Las tareas y la formación permanente de los formadores

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Author: Stanisław Wypych, C.M. · Year of first publication: 2005 · Source: Vincentiana, Marzo-Abril 2005.
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Introducción

No existe profesión, cargo o trabajo que no exija una continua actualización.1 En nuestro tiempo la necesidad de una capacitación continua encuentra su justificación en la rapidez de los cambios sociales y culturales y en los nuevos logros de las ciencias civiles y eclesiásticas y de la historia y espiritualidad de la Congregación. La formación permanente permite mantener la «juventud» del espíritu que cada uno debería cuidar dentro de sí mismo. Sólo quien con­serva vivo el deseo de aprender y de crecer mantiene esta «juventud» (cf. PDV, 79).

Por lo tanto, a nadie le es lícito renunciar al propio crecimiento humano y religioso. En ninguna etapa de la vida está permitido con­siderarse tan seguros y fervientes como para excluir los cuidados que garanticen la perseverancia en la fidelidad, así como tampoco existe la edad en la que se puede decir que la madurez humana está com­pleta y acabada (cf. VC, 69).2

El cristiano madura cuando aspira al conocimiento pleno del Hijode Dios, al estado del hombre perfecto, a la madurez de la plenitud deCristo (Ef 4,13). San Pablo advierte a Timoteo: No descuides elcarisma que hay en ti, que se te comunicó por intervención profética mediante la imposición de las manos del colegio de presbíteros… perse­vera en esta disposición, pues obrando así te salvarás a ti mismo y alos que te escuchen (1 Tim 4,14-16).

Ya que el futuro de la evangelización y la renovación de la vida de las comunidades depende de la formación permanente, conviene pues ofrecer a las personas oportunidades de un continuo creci­miento en la fidelidad al carisma y a la misión del propio Instituto (cf. VC, 65). Si esas indicaciones sirven para todos los que han res­pondido a la llamada de Cristo, corresponden en primer lugar a los formadores y a los profesores. Los educadores y los profesores deben ser conscientes de cuánto depende de su modo de pensar y de actuar la formación de los alumnos (cf. OT, 5) y de cómo esta formación está ligada a su personalidad madura y sólida, vista bajo el perfil humano y evangélico (cf. PDV, 66), y en nuestro caso también desde el punto de vista del carisma del fundador. Señalar la necesidad de la formación continua es tarea confiada a los formadores.

1. Las tareas de los formadores

El crecimiento de cada uno en madurez y en santidad de vida requiere una atmósfera idónea en el seminario y una determinada actitud por parte de las personas comprometidas directamente en el proceso formativo de la personalidad del alumno y en la formación de su conciencia. La comunidad responsable de la formación está constituida por el rector/director, director o padre espiritual, superio­res y profesores. Dicen las Constituciones: Los moderadores y losalumnos, abiertos a una mutua comprensión y confianza y mante­niendo entre sí un constante y activo trato, deben constituir una ver­dadera comunidad educativa (C 95,1). Los formadores, bajo la guía del director, constituyen una estrecha unidad de espíritu y de acción y crean entre ellos y los alumnos una relación de tipo familiar, que alimente en éstos últimos el gozo de la propia vocación (cf. OT, 5). Esta unidad de los educadores no sólo hace posible una realizaciónadecuada del programa educativo, sino que también y sobre todo ofrecea los futuros sacerdotes el ejemplo significativo y el acceso a aquellacomunión eclesial que constituye un valor fundamental de la vida cris­tiana y del ministerio pastoral (cf. PDV, 66). Esta indicación referida a la formación sacerdotal vale también, y asume un valor particular, para el proceso formativo de los alumnos de la Congregación. Ellos experimentan la vida vicenciana en la comunidad (cf. C 79). El carisma no se transmite teóricamente, sino que es buscado, encon­trado y vivido dentro de la comunidad, que se convierte en epifanía del carisma. Los educadores, en unión con el director, deben aspirar al mismo fin, especialmente si se trata de establecer una programa­ción educativa y de procurar una sintonía común en su realización.

