I.- INTRODUCCIÓN
Aunque conocía ya, por supuesto, las «Semanas de Estudios Vicencianos de Salamanca» por su sólida reputación, el nivel de trabajos y la profundidad de la reflexión que suscitan, es, sin embargo, la primera vez que tengo el honor y el gusto de participar en ellas…, y ¡nada menos que como conferenciante! El año pasado no me fue posible responder a la invitación del Padre Maside, y Sor María Luisa Rueda, nuestra Asistenta General a quien conocen ustedes muy bien, me sustituyó con (miaja, desarrollando el tema:
“LAS HIJAS DE LA CARIDAD Y LOS NUEVOS SERVICIOS».
Este año, siguiendo la línea del tema general para 1988: «Justicia y solidaridad con los pobres dentro de la vocación vicenciana», se me pide a mí que les hable más especialmente de: «La solidaridad con los pobres y los oprimidos dentro de la vocación de las Hijas de la Caridad».
Y he podido darme cuenta de que, en cierta medida, he de coincidir con varias de las ideas expuestas ya por Sor Rueda, aunque vil lo haga desde otra óptica: la de la SOLIDARIDAD con los Pobres…
lis que para la Hija de la Caridad, esa SOLIDARIDAD pasa siempre a través de su servicio, bajo sus diferentes formas, antiguas o nuevas, acomodándose de cerca a las múltiples formas de pobreza: las de ayer y las de hoy. No olvidemos que en su “HACER” la Hija de la Caridad tiene que empeñar todo su «SER», el Amor del Señor que está en ella, ese Amor que le hace ver otro Cristo en todo hermano que sufre o se siente despreciado.
- REFLEXIONES PRELIMINARES
Un hecho importante que señalar: por todas partes se oye ahora hablar de SOLIDARIDAD
Ante los cambios tan rápidos de hoy, con unos engranajes muy complejos, hemos de constatar también una gran angustia en nuestro mundo siempre en búsqueda de algo. De ello somos testigos y en muchos casos compartimos ese sufrimiento: hambre, conflictos de toda clase, dramas de los refugiados, de los sin trabajo, de los sin techo, de los que están solos, ancianos, enfermos, marginados por la droga, el alcohol…, hogares destrozados, etc.
Felizmente, podemos ver también, como contrapartida, en nuestro mundo actual, tan zarandeado y desequilibrado, en el que todos buscan felicidad y seguridad, grandes movimientos de SOLIDARIDAD: movimientos en favor del respeto a los derechos humanos, movimientos pro justicia, fraternidad, paz. Felizmente también, junto al individualismo de muchos, cristalizado en su egoísmo, podemos ver con frecuencia a personas —cristianas o no—, a grupos que trabajan animosamente por la consecución de un mundo mejor y lo hacen a veces arriesgándose mucho, incluso poniendo en peligro la propia vida. Los medios de comunicación social nos muestran todos los días ejemplos de ese tipo, en los que se juega de plano y desde un punto de vista positivo, la verdadera SOLIDARIDAD… SOLIDARIDAD es una palabra genérica, sencilla y cómoda. Con ella, en efecto, se encuentran de acuerdo creyentes y no creyentes. Guardémonos de ponerle mala cara y más aún de despreciarla, porque es muy evocadora. Pero, por lo que a nosotros se refiere, tengamos habitualmente la inquietud de conferirle todo el poder movilizador que tiene, que posee el «COMPARTIR» evangélico.
Sustancialmente, ¿qué quiere decir la palabra SOLIDARIDAD?
— He empezado, como me gusta hacerlo ordinariamente, por buscar la referencia del diccionario: el diccionario responde con una definición neutra, precisa y completa. He consultado, pues, un diccionario en diez volúmenes y me he encontrado con la agradable sorpresa de haber descubierto algo positivo recorriendo media página de texto consagrado a la palabra: SOLIDARIDAD. Entresaco estas líneas:
«SOLIDARIDAD: «Dependencia mutua entre los hombres que hace que unos no puedan ser felices y desarrollarse sino a condición de que los otros puedan hacerlo también.
