La virtud de la Mansedumbre

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Author: Noel Mojica García, C.M. · Year of first publication: 2005 · Source: Vincentiana, Julio - Diciembre de 2005.
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I. Situación actual

La vivencia de la mansedumbre se inscribe en la vivencia de la Paz. Y la paz ha exigido siempre grandes esfuerzos a lo largo de la historia, con resultados pobres. Juan Pablo II en su mensaje para la Jornada de la Paz de este año 2005, constata que «estamos en una batalla larga y dura del bien contra el mal». El panorama es dramá­tico: «Enfrentamientos fratricidas en varias partes, sufrimientos indecibles e injusticias… Solo hay una opción: detestar el mal con horror y adherirse al bien… La paz es bien para las personas, las familias, las naciones, la humanidad». El mal pasa por la libertad humana, tiene un rostro y un nombre concretos: hombres y muje­res que libremente lo eligen… El mal es «un trágico huir de las exi­gencias del amor». El bien moral nace del amor, se manifiesta como amor, y se orienta al amor». Es lo que expresa hermosamente San Pablo a los Romanos y que inspira el mensaje del Papa: «Si tu ene­migo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber… no te dejes vencer por el mal, antes bien, VENCE EL MAL CON EL BIEN» (Rom. 12,20-21). «No se supera el mal con el mal. Quien así obra, se deja vencer por el mal». Anota el Papa que toda la humanidad nece­sita urgentemente tener en cuenta el patrimonio común de valores morales recibidos como don de Dios… y asumir el compromiso cons­tante y responsable de respetar y promover la vida de las personas y los pueblos. El bien común tiene una dimensión trascendente, por­que Dios es el último fin de sus criaturas. Somos familia humana, tenemos una «ciudadanía mundial», todos somos responsables del bien común, pero las autoridades políticas y la comunidad interna­cional, cada una en su nivel, tienen una responsabilidad especial, para afrontar los males contra la paz.

Nos exhorta Juan Pablo a cultivar esa «esperanza indómita», propia del cristiano, para «promover la justicia y la paz», «con las armas del amor». «El amor es la única fuerza capaz de llevar a la perfección personal y social… y de hacer avanzar la historia hacia el bien y la paz». El Papa Juan Pablo II gritó hasta su muerte: «¡¡¡Nunca más la guerra que mata hermanos!!!», a pesar de que no era escu­chado. Es el mismo grito de Cristo al morir en la Cruz: triunfo del Amor que da Vida. Los hombres hoy seguimos buscando la guerra en que nos matamos nosotros mismos, porque no sabemos lo que hace­mos y porque no creemos de verdad en Jesucristo. No le permitimos a Él que entre más en nuestro corazón y nos dé la luz y la fuerza para barrer tanta basura de egoísmo y violencia que cada uno de nosotros lleva dentro. Esta basura nos obscurece no solo el pano­rama del mundo externo a nosotros, sino, sobre todo el hermoso panorama del Reino de Dios que puede ir creciendo, día a día, en nuestro propio corazón, cuando nos dejamos iluminar y liberar por Jesucristo.

II. La visión de San Vicente sobre la Mansedumbre

El P. Robert P. Maloney en su estudio sobre las virtudes de nues­tro espíritu, después de presentar la doctrina de San Vicente sobre la mansedumbre, nos recuerda que el motivo fundamental para vivir la mansedumbre es el ejemplo de Jesucristo y la fuerza de su Amor sal­vador. Jesús no solo es modelo de mansedumbre, es, sobre todo, Amor Salvador para cada uno de nosotros. La virtud de la manse­dumbre está, para San Vicente, íntimamente ligada al Amor de Jesús que nos quiere salvar. La salvación de Jesús es un proceso histórico, progresivo, lento, tanto a nivel personal individual, como eclesial. La existencia del mal en nosotros y en el mundo y la conciencia de sus raíces históricas, nos ayuda a tomar más conciencia de la necesidad que tenemos de ese JESUCRISTO que se hizo historia de salvación, al hacerse hombre, morir en la Cruz y resucitar por amor a nosotros. Necesitamos, en medio de nuestras luchas diarias, escuchar una y otra vez, la invitación de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis fati­gados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt. 11,28-30).

La sabiduría práctica de San Vicente sobre la Mansedumbre, aprendida de Jesús, es hermosamente presentada por el P. Maloney, bajo cuatro formas importantes para hoy. Solo las enuncio:

a) La mansedumbre implica la habilidad de controlar posi­tivamente la ira.

b) La mansedumbre implica cercanía, dulzura, cualidades especialmente importantes en los ministros.

c)   La mansedumbre implica la habilidad de tolerar las ofen­sas con perdón y coraje.

d) Construir la paz. Especialmente hoy: testimoniar la dul­zura de Jesús, proclamar el Reino de la paz, la educación para la paz, la promoción de la justicia y del desarrollo.

Estas cuatro formas se implican entre sí y se unifican en razón de la unidad de cada persona que vive la mansedumbre, como tam­bién en la unidad de la Persona misma de Jesucristo, raíz y fuente de la auténtica mansedumbre del Cristiano y del Vicentino.

