La Venerable Luisa de Marillac

Francisco Javier Fernández ChentoLuisa de MarillacLeave a Comment

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Author: Desconocido .
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LA VENERABLE LUISA DE MARILLAC

FUNDADORA Y PRIMERA SUPERIORA DE LAS HIJAS DE LA CARIDAD
(15 MARZO 1660)

Su infancia.—San Vicente la predice su misión providencial.

Luisa de Marillac nació en París el 12 de Agosto de 1591, teniendo el dolor de perder a su madre siendo muy joven todavía, si bien su padre Luis de Marillac, señor de Ferriéres, la hizo dar una educación muy esmerada y muy cristiana, preparándola así a su misión providencial.

Hacía tiempo que se hallaba entregada a una vida dedi­cada enteramente al servicio del prójimo, cuando, sabiendo un día San Vicente de Paúl que ella había visitado a un en­fermo de París atacado de la peste, la escribió en estos tér­minos «Nada tema Ud., señorita; Dios tiene ciertos desig­nios sobre Ud., y confío que la conservará para cierta empre­sa dirigida a su mayor gloria»: palabras que años después tuvieron exacto cumplimiento cuando Luisa de Marillac, de acuerdo con San Vicente y bajo su dirección, fundó la Com­pañía de las Hijas de la Caridad, extendida actualmente por todo el mundo, del mismo modo que poco antes, y bajo la dirección de San Francisco de Sales, había fundado la Orden de la Visitación la extática Santa Juana F. de Chantal.

Su matrimonio.—Primicias de su vida caritativa.—Viudez.

Luisa de Marillac había recibido la esmerada educación del siglo XVII, aprendiendo de su mismo padre el latín y la filosofía. Cultivaba también las bellas artes, y aún se conser­van algunos cuadros piadosos, producto suyo, a los cuales haciendo alusión, dice su historiador «que no hubiera sabido pintar otros asuntos».

El cielo, uniéndola a una familia que hacía particular profesión de ejercitar la caridad, pues que la destinaba a la asistencia de los pobres enfermos, la dio por esposo a Anto­nio Le-Gras, nacido en Montferrand, cerca de Clermont (Auvernia), secretario de órdenes de la reina María de Médicis, distinguiéndose, así como toda su familia, por su amor a los desgraciados, para quienes fundara un hospital en la ciudad de Puy.

En el mes de Febrero de 1613, Luisa de Marillac, a la sazón de veintidós años, recibió la bendición nupcial en San Gervasio de París, y muy pronto se impuso en la práctica de la vida espiritual, en que hallaba sus delicias, bajo la direc­ción de un sabio religioso, el capuchino P. Honorato de Champiny, y después bajo la del Ilmo. Obispo de Belley, amigo íntimo de San Francisco de Sales, el cual en cierta ocasión le escribía: «Mucho celebro que halle Ud. tanto gus­to en los ejercicios espirituales y las prácticas de recogimien­to y que saque de ellos tanto bien». Y es que sin duda alguna estaba Dios preparándola por aquellos medios para el fin a que la había destinado; y, en efecto, más tarde iban las más aristocráticas damas de la corte a practicar ejercicios espiri­tuales y a buscar sus consejos, siempre sabios y prudentes, a su Casa de las Hijas de la Caridad.

Su esposo Antonio fue arrebatado por la muerte a los po­cos años de su enlace, dejándola corno fruto de su unión un hijo que, andando el tiempo, obtuvo un empleo en la Comi­sión real de Monedas, quien siempre practicó las virtudes de una vida eminentemente cristiana. Luisa de Marillac, mode­lo de la mujer fuerte, no buscó desde este instante apoyo más que en Dios, demostrándolo con su conducta en esta oca­sión, en que recibió con fervor los santos sacramentos de la Penitencia y Eucaristía, no sólo para fortificarse con la pre­sencia de. Nuestro Señor, sino también para consagrarse a Él como a único esposo de su alma.

