Las exigencias de una verdadera caridad

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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La Iglesia, en efecto, no está formada por santos, sino por pecadores, a todos los niveles de la responsabilidad. La obediencia no consiste en recibir órdenes de santos; la ca­ridad no consiste en amar a santos. Es cierto que lo que constituye el corazón de la vida de la Iglesia es la caridad; y que reconocer la autoridad de los que tienen un cargo es un medio privilegiado para reconocer aquello en lo que Dios quiere servirse de nosotros. Pero en todas estas rela­ciones intervienen necesariamente elementos muy humanos, demasiado humanos sin duda, límites y estrecheces, imper­fecciones y el pecado mismo. ¿Cómo podría ocurrir de otra manera entre los pecadores que somos?

Es uno de los puntos en los que el realismo del Señor Vicente más nos ayuda a comprender lo que es para la Iglesia vivir de la caridad. No exclama él con demasiada facilidad: ¡Mirad cómo se aman! Nos ayuda a descubrir cómo ser fieles, humildemente y con perseverancia, en amar­nos, cuando uno es a menudo difícil de amar, y está uno tanto más necesitado de un verdadero amor. Nos enseña a no extrañarnos de los defectos de los demás, y a amar a éstos aun así, sabiendo que tampoco nosotros, ciertos días, somos fáciles de comprender y amar. También aquí proceden lo más a menudo los ejemplos que nos pone, de las comuni­dades por él fundadas. Pero no nos engañemos en ello, es un verdadero espíritu de Iglesia lo que él define; por eso se refiere de grado a la comunidad apostólica establecida por el Señor: «Nuestra vocación especial es ir por toda la tierra; ¿con qué objeto? Con el de inflamar los corazones de los hombres, hacer lo que hizo el Hijo de Dios, él, que vino a poner fuego al mundo para abrasarlo en su amor. ¿Qué hemos de querer nosotros sino que arda y lo consuma todo? Es, pues, cierto, que fue enviado no solamente para que amara a Dios, sino para hacerle amar. No me basta a mí con amar a Dios, si mi prójimo no le ama. Pero si estamos obligados a llevar cerca y lejos el amor de Dios, si debemos inflamar las na­ciones, si estamos llamados a plantar este divino fuego por todo el mundo, si eso es así, hermanos míos, ¿cuán­to no debo arder yo mismo en el fuego divino?

La primera manifestación de esta caridad debe ser el buen entendimiento entre los misioneros: «La unión entre vosotros hará que la obra de Dios tenga éxito, y nada podrá destruir esa obra si no es la desunión».

En realidad las cosas son menos simples: «Los hombres son de tal hechura, que están sujetos al choque mutuo, aun los más santos; testigos son san Pe­dro y san Pablo, y también san Pablo y san Bernabé».

Quienes tienen una responsabilidad «a nadie deben mirar como inferior a ellos, sino a todos como hermanos. Nuestro Señor decía a sus dis­cípulos: Yo no os llamo ya mis servidores, sino que os llamo amigos».

Esto no impidió que se manifestasen rivalidades entre ellos: «Vemos que esta emulación se produjo en la primitiva compañía de la Iglesia, que fue la de los Apóstoles; pero sabemos también que Nuestro Señor la reprimió, ya con su palabra, reprendiendo a los que querían er­guirse, ya con su ejemplo, humillándose él el primero».

Este ejemplo de Jesucristo debe ser nuestra regla; hace de nosotros testigos, es decir, en el sentido fuerte de esta palabra, mártires: «Publicar las verdades y las máximas del Evangelio de Jesucristo, no con palabras, sino conformando uno su vida a la de Jesucristo, y dar testimonio de su bon­dad y de su santidad a fieles e infieles; y en consecuen­cia vivir y morir de ese modo, eso es ser mártir».

Muchos cristianos se indignan al comprobar que ya no hay verdadera caridad en la Iglesia; y piensan con toda na­turalidad que tienen la culpa los demás; esos no carecen de defectos, por cierto, pero sería vano reprochárselos, si no comenzásemos nosotros mismos por ver todo lo que, por parte nuestra, contribuye a esa falta de caridad, la cual es, en efecto, un verdadero escándalo. Lo que primero hemos de procurar es convertirnos nosotros mismos al amor, uno de cuyos elementos esenciales es aceptar que los demás sean lo que son, y no reprochárselo, y amarles como son, así co­mo Nuestro Señor nos amó con un amor que nos transforma y nos enseña a que amemos a nuestra vez.