El responsable del éxito de la formación no es sólo el director, sino todo el equipo de formación.3

Para el candidato a la comunidad, el formador es el represen­tante de la Iglesia y de la Congregación, él representa visiblemente a Cristo evangelizador de los pobres. Cristo llama a los que quiere que le sigan conforme al carisma del Fundador y señala a las personas concretas para la formación de sus seguidores. El amor del formador a la Iglesia y a la Congregación debería ser de gran celo y profundi­dad para compartirlo también con los alumnos. Por ser representante de la Iglesia y de la Congregación, el educador se presenta al candi­dato como padre y amigo. Es padre por su prestigio, experiencia y cuidado por la formación integral de los jóvenes; es amigo por razo­nes de intimidad, benevolencia y constante disponibilidad. Como padre, aconseja, exige y perdona. Como amigo, acompaña al alumno, colabora con él y le ayuda en el proceso de autoformación. En la vida del alumno desarrolla también el papel de maestro y guía. Es obvio que Cristo, evangelizador de los pobres y Regla de la Congregación (cf. SV XII, 130 / ES XI, 429), es el único Maestro. La tarea principal del formador consiste en acompañar al alumno al encuentro con Cristo para que tenga un diálogo con Él sobre su vida, su vocación y sus cualidades para la misión. La ayuda espiritual que se ofrece al alumno durante la formación se expresa principalmente mediante la oración, los sacrificios espirituales y el testimonio personal de vida. Tarea importante de los formadores es el conocimiento profundo de cada alumno, de su carácter, de sus capacidades, de su actitud y de sus comportamientos en diversas situaciones. Es necesario conocer continua y personalmente al alumno por medio del diálogo y de la atenta observación de comportamientos en situaciones concretas de la vida cotidiana. También conviene conocer el ambiente del que pro­viene el candidato. La acción común de los formadores debería lograr que el proceso de educación de los alumnos llegase a ser siem­pre una autoformación más profunda (cf. PDV, 69). Se sabe que la autoformación se fundamenta en tres reglas: conocerse uno mismo, aceptarse uno mismo y superarse uno mismo. El alumno es ayudado en este proceso, pero al mismo tiempo conviene sensibilizarle en la convicción de que la autoformación no significa tener el monopolio de dirigirse a sí mismo. El candidato a la Congregación confirma su libertad adecuadamente cuando permite ser formado por el Espí­ritu Santo, así como cuando acepta voluntariamente a los moderado­res de los que Él se sirve. Los esfuerzos de los formadores son verdadera y plenamente eficaces sólo cuando el candidato colabora con ellos con sinceridad y convicción (cf. PDV, 69). Sin duda es muy importante que haya, en el cumplimiento de las tareas de los educa­dores, confianza recíproca entre formadores y alumnos. Un buen guía sabe prever los obstáculos, advertirlos y quitarlos en cuanto sea posible. En su actitud tiene presente la regla: suaviter in forma, for­titer in re. Incluso las exigencias más duras han de ser realizadas con delicadeza.

Será útil detenerse en las tareas de cada formador. El rector/director es responsable de la dirección de la comunidad, así como de la formación global de los alumnos, de las condiciones idóneas para la formación, de la colaboración con los superiores, de las relaciones con los educadores y empleados del seminario, con los alumnos y con otras personas que participan en el proceso formativo. Entre los educadores el director se considera «signo de unidad» (signum unita­tis), cuidando que, bajo su dirección, los profesores y los superiores, unidos por la comunidad de espíritu y de acción, puedan construir junto con los alumnos una relación familiar. Aunque algunas de estas tareas pueden confiarse a los colaboradores, es el director quien supervisa su realización. El director procura que la formación de los alumnos se haga conforme a las normas dadas por la Iglesia y a las directrices aprobadas por la Congregación. Él es responsable ante los superiores de hacer una valoración global de las disposiciones de los candidatos en el momento de su admisión al seminario, así como durante cada etapa de su educación: antes de la emisión de los votos y de la ordenación sacerdotal. En nuestra Ratio Formationisleemos: El director tiene el rol principal en la comunidad de forma­ción para anrmarla, coordinar las actividades de sus mrembros, y sergarante dela realización dela finalidad y objetivos del Seminario Interno(RFSI, IV, 2).