Viéndola entonces su Director, el Ilmo. Sr. Camús, fir­memente resuelta a consagrarse por completo a las obras de piedad, sólo procuró confirmarla en tan bellos propósitos, y, en efecto, hallándose imposibilitado para hacer frecuentes  viajes a París, creyó lo más prudente ponerla bajo la direc­ción de San Vicente de Paúl, el guía más sabio a quien la pudo encomendar, y acerca del cual había oído un merecido elogio a su amigo San Francisco de Sales.

Triunfos en Beauvais; ensayos en Chalons. —Las Cofradías de la Caridad.

Estas Cofradías, establecidas por San Vicente de Paúl en persona, o por sus Misioneros, en las parroquias en que pre­dicaban, eran piadosas asociaciones compuestas de señoras cristianas, que se dedicaban al servicio de los enfermos de la parroquia para visitarlos y socorrerlos en sus enfermedades; de cuya misión encargó San Vicente a Luisa, encomendán­dole cuán necesario era mantener y aun reanimar el celo de dichas señoras. Su celo en esta obra no reconoció límites, y con frecuencia en estas visitas establecía otra asociación no menos importante: la de pequeñas escuelas para los niños pobres.

En Beauvais fue recibida, después de visitar muchas pa­rroquias de las cercanías de París y sus diócesis vecinas, de una manera triunfal; de todo lo que, como verdadera hu­milde, rendía a Dios la gloria, y con este motivo su pru­dente Director, San Vicente, que así la guiaba en sus con­suelos como la sostenía en sus pruebas, le escribió: «Debe­mos ser como la abeja que fabrica su miel, tanto con el rocío depositado en el ajenjo, como con el depositado sobre la rosa.» Algunos caballeros, deseosos de asistir a sus conferen­cias, sabiendo no podían asistir más que señoras, se oculta­ron en el mismo aposento en que tenían lugar sus fervoro­sas pláticas espirituales, y, al oírlas, preguntaron si también confesaba. El resultado de estos trabajos fue el establecerse la Cofradía de Caridad en las dieciocho parroquias de Beau­vais, cuyos feligreses acompañaron con sus bendiciones la salida de la sierva de Dios ; bendiciones que se aumenta ron con un suceso prodigioso, obrado por Nuestro Señor, valiéndose de su sierva, consintiendo en volver a la vida, por medio de algunas oraciones, a cierto joven que la había perdido al caer del carro que conducía, arrollándole una de sus ruedas, y después saliendo sin la menor herida.

Pero como no todo han de ser rosas en el camino de la virtud, no faltaron lugares en que apareciesen espinas, ofre­ciéndose una de ellas en la diócesis de Chalons, cuyo señor Obispo, oyendo hablar por primera vez de sus caritativas industrias, no lo tomó a bien, y no ocultó sus desfavorables impresiones; pero la sierva de Dios, habiendo recurrido a Vicente, quedó consolada por las siguientes palabras de su Director: «Decid simplemente a su ilustrísima lo que hacéis, y ofreced al Prelado cercenar en vuestra conducta todo cuan­to le desagrade, y aun abandonarlo todo, si así lo juzga con­veniente; porque éste es el espíritu de Dios, quien no puede menos de bendecirlo». Y, en efecto, Luisa abandonó todas sus empresas antes que disgustar al Prelado.

En otra ocasión, a fin de vencer cierta oposición del pá­rroco de Villefreux al establecimiento de una Cofradía en su parroquia, Vicente escribió a su hija espiritual: «Ceded por vuestra parte, porque un solo acto de sumisión es como un diamante, que vale muchísimo más que una gran cantidad de piedras ; es decir, de actos ejecutados por voluntad pro­pia». Poco tiempo después, el citado párroco, cambiando de sentimientos, dejóla en libertad completa para organi­zar la Cofradía y las escuelas.

