La vida fraterna en común

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la CaridadLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Miguel Lloret, C.M., C.M. · Año publicación original: 1984 · Fuente: Ecos de la Compañía, 1984.
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La vida fraterna en Comunidad es un elemento integrante del ideal de las Hijas de la Caridad: sin ella, éste sería como un cuerpo sin brazos o sin piernas.

¡Cómo podría ser de otra manera, puesto que la dimensión «relaciones», tan profundamente arraigada en la naturaleza humana, es esencial a la vida cristiana como participación de la vida trinitaria, que es por excelencia comunión de amor! Existe ahí una especie de absoluto: la vocación es inseparable de una convocación.

Pero lo que nos interesa precisamente, es lo especifico de esta «manera de vivir el bautismo» que representan, en la Iglesia, la vocación y la misión de la Compañía y, en particular, la vida comunitaria que ella exige, con sus peculia­ridades y sus modalidades propias.

La Compañía: una sociedad de vida apostólica en comunidad

Sabemos que las Constituciones describen la Compañía como «una Sociedad de vida apostólica en Comunidad». La expresión es ya rica y elocuente por sí misma. Es significativo que el Canon 731, al definir este tipo de sociedades, haga especial hincapié sobre la vida fraterna en común sin dejar, ciertamente, de referirla a la finalidad apostólica de estos Institutos,

«cuyos miembros, sin votos religiosos, buscan el fin apostólico pro­pio de la Sociedad y, llevando vida fraterna en común, según el propio modo de vida, aspiran a la perfección de la caridad por la ob­servancia de las Constituciones» (Derecho Canónico, núm. 731).

Se nos remite, pues, a las Constituciones para conocer mejor la identidad exacta de la Compañía, y, especialmente, el género de vida comunitaria que se debe llevar en esta Compañía, para responder al designio de Dios sobre ella.

Una Comunidad fraterna

La fidelidad al carisma original se refleja perfectamente en frases como éstas:

«El 29 de noviembre de 1633, las primeras Hijas de la Caridad se agru­pan en torno a Luisa de Marillac, para vivir bajo su dirección y en Comunidad fraterna, su ideal» (Constituciones 1.2).

«Los Fundadores vieron en la vida fraterna uno de los apoyos esen­ciales de la vocación de las Hijas de la Caridad>. (Constituciones 1.6). «Llamadas y reunidas por Dios, las Hijas de la Caridad, llevan una vida fraterna en común, con miras a su misión específica de servicio» «Constituciones, 2.17).

Para servir juntas

De hecho, es la finalidad la que hace a toda una sociedad y por tanto a toda Comunidad: se vive juntas para… Si se pierde de vista esta finalidad, si no se reactualiza constantemente en lo concreto, sobre todo si no se enfoca con bas­tante unanimidad, la Compañía pierde su razón de ser y su vitalidad. Las Her­manas están juntas para responder, juntas, a las llamadas que han percibido juntas.

Nos hallamos ante el eje esencial y centralizador, unificador: juntas quieren imitar a Jesucristo como Evangelizador de los Pobres y continuar su Misión; juntas quieren contemplarlo y encontrarlo en los Pobres, juntas quieren servirle en los Pobres, juntas quieren anunciarlo y revelarlo a los Pobres.

No debemos olvidar que la misión empieza con la vida fraterna, signo de la presencia de Cristo entre los hombres.

Es lo que dice San Vicente: Dios llama y reúne a las Hijas de la Caridad. Dios es Autor de la Compañía. Los Fundadores insisten en esto incesantemente. El 31 de julio de 1634 dice San Vicente a las doce Hermanas que están ante él.

«Hace algún tiempo que estáis reunidas para vivir con un ideal co­mún… La Providencia os ha reunido aqui a vosotras doce, y, al pa­recer, con el designio de que honréis su vida humana aqui en la tierra. ¡Oh! ¡qué ventaja estar en una Comunidad puesto que cada miembro participa del bien que hace todo el cuerpo!»

El 26 de abril de 1634, hablando de la unión entre los miembros de la Comu­nidad, dice:

«El tema que hoy tenemos es de grandísima importancia, pues se relaciona nada menos que con la continuación o la disolución total de vuestra Compañía.»

Además, es interesante hacer notar que, uniendo de algún modo el gesto a la palabra, San Vicente decide, ese día, cambiar de método para sus Conferen­cias e instituye un diálogo muy sencillo con las Hermanas.

La comunidad local, reflejo de la Trinidad

Uno de los textos más ricos que tenemos es el del Consejo de la Compañía del 19 de julio de 1647 en el que San Vicente muestra los fundamentos trini­tarios de la vida comunitaria, pero colocándolos de una manera extraordinaria en el eje misionero de la vocación propia de la Hija de la Caridad.

