La vocación del vicentino dentro de la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Año publicación original: 1990 · Fuente: Ozanam, 1990.
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Publicamos, hoy, en el Boletín, un pequeño resumen, de lo que fue la intervención de los ponentes, sobre el tema de la Asamblea de Castellón. El tema, que sigue pendiente de un estudio en profundidad, se proyectó desarrollarlo en tres fases, claramente di­ferenciadas: la histórica; que comprendía el pensamiento de Ozanam y sus compa­ñeros y los acuerdos de las Asambleas Generales que habían decidido la posición oficial de nuestra Sociedad. La segunda fase era la jurídica en lo referente a la si­tuación actual en España y finalmente se pretendía exponer y debatir, la convenien­cia y necesidad de la existencia de Socie­dades como la nuestra, para los objetivos del Cristianismo.

Lamentablemente, el tiempo del que se disponía para la exposición del tema y pa­ra las intervenciones de los asambleístas era insuficiente y como varios Presidentes provinciales se excedieron en el tiempo que tenían concedido, para informar sobre las actividades de su Consejo, el primer debate, sobre la primera y segunda fase, quedó muy reducido. Un reajuste del pro­grama que se tuvo que hacer a última ho­ra, impidió que se pudiera exponer a la Asamblea la última fase del tema; por lo que los asambleístas, se fueron con la im­presión de que, el tema apenas se había planteado.

Por suerte, las intervenciones, primero del Asesor Religioso del Consejo Nacio­nal, Padre Teodoro Barquín C.M. y, el do­mingo, del Excmo. Sr. Obispo de Caste­llón, Dr. José Mª Cases (publicadas en los Boletines precedentes) dieron un impor­tante contenido doctrinal a la Asamblea, aunque no fuera en la forma, como estaba, en principio, prevista.

Antes de empezar la exposición, el Pre­sidente Nacional hizo la presentación de los ponentes. La primera fase, fue expues­ta por el Presidente provincial de Barcelo­na y Secretario del Consejo Nacional y la segunda, por Ramón Mª de Veciana, vi­centino, hijo, nieto y padre de vicentinos, Doctor en Derecho y ex catedrático de Derecho Canónico, en la Universidad de Barcelona. Su intervención, fundamental­mente técnica, puso de manifiesto, la ne­cesidad de prestar más atención, a diver­sos aspectos jurídicos de nuestra Sociedad a lo que, el Presidente Nacional, prometió prestar el máximo interés. Por ser un tema que compete sólo a los responsables de los Consejos, no nos ha parecido necesa­rio reproducirlo en este pequeño resumen.

En el aspecto histórico, la ponencia pre­sentó una recopilación de fragmentos de las cartas de Federico Ozanam, en los que manifiesta sus intenciones para la naciente Sociedad, así como, las de sus compañe­ros y también las discrepancias que, desde el primer momento, se pusieron de mani­fiesto.

Ozanam tiene muy claro lo que, los hombres cristianos de su época, deberían de estar haciendo para regenerar la socie­dad civil. Cuando el tiene sólo veintiún años, escribe a su primo Ernesto Falcon­net, en estos términos (carta 77): “Ahora bien, nosotros somos’ demasiado jóvenes para intervenir en la lucha social. ¿Permaneceremos inertes en medio del mundo que sufre y que gime? No, nos está abierta una vía preparatoria: antes de hacer el bien público, podemos hacer el bien de algunos; antes de regenerar Francia, po­demos aliviar a alguno de sus pobres. Así quisiera que todos los jóvenes, de cabeza y de corazón, se unieran para alguna obra caritativa, y que se formase por todo el país, una asociación generosa, para el cui­dado de las clases populares…”

Cuando Ozanam escribe esto, la Confe­rencia ya tiene un ario de vida y se reúnen bajo la presidencia de un sacerdote; pero, el concepto de “avanzadilla” de la Iglesia ya está en ellos, según se deduce del siguiente párrafo de la carta que manda a Leoncio Curnier, el día 23 de Febrero de 1835, refiriéndose al abordaje que, los vicentinos hacen a la humanidad doliente, dice:

“Quizá se asuste de nosotros; tratemos de sondear sus llagas y de verter en ellas acei­te, hagamos sonar en sus oídos palabras de consuelo y de paz; y después, cuando sus ojos se hayan abierto, pongámosle en ma­nos de quienes Dios ha constituido en guar­dianes y médicos de las almas, que son también, de alguna manera, nuestros hotele­ros en el peregrinaje de aquí abajo…”

Está claro que, en el pensamiento de aquellos jóvenes, hay mucho más que el ha­cer unas limitadas obras de “caridad” Hay todo un plan de vida, de vida entregada.

