Las primeras escuelas vicencianas (II)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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  1. EL PASO DE LA INSTITUCIÓN A LA COMUNIDAD EDUCATIVA

Hasta el Concilio Vaticano II las instituciones promotoras de Escuelas Católicas asumían la responsabilidad apostólica y organi­zativa totalmente y, en general, las funciones pastorales y directivas recaían sobre miembros de la propia institución o entidad promoto­ra. Así ocurría con nuestras escuelas. A partir del 28 de octubre de 1965 con la Declaración conciliar sobre la Educación cristiana, el Concilio marca nuevos rumbos, expresados de forma muy clara en el número 5 de la citada Declaración:

“Entre todos los medios de educación tiene una importancia peculiar la escuela, porque, en virtud de su misión, al mismo tiem­po que cultiva con cuidado constante las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad de juzgar rectamente, introduce en el patri­monio cultural adquirido por las generaciones anteriores, promueve el sentido de los valores, prepara la vida profesional, favorece entre los alumnos de diversa índole y condición la relación amistosa, ori­ginando una disposición a comprenderse mutuamente, y constituye además como un centro en cuya actividad y provecho deben parti­cipar conjuntamente las familias, los maestros, las asociaciones de diferente tipo que promueven la vida cultural, cívica y religiosa, la sociedad civil y toda la comunidad humana.

Bella es, pues, y ciertamente de gran transcendencia, la vocación de todos aquellos que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber y actuando en representación de la comunidad humana, asu­men la tarea de educar en las escuelas. Esta vocación exige unas dotes especiales de mente y de corazón, una preparación cuidadosísima, una permanente disposición a la renovación y a la adaptación”.

Este texto nos habla de misión conjunta entre padres, profesores, asociaciones y entidades responsables. Abre el camino al sentido comunitario de la escuela católica, a la participación de todos los implicados, a un trabajo conjunto. Se hace necesario pasar de la ins­titución que planifica, decide y organiza a la comunidad educativa que participa en planificaciones, decisiones y organización de la Escuela y de la Pastoral Educativa.

2.1. De una pastoral de cristiandad a una pastoral misionera

Hemos visto como los orígenes de nuestra escuela están anclados en una sociedad dominada por el sentido religioso, por una concep­ción teocrática de la autoridad, con acceso a la educación muy limi­tado para los pobres, en la que la instrucción y educación cristiana es concebida más como una obra de caridad que como un derecho. Su evolución histórica nos lleva a los años 1965 y el Concilio Vaticano II, en la Declaración sobre la Educación, comienza ratificando el derecho: “Todos los hombres de cualquier raza, condición y edad, puesto que todos están dotados de la dignidad de la persona, tienen el derecho inalienable a una educación que responda a su propio fin, al carácter propio, a la diferencia de sexo, adaptada a la cultura y las tradiciones de su patria y abierta a la relación fraterna con otros pue­blos, para fomentar la verdadera unidad y la paz en la tierra”.

La propuesta de misión compartida que nos presenta el Vaticano II en torno a la educación católica obedece a un cambio de contexto sociocultural que se fragua a partir de aquellos momentos del Con­cilio: invasión de la cultura del bienestar, dominio de los medios de comunicación, pluralismo ideológico que multiplica indefinidamen­te las oferta de comprensión del mundo y el sentido de la vida, secu­larización que resalta la autonomía del hombre y de la naturaleza frente a la omnipotencia de lo sacral y la religión, cayendo con fre­cuencia en el secularismo y la indiferencia religiosa.

El Vaticano II ha establecido nuevos principios para la misión educativa: centralidad de la comunidad educativa cristiana, valora­ción de la misión del laico y necesidad del diálogo fe-cultura.

En España el contexto educativo se ve enriquecido por la publi­cación y el desarrollo de tres leyes orgánicas: LODE (1985), LOGSE (1990) y LOPEG (1995) cargadas de posibilidades y de riesgos, pero con fuerte exigencia de participación, trabajo en equi­po y sentido comunitario.