Además es al día siguiente cuando Santa Luisa, sin duda impresionada por las palabras del Fundador, le pide que las Hermanas tengan diariamente un tiempo de intercambio, tomando como base su vivencia misionera. Y San Vicente, aprueba con insistencia esta propuesta y concluye:

«Hay que tener esa comunicación mutua.»

Comunión de personas

«Lo mismo que Dios no es más que uno en Si, y hay en Dios tres per­sonas, sin que el Padre sea mayor que el Hijo, ni el Hijo superior al Espíritu Santo, también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo, no tienen que ser más que un sólo corazón y una sola alma.»

San Vicente pide pues a las Hijas de la Caridad que no sean más que un solo corazón y una sola alma.

Un solo corazón y una sola alma

La vida trinitaria es la perfecta comunión de las personas divinas. Al hablar de este tema, nos encontramos, según la propia definición, en la cumbre de la vida espiritual que es esencialmente «comunión». El Padre está totalmente vuelto hacia el Hijo y toda su personalidad de Padre está precisamente en esta rela­ción. El Hijo está totalmente vuelto hacia el Padre y toda su personalidad de Hijo está precisamente en esta relación. El Padre y el Hijo unidos, están vueltos hacia su Espíritu común, su común respiración de Amor, y el Espíritu Santo está to­talmente tornado hacia el Padre y el Hijo unidos y toda su personalidad está precisamente en esta relación. En resumen, las Personas divinas son única y perfectamente purísimas miradas, purísimas relaciones de una hacia otra en la más total reciprocidad de comunión.

La vida cristiana no es sino una participación en esta comunión. Es esencial­mente una inmersión —como indica el término «bautismo»— en esta vida divina, en esta perfecta comunión de las Personas divinas. Vivir en plenitud la vida bau­tismal, no puede, pues, traducirse más que por una unión tan perfecta como po­sible de los corazones y de los espíritus, que hunda sus raíces en la Trinidad.

A imagen de la Trinidad

Como misioneras que somos, es esto lo que esencialmente tenemos que anun­ciar y revelar. Cuando Jesús dijo: «id, pues; enseñad a todas las gentes», «bauti­zándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo», no son dos cosas distintas: lo que hay que anunciar principalmente a todos los hombres es que están llamados a ser hijos de Dios en Jesús por el Espíritu, a ser sumergidos en esta vida trinitaria. Todo consiste en esto o se dirige a ello o procede de ello en el Plan de Salvación que Dios tiene sobre la humanidad en su misericordia infinita.

Es como si San Vicente dijera a las Hijas de la Caridad: antes incluso de ha­blar de este plan de la misericordia de Dios, anunciadlo, mostradlo en vuestras propias vidas por vuestra unión fraterna; sólo con veros debe resultar evidente, que vosotras mismas vivís de esta Buena Nueva que lleváis a los Pobres: la vida divina —vida de perfecta unión de las personas— os ha invadido e irradia de vuestras Comunidades.

Vida de coparticipación

«Lo mismo que en las Sagradas Personas de la Santísima Trinidad, las operaciones, aunque sean diversas y se atribuyan a cada una en par­ticular, tienen relación una con la otra, sin que por atribuir la Sabidu­ría al Hijo y la Bondad al Espíritu Santo se pretenda que el Padre está privado de estos dos atributos, ni que la Tercera Persona carezca del Poder del Padre o de la Sabiduría del Hijo, de la misma forma es pre­ciso que entre las Hijas de la Caridad la que está encargada de los Pobres tenga con la que cuida de los niños, y la que cuida de los niños con la que atiende a los Pobres.»

Así pues Dios invita a las Hijas de la Caridad a compartir.

Dios invita a compartir

Al tratarse de una perfecta comunión, la vida trinitaria no puede ser sino un compartir en el sentido más perfecto y único del término. Todo el plan de la Sal­vación está bajo el signo de este compartir en el que Dios quiere que participe­mos. Nos ofrece su propia vida en su Hijo que, para esto, viene El mismo a compartir nuestra vida humana, se hace semejante a nosotros en todo, excepto en el pecado. Viene precisamente a librarnos de ese pecado, para que podamos llegar a ser plenamente hijos en El. En oposición al Plan divino, el pecado es esen­cialmente «división» (división con Dios, división con los otros, división con nos­otros mismos). Las imágenes de «Iglesia», «Pueblo de Dios», «Cuerpo de Cristo», «Reino», etc., nos hablan todas ellas de unidad.

Por esto, el compartir es tan importante como testimonio en la vida misionera, ya se trate de compartir entre nosotros o de compartir con todos nuestros her­manos. Existe ahí precisamente una especie de reflejo de la vida divina en las que todos estamos llamados a participar. Es esto también lo que da tanta impor­tancia al compartir teniendo como base la Misión o con miras a la misión. San Vicente, que no pierde jamás de vista la finalidad esencial misionera de nuestras vidas, no deja de insistir sobre este aspecto.

