La vida del Cardenal de Retz (II)

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Simone BERTIÈRE · Traductor: Máximo Agustín. · Año publicación original: 1990 · Fuente: Ed. de Fallois, París.
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cretzLA HERENCIA DE LOS GONDI

«Yo provengo de una casa ilustre en Francia y antigua en Italia»
A esta afirmación preliminar de las Memorias hace alusión, al final del relato, la orgullosa reivindicación de anterioridad de los Gondi, comparados con los Médicis:
«Para haceros saber que yo sé perfectamente lo que sería en Florencia, lanza Retz a la cara del arrogante cardenal Jean-Carle, os diré que si yo estuviera allí según mi nacimiento, yo sobresaldría por encima de vos, como mis predecesores sobresalían por encima de los vuestros, hace cuatrocientos años».
El memoriógrafo nos convida pues a una exploración de sus orígenes, para la que se ha molestado en persona en abalizar el itinerario: en dos ocasiones, financió escritos para gloria de su familia. Donde consigna «mil y un escalón de nobleza», o sea ciento veintiocho ascendentes nobles, en siete generaciones consecutivas: muy pocos podrían decir otro tanto. Pretensiones sospechosas: la obsesión del linaje es, en él, respuesta a ataques repetidos.

Genealogías y blasones
Sus orígenes son, durante la Fronda, el objetivo de panfletarios que hacen suyas las acusaciones proferidas tres cuartos de siglo antes contra su antepasado. ¿Quiénes son estos Gondi que brillan de tan alto? Florentinos de nobleza impura, amasada no con la espada, sino con el comercio y la banca, que entre nosotros sería deshonor. Extranjeros pues, y advenedizos. Los indignos beneficiarios de un ascenso demasiado rápido, de una fortuna insolente, debidas del todo al capricho real. El ante-italianismo virulento levantado en el siglo XVI por el séquito de Catalina de Médicis es atizado en el XVII por la envidia y el odio que inspiran un Concini, luego un Mazarino: «Los italianos llegan aquí flacos y menesterosos para engordar», escribe en 1658 un burgués de París, buen intérprete de la opinión popular. Y en pleno siglo XVIII, Saint-Simon negará todavía a los Gondi una partícula nobiliaria a la que, según él, no tenían ningún derecho.
Esta animosidad explica el tono tan polémico Anotaciones sumarias sobre la Casa de Gondi, publicadas en 1652 bajo el nombre del célebre genealogista D’Hozier, pero en las que la mano de Retz se siente en cada página. Si le diéramos crédito, la antigüedad de los Gondi en Florencia y sus alianzas con las mejores casas de Francia y de Italia les permitirían a poco a toda la nobleza del reino. El pobre D’Hozier confió a su hijo que nada tenía que ver él en los ataques cometidos contra la verdad: un ejemplar anotado manualmente por éste último nos avisa de estas reticencias.
Mucho más tarde, en el atardecer de su vida, Retz no ha abdicado de su orgullo. Continúa bruñendo su blasón. Pero la agresividad, al atardecer de su vida, Retz no se ha despojado de su orgullo. Continúa bruñendo su blasón. Pero la agresividad cede el paso a la nostalgia. Sabe que es, con su hermano enfermo, el último representante de una línea que, una vez superado el handicap de su origen extranjero, está apunto de apagarse: la «ilustración» de los Gondi en Francia habrá durado a penas algo más de un siglo. El Cardenal pule una y otra vez su imagen póstuma en la Historia genealógica de la Casa de Gondi, «copiada una infinidad de veces», enviada a un especialista «para ordenarla y añadirle dibujos como si se hubiera tratado de los mayores príncipes del mundo»-6, y publicada en 1705 después de su muerte, bajo el nombre de su pariente y amigo Corbinelli, quien había colaborado en las investigaciones. El suntuoso in-quarto, con sus retratos grabados por Duflos, sus armaduras, sus informes edificantes, no es otra cosa que un monumento funerario, un cenotafio, vana exhibición para una familia difunta -justo para hacer sonreír a los contemporáneos y estimular la sagacidad malévola de los eruditos del siglo XIX.
