Las potencias del alma de la CM y expresión de su Espíritu

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Pérez Flores, C.M · Año publicación original: 1996 · Fuente: CEME.
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LAS POTENCIAS DE ALMA….

En el cultivo y la práctica de estas virtudes, la Congregación ha de empe­ñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las poten­cias del alma de la Congregación entera, y deben animar las acciones de todos nosotros (RC II, 14).

1) En la historia de la teología moral, han existido modos distintos de organi­zar la moral y la vida espiritual cristiana, es decir, el modo de caminar del hombre hacia Dios. En general, podemos decir que han sido cuatro: los mandamientos de Dios, las virtudes, los deberes y las actitudes.

2) Históricamente, el más común ha sido el de las virtudes. San Vicente siguió esta vía. La vida de las virtudes significa tener una visión más bien positiva de la vida espiritual y considerar las virtudes como los rasgos característicos de la fisonomía del misionero. Al fin, el hombre es lo que hace. Al hombre, se le cono­ce por sus actos. Por los frutos los conoceréis, dijo el Señor (Mt 12, 23).

3) A los teólogos actuales de la vida espiritual, les gusta hablar de la figura espiritual del cristiano, del religioso, etc. Para ello, exponen los rasgos de tal figura espiritual, es decir, el carácter, el modo de ser de la persona, los elementos confli­ctivos de la personalidad espiritual cristiana, sacerdotal, matrimonial, religiosa,

4) Una primera cuestión que se puede plantear es si el modo de ser, el carácter, la configuración de la persona ¿se considera más como logro personal más bien como don recibido? ¿más como fruto del esfuerzo del hombre, que como don de la naturaleza? No se puede responder de una manera decisiva. Sin largo, en la línea vicenciana, se considera muy importante el esfuerzo, lo cual significa ni se aminora el valor y la influencia posible de los dones de la natu­raleza y de la gracia.

5) Otra cuestión es ver si hay algo específico en la postura de san Vicente, e no exista en otra espiritualidad. La respuesta depende del valor que se dé a que se considera propio de san Vicente. En realidad, el contenido sustancial de virtud es el mismo para todos los cristianos: laicos, sacerdotes, consagrados. Puede haber algo propio por las motivaciones que se ofrecen, los modelos que se presentan y las metas que se pretenden.

6) San Vicente no se planteó estas cuestiones. Lo que le ofrecía la teología espiritual, él lo exponía a sus oyentes o destinatarios desde una perspectiva evangé­lica, desde la exigencia de imitar y seguir a Cristo evangelizador de los pobres. Superó las categorías morales del mero deber y se colocó en el ámbito de las exige­ncias de la llamada de Dios al misionero concreto, que es hombre, que es cristiano, que es sacerdote o laico, consagrados a la Misión. San Vicente tuvo en cuenta las categorías de las personas, los distintos estados de vida cristiana, pero dentro de cada estado no separó la naturaleza de la gracia, el orden de la razón la fe, lo racional de lo teológico, la perfección del hombre cristiano de la perfec­ción exigida por la vocación sacerdotal y misionera.

7) De lo dicho podemos deducir:

1º. El material teológico, espiritual y moral que usó san Vicente, es el común y el que vale para todo cristiano, situado en cualquier estado de vida cristiana.

2º. Dicho material teológico o espiritual está elaborado por san Vicente, teniendo en cuenta lo que pretendía: formar seguidores de Cristo evange­lizador de los pobres, continuadores de su misión.

LO QUE SAN VICENTE ENTENDIÓ POR VIRTUD

8) Etimológicamente, el término virtud viene del término latino vis que signifi­ca fuerza. Virtus es la traducción latina del dinamis griego, pero conlleva el aspecto positivo de ser fuerza para obrar el bien. Lo opuesto es el vicio, fuerza empuja a hacer el mal.

9) Conceptualmente, la definición de san Agustín es estupenda: es una cua­lidad de alma (hoy diríamos persona) por la cual el hombre se comporta recta­mente y nunca usa mal.