El director realiza las tareas particularmente delicadas con rela­ción a los alumnos. Conforme a la edad de los candidatos y a su desarrollo, examina cuidadosamente la rectitud de intenciones, la libertad de elección, la idoneidad espiritual, moral e intelectual, las condiciones físicas y psíquicas apropiadas, pero también la prepara­ción para sobrellevar una vida sacrificada y para ejercer las activida­des de la Congregación. En el ámbito de las tareas del director entra también la colaboración con las comunidades que influyen en la per­severancia y en el desarrollo de la vocación del candidato. Se trata particularmente de su familia, de la parroquia de origen o de las aso­ciaciones y movimientos juveniles donde los alumnos han obtenido la formación cristiana de base y con los que permanecen en contacto.

Está escrito en los Estatutos: Se ha de procurar que en las casasde formación haya, según la necesidad, misioneros idóneos para des­empeñar la función de confesor y director espiritual (E 50). En el ámbito del servicio del director espiritual conviene distinguir dos niveles: comunitario e individual. La acción referida a la comunidad se expresa en el cuidado de la animación relacionada con la espiri­tualidad de todos los alumnos mediante la organización de retiros y jornadas de reflexión, de conferencias sobre la vida espiritual y mediante el cuidado de la liturgia y oración común. A nivel indivi­dual, con aquellos alumnos que lo eligen para servirles, el director espiritual desarrolla las tareas de la dirección espiritual durante la formación de la conciencia, del discernimiento de la vocación y del progreso de la vida espiritual.

En la formación de la vida interior de los alumnos participan losconfesores. Deberían ser fácilmente accesibles e ir regularmente al seminario en tiempos determinados para servir a los alumnos en el Sacramento de la Reconciliación. La tarea de los confesores perte­nece a la vida sacramental.

Según las directrices de la Iglesia, los profesores deberían con­siderarse verdaderos y apropiados educadores: tienen una particularresponsabilidad educativa, que con frecuencia — como enseña la expe­riencia — es más decisiva que la de los otros educadores, en el desa­rrollo de la personalidad presbiteral (cf. PDV, 67). No basta con tener un grado académico en la disciplina elegida, se requiere formación espiritual, didáctica, pedagógica y sentido de la formación integral. El que enseña educa con el propio carácter, con lo que enseña y con la manera de hacerlo. Un teólogo, aunque se sirve de la preparación científica de su materia, realiza su tarea en nombre de la Iglesia, de la Congregación y participa en la formación junto con los superiores. Debe evitar un punto de vista subjetivo e individual. A los profesores incumbe la tarea de colaborar en armonía con otros formadores, de asegurar un nivel de enseñanza adecuado y de mejorar las propias cualificaciones y capacidades profesionales.4

2. La personalidad del formador

Nadie nace formador, pero debe haber disposiciones idóneas. Es evidente que el resultado de la formación depende en gran medida de la esmerada elección de los educadores. San Vicente, convencido de que la formación de los sacerdotes es ars artium, regimen animarum(San Gregorio Magno) y de que este empeño es el más noble y el más difícil, procuró escoger para este compromiso a los mejores misio­neros y además bien preparados.5 Para este servicio se eligen mi­sioneros que se caracterizan por una evidente experiencia de vida, madurez humana, equilibrio psicológico, capacidad de escucha y de diálogo, juicio positivo, pero al mismo tiempo sentido crítico de la cultura moderna, seguridad de la propia vocación, conocimiento y aprecio del carisma.6 El formador debe ser ante todo hombre de ora­ción, de sólido sentido sobrenatural, de una vida espiritual profunda, de un comportamiento ejemplar y de una experiencia idónea y con­trastada de servicio pastoral.7

El formador se caracteriza por un adecuado distanciamiento crí­tico en relación consigo mismo, está dispuesto a reconocer y corregir sus propios (errores), exige a los demás, teniendo presente el cansan­cio y las limitaciones humanas. Un educador maduro no acapara a los demás para sí mismo.

