Las Hijas de la Caridad o "Unas buenas cristianas"

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Varios Autores · Año publicación original: 1985 · Fuente: Imágenes de la Fe, número 195.

Número monográfico dedicado a san Vicente de Paúl. Preparado por los padres paúles José María Ibáñez Burgos, Fernando Quintano y Celestino Fernández


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En su cuna de origen, los pobres. Y como inspiración, a la vez que encarnación de un pro­yecto, una joven campesina, pobre, sencilla y llena de caridad. Margarita Naseau llegó a París en 1630. Había conocido a Vicente de Paúl en una de tantas misiones por las aldeas cercanas a Suresnes, donde ella cuidaba las vacas. Era servi­cial, transparente, autodidacta. Impulsada por el deseo de servir a los pobres enfermos, ayudaba a las señoras de la Cofradía de la parroquia de San Salvador..

Vicente de Paúl había llegado a una conclusión: «Sólo con los pobres salvaré a los pobres». Cuando encuentra a Margarita Naseau reconoce en ella a las sirvientas que los pobres necesita­ban: «Es la primera hermana que tuvo la dicha de mostrar el camino a las demás… Dios la que­ría de esta manera, para que fuese ella la prime­ra Hija de la Caridad, sierva de los pobres enfer­mos de la ciudad de París… Todo el mundo la quería porque no había nada que no fuese digno de amar en ella».

Vicente de Paúl, tan atento siempre a la provi­dencia, descubrió el plan de Dios en esta joven y a partir de este modelo inspiiador, comienza a realizar el proyecto más innovador y eficaz en la historia de las comunidades femeninas en la Iglesia: la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Los primeros pasos

Una mujer culta de la alta burguesía parisina, cuyo espíritu agitado había serenado y dinami­zado en favor de los pobres Vicente Paúl, será quien le secunde en este original y difícil proyec­to. Se llama Luisa de Marillac, viuda de Le Gral, y tenía 42 años. Hacía ya cpatro que esta­ba visitando y animando «las Caridades». Un grupo de jóvenes aldeanas colaboran con ella en la visita a los pobres, como auxiliares volunta­rias de las señoras de las Cofradías de la Caridad de París. El 29 de noviembre de 1633 la casa de Luisa de Marillac se abre para acoger a las cua­tro primeras jóvenes que inician un nuevo cami­no de ser «buenas cristianas» en la Iglesia vi­viendo en comunidad.

Un espíritu propio

Cuando Dios hizo la Compañía de las Hijas de la Caridad, le dio también un espíritu particular. El espíritu es lo que anima al cuerpo. Es muy importante que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste ese espíritu». Vicente de Paúl es consciente de la novedad jurídica y espiritual que entraña su proyecto en la vida religiosa fe­menina de su época. «No se ha visto nada seme­jante en la Iglesia», reconoce sinceramente el fundador. Y sigue precisando: «El espíritu de la Compañía consiste en tres cosas: amar a Nues­tro Señor Jesucristo y servirle en espíritu de hu­mildad y sencillez. Mientras la caridad, la hu­mildad y la sencillez se encuentren entre voso­tras podrá decirse: la Compañía de la Caridad vive todavía».

Las Hijas de la Caridad son seglares, con votos «no religiosos». Su única «profesión» es el servi­cio a los pobres. Cierto que también hacen votos de pobreza, castidad y obediencia, pero son más «funcionales» que «constitutivos». Con ellos confirman su voluntad de entrega total a Dios sirviendo a los pobres; ratifican lo que ya son: buenas cristianas totalmente de Dios, y total­mente de los pobres. Y los hacen por un año, el 25 de marzo. Hacen, además, un cuarto voto específico que da el sentido peculiar a los otros tres: servir corporal y espiritualmente a los po­bres.

La espiritualidad de las Hijas de la Caridad no está tanto en que los fundadores rompen moldes tradicionales (clausura, conventos y hábitos) para darles movilidad y disponibilidad para ir donde estén los pobres; fundamentalmente es un nuevo modo de comprender y aspirar a la per­fección. Ellas conseguirán la máxima perfección continuando la vida y misión amorosa y compa­siva de Cristo entre los pobres. Para ello necesi­tan revestirse del espíritu de Cristo: sencillez, humildad y caridad. No es lícito afirmar que en las Hijas de la Caridad primero sea la entrega total a Dios y luego el servicio a los pobres. Am­bas dimensiones son simultáneas e inseparables. El don a Dios no es igual al servicio, ni éste igual a aquél. Pero el don a Dios se vive en el servicio a los pobres y el servicio es la expresión viva del don a Dios. Vicente de Paúl a este modo de ser cristianas lo llamaba «estado de caridad». Y aña­día: «Si sois fieles a la práctica de esta forma de vivir, seréis buenas cristianas. Y no os diría tan­to si os dijese que fueseis buenas religiosas. Por­que ¿para qué se han hecho religiosos y religio­sas si no es para hacer de ellos buenos cristianos y buenas cristianas?».