En el orden sociológico, se puede distinguir: la SOLIDARIDAD-HECHO NATURAL y la SOLIDARIDAD-VIRTUD. Esta última es la unión voluntaria y la entrega recíproca de los hombres unos a otros. La SOLIDARIDAD como hecho natural es a la vez física, biológica, económica, política, intelectual y moral. Según algunos, el individuo tiene una deuda inmensa con la sociedad. Y esta deuda crea a cada uno, en relación con los demás y la colectividad, unos deberes de abnegación y de entrega que, en suma, son deberes de simple JUSTICIA. La virtud de SOLIDARIDAD es la JUSTICIA INTEGRAL».
Es de notar la riqueza de estas breves frases. Nos lleva más allá de una definición estricta, de una explicación clásica de la palabra SOLIDARIDAD. Aun considerándola como definición de ese tipo, que se sitúa en el nivel de la relación entre los seres humanos, sin noción de trascendencia, nos hace contemplar la interdependencia que crea derechos y deberes recíprocos y nos ofrece esta convicción: «La virtud de SOLIDARIDAD es la JUSTICIA INTEGRAL»… No perdamos de vista la unión de dos palabras clave: JUSTICIA-SOLIDARIDAD.
— No obstante, antes de ver en ella un deber, tenemos que afirmar que la SOLIDARIDAD es una CONSTATACIÓN: una realidad de hoy.
Los finales del siglo XX nos enfrentan con una solidaridad necesaria, que se impone a nosotros. No podernos negarnos a tenerla en cuenta porque sería abandonar a la humanidad a sus desgracias de siempre, canalizadas a través de los siglos: miseria, enfermedad, guerra, por no citar más que éstas… Lo que parece sobresalir en la hora actual es la conciencia, cada vez más viva, de la solidaridad humana. Ser solidario es reconocerse como partes de un todo indivisible. Los hombres se salvarán todos juntos…, o se perderán. En la época de lo nuclear, de la electrónica, cuando espacio y tiempo se confunden, la solidaridad se impone a nuestros ojos. La fraternidad no puede contentarse con buenos sentimientos…
Últimamente, el Papa Juan Pablo II publicaba su Encíclica «Sollicitudo rei socialis». Y mientras que su antecesor Pío XII pensaba que la paz era el fruto de la justicia; mientras Pablo VI decía que era fruto del desarrollo, el Papa actual, después de un análisis de la mayor lucidez, sin complacerse en la situación, concluye con firmeza: «La Paz es el fruto de la solidaridad»… Pero es que la solidaridad ha de ser ante todo reconocida, aceptada, y después asumida… Si la justicia es una virtud, el desarrollo es el resultado de un esfuerzo enorme en el plano económico, técnico, social y —esperémoslo— humanista… En cuanto a la solidaridad, apunta a una realidad completamente distinta: la de nuestra condición humana. Con esta realidad es con la que nos enfrentamos seriamente hoy. Se nos presenta cada vez más como una situación de reciprocidad. A las puertas del año 2000, en el ocaso de este siglo, vemos mejor que dependemos de los que dependen de nosotros… Es una idea muy sencilla pero esencial, cargada de consecuencias y cuya evidencia no puede escapársenos… En el fondo, la solidaridad está inscrita en el corazón de la persona humana. Más allá del individualismo, de los nacionalismos a corto plazo, la humanidad no tiene otra opción: nuestros hermanos en humanidad, nuestros semejantes en su diversidad y diferencias, están embarcados con nosotros…, y nosotros con ellos… Las consecuencias están ahí, y lleva consigo exigencias y deberes para hoy y para mañana… ¡Necesaria SOLIDARIDAD!
Una investigación más profunda de los fundamentos de la solidaridad, es más fácil de abordar ahora, después de estas primeras consideraciones:
Sus fundamentos antropológicos.
Sus fundamentos teológicos.
Sus fundamentos eclesiológicos y espirituales.
Los fundamentos antropológicos de la solidaridad
El deber de solidaridad se fundamenta, pues, en el bien común de la humanidad y en el destino universal de los bienes (expresión empleada en el sentido amplio). Es la consecuencia de la dignidad igual de todos los hombres a los ojos de Dios.
La interdependencia entre todas las partes del mundo y todos los habitantes del planeta-Tierra llama a la «RESPONSABILIDAD DE TODOS HACIA TODOS».