Fundación de las Hijas de la Caridad

San Vicente de Paúl había organizado algunas socieda­des, compuestas de las señoras más nobles de París, dedicán­dolas al cuidado de los enfermos en los hospitales y a los pobres de la ciudad; ocupación harto pesada, y que tenien­do en cuenta su categoría, justifica en cierto modo la falta de asiduidad notada en su desempeño, y ¿cómo no asociar a esta empresa a Luisa de Marillac, su piadosa compañera en todas cuantas tomaba a su cargo? Comprendiendo, pues, Vi­cente que sus pobres no estarían bien cuidados sino por per­sonas que llevasen su amor a Dios hasta consagrarse a este ministerio, y acordándose de cierta joven conocida en una de sus Misiones en Villepraux, en quien reconoció verdadera vocación para ello, mandóla llamar y la puso bajo la con­ducta de Luisa, que «no dejaba de hacer bien cuanto se la confiaba», según dicho del Santo, y ésta fue la primera edu­canda para Hija de la Caridad, a quien siguieron poco tiem­po después otras dos, y luego un gran número, que Luisa instruía en el cuidado de los enfermos y educaba en la vida espiritual por aquella época, hacia el año de 1633; pero incul­cando siempre en el corazón de sus discípulas la piedad y el amor al trabajo por medio de ejemplos prácticos.

El 25 de Marzo del siguiente ario, 1634, pronunció Luisa de Marillac su consagración a Dios, por medio de los santos votos, al pie de los altares; y en memoria de tan fausto acon­tecimiento, sus Hijas todas renuevan anualmente en la misma fecha, fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen, los votos que las ligan a Dios y al servicio de los pobres enfer­mos. Diólas reglas Vicente, quien coloca todas sus virtudes bajo la custodia de la caridad, resultado que la experiencia ha demostrado cuán prudente fue el celo de su Santo Fundador, quien dio a sus Hijas, según propia expresión, por monaste­rio, la casa de los enfermos; por claustro, las calles de la ciu­dad; por clausura, la obediencia; por reja, el temor de Dios, y por Velo, la santa modestia; en cuyas palabras no hay nada que extrañar, pues fueron pronunciadas por un hombre que tuvo siempre por divisa las del Apóstol: «La caridad de Jesu­cristo nos consume»; y a esto se debe la rápida propagación de sus obras por todo el mundo ; y si bien esta última se vio dispersada por el huracán de la revolución, la Providencia ha hecho que se halle en el presente siglo más floreciente que nunca.

Trabaja sin descanso.—Vive de milagro

Tan laboriosa y tan sin descanso era la vida que Luisa llevaba, que San Vicente la llamaba «homicida de sí misma», y, en efecto, a pesar de su delicada salud bastaba ella sola para una multitud de obras, como en cierta ocasión, y des­pués de su muerte, testificó a sus Hijas San Vicente, aña­diendo que hacía veinte años que vivía de milagro: «La cari­dad de Jesucristo que abrasaba a sus Hijas» las arrojaba adondequiera que hubiese miserias que socorrer, siendo conducida y alentada por el talento y espíritu de su santa Madre.

La primera casa que aceptaron fuera de París fue la de Angers, a la cual siguió poco tiempo después la de Nantes, donde no tardaron en llamar hacia sí la atención pública, en términos que la misma Luisa manifestaba su admiración con estas palabras: «Todas las señoras de la ciudad se dignan venir a visitarnos, y todo el pueblo goza mucho consideran­do el cambio radical obrado en el Hospital por nuestras Her­manas, que pusieron manos a la obra desde el siguiente día al de nuestra llegada; en las comidas que se dan a los pobres es tal la afluencia, que apenas bastan las mesas y camas de los enfermos».

La proximidad a París de los ejércitos en 1652 hizo con­cebir grandes temores, por causa del acrecentamiento de la miseria; pero estaba allí la caritativa Luisa, la cual, por es­pacio de seis meses proveyó por sí misma, y por medio de sus Hijas, que distribuían sus limosnas por los diferentes barrios de la ciudad, al sustento de 14.000 personas, vién­doselas también, a la Madre y a sus Hijas, en las cercanías de la ciudad prodigando sus cuidados y atenciones a los atacados de la peste.

En el sitio de Calais, habiendo muerto dos de las Her­manas que mandó la primera vez para cuidar a los soldados, no tardaron en ofrecerse otras 20 para ocupar su puesto.

Llamadas por la Reina María Gonzaga, pasaron algunas a Polonia, donde, después de haber cuidado de los heridos en los campos de batalla y de los atacados de la peste en Varsovia, fundaron en esta ciudad una Casa para recoger a los huérfanos y albergar a los que carecían de asilo.

