La Visitación. El Magníficat

Francisco Javier Fernández ChentoVirgen MaríaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Vicente de Dios, C.M. · Año publicación original: 1986.
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1

Después de haber oído al ángel que Isabel había concebido por el poder y la misericordia de Dios, María decide prestarle sus servicios y «se pone en camino a toda prisa hacia la región montañosa de Judá», donde estaba la aldea de Isabel y Zacarías, no lejos de Jerusalén.

«Y en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó con gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo y, exclamando con gran voz, dijo:

¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

¡Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!» (Lc 1, 39-45).

Sabemos que los cánticos que los evangelios ponen en boca de María, de Zacarías, de Simeón (los cánticos del Magnificat, del Benedictus, del Nunc dimittis) eran originariamente him­nos de comunidades cristianas primitivas que proclamaban la obra salvadora de Dios en favor de los más pobres.

Los evangelistas no conceden demasiada importancia a la reprodución exacta de las palabras que en realidad fueron dichas en los sucesos que nos trasmiten. Lo que les importa son palabras que puedan condensar el significado real de los suce­sos y esas palabras las encontraban a veces y las tomaban de los himnos litúrgicos de las primeras comunidades cristianas.

Eso ocurrió también seguramente con las palabras que Lucas pone en labios de Isabel.

Cuando ella dice «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!», parece estar empleando el lenguaje de una comunidad cristiana que ya expresaba su reverencia para con la Madre de Dios cantando himnos en su honor.

«¡Bendito seas tú…, bendito sea Dios!» pueden ser las pala­bras iniciales de un himno para saludar a quienes habían contribuido de modo extraordinario a la salvación de Israel, como fue el caso por ejemplo de Judit (Jud 13, 18) y como empezaba a serlo el caso de María en el preciso momento en que Isabel se dirige a ella «exclamando con gran voz» (Lc 1, 42).

Y a ambas se las pudo alabar por su gran fe (cf. Jud 8, 11-27; 9, 1-14). Por eso las palabras más importantes de Isabel son las últimas: «¡Bendita tú que has creído, porque lo que ha dicho el Señor se cumplirá!» (Lc 1, 45).

Es la primera bienaventuranza del evangelio, una doble bienaventuranza: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre» y «bendita tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».

Bienaventurada referida a la virgen madre desde luego, pero acentuada al referirse a la virgen creyente. Isabel la elogia porque Dios la ha escogido para madre y porque ella ha respondido sobre todo con fe.

Bienaventuranza que impresiona por la armonía del retrato que hace Isabel de María como «la que ha creído», con el retrato que harán luego Marcos y Lucas de la misma María como «la que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica».

Y toda la escena de la visitación está llena de gozo: el gozo del niño que salta en el seno de Isabel, la euforia de Isabel que canta con gran ‘Voz, la alegría incontenible de María que prorrumpe en el Magnificat.

2

Hemos leído muchas veces el Magnificat, lo hemos rezado, lo hemos cantado. Evidentemente no lo dijo María al pie de la letra, pero sí lo cantó con todo su ser y todo su existir. Fue el evangelista Lucas quien lo adaptó, a partir de «un himno que celebraba la Redención, por parte de Dios, de los humildes y los pobres, compuesto en la Iglesia judeo-cristiana y aplicado con posterioridad a María» (McHuhg, o. c., p. 129).

Se compone de dos amplias estrofas, con cinco versículos del evangelio en cada una:

— La primera estrofa canta la grandeza de Dios que ha puesto los ojos en su esclava María y alcanza con su misericor­dia a las generaciones todas que lo temen.

— La segunda estrofa canta la grandeza de «los pequeños», a quienes Dios auxilia con la fuerza de su brazo, realizando con ello las promesas hechas a Abraham y sus descendientes.

Es un himno maravilloso que navega como un barco sobre las aguas profundas de la contemplación y entre el oleaje del compromiso existencial:

1. En primer lugar el Magnificat es un canto contemplativo de alabanza. María se hace canto de oración y canto de alabanza y canto de gratitud. Toda su persona se concentra en Aquel que se ha hecho presencia personal en el centro, en el fondo y en la totalidad de su persona; y la experiencia es tan intensa y pletórica que desborda su interioridad y prorrumpe en la expre­sión de la proclamación. Ella se siente alabanza de Dios y se canta para él como sumisión y reconocimiento, como derrama­miento de gratitud y servicio (cf. Miguel Rubio, «María de Nazaret, mujer, creyente, signo», Narcea, Madrid 1981, p. 65; Javier Pikaza, «El Magnificat, canto de liberación», en «Misión Abierta», abril 1976, Madrid, p. 45).

