Las provincias europeas de la C.M. y la misión “ad gentes”

Francisco Javier Fernández ChentoCongregación de la MisiónLeave a Comment

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Autor: José Ignacio Fernández Hermoso de Mendoza, C.M. · Año publicación original: 1998 · Fuente: Vincentiana.
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Este número de Vincentiana trata de ofrecer a los lectores algunas pinceladas sobre las provincias europeas de la C. M. El comité responsable de la revista me pidió que escribiera un artículo sobre la misión «ad gentes», impulsada en el pasado y en la actualidad por las provincias del viejo continente. No es mi intención referirme por extenso y en detalle a la misión «ad gentes» realizada en el pasado por dichas provincias. Doctores tiene la C.M. más capacitados que yo para escribir con calma una tal historia.

Carácter misionero de la C.M.

La Congregación de la Misión nació en el corazón de Europa. Un rasgo importante que San Vicente le infundió fue el carácter misionero. Esto lo confirman las frecuentes enseñanzas y los hechos prácticos del Santo, quien teniendo en cuenta el reducido número de miembros de la naciente Congregación, emprendió misiones «ad gentes» de gran envergadura. En pocos años, la C. M. se hizo presente en diversos países de Europa y de fuera de Europa.

Por su parte, las actuales Constituciones recogen diversas orientaciones sobre la actividad misionera de la C.M.: «En las obras de evangelización que la Congregación se propone realizar, tengamos presente esta característica»… la «disponibilidad para ir al mundo entero a ejemplo de los primeros misioneros de la Congregación» (C 12); «entre las obras de apostolado de la C. M. ocupan un lugar destacado las misiones «ad gentes» o a los pueblos que se hallan en parecido estado de evangelización» (C 16).

«Ese corazón que nos hace ir a cualquier parte» (SV. XI, 291 / ES. XI, 190).

Nacida en Europa, la C.M., como queda dicho, se fue extendiendo en círculos concéntricos a lo largo y ancho del mundo. Las provincias europeas cuentan en su haber con una larga y fecunda historia misionera. En sucesivas etapas, anunciaron el evangelio e implantaron la C.M. en otros continentes: África, Asia, América, Islas del Pacífico y Medio Oriente. Todas las provincias europeas, unas más otras menos, sintieron la misión como un deber fundamental, inherente a la propia vocación vicenciana. Especialmente en los siglos XIX y XX, desde las provincias y países europeos partieron promociones enteras de misioneros hacia lugares donde hoy la C.M. se encuentra sólidamente implantada. Unas veces, una provincia concreta emprendía una nueva misión en un determinado lugar del mundo; otras, misioneros de varias provincias colaboraban en una misma misión.

Señalamos, sólo a grandes rasgos, la expansión misionera en las distintas áreas del continente africano: área italiana y holandesa en Abisinia, área lusitana en Mozambique, área belga –contando con la colaboración de misioneros polacos y holandeses– en el Congo, área francesa en el norte de África, Madagascar y Camerún y área irlandesa en Nigeria. Hoy día, varias provincias europeas llevan a cabo empresas misioneras, por ejemplo, en Madagascar, donde colaboran misioneros provenientes de Francia, Polonia, Italia, Eslovenia y España, éstos últimos en la misión del Androy. Casi todas las provincias de África, hoy por hoy, cuentan con la presencia de cohermanos europeos en lo concerniente a la misión propiamente dicha. Igualmente, siguen recibiendo de las provincias europeas ayuda económica, sobre todo, para la promoción de los pobres y la formación de las vocaciones nativas.

La misión y la presencia de la C.M. en Asia y en las islas del Pacífico también se debe, en gran medida, al impulso misionero de las provincias europeas, realizado sobre todo en el pasado. Desde España, por ejemplo, se llevó a cabo la misión de Filipinas y la India. Como resultado de una tenaz acción misionera, la C.M. se encuentra hoy, en ambos países, plenamente arraigada y en vías de expansión. Los cohermanos holandeses, contando con la colaboración de misioneros de Italia, misionaron en Indonesia, donde hoy la C.M. goza de evidente vitalidad. La misión y la presencia de la C.M. en Vietnam debe su origen a los cohermanos franceses y holandeses. La gran misión de China continental e insular fue impulsada por misioneros de diversas procedencias: italianos, portugueses, franceses, holandeses, polacos, húngaros e irlandeses. La C.M. arraigó en Australia debido a los misioneros de Irlanda.

Los cohermanos franceses misionaron en Medio Oriente e implantaron la C.M., en esa parte del mundo, con presencia desigual en la actualidad, según los países: Líbano, Siria, Israel, Egipto e Irán.