Retz se sintió orgulloso, la cosa no ofrece la menor duda. Queda por saber hasta qué punto.
El sospechoso Tallement des Réaux, alertado por el silencio de los antiguos cronistas toscanos, se preguntaba ya si el prestigio de la rama francesa no había servido para realzar, en retrospectiva, en Florencia, el status de ascendientes oscuros: se habría fabricado antepasados a Retz, como se la fabricaron a Mazarino. No estaba equivocado: los archivos siguen mudos sobre la prehistoria de la familia. Quimérica, la pretensión de descender de un compañero de Carlomagno, un caballero llamado Braïus, miembro de la gente de los Filippi, de quienes habla Dante en el canto XVI de su Paraíso. Inverificable, la afirmación que hace de Juan VIII, papa de 872 a 882, un Gondi. Retz no alude a ello sino con prudencia, como si no se lo creyera más que a medias.
La genealogía más reciente sí que es de fiar. Los Gondi aparecen por primera vez en documentos seguros muy al final del siglo XII, encargados de funciones municipales modestas -un cierto Orlando pertenecía en 1197 al concejo de la comuna. Su nieto firmó un tratado con Gënova en 1259 por cuenta de su ciudad natal. Grandes burgueses enriquecidos por el artesanado, el comercio de la seda y de la banca, acceden a la nobleza, por los criterios locales: una antigua torre lleva su nombre; edifican dos palacios en el primer recinto de la ciudad; son inhumados en capillas funerarias en Santa María Nueva.
Los servicios prestados al duque de Urbino a finales del siglo XV por Giuliano dei Gondi -Julián, llamado El Viejo o El Magnífico- le merecieron el derecho de timbrar con una corona condal sus armaduras -dos mazas de armas cruzadas- y de añadirles como divisa: Non sine labore. La ramas francesa adoptará las dos armas color arena unidas en gules -negro y rojo-, pero remplazará la fórmula evocadoras de actividades laboriosas por una divisa de inspiración militar: Haec domat, illa tuetur -una doma, la otra protege. Se volverá a ver estos elementos, coronados por un sombrero de púrpura ornado de glandes, en las armas del cardenal.
El rico tejido de alianzas con las más grandes familias florentinas de las que se pavonea Retz es sin duda alguna desmedido: las Advertencias sumarias enumeran más de tres docenas. El autor ha debido verificar no obstante sus referencias antes de escribir que no se puede «hablar mal de la casa de Gondi sin emborronar de algún modo una de las fuentes que corren por la sangre de Francia»: es dejar bien sentado un parentesco -salido de hermanos de sangre- entre Julián de Gondi y la bisabuela del gran duque Cosme I, antepasado de María de Médicis, de quien desciende Luis XIV.
¿Plebeyos de baja cuna o primos del rey de Francia, los Gondi? Plebeyos con toda seguridad, si se comparten las prevenciones de la nobleza francesa rural y guerrera frente a la de las ciudades comerciales de la península, en las que el dinero basta para procurarse poder y honores. Pero nada de humilde cuna. Son, a partir del siglo XIII al menos, notables florentinos. En cuanto al parentesco, no se debería tener en consideración si Francia no hubiera hecho caso omiso de sus prejuicios cuando el matrimonio de Enrique IV con aquella a quien se motejaba de «la gorda banquera», pero cuya dote se deseaba. Provocará la risa pues, si se quiere, al ver los esfuerzos del cardenal para hallarse raíces en la nobleza de espada remontándose a Carlomagno. Ello no es razón para caer en el exceso inverso y hacer de sus antepasados unos vagabundos.

