Las Hermanas mayores

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Fernando Quintano, C.M. · Year of first publication: 1999 · Source: Ecos de la Compañía.
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Introducción

Los temas de mis colaboraciones en Ecos de la Compañía me los van sugirien­do los acontecimientos de la Iglesia, de la Compañía o algunas peticiones concre­tas que se me dirigen desde diversas Provincias. El de este mes me lo sugiere una decisión de la Organización de las Naciones Unidas.

Como sabemos, la ONU, cada año, orienta sus esfuerzos de sensibilización y colaboración hacia un sector de la sociedad que juzga prioritario por diversas razones. Este año 1999 lo ha dedicado a las personas mayores o de la tercera edad.

Durante la última Asamblea General estuvieron expuestos unos paneles en los que se podían ver gráficamente algunos datos referentes a la evolución de la Compañía en los últimos seis años y su realidad actual. Me consta que las repro­ducciones de esos gráficos han corrido por las Provincias como parte de la infor­mación dada por las asambleístas. Uno de esos gráficos mostraba el alto número de Hermanas mayores que hay en la Compañía. Lo veremos a continuación.

Aunque nada más fuese porque afecta a un número tan importante de Herma­nas, ya valdría la pena dirigirse a ellas. Pero, además, esa realidad tiene repercusiones en el servicio a los pobres, en la vida comunitaria, en las programaciones del presente y del futuro en cada Provincia. Todas estas razones justifican el que hoy tratemos este tema.

La realidad

La disminución de los nacimientos por una parte, y la prolongación de la vida por otra —debido a una mejor higiene, mayor calidad en la alimentación y los progresos de la medicina— dan como resultado un envejecimiento de la población a nivel mundial.

En la Compañía, al igual que en las demás congregaciones, ocurre algo simi­lar: la disminución de nuevas vocaciones y la edad avanzada a la que llegan muchas Hermanas hace que la edad media aumente cada año.

A finales del siglo XIX la edad media de las Hermanas en el conjunto de la Compañía estaba entre 35 y 40 años. Hoy la realidad es muy distinta.

Ya en 1980 decía Madre Rogé que, en el conjunto de las Provincias, las Herma­nas que estaban en situación de «retiro oficial laboral» superaba al de las otras. Y el Superior General, en 1995 daba este dato: el 21 % de las Hermanas tienen más de 75 años. La estadística actual es la siguiente: 16 Provincias cuentan con una edad media superior a 70 años; en el conjunto de la Compañía hay 14.140 Hermanas que superan los 65 años; y la edad media de las Hermanas de la Compañía es hoy de 64 años, si bien hay Provincias en que está en torno a los 40.

Las estadísticas nos muestran que la Compañía crece en África y Asia; man­tiene cierto equilibrio en América Central y del Sur y decrece en Europa, América del Norte y Oceanía. Evidentemente es en estos tres últimos continentes donde está el mayor número de Hermanas mayores y donde es menor el de nuevas vocaciones.

Hay que aceptar esta realidad. Las Provincias en las que hoy es grande el número de Hermanas mayores son, lógicamente, aquellas que hace cincuenta años tenían más Hermanas jóvenes. Esta constatación se repetirá, probablemente, dentro de medio siglo en aquellas Provincias que en la actualidad tienen abundan­cia de vocaciones. Esperemos que estas no decrezcan para que se mantenga siempre un deseable equilibrio de edades.

Las Provincias con número más elevado de Hermanas mayores no pueden olvidar la historia gloriosa y fecunda que han escrito. Por ejemplo: han sido Pro­vincias eminentemente misioneras. Gracias a ellas, en muchos países hay hoy Hermanas nativas que reconocen agradecidas la semilla y el impulso recibido, y que continuarán escribiendo en el futuro un nuevo capítulo de esa bella historia de servicio a los pobres. Esperamos que crezcan también ellas con similar espíritu misionero al de aquellas que les dieron origen, vitalidad y dinamismo.

