«El fin que debéis perseguir es honrar a Nuestro Señor Jesucristo, sirviéndole… en los pobres necesitados como lo hicisteis en el «Nombre de Jesús» y como lo hicisteis a esas pobres gentes que asististeis cuando venían a refugiarse a París por culpa de las guerras».
San Vicente de Paúl.
Los mendigos en los siglos XVI y XVII
Desde el siglo xvi el crecimiento de la miseria y el relajamiento de la caridad en las obras de beneficencia habían llevado al estudio de los problemas concernientes a la mendicidad y a la organización de fundaciones de asistencia bajo la dirección de los poderes públicos.
Con más o menos matices todo el mundo deseaba la represión de los mendigos vagabundos, el castigo de los falsos pobres, y una organización racional de la beneficencia, bajo la dirección y el control de las autoridades municipales. Para éstas el fin debía consistir en obligar a trabajar a los pobres sanos, al mismo tiempo que venir en ayuda de los inválidos; en cuanto a los extranjeros, no había más que echarlos. El fin de la fundación «Grand Bureau des Pauvres» consistía en efecto en luchar contra la terrible ola de la mendicidad.
Sin embargo la desorganización general, consecuencia de las guerras de religión, se opuso durante mucho tiempo al restablecimiento de la prosperidad pública, y la lucha contra la mendicidad continuó siendo una preocupación y un problema en el siglo siguiente aunque al comienzo del reinado de Luis XVIla idea de «encerrar a los pobres» atormentaba aún los espíritus. Una vida de inseguridad y de alarma continuas, constituía una incitación al vagabundeo.
Reglamentos de policía
En 1611 apareció la redacción de unos estatutos para los hospitales de los pobres encerrados que comprendía la asignación de los alimentos necesarios y la organización de trabajos apropiados a cada sexo y a cada edad. Durante algún tiempo estas medidas produjeron maravillas, pero una vez perdidos los primeros sentimientos de temor, los mendigos se arriesgaron de nuevo a ir por las calles. Pronto fueron dictadas severas sanciones: el látigo, la picota o las galeras para los hombres; el látigo y la cabeza rasurada para las mujeres. Una vez más el temor retuvo a los mendigos: esto duró cuatro años… pero vuelven de nuevo a las calles en los primeros meses de 1617. Un folleto publicado en aquel año dice lo siguiente:
«Vemos los hospitales llenos de pobres, la mayor parte soldados, granujas, lacayos, campesinos, hombres y mujeres, mendigos, y no hay medio alguno de poder hablarles, o decirles un Pater Noster, sin que te interrumpan tres o cuatro veces, con grandes inoportunidades, blasfemias, palabras ultrajantes o injuriosas, hecho que es la causa de que el pueblo murmure con extrañeza de ese gran número que aquí se ve… Cuando ven los cepillos (de iglesia) destinados a dichos encerrados o a los ciegos o a otros, que piden para ellos, dicen que esto es una burla y una invención bajo el nombre de piedad y que ya no existen «encerrados»».
Dos años después, un edicto de la Corte del parlamento, fechado en el 29 de noviembre de 1619, trata de poner remedio ordenando que se encierre a los pobres en una casa llamada «Petit-Bourbon», situada en el arrabal.
También una casa del arrabal es destinada para encerrar a los pobres en un edicto de 1622:
«Aprobada por la Corte la propuesta a ella presentada por el procurador general del rey, que dice que para aliviar una parte de los gastos a los que se está obligado por el alquiler de cinco hospitales donde están encerrados pobres en número de 1.300 ó 1.400, sería necesario adquirir una casa sita en el arrabal de Saint Marcel».
En 1629 y también en 1630, el parlamento recordaba sus prohibiciones de antes pero los mendigos amaban excesivamente su libertad y su ociosidad como para hacerles caso.
La buena voluntad no faltaba ciertamente en los que trataban de resolver el problema de la mendicidad porque encontramos un nuevo edicto de la corte del parlamento en julio de 1632, a propósito de la fundación «de un hospital general en el que los pobres de toda suerte de condiciones podían ser cómodamente instalados». Que el preámbulo de estas ordenanzas hable de caridad o de buen orden, la conclusión es siempre la misma: «los mendigos constituyen un peligro social, hace falta encerrarlos».
