Las primeras escuelas vicencianas (I)

Mitxel OlabuénagaFormación VicencianaLeave a Comment

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INTRODUCCIÓN

La realidad de las primeras escuelas vicencianas se ha estudiado exhaustivamente en otras Semanas Vicencianas, por eso en diálogo con el P. Sánchez Mallo, decidí, hace dos meses, cuando empecé a preparar el tema, orientar mi reflexión destacando más la inspira­ción evangelizadora que la dinámica histórica, evitando así el posi­ble riesgo de repetición.

La escuela vicenciana tiene en sus orígenes un rico marco de inspiración: Margarita Naseau, primera educadora vicenciana, deci­de aprender a leer ella sola bajo la inspiración del cielo entre el armónico canto de los pájaros, mientras guardaba las vacas, acari­ciada por la suave brisa del viento de la campiña parisina.

Y pregunta al párroco, al vicario o a los viandantes del camino sobre el significado de las letras y palabras. Vicente de Paúl afir­mará de ella, que no tuvo otro maestro más que el mismo Dios. Y una vez que supo leer, aprende el catecismo y movida por una fuerte inspiración del cielo, decide convertir su prado en escuela, al aire libre, sin riesgos de contaminación, sin limitación de espacios… Todo es inspiración y profecía de futuro, movida por la inspiración del Espíritu, se pone en camino, de pueblo en pueblo: enseñando a leer y el catecismo que había aprendido. Así surge la Escuela Vicenciana.

En la misión de Villepreux se encuentra con Vicente de Paúl que la conduce hacia Luisa de Marillac. El servicio urgente de la aten­ción a los apestados en París la arrebata su vocación educadora y ¡muere joven, víctima del contagio. Pero la semilla está echada. Y en los surcos de los pueblos de la campiña francesa brotan escuelas parroquiales anexas a la cofradía de la Caridad: Villepreux, Ville-nueve, Liancourt, Richelieu, Nanteuil, San Germán-en-Laye, Sedán, Fontenay-aux-Roses, Serqueux, Maule, Fontainebleau, Montreuil-sur-Mer, Chars, Chantilly, Varice, Chateaudum, San Far-geau, Narbona, Cahors, Etampes. Pero no sólo fuera de París surgen las escuelas, también en la capital, en el barrio de san Lorenzo, junto a la Casa Madre de las Hijas de la Caridad y en Bicare para los niños y niñas abandonados. Y como la inspiración no conoce fronteras, al ser enviadas las Hijas de la Caridad a Polonia, también allí fundan escuelas en Varsovia y Cracovia.

Lo más importante de estas Escuelas es la misión que en ella se realiza: sacar a los niños de la ignorancia, ofreciéndoles caminos para defenderse en la vida, la enseñanza del catecismo y con él, el conoci­miento de Dios y la experiencia de su salvación. La Escuela Vicen-ciana nace bajo el signo de la Caridad, unida y vinculada a las cofra­días de la Caridad y con un fin bien legible: evangelizar educando.

  1. LAS PRIMERAS ESCUELAS VICENCIANAS: DIMENSIÓN EVANGELIZADORA

La historia de la alfabetización de masas y las “pequeñas escue­las” tienen su origen en el enfrentamiento rival de la Reforma pro­testante y la Contrarreforma Católica.

Lutero reconociendo como única fuente de Fe la Sagrada Escri­tura, dio una importancia capital a la instrucción y defendió la ins­trucción gratuita para todos bajo la responsabilidad del Estado. De ahí el crecimiento rápido de las “pequeñas escuelas” a partir de la segunda mitad del siglo XVI y durante todo el siglo XVII. La refor­ma protestante veía la instrucción y la escuela como medio para ase­gurar el acceso directo y personal de todos los creyentes a la Biblia y al catecismo. El esfuerzo realizado en las regiones protestantes aseguró una instrucción más extendida que en las restantes regiones del país de religión católica. Esta situación afectó a Centro Europa y de manera particular a Francia. Recordamos las “guerras de Reli­gión” que duraron mas de treinta años.

