Las Constituciones

Francisco Javier Fernández ChentoFormación Vicenciana, Hijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 2001 · Fuente: Ecos 2001.
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Introducción

Desde hace pocos meses, la Compañía entera ha iniciado el recorrido de un camino que la conducirá hasta la Asamblea General del 2003. La finalidad que se propone es revisar las Constituciones a la luz de la inculturación.

La tarea en la que se ha embarcado la Compañía es importante y delicada y, por lo mismo, nada fácil de realizar. Bastaría recordar el tiempo y los sudores empleados para su elaboración. Ese trabajo comenzó en 1968 y se prolongó hasta su aprobación el 2 de febrero de 1983.

El tiempo previsto para la revisión también es amplio, prácticamente tres años. En muchas cartas que he recibido con ocasión de la Navidad, las Hermanas ex­presan su satisfacción por el método propuesto y por cómo lo están poniendo en práctica en las comunidades.

Las reflexiones que hoy les ofrezco conectan con algunas afirmaciones que hace el instrumento de trabajo: las Constituciones son un tesoro a cuidar, un don precioso del Espíritu Santo, una herencia que Dios ha puesto en vuestras manos para administrarla bien y aumentarla. Hablemos, pues, de la importancia de las Constituciones en la vida y misión de las Hijas de la Caridad. Cuanto más conscientes sean de lo que son y de lo que significan las Constituciones mayor será también la ilusión y la responsabilidad que pongan en la tarea emprendida.

Algunas afirmaciones de San Vicente

Entre las conferencias que San Vicente dio a las primeras Hermanas, varias de ellas tienen como tema la explicación y la práctica de los Reglamentos. Las comu­nidades que servían a los pobres en las parroquias, hospitales, hogares de niños, galeras etc. tenían sus Reglamentos respectivos. La finalidad de esos Reglamentos era cohesionar la comunidad y asegurar el servicio a los pobres y la manera de realizarlo.

Más numerosas son aún las conferencias que tratan sobre las Reglas comunes a cuya explicación se dedicó San Vicente desde 1655 a 1658. Gran parte de los conte­nidos de los Reglamentos pasaron a formar parte de las Reglas comunes. Recorde­mos algunas expresiones que utilizaron tanto los Fundadores como algunas Herma­nas refiriéndose a las Reglas y que, con toda propiedad, también se pueden aplicar hoy a las Constituciones. A la pregunta que San Vicente dirige a las Hermanas sobre qué piensan de las Reglas, ellas responden: “Son el camino por el que Dios quiere conducirnos para llegar a la perfección a la que nos quiere llevar”, “el camino por el que llegaremos al cielo”. San Vicente se hace eco de lo que van diciendo las Hermanas y añade: “Esas reglas son conformes con el Evangelio”; “son los senderos por donde quiere conduciros”, “el camino que Dios ha señalado”.

Había algunas Hermanas inclinadas a pensar que el estado de la vida religiosa era más exigente y perfecto que el de la Compañía. La respuesta de San Vicente es que “vuestras reglas son conformes con el Evangelio. Contienen todo lo que nuestro Señor nos ha enseñado de más perfecto”. En dos ocasiones repite a las Hermanas las palabras del Papa reinante, Clemente VIII: “Si me presentan a un religioso que ha guardado sus reglas, no necesito milagros para canonizarlo. Si me demuestran que las ha guardado, eso basta para que lo ponga en el catálogo de los santos”. << Vienen de Dios y tienden todas a Dios”. “Si las observáis, podréis alcanzar la santidad sin ser carmelitas; y sin más vocación que la vuestra, podéis llegar a la perfección”. “Si sois fieles en la práctica de esta forma de vivir, seréis todas buenas cristianas”.

El proyecto evangélico-vicenciano de las Hijas de la Caridad

Parecidas afirmaciones a las de San Vicente, son las que utilizan algunos teó­logos actuales al hablar sobre las Constituciones. Ellas contienen el patrimonio espiritual de una Congregación, es decir, el carisma fundacional, la espiritualidad, la misión, las sanas tradiciones.

Las Constituciones no son el evangelio. Por eso tampoco se les puede atribuir la inspiración divina de la Sagrada Escritura. Pero, según San Vicente, son como un resumen del evangelio acomodado al uso que más necesitamos para unirnos a Jesucristo y responder a sus designios. Contiene la manera propia y original como los fundadores leyeron y comprendieron el evangelio, y cómo concretaron en un proyecto de vida el seguimiento de Cristo en la Compañía.

Las Constituciones tienen como origen y como núcleo central esa manera pe­culiar de descubrir y seguir a Cristo que el Espíritu Santo inspiró a los fundadores: “La Regla de las Hijas de la Caridad es Cristo, al que se proponen imitar bajo los rasgos con que la Escritura lo revela y los Fundadores lo descubren: Adorador del Padre, Servidor de su designio de Amor, Evangelizador de los Pobres”. Podría afirmarse, pues, que el contenido de todos los demás números no es sino la ampliación y plasmación del modo concreto de seguir a ese Cristo propio de las Hijas de la Caridad.