La diáspora de los Gondi
La familia era prolífica. Los mayores recogían en el lugar lo mejor del patrimonio, los otros buscaban fortuna en el matrimonio o expatriándose. Es la descendencia de un hermano menor del famoso Julián quien sobresalió por su espíritu aventurero. Por necesidad sin duda: Antonio, primero del nombre, murió en 1486 a los cuarenta y tres años, después de tener de su mujer Magdalena Corbinelli, además de siete hijas, ocho chicos. De entre ellos y sus hijos se reclutan los Gondi que nos encontramos en el siglo XVI en España y sobre todo en Francia, donde la protección de Catalina de Médicis los saca de apuros. Sin embargo tuvieron destinos diferentes
.Los retoños de Jerónimo, tercer hijo de Antonio I, siguen fieles a la banca. Uno, Juan Bautista, llegado a Francia con Catalina, fue ante todo, a pesar de sus funciones de maestresala del rey, un financiero. Sabía «como sacar provecho de sus dineros como buen florentino» : al morir, en 1580, dejaba 400.000 escudos y el suntuoso Hotel de Gondi , que había mandado construir junto al Luxemburgo, a lo largo de la actual calle Monsieur-le-Prince, y que debía convertirse en 1612 en el Hotel de Condé. El otro, Francesco, pasó a España, allí se casó y envió a uno de sus hijos, de nombre Jerónimo, al igual que su abuelo, ante la reina de Francia. Unía a sus funciones de caballerizo actividades financieras y diplomáticas. En la soberbia residencia de Saint-Cloud, que le había regalado su protectora en 1578, se daba buena vida, hospedando de vez en cuando al soberano y su séquito: en su morada es donde Enrique III encuentra la muerte el 1º de agosto de 1589, a cuchillo de Jacques Clément. La propiedad siguió en familia hasta 1658, cuando se vendió al duque de Orléans -El arzobispo de París, tío del memoriógrafo, había reemplazado la casa, en 1625, por un edificio más moderno; pero las sombras del parque sirvieron de abrigo a menudo a reuniones campestres estivales presididas por el futuro frondista.
Se trata de entes muy ricas, con las espaldas bien cubiertas -En 1565 la banca Gondi adelanta 580.000 escudos para las fiestas de reencuentros, en Bayona, entre la reina de España Isabel y su madre Catalina de Médicis. Gentes que se apoyan entre sí, y a quienes sus ramificaciones les procuran un papel diplomático oculto, pero eficaz. No parecen haber dado escándalo alguno. Son Gondi, y Gondi siguen siendo. Servidores extranjeros de una reina extranjera, se funden en la masa de los Italianos vilipendiados como tales.
Lo mismo se podría decir de la línea de Antonio II, el benjamín de Atonio I. Llegado a Francia muy joven, habría tenido descendencia de banqueros de no haberse casado con una mujer inteligente y ambiciosa, ávida de llevar a sus hijos a los más altos puestos. Su hijo Alberto, abuelo del memoriógrafo, será mariscal de Francia, duque y par. Mutación difícil. El injerto de la familia en la alta nobleza francesa provoca reacciones de rechazo. Contra esto precisamente se concentra el veneno de los libelos.

La rama lionesa de los Gondi
Contra Antonio II de Gondi, su esposa María Catalina de Pierrevive, institutriz de los hijos de Enrique II, y contra el más ilustre de sus hijos, ascendientes directos de nuestro memoriógrafo, el Discurso Maravilloso no se queda corto. Denuncia en el mariscal a «un Gondy florentino, salido de raza de marranos, hijo de un banquero quien, quebró por dos veces en Lyon, y de una en primer lugar cortesana, alcahueta después en la misma ciudad `(…´). se le vio seguir por algún tiempo la mula de un tesorero; después se hizo pasante de un comisario de los víveres en el campo de Amiens, poco después garçon de la Reina, jefe de la guardarropa del Rey». La fortuna del que recibe el sobrenombre transparente de «garañón» se dice «fundada sólo en la pasión desmesurada de una mujer, causa de todos los males del reino».