10) A esta definición lapidaria de san Agustín, podemos añadir esta otra más descriptiva, que indica, además, los valores propios de la virtud: capacidad anímico-espiritual, habilidad, destreza, facilidad de hacer el bien, poder de hacer el bien con alegría y constancia.

11) San Vicente se movió dentro de estas ideas propias de la virtud, pero como no fue un profesor, sino un predicador, un director espiritual, un Superior, puso el acento en aquellos aspectos en los que más quería insistir y recalcar. Lo veremos cuando tratemos de cada una de las virtudes.

ÁMBITO EN EL QUE SAN VICENTE COLOCÓ LAS VIRTUDES

12) Desde puntos de vista muy distintos, se han clasificado las virtudes. Santo Tomás ofrece una división orgánica de las mismas. Parte de las virtudes car­dinales: prudencial, justicia, fortaleza y templanza.

13) Las virtudes vicencianas que vamos a estudiar son virtudes derivadas, es decir, son ramas de otra virtud que se considera como el árbol. No encontrarán la virtud del celo (expresión exultante de la caridad para con Dios o para con el prójimo) porque el celo se deriva de la caridad, virtud teologal. El vicio contrario al celo es la insensibilidad por la gloria de Dios o el bien del prójimo y la acidia o pereza (tedio) espiritual, como veremos al tratar de la virtud del celo en concreto.

14) La fuente de la que se derivan nos da la posibilidad de conocer algu­nos valores, quizás el principal, pero no todos. Debemos acudir a otras fuentes para conseguir un conocimiento más amplio y más detallado de los contenidos de cada virtud. Las virtudes se pueden estudiar:

a) Según la doctrina de los doctores. En este caso, lo que prevalece es lo conceptual, lo doctrinal. Hoy prevalecen los elementos psicológicos.

b) Según la vivencia de los virtuosos. Prevalece lo experimental humano y la influencia de la gracia.

c) A la luz de las nuevas sensibilidades: mezcla de todos los elementos: con­ceptos y experiencias.

15. San Vicente se sentirá muy libre en este sentido. Unas veces acudirá a los doctores, otras al ejemplo de los santos, principalmente al ejemplo de nuestro Señor. Sin quererlo expresamente, añadirá matices muy propios al valor común de la virtud.

16. La referencia a las nuevas sensibilidades es muy importante. Las virtudes: su contenido y sus expresiones, si no dicen nada al hombre de hoy, no sirven. Surge, sin embargo, una cuestión: ¿por qué no sirven hoy? Hay que buscar la razón. No se debe rechazar sin más o por razones, al menos sospechosas. No porque esta­dísticamente resulte que tal virtud no está en vigor, hay que concluir que es una virtud inútil, o porque su valor, su expresión no se estimen hoy, ya la virtud ha de­jado de ser virtud. Las estadísticas ayudan o pueden ayudar a la teología, pero no son necesariamente teología.

17) Todos somos conscientes de que la escala de valores cambia, cambian categorías morales. Se habla de mentalidad moderna y postmoderna, hay quien afirma que la postmoderna se está superando por otra ultramoderna. Los cambios de comportamiento de la juventud cambian vertiginosamente. Todo influye en la estima de los valores humanos y cristianos y, por tanto, repercute en la reflexión sobre las virtudes y los valores que ellas contienen.

Por todo lo anteriormente dicho, es necesario suscitar la cuestión, no sólo sobre el valor actual de la virtud en general, sino sobre cada uno de sus contenidos y de sus expresiones. En otros términos, sobre el valor cultural de cada virtud.

¿POR QUÉ SAN VICENTE ESCOGIÓ LAS CINCO VIRTUDES: SENCILLEZ, HUMILDAD, MANSEDUMBRE, MORTIFICACIÓN Y CELO COMO LAS CARACTERÍSTICAS DEL MISIONERO?