Las Hijas de la Caridad no pueden servir sin compartir

Para San Vicente, las «diversidades» son algo connatural, y constituyen una riqueza. Lo que nos hace superar las barreras, es precisamente el compartir en todas sus formas, la puesta en común a imagen de la Santísima Trinidad. Recordemos las «reglas particulares» que los Fundadores habían redactado, para que las Hermanas pudieran hacer frente a las diversas formas de pobreza y que son otras tantas pequeñas obras maestras de percepción de esta diversidad. Pero no dejan de recordar que estas reglas estaban «redactadas sobre la Regla General», sobre lo que más tarde se llamarán «las Reglas Comunes» que permiten a las Hijas de la Caridad vivir el mismo ideal y en el mismo espíritu. Nuestros «proyectos co­munitarios» que hoy coinciden con esta misma preocupación: un mismo enfoque en la diversidad de nuestras tareas.

Es grande esta importancia del compartir que Santa Luisa había retenido, como lo hemos recordado, cuando intervino en el Consejo del 20 de junio de 1647, para que las Hermanas no dejen de dar a conocer todo lo que viven diariamente al servicio de los Pobres y para reflexionar juntas sobre lo que haya que hacer o evitar, para responder bien a las llamadas y a las necesidades de las gentes.

Cuando hoy decimos que nuestras Comunidades deben ser verdaderas Comu­nidades de trabajo, de oración, de vida consagrada, coincidimos con esta misma preocupación del compartir en todos los campos, con miras y a partir del ser­vicio.

Los frutos del Espíritu

«También me gustaría que las Hermanas se conformasen en esto a la Santísima Trinidad, que como el Padre se entrega totalmente al Hijo y el Hijo se entrega totalmente al Padre, de donde procede el Espíritu Santo, de la misma manera ellas sean totalmente una de la otra para producir las obras de caridad que se atribuyen al Espíritu Santo, a fin de parecerse a la Santísima Trinidad.»

Es quizá, en este magnífico pasaje, donde más claramente queda expresado el vínculo que San Vicente ve entre la unión de las Hermanas a imagen de la Santísima Trinidad y su servicio a los Pobres, fruto de esta unión, como el Es­píritu Santo es el fruto de la unión del Padre y del Hijo y es quien va a animar las obras de la Caridad.

El Espíritu Santo, vínculo de Amor

El Espíritu Santo es el vínculo de Amor en persona entre el Padre y el Hijo o, como ya lo hemos dicho, su común respiración de Amor, «su soplo» común en el que se encuentran en perfección.

Por esto el Espíritu Santo es esencialmente «unificador». Cuando obra en nosotros y entre nosotros, tiende primordialmente a hacernos entrar en esta unión de Amor del Padre y del Hijo que es El mismo, a hacernos participar en esta vida divina:

«El Amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espí­ritu Santo que se nos ha dado.»

Sabemos cómo Santa Luisa, especialmente, ha vivido esta convicción, y ha re­comendado incesantemente a las Hermanas que se dejen impregnar en su vida comunitaria por estos frutos del Espíritu que son la alegría, la cordialidad, la to­lerancia, la mansedumbre.

¿Cómo no han de ser las Hijas de la Caridad ante todo testigos de esta Ca­ridad por su vida?…

Del amor fraterno a la misión

Los frutos de la Misión (las «obras de Caridad», como dice San Vicente) están condicionadas por esta unión entre nosotros. Recordemos que Santa Luisa deseaba que la Compañía fuese dependiente del Espíritu Santo para que pudiera realizar el designio de Dios sobre ella. ¿Qué puede significar «ser dependiente del Espíritu Santo «si no es dejarle que cree en nosotros, personal y comunita­riamente la semejanza con Cristo, dejarle hacer de nosotros el «cuerpo» de Cristo por los lazos de comunión cuyo Autor es El?

Por esto, puede comprenderse mejor, que el Espíritu actúa en toda Comuni­dad corno tal y no solamente en cada uno de sus miembros individualmente con­siderados. Él la consagra con miras a la Misión, la unifica cada vez más con miras al «servicio» que le está reservado por el Señor en el seno de esta Mi­sión.

¿Y hacia dónde va para las Hijas de la Caridad este «servicio», si no es a en­contrarse con este mismo Espíritu que actúa en el corazón y en la vida de los Pobres, para santificarlos y salvarlos, como muy bien dicen las Constituciones? (1.7). Vemos pues hasta qué punto depende todo de nuestra fidelidad al Espíritu del Padre y del Hijo,

Para San Vicente como para Santa Luisa, la Comunidad es pues, ante todo y en profundidad, una realidad de Fe. Mientras se la considere únicamente o ante todo como una estructura, una institución, o a fortiori, como una atadura institucional, se la vaciará de su espíritu.