3. La preparación de los formadores

Es muy importante no sólo elegir cuidadosamente a los forma-dores, sino también prepararlos y ayudarles en un constante desarro­llo de las capacidades profesionales de manera que puedan cumplir mejor las tareas confiadas. La misión de la formación de los aspirantesal sacerdocio exige ciertamente no sólo una preparación especial de losformadores, que sea verdaderamente técnica, pedagógica, espiritual,humana y teológica, sino también el espíritu de comunión y colabora­ción en la unidad para desarrollar el programa, de modo que siempre sesalve la unidad en la acción pastoral del Seminario bajo la guía delrector (cf. PDV, 66). Ya en el decreto Optatam totius se escribió que los educadores de seminarios han de prepararse diligentemente condoctrina sólida, conveniente experiencia pastoral y una formación espi­ritual y pedagógica singular (cf. DPE, 2). En el Código de Derecho Canónico encontramos el consejo de continuar durante toda la vida la formación espiritual, científica y práctica (Can 661). Y en nuestras Constituciones leemos: Ya que la formación de los alumnos dependeen primer lugar de la idoneidad de sus educadores, han de procurarsemoderadores y profesores con sólida doctrina, conveniente experienciapastoral y preparación especial (C 94).8

En la exhortación Pastores dabo vobis se indica en primer lugar la preparación idónea de los formadores: preparación de tipo cientí­fico, pedagógico, espiritual, humano y teológico, pero también la necesidad de tutelar el espíritu de comunidad, colaboración y reali­zación concorde del programa (cf. PDV, 66). La preparación se refiere al período inicial, si es posible, antes de asumir las tareas y también a la formación permanente.9

4. Aspectos de la formación permanente

La formación continua consiste en la continuidad del proceso integral de la maduración permanente y en la profundización de toda dimensión de la formación. Se trata del mismo fin, aspectos y me­dios: de la formación humana, espiritual, intelectual, pastoral, comu­nitaria y vicenciana (cf. PC, 18). Es muy importante el conocimiento del mundo de los jóvenes.10 La profundización de la formación debe tener en cuenta en primer lugar su dimensión humana, que consti­tuye el fundamento necesario (cf. PDV, 43). En este campo hay características particularmente importantes como la libertad interior, la madurez afectiva, la capacidad de estar en contacto con la gente, la serenidad, la sensibilidad ante el sufrimiento, el amor verdadero y la coherencia entre las palabras y los hechos. Se necesita una peda­gogía activa y perfeccionar el conocimiento del trabajo en grupo.

En la formación espiritual se trata de vivir la fe profunda­mente. El fin de la Congregación (cf. C 1) orienta y unifica nuestra formación: Este fin se logra cuando sus miembros y comunidades, fie­les a San Vicente, procuran con todas sus fuerzas revestirse del espíritudel mismo Cristo (RC I, 3),11 para adquirir la perfección correspon­diente a su vocación (RC XII, 13). Esto significa unirse a Dios, buscar a Cristo en la meditación fiel de la Palabra de Dios, en la Eucaristía, en la oración, en los pobres y enfermos, en los necesitados desde el punto de vista material y moral (cf. PDV, 45).

El tercer aspecto es la formación intelectual. Es competencia de esta formación, entre otras cosas, analizar los documentos de la Iglesia, particularmente aquellos que se refieren a los condiciona­mientos sociales y religiosos (cf. PDV, 45), a la exhortación a organi­zar obras de misericordia, a las causas de la pobreza, pero también los documentos que dan respuestas a las nuevas formas de pobreza. Es necesario estar actualizados en lo que se refiere a las novedades importantes en el campo bíblico, teológico, pastoral, pedagógico y vicenciano. En este último caso es necesario estudiar las Reglas, las Constituciones, los Estatutos, los documentos de la Congregación y de la Familia Vicenciana.