 

1.1. Marco referencial de la escuela vicenciana

La multiplicación de las pequeñas escuelas durante el siglo XVII fue en parte un reto a la Reforma Protestante en ambiente de rivalidad. La Iglesia vio en las escuelas un medio de educar la fe de los niños, de hacerlos vivir en ambiente de profunda religiosidad. Con ello, la efi­cacia sería mayor de la que se podía esperar del solo catecismo parro­quial dominical y de la acción cristiana de los padres. Tanto los cató­licos como los protestantes no tuvieron como objetivo la educación intelectual del niño, sino la formación en el catecismo y buenas cos­tumbres, la catequesis escolar y parroquial. La instrucción se conside­raba más mera obra de caridad que derecho inalienable del hombre. El Estado había dejado a la Iglesia la responsabilidad de la educación y esta dejación pública persistió hasta 1698 en que el Rey ordenó que en todas las parroquias existiese una escuela sostenida por todos los habi­tantes, en la que debían permanecer los niños y niñas hasta los 14 años.

La proliferación y crecimiento de las “pequeñas escuelas” origi­nó una corriente de hostilidad hacia la educación motivada por el temor de que el auge de las escuelas trajese consigo el riesgo del abandono de las profesiones manuales y el abandono de los campos. También se temía una cierta desestabilización de la sociedad por la irrupción de la cultura en la masa del pueblo. Que cada uno perma­nezca en su estado y condición; tal era la voz unánime de los diri­gentes y élites de los tiempos modernos.

Avanzado ya el siglo de las luces, aparecen pensadores a favor de la instrucción generalizada del pueblo. Así Diderot la concibe como instrumento de promoción de los mejores, Rouseau como medio de formación de una conciencia cívica nacional y Bernardino de San Pedro como cauce de fraternidad entre las diferentes clases sociales.

En los siglos XVII y XVIII la educación fue muy selectiva: la formación sólo llegaba a un reducido número de beneficiarios. La formación primaria era tan limitada que no podía llamarse cultura. En las escuelas de las Hijas de la Caridad los niños aprendían a leer; a veces, a escribir y muy raras veces a contar y calcular. No era obli­gatoria la asistencia ni preparación para estudios medios. Su desa­rrollo tenía como objetivo esencial la educación de la fe y el apren­dizaje de un comportamiento cristiano.

El contenido del programa de una escuela vicenciana en los orí­genes, se podía agrupar en torno a tres ejes o núcleos: la formación cristiana, el aprendizaje de la lectura y la preparación doméstica y profesional.

La formación cristiana marcaba el objetivo fundamental de las “pequeñas escuelas” o escuelas de la caridad y para la caridad. Las demás actividades eran como un añadido que diferenciaba la escue­la de la catequesis dominical de la parroquia. En la escuela los niños podían prolongar su permanencia todo el tiempo necesario, estudiar el catecismo, asistir en común en las celebraciones y oficios parro­quiales y aprender un comportamiento conforme a la moral católica.

Las Reglas particulares de la escuela fijaban para el catecismo dos días a la semana, jueves por la tarde y sábados por la mañana. Se trataba de enseñar y aprender los principales misterios de la fe: la unidad y trinidad de Dios, la encarnación del Verbo, los sacra­mentos, los mandamientos de la Ley de Dios y las oraciones del cristiano. Se hacía por el sistema de preguntas y respuestas ponien­do mucho interés en que lo aprendiesen bien.

La formación cristiana de niños y jóvenes, arrancarles de la ocio­sidad, de los peligros callejeros y proporcionarles un trabajo honrado fueron objetivos de múltiples instituciones de la Iglesia nacidas para educar e instruir en el siglo XVII: Escuelas de la Caridad de Lyón, fundadas por Carlos Denía, sacerdote y discípulo de san Vicente en el colegio de los “Buenos Hijos”, las Hermanas de la Congregación de Notre Dame, fundadas por Pedro Fourier, Las Hijas de la Cruz de Madame Villeneuve, Las Ursulinas de Santa Ángela de Méricis, las damas Inglesas de Mary Ward para niñas, y para niños y jóvenes: Jesuitas, Calasancios, Doctrinarios de Avignon y los Hermanos de las escuelas cristianas, fundados por san Juan Bautista de la Salle…

1.2. Inspiración e impulso misionero y evangelizador

Las escuelas de las caridades o “pequeñas escuelas” sembradas a lo largo y ancho de Francia por Luisa de Marillac y sus hijas, cuya primera semilla fue echada al surco por Margarita Naseau, eran escuelas parroquiales; la mayoría situadas, como hemos visto, en las aldeas de acuerdo con el lema de los fundadores: “Las ciudades están llenas de religiosas, vosotras debéis ir a las aldeas de los cam­pos”. Algunas se encontraban en las ciudades, como París, Sedán, Narbona o Cahors, y eran urbanas-parroquiales.