Creo útil estudiar la mansedumbre de Jesús, al menos en algunos pasajes de su vida tan rica, con la ayuda de Augusto Jorge Cury, cien­tífico, investigador, sicólogo-siquiatra, que ha tenido la bella inicia­tiva de estudiar científicamente la inteligencia de Cristo, su emoción, su vida, su amor. Son esfuerzos humanos muy provechosos para nuestro caminar humano personal con Jesucristo. Jesús nos sigue enseñando hoy cómo vivir concretamente la mansedumbre.

III. La Mansedumbre de Jesús y la nuestra

La actitud general de Jesús con sus discípulos, con todos los judíos y con nosotros hoy, es la del «sembrador»: siembra «semillas» en las mentes y en los corazones… Jesús sabe que se demorarán en germinar: semillas de libertad y responsabilidad, de capacidad de ablandar la ira, la envidia, el odio, el miedo, el orgullo. Nos va abriendo poco a poco la capacidad para conocernos a nosotros mis­mos, reconocer los propios límites y levantarnos de las caídas. Nos enseña a no depender de lo que otros hagan o piensen de nosotros. Ante una cúpula judía orgullosa, rígida, moralista, Jesús se presenta sencillo, sin apariencias, cercano y amigo de los pobres, de los peca­dores, las prostitutas, los marginados. Pero a la vez es admirable por sus enseñanzas, sus obras y milagros. No tiene miedo de decir lo que piensa de los fariseos, ni de criticar a los jefes del pueblo. Perturba a los sabios de Israel con sus sabias respuestas. Unos lo admiran pero la mayoría de ellos lo consideran como su enemigo y lo quieren matar. Pero Jesús no tiene miedo de la muerte, al contrario, camina hacia ella impulsado por el amor al Padre y el amor a los seres humanos. Les expone su sabiduría para impulsarlos a pensaryaser correctos en sus vidas, y sobre todo, los perdona y los ama incondi­cionalmente.

Les enseña a pensar antes de reaccionar. Los fariseos le presen­tan una mujer sorprendida en adulterio. Preguntan a Jesús: Moisés nos mandó apedrear a las adúlteras. ¿Tú qué dices? — Jesús, callado, escribe en la arena. — Ellos insisten. Jesús les responde: «El que esté sin pecado que le tire la primera piedra». Y sigue escribiendo en la arena. Ellos se van retirando empezando por los más viejos… A ella le pregunta: ¿nadie te condenó? — ¡Ninguno, Señor! Y Jesús le dice: «Yo tampoco te condeno. Anda, no peques más». Jesús enseña a los suyos y también a los fariseos, a ser libres de prejuicios y violencias, a aprender a caminar dentro de su ser interior, a reconocer las pro­pias fallas, a «sacar primero la viga del propio ojo, para poder ver bien y sacar la pajita del ojo ajeno». Los mismos fariseos escucharon y acogieron la sabiduría de Jesús: soltaron las piedras y se retiraron. Y con la adúltera, la mansedumbre de Jesús es clara: ¡cercanía de amor, «No te condeno», levántate de tus caídas, tú vales mucho! Construcción de la paz al interior de los fariseos, de la mujer, y entre todos ellos.

La purificación del Templo

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado… Los judíos le replicaron: ¿qué señal nos muestras para obrar así? — Jesús les respondió: «Destruid este Templo y en tres días lo levantaré… El hablaba del Templo de su cuerpo» (Jo. 2,13-22). Toma posesión del «Templo de su Padre» y expulsa a los vendedores que lo han profanado. Jesús revela su Proyecto: el templo físico cons­truido hace tanto tiempo es trasladado ahora al interior del hombre Jesús: «¡Destruyan este templo y yo lo reconstruiré en tres días!». Con su muerte y resurrección, Jesús abre el camino para que cada hom­bre sea en adelante el nuevo «Templo de Dios». El arquitecto del Uni­verso de billones de galaxias, se hace tan pequeño, que viene a habitar en una criatura humana tan pequeña. Es el sueño de Jesús, Él lo comienza, y nosotros estamos llamados a hacerlo realidad en cada uno de nosotros y en los demás. Todavía cultivamos la discri­minación, el egoísmo, el negocio más que el amor.

Es la única vez en que Jesús expresa su ira de esta manera, pero no la dirigió contra las personas, sino contra sus maneras de actuar y su irrespeto a la Casa del Padre. No tuvo miedo de decir la verdad, aunque le costara morir por ella. Cumplió Jesús el pensamiento de Aristóteles: «Lo difícil es airarse en el momento preciso, por el motivo preciso y en la medida precisa». Necesitamos aprender de Jesús a hacer una limpieza en el templo de nuestro interior, Casa del Padre, Iglesia de hermanos que se unen en oración y amor: volcar las mesas de nuestros pensamientos negativos, extirpar el «comercio» del miedo y la inseguridad, reciclar nuestra «rigidez» y revisar la super­ficialidad con que reaccionamos ante los acontecimientos de la vida. Somos Nuevo Pueblo de Dios, reconciliado por la muerte de Jesús.

Jesús en la Última Cena

«Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc. 22,15), dijo Jesús. Jesús había planeado morir en la Pascua. Lo habían intentado matar antes, pero aún no había llegado «su hora». Era un momento cumbre en su misión, que Él lo había deseado con «ansia». Los discípulos no podían aún entender ese secreto de eternidad. Jesús les lava los pies: establece nueva forma de relaciones humanas. Es expresión de tolerancia, de aceptación del otro, de dar amor lavando la suciedad del otro. Una persona es más madura, cuanto más tolerante y menos rígida es en sus juicios contra los demás. Jesús lava las costras de suciedad de los pies también de Judas el traidor. Luego Jesús toma el pan, da gracias al Padre, y dice: «Tomen y coman todos de él porque esto es mi Cuerpo… esta es mi Sangre… para el perdón de los pecados». Jesús daba sentido a su pro­pio sacrificio y muerte del día siguiente.