Es necesario también profundizar en la experiencia pastoral de la Iglesia y de la Congregación dentro de la realidad social sometida a rápidos cambios. También en este caso el fin de la Congregación orienta nuestra formación: se dedican a evangelizar a los pobres, sobretodo a los más abandonados; ayudan en su formación a clérigos y lai­cos y los llevan a una participación más plena en la evangelización delos pobres (C 1º, 2º y 3º). Aquí se trata del contacto directo con los pobres, dejarse evangelizar por ellos, conocer las obras de la Familia Vicenciana, estudiar las causas de la pobreza y tratar de encontrar con las organizaciones internacionales los medios que ofrezcan so­luciones.

Formación comunitaria. La dinámica de la vida comunitaria constituye un ulterior campo de la formación. En el Decreto Perfectaecaritatis leemos: A ejemplo de la primitiva Iglesia, en la cual la multi­tud de los creyentes eran un corazón y un alma, ha de mantenerse lavida común en la oración y en la comunión del mismo espíritu,nutrida por la doctrina evangélica, por la sagrada Liturgia y principal­mente por la Eucaristía (PC, 15). No nos extraña pues que la Iglesia desee que las personas que viven en comunidad sean verdaderamenteexpertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidad como«testigos y artífices de aquel «proyecto de comunión» que constituye lacima de la historia del hombre según Dios» (cf. VC, 46). El pueblo de Dios quiere que la comunidad fraterna sea el signo y el testimonio de la comunidad de bienes y de sentimientos fraternos, de la comunidad de oración y misión común (cf. VC, 47). Por eso los formadores deben realizar continua e incansablemente la obra divino-humana de construir la comunidad fraterna, ya que ésta permite adquirir expe­riencia de vida y de gozo al vivir juntos. La comunidad se construye sobre la base de la oración común, de la liturgia y, sobre todo, de la Eucaristía. Es necesario también subrayar la necesidad de desarrollar las características convenientes a toda relación humana, como la buena educación, la amabilidad, la sinceridad, la paz, la delicadeza y la capacidad de poner todo en común. El formador debe saber celebrar los acontecimientos con otras personas, encontrar el tiem­po para la recreación común; debe proteger su propia serenidad, paz y gozo.

Un aspecto muy importante es la formación vicenciana. La relación con el Fundador y con el carisma transmitido por él, pro­fundizado y desarrollado por generaciones, constituye un factor fun­damental. El carisma del Fundador se revela como una experiencia delEspíritu (EN, 11), transmitida a los propios discípulos para ser porellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente ensintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne (MR, 11). El director de la formación está obligado no sólo a conocer y respetar las sanas tradiciones, la espiritualidad, el carisma y la misión de la Congregación, sino también a disponer que en los programas de for­mación exista el estudio y la meditación relativos a la persona del Fundador y al carisma. La identidad comprendida de esta manera permite realizar varias actividades creativas, que pueden responder a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy, y hacer el carisma más vivo y actual (cf. VC, 37).

Un elemento dominante del carisma está constituido por un pro­fundo deseo espiritual de configurarse con Cristo evangelizador de los pobres, la Regla de la Congregación, con las sanas tradiciones de la Congregación, el espíritu de las Reglas, de las Constituciones y de los Estatutos (cf. VC, 36).

5. Las modalidades de la formación permanentede los formadores

La tarea de la formación de nuestros hermanos no puede reali­zarse sin la conexión con la Iglesia universal y local. Existe la nece­sidad de crear estructuras idóneas para la formación permanente de los educadores y de ejercer una cierta vigilancia (cf. VC, 66). En el ámbito de los deberes de los obispos y superiores entra la creación de proyectos y posibilidades para la formación continua. Son ellos los que han de organizar breves o largos períodos especiales. Este deber incumbe sobre todo a cada educador. La formación debe durar toda la vida (cf. C 15, 81; E 42) y cada momento es (puede decirse) un tiempo favorable.