Al mismo tiempo que los proyectos quedaban sin ejecución, el número de mendigos crecía constantemente. La sola población de la capital se había acrecentado de tal modo, en los primeros años del siglo XVII, que había sido necesario aumentar su superficie casi en un tercio.
La miseria crece
La declaración de guerra de 1635, que prohibía a los franceses toda comunicación con los españoles, dio un rudo golpe a la industria de las provincias del norte, cuya población obrera vino a engrosar las filas del pauperismo. Los hambrientos de las distintas provincias invadidas se vieron también desplazados hacia la capital o hacia otras grandes ciudades del país. De allí sin embargo, se les volvía a enviar a los pueblos por la fuerza o por el subterfugio. Las provincias respetadas por la guerra no eran más felices, porque tuvieron que soportar impuestos que se volvían cada vez más abrumadores.
Los estados de Normandía constataban, en 1634, que los tributos habían crecido en su caso «hasta el punto de haberle sacado a la gente hasta la camisa que le quedaba para cubrir la desnudez del cuerpo, y de impedir a las mujeres en muchos sitios, por la vergüenza de su desnudez, ir a las iglesias» 10.
En la correspondencia de los intendentes con el canciller Séguier se encuentra, con fecha del 2 de marzo de 1643:
«La sola palabra sueldo por libra enfurece a los pueblos, y yo no sé más remedio para impedir el mal que la extinción del derecho… En este año, la sola elección de Burdeos abarca más, yo digo más de un millón de libras de todos los tributados, r la ley de sueldo por libra que se extiende a todas las exiguas mercancias aflige a todas las familias…».
Los impuestos sólo se conseguían cobrar por la fuerza armada: en 1646 había engrillados, por no pagar sus tributos, numerosos presos en Pontoise. Y, la situación de Pontoise era la de toda Francia.
Por todos lados la miseria aumentaba, y los mendigos se volvían cada vez más astutos y audaces. Organizados en París en una asociación muy poderosa, estos miserables se reunían en un lugar llamado con ironía Patio de Monipodio, así llamado porque los que «se veían durante el día lisiados o enfermos, volvían por la noche, y, como por milagro, todas sus enfermedades desaparecían». Era una verdadera menaza para la ciudad. Y la provincia recibía de rechazo los acontecimientos de la capital. También, al reaccionar contra ellos, las ciudades rivalizaron entre ellas en severidad y crueldad en las medidas adoptadas.
Nuevas medidas de la policía
En Champagne, el intendente Isaac Laffemas, proclamaba en 1643, que al «menor síntoma de contagio los mendigos y los vagabundos tendrían que venir a declarar su enfermedad, bajo pena de ser arcabuzados». En Grenoble, los habitantes se vieron forzados, en 1644, a expulsar a los pobres extranjeros «a golpe de látigo» y se les prohibió «que quedara ninguno bajo pena de cuatro libras de multa».
Después de las guerras con el extranjero, durante las cuales todo lo que merecía la pena de ser saqueado fue botín del soldado, la Fronda vino, a su vez, a aumentar las ruinas, dolores y miserias del país. Fue preciso renunciar durante algunos años, al método de internado para volver a las distribuciones de limosnas.
San Vicente de Paúl y el problema de la mendicidad
El problema de la mendicidad que, desde hacía años’ preocupaba en gran manera a los más eminentes economistas, no pasó desapercibido a san Vicente de Paúl que, desde 1621, le buscaba una solución.