2. Pero María, además, al fijarse en su pequeñez se siente solidaria de todos los pequeños, interlocutora de los pobres, «voz de los que no tienen voz». Y así nos encontramos de lleno metidos en el ámbito de salvación propio de los «pobres de Yahvé», de los desheredados del mundo, de los pobres de dinero pero ricos de espíritu:

— «Viven una realidad sociológica de pobreza efectiva, de indigencia económica, de carencia de bienes elementales que los coloca en una situación vital de precariedad y dependencia, e incluso de opresión y explotación, de desgracia y humilla­ción…».

— Pero, ante esta situación deprimente, adoptan «una actitud humano-religiosa de apertura y confianza en Dios, de disponibilidad y abandono a su acción generosa y gratuita, ya que él es el único de quien pueden esperarlo todo; carecen de toda seguridad y certeza pero apuestan por Dios a fondo perdi­do; su carencia absoluta les impide toda cerrazón, todo orgullo, toda autosuficiencia, pero precisamente por eso les es constitu­tiva la necesidad de apertura y esperanza incondicional a la acción salvadora de Dios… Personifican a los «incondicionales» a la buena noticia de la salvación y a su servicio» (Miguel Rubio, o. c., p. 68).

Entre esos pobres del Señor llenos de espíritu sobresale la virgen María.

3

El Magníficat, pues, nos da una imagen de María vigente ya en la Iglesia del principio y con el relieve acrecentado en nuestro tiempo. Una imagen de María en la que

— la profunda actitud religiosa de contemplación

— desemboca en el compromiso de la acción liberadora.

Pablo VI, en el n.° 37 de su exhortación apostólica «Maria­lis Cultus» nos lo enseña de manera clara:

La debida lectura de la Biblia, dice, «nos llevará a descubrir que María puede muy bien ser tomada como modelo de algo que están anhelando los hombres de nuestro tiempo…

«comprobaremos con grata sorpresa que María de Nazaret, aún habiéndose abandonado a la voluntad del Señor, fue algo del todo distinto a una mujer pasivamente sumisa o de religiosidad alienante, sino que, todo lo contrario, fue una mujer que no dudó en proclamar que Dios es vindicador de los humildes y de los oprimidos y derriba de sus tronos a los poderosos del mundo (Lc 1, 51-53);

«reconoceremos en María, que «sobresale entre los humil­des y pobres del Señor» (LG 55), a una mujer fuerte que conoció la pobreza y el sufrimiento, la huida y el exilio (cf. Mt 2, 13-23), situaciones éstas que no pueden escapar a la atención de quien quiere secundar con espíritu evangélico las energías liberado­ras del hombre y de la sociedad…

«Aparece claro así que la figura de la Virgen no defrauda esperanza alguna profunda de los hombres de nuestro tiempo y les ofrece el modelo perfecto del discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y temporal, pero peregrino diligente hacia la celeste y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado, pero sobre todo testigo activo del amor que edifica a Cristo en los corazones».

El Magníficat, pues, plantea con toda claridad desde los orígenes de Jesús la trayectoria que ha de seguir el cristianismo si quiere ser depositario de las promesas de Dios. Liberar al pueblo desposeído y a los pobres de este mundo es norma fundamental de la Iglesia, es ley del cristiano, es la esencia misma de la fe en Cristo el Salvador. Quien pretende interpretar el cántico de María desde una pura visión espiritualista, traicio­na la fe en Cristo que dice confesar.