El deber de solidaridad se enraíza en la unidad de la familia humana (cf. cap. 2 de «Gaudium et Spes»). Es indispensable insistir en este aspecto para no vernos tentados a replegarnos en nosotros mismos. Pensemos en el diagnóstico pesimista, pero tan realista, de «Sollicitudo rei socialis» (números doce a veinticinco).
Los fundamentos teológicos de la solidaridad:
Dios creador quiere hombres, a imagen suya, libres y responsables: a ellos confía el mundo. Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, viene a revelar a su Padre, que quiere hacer de todos los hombres hermanos, comunicándoles su Espíritu de Resucitado para hacerles compartir su plenitud de vida y de amor.
«La solidaridad es sin duda una virtud cristiana… La caridad…, es signo distintivo de los discípulos de Cristo» («Sollicitudo», número cuarenta). Es una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia, de la identidad cristiana, y se dirige a todos… A los que tienen más, incumbe una mayor responsabilidad en esta misión.
Los fundamentos eclesiológicos y espirituales de la solidaridad:
El anuncio de la «Buena Noticia de Salvación» tiene lugar en la Iglesia «que existe para evangelizar» (Evangelii nuntiandi). Cada uno de nosotros es, «instrumento del designio de Dios».
La Iglesia es el Cuerpo de Cristo en el que todos los miembros están unidos unos a otros en el mismo y único Cristo: «Todos sois uno en Cristo Jesús» (Gal 3,28). Además, Cristo murió por todos (cf. 2Cor 14-15), cristianos y no cristianos: a tal nivel de profundidad se enraíza el «nosotros» solidario de los cristianos.
La Iglesia, real e íntimamente solidaria de los hombres y de su historia, es sacramento, es decir, signo y medio de Salvación, la Salvación de Dios. Hay que tenerlo en cuenta, con la convicción humilde de que una conversión personal y comunitaria es necesaria constantemente.
III. PARA NOSOTRAS, HIJAS DE LA CARIDAD, Y A LA LUZ DE ESTAS REFLEXIONES, ¿QUE ES, PUES, LA SOLIDARIDAD Y COMO LA VIVIMOS?
- En primer lugar, recordemos brevemente la vocación de Hija de la Caridad y su razón de ser.
Nada mejor puedo hacer que citar, completo, el artículo primero del capítulo primero de las Reglas Comunes, que reproducen nuestras Constituciones actuales. Es el siguiente:
«El fin principal para el que Dios ha llamado y reunido a las Hijas de la Caridad es para honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad, sirviéndole corporal y espiritualmente en la persona de los Pobres, ya sea enfermos, niños, encarcelados u otros…».
Esta breve expresión: «u otros» quiere significar todas las nuevas pobrezas no citadas, que aparecen o irán apareciendo a lo largo de los siglos; y deja así campo libre a todas las iniciativas, porque: «el amor es inventivo hasta lo infinito» (San Vicente, Coste XI, p. 146; Sígueme IX/3, p. 65).
De modo que para toda Hija de la Caridad es una convicción profunda la que el servicio a Cristo en los Pobres es la razón de ser de su existencia. Actualmente, se oye hablar mucho de «opción preferencial por los pobres», pero nosotras pensamos sencillamente que nuestros Fundadores hicieron ya por nosotras esa opción deliberada de servir a Cristo en los Pobres. Esa opción fue la característica esencial de la Compañía naciente y sigue siendo la de la Compañía de siempre. En función, pues, de esa opción inicial, por el hecho mismo de esa opción, no puede ser cuestión para la Hija de la Caridad de «optar por los Pobres»… ¡No hay opción posible para nosotras! puesto que se trata de nuestra obligación la más estricta, plasmada en la emisión de nuestro cuarto voto, nuestro voto específico: el de servir a los Pobres… en SOLIDARIDAD CON ELLOS.
- Como Hija de Dios, la Hija de la Caridad toma como punto de referencia los textos de la Sagrada Escritura:
— Con el Antiguo Testamento, tratará de repetir algunos pasajes de los Salmos, por ejemplo, que proyectan gran luz para mostrar, por una parte, la ternura, la mansedumbre de Yahvé, su amor al pobre, al desgraciado, su deseo de justicia para el oprimido; y por otra, el camino que cada una de nosotras ha de seguir por esta línea tan bien señalizada: leamos, oremos, esforcémonos por imitar a nuestro Dios:
«Yahvé…, no se olvidó del clamor de los oprimidos…» (S 9, v. 13).