Nada asustaba a Luisa por sus Hijas, y en cierta ocasión, teniendo que enviar algunas para tomar a su cargo las gale­ras, una vez que les dejó bien recomendada la mansedum­bre y caridad para con los infelices habitadores de las maz­morras, añadió que no tuviesen miedo, y «que Dios las con­servaría, como lo había hecho con los tres jóvenes hebreos en el horno de Babilonia, porque habían abrazado aquel oficio por caridad y observancia.» He aquí, pues, la sublime doctrina que semejante Madre enseñaba a sus Hijas.

Su amor a la iglesia — Adhesión al Vicario de Jesucristo

Luisa de Marillac amaba de todo corazón y con todas sus fuerzas a Jesucristo, no sólo en la persona de los pobres, sino también en nuestra Santa Madre la Iglesia católica, apostólica y romana, en la cual veía la autoridad de San Pedro y de sus sucesores los Romanos Pontífices, hacia quie­nes se hallaba llena de amor filial, denominándolos con el nombre de «el Padre Santo de los cristianos» y «el verdadero Vicario de Jesucristo», y cuya bendición solicitaba con fre­cuencia; amor que demostraba no menos en el poder sobre­natural de que los sacerdotes se hallan revestidos. Su fe era la de San Pedro, y tan ciega como lo demuestra el rompi­miento de sus relaciones amistosas con la duquesa de Lian­court, solamente por la tenacidad con que se había aferrado a la herejía jansenista, la cual no quería abjurar. En otra ocasión retiró sus Hijas de cierto establecimiento por haber sabido que el capellán estaba imbuido de las mismas doc­trinas, no queriendo se aumentasen con algunas de sus Hijas las víctimas de tan perniciosa secta.

Con objeto de hacer más frecuentes las peregrinaciones a Montmartre, donde se honraba a San Dionisio, muy de su devoción , dictó las siguientes palabras para que se escri­bieran en una de las meditaciones que tenían el martirio de este santo por materia : «Alcanzadnos para este pueblo que ganasteis para Jesucristo, que esta montaña, todavía hu­meante, atraiga la llama del divino amor»; como si hubiera profetizado la obra de celo y amor que en el siglo XIX había de brillar esplendorosa desde la cima de dicho monte.

«Los pobres son nuestros amos y señores»

El ilustre Bossuet, escribiendo uno de sus mejores dis­cursos, inspirado por su genio sobre la alta dignidad de los pobres en la Iglesia de Dios, no hizo más que exponer la misma doctrina que nuestra sierva de Dios, inspirada por su caridad ardiente , enseñaba a las Hijas de la Caridad a quienes educaba; y para que puedan formarse de ello una idea aproximada los lectores, trasladamos las palabras de un verídico testigo, quien decía : «La señorita (con este nombre se la designaba aun entre sus Hijas) respetaba y reverenciaba tanto a los pobres, que desde el primer momento de la fun­dación recomendaba encarecidamente a sus Hijas que sir­viesen a los pobres con mucha caridad y humildad, mirán­doles como a sus amos y señores: a este efecto quería que se reservase para ellos el primer pedazo de pan que se cortaba para el desayuno y el primer plato que se servía al medio­día.» Los cuidaba con sus propias manos, verificándolo cierto día hasta con un pobre apestado, cuya acción le valió una felicitación de Vicente; gozábase también en lavar los pies a los presos. Cuando visitaba los pueblos enseñaba con la práctica el oficio de maestras a aquellas de sus Hijas que debían encargarse de sus escuelas. En estas excursiones vivía muy pobremente, hasta acostarse en el duro suelo, sobre un poco de paja, con la Hermana que la acompañaba, y más de una vez cayó enferma por causa de sus muchas privaciones y fatigas.

Hace dimisión de su cargo de Superiora. — San Vicente la confirma en él durante su vida

Reunidas las Hermanas para una de sus acostumbradas conferencias el 3o de Mayo de 1656, San Vicente de Paúl promulgó los Estatutos de la Compañía de las Hijas de la Caridad.