Se imaginan algunos que el sufrimiento mutuo es como ponerse en el peor de los casos, una concesión que debe ha­cerse a la imperfección de los demás, como si sólo ellos fuesen imperfectos. El Señor Vicente nos ayuda a descubrir que ese sufrimiento es un elemento fundamental en nuestra vida como miembros de la Iglesia, y que nadie puede vivir ni crecer en la caridad, y dar testimonio de Jesucristo, si no es fiel en la humildad y en la mansedumbre. Ved con qué deli­cadeza reprende él mismo a uno de sus sacerdotes: «No puedo, no, no puedo, mi querido padre, expresaros el dolor que experimento contristándoos. Os suplico me creáis que, si no fuese por la importancia de la ma­teria, preferiría mil veces sobrellevar yo el dolor que causároslo a vos».

El que carga con una responsabilidad, debe tener la sencillez de aceptar los límites y los defectos de quienes co­laboran con él: «Si Dios no nos dio a grandes personalidades para sa­lir adelante en nuestros proyectos, es que gusta mucho de que empleemos en ellos a los sujetos de los que dis­ponemos, por ineptos que sean».

Eso no está exento de dificultades: «Puesto que sois el más antiguo y el superior, sopor­tadlo todo, digo todo, en el buen Señor Lucas; todo, digo una vez más, de manera que os despojéis del superiorato y os acomodéis a él con caridad. Así es como Nuestro Señor ganó y dirigió a sus Apóstoles».

Y como no puede evitarse que el superior corneta muchas faltas, «no sólo en su calidad de superior, sino también como misionero y como cristiano, debe sacar, ayudado de la gracia, indecibles ventajas de las advertencias que por caridad se le hacen».

El santo recomienda la misma caridad en el sufrimiento de aquellos que se quejan de las imperfecciones de sus su­periores: «No es posible hablar a hombres perfectos, de los que nada pueda decirse. Lo que falta a ese servidor de Dios no es de consideración, si se lo compara con lo que tiene; y Nuestro Señor suplirá incluso lo que no tiene, en lo que os afecta a vos, si miráis a Nuestro Señor en él, y a él en Nuestro Señor, como os lo suplico con todo mi corazón».

Debe además dominar una disposición benévola, previa a todo juicio: «Por lo demás, hermano mío, debéis afianzaros en la máxima de estimar siempre que los superiores hacen todo cuanto pueden, que no hacen nada de cierta im­portancia sin considerarlo ni aconsejarse, y que no está permitido a los hermanos decir mal de su conducta; de otra suerte tendrían tantos árbitros con súbditos».

Esta benevolencia es tanto más normal y necesaria, cuan­to que también nosotros por nuestra parte la necesitamos ciertos días. Así se lo escribe el Señor Vicente a un herma­no coadjutor que le había escrito denunciando todas las fal­tas de caridad que advertía en su comunidad: «Los santos cometieron faltas, y hasta los Apóstoles tenían desacuerdos; mucho tenía que sufrir Nuestro Señor entre ellos. Siendo, eso sí, hermano mío, ¿habrá que extrañarse de ver algo reprensible en aquellos con quienes estáis? Sabéis que vos tampoco estáis siempre en un mismo estado; si hoy sois exacto, si estáis muy unido a Dios y consoláis a toda la casa, mañana seréis desordenado, laxo y un motivo de pena para los demás;  y tendréis entonces necesidad de que os sufran a vos del modo que vos les habréis sufrido a ellos. Por eso nos inculcó tanto nuestro común Padre y Señor el amor recíproco, sabiendo lo difícil que es vivir en paz para quienes no lo tienen. —Ese es el amor que nos falta, diréis. —Muy bien, hermano mío, juzgad eso de vos y no de los demás».

