Prólogo.
Pablo de Gondi, cardenal de Retz, se creyó tener cita con la Historia. Era con la Literatura. A título póstumo. Lo que temía por encima de todas las cosas era la indiferencia y el olvido. Lo consiguió: enfoca la posteridad como había enfocados a sus contemporáneos. Su brillante personalidad, ruidosa, despierta todavía hoy reacciones muy vivas, instintivas. Se dirigen menos al actor en la Fronda que al autor de la Memorias las más irreverentes y las más seductoras que existan.
Si no hubiera escrito las Memorias, su vida se contaría en un santiamén. Porque su papel en la historia, que él se imaginaba que iría a ser capital, se reduce a bien poca cosa.
En su generación, era uno de los más dotados. Intrépido, orgulloso, exaltado, y de una extrema inteligencia, soñaba con la gloria, con conquistas. Empujado bien a su pesar hacia la Iglesia por la voluntad paterna, se tomó muy en serio ascender dentro de ella lo más alto posible. Se le había presentado, en bandeja, la coadjutoría al arzobispado de París, con sucesión futura. Quiso ser cardenal y ministro, como Richelieu. Mala suerte: éste tenía ya en la persona de Mazarino sólidamente instalado en el puesto. Retz no tenía otra esperanza que su caída. Cuando la oposición al rival detestado se cambió en revuelta, intentó ponerse a la cabeza del movimiento, organizó la resistencia en la capital, pero se atascó luego en contradicciones, y cayó en la trampa de las intrigas entrecruzadas. Fue el gran perdedor de la Fronda, el más duramente castigado. Encarcelado, errante después por Europa y reducido casi a mendicidad, no fue arzobispo de París más que de nombre, durante ocho años, sin poder jamás ejercitar sus funciones, y debió pagar su regreso con la dimisión con el apartamento definitivo.
Su breve paso por el primer plano no bastaría para asegurarle la notoriedad. Así como la Fronda misma no fue más que un episodio, en la escala de la historia de Francia. No ha legado a modificar su curso. Al contrario: este intento para contrariar la evolución de una monarquía fuerte y centralizada no hizo más que acelerar el proceso. De todo ello no quedó sino algo de espuma ensangrentada. ¿Revuelta sacrílega o revolución abortada? Le llueven reproches, de unos por haber fracasado comprometer el advenimiento del orden luiscatorce, de otros por haber traicionado las aspiraciones populares y retardado en un siglo y medio la caída del Antiguo Régimen. No es bueno habérselo propuesto. Los historiadores son severos con aquel de quien se ha convenido en decir que fue el alma de ello.
Los vencidos se equivocan siempre, como los ausentes. Vencido, Retz lo fue con toda seguridad. ¿Ausente? ¡tampoco! Vencido, pero no convencido, se dedica veinticinco años después a un lúcido relato de la Fronda, cuya fuerza desmonta, desacraliza a sus actores, denuncia su interpretación providencialista, para reducirla a relaciones de fuerza, a una gigantesca partida de cartas, ajena a toda trascendencia. Ha sembrado todo el relato de reflexiones agudas sobre los hombres, el poder, la política, que nada han perdido de su acierto y tino. Todo estudio de su tiempo choca con él, es tributario de sus análisis, de su lucidez, de su humor. Con mayor razón, todo estudio sobre él pasa por las Memorias.
Curioso destino el de este libro. Imperfecto, inacabado -el relato se termina en 1655, mientras que Retz muere en 1679-, estropeado por descuidos que habría eliminado una última lectura, mal cerrado, mal aliñado, queda desfigurado para colmo por tachaduras mutilaciones póstumas, llevando a lagunas, que cercenan casi la mitad, al parecer , de la primera parte. No se publicó hasta 1717. Como Retz llevaba muerto mucho tiempo, los editores descifraron como pudieron los manuscritos de que disponían -copias, o copias de copias-, modernizaron la lengua, corrigieron lo que no comprendían . Así y todo, las Memorias tuvieron un gran éxito de escándalo, que vino a reforzar la admiración por su manifiesta calidad literaria. Cuando en el siglo XIX se publicaron, según el autógrafo encontrado por fin, ediciones más fieles, que devolvían al texto su vigor y recuperaban algunos pasajes atrevidos, entusiasmo y reprobación se redoblaron, repartiéndose los lectores en dos campos, alzando contra sí mismos a aquellos lectores que, como Sainte-Beuve, se negaban a transigir. Sobre el genio del escritor, estaban todos de acuerdo. Quedaba el hombre.