Es importante definir el plan de la formación continua que se refiere a toda la vida. A nivel institucional constituirá una parte de un plan de formación integral. Existen varias modalidades para llevar a cabo la formación permanente de los formadores. Bajo el patronazgo de la Congregación para la Educación Católica, la Asociación de Rec­tores de Colegios Clericales ha organizado durante algunos años, en tiempo de verano, cursos mensuales de formación para los formado-res. Es útil informar también de otros dos cursos de alcance univer­sal: a) la Congregación Legionarios de Cristo, por medio del AteneoPontificio Regina Apostolorum, organiza cada año un curso mensual para formadores de seminarios, en los que participan personas pro­venientes de todo el mundo; b) la Congregación, en colaboración con los Institutos de Espiritualidad y de Psicología de la Pontificia Univer­sidad Gregoriana, ha creado en dicha universidad un curso interdis­ciplinar para formadores, para sacerdotes jóvenes y para personas consagradas. El curso dura un año y al final se obtiene un certificado. Las personas interesadas tienen posibilidad de continuar el estudio, completar las materias del programa, redactar la tesis (dos años de estudio) y finalmente obtener un grado académico en Teología de la Espiritualidad con la especialización en formación sacerdotal. En varios países y regiones, las Conferencias Episcopales y las de Supe­riores Mayores organizan encuentros sobre la formación permanente de los formadores. Existe un ejemplo en la organización de la forma­ción de los formadores en Polonia. Desde hace algunos años, bajo el patronazgo de la Comisión Episcopal para el Clero, funciona una escuela propia de Formadores que ha preparado dos ciclos de forma­ción. En primer lugar ha organizado un ciclo bienal de formación para directores espirituales (1996-1997). Después de esta experiencia se ha creado un ciclo bienal de formación en el Centro de Formación dirigido por la Societas Divini Salvatoris. Es una escuela reciente que se ocupa de la formación integral de todos los responsables de la for­mación. El consejo, formado por representantes episcopales, de ins­titutos de vida consagrada y por miembros de la mencionada Socie­tas, ha preparado un ciclo de dos años. El programa se ha adaptado tanto a las necesidades de la preparación de los formadores como a su formación permanente.

Otro elemento que favorece la formación permanente se refiere a la organización de convenciones, cursos diocesanos, centros de estu­dio, bibliotecas teológicas y pastorales, ciclos de conferencias, retiros, encuentros destinados a la reflexión y evaluación del programa pas­toral (cf. PDV, 79).

En este momento conviene mencionar las importantes iniciativas guiadas por nuestros Superiores Generales, que consisten en la orga­nización de meses de formación para los hermanos comprometidos en la formación de los nuestros, como por ejemplo sucedió en 1987.12 Para este fin sirven también los cursos de formación vicenciana en Paris y en varios países y regiones, e incluso las reflexiones de cada comunidad de formación.

Sin embargo, la formación no se realiza sólo a través de momen­tos excepcionales o actividades extraordinarias. El formador aprende, crece y madura también a través de las tareas ordinarias que perte­necen a su servicio. La formación permanente es como la respiración que acompaña al hombre toda la vida en sus sucesos extraordinarios y ordinarios, es decir, cada día. La respiración debe ser normal, si se interrumpe nace la angustia.

Conviene subrayar que la formación continua es una obra del Espíritu Santo y no sólo un esfuerzo humano. Esta formación, no obstante, exige el estar abierto y el esfuerzo por parte del hombre. La formación se realiza y se profundiza durante toda la vida a través de un estudio serio y sistemático y de la observación del progreso de la ciencia y de la cultura. La modalidad básica de la formación continua está constituida por la oración personal. Un instrumento importante para la formación del misionero es la práctica de las cinco virtudes, que son como las facultades del alma de toda la Con­gregación: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo por las almas (RC II, 14; C 7). La sencillez y la humildad del educa­dor llevan a la convicción de que las facultades intelectuales, el saber y la cordura que posee, son dones de Dios y deben servir para pro­fundizar y transmitir la verdad a otros. El respeto al Evangelio, cuyo fin es la unión con Cristo en una vida casta, pobre y obediente cons­tituye otra modalidad importante. Esta práctica contribuye a la maduración de la personalidad y de la libertad de espíritu, así como a la pureza de corazón, y fortalece el amor. Otra modalidad e instru­mento de realización de la formación concierne a la ascesis. En el ámbito de las modalidades relativas a la ascesis conviene mencionar la autodisciplina que ayuda a desarrollar la personalidad armónica­mente. Hay que recordar también la reconciliación, el examen de conciencia y la dirección espiritual. La conversión se favorece con un constante control del comportamiento durante el examen de concien­cia. La dirección espiritual responde de forma generosa, confiada y modesta a las iniciativas del Espíritu Santo dentro de nosotros. Se subraya también el cuidado por mantener la condición psico-física de los formadores. Una modalidad importante de la formación se establece también en el uso moderado y programado de los medios de comunicación.