De paso por Mácon, en esta época, para fundar allí una caridad, encontró la ciudad asediada por cientos de mendigos. Su ignorancia sobre las verdades elementales de la fe y la indiferencia en el cumplimiento de sus deberes religiosos lo habían llenado de compasión. Su celo le hizo buscar los medios para remediarlo. Preparó un proyecto que sometió a las autoridades oficiales. Respaldado por su autorización, formó una asamblea de personas caritativas, que se encargaron de socorrer con orden y discreción a los pobres de la ciudad, mendigos y pordioseros, sanos y enfermos. Se hizo primero el recuento de los pobres: llegaban a trescientos. Cada domingo, en la iglesia de san Nazier, después de haber oído la misa y el sermón, recibían pan, leña o dinero según el grado de miseria y cargas familiares. Si habían mendigado durante la semana no recibían nada. A los pobres extranjeros que estaban de paso por Mácon, se les daba alojamiento por una noche. Al día siguiente se les despedía después de haberles dado dos sueldos.
Para contribuir a los gastos de esta buena obra, los ricos se obligaron por escrito a dar cada año trigo, vino, carne, leña y ropa. Veamos el testimonio escrito del padre Desmoulins, que era superior del oratorio de Mácon
«Vicente de Paúl supo manejar tan bien a los grandes y a los pequeños, que cada uno se prestó voluntariamente a contribuir en una obra tan buena, unos con dinero, otros con trigo, otros con los productos que podían: de suerte que cerca de trescientos pobres estaban alojados, alimentados y sostenidos muy razonablemente. Vicente dio la primera limosna y después se retiró».
¿Y en París?
Así san Vicente de Paúl resolvió felizmente el problema de la mendicidad en Mácon en 1621; pero en París el mal era muy grande y el remedio mucho más difícil de encontrar. Se dirigió, pues, a su colaboradora, y juntos, Vicente de Paúl y la señorita Le Gras, buscaron una solución para suprimir —con arreglo a sus pocos medios— la mendicidad en la ciudad, lo que ciertamente sería muy útil a los pobres. Su intento, muy modesto, debía desembocar en la creación del hospicio del Nombre de Jesús, que serviría de retiro para los pobres artesanos cuya vejez o enfermedad impedía que se ganaran la vida convenientemente.
Los biógrafos de san Vicente de Paúl dan, en su mayoría, los principales detalles de la fundación de esta obra que se realizó gracias a la generosidad de un burgués de París. Este, sintiéndose internamente empujado a servir a Dios en la persona de los pobres, aportó la suma de cien mil libras a Vicente para una buena obra que dejaba a su elección. Esos autores señalan, entre otros hechos, la compra de una casa llamada del Nombre de Jesús, en el barrio de San Lorenzo, adquirida por la misión el 28 de septiembre de 1647, para utilizarla, según las condiciones del contrato:
«…para alojar, alimentar y vestir a cuarenta personas de uno y otro sexo, y enseñarles las cosas necesarias para la salvación, tratando de hacerlos vivir en el temor y amor a Dios, como también emplearlos en algún trabajo, y así evitar la mendicidad y la ociosidad que son la madre de todos los vicios».
Citan también la aprobación que se dio a la obra por el señor arzobispo de París el 15 de marzo de 1654, y la del rey en el mes de noviembre. Su majestad reconocía este nuevo hospicio «como dedicado a Dios» y les concedía todos los derechos sobre sus productos, «con el encargo de que dichos pobres dijeran, todos los días de la semana, el Exaudiat para nuestra prosperidad y la de nuestros reyes sucesores, para la conservación y tranquilidad de nuestro estado» 16. 1653 es la fecha que se ha dado unánimemente como la de la apertura del hospicio, que recibió y alojó a cuarenta pobres artesanos, veinte de cada sexo, en dos salas del edificio, separadas una de otra, también colocadas, que hombres y mujeres, reunidos en la misma capilla para oír misa, no podían ni verse ni hablarse.
Luisa de Marillac organiza el hospicio del Nombre de Jesús
El papel capital que desempeñó Luisa en esta tarea está casi olvidado por estos biógrafos. Es sobre todo al mostrar la acción de Luisa en esta obra cuando quisiéramos señalar, una vez más, su buen sentido práctico y su genio organizador a la vez que su espíritu sobrenatural que, queriendo dar una solución verdaderamente humana a la miseria de los pobres viejos, desprovistos y muy dignos de cuidados, tiene siempre en cuenta, en primer lugar, su estado de alma. De esta forma su manera de ver las cosas, como la de san Vicente, difiere esencialmente de la del estado.