Mejor que el de Memorias, el título original, Vie du Cardinal de Rais, -esta grafía, que el Cardenal adoptó para su nombre hacia el final de su vida, indica cómo conviene pronunciarlo- revelaba la naturaleza del contenido: es una autobiografía, muy egocéntrica, en la que el narrador dice yo, mezcla en el relato reflexiones y comentarios, abre los «repliegues de su corazón», se desvela. El personaje histórico, visto a través de sus actos, ocupa en ella menos espacio que el memoriógrafo, que le ilumina desde dentro, explica sus intenciones, le juzga, y que, al hacerlo, solicita para él y su alter ego comprensión y simpatía.
Dime si lo amas, y yo te diré quién eres: ante Retz, ningún lector permanece neutral. El siglo XIX trazó de él una imagen estereotipada, propicia a juicios sumarios contrastados, que el siglo XX no ha logrado sobrepasar. ¿Quién es Retz? ¿el corredor de callejuelas, vociferando su buena suerte; el tribuno popular que arenga la calle, flirtea con el motín, levanta tropas contra el rey; el intrigante experto en maniobras y negociaciones retorcidas; el espíritu fuerte que ironiza sobre las prácticas devotas y distribuye dinero en Roma para acelerar su promoción el cardenalato? Nada de todo ello es falso del todo. Pero se simplifica, se esquematiza, pero uno se adhiere a rasgos que se aumentan y aíslan para mejor en ellos lo que se detesta o lo que se estima. Los hombres de fe y de órdenes se indignan; los indóciles y los descreídos se deleitan, viendo en él a uno de los suyos. Lo esencial, para unos y otros, es que quede bien caracterizado, sin antigüedades, y que siga siendo parecido a sí mismo en el correr de los años: violento, taimado y cínico, sin retroceder ante nada, deleitándose con las audacias insólitas -un sublevado, por lo bueno o por lo malo. Y se desprecian los documentos o los testimonios que vienen a contradecir esta imagen caricaturesca. ¿Buscáis matizar el retrato? se os acusa de cerrar los ojos ante estas pretendidas torpezas, por complacencia, o ante sus osadías, por timidez: no queréis, no os atrevéis a verlo «tal como es». ¿Y si hubiera sido otro? más profundo, más complejo, más atormentado?
El escándalo ha sido siempre rentable. Si vamos a poner límite en Retz a la parte de los excesos, de exageración, a buscarles explicaciones, si no excusas, o reubicarle en su época y en su medio entre sus semejantes, nos exponemos a decepcionar al lector ávido de colores vivos y de sensaciones fuertes. ¡Lo sentimos! No vamos a añadir aquí nombres a la lista de sus queridas, no trataremos de llenar de anécdotas picantes las lagunas de la primera parte: en estos terrenos, él agotó la materia. El hombre fue menos excepcional, menos fuera de lo común de lo que se ha pensado, de lo que él se creyó. Su vida, bien lavada de los oropeles, no tiene por ello un menor interés-
Las Memorias no les hacen fácil la tarea a los biógrafos. El trabajo está hecho, y brillantemente hecho. Hay cierta temeridad en caminar tras las huellas de un escritor: la comparación no deja de ser cruelmente desfavorable. ¿Se trata de escapar de la paráfrasis? se cae en la polémica. En ambos casos se limita uno a escribir al margen del relato, para completarle o contradecirle. Es entrar en el juego de Retz, caer en la ilusión de óptica que hace de la Fronda lo esencial de su vida y del protagonista de su relato el artesano privilegiado de la historia. Se dice libre y responsable de compromisos tomados con conocimiento de causa. Se quiere singular, insolente, lúcido, superior. Y se ríe… Sobre la imagen provocativa que da de sí, los biógrafos se han acostumbrado a enriquecerse, con buen surtido de acopios en las mazarinadas. Encuentran en él una cabeza de turco ideal, a quien culpan de todos los pecados de los frondistas. Y es olvidarse de que había, por encima de él y a su lado, cantidad de gente. Y es postular, un poco de prisa tal vez, que la Fronda era radicalmente criminal. Es tener a menos finalmente la riqueza y la diversidad de una existencia que desborda ampliamente los cuatro años en que ocupó la delantera de la escena.