Ciertamente la escasez de vocaciones y el envejecimiento de bastantes Provin­cias plantea graves problemas y hace inevitable el abandono o transformación de las obras. Es algo que hay que afrontar con serenidad, prudencia y coraje. La Exhortación Vita Consecrata nos recuerda que «lo que se debe evitar absolutamen­te es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia voca­ción y misión>, 2. ¿Cómo lograr que la Compañía, a pesar de ese envejecimiento progresivo, mantenga su vitalidad espiritual, misionera y comunitaria?

Un potencial humano y espiritual a aprovechar

Si las leyes sociales determinan que la edad de jubilación laboral sea a los 65 años, o incluso antes en algunos países, y si las expectativas de vida en la Compañía son aproximadamente de 80 años, quiere decir que muchas Hermanas vivirán «jubiladas» casi un tercio de su vida. (También en esto la realidad de la Compañía es muy diversa. Pero incluso en aquellos países en los que las espe­ranzas de vida de los ciudadanos son más bajas, las de las Hermanas superan notablemente a las de sus conciudadanos).

¿Cómo potenciar la calidad de vida en las Hermanas mayores? Por supuesto que se trata de calidad en todas las dimensiones de su vida humana y vocacional: biológica, psicológica y espiritual, entendida ésta en su relación con Dios, con los pobres y en comunidad fraterna.

Esta preocupación atañe, en primer lugar, a las mismas Hermanas mayores, pero también al Gobierno General, Provincial y Local. Más aún, a todas las Hermanas, pues todas son miembros del cuerpo de la Compañía y, por lo mismo, corresponsables de su vitalidad.

Esas Hermanas vinieron un día a la Compañía para vivir toda su vida entrega­das a Dios y sirviendo a los pobres en comunidad fraterna. Y todo esto con una fidelidad creciente y sin interrupción. La «jubilación laboral» de las Hermanas —porque así lo determinan las leyes civiles— afecta ciertamente a una manera de servir a los pobres, pero no a su «ser vocacional».

¿Cómo ayudar a esas Hermanas a continuar viviendo con dinamismo su voca­ción de Hijas de la Caridad en esa nueva etapa?

En lo referente al alojamiento, las respuestas que se están dando en las Pro­vincias se orientan hacia diversas soluciones, condicionadas a veces por las posibilidades con las que cuentan y por la realidad social y cultural que también es diversa. Lo más frecuente es en residencias preparadas expresamente para atender las necesidades de las Hermanas mayores, variando el número que in­tegran estas comunidades. En otras Provincias comparten esas residencias con seglares, sean familiares de Hermanas o no. Menos frecuentes son las que, en pequeños grupos, están integradas en residencias ajenas a la comunidad.

Lo deseable, mientras sea posible, es que las Hermanas mayores permanez­can en la casa donde vivían antes de la jubilación. Ahí les resulta más fácil continuar un servicio de voluntariado, dentro o fuera de la comunidad, y seguir en relación con un entorno ya conocido. Cuando esto no sea posible, las Hermanas mayores estarán disponibles a un cambio de comunidad y éstas a acogerlas gustosamente.

Y en todos los casos, las Hermanas mayores tienen que tener la posibilidad de expresar y cultivar la vida espiritual y modos adecuados de seguir sirviendo a los pobres y de vivir la dimensión comunitaria.

Las Hermanas mayores y enfermas para los Fundadores

En las conferencias y correspondencia de San Vicente a las Hermanas hay frecuentes alusiones a las Hermanas enfermas y mayores, especialmente en los intercambios que tenían sobre las virtudes de las Hermanas difuntas.

Ciertamente que San Vicente se refiere más frecuentemente a las Hermanas enfermas, sin duda más numerosas que las ancianas. Por aquellos años, las expectativas de vida de los ciudadanos estaban en torno a los 50 años. Tanto San Vicente como Santa Luisa, a pesar de frecuentes enfermedades él y de una débil constitución física ella, vivieron treinta años más que la media de sus contempo­ráneos.

Son numerosas las cartas de Santa Luisa a Hermanas Sirvientes en cuyas comunidades había alguna Hermana enferma o mayor. En ellas les expresa su afecto y preocupación, y recomienda tratarlas con dulzura y paciencia. Pide a las Hermanas jóvenes que tengan aprecio y respeto por las Hermanas mayores, y a éstas que eviten la crítica y que sean buen ejemplo para las jóvenes.