Al inculcar esta caridad, no pretende únicamente el san­to regular el buen orden interno de la comunidad, sino que pone a la Iglesia en estado de cumplir con su misión: «Estad todos bien unidos unos a otros y Dios os ben­decirá, escribe a ocho misioneros que envía a Irlanda; pero que sea por la caridad de Jesucristo, pues ninguna unión que no esté cimentada en la sangre de este divi­no Salvador, puede subsistir. Es, pues, en Jesucristo, por Jesucristo y para Jesucristo como debéis estar uni­dos unos con otros. El espíritu de Jesucristo es un es­píritu de unión y de paz; ¿cómo podríais llevar almas a Jesucristo, si no estáis vosotros mismos unidos unos a otros y con él? No podría ser: no tengáis, pues, más que un único sentimiento y una única voluntad, de otra suerte ocurriría como con caballos que, enganchados a un mismo carruaje, tirasen unos hacia un lado y otros hacia otro, y lo destrozasen y rompiesen todo».

La vida misionera y sacramental

Leyendo al Señor Vicente, lo hemos comprobado, la Iglesia parece compuesta del Papa y de los obispos, de los sacerdotes y de las religiosas. El pueblo de Dios para nada entra, si no es como un pueblo de pobres al que hay que sacar de la miseria e iluminar con la luz maravillosa del Evangelio. Rige esta misión toda la vida de la Iglesia. Hay que correr a ella «como cuando se corre a un incendio». Para eso es necesario que hombres y mujeres consagren toda su vida a esa misión, la cual prosigue aquella que Je­sucristo vino a ejecutar en este mundo. Mas para nada entra ahí el apostolado de los laicos, ni el sentido de una Iglesia toda ella misionera.

Pero esta primera impresión pide ser matizada y corre­gida. Cada vez que el Señor Vicente hace a los cristianos verdaderamente cristianos, pone a éstos al servicio de los demás, al servicio de los más pobres de entre ellos, no en un espíritu de condescendencia, sino en un espíritu de humilde servicio: «Los pobres son nuestros amos».

Trata así con las grandes señoras de la ciudad como con las humildes feligresas de Chátillon-les-Dombes, cuyo pá­rroco fue un breve instante. Emplea a unas y otras según aquello de lo que son capaces. Al precio que sea, les abre a la miseria del prójimo, para ayudarles de esa suerte a salir de su propia miseria, ignorada demasiado a menudo: egoísmo, inconsciencia, indiferencia. Comprometerlas en las solidaridades humanas, como se dice hoy, no hubiese tenido sentido alguno en aquel tiempo. Pero las despierta a la idea de que no se puede ser cristiano más que creciendo en la caridad, una caridad que no se paga de palabras, sino que paga con la propia persona. Las necesidades materiales y los sufrimientos humanos tienen un precio a sus ojos; y des­confía de toda persona demasiado presta a hablar de Jesucristo sin que cosa alguna en su comportamiento manifieste lie vi ve del espíritu de Jesucristo.

Si habla más de los sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad, es porque no tenemos de él más que palabras y escritos ocasionales, y porque ellos eran a quienes habitualmente se dirigía. Aunque unos y otros tienen en co­mún el haber consagrado su vida al servicio de Dios y del prójimo, no pone él a ambos en un mismo plano. Para él los sacerdotes —y no solamente los sacerdotes de la Misión-­tienen un papel insustituible en la Iglesia de Dios.

Como sus contemporáneos, vive en una Iglesia que, en la época que sucede al concilio de Trento, se repone del grave desgarrón de la Reforma. Por no haberse sabido re­formar a tiempo, la Iglesia se ha escindido. Hay que aplicar el remedio allí donde se origina el mal: obispos que son grandes señores, sacerdotes inútiles en las cortes principes­cas, o bien pastores ineptos en el campo; régimen de bene­ficios, que da al dinero y al beneplácito del príncipe una par­te abusiva en el reparto de los cargos… y de las rentas. Para reformar verdaderamente la Iglesia, hacen falta buenos obispos y buenos sacerdotes.

