Introducción
Preguntado para que enumerase las cuatro virtudes cardinales, San Bernardo de Clairvaux respondió: «Humildad, humildad, humildad y humildad». San Vicente de Paúl consideró la virtud de la humildad como base fundamental para los que habían de dedicarse al servicio de Dios y de los pobres. Las nuevas Constituciones de la Congregación de la Misión, siguiendo la tradición, reestablece la importancia de la humildad juntamente con otras cuatro virtudes claves: sencillez, mansedumbre, mortificación y celo por la salvación de las almas.
La Congregación intenta expresar su espíritu en cinco virtudes sacadas de su propia manera especial de mirar a Cristo, a saber, sencillez, humildad, mansedumbre mortificación y celo por la salvación de las almas. Hablando de estas virtudes San Vicente dice: «En el cultivo y la práctica de estas virtudes, la Congregación ha de empeñarse muy cuidadosamente, pues estas cinco virtudes son como las potencias del alma de la Congregación entera, y deben animar las acciones de todos nosotros» (RC II, 14).
Entre los tratados recientemente publicados sobre las virtudes vicencianas, es necesario incluir la magnífica presentación del P. Robert P. Maloney. En ella el autor expone los «cambios de horizonte» necesarios para entender con propiedad las virtudes desde una perspectiva contemporánea. Otros intentos con buenos resultados para animarnos a vivir hoy las virtudes, los encontramos también en «Orando en el Espíritu de San Vicente de Paúl» del P. Thomas McKenna. Estas son dos presentaciones populares publicadas en inglés, amén de otras en lenguas distintas. La presentación que intento en este escrito, no llegará a explorar con tanto éxito el terreno cubierto por estos dos escritores y otros. Será, más bien, una reflexión personal y pastoral con referencias del pasado y del presente.
Empezando con san Vicente
San Vicente habla en el capítulo XII, 2 de la Reglas Comunes sobre la importancia de la humildad en la vida de los miembros de la Congregación:
«En todas las obras que hagamos, y sobre todo en la predicación y demás ministerios de la Congregación, no debe movernos más que la pura intención de agradar a Dios, intención que cuidaremos de renovar de vez en cuando, sobre todo al comenzar las acciones importantes. Vigilaremos mucho para no ser motivados por el mínimo deseo de agradar a los hombres o de buscar nuestra propia satisfacción, pues esto puede envenenar y estropear hasta la obra más santa».
Para cuando escribió las Reglas Comunes, San Vicente conocía bien las debilidades tanto de los cohermanos como de los externos, especialmente del clero y de personas de la alta sociedad, para practicar la humildad cristiana. Pero también conocía su propia debilidad en este particular. Sabemos que tenía el hábito de despreciarse a sí mismo en un ejercicio de humildad. Pero fue su conducta de niño la que más impresión causa en lo tocante a comprender la humildad vicenciana. Coste hace notar que San Vicente sentía vergüenza de su padre campesino (Vida y Trabajos de San Vicente de Paúl I, p. 14).
«Cuando yo era pequeño y mi padre me llevaba al pueblo con él, sentía vergüenza en acompañarle y saber que la gente conocía que era mi padre; porque iba pobremente vestido y además era cojo…».
«Recuerdo que en una ocasión en el Colegio donde estudiaba, alguien vino a decirme que mi padre, que era un pobre campesino, me estaba buscando. No quise ir a hablar con él y por lo tanto cometí un gran pecado».
Tales recuerdos no se olvidan fácilmente especialmente por un cristiano comprometido y dedicado al cuidado de los pobres y de la gente del campo. Puede que Vicente recordase estos incidentes de su juventud cuando hizo la siguiente observación, bien conocida, sobre los pobres.
«No debería juzgar a los pobres, hombres o mujeres, por su exterior ni por sus aparentes facultades mentales. Tanto más es esto así ya que frecuentemente apenas muestran tener la apariencia y la inteligencia de un ser razonable, tan groseros y ofensivos son. Pero da vuelta a la medalla, y verás con la luz de la fe que el Hijo de Dios, que quiso ser pobre, se nos representa por medio de esta gente» (Documentos, Vol. 11, p. 32).