A su vez la llamada del Papa y de la Iglesia entera a la Nueva Evangelización, realza el papel de la escuela católica en la Evange­lización de la cultura. La pastoral educativa debe proyectarse con nuevo ardor, nuevo celo, nuevos métodos y nuevas expresiones.

Se impone un cambio de acento y de ritmo:

  • De la pastoral de masas a la pastoral de minorías como fer­mento en la masa.
  • De la pastoral de sacramentos para todos a la pastoral de ofer­ta motivada; de la pastoral de las grandes concentraciones al acompañamiento personal y del pequeño grupo.
  • De la escuela de saberes a la escuela de sentido, en la que se integran las asignaturas en una perspectiva de cultura cristiana; en la que ante la fragmentación y el cambio constante se con­vierte en método la pregunta y el análisis crítico.
  • De la escuela de filas a la escuela comunidad en la que se dan los agrupamientos flexibles, se fomenta y estimula la iniciati­va y la creatividad, se cuida el ambiente como lugar de encuen­tro y comunión, se propicia el diálogo, se impulsa la toleran­cia, se promueve el protagonismo del educando.
  • De la escuela desconectada a la escuela en red, en la que se tie­nen muy presente que la sociedad ofrece escuelas alternativas: la calle, los medios de comunicación, los grupos juveniles, los mitos, la publicidad… La escuela de hoy es una escuela conec­tada con la sociedad. Hay que abrir puertas a las redes que ofrecen posibilidades de evangelización. La escuela en red sabe pasar del claustro orgánico de profesores a la comunidad dinámica y plural de educadores en la que cada uno aporta lo que puede y lo que sabe.
  • De la escuela de “aprobados” a la escuela de solidaridad en la que se intenta romper fronteras de clases y acabar con la competitividad y la ley del más fuerte; escuela que promueve la sensibilidad hacia los marginados y suscita voluntariado social y compromiso misionero. Una escuela que es consciente de que ella también genera “privilegiados” y “marginados”. Una escuela que revisa constantemente sus métodos para no crear marginaciones…

2.2. Llamadas de la iglesia: magisterio y urgencias más destacadas

Al comienzo de los años 70, se va haciendo notorio el descenso de vocaciones en muchas congregaciones religiosas promotoras de escuelas católicas; muchos religiosos que realizaban su misión den­tro de la escuela deciden cambiarse al campo social; se pone en mar­cha el éxodo a los barrios de las grandes ciudades y, a nivel general, se percibe en la Iglesia una pérdida de la “pasión educativa”.

Consciente de esta situación la Sagrada Congregación pontificia para la Educación Católica publica tres documentos: “La Escuela Católica” (1977), “El laico testigo de la fe en la escuela”(1982) y “Dimensión religiosa de la Educación en la Escuela Católica” (1982), que son tres llamadas a:

  • Valorar la escuela católica como lugar de presentación explíci­ta y viva del Evangelio, advirtiendo que es necesario cuidar el clima y el ambiente escolar, la competencia y formación permanente del profesorado, el respeto a los niños y a los jóvenes, la acogida cor­dial, el trato personal y amistoso entre los miembros de la comuni­dad educativa, la confianza en las posibilidades natas de toda per­sona, el clima escolar disciplinado y ordenado, los métodos rigurosos de trabajo y la apertura a la participación activa de profe­sores, alumnos y padres (E.C.).
  • Considerar la visión teológica del laico a la luz del Vaticano II y su misión en la escuela como testigo de la Fe, reconociendo su vocación de profesor-educador-evangelizador. La Iglesia llama la atención sobre la necesidad de formación para ser testigo de la Fe en la escuela y el apoyo que deben prestar las instituciones al ambiente en que vive, retribuciones, participación, formación per­manente y actualización, apoyo a las familias… (LCT).
  • Integrar la enseñanza religiosa y la presentación explícita del mensaje evangélico en el proceso educativo de los alumnos, tenien­do en cuenta que la fe no es algo separado de la vida y de la cultu­ra y que la persona del niño o del joven está necesitada de salvación. La Iglesia valora de forma especial la dimensión religiosa del ambiente educativo: acogida cordial como profecía más creíble hoy, ambiente caluroso de afecto y comprensión, haciendo de la escuela prolongación de la casa o sustitución de la misma. Llamada a la res­ponsabilidad, la ecología, el cuidado de las celebraciones, del pro­yecto pastoral, del sentido eclesial. Hacer de la escuela una comu­nidad viva en la que la vida y el trabajo escolar tengan dimensión religiosa propia porque el esfuerzo por aprender se convierte en exi­gencia de vida cristiana y expresión de la adhesión a Dios y a su voluntad (D.R.E).