La acción misionera en América siguió el mismo camino que la misión llevada a cabo en África y Asia. Las provincias europeas se emplearon a fondo para colaborar en la evangelización del nuevo continente y establecer la C.M. En términos generales, se puede decir que la mayoría de las provincias de Europa enviaron cohermanos a misionar en los lugares donde hoy se encuentra la C.M. Fueron cohermanos franceses quienes, a propuesta de los superiores generales, en un primer momento misionaron e implantaron la C.M. en Latinoamérica: Brasil, Argentina, Chile, Perú, Ecuador, Colombia y América Central. Luego, la continuidad de esta acción misionera inicial se debió a misioneros procedentes de otras provincias. Brasil recibió ayuda misionera de los cohermanos portugueses, polacos y holandeses. La antigua provincia del Pacífico se consolidó gracias a misioneros venidos de muy distintos lugares de Europa, entre otros de la Provincia de Barcelona. América Central recibió misioneros de Holanda, y Costa Rica, de Alemania. Las provincias españolas misionaron e implantaron la C.M. en una extensa área de Latinoamérica: México, Cuba, Puerto Rico, Perú y Venezuela, sin dejar por eso de colaborar en otros territorios del nuevo continente. Las Provincias de Barcelona y Zaragoza animan en la actualidad sendas misiones en Honduras. En este momento, 170 misioneros españoles de la C.M. colaboran en la obra de evangelización en América Latina, África y Asia.

La misión de los vicencianos y la implantación de la C.M. en Estados Unidos se debe a misioneros procedentes de varios países europeos: italianos, españoles y luego polacos, situándose éstos en el actual territorio de la Provincia de Nueva Inglaterra. Los cohermanos franceses y eslovenos animaron la misión en Canadá.

A las puertas del Tercer Milenio

El verano pasado estuve una semana en Bélgica, acogiéndome a la hospitalidad de los cohermanos. También me acerqué a la casa de Panningen, en Holanda. Un hecho me llamó poderosamente la atención: todos los días, durante los breves encuentros comunitarios, la conversación de los cohermanos versaba, de una u otra manera, sobre la Misión del Congo. La mayoría de aquellos cohermanos habían misionado en dicho país y allí habían descubierto el verdadero sentido de su vocación vicenciana. Ahora, por motivos de salud o de edad, se habían visto obligados a volver a su tierra de origen. Lo cierto es que estos viejos misioneros, belgas y holandeses, pese a las distancias, siguen de cerca cuanto ocurre en sus queridas misiones. Analizan y comentan la evolución política y social, la guerra y la paz en aquellos territorios. Se interesan por las comunidades cristianas a las que dieron vida y, en especial, por la situación de las provincias: comunidades, ministerios, vocaciones, etc. El intercambio de noticias con los respectivos lugares de misión son frecuentes a través de los modernos medios de comunicación y de los misioneros que vuelven a Europa por motivos de salud, para tomarse unos días de descanso o para iniciar el merecido retiro en la provincia de origen. En una palabra, desde la retaguardia, estos cohermanos que un día se desplazaron a tierras de misión, vueltos «a casa», se sienten misioneros, implicados de lleno a través de la oración, el recuerdo entrañable, la correspondencia y la ayuda económica, en las misiones que dieron sentido a sus vidas.

Eso sí, a todos ellos les duele en el alma un hecho incuestionable: la elevada edad de la mayoría de los cohermanos y la falta de vocaciones, en el proprio país y en general en Europa, con toda seguridad va a impedir en el futuro el flujo de misioneros europeos hacia su querida misión del Congo y hacia otros territorios del amplio mundo, necesitados de ayuda misionera.

«Nuestra vocación consiste en ir…. Por toda la tierra» (SV. XII, 262 / ES. XI, 553).

Lo dicho sobre los cohermanos de Bélgica y de Holanda, refleja, salvatis salvandis, la situación actual de la mayoría de las provincias europeas. Quién más quién menos, todas ellas se percatan de que vivimos un momento de transición. Atrás quedaron los tiempos en los que con frecuencia un elevado número de misioneros partía desde Europa con destino a un determinado país de misión. Debido al avance de la secularización y, como consecuencia de ello, al descenso de vocaciones, la acción misionera «ad gentes» de la C.M., impulsada desde Europa, va a cambiar de signo y, esto supuesto, el relevo pasará a otras manos. Desde los orígenes de la C.M. hasta finales del siglo XX, el peso de la misión «ad gentes» y la implantación de la C.M. en numerosos países de África, Asia y América ha recaído, ante todo, sobre las provincias europeas. Sin embargo, si los pronósticos no fallan, al comenzar el tercer milenio, las provincias europeas van a seguir participando en la misión «ad gentes» con mucha generosidad pero con menor protagonismo.