«El primer artículo de vuestras Constituciones —dijo— establece que la Compañía se compondrá de viudas y solte­ras, quienes elegirán de entre ellas una Superiora cada tres años, y que esta Superiora podrá ser reelegida, pero sólo para el espacio de otros tres años, y no más. En la inteligen­cia—añadió el Santo—de que esto no tendrá lugar hasta des­pués de la muerte de la Srta. Luisa».

Al oír estas palabras, Luisa de Marillac, hincada de rodi­llas, suplicó a San Vicente que suspendiese el cumplimiento de aquella regla, y que la destituyese de un empleo del cual se consideraba muy indigna; mas el Santo apresuróse a ha­cerla sentar de nuevo, y rehusando entrar en sus sentimien­tos, la intimó la voluntad y designios de Dios, por lo cual la prolongaría su preciosa vida por largos años, para bien es­piritual de sus Hijas, y añadió: «Su Divina Majestad con­serva ordinariamente por medios extraordinarios a aquellas personas de quienes quiere valerse para el feliz logro de sus empresas; y si bien lo consideráis, hija mía, hace ya más de diez años que no vivís, al menos con la vida natural y ordi­naria;» repitiendo el Santo, con otras palabras, lo que en cierta ocasión testificó, «que la sierva de Dios no vivía sino de milagro.».

Su muerte.—Nos volveremos a ver en el cielo

Hacía muchos años que Luisa pedía fervorosamente a Dios la gracia de morir asistida por el guía y padre espiri­tual de su alma, San Vicente de Paúl; por eso, al sentir que su destierro iba a terminar muy pronto, su deseo se avivaba más y más; sin embargo, Dios Nuestro Señor no quiso con­cederle este último consuelo, sin duda para darle motivo de merecer más alto premio haciéndola semejante a su divino Hijo hasta en su muerte.

Era el mes de Marzo de 166o, y San Vicente, venerable octogenario, pues tenía a la sazón ochenta y cinco años, que no tardaría en sucumbir, hubo de contentarse al saber el pe­ligro de su amada Hija, con enviarle su bendición, acompa­ñada de la cita que para dentro de pocos meses la daba en la patria celestial: «Hija mía, a Ud. toca ir delante, pero tengo la esperanza de volver a hallar a Ud. dentro de poco en el cielo.» Asistióla, pues, el párroco de San Lorenzo, de cuyas manos recibió la Sagrada Comunión, y habiéndola exhor­tado a que diera una vez más su maternal bendición a sus Hijas, lo hizo acompañándola con estas afectuosas palabras: «Queridas Hermanas—dijo expresando en este solemne mo­mento sus más ardientes deseos y lo que había tenido más en su corazón durante su vida entera:—continuaré como hasta ahora pidiendo a Dios su bendición para todas vosotras, así como también el que os conceda la gracia de perseverar en vuestra vocación para servirle como más de su agrado sea; esmeraos en el servicio de los pobres, y en particular os, re­comiendo que conservéis entre vosotras la más íntima unión y cordialidad a fin de que, amándoos las unas a las otras, imitéis la unión y vida de Nuestro Señor; y sed siempre muy devotas de la Santísima Virgen , pues ella es vuestra única Madre.» Añadió que moría con grande afecto a su vocación, y que si viviera cien años, no pediría otra gracia que la fide­lidad a ella.

Además del mencionado párroco de San Lorenzo, tenía a su cabecera un sacerdote de la Misión, que San Vicente había enviado, quien le aplicó la indulgencia plenaria con­cedida para la hora de la muerte, que acaeció el 15 de Marzo de 1660. Poco antes de morir hizo correr las cortinas de su cama como para recogerse, no volviendo a hablar ya, entregando su alma pura en las manos de Dios Nuestro Señor, muriendo con la muerte de los justos, después de haber llevado una vida tan inocente, que hizo exclamar al citado párroco, con quien había hecho confesión general: «Dichosa alma, que sale de este mundo aún con la gracia é inocencia del santo Bautismo!»