Las memorias y observaciones de San Vicente nos ofrecen un conocimiento profundo de la humildad y, de ahí, su importancia para él y para nosotros algunas definiciones, tales como la siguiente, confirman que humildad equivale a verdad.
«Humildad, genéricamente una actitud inocente hacia lo que somos en realidad. Un evitar dos extremos: de embuste, a saber, una estima desordenada de sí mismo que exige demasiado, y una degradación injustificada y en ocasiones hipócrita que reivindica demasiado poco» (Diccionario Enciclopédico de Religión).
Buscando la santidad en conformidad con los valores evangélicos, Vicente descubrió el significado de su vocación sacerdotal y la importancia de adquirir las virtudes necesarias para seguir a Jesús, Evangelizador de los Pobres, «manso y humilde de corazón». Mientras intentaba despreciarse a sí mismo como medio para obtener la humildad y animar a otros a que hiciesen lo mismo, él, sin embargo, se mostraba generoso en congratular a los cohermanos, a las Hijas de la Caridad y a otra gente por el bien que hacían, como evidencia del trabajo del Espíritu Santo en sus vidas.
Fundamento bíblico
La palabra «humildad» viene de la palabra latina «humus»-tierra, polvo. Ser humilde, por consiguiente, es aceptar que uno viene de la tierra. Practicar la humildad es estar con los pies en tierra firme con posesión de la verdad sobre sí mismo. La Biblia empieza con la verdad de los orígenes del hombre. «Modeló Yahvé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado» (Gen 2,7). Dios confió un paraíso al hombre y después a la mujer para que lo cultivasen y lo disfrutasen. Pero uno de los animales que Dios había creado, «la serpiente», tienta astutamente a la mujer, quien a su vez tienta al hombre a comer de la fruta prohibida. Caen en la trampa, creyendo que el ser humano no era lo suficientemente completo y que comiendo de la fruta prohibida ellos serían «como dioses que conocerían el bien y el mal». Como consecuencia de este engaño, Dios maldice a la serpiente y después al hombreyala mujer y finalmente maldice a la tierra misma: «Con el sudor de tu rostro comerás en pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella has sido tomado; ya que polvo eres y al polvo volverás» (Gen 3,19). Conocemos todo lo que sigue a este pecado original de nuestros primeros padres: el hermano que mata a su hermano, seres humanos que intentan levantar montes desafiando la omnipotencia divina, etc. El resultado de todo esto es enajenación y caos y a continuación un diluvio que casi destruye todo lo creado. Pero Dios, siempre fiel y misericordioso, renueva la faz de la tierra.
El resto de la Sagrada Escritura describe la fidelidad de Dios y la infidelidad del hombre. Se intentan varias alianzas para restablecer la unión entre Dios y su pueblo elegido. A lo largo del camino oímos de algunos que luchan y fracasan, y de otros que luchan y permanecen fieles. La solución final, desde una perspectiva cristiana, es la historia de la redención que culmina en el misterio pascual de Jesús y en una última alianza. El camino de Dios a la armonía, a la paz y al cumplimiento es el camino único. Un ejemplo dramático por vivir en verdad y en libertad es la historia de Job, «el hombre inocente y justo que temía a Dios y evitaba el mal». Fue también bendecido con multitud de hijos y riqueza material. Una vez más, Satanás, el tentador, entra en esta escena maravillosa. Dios permite que tenga lugar la tentación, pero Job permanece firme en humildad y en fidelidad a pesar de que se encuentra despojado de toda bendición. Permanece en el convencimiento de que es un ser humano hecho y bendecido por Dios sin ningún derecho de su parte.
«Y… echándose en tierra, adoró, diciendo: desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo tornaré allá. Yahvé lo dio, Yahvé lo ha quitado. ¡Bendito sea el nombre de Yahvé! En todo esto no pecó Job ni atribuyó a Dios insipiencia» (Job 1,20b-22).