San Vicente recomienda que se trate a las Hermanas enfermas como se debe tratar a los enfermos: con dulzura, respeto, paciencia y comprensión6. La Compa­ñía tiene que portarse con ellas como una madre: «Si alguna, debido a sus en­fermedades o a su edad o debilidad, necesita atención especial, la Compañía tiene que tenerlo en cuenta… Las personas enfermas necesitan cuidados espe­ciales… Hermanas mías, hay que atenderlas cuando la edad o los achaques les han puesto en ese estado; lo contrario sería una injusticia La Compañía es una madre que sabe distinguir bien entre sus hijos enfermos y los que están bien». Y, como una demostración de afecto, propone que las Hermanas de otras casas vayan a visitar a las enfermas «pues es un gran consuelo para ellas ver a sus Hermanas».

A las Hermanas enfermas les pide que no sean exigentes: «no es justo que las siervas de los pobres sean tratadas mejor que sus señores,«. Y, también, que las más antiguas de la casa den buen ejemplo a las recién llegadas»’.

Cuando San Vicente hablaba a los misioneros sobre el cuidado a los enfermos de la comunidad les decía: «Los enfermos y ancianos no son una carga sino una bendición para la Compañía y para la casa». Por eso, «hasta los vasos sagrados habría que vender si fuera necesario>, «estaría encantado si me dijesen que alguien de nuestra Compañía había vendido el cáliz para eso>.

Una bendición para la Compañía

Las Hermanas mayores han escrito un hermoso capítulo de la historia de la Compañía. Son testigos de fidelidad en su opción vocacional, pese a las prue­bas y dificultades; cadena de transmisión de unos valores permanentes para un diálogo intergeneracional. Ciertamente que también nos enseñan  esto sin pre­tenderlo— la precariedad de la vida y nuestra propia limitación. Y, sobre todo, cuando vemos sus rostros serenos y el gozo con el que siguen viviendo su vocación, nos confirman la veracidad de las palabras de Jesús: «El que pierde su vida por mi y por el evangelio la encontrará». Lo que San Vicente escribía a Ana Hardemont es el eco de esas palabras de Jesús: «Hermana ¡qué con­solada se sentirá usted a la hora de la muerte por haber consumido su vida por el mismo motivo por el que Nuestro Señor dio la suya: por la caridad, por Dios, por los pobres!».

El Documento sobre «<La vida fraterna en comunidad» afirma que «un consa­grado anciano que no se deja vencer por los achaques y por los límites de la edad, sino que mantiene viva la alegría, el amor y la esperanza es un apoyo de valor incalculable para los jóvenes «su fecundidad, aunque invisible, no es inferior a la de las comunidades más activas. Más aún, éstas reciben fuerza y fecundidad de la oración, del sufrimiento y de la aparente inactividad de aquellas. La misión tiene necesidad de ambas».

Y la Exhortación «Vita Consecrata» reconoce que el testimonio de los consa­grados mayores y/o enfermos «es de gran ayuda para la Iglesia y para los Insti­tutos y que su misión continua siendo válida y meritoria, aun cuando, por motivos de edad o de enfermedad, se hayan visto obligados a dejar sus actividades. Porque la misión apostólica, antes que en la acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad del Señor».

San Vicente decía de los misioneros enfermos que «merecen más con sus padecimientos que los demás con su trabajo». Madre Rogé, hablando a las Hermanas Sirvientes de comunidades de Hermanas mayores, les pide que traten de hacerlas comprender «que ellas son la parte militante más importante, más misionera de la Compañía. Os lo digo porque lo creo; esto es una certeza para

Refiriéndose también a ellas, leemos en «La vida fraterna en comunidad»: «Estas personas, en efecto, no sólo no abandonan la misión, sino que están en su mismo corazón, y en ella participan de una forma nueva y eficaz».