Las alegaciones del célebre panfleto van agravadas por Brantôme, quien digiere malamente el irresistible ascenso del que se convirtió en su primo por alianza: el doble fracasado de Lyon sería hijo de un molinero de los alrededores de Florencia y su mujer, «gran revendedora de putas», habría conquistado el favor de Catalina de Médicis vendiéndole perritos, calificándose así para verse confiar los niños regios. L’Estoile, algo más mesurado, dice tan sólo que ella debería sus favores y su cargo a consejos de orden genealógico: «Se llegaba a decir que había ayudado a la Reina, quien había estado diez años casada sin tener descendencia, a hacer dichos hijos».
Campo abonado, según se ve, en el que los panfletos frondistas acudirán a beber! Los biógrafos recientes ha seguido con frecuencia, no sin ligereza. Maía-Catalina de Pierrevive se convierte entonces en gerente de perrera, alcahueta de tiempo libre, detentadora de los sombríos secreto de la procreación. Hablando claro: es ridículo y contrario a la más elemental verdad histórica. ¿Dónde estaba la verdad?
Sería imprudente extraer de la expresión «raza de marrana» una indicación étnica. Este término que designa en sentido propio a los judíos españoles convertidos, se había transformado en una injuria indistintamente aplicable a quien se entregaba al comercio del dinero, en principio prohibido tanto por la Iglesia católica como por los prejuicios nobiliarios franceses. Judío pues, Antonio de Gondi, expedido a Lyon por su madre en el primer decenio del siglo XVI? Nada menos seguro. Pero mercader por revancha y aprendiz de banquero. El desdichado, nacido quinto y último hijo de Antonio I, fue huérfano en mantillas. Una vez con la edad de expatriarse, se le confió a la poderosa colonia italiana instalada en Lyon, etapa obligada en la ruta que llevaba de Florencia a París.
Ningún rastro de las dificultades financieras se ha hallado, sino mucho más tarde, un retraso en el pago de la pensión d sus hijos en el colegio. Muy poca cosa. Pero es tan duro, para un panfletario, hacer rimar corredor de banca con banquero! Las señales de éxitos, esas sí, abundan.
El 10 de enero de 1516, Antonio se había casado con María-Catalina de Pierrevive, la hija de un receptor de propiedades, es decir de un granjero de los impuestos, bien dotada por una familia sólidamente establecida. ¿Italiana o francesa? Stricto sensu ni lo uno ni lo otro. Era piamontesa, procedente de la autoridad del duque de Saboya, cuyos Estados se extendían entonces de parte a parte del monte Cenis. Originarios de Quiers -hoy Chieri, a las puertas de Turín-, sus abuelos, instalados en la capital rodaniana desde hacía más de medio siglo, habían seguido fieles, en sus alianzas matrimoniales, a su medio de origen.*La abuela de María era una Biraga, de la familia que dio a Francia un célebre canciller.
La joven esposa llevaba en su cestillo casas, prados, viñas- y parientes. Esta unión halagadora permite a Antonio ser nombrado «cónsul de la nación florentina en Lyon», de otro modo defensor oficial de los intereses de sus compatriotas, luego comprar en 1521 en Oullins, cercano, una propiedad campestre dotada de un viejo castillo abandonado que por iniciativa de su joven esposa hizo restaurar y transformar en suntuosa morada a la italiana. Adoptó el nombre: el señor Du Perron es entonces «honorable hombre» y figura en los registros de la ciudad entre los «aparentes», los que tienen los medios de «parecer», en una palabra, los más ricos. Conserva su domicilio en la ciudad, en una casa perteneciente a su suegro, en el ángulo de la subida a San Barthélemy y de la del Garilan. Todos estos «asentamientos», anteriores a la llegada a Francia de Catalina de Médicis, en 1533, no deben nada al favor de ésta: son por el contrario su condición necesaria. Fue al recibir en su castillo a la futura reina de Francia y al tratarla fastuosamente cuando la Sra. Du Perron anudó los lazos de donde salió la prodigiosa ascensión de la familia.
¿Y los perritos en todo esto? Los intercambios de presentes eran de regla en la época y se rivalizaba en ingeniosidad por hacerlos inéditos. Los perros de una raza poco corriente o los animales exóticos eran muy valorados. Es probable que Catalina de Médicis ofreció a la reina cachorros preciosos, tal vez criados en sus tierras.