19) Tenemos un texto de san Vicente en el que dice lo siguiente: Entre las cuales (máximas evangélicas), ya que son muchas en número, he escogido especialmente las que son más propias del misionero ¿Cuáles son? Siempre he creído y he pensado que eran la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo(XI, 586). ¿Qué criterios tuvo san Vicente para hacer la selección? No podemos dar una respuesta definitiva. Podemos hacer hipótesis, intentar alguna explicación. Los posibles criterios pueden ser los siguientes: conocimiento de lo que hicieron otros fundadores, exigencias de la Misión, exigencias de la vida comunitaria, experiencia espiritual y misionera del mismo san Vicente, fruto de su contemplación de Jesús evangelizador de los pobres.

20) Lo que podemos deducir del estudio de cada una de las virtudes a la luz de la doctrina y práctica de san Vicente es su carácter misionero en todas sus vertientes.

¿SON PASIVAS LAS VIRTUDES VICENCIANAS?

21) Con frecuencia, se ha dicho que muchas de las virtudes cristianas originan pasividad en el cristiano, son virtudes propias de una «moral de esclavos» opuesta a la «moral de los señores». Tal es el caso de la humildad o el de la mansedumbre. En un mundo donde prevalece la competencia, este problema puede ser interesante por la actitud que crea, o puede crear, en el que quiere practicarlas. Fácilmente, la práctica de esas virtudes lleva al que las practica, a ser víctima del despecho de los otros, de la burla de los otros. Recordemos los salmos en los que el justo se siente oprimido, precisamente por ser justo. El justo no triunfa, el pecador triunfa.

22) Si, además, los valores de las virtudes no entran en la estima de los valores culturales vigentes, el «virtuoso» se encuentra marginado, fuera de este mundo, visto como ser «extraño».

23) En la misma comunidad, si no es espiritual, si no vive el carisma y sólo vive la institución, o lo que es peor, si está en franca decadencia espiritual, no es difícil ver que el aprovechado se aprovecha y que el virtuoso no se aprovecha. Aparecen los vividores, los sinvergüenzas, los que les importa un bledo las exi­gencias de la vocación.

24) La respuesta correcta a esta cuestión depende de lo que se entienda por «pasividad»; si se comprenden bien los valores de las virtudes llamadas «pasivas», si se practican bien, desde qué motivaciones, desde qué escala de valores se parte. Todo acto de virtud debe ser fruto de un buen discernimiento, porque debe ser un acto libre. Si fuera verdad lo que dicen de las virtudes pasivas, el ejemplo de Cristo no vale.

LAS ANTINOMIAS EN LA PRÁCTICA DE LAS VIRTUDES

25) En la teología espiritual, se trata con frecuencia diversas antinomias que pueden surgir en la vida espiritual. Entre esas antinomias está la que se refiere a las virtudes. Santo Tomás propone, como antes dijimos, un esquema de virtudes: cada virtud moral se entronca en una virtud cardinal. Pero cualquier acto de virtud, para que sea completamente bueno, tiene que estar también informado por otras virtudes. Todo acto tiene que ser al mismo tiempo recto de intención, fuerte, que proceda de un hábito, de lo contrario puede ser un acto bueno, pero no virtuoso. Tiene que ser equilibrado y prudente, emanado de un correcto discernimiento.

26) La cuestión se puede plantear de una manera muy sencilla: ¿Se pueden practicar los valores de las virtudes sin que se deje otro valor al margen? Por ejem­plo, ¿se puede ser obediente y al mismo tiempo ser crítico de la autoridad? ¿Se puede ser manso, enfadándose con razón? ¿Se puede ser humilde y promover las cualidades personales? ¿Se puede ser casto con un amor inmaduro?

27) ¿Qué respuesta dar a estas preguntas? Jesús dijo, solamente Dios es bueno (cf. Lc 18, 19; Mt 19, 17). Objetivamente, no es posible superar todas las antinomias. Es posible subjetivamente cuando se actúa con rectitud. Es posible también cuando se vive la virtud en grado extraordinario, considerado «místico».