A este proyecto quiere invitar Ozanam a todos los cristianos, así lo comunica a Fernando Velay el día 25 de mayo de 1835. “El porvenir es bien sombrío, el suelo en el que caminamos bien fangoso; es hora de cerrar filas, de darnos la mano y de sostenemos los unos a los otros. Amigos cristianos, estemos unidos, sea­mos fuertes, seamos generosos; esforcé­monos para que el barro donde pisamos, no nos salpique por encima de nuestros pies; que nuestros corazones y nuestras frentes permanezcan puros, y que camine­mos por un terreno más elevado, más be­llo, más fértil, y que conduzcamos a él, a los que vienen detrás de nosotros.

“Perdóname mi querido Velay, mis puntos de exclamación, incluso las pro­pias exclamaciones; pero encuentro que entre nosotros los católicos no hay bastan­te energía, tampoco bastante unión, y que, permaneciendo así, no podremos hacer nada para mejorar nuestro siglo y nuestro país. Hay que hacer una gran cruzada in­telectual y moral, y dejar atrás las misera­bles querellas de la política. No hay que tener más que tres palabras sobre la ban­dera: Dios, la Iglesia, la Humanidad…”

Con el tiempo parece que su idea se va ampliando y así, el 8 de agosto de 1837, le dice a Leoncio Curnier (carta 142).

“Por esta razón hemos querido fundar en París nuestra pequeña Sociedad de San Vi­cente de Paúl, y por eso, quizá, es por lo que el Cielo ha querido bendecirla. Tú ve­rás, en la circular que te acompaño, que la Sociedad en París dirige a las Conferencias establecidas en Provincias, y esto es lo que estoy encargado de transmitirte. Verás que, bajo los auspicios de nuestro humilde e ilustre Patrón, se han reunido ya en la capi­tal 220 jóvenes y que la Obra ha mandado colonias bien lejos: a Roma, Nantes, Ren­nes, Lyon… Aquí en particular, nuestras intenciones prosperan y se realizan: somos más de 30, el dinero no nos falta y la bene­volencia de las autoridades eclesiásticas, después de algunos ligeros nubarrones, se nos ha mostrado en toda su plenitud. Verás que en París se quiere aglutinar esa fede­ración de hombres de buena voluntad, es­tableciendo entre ellos relaciones regula­res, a fin de que se conozcan, se alienten, se sostengan mutuamente por la fuerza del ejemplo y por la fuerza de la oración…”

Evidentemente se está haciendo desde la Sociedad, un planteamiento muy liberal por lo que no es de extrañar que, unos meses después (17-5-38) en su nueva car­ta al secretaria general, le diga (175):

“[…] No hay que hacerse ilusiones, la Sociedad ha encontrado desconfianzas en todas partes. Si en Lyon nunca ha incurri­do en la censura de la autoridad eclesiásti­ca, si incluso algunos venerables sacerdo­tes la han alentado, no ha dejado de ser objeto de vejaciones de muchos seglares, de los grandes bonetes de la ortodoxia… No podrías creer las mezquindades, las vi­llanías, las argucias, las ofrendas que esas gentes, con la mejor fe del mundo, han usado contra nosotros. Los más distingui­dos han sido arrastrados por la multitud, y hemos tenido que sufrir mucho, incluso de los que nos quieren…”

La posición definitiva de nuestra Socie­dad la comunica Ozanam al secretario ge­neral el día 11 de agosto de 1838, en estos términos (carta 182):

“Mi querido amigo: En primer lugar debo escribir como Presidente de la So­ciedad de San Vicente de Paúl de Lyon al Secretario General, para darle cuenta de las actividades del Consejo de Dirección. Intérprete de varias opiniones que nunca he compartido, debo ser breve para per­manecer imparcial.”

A continuación de nuestra última asam­blea general del 13 de julio, se manifesta­ron diversas inquietudes en el seno de la Sociedad; yo pensé que debía convocar al Consejo. Algunos miembros se quejaban de que muchos no asistían a las reuniones religiosas; pensaban que debía estimularse la piedad y el espíritu de fraternidad, para evitar que nuestras Conferencias degene­rasen en oficinas de beneficencia. Otros, por el contrario se alarmaban por algunos actos de protección eclesiástica, que les parecían usurpaciones y que podían asimi­lar la Sociedad a algunas congregaciones religiosas, loables, sin duda, desde todos los puntos de vista, pero totalmente distin­tas en su fin. No faltaban quienes mani­festaban, a la vez, estas dos clases de aprensiones y reclamaban un conjunto de medidas capaz de dar a nuestra obra un carácter al mismo tiempo, profundamente cristiano y totalmente laico.

“En tres semanas se han celebrado cua­tro reuniones del Consejo y puedo atesti­guar que nunca las ha habido tan serias, tanto por la elección de los miembros que la componían, como por la doble prepara­ción de la reflexión y de la oración, así co­mo, por la franqueza de las discusiones y por la viva caridad que no ha dejado de reinar en ellas. Sin entrar en el detalle de las alegaciones presentadas por una y otra parte, voy a referirme solamente a las de­cisiones resultantes.”

