literatura amplia acerca de los CONSEJOS EVANGELICOS, en su relación con la vida religiosa. Su vivencia es lo que da a la vida religiosa el carácter de signo ante el mundo. Es nuestro deber estar al día de lo que se va publicando sobre el tema; leer y reflexionar en particular o en comunidad especialmente sobre aquellos estudios que se relacionan con los Institutos de Vida Común y con los Institutos seculares.
I. Los consejos evangélicos en general
1. Consideración teológica
Convendría investigar, primeramente, el origen de ese término; no es fácil demostrar qué significan «los consejos evangélicos». Sea lo que sea, en todo caso, su valor no está tanto en la profesión como en su ejercicio.
Algunos ven su valor como algo negativo: quitar los obstáculos al ejercicio de una caridad más perfecta. Otros, como positivo:, dan una configuración especial con Cristo. En realidad, cada consejo presenta dos elementos: la «letra» (como renuncia a algún bien) y el «espíritu» (forma especial de unión con Dios: obediencia=- fe; pobreza= esperanza; castidad= caridad, amor). La razón formal de todos es la caridad; sin ésta, los consejos evangélicos podrían transformarse en mayores peligros que los mismos bienes a que, por su profesión, pretendemos renunciar. A los consejos evangélicos, por lo tanto, no podemos tenerlos como modos de vida válidos en sí mismos, sino como formas especiales de ejercitamos y de crecer en la caridad.
Los llamamos consejos evangélicos porque tienen origen y reciben forma y valor de la misma vida de Jesucristo y de su Evangelio. En nosotros su ejercicio será el signo del «seguimiento de Cristo» al que nos comprometemos. Así, no constituyendo los consejos un valor en sí mismos, y no buscándolos ni amándolos por ellos mismos, su vivencia será una expresión y una consecuencia de nuestra voluntad de seguir a Jesucristo, evangelizador y salvador de los pobres.
En esta forma y en estos límites, la profesión de los «consejos evangélicos», constituyendo un estado de vida, testifica y es un signo, a los ojos del mundo, de la existencia, ya ahora en la tierra, de los bienes escatológicos, de la realidad de la resurrección, etc. Evidentemente, para que sea un testimonio de nuestra configuración con Cristo, deberán demostrarse con nuestra vida; de lo contrario, serán una mentira, una hipocresía, un escándalo.
2. Aspecto práctico
Por la profesión de los consejos, en la Congregación, nos comprometemos y nos obligamos a llevar una vida común, a ejercer un apostolado comunitario, a vivir concretamente la caridad entre nosotros. Nuestra vida en común, a su vez, está ordenando al apostolado como a su fin.
Estos consejos, en la vida y en el apostolado, son medios eficaces y necesarios para la consecución del fin que nos congrega y hermana. Queriendo asemejarnos a Jesucristo, que ama y evangeliza a los pobres, es necesario que lo sigamos en su condición de pobre, célibe, obediente a Padre y configurando también así a los Apóstoles.
Los votos son una forma de expresar nuestra profesión. Sin duda, éstos quieren reforzar o afianzar nuestra voluntad de seguir a Cristo; no de palabra, sino de una manera viva y concreta; no sólo espiritualmente, sino también materialmente, los votos ordenan y orientan nuestra vida.
3. Aspecto jurídico
El que, por los votos, se obliga a los «consejos evangélicos», en la Comunidad, asume por eso mismo la forma de vida de esa Comunidad. Los votos dan nueva luz al vínculo y compromiso con la Comunidad y lo explicitan de un modo concreto.
Cada voto tiene su órbita de expresión, que debe ser definida y comprendida antes de la profesión. Cada uno de ellos obliga directamente a aquello que expresa. Tomados en conjunto, constituyen una profesión canónica que sitúa al individuo en un «estado jurídico», o sea, en un modo de vida estable, obligatorio y definido según las Reglas y Constituciones. Siendo en la Iglesia y la Congregación un ser o institución público, público y jurídico, tiene que ser también el ingreso en esa Congregación. Por ello se puede decir que el valor del aspecto jurídico de los Consejos es proporcional al mismo valor de la existencia público-jurídica que en la Iglesia tiene la Congregación.
II. Los consejos evangélicos en particular
1. La pobreza
Sentido teológico, eclesial:
Por la acción de la pobreza intentamos liberarnos, en el campo de los bienes materiales, de todo aquello que nos podría obstaculizar o impedir mejor servir a Dios (Cf. L. G. 44 a.).
Parece basarse en el trabajo humano como forma de participar nosotros en la acción creadora de Dios. El trabajo es, efectivamente, para el pobre, para los que no poseen medios de vida, el medio único de vivir.