Jesús «da gracias al Padre»: el Padre es su mundo interior, su Vida, su Amor, su Fuerza. Luego mira uno a uno a sus discípulos, incluso a sus enemigos, para entregarles con amor lo que ha recibido del Padre, su Cuerpo y su Sangre, más allá de los límites de la mate­rialidad. Su Vida y su Sangre son ofrecidas al Padre como herra­mientas de justicia y de perdón del ser humano. Jesús se exige a sí mismo derramar su Sangre para justificarnos ante el Padre.

Freud y los sicólogos comprendieron el terrible peso de la memo­ria de cosas negativas grabadas en el inconsciente, sobre la vida e historia de cada uno. Cuántos años de esfuerzo de sicólogos y pacien­tes, para aliviar la siquis y la vida humana. Y Jesús dice a sus discí­pulos: «El que come mi Cuerpo y bebe mi Sangre tendrá la vida eterna y yo lo resucitaré el último día» (Jn. 6,54). Son palabras ines­peradas y sorprendentes. Nunca nadie había proyectado algo así: usar su muerte para curar las miserias del mundo y transportar la vida humana a una vida eterna. Nosotros nos llenamos de tristeza por pequeños sufrimientos. Jesús camina hacia la muerte dejando en sus discípulos promesas de inmortalidad. Celebra una cena de ale­gría, con ansia, emoción, anhelo de vivir y dar la vida. No excluyó a nadie de su banquete, ni a Judas, porque Jesús no se deja perturbar con la ofensas y debilidades de los que le rodean. Jesús vive el pre­sente con intensidad. Por eso, antes de salir para el monte de los Olivos, «Jesús canta con sus discípulos» los himnos de Pascua.

Nosotros hacemos de nuestra vida emocional un basurero: cual­quier agresión contra nosotros la guardamos en nuestra memoria, y dejamos que nos perturbe largamente y a toda hora. Necesitamos aprender de Jesús a vivir con intensidad el momento presente, a no gastar energías en cosas negativas, a vivir en alegría y fraternidad los momentos bellos y los difíciles de nuestra existencia diaria. Abiertos a un más allá de esperanza y plenitud: el Padre.

Palabras de despedida de Jesús

Nos las trasmite Juan, testigo privilegiado, quien nunca olvidó esas palabras y las escribió mucho más tarde. Es impactante el ambiente de intimidad, cercanía y dulzura de Jesús con sus discípu­los. «Ámense unos a otros como yo los he amado». Es un amor que mata el gérmen del individualismo y corta las raíces de la soledad. «En la casa de mi Padre hay muchas mansiones y voy a prepararles un lugar… Porque Yo vivo, ustedes vivirán». Y Jesús ora al Padre por sus discípulos. Expresa su ser más profundo, sus emociones más ínti­mas. Pide al Padre que sus discípulos no sean personas tristes, depri­midas, angustiadas, sino que «su alegría sea completa». «Que ellos sean uno como Tu, Padre, y yo somos uno». Jesús quiere que sus discípulos aprendan a transitar por las avenidas del Amor. Eran épo­cas en que poco se hablaba del amor. Solo valía el poder, el dominio, el egoísmo.

Jesús prevé los errores de sus discípulos

Prevé que Judas lo traicionaría, que Pedro lo negaría, que todos lo abandonarían. Y Jesús lo comunica a los discípulos. ¿Por qué?

  1. Primero para aliviar su propio dolor por estas fallas de ellos. Necesita poner una defensa emocional a su frustra­ción. Jesús ama y se entrega al ser humano, pero sabe que es débil y no puede esperar mucho de él.
  2. Jesús no solo previó, sino que públicamente les dijo sus fallas. No para humillarlos y desanimarlos, sino para pre­pararlos a continuar sus propias historias. Les quiere mostrar que Él no exige nada de ellos. Les enseña a supe­rar el miedo, a vencer la ansiedad y a trabajar los dolores y fracasos de la vida.
  3. Les quiere mostrar que ellos no se conocen a sí mismos y que necesitan madurar y reconocer sus debilidades ante estímulos estresantes, que bloquean la capacidad de pen­sar, y los impulsan a reacciones equivocadas. Jesús usa los mismos errores de sus discípulos para llevarlos a conocerse mejor y a hacerse más responsables de su pro­pia vida. El nunca los abandonará, aunque ellos lo aban­donen.
  4. Quiere prepararlos para que ellos no desistan de sí mis­mos cuando caigan. Que no se sumerjan en sentimientos de culpa y desánimo. Jesús sabe que van a sufrir mucho cuando caigan. Quiere protegerlos, educarlos, que se le­vanten y crezcan en sabiduría y amor. Les enseña el arte de pensar aunque sea a costa de errores envilecedores.