Su difusión y permanencia a lo largo de la historia por los dis­tintos países del mundo, ha sido posible, gracias a la inspiración que impulsó a Luisa de Marillac y Margarita Nassau, la inspiración del Espíritu Santo del que Jesús afirma en el Evangelio de san Juan”: Cuando Él venga os lo enseñará todo” (16,13). Y porque Luisa de Marillac está convencida de que educar evangelizando y evangeli­zar educando es obra del Espíritu Santo, insiste en los Reglamentos de las Escuelas, una y otra vez, que la maestra o el maestro deben ser personas de oración y deben pedir al Espíritu Santo la inspira­ción para ofrecer a cada alumno lo que necesita, para desarrollar su personalidad, dignificar su situación y hacerse amigo de Dios, en cuya amistad encontrará la clave de la verdadera felicidad.

El mantenimiento económico de las escuelas, lo realizaba la cofradía de la Caridad de la parroquia en que estaba ubicada la escuela o bien, si se trataba de una fundación, los patronos de la misma, de forma que la educación era totalmente gratuita para las niñas. Mención especial, merecen las escuelas de los niños abando­nados en Bicétre; en este caso son las Damas de la Caridad y su aso­ciación las que mantienen, con muchas dificultades, los gastos de estas escuelas.

El horario escolar duraba cinco horas diarias. Sus clases comen­zaban por la mañana a las ocho y por la tarde a las dos. En invierno se atrasaba media hora por la mañana. Los alumnos tenían libres las tardes cuando no había habido fiesta durante la semana. El ritmo semanal era muy similar en las diferentes regiones; no así el anual que solía variar mucho. En las escuelas de las ciudades y de parro­quias suburbanas, las clases duraban todo el año y no se preveían vacaciones. Pero conviene recordar, al efecto, que las fiestas reli­giosas y laborales eran muy numerosas en aquella sociedad de cris­tiandad. Además de los domingos, el promedio de fiestas anuales oscilaba alrededor de cincuenta. El absentismo de los niños era muy frecuente, de ahí la importancia que se da en los Reglamentos al Registro de asistencia.

El local de la escuela estaba junto a la Parroquia y solía ser la vivienda de la Maestra, frecuentemente dotada de una habitación grande, una cocina y el corral. En el caso de nuestras “pequeñas escuelas” san Vicente y santa Luisa se preocupaban mucho de que el local de la escuela fuese amplio, bien iluminado, aislado de rui­dos y digno, antes de hacer la fundación. Estas escuelas contaban con un material austero propio de la época. Sus piezas fundamen­tales se reducían a unas tablas de roble o pino colocadas sobre unos pilares que hacía de mesas dispuestas en hileras o filas. A lo largo de éstas, bancos corridos de igual longitud que aquellos. A ellos se unía la mesa y silla de la maestra, imágenes de santos, car­tones alfabéticos colgados en la pared, pizarra, pila de agua ben­dita, libros religiosos para la lectura, registros de asistencia y poco más. Un tintero y una pluma porque eran muy pocos los que aprendían a escribir.

Pero lo más importante de la Escuela Vicenciana no es el hora­rio, ni el programa, ni el local material… lo más importante es el clima, el ambiente, la vida de la escuela hecha de acogida, cercanía y cordialidad. La acogida cordial de los niños y niñas, la cercanía a su vida, aspiraciones, dificultades y problemas y la oferta del cora­zón juntamente con el saber transmitido es el alma de la Escuela y la base de la evangelización realizada. Desde la acogida cordial y el cariño, la maestra o el maestro, en el caso de los niños expósitos, podían decir a los niños: “Dios te ama y tú estás llamado a ser amiga o amigo de Dios. Tú puedes entrar conmigo en esa corriente de amistad con Dios que nos hace felices”.