Es ante todo ese lugar de reunión y de un rehacer las fuerzas, querido por el Señor, a partir y con miras al servicio de los Pobres en un amor sencillo y humilde.

No podemos menos de quedar impresionados por los acentos evangélicos con que les Fundadores hablan de la vida comunitaria. Por esto sus palabras son siem­pre actuales y hacen de San Vicente y Santa Luisa admirables precursores en este campo como en tantos otros. Verdaderamente —lo hemos repetido estos últimos tiempos— el Señor se sirvió de ellos para inaugurar en la Iglesia una nueva manera de vivir el bautismo en plenitud: la que el nuevo Derecho Canó­nico designa bajo el nombre de «sociedades de vida apostólica».

Pasar de una comunidad de orden a una comunidad de proyecto

Si vivimos de este espíritu, pasaremos cada vez más de una simple Comu­nidad de observancias o de una Comunidad de orden a una Comunidad de pro­yecto o de verdaderas relaciones interpersonales a partir de la Misión, a partir del servicio y con miras a ello.

En efecto no hay que ser simplista. Gracias a Dios, han existido siempre entre nosotros verdaderas Comunidades fraternas.

No hemos de ir tampoco de un extremo a otro: lo mismo que el Vaticano II, al insistir sobre la Iglesia como Misterio de Salvación y Pueblo de Dios, es un complemento de la visión jerárquica del Vaticano I, que bien comprendida, no es menos importante, así las Comunidades han sido llamadas, en esta Iglesia, a un «aggiornamento» del mismo orden, para pasar cada vez más, de la simple vida en común a una real vida comunitaria, a una real vida de comunión en fun­ción de la vocación propia.

No hay, no debe haber ninguna contradicción entre la «regularidad» con la que nos hemos contentado tal vez demasiado con el pasado y el poner el acento en la participación, el diálogo, en la renovación en el Espíritu a partir del Evan­gelio y de los Fundadores. ¿De qué servir la encontrarse juntas a tal o tal hora si no existe verdadera comunión y coparticipación en el sentido profundo de estas palabras? Pero, justamente, no basta hablar de todo esto, hay que vivirlo.

«Es necesario tener esta ‘mutualidad’, este trato en común»…

Si, volvamos de nuevo a aquel famoso Consejo del 20 de junio de 1647 en el que, a partir de una pregunta de Santa Luisa, San Vicente puso bajo la palabra original de «mutualidad» todo el espíritu de una Comunidad como lugar de in­tercambios, de coparticipación, de solidaridad.

Para nuestros proyectos comunitarios, para nuestras reuniones comunita­rias de toda clase (pues las modalidades son diversas: lo esencial es compartir verdaderamente), meditemos y volvamos a meditar este texto extraordinario:

«Es necesario esto: una gran comunicación mutua, decirse todo. No hay nada más necesario. Eso une los corazones y Dios bendice los consejos que así se reciben, de forma que los asuntos van entonces mejor… Esto hace que la conversación (en el siglo XVII esta palabra tiene un sentido muy amplio y designa toda una convivencia) sea tan grata como no lo podríais creer. Por el contrario, cuando cada uno va a lo suyo, sin decir nada, esto resulta insoportable.

De manera, hija mía, que es preciso esto: que no ocurra nada, que no se haga nada, ni se diga nada, sin que lo sepáis la una y la otra. Hay que tener esta «mutualidad» (C. XIII, 641 — Síg. X, 773).

Está claro, que todo esto es ante todo, una cuestión de espíritu. Pero aún más, es necesario llegar a lo concreto y a lo «efectivo»: encontrar el ritmo de­seado, las modalidades más indicadas para estos encuentros comunitarios, y obrar de manera que cada miembro de la Comunidad pueda enriquecer al máxi­mo a los demás con su aportación personal, al mismo tiempo que él se( apro­vecha al máximo de la aportación de sus compañeras. Santa Luisa había pre­guntado si le parecía bien que las Hermanas se tomen todos los días algún tiempo, una media hora poco más o menos, para contarse las cosas que hayan hecho, las dificultades que hayan encontrado, y planificar juntas las cosas que tienen que hacer… Es un verdadero programa de revisión de vida: ver, juzgar, actuar…

Una pedagogía de la relación

La Fe y la Caridad que nos unen no nos dispensan de que intentemos crear esta capacidad de relación. Sabemos de sobra cuántos obstáculos personales y ambientales se oponen a ello de mil maneras: caracteres, sectarismos de todas clases, indiferencia ante los problemas de los demás, ambiente enrarecido, et­cétera. Lo que llamamos «problemas o malestar comunitario» no son con bas­tante frecuencia más que la proyección de problemas personales en esta «caja de resonancia» que corre el riesgo de ser la Comunidad, sobre todo si se la idea­liza demasiado.