Esta expresión bien conocida de la humildad de Job tiene lugar al principio del relato bíblico. Él lucha fuertemente para soportar la prueba en medio de un dolor continuo y de una profunda pena. Pero persevera y prepara el escenario para la historia de Jesús que permanecerá igualmente fiel a su confianza y amor de Dios en medio de la tentación, del sufrimiento y de la muerte. Job es premiado con la restauración de sus bendiciones perdidas. En la historia de Jesús las bendiciones terrenas se transforman en bendiciones divinas. La historia de Jesús tiene como fundamento la humildad. Dios es todo bondad y en Él todo es gracia.
La historia de Jesús empieza con María en el evangelio de Lucas. Ella será el terreno en el que la encarnación del Hijo de Dios ha de tomar forma — con su confianza en Dios y seguridad en su naturaleza humana. Sin buscar más de lo que la vida ordinaria le aportaría, permite que Dios obre maravillas por medio de ella. «Mi alma proclama la grandeza del Señor; mi espíritu se alegra en Dios mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1,46-48). Después de que Jesús expulsase un demonio de una persona muda, una mujer de la multitud gritó: «Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron». Pero Jesús replicó: «Más bien, benditos los que oyen la palabra de Dios y la observan» (Lc 11,27b-28). María escuchaba a Dios y por lo tanto podía responder humildemente y en verdad. Junto con su esposo José, María proporcionaba en forma humana transformada por la gracia, todo lo necesario «para avanzar en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres» (Lc 2,52).
Los relatos del evangelio abundan en referencias a la humildad de Jesúsyasu importancia para seguirle como discípulo. Uno de los relatos más significativos tiene lugar en la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-13). Jesús era criticado por los Fariseos y los Escribas porque se juntaba con los elementos peores de la sociedad. «Este hombre se junta con los pecadores y come con ellos». Jesús no solamente considera a esta gente digna de su tiempo y atención sino que socializa con ellos. Es uno de tantos con ellos en la celebración de banquetes. Jesús responde a sus detractores con tres parábolas. Después de describir la alegría de recuperar a la oveja perdida en una parábola y de encontrar la dracma perdida en otra, Jesús describe la alegría de la recuperación de un hijo perdido. Es una descripción de la justicia de Dios abarcando su misericordia, paciencia, amor y cariño. Pero la reacción y respuesta del hijo mayor a su hermano travieso más joven demuestra el peligro de la soberbia. Por todas sus afirmaciones de fidelidad, el hermano mayor muestra lo lejos que está de una relación dispuesta a dar su vida por su padre. Cuando se le dijo que su hermano había vuelto y que su padre había organizado una gran fiesta para él y sus amigos, el hermano mayor irrumpe en enfado hacia su padre, rehusando en absoluto tomar parte alguna en tal celebración. «Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado» (Lc 15,29-30).
¡Terrible historia! El hijo fiel lleno de ira, amargura, resentimiento y desilusión profunda, mientras el hijo irrespetuoso, avaro y lujurioso es abrumado con la euforia de su padre. La realidad es que ambos jóvenes habían ido a la deriva de casa de su padre y de su amor.
«No sólo se perdió el hijo joven, que dejó la casa de su padre buscando la libertad y la felicidad en un lugar distante, sino también el que se quedó en casa. Exteriormente hizo todo lo que debe hacer un buen hijo, pero interiormente se marchó de la casa de su padre. Cumplió todos sus deberes, trabajó duramente todos los días y cumplió todas sus obligaciones pero se quedó cada vez más triste y recluido» (HENRI NOUWEN, The Return of the Prodigal Son).
El hijo mayor no está en disposición de imitar la grandeza de alma de su padre porque está dominado por la soberbia y la ira; el hijo más joven, arrepentido y satisfecho con la alegría y alivio de su padre, a su vuelta está bien dispuesto a mostrar su humildad, agradecimiento y reconocimiento.