Numerosos son los contemporáneos del Señor Vicente que, como él —que da todos los indicios de haber iniciado en Francia el primer seminario— se emplearán en dar bue­nos sacerdotes a la Iglesia. El Señor Olier en San Sulpicio, Bourdoise en San Nicolás du Chardonnet; el cardenal de Bérulle y Monsieur de Condren en el Oratorio; san Juan Eudes en Normandía, todos ellos se aplican por este mismo tiempo a la obra primordial de los seminarios. Pero mientras el Oratorio y San Sulpicio acentúan sobre todo la formación de un sacerdote vuelto hacia Dios, religiosos de Dios (¡aun­que Monsieur Olier era cura párroco!), más todavía que san Juan Eudes, el Señor Vicente forma obispos y sacerdotes misioneros, hombres del todo entregados a lo que era tarea primordial de Jesucristo: «Anunciar el Evangelio a los po­bres». Lo cual exige, por cierto, que sean hombres de Dios, totalmente entregados como Nuestro Señor al beneplácito del Padre. Pero el acento no es el mismo que el de los gran­des maestros de la escuela francesa, de la que, sin embargo, ha tomado mucho, de Bérulle señaladamente. Para él no es la virtud de la religión la que ocupa el primer plano, sino la caridad ardiente, el celo apostólico.

El Señor Vicente saca del Evangelio esta concepción del sacerdote: «Nuestro Señor hizo sacerdotes y les instruyó y formó, y dioles poder para que ellos hiciesen luego a otros: Como el Padre me envió a mí, así os envío yo a voso­tros. Su objeto era hacer por ellos lo que por sí mismo había hecho en su vida, salvar a todas las naciones, instruyéndolas y administrándoles los sacramentos».

Esta concepción exige santidad: «Ahora que somos sacerdotes, estamos obligados a una santidad mayor y a socorrer a más almas. Nadie da lo que no tiene».

«Nuestro Señor formó sacerdotes».

A los que se dedican a ello después de él, hace el santo graves recomendaciones: «No hay nada humano en eso; eso no es la obra de un hombre, es la obra de Dios. Es la prosecución de los quehaceres de Jesucristo, y por eso no puede ahí sino echarlo todo a perder la industria humana, si Dios no interviene. Ni la filosofía, ni la teología, ni los discur­sos obran en las almas; es preciso que Jesucristo inter­venga junto a nosotros, que nosotros estemos junto a él; que nosotros actuemos en él, y él en nosotros». «For­mar sacerdotes no es obra de un día, sino de muchos años».

Si insiste así, es en nombre de una convicción funda­mental: «¡Oh, Señores! ¡Qué cosa tan grande es un sacerdote! De los sacerdotes depende el bien del cristianismo. Pe­ro, ¡Salvador mío! Si un buen sacerdote puede hacer grandes bienes, ¡oh! el mal que trae un sacerdote cuan­do prevarica».

Esta convicción hace que ponga gran cuidado en el dis­cernimiento de las vocaciones, por grande que sea la enver­gadura de la necesidad de auténticos obreros apostólicos: «La mies es mucha, y hay pocos obreros; y aun sabéis que hay gran dificultad en formarlos buenos, y que entre los sujetos que se presentan, pocos son apropia­dos o están dispuestos a llegarlo nunca a ser».

En aquel tiempo, como hoy, se discernían las vocaciones entre los que se presentaban; nada se oye de llamada alguna, dirigida a hombres que hubiesen tenido capacidad, pero no se percataban de ella. Tanta mayor importancia tiene escla­recer esas vocaciones. El punto al que el santo atribuye im­portancia mayor, es la libertad en dar este paso. Se nos ha conservado una carta suya en la que responde a una inter­vención episcopal demasiado insistente. En la última parte de ella escribe: «Siguiendo el consejo de nuestros mayores, hemos op­tado por atenernos a la resolución ya tomada, de no re­cibir a nadie que nos sea presentado por sus parientes amigos, a causa de la experiencia que tenemos, según la cual, pocos son los que llegan de entre los que no lo han pedido ellos mismos, ni vienen por devoción y deseo de darse a Dios».

Desconfía de las vocaciones familiares. Al saber que el hermano de un religioso suyo manifiesta el deseo de entrar en su Compañía, manda hacer una averiguación: «Os ruego me digáis la edad y estudios que tiene, sus cualidades de espíritu, sus disposiciones corporales, en una palabra todo cuanto pueda darnos un conocimien­to suficiente para juzgar si le podemos efectivamente admitir, o más bien dejar para otra vez, y si hemos de traerle aquí o enviarle a Richelieu. Temo le atraiga el pensar en su hermano, o la curiosidad por ver París, ambas cosas a la vez, más que el deseo de renunciar por completo al mundo».