La castellana Du Perron -la bella Marión- gozaba en Lyon de una reputación literaria bien establecida. Ella misma escribía versos y los poetas cantaban sus loas. Su salón vio pasar, se dice, a Marot, Étienne Dolet, Rabelais, Bonaventure Des Périers, Maurice Scève y a muchos más amantes de las Musas, sin contar a los prelados, príncipes y soberanos que tenían el honor de detenerse en su casa. Fue ella una de las estrellas de la sociedad cultivada lionesa, en un tiempo en que la ciudad estaba en el apogeo de su irradiación. Fue ella, y no su marido, mucho más desdibujado, el artesano de la fortuna de la pareja.
Es falso del todo que la futura reina se haya llevado consigo en su equipaje a la donadora al mismo tiempo que los perritos. El trasplante a París se realza por etapas. Antonio de Gndi ocupa mucho tiempo todavía en sus cargos en Lyon antes de legar a jefe de comedor del rey Enrique II. La Sra. Du Perron, primeramente confinada en un empleo oficioso, es en 1551aya de los hijos regios, en particular de Carlos-Maximiliano, el futuro Carlos IX, a la sazón de un año. Es sobre todo la mujer de confianza de a reina: gestiona sus bienes y dispone de los fondos. Nombrada intendente de los edificios desde la construcción de a Tullerías, es ella quien negocia con Philibert Delorme para el palacio, con Bernard Palissy para la gruta del jardín, inspeccionando en persona los astilleros, verificando las cuentas: su competencia en arquitectura y decoración sólo se iguala a su capacidad financiera. Es incondicional en todas las fiestas de la corte y en todos los secretos de Catalina también. ¿Cómo una parte de la reprobación de ésta no habría rebotado sobre la responsable de sus asuntos? Se sabe que la reina tenía por costumbre echar en los brazos de los gentilhombres tentados de insubordinación a amables jóvenes de su séquito, con el cargo de apartarlos de la política: Marión debió jugar su papel en el reclutamiento de demasiados famosos «Escuadrón» un papel que le valió su reputación de alcahueta.
Todas estas actividades eran lucrativas, ¿debíamos decirlo? Los Du Perron han adquirido en la calle Saint-Honoré, muy cerca de la residencia real, nada más pasar el dominio de los Quinze-Vingts, una mansión que lleva su nombre. Cuando María, viuda ya hacía algún tiempo, muere el 4 de agosto de 1570, las dos mil rentas de antaño se multiplicaron por cincuenta en beneficio del más brillante de los hijos del matrimonio, el segundo hijo, Alberto, del que se puede decir que con su hermano el cardenal, hizo «ilustre en Francia» – en Chanteleuze el nombre de Gondi.

El cardenal de Gondi
El clan de los Gondi cuenta, en esta generación con un tercer personaje notable: un hermano del mariscal, Pierre, a quien su situación de segundón había dedicado a la Iglesia. Primero capellán de Catalina de Médicis, obtuvo en 1565 el obispado de Langres, después en 1570 el de París. Confesor y jefe del Consejo de Carlos IX y capellán de su esposa la reina Isabel, supo conservar la confianza de los soberanos sucesivos. El historiador Jacques-Auguste de Thou rinde a su probidad y conciencia un homenaje nada sospechoso. Se dedicación a nombrar a los beneficios eclesiásticos a hombres de mérito, a imponer a los párrocos la residencia, a restablecer la disciplina, es un anticipo de los esfuerzos de renovación del siglo siguiente. Su sentido diplomático y su raigambre italiana hicieron de él un negociador de pro, en 1578, para conseguir de Roma la autorización de enajenar bienes del clero a favor del rey, incapaz de pagar a las tropas que enfrentaba a los hugonotes. La mitra roja llegó en 1587 a recompensar sus servicios: tomó el nombre de cardenal de Gondi.