En cierta ocasión, en diálogo con una Hermana Sirviente joven, tuve la opor­tunidad de clarificarle una expresión que ella había utilizado al describirme su comunidad: somos 6, me dijo, pero solamente dos somos «válidas». Se refería naturalmente a que sólo dos no estaban jubiladas. Pero, ¿quiénes son las Herma­nas «válidas», y desde qué criterios las valoramos? Esa es la cuestión.

Me resulta consolador y gratificante recibir cartas de Hermanas Sirvientes de comunidades de Hermanas mayores en las que me describen los diversos servi­cios a los pobres que estas Hermanas siguen realizando. Al terminar de leerlas me digo: estas mujeres nacieron para vivir su entrega a Dios sirviendo a los pobres y su gozo sería morir con las manos en la tarea.

Permítanme que les transcriba este párrafo de una carta que recibí en la última Navidad; venía de una comunidad de Hermanas mayores: «Reflexionando, oran­do, a partir de todo lo que nos ofrecen tan abundantemente la Iglesia, la Compa­ñía, avanzamos, si no a grandes pasos, al menos al ritmo que nos permite todavía nuestra edad y salud. Llegamos casi al término del viaje hacia Dios. Vivimos del pasado, ciertamente, pero tenemos todavía mucho perdón que pedir, muchas gracias que dar y alabanzas que ofrecer y vivimos, sobre todo, orientadas hacia el futuro. Nuestra vida permanece abierta al encuentro con Dios, con nuestros hermanos y hermanas que peregrinan juntamente con nosotras. Nuestro servicio consiste en la cercanía a los Residentes de la Casa de Ancianos; la oración en sus diferentes formas: individual, comunitaria, eclesial y también en el testimonio de una comunidad de vida fraterna, donde la diversidad no es una palabra vacía. Estamos siempre en misión, con la juventud del don ofrecido y recibido. Este es nuestro deseo, nuestra buena voluntad, por tanto también nuestra PAZ».

Igualmente es ejemplar el afecto y la alegría con que reciben la visita de los Superiores, la oración frecuente por ellos y por las necesidades de la Compañía. Es una expresión de su amor y preocupación por ella.

Alguna vez me ha correspondido acompañar a Hermanas mayores en los últimos momentos de su vida. Al preguntarles si se sentían contentas por haber sido Hijas de la Caridad, me han respondido: «Sí, Padre, tanto que mil veces que naciese volvería a ser Hija de la Caridad». (Al escuchar esta respuesta, he pen­sado que podría ser un argumento más contra la teoría de la reencarnación.

Porque cada año mueren unas 600 Hijas de la Caridad y son solamente unas 200 las jóvenes que ingresan en los seminarios. ¿Y las otras 400?).

En el Documento de la Asamblea de 1991, leemos: «Movilicemos todas nuestra fuerzas vivas en favor de la misión: las Hermanas mayores y enfermas son nuestra fuerza orante› 21. Parecida convicción expresan las Constituciones: «Las Herma­nas enfermas y las mayores son parte activa de la misión por sus oraciones y sufrimientos. La comunidad las rodea de cuidados y afecto y las ayuda a aceptar sus dolencias como una forma de servicio»».

Tentaciones de las Hermanas mayores

Con el paso de los años van apareciendo y aumentando unas limitaciones que hay que saber aceptar, tanto los pacientes como quienes los atienden.

Las Hermanas que llegan a la edad de su jubilación tienen que ser muy conscientes de que este hecho afecta a la profesión, desde la que han venido sirviendo a los pobres, pero no a su vocación que sigue siendo la misma. Al entrar en la jubilación pasan simplemente de una etapa de producción y cotización a otra de servicio voluntario y de percepción de lo que han cotizado. Lo suyo es un «retiro activo».

Para las Hermanas, jubilarse no significa entrar en una etapa de ocio porque «ya trabajé bastante y me llegó el tiempo del descanso». Posiblemente dispon­drán de más tiempo libre que tendrán que saber utilizar en beneficio de los demás y en cultivar ciertas dimensiones de su persona a las que no pudieron dedicarse anteriormente como hubiesen deseado: espirituales, apostólicas, artísticas, ma­nuales, intelectuales etc.