En un tiempo en que una vocación podía traer muchas ventajas al interesado y a su familia, el Señor Vicente se acuerda de sus propios comienzos, y vela tanto más por la pureza de las motivaciones y de las intenciones. Para con las aptitudes es menos riguroso, pues sabe que Dios se com­place en servirse de instrumentos imperfectos, y no todos están hechos para las mismas tareas: «Hacéis muy bien atendiendo a las disposiciones cor­porales y a las cualidades espirituales de los postulantes, escribe a un superior, para que no os hagáis cargo de ninguno, si es posible, que no vaya a llegar. Basta, sin embargo, con que tenga buena salud, un espíritu razonable y una buena intención, aun cuando nada tenga de extraordinario, ni siquiera talento para la predicación. Tenemos tantas otras cosas que hacer, a Dios gracias, que nadie que quiera trabajar estará ocio­so entre nosotros. De las piedras, Dios sabe hacerse hijos de Abraham; y Nuestro Señor, que escogió co­mo discípulos a hombres rudos, hizo de ellos hombres apostólicos, los cuales, sin tener ciencia adquirida ni espíritus elevados, ni gran prestancia, sirvieron con todo de instrumentos a su divino Maestro para con­vertir al mundo. Sean los misioneros muy humildes, muy obedientes, muy mortificados, muy celosos y lle­nos de confianza en Dios, y su divina bondad se servirá de ellos útilmente por doquier, y suplirá a otras cuali­dades que pudieran faltar».

En cuanto al papel propio del sacerdote en la Iglesia, hemos visto ya la insistencia del santo en el Anuncio de la Buena Nueva a los pobres; pero ésta no es únicamente mi­sión del sacerdote; todos los miembros de la Iglesia están llamados a ella; a las señoras de la Caridad, como a las Hijas de la Caridad, no cesa el Señor Vicente de recordarles que no pueden contentarse con la ayuda y el socorro mate­rial, sino que no deben omitir «alguna buena palabra que brote del corazón», para «llevarles a Dios».

La función del sacerdote sitúa a éste más estrictamente aún en el seguimiento de Jesucristo Salvador; y los poderes que le son propios deben permitirle jugar el mismo papel de discernimiento y de reconciliación, o más bien permitir al Señor mismo continuar, por mediación suya, siendo el Sal­vador de todos, y en primer lugar de los pobres.

Ser sacerdote, «tal es la función por excelencia del Hijo de Dios», y es «darse a él para que continúe ejecutando sus designios en nosotros y por nosotros». «Evangelizar a los po­bres es la función por excelencia del Hijo de Dios; y nosotros nos aplicamos a ella como instrumentos por los que el Hijo de Dios continúa haciendo en el cielo lo que hizo en la tierra». «El carácter de los sacerdo­tes es una participación en el sacerdocio eterno del Hijo de Dios. Es un carácter del todo divino e incom­parable, un poder sobre el cuerpo de Jesucristo —sobre su cuerpo natural y sobre su cuerpo místico— y un poder para perdonar los pecados de los hombres». «Estamos constituidos para reconciliar a las almas con Dios, y a los hombres unos con otros».

Una misión semejante exige santidad: «Somos intercesores para reconciliar a los hombres con Dios. Ahora bien, para lograrlo, lo primero que debe­mos hacer es esforzarnos por agradar a Dios. Es pre­ciso que trabajemos por hacer reinar a Dios soberana­mente en nosotros mismos y luego en los demás».

Solamente entonces estamos en situación de ejercer el delicado papel de árbitros que nos corresponde en virtud de un título particular: « Nosotros los sacerdotes estamos obligados a saber cuá­les son las verdaderas luces, ¡para desengañar a quienes caminan en tinieblas, para consolar a las almas agita­das por falsas ilusiones! Y si no lo hacemos somos culpables ante Dios de tantas almas como perecen por culpa nuestra, pues nuestro carácter nos obliga a eso».