…»No policía» sino «servicio»
La idea de la reclusión de los pobres y la de los trabajos forzados, impregnada de carácter policíaco que había hecho fracasar las bellas realizaciones ya concebidas por el estado, les repugnaba. Este encierro como una pena contra los mendigos incorregibles es, según Paultre, la característica del siglo. Vicente y Luisa, por el contrario, se preocupan por la libertad de los pobres, y respetan su dignidad. Antes que encerrarlos, está el trabajo como un medio excelente de reaccionar contra la soledad y el aburrimiento, que son la gran calamidad de los ancianos. Para aligerar este sufrimiento moral y atenuar la impresión de que son inútiles e impotentes, Vicente y la «señorita» preveen por su parte un trabajo voluntario y de tal naturaleza que sirva para ocuparlos «según sus pocas fuerzas e industrias, con el fin de evitar la ociosidad».
Para la organización, la puesta en marcha de la obra, san Vicente se dirigió como siempre hacia su fiel colaboradora para tomar consejo. Había pensado en ello ante Dios, ¡ella hizo lo mismo!
En la base de la obra, perspectivas sobrenaturales
La providencia había hablado por mediación del donativo generoso del rico burgués. Se le preguntará a Luisa sobre la meta a alcanzar y los medios que hay que emplear. Una valiosa tarjeta conservada en los archivos de la calle Bac da fe de ello:
«Al querer considerar la obra ante Dios, me vino al pensamiento, escribe Luisa, el considerarla desde todos sus puntos, a saber: su principio, su continuación y su fin».
Al considerar la obra como «inspirada por Dios» y no como deseo de los hombres, y al encontrar su fin excelente «puesto que contribuye a la gloria de Dios, en la ejecución de su santa voluntad, que ha ordenado que el hombre coma su pan trabajando, se la confía a El por entero y después se la recomienda a las oraciones de sus hijas» para que su santísima voluntad se cumpla».
La obra se organiza
Siempre con la misma preocupación por la persona humana, prevee la doble ventaja material y moral que tendrán los ancianos hospitalizados con el buen empleo del tiempo. Al trabajar, según sus fuerzas, no se sentirán inútiles a la sociedad y ayudarán al mismo tiempo a contribuir a su subsistencia. Es, pues, necesario encontrarles un trabajo adecuado y remunerado.
Adecuado: trabajos de hilatura, de cordonería, para los hombres, de puntillas, de guantería, de ropas, para las mujeres… .
Adecuado: sea que conozcan ellos mismos los diversos oficios que resultan de estas industrias, sea que los aprendan. Está aquí, adelantándose a nuestro tiempo, la reeducación, que ahora está tan de moda. Para esto no duda en llamar, para colaborar, a los más hábiles obreros, sea incitándolos por caridad para que condesciendan a «pasar por pobres» y se queden seis meses para enseñar a sus hermanos desdichados y mayores, sea como instructores a sueldo.
Santa Luisa no escatima nada:
«Teniendo una buena cantidad de obreros para poner la obra en buena marcha y hacerla continuar, no hay que mirar los gastos que hay que hacer para los útiles y las provisiones de los materiales para fabricar, ni la dificultad que supone buscar las direcciones de los sitios que los proporcionan a buen precio y fácilmente. La divina providencia nos asistirá y la experiencia descubrirá las direcciones».
El saber ocupar a los ancianos, ¿no es el mejor remedio para el sufrimiento moral tan acentuado en algunos, de ser una carga ? Lo bueno de la obra «en lo espiritual como en lo temporal», hace observar, «dependerá de que no haya nadie inútil, sobre todo al principio».
Tiene interés anotar de paso que en el séptimo congreso de hospitales, celebrado en 1951, el profesor Pierre Delore, al hacer su relación sobre «los problemas hospitalarios de los enfermos y los ancianos» señalaba como una excelente innovación, «…que a petición de los ancianos, la asistenta social puede buscarles algunos trabajos adecuados a ellos y emplearlos, aunque estén poco pagados, en pequeños trabajos que puedan hacer ellos mismos».