“A partir de la próxima asamblea gene­ral, la presidencia efectiva de la reunión se­rá ejercida, no por el Sr. Cura Párroco de San Pedro, sino por el Presidente de la So­ciedad. El proceso verbal se expresará en estos términos: El Sr. Cura honra la reunión con su presencia. Se buscará un local a ser posible entre las dos Parroquias, de San Pe­dro y de San Francisco, para evitar el incon­veniente de reunirnos en una sacristía.”

Son ciertamente decisiones históricas que en las Asambleas generales celebra­das por nuestra Sociedad inmediatamente después de Dublín, quedaron actualizadas al aprobarse el preámbulo de nuestro re­glamento actual.

Quedó pendiente de exponer y conse­cuentemente de debatir, en nuestra asam­blea de Castellón, el porqué de este perma­nente interés de nuestra Sociedad, de man­tenerse “independiente de la organización clerical” (preámbulo del reglamento, capí­tulo IV). Sus ventajas y sus inconvenientes.

Felizmente, un nuevo documento ponti­ficio, la Encíclica Centesimus annus, ha venido a reforzar las tesis defendidas siempre por la mayoría de miembros de nuestra Sociedad.

Efectivamente; la nueva encíclica, que fue muy comentada en la Asamblea, tanto por su apretado contenido doctrinal, como por su lenguaje, conciso y práctico; pone de manifiesto la necesidad de contar con todos los hombre de buena voluntad, para conseguir una serie de objetivos, descritos en la propia encíclica, que, los católicos solos, no podemos realizar, y estos objeti­vos coinciden, en gran parte, con los que Ozanam deseaba realizar en su tiempo.

Concretamente, al final del punto 25 de la Encíclica, podemos leer: “El reino de Dios, presente en el mundo sin ser del mundo, ilumina el orden de la sociedad humana, mientras que las energías de la gracia lo penetran y vivifican. Así percibe mejor las exigencias de una sociedad dig­na del hombre; se corrigen las desviacio­nes y se corrobora el ánimo para obrar el bien. A esta labor de animación evangéli­ca de las realidades humanas están lla­mados, junto con todos los hombres de buena voluntad, todos los cristianos y de manera especial los seglares”.

En la Sociedad de San Vicente de Paúl, estamos para ayudarnos, unos a otros, a perfeccionarnos en el amor, para lo cual, previamente, nos hemos de perfeccionar en la justicia y, cuando hablamos de justi­cia, no hemos de pensar en la legalidad vi­gente según las leyes de los hombres, (in­justas muchas de ellas), sino en los princi­pios de la justicia según Dios, narrados en el Antiguo Testamento, principalmente en el Levítico, y que Cristo dejó muy claro que no los venía a suprimir (Mt 5, 17-20), sino que los venía a perfeccionar con el nuevo mandamiento del Amor. La nueva encíclica dedica muchas páginas a matizar aspectos de esa justicia y por ello la Asamblea acordó recomendar a todos los Vicentinos su lectura minuciosa.

Con estos principios de justicia y de amor, hemos de intentar vivir todos los as­pectos de nuestra vida y no solamente no resulta fácil, sino que resulta, prácticamen­te, imposible su aplicación, en muchos as­pectos profesionales, en los que el mundo ha establecido unas reglas de juego incom­patibles con ellos. De ahí nace la necesidad de incorporar la problemática de cada una de las actividades profesionales, que cada uno de nosotros tenga, a las actividades de todos los grupos de apoyo para mejorar la vida de cada cristiano y, en nuestro caso, a la vida de la Conferencia, para ayudarnos a hacerlas más justas en un sentido Levítico, o aplicando la moderna doctrina social de la Iglesia. Evidentemente estoy proponien­do una aplicación de las actividades que, en la práctica ahora realizamos; pero que entra de lleno en el objetivo fundamental de nuestra Sociedad y para poder incorpo­rar plenamente en estas actividades a todos los hombres de buena voluntad que lo de­seen, es por lo que resulta imprescindible nuestra independencia jurídica de la Igle­sia; porque en este terreno podemos avan­zar mucho todos juntos, independiente­mente de los dogmas en que creamos.

No hay ninguna duda en que las res­ponsabilidades en materia profesional, po­lítica o familiar, nos competen exclusiva­mente a los seglares y nosotros somos los que hemos de tomar las decisiones, con todos los asesoramientos que creamos ne­cesarios; pero hemos de demostrar nuestra total madurez como cristianos.

Esto es lo que, como ponente, me hu­biera gustado que debatiéramos entre to­dos en la asamblea de Castellón, os dejo aquí la constancia de mi punto de vista y espero que tengamos una nueva oportuni­dad para hacerlo.

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