«Por la opresión de los pobres, por los gemidos de los menesterosos, ahora mismo voy a levantarme, dice Yahvé, y les daré la salvación por la que suspiran…» (S 12, v. 6).
Y también:
«Guarda fidelidad eternamente,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos,
Yahvé libra a los presos…» (S 146,7).
Después nos encontramos con la «Buena Nueva de Jesucristo» o NUEVO TESTAMENTO. En seguimiento de Cristo, único Evangelizador, aparecen algunas frases típicas, entre otras muchas, que nos invitan a imitar a nuestro Modelo, en cuanto a compartir con los demás, en cuanto a la justicia y, por lo tanto, a la solidaridad con los que sufren:
«Da a quien te pida y no vuelvas la espalda a quien desea de ti algo prestado…» (Mt 5,42).
Y este pasaje tan conocido:
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, peregriné y me acogísteis…, estaba desnudo…, preso…» (Mt 25,35-6).
«Dad y se os dará; una medida buena, apretada, colmada, rebosante, será derramada en vuestro regazo. La medida que con otros usareis, esa se usará con vosotros» (Lc 6,38).
Veamos otro versículo de Mateo:
«El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió» (Mt 10,40).
- Como Hija de la Iglesia, la Hija de la Caridad está enterada de los textos y directrices de la Iglesia, especialmente del Santo Padre, para hacerlos suyos y vivir de ellos, en fidelidad absoluta y dentro de la línea de su carisma propio.
Cómo no hablar una vez más, al tratar de la solidaridad, de la última Encíclica de S.S. Juan Pablo II… Diversos comentaristas vienen a decirnos en definitiva que la verdadera respuesta a los mecanismos perversos y a las estructuras de pecado, toma el camino de la solidaridad, «camino de la paz y a la vez del desarrollo». En pocas páginas de la Encíclica (las correspondientes a los números treinta y nueve y cuarenta), encontramos diez veces la palabra «solidaridad», sin contar otras muchas más en otros lugares. De virtud cristiana la califica el Santo Padre, quien nos la presenta como la anti-estructura de pecado: abarca todos los aspectos de la vida social, incluido en ellos el de la dimensión internacional. Inspirada por Dios, a la luz de la Fe, la solidaridad se convierte en comunión y nos abre al cumplimiento del designio divino.
Por su parte, el Cardenal Etchegaray escribía en febrero último:
«Juan Pablo II hace un llamamiento a la solidaridad, considerada, no sólo como una necesidad de orden económico o como un factor político, sino como un imperativo moral que se basa en la perspectiva de un mundo contemplado en su totalidad y su unidad radical.
De la solidaridad, palabra de resonancia jurídica y de ecos laicos, Juan Pablo II hace, textualmente, una ‘virtud cristiana’ (número cuarenta), como el nuevo nombre de la caridad universal… Si la Iglesia puede soportar sin amedrentarse los panoramas más trágicos de la humanidad, es porque posee los medios para transformar en semillas de eternidad los gérmenes de muerte.
El realismo de la Fe que conduce con toda seguridad a la Pascua a través del camino insoslayable de la cruz, es la mejor palanca para transformar a hombres egoístas en hombres solidarios: les confiere el gusto y la pasión de hacer una tierra más habitable en la justicia y la paz… El mundo decepcionado necesita que alguien le repita que todo es posible para quien cree en Dios y en el hombre…, porque es una misma cosa».
Solidaridad: «virtud cristiana», «nuevo nombre de la caridad universal»… Una Hija de la Caridad no puede menos de sentirse aludida en estas líneas tan incisivas.