Los sufrimientos de Jesús causados por sus discípulos

1. El Maestro no es ayudado por ellos cuando les pide ayuda

Al llegar a monte de los Olivos, Jesús dice a sus discípulos: «Pedid que no caigáis en tentación» (Lc. 22,40). Luego tomando con­sigo a Pedro y los dos hijos del Zebedeo, comenzó a sentir tristeza y angustia, entonces les dice: «Mi alma está triste hasta el punto de morir. Quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra, y suplicaba así «Padre mío, si es posible que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tú» (Mt. 26,37-39). Vuelve a los suyos, los encuentra dormidos. Le dice a Pedro: «¿Con que no habéis podido velar una hora conmigo?, velad y orad para que no caigáis en tentación, que el espíritu está pronto pero la carne es débil». Y volvió Él a orar.

Jesús se confía a sus amigos y les declara su tristeza de muerte. Nunca pensaron ellos que Él iba a necesitar su ayuda y compañía. Esto les produjo más estrés y los sumergió en somnolencia. El médico Lucas anota que los encontró «dormidos por la tristeza» aun­que eran hombres fuertes. Jesús se alejó de ellos porque necesitaba orar a solas con su Padre y prepararse a la sucesión de sufrimientos que vendrían sobre Él a partir de esa misma noche. A pesar de su tensión Jesús no se irritó con ellos. Solo los invitó a orar al Padre para ser fuertes ante los dolores de la vida y a pedir también confia­damente ayuda a los hermanos.

2. La traición de Judas

Jesús oraba, esperaba el momento de ser detenido. Cuando llegó la «Hora», despertó a los suyos: «Ha llegado la hora… mirad que el que me va a entregar está cerca» (Mt. 26,45). Eran muchos los solda­dos que venían. Pero lo que más le dolía a Jesús era: «¡El que me va a entregar…!». Era un dolor del alma más fuerte que los golpes de los soldados. Pero Jesús protegió su emoción también en este momento. Había convivido con el traidor, no lo había excluido. Ahora Judas le da el beso de traición, y Jesús le llama «Amigo» para animarlo a pen­sar su actitud. Jesús amó a Judas hasta el fin. El compromiso pri­mordial de Jesús era con su propia conciencia, no con los demás, aunque los amara a todos. Esta fue la enseñanza más fuerte que dio a sus discípulos. Pero Judas no aprendió esa lección.

3. Todos le abandonan

Ya Jesús se lo había anunciado: «Heriré al Pastor y se dispersa­rán las ovejas» (Mc. 14,27). Los discípulos tenían gran aprecio por Jesús, confiaban en sus poderes, se peleaban por el primer puesto en su reino. Es fácil apoyar al fuerte, pero el poder, la gloria son tram­pas. Jesús les enseña que la vida, la persona, el amor, la conciencia, valen más que el poder y las apariencias. Jesús critica las actitudes farisaicas de apariencias sociales, y valora las actitudes interiores del corazón y de la mente. Los discípulos aprenderán.

4. Pedro niega a Jesús

Pedro tiene una personalidad fuerte. Encontrar a Jesús fue el acontecimiento de su vida. Dejó todo para seguirlo, porque «hasta el viento y el mar le obedecen». Pero cuando Jesús se despojó de su poder, la fuerza de Pedro desapareció. Muy valiente sacó la espada para defender a Jesús. Cortó la oreja de Malco y solo por la rápida actuación de Jesús, se evitan más heridos de parte y parte. Clandes­tinamente sigue a Jesús a casa del Sumo Sacerdote, observa los gol­pes y humillaciones contra Él. No puede creer tanta violencia de los hombres y tanta pasividad de su Maestro ante los agresores. Conoció el coraje de Jesús frente a sus enemigos, su sabiduría, su poder; pero no conocía un coraje que los seres humanos no tienen: el enfrentar en silencio, el dolor, el desprecio y la vergüenza pública. Pedro se derrumba por el miedo de ser asociado con alguien violentamente agredido y humillado. No logra razonar y va negando una y otra vez conocer a Jesús. Por un momento Jesús se convirtió en alguien del que Pedro se avergonzaba. A Jesús le dolió más la triple negación de Pedro que los golpes y escupitajos de los soldados de sanedrín. Pedro negaba todo lo que había vivido con Él. Cuando Pedro negó a Jesús por tercera vez, Jesús se volvió a él con una mirada cautivante y arre­bató a su discípulo del miedo y lo hizo recapacitar. Recordó haber prometido a su Maestro morir con Él, y que Él le había predicho que lo negaría. Salió abatido, nunca había traicionado su palabra de modo tan vergonzoso. Pero la mirada de Jesús no era de condena, sino para animarlo a no condenarse a sí mismo, sino a crecer en el amor, a reconocer con humildad sus limitaciones, para poder así superarlas. Pedro lloró como nunca. Así, Pedro salió más fuerte de esta caída: fuerte en capacidad de perdonar, de comprender la fragi­lidad humana, de dar oportunidad a los que caen. Los hombres más rígidos y críticos de los demás, son los que menos conocen las áreas más íntimas de su propio ser. Jesús, el Maestro de la Vida, encade­nado y humillado, anima a su discípulo, con su mirada de amor, a no dejarse vencer por sus caídas: para esto, Él estaba sufriendo allí.