Sus exequias.—Aromas celestiales

Conformándose con la voluntad expresa de la finada, se celebraron sus funerales de la manera más sencilla; ni más ni menos como se ejecuta con cualquiera Hermana de la Cari­dad; porque «obrar de otra manera—había dicho—sería no parecer Hermana de la Caridad en mi muerte, y es el título que más me honra, aunque sea la más indigna de adornar­me con él.» Dióse tierra a su cuerpo en la capilla de la Visi­tación, parroquia de San Lorenzo, aunque después fueron trasladados sus restos al lugar donde hoy descansan, en la capilla de la Casa-Matriz de las Hermanas de la Caridad, calle de Bac, núm, 140, la misma capilla honrada en estos últimos tiempos con la visita de la Inmaculada Virgen María en la Manifestación de la Medalla milagrosa.

Gobillón, antiguo autor de la Vida de Luisa de Marillac, termina su obra con estas palabras: «Parece que Dios no se da por satisfecho con que sea conocido el mérito de ésta su fiel sierva con tantas gracias como por su mediación se obtie­nen, sino también quiere descubrir su gloria por medio de los efectos extraordinarios que aparecen en su sepulcro. De tiempo en tiempo se despide de él un dulce vapor de un aroma parecido al de la violeta y el iris, de lo cual pueden ser testigos gran número de personas, y lo más sorprendente es que las Hijas de la Caridad que oran en su sepulcro, vuelven a la ca­becera de sus Hermanas enfermas en la casa, muy perfuma­das de este olor suavísimo. Podría añadir, el testimonio de mi propia experiencia, repetidas veces puesto por mí en práctica, sin que haya podido descubrir la causa natural de este fenómeno, a pesar de haber tomado todas las precauciones posi­bles para cerciorarme de su naturaleza; pero cualquiera que sea la especie del aroma que de su sepulcro se exhala, lo cierto es que el olor de sus heroicas virtudes por espacio de toda su vida, es el más precioso de todos los perfumes, y que su misma vida fue una obra milagrosa de la gracia y el signo más glorioso de su santidad, cuyo olor se ha extendido por toda la Iglesia».

Un gran Santo es su primer admirador y panegirista

La deposición más preciosa en el proceso de beatificación de Luisa de Marillac, será siempre el elogio que San Vicente le tributó en dos conferencias habidas en San Lázaro para las Hijas de la Caridad, y en las que obligó a hablar a cada una de ellas acerca de las virtudes que habían observado en su santa Madre y piadosa fundadora, conferencias presi­didas por él mismo, a pesar de todas sus enfermedades y dolencias,

La primera Hermana invitada a hablar no pudo acordar­se de su buena Madre sin venirle al pensamiento que la había perdido para siempre, y habiendo el dolor y las lágrimas anudado su voz en la garganta, fue preciso que habla­sen otras, mientras se desahogaba. En estas conferencias, en que San Vicente hablaba en el curso de ellas o en su con­clusión, con arreglo a la ocasión, y que recordaban las con­ferencias primitivas de los Padres del Desierto, el Santo ala­bó las virtudes de Luisa, especialmente su singular pruden­cia, su caridad y su pureza, diciendo entre otras cosas:

«Constituído en la presencia de Dios, pensaba y decía: Señor, Vos queréis que hablemos de vuestra sierva, porque es la obra de vuestras manos; y me preguntaba: Qué he visto yo en ella durante los treinta y ocho años que la he conocido? Sólo he visto algunas pequeñas imperfecciones; pero pecado mortal oh jamás, jamás!

Ella fue un alma siempre pura en todas sus cosas; ya en su juventud, ya en su matrimonio, ya en su viudez, habéis tenido a vuestra vista un modelo que imitar; al presente ya está en el cielo. Vuestra buena Madre, que está ya en gloria, no tendrá menos interés, ni su cariño será menos intenso para vosotras que cuando estaba en vuestra compañía. Y si bien no es lícito encomendarse públicamente a las oraciones de los muertos que no están canonizados por la Santa Ma­dre Iglesia, tampoco se prohíbe rogarles en particular; podéis, por tanto, pedir a Dios Nuestro Señor las gracias que os hacen falta, poniéndola por intercesora.»

La causa de beatificación de la venerable Luisa de Ma­rillac ha sido ya introducida por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, sancionada por el Soberano Pontífi­ce León XIII el 10o de Junio del presente año.