Para ilustrar su pensamiento acerca del papel mediador del sacerdote, evoca la imagen bíblica de Moisés con los brazos alzados al cielo en un gesto de súplica. Es en 1655: «Hay guerra en todos los reinos católicos… Guerra por doquier, miseria por doquier. En Francia, ¡la gente sufre! ¡Oh Salvador! ¡Oh Salvador! ¿Qué puede hacer esa pobre gente de las fronteras, presa de estas miserias desde hace veinte años?».

«Decía… ¡qué digo, miserable! Se decía últimamente que Dios aguarda a los sacerdotes para calmar su có­lera; aguarda a que se coloquen entre él y la pobre gente, como Moisés, para obligarle a librarla de los males causados por su ignorancia y sus pecados, y que no sufrirían otra vez, si estuviesen instruidos, y si se trabajase en su conversión. Han de hacer eso los sa­cerdotes. Para eso nos da la pobre gente sus bienes; mientras trabaja, mientras lucha contra la miseria, so­mos Moisés, que debemos elevar las manos continua­mente al cielo por ellos. Somos los responsables, si sufren por su ignorancia y sus pecados; somos los cul­pables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida a instruirles».

El ritmo del pensamiento es muy característico de la mente del santo. Para él, el sacerdote, como Moisés, tiene por misión situarse entre Dios y los hombres; pero mientras que el Moisés de la biblia, en este episodio, se nos presenta como vuelto exclusivamente hacia Dios, el sacerdote debe aquí volverse hacia los hombres para convertirlos, para re­mediar lo que, en ellos, atrae la cólera divina, y por consi­guiente para instruirles antes que nada.

Pero ¿cómo puede hablar de cólera divina, él, que se ma­ravilla de la bondad infinita de Dios? Es que toma en serio ese amor de Dios, y también el pecado que lo desconoce; es para dar a conocer ese amor, para lo que renueva sin cesar el celo apostólico de los sacerdotes. Pero sabe bien lo que desarma la cólera de Dios, y es el amor mismo que nos de­muestra en Jesucristo nuestro Salvador.

Ese amor está en manos de los sacerdotes cuando ofrecen la santa misa, que es «el medio más grande que tenemos de atraernos las bendiciones de Dios».

La misa está en el corazón de la vida y del ministerio de los sacerdotes, y el santo pide para ellos «la gracia de que jamás la ofrezcan por costumbre». «Nosotros los sacerdotes de Dios. Debemos esforzarnos por ofrecer con la mayor perfección que nos sea posible ese sacrificio a Dios, según la voluntad también de Dios, como Nuestro Señor ofreció en la tierra el sa­crificio cruento e incruento de sí mismo al Padre Eter­no; y nosotros, Señores, debemos en la medida de nuestras fuerzas ofrecer nuestros sacrificios al Padre Eterno en ese mismo espíritu que acabo de decir lo hizo Nuestro Señor».

Se muestra aquí el papel insustituible del sacerdote, «al que Jesucristo da todo poder, tanto sobre su cuer­po natural como sobre el místico, el poder de perdonar los pecados, etc. ¡Oh Dios, qué poder! ¡Oh! ¡Qué dig­nidad!».

Pero este poder no es, no redunda en propia ventaja, sino que está al servicio de los hombres; por eso se atiene el Señor Vicente a la costumbre de su Compañía, consis­tente en «no tomar nada de las misas que se nos manda decir». «Hemos recibido de Dios la gracia de instruir y con­vertir a los pueblos; eso nada nos costó, guardémonos de tomar nada de ello».

El sacerdote debe considerarse más bien como humilde ejecutor en la distribución de los sacramentos, cuyo dispen­sador es, y comenzar tomando en serio en su propia vida el ministerio de la reconciliación del que es servidor. Una mañana en que se revestía para decir la santa misa, interrumpiose el santo: «El Evangelio me enseña que al acercarse uno al altar, si se sabe de alguien que abrigue resentimiento contra uno, debe dejar la ofrenda…».

Dejó al instante ornamentos y sacristía y fue en busca de alguien en París de quien sabía abrigaba contra él cierto inmotivado resentimiento.