El Juicio judío contra Jesús

1. Los motivos sociales por los que Jesús fue juzgado por los judíos

Los comportamientos de Jesús contra los fariseos, maestros de la ley y sacerdotes, despertaron el odio de las autoridades judías contra Él. Ellos se preocupan más por las apariencias que por la realidad, buscan el poder y los primeros lugares, al contrario de Jesús que se hace pequeño, el último y el servidor de todos. Criticó con fuerza la hipocresía farisaica: «Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas» (Mt. 23,4). Jesús valoró a todos los seres humanos, de manera especial a los pobres y despreciados de la sociedad: los enfermos, leprosos, pecado­res, prostitutas. Deseaba que no se sintieran inferiores ante el despre­cio e injusticia de los demás, o ante sus propias enfermedades y debilidades. Los que aceptaban sus debilidades y se reconocían como enfermos, sentían más el calor de Jesús y de su amor. Por esto los moralistas autosuficientes no aceptaban a Jesús cuando les decía la verdad: «Lavan las manos antes de comer, pero su interior está lleno de basura», «apuntan los errores de los demás, pero no reconocen los suyos». Solo los que tengan el valor de mirar hacia su propio interior y corregirlo, podrán corregir los rumbos de su historia. La cúpula judía se consideraba representante de Dios en la tierra. No podían aceptar a Jesús, porque nació pobre, en un pueblo despreciable, era un pobre carpintero, amigo de publicanos y pecadores. Jesús era la antítesis de la imagen que ellos y todos los judíos tenían del Mesías que debía venir. Era pues rechazado por los fariseos, saduceos, hero­dianos. Cuando el Sumo Sacerdote pregunta a Jesús en el juicio: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» — «Sí, tu lo has dicho. Respondió Jesús—Yyoos declaro que a partir de ahora veréis al hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo». El Sumo Sacerdote rasgó sus vestidos y dijo: «Ha blasfemado». Y el Sanedrín sentenció: «Es reo de muerte» (Mt. 26,65-66). Ellos habían decidido hacer un juicio rápido, pues Jesús era famoso y tenían miedo del pueblo. Por eso también decidieron que la responsabilidad de su muerte debía recaer sobre la política del Imperio Romano. Jesús facilitó el proceso. La cúpula judía lo quería matar. Jesús quería morir en la cruz! No hizo nada para escapar de las humillantes torturas.

2. Jesús en casa de Anás

Del monte de los Olivos llevan a Jesús a casa de Anás. Es de noche. Tienen miedo de que el pueblo sepa que Jesús está encarce­lado. Por eso «comenzó a interrogarlo sobre sus discípulos y su doc­trina». Jesús respondió: «He hablado abiertamente ante todo el mundo, he enseñado siempre en la sinagoga y en el Templo, donde se reúnen los judíos y no he hablado nada a ocultas. ¿Por qué me preguntas? Pregunta a los que me han oído lo que les he hablado; ellos saben lo que he dicho» (Jn 18,19-21). Anás no quería de hecho interrogarlo, solo encontrar motivos para que Jesús fuera muerto. Jesús sabía que ahí comenzaba ya su juicio, y que a Anás no le interesaba saber nada de su pensamiento y misión. Muchas personas lo asediaban. Jesús firme y sin miedo, responde a la presión de Anás:

— Ha hablado claramente al mundo. «¡Pregunte a los que me han escuchado!».

Es normal que un reo sea tímido en un tribunal. Jesús no tiene abogado. Pero Jesús abre las ventanas de la inteligencia de sus ene­migos y los confunde. Quieren quitarle la vida. Jesús quiere darla. Jesús sabía que su juicio era teatro, que nadie estaba interesado en la verdad de sus discursos. Los soldados sabían que los jefes judíos que­rían matar a Jesús, pero no habían podido hacerlo. Ahora, están influidos por su odio. La respuesta de Jesús a Anás hizo estallar un clima de violencia contra Jesús. Un soldado fuerte, entrenado en gol­pear, dio una violenta bofetada en el rostro de Jesús, sin darle aviso. Jesús recibió el golpe traumático y doloroso. Un edema se formó en su cara y sintió vértigo. Jesús le respondió: «Si he hablado mal, declara lo que está mal; ¿si no, por qué me pegas?».

La reacción de Jesús ante este primer golpe, demostró tres bri­llantes características que Jesús seguirá mostrando en todas las tor­turas a las que fue sometido:

  1. Jesús pensaba antes de reaccionar.
  2. Nunca devolvió la agresividad con que lo atacaban.
  3. Era capaz de estimular a sus agresores a que penetraran en su propio interior y repensaran el motivo verdadero de su violencia.

Una persona ofendida no logra pensar antes de reaccionar. Para retomar el control del pensamiento, el «yo» debe controlar los pensa­mientos negativos, dudando de ellos y criticándolos. Así podrá ser señor de sí mismo. Reaccionamos por instinto y no como seres pen­santes cuando estamos estresados. El gatillo de la memoria incons­ciente está produciendo reacciones de «miedo», «ira», «odio», «deses­pero», etc., que traban la facultad de pensar. Jesús no se dejaba per­turbar. El mismo valor que empleaba para decir la verdad, lo em­pleaba para proteger su emoción ante estímulos estresantes. Solo era dominado por el amor.

Nosotros perdemos la paciencia, en especial con los más íntimos, nos herimos a nosotros mismos y reaccionamos hiriendo a los de­más. Vivimos en «la peor prisión del mundo», esclavos de nuestro inconsciente que nos lleva a reacciones enfermizas y pensamientos negativos. Jesús nunca reaccionó con violencia contra los demás. Como respuesta a la violenta bofetada, Jesús, por amor golpeó la agresividad del soldado, llevándolo a «repensar» su agresividad dañi­na contra él mismo y los demás. Pudo pensar que lo hizo injusta­mente, solo para ganar espacio ante sus líderes, en vez de honrar su propia conciencia. Lo estimuló a pensar y a liberarse de su cárcel de egoísmo y de odio.