Por necesidad, en Europa se avanzará sin prisa pero sin pausa hacia una mayor colaboración interprovincial, tal vez hacia la unificación de algunas provincias, y sin duda alguna, se activará una drástica reforma de obras de apostolado. Esto supuesto, las provincias europeas, en consonancia con el pasado, seguirán impulsando la misión «ad gentes», teniendo muy en cuenta algunos condicionantes. Alguna provincia, por ejemplo Polonia, dispone de personal para potenciar la misión «ad gentes», sobre todo, dada la urgencia y necesidad, en Europa oriental y en Rusia. Otras provincias seguirán animando los proyectos misioneros ya asumidos e incluso contarán con medios humanos y económicos suficientes para afrontar misiones «ad gentes» de pequeña envergadura. A las provincias europeas les será posible participar en misiones interprovinciales o internacionales en colaboración con cohermanos de otros continentes y provincias. La mayor parte de las nuevas misiones internacionales, creadas por el Superior General y, en algunos casos, por algunas provincias, cuentan con la colaboración de misioneros europeos. Sucede así en Albania, Karkiv (Ukrania), Niznij Tagil (Rusia), Tanzania y El Alto (Bolivia). También colaboran misioneros europeos en las provincias de Cuba y China, así como en la Viceprovincia de Mozambique, potenciadas todas ellas con la llegada de nuevos misioneros, en respuesta a las sucesivas llamadas del Superior General. Finalmente las provincias europeas, teniendo en cuenta que la C. M. es un solo cuerpo, van a contar con la posibilidad de apoyar económicamente las misiones «ad gentes», impulsadas por cohermanos de otras áreas geográficas, carentes de medios económicos. Es un hecho relevante la colaboración de los laicos vicencianos en la misión «ad gentes». Las provincias europeas deberían apreciar y tener muy en cuenta las posibilidades que a este respecto ofrece la integración de los laicos vicencianos en este ministerio, desempeñado tradicionalmente por clérigos y religiosos. Se trata de un hecho novedoso, capaz de generar nuevas esperanzas.

Mirando al futuro

En el interior de la C.M., el cambio más notorio relativo a la misión «ad gentes» será el cese gradual del protagonismo misionero mantenido por mucho tiempo en manos de las provincias europeas. A corto y medio plazo, las iniciativas misioneras más notables serán protagonizadas, suponemos, por cohermanos de otras áreas geográficas. Las provincias de África, Asia y América Latina, que en el pasado recibieron ayuda de fuera, en particular de Europa, pasarán a ofrecer ayuda misionera a otros países y también a tener mayor protagonismo a la hora de iniciar y mantener nuevas misiones «ad gentes». Los ciclos históricos cambian de modo imparable. Actualmente, según las estadísticas, el catolicismo se está desplazando del hemisferio norte al hemisferio sur. Es un hecho que influirá en quienes han de protagonizar en el próximo futuro de la C.M. la misión «ad gentes». Por otra parte, en esta última década, varias provincias de Asia, América y África, hasta ahora receptoras de personal extranjero, han comenzado a ofrecer misioneros y a responsabilizarse de nuevos proyectos de misión.

En todo caso, pese al descenso de vocaciones vicencianas en Europa, habrá que evitar caer en una posible tentación: la de encerrarse en casa, buscando ante todo la propia seguridad, con detrimento de la apertura a la misión universal. Las misiones «ad gentes» introducen aire fresco en los pulmones de la C. M. y de las provincias y son un punto de referencia insustituible para los actuales y futuros candidatos a la vida misionera en la C. M.

En consonancia con los tiempos actuales

El concepto y los métodos relacionados con la misión «ad gentes» han evolucionado después de la primera guerra mundial y, en particular, desde el Concilio Vaticano II. Tuve la oportunidad de conocer cómo interpretaban la misión «ad gentes» los misioneros que partían hacia muy distintos territorios de misión en los años previos al Vaticano II. También he conocido de cerca la mentalidad de nuestros misioneros y su modo de afrontar la misión «ad gentes» durante las tres últimas décadas. Hoy, la reflexión teológica y pastoral sobre la misión «ad gentes» maneja con toda naturalidad una serie de conceptos que denotan una visión distinta acerca de la misión. Se escribe y se habla de inserción en el espacio social de los pueblos, de aprecio de los valores culturales y religiosos autóctonos, de inculturación del evangelio, de anuncio de la palabra y promoción humana, de fomento de las vocaciones nativas, de expresiones litúrgicas con color propio y de diálogo con otras creencias.

El magisterio de la Iglesia ha asumido estos cambios e incluso los ha fomentado. Baste citar el decreto «Ad Gentes«, aprobado por el Vaticano II, la exhortación apostólica «Evangelii Nuntiandi» y la encíclica «Redemptoris Missio«. En estos documentos se señalan numerosas pautas misioneras, unas de validez permanente y otras de carácter circunstancial.

Las provincias y los misioneros europeos, una vez hecho un serio análisis sobre los métodos de misión adoptados en el pasado, han asumido con decisión los cambios conceptuales y prácticos, exigidos por la nueva eclesiología y, en particular, por la misionología en vigor en el momento presente. Desde esta plataforma los misioneros europeos de la C. M. van a seguir aportando a comienzos de tercer milenio su granito de arena en lo concerniente a la misión «ad gentes».

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