No nos dejemos engañar por las Memorias, por admirables que sean. Retz quiere arreglar cuentas con un destino en gran parte sufrido, que debe asumir. Su campo es limitado, a propósito. Son la punta afilada, brillante, en la que se concentran las miradas. Hacen de espejos de aumento, al propio tiempo que de pantalla y de engañifa, amplificando lo que cuentan y rechazando a la sobra lo que se callan.
Por ejemplo, que Retz no era libre de elegir su campo. Es heredero de los Gondi, y los Gondi, después de servir al trono, pasaron a la oposición: pertenecen al partido devoto. Militantes activos de la Contra-Reforma, viven sus desgarros: simpatizan con el jansenismo naciente y chocan con los jesuitas. El margen de maniobra del coadjutor es muy estrecho. Aunque no hubiera tomado la iniciativa de desafiar a Mazarino, éste habría cerrado las puertas a un concurrente posible demasiado bien dotado y de la facción adversa. La cara oculta de las Memorias, son los conflictos teológicos, y las interferencias entre religión y política. Hay mucho que decir en la materia sobre los antecedentes familiares de Retz: merecen una digresión.
La Fronda misma es menos oscura, menos ilógica de lo que se querría decir, si intentamos hacer aparecer, más allá de la confusión de una actualidad cambiante, algunas líneas de fuerza. Los principales actores se dirigen, por caminos sinuosos y desviados, hacia metas bastante claras, que se puede intentar sacar a la luz. Eso pretendemos.
Mazarino sale vencedor del conflicto, recobra su autoridad en una Francia pacificada. Pero Retz encarcelado, luego evadido, no se da por vencido. La interrupción brutal de las Memorias, en el umbral de la «Fronda eclesiástica» abre a la investigación un territorio menos explorado, pero apasionante. El combate librado por el fugitivo para conservar su sede arzobispal compromete mucho más que a su persona; pone en juego a hombres en gran número, y a principios; nos lleva al corazón de las relaciones entre la Iglesia y la monarquía francesa. En él se metamorfosea Retz en arzobispo perseguido, irreductible, y adopta para defenderse el estilo de la gran elocuencia sagrada: ¡es el mismo hombre, u otro?
En 1661, se rinde: muerto Mazarino, el rebelde se inclina ante Luis XIV. Repartirá el tiempo entre el pequeño señorío lorenés y Roma, donde sirve al rey con competencia y dedicación. En 1675, sorpresa: es él mismo quien remite al papa su capelo cardenalicio y pretende retirarse a un monasterio benedictino. Todo en vano: se rechaza su dimisión. Pero él vivirá en adelante al margen..
Los días posteriores a la Fronda le reservarán seguramente más de una sorpresa. Si añadimos que escribe sus Memorias -esto se ha demostrado ahora- en sus últimos años, confesaremos que merece la pena examinarlo más de cerca. La Fronda son cuatro años de sesenta y seis, cuatro años pues de cuarenta y cinco de su vida activa. Ciertamente que arden en sus recuerdos con un resplandor único. Pero la imagen que proyecta de ellos -lo que dice, lo que se calla- es evidentemente tributario de todo lo vivido de por medio. Las raíces de las Memorias se encuentran tanto en el retiro fracasado que las precede por poco como en el pasado distante del que son resurrección.
Se ha decidido pues reducir aquí la Fronda a la porción congrua -una parte de cuatro, la segunda-, y renunciar a seguir día a día su desarrollo para hacer resaltar lo que el relato voluntariamente miope de Retz no muestra: las líneas directrices, los nexos. Lejos de abandonarse a los rencores y a la flojera, Retz saca de ello un doble desafío, contra Mazarino en primer lugar, para tratar de afianzarse, luego contra sí mismo, para digerir y exorcizar el fracaso. La información no es abundante: suficiente sin embargo para permitir rastrear su evolución, recuperar su estado de ánimo en las diferentes etapas del itinerario; y es necesario, esta vez, entrar en los detalles y distinguir cuidadosamente los tiempos.
