Las viejas «Caridades» y las modernas «Conferencias»

Francisco Javier Fernández ChentoHistoria de la Sociedad de san Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Nicolás Pascual · Year of first publication: 1944 · Source: Anales Barcelona.
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Retrato de Federico Ozanam en 1852, copia en miniatura del retrato hecho por Janmot Louis (1814-1892), hecha probablemente por el propio pintor.

Retrato de Federico Ozanam en 1852, copia en miniatura del retrato hecho por Janmot Louis (1814-1892), hecha probablemente por el propio pintor.

La cuna de las «Caridades»
No muy lejos de Lión, en las rientes y fértiles márgenes del Chalaronne, hay una pequeña población, denominada Chatini les-Dombes, que en el año de gracia de 1617 acaba de adquirir en su nuevo y joven párroco, un gran tesoro. Tiene 36 años escasos. Llamase Vicente de Paúl.
Cierto domingo del mes de agosto conmueve a sus feligreses hablándoles de la necesidad y miseria que está pasando una pobre familia del lugar; y tiene la satisfacción de verlos en procesión interminable de caridad para visitar y socorrer a sus patrocinados.
Vicente contempla y medita: «Hermoso a la verdad, pero poco práctico. Hoy recibirán mis pobres una sobreabundancia de recursos de las cuales sólo podrán aprovechar una pequeñísima parte. Lo demás se perderá. Y mañana, otra vez solos con su pobreza y sus infortunios. ¿Por qué no organizar y canalizar esta corriente de caridad?»
Tres días más tarde presidía una primera reunión de piadosas señoras para estudiar un anteproyecto y proponerles ya una actuación inmediata. El objetivo era claro y preciso: «socorrer el cuerpo y el alma de las pobres enfermos y necesitadas…» Y sin más demoras ni preámbulos comenzóse al otro día la obra viva de la práctica. Tiempo sobrará después, si la Obra arraiga y merece las bendiciones divinas, para darle la reglamentación y or-denamiento jurídico que más le convenga.
La erección oficial de aquella Primera Cofradía de Caridad tuvo lugar el 8 de diciembre de 1617. Nació, pues, del divino maridaje del corazón de San Vicente de Paúl con la caridad de Cristo, bajo el manto azul de la Inmaculada, en la humilde oscuridad de una aldea ignorada.
El futuro Apóstol y Padre de los pobres, indeciso y fluctuante hasta entonces, acaba de descubrir por este medio su verdadera vocación y hacia ella enfila con ardimiento el rumbo definitivo de su vida. La caridad será la dama de sus pensamientos. Como los caballeros medievales, ya no vivirá ni alentará sino para ella, para servirla él y para conquistarle v ganarle legiones de vasallos.
Crecimiento y expansión
Bendecida por Dios la pequeña semilla de Chatillon creció y se multiplicó, en muy poco tiempo, extraordinariamente. El Santo Fundador la fue dejando a su paso como caricia de padre, bueno. Las «caridades», como dieron en llamarlas, fueron jalonando como hitos luminosos sus caminos misioneros, primero pul las tierras de los señores de Gondi, después en las parroquias y arrabales parisinos y en provincias…
Sus hijos, los PP. Paúles, las extenderían por todo el mundo. La orden del Fundador es clara y terminante: «Los misioneros (sus misiones y correrías apostólicas) cuidarán de erigir la Cofradía de la Caridad», dice en las constituciones de la Congregación. Y sobre ello insiste repetidamente en varias de sus conferencias, recordando, además, que esta es la voluntad de la Iglesia, expresada por boca de la Santidad de Urbano VIII en la bula pontificia de aprobación de la Congregación de la Misión (12-I-1633).
Parece que no entró en los primeros planes de Vicente de Paúl la formación de Cofradías de Caridad de hombres; pero, las buenas disposiciones manifestadas por algunos caballeros, santamente envidiosos de los éxitos obtenidos por las mujeres, le decidió a ello. Y aparecieron las primeras «Caridades» masculinas con su propio reglamento, aprobado el 23 de octubre de 1620 (cf. «Saint Vincent de Paul», Coste C. M., tom, 13, pág. 484). Folleville, cuna espiritual de las misiones vicencianas, meció también, según lo más probable, la de las nuevas Cofradías de Caridad de varones.