En los evangelios encontramos reflejada nuestra propia historia de lucha por encontrar satisfacción con una relación amable con el Padre, y a través de él con el resto de los hombres. Conocer a Jesús y aprender de él es el camino para llegar a conocer al Padre y vivir en su amor. Muchos de los que seguían a Jesús no pensaban lo mismo porque no eran lo suficientemente humildes para obrar así. Pero algunos lo consiguieron.
«Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo. Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiese revelárselo. Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera» (Mt 11,25-30).
Los evangelios subrayan también las dificultades de los discípulos de Jesús para ser humildes y establecer una jerarquía de prioridades. El evangelio de Marcos, en particular, les presenta muy lentos en comprender. Habiéndoles indicado por tercera vez la predicción de su pasión, muerte y resurrección, ellos permanecieron sordos y preocupados consigo mismos.
«Se le acercaron Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: Maestro, queremos que nos hagas lo que vamos a pedirte. Díjoles El: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le respondieron: Concédenos sentarnos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda en tu gloria. Jesús les respondió: ¡No sabéis lo que pedís!» (Mc 10,35-38ª).
La venida del Espíritu Santo después de la muerte y resurrección de Jesús marca una nueva época para los apóstoles y muchos de los discípulos de Jesús. Ellos descubren la verdad de Jesús y la verdad de ellos mismos. Comprenden que aunque le habían negado, abandonado y aún perseguido, Jesús les amaba y confiaba en ellos. Los Hachos de los Apóstoles y el resto del Nuevo Testamento hablan de la conversión que la vida cristiana supone.
Prioridades y aspiraciones humanas han de ser transformadas. La humildad es un escalón de gran envergadura para llegar a Cristo y no es una virtud que se adquiere fácilmente. San Pablo lo dice con énfasis en la siguiente cita:
«Si hay, pues, en vosotros algún poder de consolar en Cristo, algún refrigerio de amor, alguna comunicación del Espíritu y entrañas de misericordia, haced cumplido mi gozo teniendo todos el mismo pensar, la misma caridad, el mismo ánimo, el mismo sentir. No hagáis nada por espíritu de rivalidad, nada por vanagloria; antes, llevados de la humildad, teneos unos a otros por superiores, no atendiendo cada uno a su propio interés, sino al de los otros.
Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús. El cual, siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto, siendo reconocido como hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz, por lo cual Dios le exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,1-9).
Las observaciones de San Pablo sobre la humildad de Jesús generan observaciones semejantes en la trayectoria del conocimiento de uno mismo.
«Aunque yo podría confiar en la carne, y si hay algún otro que crea poder confiar en ella, yo más todavía. Circuncidado al octavo día, de la raza de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo hijo de hebreos, y según la ley, fariseo, y por el celo de ella perseguidor de la Iglesia; según la justicia de la ley, irreprensible. Pero lo que tenía por ganancia, lo reputo ahora por Cristo como pérdida, y aún todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en El no en posesión de mi justicia, la de la Ley, sino de la justicia que procede de Dios, que se funda en la fe y nos viene por la fe de Cristo; para conocerle a El y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándome a El en su muerte, por si logro alcanzar la resurrección de los muertos» (Flp 3,5-11).
Además, Pablo sostiene que su desarrollo espiritual es dinámico y sigue en ruta. Una persona humilde nunca puede decir que ha obtenido esta virtud.
«No es que la haya alcanzado ya, es decir, que haya logrado la perfección, sino que la sigo por si logro apresarla, por cuanto yo mismo fui apresado en Cristo Jesús. Hermanos, yo no creo haberla aún alcanzado; pero, dando al olvido a la que ya queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, mirando hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús. Y cuantos somos perfectos, esto mismo sintamos; y si en algo sentís de otra manera, Dios os lo hará ver. Con todo, cualquiera que sea el punto el que hayamos llegado, sigamos adelante en la misma línea» (Flp 3,12-16).