La experiencia nos dice que a algunas Hermanas que han tenido una profesión u oficio absorbentes les resulta difícil asumir serenamente la etapa de la jubilación, especialmente cuando ha prevalecido «el hacer» sobre «el ser».

A las Hermanas mayores y/o enfermas les advertía San Vicente del peligro de pensar que son carga para las demás y de turbarse por ese motivo. Igualmente les prevenía contra la tentación de la ociosidad, origen de murmuraciones, críticas y aburrimiento».

La Exhortación Vita Consecrata, al tratar sobre «el dinamismo de la fidelidad» y sobre las fases por las que atraviesan los consagrados en su camino vocacional, advierte a las personas mayores del peligro del individualismo, de la excesiva preocupación por la salud (alimento, medicinas…) de rigidez, de cerrazón, de cierta tristeza, de susceptibilidad, de sentirse desplazadas etc.; y les invita a asumir «un nuevo modo de vivir la consagración, que no está vinculado a la eficacia propia de una tarea de gobierno o de un trabajo apostólico». ¿Cómo ayudar a las Hermanas mayores y/o enfermas a vencer estas tentaciones y a vivir su vocación de Hijas de la Caridad con dinamismo durante esta etapa?

Un proyecto dinamizador

Ante el ritmo imparable del calendario que nos añade inexorablemente años a la vida, no cabe otra reacción por nuestra parte sino la de tratar de «añadir vida a los años». Hay Provincias con un alto porcentaje de Hermanas mayores que tienen una gran vitalidad. No viven resignadas a esperar pasivamente su desapa­rición. Siguen escribiendo una bella historia, aunque el capítulo final sea distinto y menos llamativo que los anteriores. Pero la generosidad y el gozo en su don a Dios, su amor a los pobres, sirviéndoles de modo diferente a como lo hacían cuando estaban en plenitud de fuerzas, y su vida fraterna en comunidad para la misión siguen viviéndola también cuando son mayores.

A continuación ofrecemos algunas sugerencias para un posible proyecto ten­diente a que las Hermanas mayores y/o enfermas vivan con dinamismo esa etapa de su vida. A muchas comunidades no les dirá nada nuevo, pues no son sino una síntesis de lo que he leído en distintos Boletines Provinciales que recibo. Corres­ponde a las Provincias y comunidades concretas discernir y asumir en sus Proyec­tos Provinciales y Locales lo que consideren válido y factible según su realidad y posibilidades.

Se trata de concretar lo que sugieren los dos importantes documentos que venimos citando:

«La edad avanzada presenta problemas nuevos que se han de afrontar pre­viamente con un esmerado programa de apoyo espiritual».

«La comunidad debe preocuparse, por un lado, de acoger y valorar en su seno la presencia y los servicios que las Hermanas ancianas pueden ofrecer; y, por otro, la atención que se ha de poner en procurar, fraternalmente y según el estilo de vida consagrada, los medios de asistencia espiritual y material que las ancia­nas necesitan».

Conviene aclarar que, con las siguientes sugerencias, no se trata de tener entretenidas a las Hermanas mayores, ni de una terapia ocupacional  ambas cosas útiles sin duda— sino de aprovechar y acrecentar el potencial vocacional de las Hermanas mayores para que puedan seguir enriqueciendo con él a la Compañía, a la Iglesia y a los pobres.

a) Preparación a la jubilación

Es conveniente ayudar a las Hermanas a afrontar positivamente los desafíos del propio envejecimiento, a mantener un dinamismo espiritual, a prolongar su vida activa descubriendo nuevos modos de seguir colaborando en la misión de la Compañía y en la construcción de la comunidad. El Documento «La vida fraterna en comunidad>, propone que «los superiores organicen cursos y encuentros orien­tados a esa preparación personal» «. Se intentaría con ellos evitar algunos trau­mas psicológicos y espirituales a los que están expuestas las Hermanas que acceden a la edad de la jubilación.