1.3. Los maestros, alma y vida de la escuela

Ser maestros en el siglo XVII era muy fácil. Bastaba saber leer y si era posible, también escribir, pero sobre todo tener vocación de enseñar como Luisa de Marillac o Margarita Naseau. Para ejercer la profesión de maestro, se necesitaba una carta de acreditación o aprobación del Señor cura párroco, del fundador de la Escuela o del Chantre de la Catedral como en las Escuelas de san Lorenzo de París.

San Vicente y santa Luisa también se preocupan de que sus maestros puedan enseñar un oficio para que los alumnos puedan insertarse en la vida laboral con dignidad. Así nos lo recuerda la carta que la señora marquesa de Maignelay escribe a san Vicente el 21 de agosto de 1640.

“Hace algún tiempo, escribí a la señorita de Polaillon para saber de la señorita Le Gras, si podía hacer la caridad de enviar alguna maes­tra para las chicas de este lugar (Nanteuil), pero deseamos que pueda enseñarles un oficio, porque sin esto, los habitantes de este lugar pon­drán dificultad en apartarles del maestro, que no les cuesta nada y aprenden con los chicos. Esto es tan peligroso como ya sabe”.

¡Qué mal se veían las cosas de coeducación en el siglo XVII!… Los tiempos han cambiado y hoy es una exigencia de la misma sociedad.

Los maestros en aquella época eran muy bien considerados social­mente, aunque no estaban bien retribuidos…; se les equiparaba en dig­nidad casi igual a los sacerdotes. Se pensaba que la maestra o el maes­tro eran personas capaces de hacer todo, además de ser los encargados de educar e instruir a los niños. Eran ayuda indispensable para la parroquia y ponían su competencia al servicio de todas las gentes del pueblo. Tenían autoridad política y moral ante los habitantes, por eso san Vicente y santa Luisa se preocuparon tanto de su formación.

Santa Luisa organiza en la Casa Madre de las Hijas de la Cari­dad una pequeña “escuela de Magisterio” para sus hijas. En ella recibirán la formación apropiada para ser maestras de las niñas pobres de los pueblos. Ella, Luisa, les ofrece los métodos que mejor se adaptan a su realidad y a la misión que se les va a confiar. No se trata de hacer sabias, sino de enseñarles las nociones elementales de la fe, la lectura y la escritura, con el fin de que puedan transmitirlo a sus jóvenes alumnas. Su meta era formar buenas cristianas en el plano humano, moral, intelectual y sobrenatural.

Luisa tenía muy claro que se educa evangelizando y se evange­liza educando.

También a san Vicente le preocupa la formación de los maestros. Prueba de ello es la insistencia en las motivaciones que ofrece al P. Langlois para que acepte, a petición del señor Arzobispo de Narbo­na, la dirección de unos Ejercicios Espirituales dirigidos a un grupo de maestros.

Luisa de Marillac está convencida de que los maestros son el alma de la escuela. Son impulso, aliento, estímulo, motor, inspiración y profecía, convertidas en cordialidad, paciencia y entusiasmo, palabras que ella repite con frecuencia al hablar de la educación de los niños.

Meditando y estudiando con detalle todos los Reglamentos y Reglas dedicadas a la maestra de escuela, encuentro en ellos, de forma implícita, los diez mandamientos de la maestra y el maestro vicencianos:

  • Sentirse, cada mañana en la escuela, enviado por la comuni­dad eclesial a continuar la misión de Jesucristo, Maestro y Evange­lizador de los pobres.
  • Acoger con corazón abierto a cada niño como es, poniéndose a la escucha de su situación.
  • Confiar en las posibilidades de crecimiento ocultas o mani­fiestas y buscar en diálogo cordial con los niños y jóvenes la forma de desarrollarlas.
  • Estimular y valorar sus realizaciones y conquistas, con cariño y cordialidad.
  • Corregir con delicada bondad.
  • Personalizar lo que se enseña siendo testigo presencial de los valores que se transmiten, especialmente de la caridad.
  • Motivar siempre potenciando lo positivo y facilitando el desa­rrollo de capacidades.
  • Ser responsable de la tarea diaria que supone: planificar, orga­nizar, explicar, instruir, educar, evaluar y controlar.
  • Buscar constantemente estar al día en formación permanente.
  • Comunicar abiertamente, siempre que sea posible, la fe, y la experiencia de Dios que quiere la liberación y salvación de los pobres y la felicidad de todos los hombres.