San Vicente creyó haber descubierto la tarea de su vida como sacerdote cuando predicó el sermón sobre la confesión general a los fieles de Folleville en la fiesta de la Conversión de San Pablo. San Pablo fue claramente su modelo a imitar como hombre dotado de la gracia de la conversión y llamado por Cristo a ofrecer el mismo don a otros. Los dos, San Vicente y San Pablo, se modelaron a la hechura de Jesús. Lo que primero aprendieron de El, lo pusieron después en práctica ellos mismos antes de predicarlo a otros. Esto es lo que San Vicente propone en el Capítulo I de las Reglas Comunes:
«Nuestro Señor Jesucristo, habiendo sido enviado al mundo para salvar al género humano, se puso a actuar y a enseñar, según aparece en la Sagrada Escritura. Llevó a cabo lo primero practicando a la perfección toda suerte de virtudes. Lo segundo, cuando evangelizaba a los pobres y transmitía a los apóstoles y discípulos la ciencia necesaria para dirigir a las gentes. Esta pequeña Congregación de la Misión, pues, quiere imitar en la medida de sus pocas fuerzas al mismo Cristo, el señor, tanto en sus virtudes cuanto en los trabajos dirigidos a la salvación del prójimo, conviene que use medios semejantes para llevar a la práctica el santo deseo de imitarle» (RC 1,1).
Virtud de práctica
San Vicente se inspiró en Jesús, en San Pablo, y en Santos importantes de su tiempo, como San Francisco de Sales, para actualizar su fe. No estaba interesado en una clase de perfeccionismo separado del gran mandamiento de amar al prójimo como requisito para amar a Dios. Humildad es el fundamento del amor efectivo en conformidad con la enseñanza bíblica:
«¡Oh, hombre!», bien te ha sido declarado lo que es bueno y lo que de ti pide Yahvé: hacer justicia, amar el bien y caminar humildemente en la presencia de Dios (Mi 6,8).
Estamos acostumbrados a esta sabiduría bíblica y religiosa, pero podemos encontrar también hoy expresiones del mundo seglar:
«Humildad puede que sea uno de los atributos más olvidados en liderazgo, pero puede ser también uno de los atributos más importantes que puede poseer un líder. Humildad es un filamento entre el líder y el seguidor que subraya un elemento común: nuestra humanidad. Humildad no es una asignatura que se enseña en cursos de administración o en otros muchos cursos de dirección. Y fácilmente puede entenderse por qué. Las organizaciones quieren que sus líderes sean visionarios, autoritarios, competentes y motivacionales. En ninguna parte se dice nada sobre el ser humilde. Sin embargo, los líderes con grandes éxitos están convencidos de que un sentido de humildad es esencial para ganar los corazones y voluntades. Humildad es una demostración visible de inquietud y de compasión, así como también de autenticidad. Los líderes que intentan tener seguidores tienen que ser líderes que entienden la condición humana, especialmente la suya propia» (JOHN BALDÓN, Darwin Magazine).
Estos sentimientos del mundo actual sobre habilidades de administración efectiva que conducen a negocios más prósperos reflejan aquellas de San Vicente en las Reglas Comunes:
«Todos nos aplicaremos con diligencia a aprender esta lección de Jesucristo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Pensemos que como él afirma, con la mansedumbre se llega a poseer la tierra, pues con esta virtud se atrae a los corazones para que se vuelvan a Dios, lo cual no consiguen nunca los que tratan al prójimo con dureza y aspereza. Pensemos también que con la humildad se consigue el cielo, al que suele elevarnos el amor de la propia abyección, guiándonos de virtud en virtud como por etapas hasta alcanzarlo» (RC II: 6).
Una «acogida amable» de humillaciones que nos guíe a adquirir otras virtudes lleva también una connotación contemporánea que nos ofrece un sabio consejo para nuestro ministerio de evangelización efectiva.