Con ello las «Caridades» femeninas tuvieron su natural complemento y ambos grupos de caridad empezaron a rivalizar en santa competencia en el servicio de los pobres y enfermos, cada uno en la esfera de actividad que las sabias ordenanzas del fundador delimitaban; pero siempre en estrechísima unión, porque, explicaba el Santo, «ambas tienen un mismo patrón, que es Jesucristo; un mismo fin, la asistencia corporal y espiritual de los pobres, y se nutren de una misma savia, la caridad divina».
Aquellos primeros ensayos parecían augurar un porvenir espléndido de frutos en sazón.
El hecho en verdad lastimoso fue que mientras las «Caridades» femeninas alcanzaban una difusión y florecimiento admirables, las de hombres iban decayendo y terminaban por extinguirse y desaparecer del todo a los pocos años.
«Caridades» de ayer y de hoy: Cofradías y Conferencias
Fueron transcurriendo los años, decenas de años que sumaban ya siglos, y la sección masculina de las viejas Cofradías de Caridad continuaba muerta. Dios reservaba la gloria de su resurrección al genio caritativo de un nuevo San Vicente de Paúl que regalaría al mundo en el primer tercio del siglo XIX.
Ozanam es, en efecto, el que con aquel su grupo de jóvenes compañeros, generosos y audaces, ofrece a aquel París laico y frívolo de 1830, engendro del enciclopedismo y de la Gran Revolución, y a todos los pueblos y sociedades de la post-revolución, infatuados con su escepticismo petulante y despreocupado, el ejemplo de una caridad viva y operante, tanto más fecunda en obras cuanto más parca en hojarasca palabrera.
Los que «no creen ya en la Verdad de la predicación ni en el sacerdocio, ni en la Justicia, se rendirán, al fin, al suave imperio de la caridad», de las Conferencias de San Vicente de Paúl.
De «San Vicente de Paúl» hemos dicho, porque la nueva institución, por aclamación y con general aplauso, ha escogido por Patrono al gran Apóstol de la Caridad, al que por derecho propio e indiscutible debía ocupar aquel lugar en el seno de las Conferencias.
Como que la Obra de Ozanam no era, a la verdad, más que el restablecimiento, la reposición rejuvenecida y adaptada a los nuevos tiempos y circunstancias de la primera y más fundamental de las instituciones caritativas nacidas del corazón inflamado de amor a los pobres de San Vicente de Paúl. Y en los orígenes de las Conferencias, simultáneos con la restauración de las viejas «Caridades» desorganizadas por la época revolucionaria, topamos con la innegable influencia de las blancas tocas de una santa. Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl, la venerable Sor Rosalía.
Parentesco espiritual
Históricamente aparece, pues, bien claro el entronque y conexión íntima entre las «Cofradías de Caridad» del siglo XVII y las «Conferencias» del XIX. Su común denominador «de San Vicente de Paúl» es la expresión feliz de su espiritual parentesco.
El examen interno de ambas instituciones nos lleva igualmente a la misma conclusión. Porque, aparte diferencias accidentales de organización, una misma es el alma y vida de la Obra y uno mismo el fin que se persigue: el ejercicio de la caridad en provecho material, moral y religioso de los pobres; y una misma su modalidad particular: la visita personal a los pobres asistidos, para así poder unir a la limosna material lo que vale más que ella, el amor compasivo y el ademán fraternal y la palabra cariñosa con que se la acompaña. Uno mismo, también, el espíritu de sencillez, humildad y silencioso proceder que preside y rodea todas las actuaciones de estas dos instituciones hermanas. Porque así lo quisieron sus santos fundadores, enemigos declarados de relumbrones y vanas ostentaciones, carcoma destructora de tantas buenas obras.
Para mayor abundamiento escojo estos breves retazos de entre los escritos del fundador:
«Nuestro intento —explica Ozanam— fue el de mantenernos puros en la fe católica y propagarla u los otros por medio de la caridad… Esa caridad, oh queridos amigos, puede tan sólo inspirada Dios Nuestro Señor… Las Conferencias de San Vicente de Paúl a sólo un blanco apuntan: a santificar a sus miembros mediante el ejercicio de la caridad en beneficio de los pobres… Tienen por un deber poner una mano benéfica en la más grande, en la más interesante de las cuestiones, a saber, apagar el mal entendido resentimiento del pobre contra el rico y no permitir que se divida la sociedad entre los que tienen y los que no tienen… siendo al mismo tiempo (en el tugurio del menesteroso) embajadores de los ricos y proveedores de los pobres; los servidores de Jesucristo, Dios de los pobres y de los ricos…