Al presentar el sello de la Compañía, las Constituciones añaden: “La Caridad de Jesucristo Crucificado, que anima e inflama el corazón de la Hija de la Caridad, la apremia a acudir al servicio de todas las miserias”. San Vicente llamaba a las Hermanas “apóstoles de la caridad”, porque con su manera de vida y su misión, estaban llamadas a imitar la caridad de Cristo: “Habéis sido instituidas para honrar la gran caridad de Nuestro Señor” 11.

¿Cómo llevarán a la práctica ese modo de seguir a Cristo? San Vicente respon­de: “Tenéis que atender a los pobres espiritual y corporalmente para honrar la gran caridad de Jesucristo”. Este modo de comprender a Cristo y de continuar su misión configura todo el libro de las Constituciones. Eso es lo que cohesiona todos los capítulos; hacia ello se orienta la vida espiritual, la comunidad, la formación, el gobierno, las obras etc. El nuevo Derecho Canónico dice: “Los religiosos tengan como suprema norma de vida el seguimiento de Cristo, tal como se propone en el evangelio, y tal como se expresa en las Constituciones del propio Instituto”.

Porque el seguimiento de Cristo, al que estamos llamados todos los cristianos, no se realiza de un modo abstracto. Las Hijas de la Caridad concretan ese segui­miento a través del proyecto de vida inspirado por el Espíritu Santo a los fundado­res. Por eso, cuando piden el ingreso en el Seminario, es para vivir el ideal evan­gélico-vicenciano “según las Constituciones” y la confirmación de esa donación al Señor es por unos votos “definidos por las Constituciones”.

Las Constituciones contienen y formulan coherentemente la comprensión que la Compañía tiene de su propia identidad en la Iglesia. Tal identidad se comprende y se expresa en una espiritualidad evangélica-vicenciana, en una manera de asumir y practicar los consejos evangélicos, en una formación orientada al servicio del fin, en una vida fraterna en comunidad para la misión y en una forma de gobierno. Y todo ello para mejor servir a Cristo en los pobres, pues esto es lo que constituye la trama de su vida. De la puesta en práctica de todos estos elementos integran­tes de su identidad se desprenderá el estilo de vida de las Hijas de la Caridad, que no es otra cosa sino la manifestación exterior del espíritu y del fin propios que les caracteriza en la Iglesia.

De todo esto se desprende que las Constituciones están llamadas a ser el libro básico de la espiritualidad de las Hijas de la Caridad, y, por lo mismo, su libro de oración. El método propuesto para la revisión de las Constituciones acierta plena­mente cuando, además del estudio, reflexión y revisión de vida, sugiere orar las Constituciones. Es en la oración donde se asimilarán vivencialmente. Por medio de esos textos, el Espíritu interpela, alienta, suscita sentimientos de alabanza y agra­decimiento, de súplica de perdón, de una fidelidad creciente a la voluntad de Dios expresada en las Constituciones.

No es una exageración afirmar que las Constituciones actuales tienen más valor para las Hijas de la Caridad que los mismos escritos de los fundadores. Porque el carisma que el Espíritu Santo inspiró a San Vicente y a Santa Luisa, y que pasó a ser herencia de la Compañía, se encarnó y se institucionalizó en el contexto espiritual y cultural del siglo XVII francés. Desde entonces ha cambiado ese con­texto. Las actuales Constituciones, además de guardar la fidelidad a la inspiración de los fundadores, han enriquecido las Reglas comunes y las de 1954 con las aportaciones provenientes de la nueva exégesis bíblica, con el progreso de la teología espiritual y moral. Los escritos de los fundadores y las Reglas comunes siguen siendo una fuente de inspiración de la que habrá que seguir bebiendo. Pero las actuales Constituciones -y esperemos que también las renovadas- contienen el proyecto de los fundadores adaptado al hoy de la historia.

Están redactadas apuntando al ideal, a lo que la Compañía está llamada a ser. Con frecuencia la realidad es algo diferente. A pesar de ello, las Constituciones tie­nen que seguir presentando clara y exigentemente el ideal evangélico-vicenciano para que actúe en todas las Hijas de la Caridad como la fuerza atrayente de un imán.

¿Por qué revisar las Constituciones?