Es bien admirable, y tiene que significar mucho para los cristianos, que una mujer pobre y humilde, una mujer de pueblo, en su primera salida misionera por decirlo así, aparezca llevando esta bandera de libertad y liberación. Una mujer como las mujeres de todos los tiempos, mayoritariamente utilizadas y vejadas. Una mujer como los pobres de siempre, trabajadores, hambrientos e impotentes. A esta mujer Dios le promete un Salvador nada neutral y ella va por ahí prometiéndoselo a todos los que son como ella y a todos los que quieren parecerse a ella. Para que no se resignen. Para que no acepten la injusticia ni justifiquen la desigualdad. Para que se apunten a la larga marcha de liberar a la humanidad de todas las esclavi­tudes que le impiden el crecimiento y la felicidad. María se adelanta a su Hijo porque tiene su mismo Espíritu, el Espíritu Santo que a El lo ungió para llevar esta Buena Nueva a los pobres y que quiere encendernos a todos en su mismo fuego. Vayamos con la misma urgencia, gozo y esperanza que María, aunque la espada empiece a hundirse y en el horizonte se levante la cruz.

4

La Medalla Milagrosa, que es auténticamente cristiana, es un mensaje para todo el pueblo, pero es un mensaje sobre todo para el pueblo pobre:

— En primer lugar María Milagrosa se aparece a una mucha­cha de pueblo, a una campesina sin brillo alguna en lo humano: ni bella, ni ilustrada, ni sobresaliente. Era, eso sí, trabajadora y eficaz, lista y sagaz, vivía el silencio y la oración, se identificaba con los valores del pueblo sencillo. Imitando al Señor, que la eligió a ella, también María elige a personas aparentemente inadecuadas para llevar adelante sus designios salvíficos; y esas personas lo harán muy bien, porque, en su debilidad, se deja­rán llenar del poder de Dios.

— En segundo lugar la Virgen Milagrosa entrega al mundo una medalla, es decir, un signo pobre, aparentemente irracional e irrisorio. La Medalla Milagrosa ha sido frecuentemente eso: un signo irracional e irrisorio sin caso para los que se creen muy sabios y entendidos. Pero nunca lo ha sido para los humildes a quienes Dios revela con preferencia su misterio. Ellos encuen­tran en la medalla el libro que sí pueden leer, la escritura que sí saben descifrar, el mensaje que la Virgen les hace entender de la misma manera que Jesús se hacía entender de sus apóstoles: por parábolas y signos. «A vosotros se os han dado a conocer los misterios del Reino, no así a los pretendidos sabios; porque a quien tenga se le dará y le sobrará, pero a quien no tenga aun lo que tiene le será quitado. Por eso les hablo en parábolas: porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden» (Mt 13, 1 1-1 3 ).

— En tercer lugar, la Medalla Milagrosa viene al mundo cuando algunos de esos «sabios» y «entendidos» proclaman la superioridad de la razón humana incluso sobre Dios, producto, según ellos, de las fuerzas ya superadas que aún persisten en los ignorantes. La ignorancia, también según ellos, se identifica con el pueblo humilde que aún pisa las iglesias y reza sus oraciones. Pero ese pueblo, retraído entonces ante el alarde de los racionalismos de los siglos XVII y XVIII, se echa a la calle todo gozoso con la Medalla Milagrosa, y se inicia un renaci­miento de eso que hoy llamamos religiosidad popular, que siempre tendrá que ser purificada, pero que contiene valores superiores a los de cualquier otra religiosidad. Y esa religiosidad del pueblo cuenta siempre con la figura de la Virgen, no porque la coloque por encima de su Hijo, que no lo hace, ni de modo que la Virgen oscurezca a su Hijo, pues ella está para mostrarlo; sino porque esa Virgen expresa inequívocamente todo lo que el pueblo pide, recibe y da a Dios, que es lo mejor de sí mismo. Una mujer también de pueblo, llena de gracia por la sola gracia de Dios, de vida oculta, esclava del Señor, que proclama a todos los vientos que, a pesar de las apariencias, el Señor colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ahítos, y que por eso se alegra en el Señor.

— Finalmente es de justicia recordar que Santa Catalina Labouré, la vidente de la Milagrosa en sus apariciones, era Hija de la Caridad y que la Virgen Milagrosa conversó con ella de las dos familias de San Vicente de Paúl —Hijas de la Caridad y Sacerdotes de la Misión—, cuyo fin es la evangelización de los pobres. La Medalla Milagrosa les ha servido de instrumento eficacísimo en esa evangelización, que San Vicente entendía de una manera total: no sólo predicar, sino sacar al pobre de su postración religiosa, económica y social para elevarlo a una vida digna de los hijos de Dios.

La Medalla Milagrosa nos recuerda a todos directamente el mensaje del Magnificat, que es el mismo mensaje de libertad y liberación que Cristo nos trajo.

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