Estas llamadas de la Iglesia universal tienen su eco en las igle­sias particulares y en España la Conferencia episcopal ha publicado un documento que pretende contextualizar las líneas o principios establecidos a nivel general para toda la Escuela Católica. En la declaración “Los católicos y la educación en España hoy” publica­da en 1989 se proponen unas pistas de acción concretas de cara a recrear y renovar la escuela católica:

  • Ante la creciente valoración de los derechos humanos en el momento presente, se impone educar para la libertad responsable, la justicia social, la solidaridad, el amor, la interiorización, el recto sentido crítico… Es necesario clarificar la oferta de educación en valores que presentamos a las familias. Es urgente la creación de un nuevo talante en los directivos y profesorado, aceptando los cam­bios de forma crítica y serena, la inseguridad de los cometidos labo­rales, la búsqueda de nuevos caminos.
  • Suplencia de la familia en los casos de ausencia de hogar o desestructuración familiar. Que el niño y el joven encuentre en la escuela católica la acogida, el cariño y el calor humano que propor­cionan su crecimiento armónico.
  • Necesidad de un proyecto educativo orgánico que facilite la educación integral del alumno, principal protagonista de su propio proceso educativo, ya que sólo él puede incorporar saberes, acep­tar o rechazar valores y adoptar aptitudes o comportamientos humanizadores.
  • Preocupación por la formación religiosa escolar juntamente con la familia y la parroquia. Cuidar y planificar con esmero las cla­ses de religión.
  • Coordinación de la formación religiosa con las demás áreas o asignaturas fomentando la interdisciplinariedad, la programación conjunta de actividades y proyectos, valorando todo el profesorado las actividades complementarias y pastorales específicas.
  • Hacer llamadas urgentes al compromiso de los laicos católi­cos para trabajar como evangelizadores escolares, preocupándose las comunidades religiosas de formarles para esta misión.
  • Actualizar la convicción de que la escuela católica existe para evangelizar y es lugar propio de evangelización, de auténtico apos­tolado y de acción pastoral…, por la naturaleza de su misión direc­tamente dirigida a formar la personalidad cristiana de los niños y jóvenes.

La evangelización escolar es tarea de toda la comunidad edu­cativa y reclama la cohesión de todos los esfuerzos. No es sólo tarea del profesor de Religión o del Responsable de Pastoral. Supone uni­dad de criterios y de acción. Sólo así es posible evangelizar edu­cando y educar evangelizando.

2.3. Respuesta de la escuela vicenciana en España

Ante estas llamadas de la Iglesia a “recrear la escuela católi­ca”, las Hijas de la Caridad y los misioneros de la Congregación de la Misión como responsables de la Escuela Vicenciana han rea­lizado algunas acciones concretas que expresan su voluntad de respuesta:

  • Elaboración del Documento de Carácter Propio a nivel inter-provincial (1982).
  • Creación de una comisión especializada para la asimilación de los principios de la Reforma Educativa y elaboración de progra­maciones tipo para orientación de todos los centros (1990).
  • Organización de cursos provinciales, semanas y congresos de formación del profesorado: laicos y Hermanas, sobre valores de la escuela vicenciana y las nuevas corrientes pedagógicas.
  • Creación de una comisión de pastoral a fin de editar tres libros de oración para los alumnos de acuerdo con los ciclos litúrgicos para el comienzo de la jornada escolar. Se iniciaron en 1992 y se han terminado en 1995.
  • Organización de un plan sistemático de formación en el caris­ma vicenciano para los profesores laicos: FOEVI (formación de educadores vicencianos) también a nivel interprovincial, con dos niveles de realización: en los centros mediante folletos-guía y en jornadas-encuentro de fin de semana.
  • Organización de Semanas Vicencianas sobre “Evangelización y catequesis de niños y jóvenes” (1979), “Santa Luisa y la educa­ción” (1991) y “El Carisma Vicenciano en la Educación” (1997), con carácter interprovincial.
  • Con motivo del 4.° centenario del nacimiento de santa Luisa se editaron fichas de estudio sobre” Sta. Luisa y la educación” y después se organizó un Congreso general (1991) en bastantes Provincias.
  • Además, cada Provincia Canónica ha organizado otras activi­dades formativas como jornadas-encuentro, coloquios de educado­res, seguimiento de los coloquios, ejercicios espirituales para profe­sores y padres de los alumnos, etc.
  • Todos los profesores de los centros vicencianos participan también en las jornadas de formación organizados por la Federación de Religiosos de enseñanza y las Delegaciones diocesanas de ense­ñanza, con sentido de comunión eclesial.

2.4. Actitudes de la comunidad educativa evangelizadora

Todos los documentos de la Iglesia citados insisten en la necesi­dad de una Comunidad Educativa evangelizadora para que la Escue­la Católica, célula viva de la Iglesia, pueda realizar su misión. Es necesario construir en cada Escuela una Comunidad Educativa cris­tiana, evangelizadora, caracterizada, así:

  • Confía con optimismo en los jóvenes que acoge y en su caudal potencial de nobleza y receptividad ética, estética, moral e intelectual, y les imparte instrucción adecuada y proporcional para que descubran el sentido de la propia vida con espíritu libre, crítico y responsable de forma que les lleve a compartirla en fraternidad convivencial.
  • Potencia el desarrollo armónico e integral de la persona, lúdi­co y deportivo y la imaginación, la afectividad, la sexualidad, la amistad y el amor, para que con mente lúcida y corazón noble afron­ten responsabilidades personales con entusiasmo, se autoestimen con sus logros, toleren las posibles frustaciones y no sucumban ante las contrariedades o el conflicto.
  • Educa para leer los signos de los tiempos con fundamentaciones sólidas y enseñando a pensar y sentir, a admirar, a decidir, y a diferenciar lo permanente en medio de lo efímero, para que lleguen a síntesis y valoraciones ponderadas en sintonía con vivencias cons­tructivas y optimistas.
  • Ayuda a crecer desde dentro observando el proceso evolutivo diferencial de las personas, con atención y paciencia, con madurez y equilibrio, y se apoya en sabias experiencias y en las aportaciones actualizadas que las ciencias psicopedagógicas ofrecen al respecto.
  • Promueve el diálogo como alternativa frente al relativismo y la intolerancia, como dinámica y método para clarificarse, madurar como personas y tomar decisiones de por vida, al tiempo que apoya iniciativas en favor de la paz, la solidaridad, la justicia, la participa­ción, lo ecológico y el arte, y se implica en acciones concretas para responder a los problemas y demandas puntuales de los pobres y más necesitados.
  • Libera de la obsesión pragmática sin ilusionismos, fomenta la espontaneidad y la alegría sin transigir con lo burdo, e inculca bue­nas formas de trato, proceder y expresión, de manera que la amistad, la familiaridad y la libertad se experimenten en clima de salu­dable respeto.
  • Propone valores personales, familiares y sociales e ideales de vida de forma creíble y al tiempo que reconoce las tradiciones; se afana y complace en enriquecerse con experiencias nuevas, aún a riesgo de ulteriores rectificaciones.
  • Recupera el sentido de la fiesta, renueva estructuras, redescu­bre valores permanentes y principios morales, y se manifiesta con­corde celebrando una misma fe, un mismo culto y un mismo amor hacia Cristo con la libertad de los hijos de Dios.

Sor Ángeles Infante. CEME.

 

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