Al presente son ya muchas las bendiciones del cielo obte­nidas por su intercesión.

He aquí las principales publicaciones sobre la vida de Luisa de Marillac.

  • La Vie de Madernoiselle Le-Gras, Superiora  de la Compa­ñía de las Hijas de la Caridad, sirvienta de los pobres enfer­mos, por el Sr. Gobillón , sacerdote, doctor de la casa y so­ciedad de la Sorbona, y cura párroco de San Lorenzo.—Pa­rís, 1676 —Un tomo en 12.° de 333 páginas.—Esta vida, pu­blicada dieciséis años solamente después de la muerte de Luisa de Marillac, y cuando aún vivían casi todos los testigos, es de mucha autoridad. En 1862 se reimprimió, y está tradu­cida al polaco.
  • En 1886, las Hijas de la Caridad la han hecho reimpri­mir para uso de su Congregación , añadiendo otros tres to­mos, que contienen las meditaciones é instrucciones de la Sierva de Dios, sus pensamientos, sus avisos y sus máximas sacadas de sus escritos (tomo II,) y de sus cartas ( tomos III y IV.) Imprenta de Saint-Agustín, Bruges.
  • Collet, sacerdote de la Misión, autor de muchas obras teológicas muy apreciadas, reimprimió en 1769 la Vida escrita por Gobillón, después de haberla corregido y aumen­tado notablemente. Este libro empieza con una interesante memoria sobre el estado actual de la Compañía de las Hijas de la Caridad, seguida de un cuadro sinóptico de sus esta­blecimientos. Esta Memoria es de un sacerdote de la Misión, a quien el Sr. Collet no nombra. (Notices bibhographiques sur les écrivains de la Congregation de la Mission. Véase Collet, pág. 73). El trabajo de Collet ha sido reimpreso muchas veces, sobre todo en 182o y en 1862. En 1792 ha­bíase traducido al español y publicado en Barcelona por D. Rafael de Llinás. También en Gray se publicó otra tra­ducción en alemán en el año 1875. Después se han publi­cado:
  • Historie de Mademoiselle Le-Grasa por Mme. de Riche­mond. París, Poulsiegne, 1883, en 8.°, de 390 páginas. Nue­va edición en 1894.
  • Louise de Marillac, Fundadora de la Compañía de las Hijas de la Caridad, por el Sr. Conde de Lambel.—Lilla, Le­fort, 1868. Nueva edición en 1884. Un tomo en 18º, de 200 páginas.—Traducción en español. París, Garnier, 1887.
  • Vie admirable de Louise de Marillac, Sierva de Dios y de los pobres, Fundadora y primera Superiora de las Hijas de la Caridad.—Abbeville, Paillart, 189o. Librito en rústica en 18.°, de 32 páginas. Se halla también en París, en casa Vic, calle de Cassette, núm. 11.—Traducción en italiano en la misma librería.
  • Louisa de Marillac en hare deelneming aan de stichtin gen en werken van den H. Vincentino a Paulo (Luisa de Marillac y su cooperación a las instituciones y obras de San Vicente de Paúl). Malinas, 1891 , por el sacerdote Van Hoonacker, profesor de Lovaina. Encuadernación en rús­tica, tamaño 24.°,con 62 páginas.—Traducción del flamenco aI inglés.—Lieja, Dessain, 1891.
  • Geist der ehruiirdigen Louise von Marillac oder Gedan­ken an ihren Betrachtungen und Reden gesammelt. (Espíritu de la Venerable Luisa de Marillac, o pensamien­tos recogidos de sus meditaciones y de sus discursos, segui­do de un Compendio de su Vida.—Munich, Stahl, 1863.) Un tomo en 12.°, de 162 páginas.)—Este libro, impreso en Munich, en donde las Hijas de la Caridad no tienen ningún establecimiento, ha sido publicado por las Hermanas de la Caridad de dicho punto que tienen a San Vicente por Pa­trón, y que han profesado siempre gran respeto a la Venera­ble Fundadora Luisa de Marillac.

Tomado de Anales Españoles. Tomo III. Año 1895

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