3. En casa de Caifás

Se reúne todo el Sanedrín. Es de madrugada. Fabrican falsos tes­timonios. No hay coherencia. El odio y desespero por condenar a Jesús los hace irracionales. Jesús guarda silencio glacial, mientras ellos están tensos y ansiosos. Jesús no tenía miedo, estaba por encima de ese juicio. El problema del inconsciente de los fariseos era la «psico-adaptación»: «Actúa en el terreno de la emoción, y destruye solapadamente la sencillez, creatividad, capacidad de aprender y de contemplar y crear la belleza». Es la adaptación de la emoción a los estímulos dolorosos o agradables. Es importante para el funciona­miento normal de la mente, pero si no es bien controlada aprisiona a las personas, en especial a quienes ejercen trabajo intelectual inten­so… Perdemos la sensibilidad ante esos estímulos a causa de su expo­sición frecuente. La sicoadaptación es positiva cuando el placer de tener ya una ciencia o un arte, estimula el estudiar o crear más; o cuando vivenciamos pérdidas, la carga de sufrimiento va disminu­yendo con la psico-adaptación. Pero es perjudicial cuando nos hace insensibles al dolor de los demás, a los prejuicios, discriminaciones, a las injusticias y violencias contra los demás; o insensibles a nuestra propia mentira, miseria y mediocridad; o cuando nos hace perder el placer de vivir, de relacionarnos con los otros, de trabajar, de gozar con las cosas sencillas y bellas que nos suceden o podemos hacer.

El motivo inconsciente del «Holocausto Judío» en la segunda guerra mundial, fue la psico-adaptación negativa: propaganda nazi, focos de tensión síquica, actuaron soterradamente en el inconsciente de los soldados de modo que generaron un rechazo a los judíos y una valoración irracional de la raza aria. Con el avance de la guerra los soldados perdieron sensibilidad por el sufrimiento de los niños, mujeres, ancianos, enflaquecidos, de ojos hundidos por el terror. El mismo fenómeno que contribuyó a diezmar al pueblo judío, contri­buyó para que los líderes judíos asesinasen a Jesús. En el juicio bom­bardearon a Jesús con preguntas. Jesús no respondió, era una falsa pieza jurídica. Solo responde cuando el Sumo Sacerdote, le pregunta en nombre de Dios, si es el Mesías, el Hijo de Dios, para confirmarlo con gran seguridad, aunque su respuesta le ocasione la violencia sádica y la muerte. Les confirma que aunque lo maten, Él vencerá la muerte, y que aunque esté ahí humillado y condenado, vendrá un día a juzgar a la humanidad, incluso a quienes en ese momento lo juzgan y condenan. Y tiene la osadía de decir que Él se sentará a la derecha del Poder Todopoderoso, fuente misma de todo poder. Rasgaron ellos sus vestidos escandalizados por la blasfemia. Todos se burlaron del «falso hijo de Dios». No pudieron descubrir que Dios estaba escon­dido en la piel de un hombre. El comportamiento tranquilo, manso y sereno de Jesús perturba a sus enemigos y aumenta el grado de la violencia contra Él. Pero Jesús cumplió lo que había enseñado a sus discípulos: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma: temed más bien a aquel que puede llevar a la perdi­ción alma y cuerpo en la gehenna» (Mt. 10,28). Esto explica que en la cima del dolor, Jesús llegue a la cumbre de la mansedumbre. Esto explica por qué Jesús nos hace la más bella invitación: «Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados… yo os aliviaré; y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón… Mi yugo es suave y mi carga ligera».

Jesús nos enseña, en los momentos más difíciles, a confiar en el Padre y en su amor, a vivir la vida y el amor por encima de todos los obstáculos, a no desistir de nosotros mismos, ni de nuestra concien­cia y verdad como hijos de Dios.

Una de las enfermedades que tiene nuestra sociedad actual es el «síndrome del pensamiento acelerado». Se da más en los que realizan trabajo intelectual. Es la dificultad para equilibrar la construcción de pensamientos. Hay una superproducción de pensamientos: pensa­mientos anticipatorios, recuerdos, ansiedades, temores, insatisfac­ción existencial, fluctuación emocional, déficit de concentración, cefaleas, cansancio físico exagerado, porque no se logra desacelerar el pensamiento y economizar la energía física y síquica que se gasta. Los maestros hoy tienen más dificultad de enseñar que antes, pues los alumnos de hoy piensan a un ritmo mucho más rápido que en los siglos anteriores. Alumnos y escuelas están en dos mundos y rit­mos diferentes. Los antidepresivos y los ansiolíticos ayudan, pero no producen la serenidad, la paz, el placer de vivir. El verdadero reme­dio está en lo que Jesús nos enseña: buscar en las mismas raíces de nuestro ser, en Dios, el descanso, la paz, y la fuerza que de Él dimana. Paso a paso, en todos los momentos de su pasión, Jesús estuvo unido íntimamente a su Padre y en Él encontró la fuerza y la paz. Con Jesús, nuestras cruces y cargas se vuelven más suaves y lige­ras, porque se convierten en la cruz y la carga del mismo Jesús, quien nos va conduciendo al Padre: «Mi yugo es suave y mi carga ligera», dice Jesús.