En esto, como en todo, la gracia y la naturaleza deben entrelazarse», como decía Péguy. Tenemos quo ingeniarnos para desbloquear esos obstáculos, dar la mayor vida posible a los intercambios, renovarlos (sin exageración) para que cada uno de ellos pueda dar su nota propia y producir fruto verdaderamente, No, no estamos dispensados do todo lo que, humanamente, puede ayudarnos en esta relación: madurez, discreción, apertura, respeto a las personas, flexibili­dad de estructuras, sentido del humor, aunque se tome la vida en serio, para dominar y relativizar los posibles conflictos…

Pero, lo cierto es, que no podemos vivir sin razones de vivir, que no podemos vivir juntos sin razones para vivir juntos… y estas razones son esencialmente del orden de la Fe, de la Caridad verdadera y efectiva, de la Misión y del Ser­vicio, bien comprendidos con todas sus exigencias. Por esto es necesario que nos reunamos en este clima de Fe y de Amor, principalmente dentro de una ver­dadera oración en la que se purifican y profundizan las actitudes: rectitud, sen­cillez, humildad, confianza, sentido de los demás, sentido misionero.

Habremos notado la expresión de San Vicente: Dios bendice el consejo que se toma… El mismo había dicho igualmente en el primer Consejo de la Compa­ñía el 28 de junio de 1646:

«Pido a Dios que quiera presidir El mismo este Consejo, que sea El mismo su alma y que no permita que se actúe por ningún otro motivo más que por El; que quiera darnos su luz, discernimiento y resolución, y que, puesto que Él ha querido que haya una virtud que lleva el nom­bre de consejo, que es un don del Espíritu Santo, Él os lo conceda por obra del mismo Espíritu Santo» (C. X111, 603; Sig. X, 742).

Nosotros podemos aplicar esto a la vida comunitaria bajo la acción del Espí­ritu, nuestro primer Formador, nuestro primer Pedagogo.

La «autoridad servicio»

Uno de los acentos más evangélicos entre los que tratamos de poner de relieve en nuestros Fundadores, es ciertamente su manera de comprender la autoridad. Las Constituciones se hacen eco de esta enseñanza cuando dicen:

«Como toda autoridad en la Iglesia, la autoridad en la Compañía se ejerce como un servicio, a imitación de Cristo Servidor, que amó a los suyos hasta dar su vida por ellos.

La autoridad es responsable de las decisiones que haya que tomar, después de haber buscado en conejo la Voluntad de Dios. Debe estar cercana a las Hermanas para comprenderlas, conocer su vida, poder escuchar con ellas las necesidades de los Pobres y buscar los me­dios para remediarlas con la audacia y la prudencia de los Fundadores.

La confianza mutua es básica en las relaciones de gobierno, y se funda en el respeto a las personas, la discreción y el secreto» (C. 3, 25). Toda Hermana tiene el derecho y el deber de participar en el go­bierno según las modalidades indicadas en las Constituciones y Es­tatutos. En esta misma óptica, cualquier cargo en la Compañía se con­sidera como un servicio temporal de duración determinada (C. 3, 26).

Sabemos cómo San Vicente desmitifica de alguna manera el papel de la Su­periora El nombre de «Hermana Sirviente» es significativo y conocemos todos los comentarios que él mismo y Santa Luisa han hecho a este respecto y que sería demasiado largo recordar aquí. (Cf. Directivas para las Hermanas Sirvien­tes). Es interesante hacer notar que el tan conocido texto del Consejo del 19 de junio de 1647 —que comentamos en el artículo anterior de los Ecos— sobre la vida comunitaria y la Santísima Trinidad, se ha escrito a propósito de la Hermana Sirviente:

«Hace mucho tiempo que llevo deseando —dice San Vicente— y sería para mí un gran consuelo, que nuestras Hermanas hubieran llegado a tal extremo de respeto entre sí, que la gente de fuera no pudiese conocer nunca cuál de las Hermanas es la Hermana Sirviente. Por­que mirad, hijas mías, lo mismo que Dios no es más que uno en sí, y hay en Dios tres Personas… también es preciso que las Hijas de la Caridad, que tienen que ser la imagen de la Santísima Trinidad, aun cuando sean muchas, sin embargo, no tienen que ser más que un corazón y una sola alma….