«Este gran movimiento de caridad, como se desenvuelve en una esfera velada por la humildad, pasa inadvertido al mundo indiferente. Pero, o yo me engaño, o de estas catacumbas saldrá una luz pana el mundo— Basta un hilo para !comenzar una tela; a menudo una piedra lechada en las aguas llega a ser !el principio de una gran isla… Por esto, siguiendo los consejos de nuestro reglamento nos hemos hecho muy pequeños, muy humildes; hemos proclamado nuestras inofensivas intenciones, nuestro respeto por las demás obras… Confío que conseguiremos nuestra finalidad, no con la clandestinidad, sino con la humildad; no con el número, sino con el amor; no con protecciones, sino con la gracia de Dios…
«En vez de hallar en nuestros progresos un motivo de orgullo, hemos de tomar ocasión para humillarnos… Somos como pequeña hierba… no soñemos jamás en compararnos con aquellas instituciones que Dios ha hecho nacer en la Iglesia como !grandes árboles… Seamos humildes.»
¿Es Ozanam o es San Vicente de Paúl el que habla? Es Ozanam, pero su doctrina y sus palabras podría firmarlas el Santo Fundador de las «Caridades» y nadie, ni aún los más familiarizados con sus escritos, se extrañarían de ello. Es Ozanam.
Ozanam animado del mismo espíritu y copiando casi a la letra sin saberlo, al amable Santo de la Caridad.
Una página bien expresiva
Por ello no ha de sorprendernos que el propio Ozanam, santamente enardecido ante la figura del Santo Patrono de las Conferencias, le dedique esta página entusiasta y fervorosa: «Un Santo Patrono no es una insignia vulgar para una sociedad, como un San Dionisio o un San Nicolás para una hostería. Ni siquiera es un nombre venerado, a (cuya sombra se pueda uno lucir en el inundo religioso, sino que es UN MODELO que es menester esforzarse en realizar como él mismo ha realizado el !modelo divino que es Jesucristo. Es UNA VIDA que es preciso continuar, UN CORAZON en el que hay que calentar el propio, UNA INTELIGENCIA en la cual es necesario buscar luces, es UN DECHADO en la tierra y PROTECTOR en el cielo; a quien se le debe un doble culto de imitación y de invocación… San. Vicente de Paúl tiene una inmensa ventaja, por la proximidad del tiempo en que vivió, por la variedad infinita de los beneficios que esparció y por la universalidad de la admiración que infunde— NO DUDEMOS DE QUE SAN VICENTE DE PAUL TUVO LA VISION ANTICIPADA DE LOS MALES Y DE LAS NECESIDADES DE NUESTRA EPOCA. No era hombre para poner los cimientos sobre arena, ni edificar para dos días. La bendición del cuarto Mandamiento está sobre la cabeza de los Santos… a ellos se les otorga una inmortalidad terrestre en sus obras.» …
Conclusión
No creemos, pues, hacer ningún agravio al venerable iniciador de la Sociedad de San Vicente de Paúl ni disminuir un ápice el mérito de su Obra, haciendo nuestra la conclusión asentada por uno de los más modernos y concienzudos historiadores del Santo: «La creación de las «Caridades» parroquiales (por San Vicente de Paúl) señala el principio de un movimiento que nada podrá ya detener… Las personas piadosas se acostumbrarán cada día más a agruparse para dedicarse más eficazmente al alivio de toda clase de infortunios. Y a ello se deberá que podamos hoy asistir a un ‘magnífico florecimiento de tantas y tan varias organizaciones de caridad; entre las cuales descuella como una de las más bellas, la más bella tal vez (bella y eficaz), la de las Conferencias de. Jan Vicente de Paúl». («Le grand Saint du grand siécle», P. Coste C. M., tomo I, pág. 320.)
Unidas en santa hermandad, «Caridades y Conferencias de San Vicente de Paúl», avanzan siempre por el mundo como antorchas luminosas y ardientes, ahuyentando a su paso el frío y las sombras que de consuno acumulan sobre el’ pobre mortal la miseria y el pecado. Unidos también en la Gloria las contemplan y alientan los santos Fundadores.
A los hijos de la tierra un anhelo y esperanza nos queda allá en el fondo del alma. que amanezca pronto el claro y venturoso día en que sobre nuestros altares se levante la estatua de Ozanam junto a la de San Vicente de Paúl.
Nicolás Pascual, C. M.

 

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