«Convierte fracasos en lecciones. Los errores dan origen a la necesidad de la humildad. En vez de intentar encubrir faltas, los líderes necesitan divulgarlas. No para obtener retribución, sino para la educación. Según el Wall Street Journal, Eli Lilly, una Compañía de Productos Farmacéuticos, analizó muy detenidamente una medicina contra el cáncer sin éxito en pruebas humanas. Investigadores en Lily saben que los métodos científicos llevan consigo cierto grado tanto de acierto como de error, así como también un porcentaje de fracaso analítico. El resultado es que los errores pueden convertirse en éxito: la medicina sin éxito se modificó y ahora se usa para el tratamiento de otra forma de cáncer» (BALDÓN, Darwin Magazine).
Una de las prácticas de muchas congregaciones religiosas, en uso durante el tiempo de San Vicente y aún después hasta el Vaticano II, era el «capítulo de faltas». Esta práctica de confesar públicamente las faltas propias (que no los pecados) y de que estas faltas fuesen expuestas en público por otros, se consideraba como medio eficaz para desarrollar la humildad, y de esa manera equiparse para los ministerios y para la vida de comunidad. Esta práctica ha caído en desuso casi en su totalidad. Hoy hablaríamos probablemente de «corrección fraterna» o «de mutua comunicación abierta y honesta».
Pero la idea subyacente de honestidad consigo mismo y con otros permanece como idea importante en la vida actual.
«Humildad es reconocimiento de humanidad, un sentido de que el líder y el seguidor van juntos. Eso profundiza el sentido de confianza. Es mejor admitir una falta o una limitación que guiar ciegamente a lo desconocido» (BALDÓN, Darwin Magazine).
La espiritualidad de la imperfección
Todos los años en la ceremonia de la imposición de la ceniza, la Iglesia nos recuerda que somos polvo y que con la muerte nos convertiremos de nuevo en polvo. Se nos marca la frente con polvo, ceniza, como una advertencia de esta verdad esencial. El resto de la cuaresma nos invita a recordar este hecho fundamental por medio de la oración y de otras prácticas, tales como, obras de misericordia, especialmente limosnas que en realidad son símbolo de nuestra solidaridad humana. Todos nosotros necesitamos amar y depender de la misericordia de Dios. Los santos nunca pensaron en sí mismos, más allá de su dependencia de la misericordia de Dios. Según el dicho, «un santo es un santo, a no ser que reconozca que el es uno de ellos». Las cenizas tomadas como vestido piadoso es prueba manifiesta de soberbia, en cuyo caso el adviento no nos llevaría muy lejos por el camino de la santidad y del seguimiento a Cristo.
Los Alcohólicos Anónimos o «A.A.» es un movimiento espiritual importante del siglo XX y ha ayudado con éxito a millones de alcohólicos a descubrir el camino hacia la sobriedad, y desde allí a la consecución de importantes ambiciones de la vida, incluida la santificación cristiana. Pero el principio se encuentra en el reconocimiento de que nadie es ni puede ser perfecto.
«Según la forma de vida que fluye de esta intuición, únicamente cesando de jugar con Dios, así como llegando a un acuerdo con errores y deficiencias, y aceptando la incapacidad para controlar todos los aspectos de sus vidas, los alcohólicos (o cualquier ser humano) pueden encontrar la paz y la serenidad que el alcohol (o cualquier otra droga, sexo, dinero, posesiones materiales, poder o privilegio) prometen pero nunca llegan a proporcionar» (E. KURTZ -K.KETCHAM, The Spirituality of Imperfection).
Los que acuden a las reuniones de A.A. siempre se identifican como alcohólicos, «Mi nombre es Juan; soy un alcohólico», aunque hayan estado alejados de la bebida por muchos años. La historia de A.A. hace resaltar que esta disposición constante de reconocimiento de que «una vez alcohólico siempre alcohólico» era central para mantener la sobriedad, nadie podía referirse a sí mismo como un «ex-alcohólico. Más bien, toma un día en ese momento para continuar siendo fiel a la gracia que le condujo a la sobriedad.