Nuestra pobreza en su expresión de voto consistirá en que cedemos y entregamos a la Congregación de la Misión toda nuestra capacidad de trabajo productivo, efectivo, fructuoso, para el crecimiento y realización de la Congregación en la caridad y en el desempeño de su apostolado. Nuestros trabajos y su fruto están consagrados, dedicados al servicio de los hombres, de los pobres ante todo; pero en comunidad y por la comunidad de todos los misioneros.
Pobreza vicenciana y evangélica:
Ante todo, debemos tener presentes las orientaciones, diversas según los momentos, de San Vicente sobre la pobreza.
En rigor, pobreza vicenciana es, parece, lo mismo que pobreza evanglélica, como ideal e intento. En la práctica, como la profesamos y la definen las Constituciones, es el comienzo y un medio de ejercitarnos en la práctica del Consejo, testimoniando, entre otras cosas, el sentido de la bondad divina que se difunde en los bienes temporales; entre otros, en los a nosotros confiados, y que por la pobreza vemos esa bondad transcendiendo el uso particular de esos bienes.
El voto, en las Constituciones experimentales, nada dice, concretamente, sobre los bienes de propiedad particular; una auténtica pobreza vicenciana, sin duda, exige que esos bienes sean destinados al servicio de los hombres necesitados. Realmente, ¿cómo podríamos darnos completamente si, a la vez, retenemos esos que llamamos bienes propios y particulares?
El Grupo de Estudios vio, al analizar este capítulo, que hay especiales dificultades entre misioneros que viven dispersos y en países de persecución, donde la vida de comunidad es casi imposible.
Pobreza individual y comunitaria:
La pobreza comunitaria trasciende el orden de una explicación teórica y especulativa. La apertura al Espíritu, la vida informada por una caridad sincera, nos proporcionarán una práctica justa y recta de la pobreza. Por último, el respeto de cada misionero a los bienes que nos son comunes nos lleva a todos a una pobreza comunitaria.
En este sentido es importante conciliar en la Comunidad, de un lado, la formación de los miembros en la corresponsabilidad del uso y administración de los bienes, y del otro, una recta administración por los superiores y una conciencia viva de todos en la propia obligación de orientar el trabajo y de orientarse a sí mismo al bien de toda la Comunidad.
2. Obediencia
Si la competencia de los superiores y los deberes de todos los misioneros se hallan determinados por la naturaleza y por las Constituciones de la Congregación, la esencia de la obediencia parece consistir, fundamentalmente, en la sumisión de unos a otros. Lo que excluye, al menos en principio, la preocupación excesiva en preservar la libertad propia, etc. La persona obediente no resistirá a la autoridad en nombre de su libertad, y sí, eventualmente, en nombre de la obra y de aquellos a quienes desea servir.
Para unir, en la vida comunitaria, la misión de la autoridad con la obediencia de los misioneros, he aquí algunos índices a los que se deberá atender: 1.º De parte de todos, disponibilidad verdadera y visible para colaborar. 2.° De parte de la autoridad, no solamente el espíritu organizativo, sino más la capacidad de coordinar las actividades al apostolado efectivo y de llevar a los compañeros a una comunión fraterna íntima y vital. Decisiones habrá que tomar, sin duda serán necesarias; procurará, por lo tanto, la autoridad tomarlas antes estimulando, promoviendo, animando, esperando: el resultado será mejor y más fácil. En todo caso, la orientación por parte del superior debe estar informada por la sabiduría colectiva de la comunidad, que se encuentra solamente en la consulta amplia de todos los compañeros. Los hombres, efectivamente, se unen por el amor de los valores que, en su vida comunitaria, ven como comunes.
Ciertamente, en lo posible, la Comunidad debería formarse con miembros que tuviesen entre sí alguna afinidad, que gozasen de cierta espontaneidad en sus relaciones mutuas, que fuesen capaces de obrar en común, poseyesen elementos comunes de formación o, finalmente, se comunicasen entre sí a través de la corresponsabilidad y de una amistad real.
3. Castidad
Deben aparecer en la castidad los elementos positivos. De esta forma nos la presentan los documentos del Concilio y otros posteriores.
La castidad se debe definir no en el contexto de la sexualidad como tal, sino en el de la vida familiar y conyugal. El celibato, bien entendido, no es propiamente la castidad perfecta; el hombre no casado y el casado, ambos pueden ser igualmente castos, cada uno a su modo. El voto del celibato obliga al hombre a abstenerse del matrimonio y de la actividad sexual, pero tiene un sentido más amplio que la castidad. El celibato es una manera peculiar y positiva de amar al prójimo; no es el rechazo de vivir en común, sino la búsqueda de una vida comunitaria especial. No quiere el matrimonio como tal, sino que ama a otras personas y desea formar con ellas una vida comunitaria: unión de personas también. Así, el voto de este celibato, por el que yo me hice miembro de la comunidad, debe ser la donación de mí mismo a los otros en comunión de amor fraterno. La práctica del celibato consiste en la perfección y en la profundización de este amor y de esta unión.