Recomienda aquello que practica. Da mucha importan­cia a la vida sacramental de las Hijas de la Caridad, especialmente a la confesión y a la comunión. A decir verdad, pien­sa que en general las hermanas no pecan mortalmente; les pide se confiesen sencillamente con su párroco, sin palabre­ría inútil, y se ofrezcan regularmente a la gracia del sacra­mento. En cuanto a la comunión, insiste en su importancia, y la recomienda a los seglares, aun a los jóvenes.

No cree pueda uno disponerse a la comunión mejor co­mulgando de tarde en tarde, y deplora la nefasta influencia del jansenismo en este punto. No hay que dejarse apartar de la comunión, ni por la falta de gusto ni por las penas inte­riores. En un solo punto es de una exigencia absoluta: la desunión con el prójimo: «¡Cómo, hijas mías, ir a la sagrada comunión con la desunión en el corazón, estando en discordia con el prójimo! ¡Oh, lo que hay que guardarse de ello!».

Hay que reconciliarse primero, y no solamente con Dios. El mismo dio ejemplo.

Para completar este capítulo sobre la Iglesia, falta decir una palabra de lo que el Señor Vicente pensaba sobre Nues­tra Señora. Tiene, cuando habla de la Virgen María, la so­briedad y la justeza de expresión del Evangelio.

«La madre de Nuestro Señor permaneció siempre vir­gen y fue casta». «En la tierra, el Hijo de Dios sometió obedientemente su voluntad a la Virgen Santa y a san José». «La Virgen Santa jamás pecó, y sufrió mu­cho; ¿adónde fueron los méritos de sus sufrimientos? A los tesoros de la Iglesia».

Por eso tiene la más simple confianza en la oración a la Madre de Dios. Lo atestigua en la carta más antigua que de él nos ha llegado, cuando relata, en 1607, la aventura de cautiverio en Berbería: «Dios mantuvo siempre viva mi confianza en la libera­ción por las asiduas oraciones que le dirigía a él y a la Virgen María, por cuya sola intercesión creo firme­mente haber sido liberado».

La Virgen Santa es sobre todo para él el modelo del amor de Dios. En las Reglas de las Hijas de la Caridad, co­mienza con estas palabras: «La Compañía de las Hijas de la Caridad se establece para amar a Dios, servirle y honrar a Nuestro Señor su patrón».

Y añade: «y a la Virgen Santa».

No es que ponga a ésta en el mismo plano; por el con­trario, la pone entre las mujeres que seguían a Jesús en el Evangelio; pero es que obraba por el amor y el agrado de Dios: «¿De qué os servirá llevar un caldo, un remedio a los pobres, si el motivo de tal acción no fuese ese amor? Era el motivo de todas las acciones de la Virgen Santa, de las buenas mujeres que servían a los pobres, guiadas por ella y por los Apóstoles».

Como Madre de Dios que era, nada de cuanto descubría en su Hijo desperdiciaba: «De la Virgen Santa se dice que guardaba en su cora­zón las palabras de su Hijo; se llenaba de ellas y luego las meditaba, de suerte que nada perdía de todas sus pláticas. Veis, pues, mis queridas hermanas, si la Vir­gen, que tanta conversación y comunicación tenía con Dios, a la que se descubrían los sagrados misterios y que no perdía la presencia de Dios, si con todas las lu­ces naturales y sobrenaturales que soberanamente la co­locaban por encima de todas las criaturas, no dejaba de guardar cuidadosamente las santas palabras de su Hi­jo, ¿qué no debemos hacer nosotros para conservar en nuestros corazones la unción de esta santa palabra?».

En un tiempo en que ciertos contemporáneos suyos, para exaltar a la Madre de Dios, se entregan a hipérboles, con frecuencia admirables, de otro lado, el Señor Vicente en­cuentra el tono justo para demostrar a la vez lo que ella tie­ne de único y lo cerca que está de nosotros. Quiere él en una ocasión confortar a uno de sus hermanos muy próximo a morir, y le pregunta simplemente: «¿No detestáis con todo vuestro corazón todo lo que es contrario al contento y beneplácito de Dios? ¿No quisierais haberle amado toda vuestra vida, como la Virgen Santa?».

¿Y no nos manifiesta él en esa ocasión su sentir más íntimo?

 

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