Conclusión

Estamos convencidos de la necesidad de la formación perma­nente de todos, pero particularmente de los formadores. Todavía no hay recorridos bien señalados por los que puedan caminar con segu­ridad para alcanzar el objetivo marcado. Por eso se requiere no sólo la conciencia, sino también una perspicacia espiritual ligada a un aspecto concreto que va más allá de una actitud pasiva de la persona interesada: su compromiso pleno y activo, el estar abierto al Espíritu Santo, a la belleza y a la verdad, la capacidad de estar en contacto con la gente y con la realidad circundante de manera sencilla. No obstante aparecen siempre nuevos empujes para que la tarea de la formación de los formadores de seminarios sea iniciada y desarro­llada por todos aquellos a quienes la Iglesia y la Congregación con­fían una de las tareas más importantes y delicadas. Si, como hemos mencionado, la «juventud del espíritu», el nivel de la formación de base y también la renovación de nuestra vida y actividades depende del nivel de la formación continua de los formadores, vale la pena fomentarla.

  1. Cf. Pastores dabo vobis (PDV), 70; véanse otros documentos de la Igle­sia, en los que se subraya la necesidad de la formación permanente; decretos del Vaticano II: Optatam totius (OT), Perfectae caritatis (PC), Presbyterorumordinis (PO); además: Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis (RFIS), 1985; Potissimum institutioni (PI), 1990; Directives pour la péparation des édu­cateurs de séminaires (DPE), 1993; exhortación apostolica Vita consecrata(VC), 1996; también: Ratio formationis pour le Séminaire Interne (RFSI), Vin­centiana 27 (1983) 224-226.245-262; Ratio formationis vincentianae pour leGrand Séminaire de la Congrégation de la Mission (RFGS), Vincentiana 32 (1988) 211-238.
  2. En nuestras Constituciones leemos: «La formación de los nuestros ha deprolongarse y renovarse todo el tiempo de la vida» (C 81; cf. E 42).
  3. Cf. B. TENAILLEAU, L’éducateur «interprète» du projet éducatif, en Seminarium 34 (1994), nr 2, 296-298; RFGS, 53.
  4. Cf. F. LAMBIASI, Il professore come educatore e testimone della fede, en Seminarium 34 (1994), nr 2, 319-326.
  5. «De los sacerdotes depende la felicidad del cristianismo… ¡Cuánto hemosde procurar hacer que todos sean buenos, ya que es ésa nuestra misión, y elsacerdocio es una cosa tan elevada!… ¡Salvador mío! ¡Cómo deben entregarse ati los pobres misioneros para contribuir a la formación de buenos sacerdotes, ya spiritual, humano y teológico, pero también la que es la obra más difícil, la más elevada, la más importante para la salvaciónde las almas y el progreso del cristianismo!» (SV XI, 7 / ES XI, 702).
  6. Cf. P. LAGHI, Direttive sulla preparazione degli educatori nei seminarii, en Seminarium 34 (1994), nr 2, 221-257.
  7. Cf. O posłudze w iyciu kapłana, Rzym 1994, 90.
  8. En nuestra Ratio Formationis leemos: «Los oficios de Director y Forma-dores requida la preparación. El Visitador cuidará de que haya cohermanos pre­parados para tales oficios» (RFSI, V, 1).
  9. Cf. P. LAGHI, Direttive sulla preparazione degli educatori…, 221-257.
  10. Ibid., 251-257.
  11. San Vicente dijo: «Por consiguiente, padre, debe vaciarse de sí mismopara revestirse de Jesucristo» (SV XI, 343 / ES, XI, 236).
  12. Conferencias expuestas, cf. Vincentiana 31 (1987) nr. 4, 5 y 6.

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