Así los maestros de la escuela vicenciana podremos ofrecer alas para volar, cada niño a su ritmo, como canta la canción:

Tú me enseñaste a volar

con alas de pajarillo,

cuando no era más que un niño

sin miedo a la libertad…

No envejecerás jamás,

amigo, hermano, maestro.

Siempre como un Padrenuestro

en boca de algún chaval.

Los diez mandamientos del Educador vicenciano son el viento inspirador que renueva y anima cada día el alma y la vida de nues­tras escuelas, son la profecía que anuncia, realiza y construye la civi­lización del amor tan predicada y querida por el Papa Juan Pablo II.

1.4. Continuidad y expansión de la escuela vicenciana

La semilla de la Escuela Vicenciana, echada en el surco por Luisa de Marillac y Margarita Naseau, contando con la colabora­ción de laicos comprometidos desde los orígenes, necesitaba ser cultivada para que diese su fruto.

Los Reglamentos, las Reglas particulares para la maestra de Escuela que Luisa escribe, establecen el método común y a su vez dejan un margen de flexibilidad en función de las diversidades de cada lugar y son el agua que hace crecer la semilla. En ellos se pone de manifiesto a modo de objetivo, la finalidad de la escuela: coope­rar, a través de la instrucción, a la salvación de los pobres. También se insiste en los destinatarios de la escuela: “enseñar a los niños”, “formar a los pobres niños de los campos”; “instruir a las niñas en las parroquias”. Se excluye la enseñanza mixta. Solamente en el caso de los niños expósitos desaparece la normativa. Estos niños eran educados conjuntamente por las primeras hermanas, aunque se aconsejaba que la enseñanza propiamente dicha se impartiese por separado; incluso que los chicos la recibiesen de un eclesiástico.

Los destinatarios de la escuela vicenciana son los pobres, pero a falta de maestras, pueden recibir a niñas acomodadas pero sólo si los padres insisten en que sean recibidas y a condición de que nunca des­precien ni marginen a las pobres. Para la admisión se exigía la opinión favorable del señor cura párroco. Hoy en una sociedad igualitaria debemos integrar socialmente a todos, pero el trato preferente deberá ser para los menos dotados con incapacidades educativas especiales.

Desde los comienzos, flexibilidad y adaptación han sido dos notas características de la escuela vicenciana. La voluntad educativa y el entusiasmo misionero de las primeras Hermanas saltaba las barreras de la escuela: búsqueda activa de los jóvenes y niños allí donde se encontraban. Sabían que debían instruir con mucho cuidado a los que casi nunca podían ir a la escuela, como eran las pastoras y vaqueras, tomando a las unas y a las otras en el tiempo y lugar en que las encon­trasen, no sólo en las aldeas, también en los campos y caminos.

Se aconsejaba a las Hermanas regularidad en el horario de clase, pero previendo que la jornada escolar comenzaba pronto y que, a causa del trabajo, algunas muchachas no podían asistir, les recomendaba que recibiesen a cualquier hora a todas aquellas niñas que deseasen ir a aprender, ” a las pobres chicas que iban a pedir pan o aquellas que tení­an que trabajar para ganarse la vida, a las que había que preferir siem­pre, recibirlas cuando viniesen y despacharlas según su necesidad”.

A las “pequeñas escuelas” de las Hijas de la Caridad concurrían niñas y jóvenes de todas las clases. Las Hermanas tenían la discre­ción de poner en sitio aparte a las vergonzosas y tímidas, acogién­dolas con cariño, incluso si iban a la hora de la comida o más tarde. Premiaban y estimulaban a las mas asiduas, valoraban los pequeños esfuerzos de cada una y teniendo presente la enseñanza de santa Luisa, se ponían en guardia para no caer en el favoritismo, peligro frecuente en la educación.