El Juicio Romano contra Jesús

El Imperio Romano estaba representado en Judea por Poncio Pilato y en Galilea por Herodes Antipas. Los judíos necesitaban con­vencer a Pilato para crucificar a Jesús. Pilato no quería responsabili­zarse de la muerte de Jesús, tampoco lo querían los judíos por miedo al pueblo. La pena de muerte judía era por lapidación, menos cruel que la crucifixión romana, reservada a esclavos y criminales atroces. Los judíos presentan tres acusaciones contra Jesús: agita la nación, prohíbe pagar tributo al César y se proclama rey. Pilato está conven­cido de que Jesús es inocente. La cúpula judía presiona a Pilato. Este insiste en que «no encuentra culpa en él». Sabía que se lo entregaban por envidia. Insisten los judíos. Pilato pregunta a Jesús sobre si es rey. Jesús, estimulando a Pilato a pensar y hacer un juicio justo, le responde: «¿Dices eso por tu cuenta, o es que otros te lo han dicho de mi?». Pero Pilato no entendió y dijo: «¿Acaso soy yo judío? — ¿Qué has hecho?». Jesús responde: «Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mi gente habría combatido para que no fuese entregado a los judíos. — Pilato le dijo: ‘¿Luego eres Rey?’. Res­ponde Jesús: Si, soy Rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad». Hay pues otro mundo, distinto de éste físico y temporal. ¡Allí, Él es Rey! Ha venido a este mundo para enseñar la Verdad, enseñar a vivir y a amar. Por eso rechazó los privilegios de reyes de aquí.

Pilato no entendió la verdad de Jesús. Al saber que es galileo, lo envía a Herodes. Quien había matado a Juan el Bautista. La vida humana no vale en manos de estos hombres. Preguntó a Jesús con mucha palabrería. Jesús permaneció en silencio. Herodes lo vistió de rey de burlas y lo regresó a Pilato. Muchos usamos en beneficio pro­pio el dolor de los pobres. Jesús en silencio, mira, sufre, perdona y ama a todos por amor de su Padre.

Pilato, deseando librar a Jesús, presenta a los judíos la opción: Jesús y Barrabás. El maestro de la vida y del amor, fue dejado de lado por los técnicos en Dios, y aclamada la liberación de Barrabás. Jesús permaneció en silencio, para enseñarnos a no caer en las tram­pas de la emoción y no gravitar en torno a lo que otros piensan o hablan de nosotros.

Pilato, orgulloso y cruel, no cede a la presión judía. Descarga su ira contra el reo. Da la orden de flagelarlo, para soltarlo después. Los soldados romanos sacian ahora su apetito violento azotando a Jesús a la manera romana con el flagrum y el flagellum que destrozan las carnes de Jesús. Muy difícil imaginar los dolores de Jesús ante estos golpes brutales. Solo la misteriosa unión con su Padre lo mantenía lúcido y amante. Oraba y conversaba con Él a cada golpe. Los solda­dos, al ver su resistencia y sabiendo que era acusado de querer ser rey, lo vistieron como falso rey y le pusieron una corona de espinas. El análisis psicológico del comportamiento humano revela que los hombres, cuando están airados y en público, reaccionan como ani­males y cada uno busca superar a los demás en crueldad. La Película de La Pasión de Mel Gibson, nos muestra la realidad de la violencia, el sadismo, la burla, y el escarnio de los soldados romanos contra Jesús. Nunca nadie, pagó un precio tan grande por amar incondicio­nalmente a todos los seres humanos.

«He aquí al hombre», dijo Pilato al presentar a Jesús a los judíos. No tiene figura humana está masacrado. Pilato quiso mover la com­pasión de los judíos. Pero el Sanedrín dijo por primera vez ante Pilato, que debía morir porque había dicho que era Hijo de Dios. Pilato entró en pánico. Pregunta de nuevo a Jesús: «¿De dónde eres tú?». Jesús no responde. Pilato le dice: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?». Jesús respondió: «No tendrías poder ninguno contra mí, si no se te hubiera dado desde arriba; por eso, el que me ha entregado a ti, tiene mayor pecado». Desde entonces Pilato trataba de librarle. Jesús desconcierta a Pilato. Ha recibido autoridad «desde arriba», más arriba de Roma. En realidad el reo confiere autoridad al juez. Hay un poder en el uni­verso del cual emanan todos los demás poderes. Pilato y los jefes de Israel estaban derrumbados. Pero nada derrumbaba a Jesús. Cuando ya no tenía casi fuerzas físicas, derrumba las ideas de Pilato. Solo quien ha eliminado todas las raíces del miedo, puede ser tan libre. Pilato tiene miedo de una revuelta de los líderes judíos. Estos tienen miedo de la multitud si Jesús es liberado. Pilato tiene miedo de Tibe­rio César, el Emperador. Esta es la carta que se juegan los jefes judíos, aunque odiaban estar sometidos a Roma. Dicen a Pilato: «¡No tenemos más rey que el César!». Si Pilato no crucifica a Jesús, estaría admitiendo en Israel otro rey, no designado por el Imperio. Este fue el escenario, consciente e inconsciente, presente en el mayor juicio de la historia. Pilato amedrentado y presionado cede, por miedo a perder el poder. Jesús hubiera podido «apelar al César», pero no hizo ninguna reivindicación. Solo esperó el final del juicio. Pilato cedió contra su conciencia. Para ablandar su sentimiento de culpa, hizo un gesto que lo ha hecho famoso: «Se lavó las manos». La suciedad de las manos se quita con el agua. La de la conciencia se retira recono­ciendo la verdad de sus errores y aprendiendo a ser fiel a la verdad de su conciencia. Jesús nunca cedió contra su conciencia. Nosotros lo hacemos a menudo. Jesús nunca presionó a nadie con su poder. Esperaba el momento de airear e iluminar los rincones oscuros de sus mentes y sus vidas, pero daba libertad para que las personas se equivocaran y regresaran.