En una audiencia general, el 10 de febrero último, el Santo Padre se expresaba con firmeza acerca del tema candente de la solidaridad, y lo hacía con este título: «El hombre solidario de todos los hombres». No resisto al deseo de citarles algún pasaje de aquel discurso que entra tan dentro de la línea de nuestro carisma de Hijas de la Caridad:
«…¿En qué consiste esta solidaridad? Es la manifestación del amor que tiene su fuente en Dios mismo. El Hijo de Dios ha venido al mundo para revelar este amor. Lo revela ya por el hecho mismo de hacerse hombre: uno como nosotros. Esta unión con nosotros en la humanidad por parte de Jesucristo, verdadero hombre, es la expresión fundamental de su solidaridad con todo hombre, porque habla elocuentemente el amor con que Dios mismo nos ha amado a todos y a cada uno. El amor es reconfirmado aquí de una manera del todo particular: El que ama desea compartirlo todo con el amado. Precisamente por esto el Hijo de Dios se hace hombre…
Este «amor-solidaridad» sobresale en toda la vida y misión terrena del Hijo del hombre, en relación, sobre todo, con los que sufren bajo el peso de cualquier tipo de miseria física o moral. En el vértice de su camino estará ‘la entrega de su propia vida para rescate de muchos’ (cf. Mc 10,45): el sacrificio redentor de la cruz. Pero, a lo largo del camino que lleva a este sacrificio supremo, la vida entera de Jesús es una manifestación multiforme de su solidaridad con el hombre, sintetizada en estas palabras: ‘el Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos’ (cf. Mc 10,45)…
Jesús es el hombre, un hombre verdadero que, semejante a nosotros en todo menos en el pecado, se ha hecho víctima por el pecado y solidario con todos hasta la muerte de cruz».
En una carta de 21 de junio de 1987, sobre la economía, los Obispos Norteamericanos hablan también acerca de la solidaridad-que-comparte, comunión con Dios, con esa noción de interdependencia de que he hablado hace un momento. Es un párrafo hermosísimo que expresa las mismas convergencias, las mismas convicciones:
«Estar en comunión con Dios, participar en la vida de Dios implica un vínculo recíproco con todos los habitantes del globo. Jesús nos ha enseñado a amar a Dios y a amamos los unos a los otros… Mediante una comprensión de la interdependencia, tenemos que pasar de nuestro amor a la independencia hasta un compromiso en la solidaridad humana… El amor implica la inquietud por todos, especialmente por los pobres…».
Un Mensaje de los Obispos de Francia, del 10 de noviembre de 1987, titulado: «La solidaridad: una urgencia», muestra también qué atenta está la Iglesia a los signos de los tiempos y trata de profundizar en este problema de nuestra sociedad, afirmando sólidas convicciones:
«El amor de preferencia por los pobres es una de las características de la Revelación, en Jesucristo, del Dios Creador y Redentor. La solidaridad es uno de los elementos componentes de la caridad. Hunde sus raíces en el amor con el que Dios se ha hecho solidario de todo hombre, en Jesucristo. Es una dimensión constitutiva de la misión de la Iglesia, de la identidad cristiana… La solidaridad no puede ser selectiva, porque de suyo es universal».
- Algunas puntualizaciones sobre la palabra: POBRES, tal y como la entienden las Hijas de la Caridad:
Para no apartarme en absoluto de la definición de la palabra «POBRES» que acepta la Compañía de las Hijas de la Caridad, voy a citarla textualmente tal y como se encuentra en el ‘Léxico’ anejo a nuestras Constituciones:
POBRES: Las Asambleas Generales de las Hijas de la Caridad han optado por mantener el empleo de la palabra «pobres» porque tiene «la ventaja de especificar la cualidad fundamental de aquellos que constituyen la finalidad de nuestra vocación y porque es un término genérico que comprende todas las formas de pobreza» (Madre Guillemin, 2-2-1968).
Me ha parecido conveniente recordar esta definición para mostrar que los ‘oprimidos’ a que alude el título que se me ha propuesto no son, para nosotras, sino una categoría, una clase, entre otros pobres más numerosos y tan necesitados de ayuda como ellos, aunque de otra manera: enfermos, personas solas, por ejemplo, que no son forzosamente ‘oprimidos’.
Una vez hecha esta puntualización, voy a referirme, por supuesto, dentro de un momento, a las personas víctimas de la injusticia y de la opresión a las que las Hijas de la Caridad sostienen lo mejor que pueden con las posibilidades que están a su alcance.
Sor Ana Duzán
CEME