«El espíritu religioso no es conveniente para vosotras«

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac admiran y estiman tanto la vida religiosa que llegan a afirmar que las Hijas de la Caridad no son dignas de ella. Al mismo tiempo ponen sumo cuidado en que no asimilen el espíritu de las, religiosas, «porque no es conveniente para vosotras». «Si os preguntan quiénes sois, si sois religiosas, de­cid que no, por la gracia de Dios; y no porque no estiméis a las religiosas… Responded más bien que sois Hijas de la Caridad que os habéis dado a Dios para servir a los pobres». Los fundadores, desde esa preocupación por mantener a la Com­pañía naciente en el camino que Dios le señala­ba, no permiten que sus hijas asistan a la profe­sión de otras religiosas; les aconsejan que no se confiesen ni se dirijan con religiosos, sencilla­mente para que no asimilen otro espíritu y estilo de vida que no sea el de la Compañía, para que la entrega a Dios en el servicio a los pobres no quede nunca en un segundo plano. Es su identi­dad y no deben perderla. Y es que la vida reli­giosa se caracteriza por la consagración a Dios por medio de la profesión de los consejos evan­gélicos de pobreza, castidad y obediencia. Las re­ligiosas se consagran a y en la profesión de los votos; las Hijas de la Caridad a y en el servicio al pobre. El siguiente fragmento de una conferen­cia de San Vicente, del 11 de agosto de 1659, sintetiza la novedad de las Hijas de la Caridad con respecto a la vida religiosa del siglo XVII, a la vez que la exigencia de santidad de su peculiar modo de ser en la Iglesia: «Considerarán que no se hallan en una religión, ya que este estado no va bien con las ocupaciones de su vocación. Sin embargo, como están más expuestas a las oca­siones de pecado que las religiosas obligadas a la clausura, puesto que tienen por monasterio las casas de los enfermos, por celda un cuarto de alquiler, por capilla la iglesia parroquial, por claustro las calles de la ciudad, por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios, por velo la santa modestia, y no hacen otra profesión para asegurar su vocación más que la confianza continua que tienen en la divina Providencia y la ofrenda que le han hecho de todo cuánto ellas son y del servicio que le prestan en la persona de los pobres; por todas estas razones tienen que tener tanta o más virtud que si hubieran profesa­do en una orden religiosa».

Siervas y pobres

Los pobres son la presencia del misterio de Cris­to. Por eso al servirles a ellos se sirve a Jesucris­to. Desde su ser imágenes del Cristo doliente y paciente, los pobres se constituyen en «señores y maestros» de las Hijas de la Caridad. Por eso tendrán que servirles como al único Señor Maes­tro: con dulzura, alegría, constancia y amor, ha­ciéndoles presente la bondad de Dios. Para eso, ellas deberán asemejarse a Cristo siervo, deján­dose transformar a semejanza del corazón de Cristo: humilde, sencillo, misericordioso, consu­miéndose en el servicio al prójimo, hasta ser mártires de la caridad, siervas de ellos y pobres como ellos.

Tanto Vicente de Paúl como Luisa de Marillac conocen por experiencia cómo las criadas ser­vían a los señores. En las casas de los Gondí y de los Marillac había criadas. Estas tenían que ser­vir a señores exigentes, caprichosos, injustos y desagradecidos. Lo que hacen los fundadores, es transferir las funciones de las siervas con respec­to a sus señores a las Hijas de la Caridad con respeto a los pobres.

«Dejar a Dios por Dios»

«Llamarán a la puerta mientras hacéis oración para que una hermana vaya a ver a un pobre enfermo que la necesita con urgencia. ¿Qué ha­cer? Será conveniente que vaya cuanto antes y que deje la oración, o mejor dicho, que la conti­núe, ya que es Dios quien se lo manda. En ese caso es dejar a Dios por Dios».

Con estas palabras Vicente de Paúl declara que para las Hijas de la Caridad oración y servicio son dos modos diversos y ‘complementarios de vivir unidos con Dios. Servir no es orar, ni orar es servir. Pero ambas son dos actividades en las que la Hija de la Caridad debe experimentar la presencia de Dios. En la oración contemplan al Cristo siervo, evangelizador de los pobres, cum­plidor de la voluntad del Padre. En el servicio verifican la autenticidad de su oración, como en la oración verifican la autenticidad del servicio.

Pero lo característico de las Hijas de la Caridad es el encuentro. y la experiencia de Dios en el servicio a los pobres. Lo cual sólo es posible desde una visión de la fe: «Al servir a los pobres servís a Jesucristo; esto es tan verdad como que estamos aquí. Una Hija de la Caridad irá diez veces cada día a los pobres y diez veces encon­trará en ellos a Dios», como les recordaba reite­radamente Vicente de Paúl.

Los pobres, único criterio

Las Hijas de la Caridad saben bien que nacieron por y para los pobres. Y porque la pobreza es movediza y los pobres de ayer quizá no son los de hoy, deben estar disponibles para ir a donde estén los pobres. Ellos son quienes les impulsan a una renovación continua. Este estar depen­diendo de los pobres hacía decir a su fundador: «Sabemos lo que sois, hoy, pero no sabemos lo que seréis en el futuro». Los pobres seguirán siendo la brújula que oriente continuamente su marcha por el mundo en la Iglesia.

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