Una vez más, es una cuestión de unidad de vida. Si la Hija de la Caridad es «sierva» por vocación, ¿cómo este mismo carácter no ha de encontrarse en to­dos los aspectos de su vida y, en particular, en su vida comunitaria, principalmen­te cuando se le llama a asumir en ella una responsabilidad particular como la de la autoridad?… ¿No debe ser entonces doblemente «sierva»?…

De hecho, como dicen muy bien las Constituciones, «la Hermana Sirviente… es responsable de suscitar la reflexión común para llegar al discernimiento pre­ciso frente a las necesidades, a las llamadas, a los compromisos…

Juntas, en un intento leal de discernimiento, la Hermana Sirviente y la com­pañera se interrogan (dormite la comunicación) acerca de sus esfuerzos de fide­lidad a las exigencias de la vida y de la misión de Hija de la Caridad» (C. 2, 21).

El Designio de Dios sobre la Compañía sigue siendo, en cualquier caso, la referencia esencial:

«Entregadas a Dios para el servicio de los Pobres, las Hijas de la Ca­ridad encuentran la unidad de su vida en esa finalidad.

El servicio es para ellas la expresión de su consagración a Dios en la Compañía y comunica a esa consagración su pleno significado. Alimenta su contemplación y da sentido a su vida comunitaria, del mismo modo que su trato con Dios y su vida fraterna en Comunidad reaniman sin cesar su compromiso apostólico» (C. 2, 1).

Tal es la permanente actualidad del Evangelio.

Después de haber recordado los fundamentos doctrinales y los acentos evangéli­cos de la vida comunitaria de las Hijas de la Caridad, las Constituciones nos dicen con qué espíritu y con qué estilo hay que vivirla.

Aquí es donde aparece con toda claridad la relación íntima y recíproca que existe entre estas dos realidades que hemos dado en llamar: «unidad de vida» y «unidad den­tro de la vida».

Unidad de vida y unidad dentro de la vida

La unidad de vida es primordial y hay que trabajar en conseguirla día tras día, a menos de que lleguemos a no saber exactamente lo que somos y a ser irremediable­mente presas de «tensiones» que, por una parte, son normales e inevitables, pero que requieren ser superadas lo mejor posible. Muchas veces hemos repetido que para una Hija de la Caridad el eje esencial en torno al cual debe girar todo es su entrega total a Dios en la Compañía para servir a los pobres.

Pero precisamente esta entrega y este servicio se viven «en la Compañía», a to­dos los niveles: nivel general, nivel provincial, nivel local. Esta unidad dentro de la vida se concreta de manera inmediata y diaria en la Comunidad local y es una de las di­mensiones esenciales que deben entroncar con el eje central de la entrega total para el servicio. Como recordábamos en un artículo anterior:

  • unidas, juntas, es como las Hijas de la Caridad quieren continuar e imitar la misión de Jesucristo, Evangelizador de los Pobres;
  • unidas, juntas, quieren contemplarle y encontrarle en los pobres,
  • unidas, juntas, quieren servirle en los pobres,
  • unidas, juntas, quieren anunciarle y revelarle a los pobres.

Dispersión y reunión

La tensión entre la dispersión misionera y la reunión comunitaria es la que quizá requiera más que se la asuma y supere con esta óptica de la unidad de vida.

Las necesidades de la Misión dispersan cada vez más a las Hermanas a nivel del servicio. Si no se pone cuidado, esta dispersión puede llegar en un plazo más o menos breve a convertirse en permisividad o pérdida de la identidad, en la medida en que la comunidad no sea ya el grupo fundamental de pertenencia y de referencia. A la inver­sa, no cabe duda que las reuniones pueden disimular el replegarse en sí mismas o quién sabe si adoptar verdaderas formas de «ghetto»…

Una tensión inevitable pero enriquecedora

Como hacían notar los obispos de Francia en una de sus Asambleas plenarias, en Lourdes, esta tensión es en sí no sólo inevitable, sino también enriquecedora y fecun­da. Representa, en cierto modo, lo mismo que Cristo hacía vivir a sus apóstoles:

«Escogió a doce para que le acompañaran» y «para enviarlos a predicar» (Mc. 3, 14).

Esto cobra un relieve especial en una sociedad de vida apostólica como la nuestra.

Una tensión que permite una presencia más auténtica en medio de los pobres

La reunión es indispensable para que la dispersión conserve su verdadera finali­dad. En esa reunión es donde han de poder rehacerse las fuerzas, con la oración de todas juntas, con la reflexión, intercambiando y compartiendo bajo todas las formas y, en general, gracias a un clima fraternal.

Pero ¿qué significado tendría nuestra reunión si no existiera la dispersión misio­nera? No nos reunimos únicamente para encontrarnos a gusto juntas, sino para poder estar presentes de manera más auténtica en medio de los pobres, para ofrecerles una verdadera evangelización dentro de la línea de nuestra vocación. –

Dos realidades complementarias

Reunión y dispersión son dos realidades complementarias que no tienen sentido si no es, precisamente, en su mutua relación: O se mantienen juntas o se vienen abajo juntas. Estando reunidas nos dispersamos para llevar la Buena Noticia al mundo de los pobres. Pero, por dispersas que nos encontremos en función de las necesidades de la Misión, nos sentimos siempre unidas a nuestra comunidad, sostenidas y delega­das por ella, con la responsabilidad, por nuestra parte, de la riqueza y profundidad de nuestra vida comunitaria… y esto tiene que poder percibirse porque forma parte del testimonio apostólico.