Una biografía no podría ser una requisitoria. Supone, exige un poco de simpatía. Aunque se trate de un gran hombre que se realizó en la historia. No es el caso de Retz: su persona interesa más que su acción, su destino individual más que su papel en la Fronda. Las experiencias que vivió alimentaron su obra de escritor. No hay otro medio, para explicar las Memorias, que rehacer a su lado el camino, todo el camino, tratando de ver por sus ojos, de ponerse en su lugar. En el lugar de los demás también, hasta en el de sus adversarios. Simpatía, en la acepción más rigurosa del término: nada de prejuicios, sino esfuerzo para sentir y comprender con.
Lo que perderá la historia en esta restricción deliberada de punto de vista -la desaparición de las perspectivas seculares-, lo recuperará en otro plano, el de las mentalidades. Comprender a Retz, en efecto, es evitar proyectar sobre él nuestras creencias, nuestros prejuicios, nuestros criterios de apreciación. Se tenía en el siglo XVII vistas específicas sobre la institución monárquica, a veces divergentes, pero llenas de referencias comunes, que no son las nuestras. en la sociedad, la solidaridad familiar era primordial. Junto a ella, fundando vastas redes de clientelas, los lazos de fidelidad creaban deberes, llevaban consigo comportamientos que nos sorprenden. El sentimiento nacional, ése comenzaba entonces precisamente a reafirmarse. La Iglesia, rica, organizada, omnipresente, arrastraba impurezas que eran el precio de su poder temporal. Intervenía en la vida pública, estaba regida ella misma por las leyes de la política. Las intemperancias sexuales de sus miembros no producían más que una reprobación moderada. Se censuraba, sin hacer de ello un pecado inexpiable, también era causa de risa a veces. En cuanto a la fe cristiana, ofrecía entonces muchas caras.
La honradez pide que se compare a Retz con los que son comparables con él, que se evoque en torno a él a los otros -otros frondistas, otros prelados-, de quienes él no era tan diferente, en resumidas cuentas. Su imagen gana en matices y en exactitud. Despojado de su aureola sulfuroso, recupera su lugar entre los actores del gran debate político y religioso que desgarró la mitad del siglo XVII. En esta recuperación de los segundos planos, la historia no puede por menos de encontrar su buen camino.
Retz, quien puso tantas trampas bajo los pasos de sus biógrafos, los ha mimado también, se reconocerá para concluir. Tenía el espíritu profundamente romántico y el gusto del gesto teatral. Su vida comporta todas las componentes de una novela bien construida -y no sólo de aventuras.
Bien es cierto que nos encontramos ante todos elementos obligados, duelos, amores, complots, combates, encarcelamiento, evasión… -todos los tópicos. Pero hay más. Esta vida no se entrega al azar. Está atravesada de continuidades que la estructuran. Retz quiso construirse un destino. Para él todo fue lucha, competición, conquista y, para mirada retrospectiva, juego -lo que viene a ser lo mismo. Bajo la complejidad disparatada de sus actos, detrás de las contradicciones y de los cambios de opinión, aparece una lógica interna: mantuvo contra Mazarino un largo combate, una partida cerrada, cuyas peripecias toman con naturalidad la forma dramática.
Ahora bien este combate fue consciente. Al vivirlo, lo pensó. Al contarlo, lo volvió a vivir y lo repensó. O también. El itinerario aparente, el que le llevó de las turbulencias de la guerra civil a la soledad de un retiro lorenés, se dobla con un itinerario interno, el que permite al hombre sobrevivir al fracaso de sus esperanzas, dominar ese fracaso y sobrepasarlo.
Hay en la vida de Retz materia para una gran novela verdadera. Nosotros no nos hemos propuesto aquí escribirla: este libro se propone ser una biografía histórica. Todo cuanto en él se expone está basado en documentos, es verificable. Por suerte, sus Memorias y sus cartas, completadas por los testimonios de los demás memoriógrafos, por lo correspondencia diplomática o la de Mme. de Sévigné, son lo suficientemente ricas en confidencias, en ideas generales sobre sus intenciones, sus sentimientos, sus esperanzas o sus ilusiones. Que el personaje evocado aquí gracias a todo ello conserve, para el lector de buena voluntad, un poco del interés que despiertan las grandes criaturas de ficción.
A este relato, que pretende abrazar una existencia en la totalidad de su diversidad, se le ha dado, no sin titubeos ni escrúpulos, el título más sencillo y más exacto: La vie du Cardinal de Retz. Con una v minúscula, para señalar bien que pretendería una humilde preparación para la lectura, más ardua, de la admirable Vie du Cardinal de Rais que son las Memorias.