«El punto clave de la humildad es encontrar un ‘equilibrio’, aquel lugar en medio del columpio bamboleante de la vida que permite reposar un pie al lado de lo ‘bueno, santo, ángel’, así como también al otro lado de ‘gusano, pecador, bestia’… Pero la humildad connota no solamente el ‘equilibrio’ sino el ‘orden correcto’… un elegir prioridades, un poner en práctica ‘las cosas más importantes’. Y así, por tradición uno acepta la ‘bestia’, pero eso no excluye acariciar y fomentar aquellas actitudes y actividades que hay de ‘ángel’… Tanto ‘el orden correcto’ de la humildad como el equilibrio de esta misma virtud tienen relación, antes de nada, consigo mismo. Una humildad que comienza con la aceptación de uno mismo como un ser imperfecto que no se interesa en juzgar a los otros: ‘Ser humilde es no hacer comparaciones’. Y así, por el hecho de que la humildad elige ver primero, y de hecho solamente, sus propios defectos y límites, esta virtud sirve como fundamento para otra realidad espiritual poderosa: la tolerancia» (KURTZ -KETCHAM, «La espiritualidad de la imperfección»).
Mark Twain, humorista americano del siglo XIX, decía: «No puedo ser más humilde de lo que mi talento requiere». Humildad es una virtud fundamental para obtener el desarrollo espiritual de uno mismo y para seguir adelante en nuestro ministerio al servicio de otros. Pero no puede improvisarse.
En cierta ocasión, un rabino, en un frenesí desencadenado, entró precipitadamente ante el Arca, se arrodilló, y empezó a golpearse el pecho gritando: «¡No soy nadie! ¡No soy nadie!». El cantor de la sinagoga, impresionado por este ejemplo de humildad espiritual, siguió el ejemplo del rabino arrodillándose y diciendo: ¡No soy nadie! ¡No soy nadie! El guardián que estaba observando todo esto desde una esquina no pudo reprimirse y también se arrodilló gritando: ¡No soy nadie! ¡No soy nadie! En esto, el rabino dando un codazo al cantor y apuntando al guardián dijo: «Mira quién piensa que no es nadie» (KURTZ -KETCHAM, The Spirituality of Imperfection).
Podemos empezar cada día sabiendo que encontraremos multitud de oportunidades para crecer en humildad, pero sólo si nos limitamos a hacer en el día lo que tenemos que hacer, grande o pequeño. Nadie debe pensar que posee a Jesús, a San Pablo o a San Vicente. Juntos en la Iglesia y en la Congregación, debemos permanecer unidos realizando cada uno la parte que le toca. Helen Keller, una americana sabia, sordomuda y ciega de nacimiento, nos recuerda a nosotros, vicentinos, una verdad importante que es crítica para nuestra vocación conforme se nos ha transmitido desde San Vicente hasta nuestro días.
«Yo anhelo realizar grandes y nobles tareas, pero mi deber principal es hacer trabajos como si fueran grandes y nobles. El mundo se mueve, no sólo por los empujones poderosos de sus héroes, sino también por el conjunto de pequeños empujes de cada uno de los trabajadores honestos».
San Pablo tiene un consejo sabio para nosotros que debemos seguir en nuestros trabajos: — al principio de cada día de nuestra vida de ministerios vicencianos y de vida de comunidad, durante el día y al final de cada día:
«Vosotros, pues, como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, longanimidad, soportándoos y perdonándoos mutuamente siempre que alguno diere a otro motivo de queja. Como el Señor os perdonó, así también perdonaos vosotros. Pero por encima de todo esto, vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección. Y la paz de Cristo reine en vuestros corazones, pues a ella habéis sido llamados en un solo cuerpo. Sed agradecidos. La palabra de Cristo habite en vosotros abundantemente, enseñándoos y amonestándoos unos a otros con toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales, cantando y dando gracias a Dios en vuestros corazones. Y todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por Él» (Col 3,12-17).







