Justamente bastan los dedos de una mano para contar los vallisoletanos que en su seno maternal había criado la Congregación de la Misión, y el Señor se llevó, en 1936, tres de ellos: los PP. Nieto, Pérez y Reguero. ¿Querría El su sangre como semilla que sembrar en las extensas planicies de Castilla o mejor de Tierra de Campos? ¡Hagan su poder y su bondad infinitos que sea fecunda y nos llene las trojes!
Laureano Pérez Carrascal, hijo de Inocencio y Petra, nació en la ciudad de Valladolid el 4 de junio de 1876. Habiéndose de muy niño quedado huérfano, recibió copiosa ilustración y esmerada educación cristiana en Madrid y en la Fundación Marquesa de Esquilache, de la calle de Alburquerque, bajo la égida maternal de las Hijas de San Vicente de Paúl. Hallándole luego éstas modosito e inteligente, prometedor, cifraron, en él altas esperanzas, y al verlo inclinado al sacerdocio, guiáronle por las sendas vicencianas. Estudió en la Es cuela Apostólica de Teruel. Empezó el noviciado el 27 de julio de 1894. Hizo los Votos el 28 de julio de 1896. Cursó la carrera propiamente eclesiástica en la Casa Central de Chamberí, y se ordenó de Menores y Subdiácono, respectivamente, el 19 y 20 de diciembre de 1902; de Diácono, el 28 de marzo de 1903, y de Presbítero, el 11 de junio del mismo año.
Sus destinos: Un año en Limpias; veintidós años en Murguía: fue Director de la Escuela Apostólica, Secretario del Colegio Externo y Procurador de la Casa; cuatro años fue Superior de la casa de Paredes de Nava; en 1930 pasó con idéntico cargo a Andújar, y, al cesar, en 1935, fue destinado a la capellanía del Real Noviciado de las Hijas de la Caridad en Madrid.
Era el P. Laureano, como se le llamaba de ordinario, en lo físico, alto, fuerte, bien plantado, con gesto entre bonachón y escéptico.
Irascible por temperamento, sabía dominarse. Era de suyo formal y serio, amigo de la rectitud.
Estallando que estalló la revolución, no aguardó, como los demás de la casa, a que los milicianos le invitaran amablemente a marcharse; se fue por sí y ante sí, el 21 de julio. Y esto le salvó por algún tiempo. Varias veces dieron muestras los bermejos de seguirle la pista, o mejor, el rastro de su bolsa, pues era el Procurador de la Casa. Logró siempre despistarlos.
Cuando le detuvieron, 30 de septiembre de 1936, en la calle de las Hileras, 11, fue por casualidad, y no los que le buscaban. Por sospechoso, tenía documentación de agente de negocios, le metieron en «chirona». Y a la Cárcel Modelo fue y en la Galería. Tercera estuvo hasta que el 8 de noviembre, a las cinco de la mañana, le incluyeron en la segunda de las sacas tristemente famosas.
Siempre optimista, no dudando un momento del triunfo final, hasta se permitía mofarse un poco y tratar de chiquillos —hablaba él con cierto empaque de suficiencia— a los que pensaban lo contrario, le debió de coger de sorpresa la muerte, pues era de los que se creían a pies juntillas lo del traslado a Chinchilla. Al menos así lo parecía. Que bien pudiera ser otra la realidad que en el fondo de su espíritu había; nada tiene de extraño que cuando tanta necesidad había de levantar los ánimos abatidos, se comportara tan piadosamente como por confesión propia sabemos lo hacía con las Hermanas. Cuando iba a confesarlas por las casas de ellas en Madrid, trataba de desvanecer sus temores de revolución, aunque él estaba persuadido que ésta, como se verificó, se echaba encima.
Lo intempestivo de la hora y el estar cerradas las celdas fue causa de que no se despidiera de los suyos, si no fue por una tarjeta personal que, para entregar al P. Fuente, dejó a un compañero de celda, en la cual decía lacónicamente: «Adiós, Elías. Me voy.» Y esta esquela de despedida eterna fue golpe imprevisto para los que, estando tan cerca, no le habían podido dar un abrazo; precisamente, habitaban la celda de abajo de la suya varios Paúles, entre ellos el destinatario, los cuales, aunque estuvieron oído alerta al recitado de la lista negra, no entendieron el nombre del querido hermano.
¡Quiera Dios que el abrazo en deuda se pague a la entrada de la eternidad!
Que el P. Laureano Pérez Carrascal en las riberas del Jarama, húmedas por el riego de sangre derramada la víspera, también él cayó, entre miles, mártir de Jesucristo, cuyo sacerdote era y de la Patria, que idolatraba.