EXPRESIÓN DE SU ESPÍRITU

28) Tenemos que distinguir entre el acto perfecto teológicamente y el acto moralmente perfecto. El primero se da sólo en grados sumos de perfección, cuando la persona vive bajo el influjo de gracias especiales. El segundo se da cuando se cumplen todos los elementos que intervienen en la moralidad, por parte del sujeto, del objeto y de las circunstancias.

29) Este tema tiene interés porque permite conocer la relación tan íntima que existe en toda la vida moral y espiritual del hombre. Hay que tender hacia lo pleno y unitario. En la vida, no deben existir compartimentos según el dicho: Bonum ex integra causa, malum ex quacumque defectu o lo que dijo nuestro Señor: Solo Dios es bueno (Mt 19, 17).

La Congregación intenta expresar su espíritu con las cinco virtudes sacadas de su peculiar visión de Cristo, a saber, la sencillez, la humildad, la manse­dumbre, la mortificación y el celo por las almas (C 7).

1º.- Las máximas o enseñanzas evangélicas

Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga por práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca (Mt 7, 24) (cfr. RC II, 1).

30) No se identifican el espíritu de Cristo y el espíritu de san Vicente, ni las expresiones del espíritu de Cristo y las expresiones del espíritu de san Vicente. En personas, sucede como en las comunidades: todas intentan imitar a Cristo, pero cada una lo imita a su modo: Las Congregaciones que hay en la Iglesia de Dios miran a nuestro Señor de diversas formas, según los diversos atractivos de su gracia, según las luces y las ideas diferentes que él les da, a cada una en su esta­do; y por eso lo honran y lo imitan de diversas maneras (XI, 571).

31) San Vicente seleccionó entre las múltiples enseñanzas evangélicas, las que consideró esenciales para la vida espiritual de la Congregación.

1. Las enseñanzas de Cristo nunca fallan

a) Principio: Las enseñanzas de Cristo no fallan nunca, mientras que las del mundo son siempre falaces. El que construye sobre la palabra de Cristo, construye sobre roca y el que construye sobre la máximas del mundo construye sobre arena (cf. RC II, 1).

Consecuencia: La Congregación profesará el obrar siempre según las enseñanzas de Cristo, nunca según las enseñanzas del mundo (RC 11,1).

2. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, lo demás viene por añadi­dura (Mt 6, 33).

Principio: El reino de Dios y su justicia es lo primero, lo demás es secundario.

Consecuencia: La opción radical por las alternativas que quedan den­tro de las exigencias del reino:

  • lo espiritual a lo temporal;
  • la salvación del alma o la del cuerpo;
  • la gloria de Dios a la vanidad humana;
  • el amor de Cristo a la muerte;
  • la seguridad está en el Señor y no en los bienes de este mundo (cf. RC 11,2).

3. Cumplir siempre y en todo lo que Dios quiere (RC 11,3).

a) Principio: Hacer en todo la voluntad de Dios es el mejor medio de alcanzar la perfección cristiana.

b) Consecuencias:

  • Necesidad del discernimiento.
  • Hacer lo mandado y evitar lo prohibido.
  • Ante cosas igualmente buenas elegir la que desagrada, a no ser que una sea necesaria.
  • Ante las indiferentes elegir cualquiera de ellas como procedentes de la providencia.
  • Aceptar lo imprevisto sea bueno o malo como venido de la mano de Dios.
  • Imitar a Cristo que hizo lo que agradó a su Padre (cf. RC II, 3).

32. Los fundamentos no son todo el edificio. San Vicente nos ofreció, además, el material con el cual se pudiera construir el edificio de la espiritualidad de Congregación. Las siguientes máximas indican los nuevos materiales:

«Sed sencillos como las palomas y prudentes como las serpientes» (Mt 10, 16); (cf. RC II, 4, 5).

«Aprended de mí que soy manso y humilde corazón (RC II, 6, 7).

«Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo y tome su cruz cada día». (Mt 16, 24); (RC II, 8)

«El que ama a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí». (Mt 10, 37); (cf. RC II, 9).

«El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí encontrará (Mt 10, 39); (cf. RC II, 10).

Jesús «haciéndose semejante a los hombres, apareció en su porte como hombre» (Flp 2, 7); (cf. RC II, 11).

«Lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmen­te» (Lc 6, 31); (cf. RC II, 12).

«Amad a vuestros enemigos… orad por los que os persiguen» (Mt 5, 44); (cf.RC II, 13).

29. Las máximas del mundo

El espíritu del mal se transfigura… en ángel de luz (RC II, 16).

33) Para san Vicente, las fuerzas del mal son una realidad evidente y ade­más nunca dejan de actuar. La tensión entre el misterio de la salvación y el de ini­quidad es constante. El espíritu del mal se transfigura con frecuencia en ángel de luz, tratando de engañar. San Vicente partió de la experiencia por él sentida y de sobra conocida en los demás: la tentación es un hecho. Por eso, como comple­mento a la doctrina anterior, puso en guardia contra algunas tentaciones que el misionero puede sentir: la mundanización, el orgullo, el dominio, la comodidad y la insensibilidad en las cosas de Dios y del prójimo (cf. RC II, 15).

34) Para hacer frente a tales tentaciones, san Vicente ofreció algunos reme­dios: lucidez ante la tentación, dejarse guiar por los representantes de Dios, reci­bir y hacer la caridad fraterna, usar las mismas «armas de Cristo». La pequeña Compañía ha pensado que no podía usar de armas más fuertes y más adecuadas que las que usó la sabiduría eterna con tanto éxito y tanta eficacia. Por eso, todos y cada uno guardaremos con fidelidad y perseverancia, pobreza, castidad y obedien­cia según lo exige la naturaleza de nuestra Congregación (cf. RC II, 16, 17, 1 8).

3º.Las cinco limpidísimas piedras de David…. (RC XII, 12)

En el cultivo y la práctica de estas virtudes, la Congregación ha de empe­ñarse muy cuidadosamente… (RC II, 14).

35) La centralización que san Vicente hizo del espíritu de la Misión (cf. RC II, 14) en las cinco virtudes: sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo hace que éstas adquieran un papel muy relevante en la vida del misionero. Se puede decir con toda seguridad que el meollo de la identidad vicenciana se encuentra en estas virtudes, comprendidas y practicadas a la luz del Evangelio y según la vida y doctrina de san Vicente.

4º. Nueva comprensión y nuevas expresiones

Es preciso que las virtudes … se impriman en nuestros corazones (XI, 40).

36) Los cambios que se han dado desde el siglo XVII hasta finales del siglo XX, en la comprensión de Dios y del mundo, del hombre y sus relaciones con Dios y con  la creación, sobre el pecado y la gracia, sobre la Iglesia y la sociedad, han sido amplios y profundos. Una nueva escala de valores predomina hoy, muy dis­tinta de la que estaba vigente en los tiempos de san Vicente. Del pesimismo sobre relación y sobre la naturaleza humana, se ha pasado al optimismo sobre el mundo y el hombre. La nueva escala de valores que bulle hoy en el hombre, plantea la doble cuestión de cómo interpretar y adaptar la doctrina y práctica vicen­cianas de las cinco virtudes características del misionero. Estudiaremos este aspecto cuando tratemos de cada una de las virtudes.

37. Otro aspecto que se debe tener en cuenta es la triple dimensión que todas las virtudes vicencianas contienen: la dimensión individual, la comunitaria y apostólica. La persona, sin perder el elemento constitutivo de individualidad, independencia y libertad que le son propios, es relación, comunicación y referencia. Por tanto, el perfeccionamiento que la virtud aporta a la persona, se convier­ten también en perfeccionamiento de sus relaciones. San Vicente, aun insistiendo en la virtud como perfección de la persona, se salió de este ámbito relativamente estrecho y pasó al ámbito de lo comunitario y apostólico. El misionero vicenciano está llamado a ejercer su apostolado desde la comunidad. Esta es la razón por la que el art. 24 de las Const. considera a estas virtudes como dinamismos creadores y vivificadores de la comunidad vicenciana. También estudiaremos este aspecto cuando tratemos de cada una de las virtudes.

 

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