De tal manera que la vitalidad de nuestro servicio pasa a través de la revaloriza­ción constante de nuestros encuentros comunitarios, aunque también puede afirmar­se la misma verdad a la inversa.

El Espíritu actúa

Una vida fraterna de calidad se construye poco a poco, progresivamente. En esto como en todo, y en cierto modo más que en cualquier otro aspecto, es el Espíritu de Dios el que nos precede y acompaña. Es necesario tener una visión muy clara de lo que requiere una verdadera comunidad y un deseo sincero de contribuir a edificarla. Se ha dicho, y con razón, que no existe «un cheque en blanco» para el amor, sino que es un trabajo de todos los días.

El Espíritu, fermento de unidad

Como decía San Vicente en sus célebres conferencias de febrero de 1653, el Es­píritu es el alma de la Compañía y de cada una de sus comunidades locales, de la mis­ma manera que es el alma de la Iglesia y de cada una de sus células. A la Iglesia le confiere, según la expresión del Credo, unidad, santidad, catolicidad, apostolicidad. Pero, por ser el Espíritu ante todo y fundamentalmente «unitivo», puede decirse que las notas de santidad, catolicidad y apostolicidad son consecuencia de la unidad en la. que nos establece. Porque,

  • ¿qué es la santidad sino nuestra unión y participación en la vida divina?
  • ¿qué es la catolicidad o universalidad sino la unión de todos los hombres en la misma familia divina?
  • ¿y qué es la apostolicidad sino el vínculo de fidelidad que, a través del tiempo y del espacio, nos une a la enseñanza recibida de los Apóstoles?

Lo mismo ocurrirá con la Compañía y con cada una de sus comunidades locales.

La fidelidad al Espíritu de Amor

Bajo la acción del Espíritu, y en la medida de su fidelidad al Espíritu, las comuni­dades serán unificadas, santificadas, abiertas a lo universal, apostólicas, en función de nuestra vocación propia dentro de la Iglesia. Y más exactamente todavía serán:

  • santas: totalmente ordenadas a Dios y a sus designios sobre nosotras,
  • universales: abiertas y acogedoras a los pobres,
  • apostólicas: animadas especialmente por el sentido eclesial, en la medida en que sean fieles al Espíritu de Amor unificante.

Bien vemos aquí que el Espíritu Santo no sólo nos consagra a cada uno de noso­tros de manera individual, sino también a la comunidad local como tal. Le comunica sin cesar su fuego y su fervor. La impulsa a unirse cada vez más, a irradiar cada vez más su unidad y su celo. Si me está permitido expresarme así, es como el «aceite» que lubrica los engranajes comunitarios. El que nos permite vencer nuestras resisten­cias a las disposiciones de Dios y nos concede entrar de corazón en esa relación comunitaria, superando las rigideces de nuestras oposiciones o temores.

El «sumergirnos» en el Espíritu nos comunicaría toda la generosidad del amor y toda la estabilidad en ese amor que tanto necesitamos para sobrellevarnos mutua­mente, para soportarnos, aceptarnos, comprendernos, promocionamos recíprocamen­te. iQué contradicción, qué incoherencia, se darían en nuestra vida si en el plano co­munitario no manifestáramos las disposiciones que pretendemos tener con la gente, con los pobres, y que de hecho solemos tener con ellos: escucha atenta, respeto, co­municación, cercanía, compañía paciente, etc.! No olvidemos que son precisamente la Misión y el Servicio los que nos reúnen.

El espíritu de las Hijas de la Caridad

Por tanto, una verdadera comunidad de Hijas de la Caridad vivirá sobre todo las actitudes interiores y exteriores que el Espíritu Santo le confiera como a tal «Comuni­dad de Hijas de la Caridad» y dará testimonio de ellas.

Un clima comunitario de amor humilde y sencillo

No creamos que la humildad, la sencillez y la caridad que forman a la auténtica sierva de los pobres entran sólo en el campo de la vida espiritual personal. Los Funda­dores solían hablar de «el espíritu de cuerpo». Si se llega a alcanzar la unidad de vida,

«Para eso es para lo que Dios os ha puesto juntas, os ha asociado, para eso es para lo que Dios ha hecho vuestra Compañía» (Conf. esp. núm. 1 96).

Una comunidad de Hijas de la Caridad tiene que respirar e irradiar ese clima de amor sencillo y humilde.