La Compañía tiene unas buenas Constituciones. Por este convencimiento que tienen la mayoría de las Hijas de la Caridad, y por lo dicho en el apartado anterior, algunas se preguntan ¿Por qué revisarlas entonces? La respuesta la dio la Madre General en la apertura del Encuentro de las Visitadoras celebrado en Roma durante el mes de mayo: “Cada momento de la historia ha requerido la revitalización del carisma y del espíritu para cumplir mejor su cometido, según lo han ido pidiendo las circunstancias de los tiempos. Durante años y siglos diríamos, la necesidad de la revitalización, aunque siempre presente, exigía un ritmo poco acelerado, porque así lo era también el ritmo de la evolución de la vida en general. Hoy, la experiencia nos indica que la misma evolución rápida de los tiempos, nos obliga a estar alerta para proceder en consecuencia, a fin de que el carisma mantenga su valor primi­tivo”.

Las actuales Constituciones están abiertas a una revisión. Aun siendo buenas, son una obra humana, y como tal, es posible mejorarla. En distintos lugares hablan de la atención que la Compañía debe prestar a las “semillas del Verbo” que contienen las diversas culturas, de la agilidad para responder a las nuevas nece­sidades, de la atención a las realidades socio-culturales de los pueblos, de la continua interpelación de los signos de los tiempos etc.

La última Asamblea General tuvo como tema “la inculturación del carisma en un mundo en mutación”, especialmente en dos aspectos: en el estilo de vida cercano a los pobres y en una vida comunitaria para la misión. Pero el carisma de la Compañía incluye otros elementos, además de esos dos. Era lógico, pues, que casi al finalizar dicha Asamblea, se aprobase una “proposición” que posibilitase la revisión de todas las Constituciones a la luz de la inculturación.

Esta “proposición” aprobada no significa que las actuales Constituciones ya no sean válidas. Es de suponer que está motivada por unos nuevos valores y sensi­bilidades que han surgido de esos cambios rápidos y profundos de la cultura y que pueden asumirse y enriquecer las Constituciones. Y, al mismo tiempo, por la ne­cesidad de reafirmar y afianzar más sólidamente algunos aspectos del carisma que pueden estar amenazados por los contravalores que también se dan en la cultura actual. El título del instrumento de trabajo expresa ya la finalidad que se propone la Compañía: “Revisar para revitalizar”.

Los dos criterios infaltables a la hora de revisar las Constituciones.

Esos dos criterios tendrán que ser los que ya señaló el Concilio Vaticano II al impulsar la renovación de la vida consagrada y de las Constituciones de las res­pectivas congregaciones existentes en la Iglesia: un retorno a la primigenia inspi­ración y, al mismo tiempo, una adaptación a las cambiantes condiciones de los tiempos.

Ambos criterios deben ir juntos. Sólo el primero sería arqueología, mimetismo extratemporal y anquilosamiento en el pasado. Sólo el segundo nos haría estar a merced del cambio y de las modas, con el peligro de desviarse del camino y de perder o diluir la identidad.

Las Constituciones actuales de la Compañía fueron aprobadas el 2 de febrero de 1983. Dicha aprobación equivale al reconocimiento por la Iglesia de que en ellas se ha conseguido esa doble finalidad pedida por el Concilio. Y, al mismo tiempo, que las Hijas de la Caridad pueden estar seguras que, si las cumplen, están siendo fieles a lo que Dios pide hoy a las Compañía. Por ese camino pueden llegar a la perfección de la caridad, a la santidad en definitiva.

Hablando San Vicente a las Hermanas sobre los motivos para ser fieles a la observancia de las Reglas dice: “No son los hombres los que las han inventado; es Dios el que las ha inspirado Finalmente las ha recibido la Iglesia; y esto es una señal muy segura de que son de Dios, como hemos dicho, ya que la Iglesia no aprueba nunca más que lo que viene de Él”.

Es de esperar que las modificaciones que se introduzcan, al final del proceso de revisión, reciban la aprobación de la Iglesia. Ello significaría el reconocimiento y la garantía de que los cambios que se introduzcan también han sido hechos en fidelidad al espíritu original y a las exigencias de este tiempo.

Conclusión

Tomamos con interés y responsabilidad una tarea cuando descubrimos la impor­tancia del asunto que se nos ha confiado. La revisión de las Constituciones a la luz de la inculturación es la tarea más importante que se ha propuesto la Compañía en los tres próximos años.

Antes de llegar al momento de proponer los cambios, se requiere conocer bien y asimilar las actuales. Y, al mismo tiempo, discernir qué valores de la cultura actual pueden enriquecerlas, y cómo afirmar y consolidar aquellos componentes esenciales de la identidad de la Compañía que pueden estar amenazados por los contravalores existentes en esa misma cultura.

Pero hay un requisito previo: ser conscientes de la importancia de las Consti­tuciones como instrumento necesario para la animación de la vida y la misión de las Hijas de la Caridad. De la importancia que se les dé brotará el interés y la ilusión con que cada Hermana se sienta convocada y corresponsable en una revi­sión para una revitalización.

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