Hay Provincias que organizan cursos de preparación para Hermanas Sirvientes de comunidades de Hermanas mayores. Sería conveniente hacer algo similar con las Hermanas y seglares que las atenderán. Porque ésta es otra realidad a tener en cuenta: que habrá que pedir colaboración de los seglares, pues no se puede dedicar a las pocas Hermanas jóvenes que cuentan las Provincias sólo a la aten­ción de las Hermanas mayores. Esos cursos incluyen la animación espiritual, la misión común, la vida fraterna, el tiempo libre, la alimentación, la fisioterapia etc. Se trata de conseguir que las Hermanas mayores armonicen la fidelidad con la felicidad.

b) Un tiempo de júbilo

Aunque parezca una contradicción, la edad de la jubilación        al menos atendiendo a la etimología de la palabra— equivale a entrar en un tiempo de júbilo. Quizá porque el trabajo se ha considerado como una carga pesada de la cual uno se libera al jubilarse. No lo consideraba así aquella Hermana, Sor Andrea, cuando a la hora de su muerte, confesaba a San Vicente: «No tengo ninguna pena y ningún remordimiento más que el de haber gozado mucho en el servicio de los pobres».

Para intentar lograr que en esa etapa las Hermanas mayores vivan inespera­damente la fidelidad y la felicidad hay que elaborar un buen proyecto comunitario. Es un «proyecto de vida» desde el que se apoyan unas convicciones, se asumen unos dinamismos y se proponen unas actividades adecuadas que favorezcan la vivencia de los distintos aspectos de la vocación de las Hijas de la Caridad.

Sí, hay que elaborar con ellas ese proyecto comunitario; sólo así será realista y tendrá en cuenta las posibilidades o el grado de deterioro en el que se encuen­tran las Hermanas. Hay que considerarlas no sólo como sujetos pasivos y desti­natarios de atenciones, sino como sujetos activos capaces de aportar valores. Alguna de ellas me ha confesado que desean cariño, comprensión, escucha… «pero que no nos traten como a niñas». Necesitan sentirse miembros correspon­sables de la comunidad y no sólo sujetos pasivos y receptores de cuidados. Dicho proyecto de vida incluiría:

– La vida de la comunidad «hacia dentro»

  • dimensión espiritual (preparación y participación en la liturgia, oración, sacra­mento de la unción de enfermos, celebraciones especiales para los tiempos litúrgicos y fiestas de la Compañía, oración especial por las vocaciones…). Madre Elizondo ha dicho: «No se trata fundamentalmente de multiplicar oracio­nes sino, sobre todo, de orar con serenidad y paz»‘
  • dimensión comunitaria (intercambios, diversos oficios de la casa, acompañar y cuidar a Hermanas enfermas, estudio y discusión de temas de actualidad, audiovisuales…);
  • dimensión de servicio a los pobres (oración, apoyo a las campañas de solida­ridad, trabajos comunitarios para los pobres y las misiones…).

–  La vida de comunidad «hacia fuera»

Las necesidades de los pobres son inmensas, y también las posibilidades de muchas Hermanas mayores que aún se encuentran con fuerzas para colaborar: con la parroquia y otras instituciones; catequesis y animación de grupos apostó­licos; visita a enfermos y personas solas; pastoral en residencias, hospitales y cárceles; centros de acogida; ministros extraordinarios de la Eucaristía; poner al servicio de los demás sus dotes musicales, artísticas, alfabetización, lenguas…).

En los países más desarrollados, las instituciones gubernamentales tratan de responder a los problemas sociales por sus propios medios. Pero nunca llegarán a cubrir todas las necesidades. Hay Hermanas que, movidas por la creatividad que brota del amor, saben detectar nuevas necesidades e inventan nuevos pro­yectos; habrá que facilitarles los cauces para realizarlos. Uno de esos cauces podría ser el que las Provincias tengan alguna obra propia que sea respuesta a necesidades reales de los pobres y que pueda canalizar el potencial de las Hermanas mayores.

Las residencias de Hermanas mayores requieren un ambiente de paz y sere­nidad. Lo cual no significa que su estilo de vida sea como el de un convento cerrado. Es deseable un clima de acogida a los que vienen y que vivan abiertas a lo que acontece en el mundo y en la Iglesia (periódicos, radio, TV…), pues ellas saben llevarlo a la oración y traducirlo en solidaridad.