Su papel político fue considerable durante los años revueltos de finales del siglo. Como su hermano, fue fiel al Enrique III, luego se unió muy pronto a Enrique IV, a pesar de las amenazas de los Ligueros. En 1590, con París en manos de los Dieciséis y sitiado por el rey, trabajó en aliviar la miseria del pueblo, aceptó, después de agotar sus propios recursos, mandar fundir para dar de comer a los hambrientos los vasos sagrados de las iglesias. El domingo 5 de agosto, acudió como embajador ante el rey, acantonado con sus tropas en la abadía de Saint-Antoine-des-Champs, al alcance del cañón de las murallas: venía a pedir en nombre de los «burgueses y gentes de bien de Paris», la pacificación general del reino-33. La medida fracasó, por culpa de los Parisienses, que rechazaron las condiciones propuestas –la sumisión a los ocho días a cambio de una amnistía. Llegó a ser sospechoso a los extremistas, definitivamente comprometido por su rechazo a prestarles juramento, el cardenal abandonó en secreto la capital el 2 de octubre de 1591, para no volver sino con Enrique IV triunfador.
Des este triunfo, le queda muy deudor el Bearnés. Se había resuelto por fin a abjurar la religión reformada. Una vez más había que persuadir al papa de la sinceridad de sus intenciones y convencerle de que su conversión, después de tantos cambios de opinión, sería esta vez irrevocable. Las primeras aperturas fueron acogidas con un rechazo brutal: el cardenal de Gondi de camino para Roma en compañía del marqués de Pisani, se encontró con las puertas cerradas de los Estados de la Iglesia se encontró con una agria reprensión de un enviado pontificio, por pactar con un «hereje, relapso y excomulgado», y por prejuzgar descaradamente, ante la opinión pública francesa, de la buena voluntad de la Santa Sede. En una palabra, era para Enrique IV una exclusión sin recurso.
Dos años más tarde, el cardenal volvía a la carga, a la cabeza de una embajada. Roma libró en vano un combate de retaguardia contra quien tenía en adelante consigo a la mayoría de los Franceses, después cesó de discutir su legitimidad. Pedro de Gondi figura en buena armonía con Enrique IV desde su entrada en París, ocupa un lugar de honor en su matrimonio, bautiza al futuro Luis XIII. Puede por fin descansar en los laureles y pensar en su sucesión: se despioja de una parte de sus funciones a favor de su sobrino Enrique, hijo segundo del mariscal, que se convierte en 1598 en su coadjutor, le reemplazará a su muerte, el 17 de febrero de 1616, y será en 1618 el primer cardenal de Retz. Al morir a su vez, Enrique dejará el lugar a uno de sus hermanos, Jean-François.
Los Gondi pueden desde entonces pensar que la sede episcopal de París es un bien patrimonial, destinada a transmitirse hereditariamente entre ellos de hermano a hermano o de tío a sobrino. Al recoger a su vez esta herencia, el futuro memorialista tiene conciencia de inscribirse en una continuidad. El primer obispo y cardenal de su nombre, Pierre, con mucho el más notable, fundador, si se puede decir, de la rama eclesiástica de los Gondi, se impone a él como modelo. Intentará en dos momentos, durante la Fronda, calcar los pasos de su antepasado, dar los pasos como él lo hizo. A destiempo, se irá viendo. El recuerdo de la gloria familiar no le sirve de nada.
Y es que esta gloria dimana ya del pasado. Los tiempos han dejado de ser favorables. Con la retirada y la muerte de Alberto y de Pedro, la fase ascensional de los Gondi se ha terminado. La generación siguiente no lleva consigo ninguna personalidad tan brillante. Se ve pronto excluida de los asuntos por dos razones, estrechamente ligadas. La prioridad otorgada a la fe los aparta de la política; cuando se mezclan, los conduce a adoptar, frente al realismo de Richelieu, las posiciones de lo que se ha dado en llamar el partido devoto. Los hijos más fieles servidores de la monarquía son rechazados a la oposición.

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