Una relación fraternal franca y delicada

«La sencillez supone, dentro de la vida comunitaria, una comunicación directa, sin doblez, sin mentira. Toda relación fraterna ha de ser franca y sincera. San Vicente propone que se viva esta sencillez en las palabras, diciendo las cosas tal y como las pensamos, aunque dentro de los límites de la delicadeza; en las acciones, obrando sin hipocresía…» (Padre Renouard, Boletín de la Provincia de Marsella.)

Ya San Vicente decía en su conferencia sobre las buenas aldeanas:

«El Espíritu de las verdaderas aldeanas es sumamente sencillo… De esta forma, hijas mías, tienen que ser también las Hijas de la Caridad; en esto conoceréis que lo sois de verdad, si todas sois sencillas, si no sois obstina­das en vuestras opiniones, sino sumisas a las de las demás, cándidas en vuestras palabras y si vuestros corazones no piensan en una cosa mientras vuestras bocas dicen otra.» (Conf. esp. núm. 140.)

Nuestra consigna

«La humildad nos ayuda a aceptar que los demás conozcan nuestras propias limi­taciones, nuestros verdaderos defectos, cuanto se pueda decir de nosotros. Nos esta­blece en la verdad.» (San Vicente, citado por Padre Renouard.) Nos permite, a cada uno, situarnos en el lugar que verdaderamente nos corresponde (Padre Renouard, ibid. ).

Hablando a sus misioneros, San Vicente llamaba graciosamente a la humildad «nuestra consigna, nuestro santo y seña»:

«Pidamos a Nuestro Señor que si se nos pregunta quiénes somos, cuál es nuestra condición, permita El que podamos contestar: la humildad… Que sea ella nuestra virtud. Que si se nos dice: ¿Quién vive? nuestra respuesta sea: iLa humildad’ Que tal sea nuestro santo y seña.» (Síg. XI/3, p. 491.)

La humildad engendra la caridad

El Fundador describió muy bien el vínculo entre la humildad y la caridad:

«Hermanas mías, mientras reine la caridad entre vosotras, la Compañía edi­ficará a todos. Pero apenas deje de notarse y se vea a dos Hermanas en una parroquia que no están de acuerdo entre sí, estad seguras que dirán que no son Hijas de la Caridad; carecen de humildad y de caridad; porque si tuvie­ran esas virtudes empezarían a hacer lo que tienen que hacer entre ellas. Y luego con los demás, puesto que han sido llamadas a amar a Dios y al pró­jimo.

¿Y de dónde procede todo eso? De una falta de humildad. Porque es la hu­mildad la que conserva la caridad. Una Hermana que tiene humildad no está en desacuerdo con las otras, pues la humildad engendra la caridad.» (Conf. esp., p. 858.)

Señales palpables

¿Cómo saber si vivimos verdaderamente de ese espíritu en nuestras comunida­des? San Vicente y, sobre todo, Santa Luisa nos dan unos criterios concretos: manse­dumbre, tolerancia, cordialidad. De hecho, son «frutos del Espíritu», como los llama San Pablo, que están muy relacionados con la vocación de una Hija de la Caridad. Por eso, los Fundadores insisten tanto en ellos, por ejemplo, al enviar en Misión a algunas Hermanas.

Entre el espíritu de la Compañía y esa mansedumbre, esa tolerancia, esa cordiali­dad existe una relación como de causa a efecto. Si no se produce ese efecto, concre­to, palpable, es que tampoco existe la causa, la fuente interior. Santa Luisa, que habla de ello con frecuencia, había sin duda recibido esta doctrina de San Francisco de Sa­les y también de San Vicente, pero se percibe su nota personal, algo así como una lla­mada que resuena en ella a la luz de su propia experiencia. En esas virtudes ve como las señales más inequívocas del espíritu de una verdadera Hija de la Caridad.

La existencia de esos rasgos es la condición necesaria para la subsistencia de la Compañía. La vida comunitaria se basa en ellos: mansedumbre, tolerancia, cordialidad gozosa, se han presentado unas veces como elementos de unión entre las hermanas, ‘otras, como señales y consecuencias de esa unión. Quiere ello decir que la caridad no se contenta con palabras y que ha de establecerse una coherencia entre la vida de la Comunidad y el servicio a los pobres:

«Deseo con todo mi corazón, queridas Hermanas, escribe la Fundadora, que juntas hayan renovado la resolución de vivir perfectamente unidas entre ustedes… no tanto en la cosas exteriores como en la práctica interior, que consiste en recibir todos los acontecimientos y contradicciones como veni­dos de la Divina Providencia, en tener gran tolerancia unas con otras y per­fecto entendimiento. Esto hará, queridas Hermanas, que las personas de fuera queden edificadas.» (L.M., p. 326.)

Edificar, construir, tal es la obra del Espíritu Santo, en todos los aspectos y de to­das las maneras.

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