A ese clima de apertura, y a que siga vibrando con la misión de la Compañía, ayudan las visitas frecuentes de los Superiores Provinciales, para hacerlas partí­cipes de los proyectos y realizaciones de la Provincia en los diversos campos de servicio. Igualmente el encuentro con Hermanas que trabajan en los países de misión «ad gentes», con las que pueden mantener después una correspondencia frecuente.

Otra experiencia positiva son las convivencias o jornadas de formación en las que se encuentran las Hermanas mayores de distintas comunidades, sean de una misma Provincia o interprovinciales. También en esta etapa se requiere una forma­ción apropiada. Jornadas en las que sean ellas las protagonistas y las principales formadoras. Para ello basta con designar previamente una tarea a cada una de las comunidades que se van a reunir: la liturgia, la recreación, los testimonios etc. Algo similar puede darse en excursiones y peregrinaciones.

Conclusión

La realidad actual de la Compañía, en lo que se refiere al número elevado de Hermanas mayores y enfermas, requiere una seria reflexión de parte de los res­ponsables de la animación espiritual, apostólica y comunitaria. Son Hijas de la Caridad que optaron de por vida por un proyecto evangélico-vicenciano de entre­ga total a Dios sirviendo a los pobres en comunidad fraterna. Tienen derecho, y nosotros obligación, a que, en la etapa final, sigan viviendo esa vocación con ilusión y dinamismo. El cuerpo de la Compañía necesita de la vitalidad de todos sus miembros.

Para alentar dicha vitalidad en las Hermanas mayores, son necesarios proyec­tos adecuados, tanto a nivel Provincial como local, que tratan de añadir vida a los años y de unir fidelidad con felicidad.

Las comunidades de o con Hermanas mayores están llamadas a ser un testi­monio evangélico ante la sociedad actual: una sociedad que supervalora el ren­dimiento y la eficacia en términos de productividad y rendimiento, que considera a los ancianos como una clase pasiva a la que hay que entretener, o una carga pesada de la que desearía deshacerse; una sociedad en la que se pone fecha de vencimiento no sólo a productos perecederos, sino también a proyectos de vida.

En este contexto, las comunidades de o con Hermanas mayores están llama­das a ser expresión del valor de la vida, del diálogo intergeneracional, de que es posible una fidelidad como constancia en el cumplimiento de la palabra empeña­da, de la prioridad del «ser» sobre el «hacer».

Y para la Compañía, para las Hermanas jóvenes especialmente, las Hermanas mayores están llamadas a ser la prueba palpable de que la vida se logra desvi­viéndose en la entrega generosa a Dios y a los pobres, a ser testigos de espe­ranza, correas de transmisión de unos valores permanentes, fuerza orante de la misión.

Al comenzar el artículo cité a pie de página los escritos de los últimos Supe­riores y Madres Generales referentes a las Hermanas mayores. Ellos son conscien­tes de cómo esta realidad interpela a la Compañía. En esos escritos ofrecen sugerencias para elaborar proyectos dinamizadores de las residencias y comuni­dades con Hermanas mayores: lugares de una mayor escucha de Dios y de las Hermanas; de oración, servicio y fraternidad; de sintonía con los grandes retos del mundo, de la Iglesia y de la Compañía.

Este artículo no puede terminar sin un sincero agradecimiento a las Hermanas Sirvientes —como principales responsables—, a la comunidad y a los seglares que atienden a las Hermanas mayores. Ellas son los pobres que Dios les ha confiado. Servir como conviene y se merecen las «siervas de los pobres» les puede resultar, a veces, menos gratificante que otros servicios a los pobres. Tanto las Hermanas mayores como quienes las atienden tendrán presentes estas pala­bras de Madre Guillemin: «Cada gesto de la Hija de la Caridad está verdadera­mente al servicio de los pobres, porque la Compañía entera les está consagrada y toda ella ha sido concebida para tal fin»‘.

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