Jesús y la Cruz

Jesús fue detenido secretamente, de noche. Su juicio sumario fue en la madrugada. En las primeras horas de la mañana del Viernes ya estaba dictada la sentencia. Jesús no se fija en su dolor, ni en la agre­sividad de sus verdugos. Su motivación constante es el Amor a su Padre y a todos los hombres sus hermanos. Nos cuesta compren­derlo, porque nosotros no sabemos soportar las dificultades inheren­tes a la vida, que nos paralizan en vez de liberarnos para un amor mayor. Muchos pequeños o grandes dolores nos acompañarán en nuestro camino existencial. Jesús nos enseña cómo convertir los dolores que toquen a nuestras puertas, en herramientas excelentes para tallar el alma. Jesús va cargando la Cruz camino del Calvario más con el Espíritu que con las pocas fuerzas físicas que le quedan después de tantas torturas. Pero le faltan las fuerzas físicas y los soldados piden a Simón de Cirene que ayude a Jesús. Es un nuevo dolor para Jesús, que no quiere causar sufrimiento a nadie. Pero Jesús agradece a Simón su ayuda. Entre la multitud que lo sigue, unas mujeres lloran al ver a Jesús. El las consuelayalavez sufre con ellas, por lo que sucederá más tarde con ellas y sus hijos. Los amigos de Jesús, ellas y ellos, aprenden de Jesús a no tener miedo de llorar y de amar, ni miedo de expresar sus emociones como Jesús. Si en el pasado tuvimos experiencias en que fuimos discriminados, rechaza­dos o humillados, necesitamos reciclarlas para que no seamos vícti­mas sino autores de nuestra historia. Aprender a proteger nuestras emociones como Jesús. Con el amor evita que odio, rechazo y humi­llación de los demás, entren en su corazón. Al llegar al Calvario, no le permiten el derecho de morir con sus vestidos. Lo crucifican des­nudo, el colmo de la vergüenza social. Y en la cruz ponen el título de Rey de burla, en tres lenguas. En realidad es el «Rey del Amor», Él Rey de Sí mismo, el Señor de los que somos frágiles, miedosos, escla­vos del egoísmo y la violencia. Es humanamente imposible desde la psicología, producir pensamientos altruistas desde una cruz. Jesús sacude los fundamentos de la psicología: en el culmen del dolor físico y emocional produjo las más bellas poesías de la solidaridad. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen». Revela la existencia entre los bastidores de la Cruz, de un personaje invisible que era el princi­pal espectador de este caos. El Padre es el actor principal. Jesús ha estado siempre con Él. La súplica del Hijo expresa la locura del Amor por la humanidad.

Consolando a un criminal: «Hoy estarás conmigo en el paraíso», porque no desistió de la vida.

«Mujer, he ahí a tu hijo»: consolando a su Madre. «He ahí a tu Madre»: consolando a Juan. «Dios mío, Dios mío, por qué me aban­donaste…». Clamando a Dios, no al Padre…

«Tengo sed»: después de seis horas de crucificado, labios y lengua rajados por falta de agua. Le dan vinagre que le produce ardor por el ácido acético que entra en las fisuras de la boca.

«Está consumado»: Jesús planeó su vida y su muerte. La cruz, locura para los que no saben.

«En tus manos encomiendo mi espíritu»: Es el retorno al PA­DRE, Principio y Fin de Todo.

Desde entonces, hace dos mil años, la humanidad con­quistó nuevos rumbos. Una revolución silenciosa va ocu­rriendo en el alma de millones de personas que siguen a Jesús manso y humilde. Jesús sigue hoy ayudándonos a tallar su Mansedumbre en nuestro corazón, cuando to­dos estamos más necesitados de ella.

Bibliografía

  • AUGUSTO JORGE CURY1, El maestro de los maestros (Analiza la inteligen­cia de Jesús), Colección «Análisis de la inteligencia de Cristo», Paulinas.
  • Id., El maestro de la emoción (Analiza cómo manejó sus emociones), Colección «Análisis de la inteligencia de Cristo», Paulinas.
  • Id., El maestro de la vida (Analiza las lecciones de vida que dio, espe­cialmente en el juicio), Colección «Análisis de la inteligencia de Cristo», Paulinas.
  • Id., El maestro del amor (Investiga su crucifixión y su muerte), Colec­ción «Análisis de la inteligencia de Cristo», Paulinas.
  • Id., El maestro inolvidable (Estudia la fantástica transformación de sus discípulos), Colección «Análisis de la Inteligencia de Cristo», Paulinas.
  1. Psiquiatra e investigador brasileño. Ha escrito cinco libros sobre Cristo, mencionados en la bibliografía. El autor ha utilizado de manera especial los libros de la emoción, vida y amor.

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