En nuestra tradición está muy presente, desde los comienzos, lo que más tarde sería la enseñanza dominical. Las Hermanas abrían sus escuelas también los domingos y días festivos para instruir a las muchachas que no podían asistir durante la semana, a causa de sus trabajos y obligaciones. Con mucha psicología Luisa de Marillac recomienda enseñar suave y lentamente” sin avergonzarlas por su ignorancia. Sus explicaciones debían ser familiares, huyendo de los términos demasiado elevados . En 1647 preguntaba a Sor Ana Har-demont, que se encontraba en Montreuil, si asistían bastantes muchachas a la clase del catecismo los días festivos. En febrero de 1655 insistía en los mismos términos a Sor Bárbara Angiboust en I3ernay. Un año antes de su muerte, el 27 de febrero, hacía la misma recomendación a Sor Clara de la Roche-Guyon: “Les ruego también, en cuanto sus ocupaciones se lo permitan, que hagan la lectura (explicación del catecismo) los domingos y fiestas a las muchachas mayores, instándolas a que vayan a verlas; a veces tienen tanta nece­sidad de instrucción como las pequeñas”4. Unos meses después, otra carta dirigida a la Hermana Carlota Roger insistía en el mismo tema.

Los Reglamentos y Reglas establecen el objetivo fundamental, los destinatarios, el perfil del educador, la metodología y el estilo. Pero es necesario un seguimiento que estimula, anime, valore la misión y entusiasme a seguir dando la vida por la evangelización escolar. A ello dedican san Vicente y santa Luisa lo mejor de su tiempo: entrevistas, conferencias formativas y cartas de apoyo, ayuda y evaluación.

A la muerte de los fundadores, Sor Marturina Guerin, tercera superiora general, sucesora de santa Luisa decide codificar lo esen­cial de los Reglamentos de las Escuelas y editarlo para la posteridad bajo el título: “Reglas particulares para la maestra de la Escuela”. Han pasado 12 años de la muerte de los fundadores. El 5 de agosto de 1672 ve la luz el libro de inspiración de la Escuela Vicenciana. Cuenta con el visto bueno, verificación y confrontación del sucesor de san Vicente de aquel momento: el padre Renato Almerás. Había colaborado mucho en la codificación y edición el Padre Fournier.

Treinta y ocho hermanas avalaron con su firma la valoración de este documento, portador de la primitiva inspiración. El ha sido soplo vivificante de la escuela durante más de tres siglos y medio.

A lo largo del siglo XIX, después de la Revolución Francesa y durante la época posterior a las apariciones de la Medalla Milagro­sa de 1830, se multiplican las vocaciones, se expande la Compañía más allá de Francia, Polonia, España e Italia y crecen masivamente las escuelas en el mundo entero. Los Superiores generales de aquel momento deciden editar un” Manual para la maestra de escuela”, más amplio y conforme a la cultura de aquella época que juntamen­te con las Reglas y sus sucesivas ediciones han mantenido la inspi­ración primitiva de nuestras escuelas hasta el Concilio Vaticano II.

Los cambios sociales, los principios de la declaración “Gravissi-mun educationis” del Vaticano II y la legislación educativa propia en cada país, nos impulsaron a elaborar nuestro Documento de “Carácter Propio” (1982) en el que definimos lo esencial de nuestra oferta edu­cativa católica y vicenciana en el marco de una sociedad pluralista.

Posteriormente hemos elaborado nuestro Proyecto Educativo afianzando los valores de nuestra identidad y tratando de dar res­puesta a las necesidades de nuestros alumnos, a las exigencias legis­lativas y nuevos modelos pedagógicos.

El crecimiento y la expansión de la Escuela Vicenciana en Espa­ña desde 1793 que comienza con el colegio de San Vicente de Paúl en Barbastro (Huesca) hasta hoy se debe, según los historiadores, a:

  • El carácter popular y el ambiente de cercanía y sencillez, marcado por la fidelidad a nuestros carisma.
  • La calidad de su enseñanza y educación.
  • El realismo, la flexibilidad, adaptación de sus métodos.
  • La capacitación profesional de sus educadores.
  • El reconocimiento social de las Instituciones de Beneficencia, patronatos educativos y del pueblo llano y sencillo que ha creado y sostenido muchas escuelas.
  • La respuesta dada por las Hijas de la Caridad en las diversas situaciones históricas.
  • La gratuidad y la dimensión evangelizadora con un notorio compromiso temporal y social.
  • Testimonio de Sor Mercedes Farré.
  • La creatividad y audacia de las Hermanas para mantener las escuelas en tiempos difíciles de guerras, desamortizaciones y per­secuciones.

 

Sor Ángeles Infante. CEME.

 

 

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