Las Sagradas Escrituras nos manifiestan los misterios de Dios (San Hipólito)

Francisco Javier Fernández ChentoPadres de la IglesiaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: José Argüello · Año publicación original: 2006 · Fuente: Libro "Caminar con los Padres de la Iglesia".
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Las Sagradas Escrituras nos manifiestan los misterios de Dios
Del Tratado de San Hipólito, presbítero, Contra la herejía de Noeto.
Lectura bíblica: Jn 1, 1-18

San Hipólito (¿-235)

Desconocemos lugar y fecha de su nacimiento, aunque sabemos que fue discípulo de San Ireneo y compuso sus escritos entre los años 200 y 235 d.C. Es uno de los teólogos más antiguos de la Iglesia; fue presbíte- ro en Roma y se opuso en asuntos doctrinales al Papa Calixto (217-222), a quien reprochaba excesiva indulgencia con los pecadores. Una comunidad rebelde lo eligió Obispo de Roma en contra de Calixto y la división se mantuvo durante los pontificados de Urbano y Ponciano, hasta que el emperador Máximino (235-238) deportó a Hipólito junto con Ponciano a Cerdeña, «la isla de la muerte», donde ambos, condenados a trabajos forzados, renunciaron al papado y se reconciliaron. Hoy se les venera juntamente como mártires.

Comentario

Este pasaje de San Hipólito nos introduce de lleno en el misterio del Dios creador, visible en la historia humana por medio de su Hijo Jesucristo y que nos recrea por el Espíritu Santo. Para conocer a Dios debemos familiarizamos con la Sagrada Escritura y por eso una de las principales tareas de nuestra vida cristiana es profundizar en su conocimiento. «La Iglesia –nos dice el Concilio Vaticano II- ha venerado siempre las Escrituras como al cuerpo mismo de Cristo» (DV 21), porque a través de ella recibimos el sacramento de su  palabra de vida.

Hay un único Dios, hermanos, que sólo puede ser conocido a través de las Escrituras santas. Por ello debemos esforzarnos por penetrar en todas las cosas que nos anuncian las divinas Escrituras y procurar profundizar en lo que nos enseñan. Debemos conocer al Padre como él desea ser conocido, debemos glorificar al Hijo como el Padre desea que lo glorifiquemos, debemos recibir al Espíritu Santo como el Padre desea dárnoslo. En todo debemos proceder no según nuestro capricho ni según nuestros propios sentimientos ni haciendo violencia a los deseos de Dios, sino según los caminos que el mismo Señor nos ha dado a conocer en las santas Escrituras.

Cuando sólo existía Dios y nada había aún que existiera con él, el Señor quiso crear el mundo. Lo creó por su inteligencia, por su voluntad y por su palabra; y el mundo llegó a la existencia tal como él lo quiso y cuando él lo quiso. Nos basta, por tanto, saber que, al principio, nada existía junto a Dios, nada había fuera de él. Pero Dios, siendo único, era también múltiple. Porque con él estaba su sabiduría, su razón, su poder y su consejo; todo esto estaba en él, y él era todas estas cosas. Y, cuando quiso y como quiso, y en el tiempo por él mismo fijado de antemano, manifestó al mundo su Palabra, por quien fueron hechas todas las cosas.

Y como Dios contenía en sí mismo a la Palabra, aunque ella fuera invisible para el mundo creado, cuando Dios hizo oír su voz, la Palabra se hizo entonces visible; así, de la luz que es el Padre salió la luz que es el Hijo, y la imagen del Señor fue como reproducida en el ser de la criatura; de esta manera el que al principio era sólo visible para el Padre empezó a ser visible también para el mundo, para que éste, al contemplarlo, pudiera alcanzar la salvación.

El sentido de todo esto es que, al entrar en el mundo, la Palabra quiso aparecer como Hijo de Dios; pues, en efecto, todas las cosas fueron hechas por el Hijo, pero él es engendrado Únicamente por el Padre.

Dios dio la ley y los profetas, impulsando a éstos a hablar movidos por el Espíritu Santo, para que, habiendo recibido la inspiración del poder del Padre, anunciaran su consejo y su voluntad.

La Palabra, pues, se hizo visible, como dice San Juan. Y repitió en resumen todo lo que dijeron los profetas, demostrando así que es realmente la Palabra por quien fueron hechas todas las cosas. Dice: Ya al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios; por ella empezaron a existir todas las cosas, y ninguna de las que existen empezó a ser sino por ella. Y más adelante: El mundo empezó por ella a existir; pero el mundo no la reconoció. Vino a los suyos y los suyos no la recibieron.

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