La Sociedad en la que vivió Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: José María Ibáñez, C.M. · Year of first publication: 1987 · Source: Vincentiana.
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Introducción

predicacionEn el espíritu de Vicente de Paúl vida, pensamiento y acción se entremezclan y se clarifican desde el interior. Por eso es impo­sible abordar a este creyente comprometido y arriesgado al mar­gen de la circunstancia política, social, económica, religiosa en la que su existencia tiene lugar. Su vida y su pensamiento son un for­cejeo constante por asimilar una realidad que le viene dada y por responder, desde la receptividad abierta y acogedora del entorno a los problemas que la misma historia le depara. No es posible des­cubrir el sentido de la historia, hacer une relectura de la «escri­tura de la historia», interpretar el acontecimiento Vicente de Paúl, sin conocer la arqueología de la historia. Todo lo demás no sería más que proyectar los fantasmas inconsistentes de quien construye un «discurso» vacío de sentido y de objeto. Olvidarlo, sería descono­cer que Vicente de Paúl pertenece a ese género de hombres cuya vida y pensamiento se desarrollan en interacción recíproca. El dato de lo vivido, la circunstancia que lo ocasiona, la experiencia que engendra y prolonga se convierten en fuente fecunda de reflexión y ésta de comportamiento práctico. Por eso su vida se constituye en pauta hermenéutica de su pensamiento y su doctrina es la for­mulación de su fe y de su experiencia. En esta fe y en esta expe­riencia integra lo que ve y oye, lo que detecta o sospecha, es decir el mundo político, social, económico, religioso en el que se desar­rolla su existencia.

Dificultades para comprender la historia institucional del tiempo de Vicente de Paúl

Analizar la sociedad, en la que vivió Vicente de Paúl (1581-1660), no es aplicarla unos esquemas preestablecidos, sacados de unos sistemas antiguos o nuevos, concebidos al margen de ella. El his­toriador no tiene que construir sistemas preestablecidos. Su fun­ción es observar, descubrir, tratar de comprender y de ayudar a comprender.

Todas las clasificaciones escolásticas, jurídicas o mundanas desaparecen ante lo esencial: esta sociedad es ante todo una socie­dad rural, que se organiza en función de la tierra. Se desarrolla en unos marcos demográficos, económicos, jurídicos y mentales, que ayudan a comprenderla.

En este sentido hay que observar que la noción de «sociedad de órdenes», incluso si es interesante, útil y con mucha frecuencia exacta, no puede explicar totalmente lo que es esta sociedad. El formalismo intransigente de la noción de «sociedad de clases» es igualmente útil y en alguna medida exacta, pero está todavía mucho más lejos de dar razón de lo que es esta sociedad. Para compren­der la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl, se requiere pene­trarla lentamente, analizar su aspecto demográfico, económico, social, político y religioso. Nuestra relectura de la historia de esta sociedad se realiza necesariamente en lo «escritos» y «lo relatado». Si no tenemos desdichadamente todos los secretos de esta clave que nos permita interpretarlos, si podemos señalar los peligros que nos acechan a la hora de examinarlos.

Primer peligro: las fuentes

Durante mucho tiempo la historia institucional de la Francia del tiempo de Vicente de Paúl se ha alimentado casi exclusivamente de textos oficiales: ordenanzas, reglamentos administrativos, ins­trucciones dirigidas a quienes debían aplicarlas y hacerlas aplicar en las provincias. Por lo mismo había una tendencia a sobre esti­mar la eficacia de la «monarquía administrativa». No se puede dudar del valor de estos documentos. Pero al mismo tiempo se requiere admitir que no nos informan de la aplicación concreta de estas decisiones tomadas al más alto nivel del gobierno de la nación. Más aún, dada su repetición, nos inclinaríamos a dudar de su efi­cacia. Son otras fuentes — notariales, judiciales, privadas — las que permiten hoy percibir mucho mejor las resistencias concretas a las órdenes provenientes del poder central.

Segundo peligro: la atomización de los estudios de las instituciones

Se puede, de acuerdo con una lógica aparente, abordar sucesi­vamente los Consejos del rey, los agentes de ejecución, los cuer­pos judiciales, los agentes a través de los cuales se ejerce la fun­ción fiscal, el reclutamiento y la organización de los ejércitos, las células de la vida local. Todos estos aspectos han sido tratados en obras excelentes, a las que remitimos. De lo que se trata es de aprehender las grandes líneas del funcionamiento global del sis­tema en su evolución.

Tercer peligro: la tentación de una historia rectilínea

No se puede dudar de la eficacia creciente, a través del siglo XVII, del aparato o sistema del poder central en la sociedad fran­cesa, cuyo progreso decisivo se sitúa al final del mismo y durante el reinado de Luis XIV. Pero este progreso no se llevó a cabo sin reacciones y contragolpes: periódicamente la coyuntura política, o económica, o militar ponían en tela de juicio lo que se conside­raba ya por adquirido.

I. Aspecto demográfico

La sociedad del tiempo de Vicente de Paúl estaba arraigada sólidamente en un territorio de cerca de medio millón de kilóme­tros cuadrados. En este territorio vivían unos veinte millones de habitantes. Esta cifra certifica que Francia fue con mucho el reino más poblado de Europa, a excepción de la lejana Rusia. Esta fuerza demográfica concurre a explicar su potencia política.

Tal cantidad de habitantes aseguraba al rey de Francia recur­sos materiales muy sustanciales. De esos aproximadamente veinte millones de habitantes, al menos doce millones eran productores y por consiguiente casi tantos contribuyentes. Aquí se encuentra el filón más fuerte de la potencia francesa del rey Luis. Es sufi­ciente que estos súbditos no sean miserables y que admitan pagar los impuestos para que no sólo estén aseguradas las empresas gubernamentales, incluida la guerra, sino también para que el futuro del país se vea sin una inquietud grave. A pesar de las resis­tencias de los contribuyentes, el sistema fiscal termina por ser tole­rado, incluso si hoy nos parece desigual, mediocre, pesado. Los hechos constatan que los habitantes, exceptuados algunos estamen­tos sociales, algunas regiones y en determinados años, continúan viviendo, trabajando y pagando. Esta casi constante veintena de millones de habitantes nos lleva a afirmar que, a pesar de tantos aspectos miserables y de tantos episodios trágicos, la relativa riqueza del país constituyó uno de los grandes factores de su soli­dez. A esta riqueza hay que añadir tanto la variedad de clima, de tierras y de agua como el coraje y la ingeniosidad de los hombres que trabajan la tierra.

Para un reino de esta extensión, una densidad de 40 habitan­tes por kilómetro cuadrado constituía una transformación acep­table, incluso si hoy nos parece modesta. Este equilibrio óptimo, entre economía y población, es lo que Francia podía soportar dado su tipo de producción, su nivel técnico, sus modalidades de con­sumo y de comercio, sus costumbres físicas y sus hábitos mentales.

No obstante este mantenimiento de unos veinte millones de habitantes, considerado en períodos de larga duración, hay que señalar que esta población no resultaba joven, porque envejecía demasiado de prisa. La edad media de vida era de 35 años y la mor­talidad infantil alcanzaba a 1 de cada 4 nacidos antes de cumplir el año.

En algunos años, y sobre todo en algunas épocas de los mis­mos, la población rural se transformaba, al verse sometida a osci­laciones abruptas, a veces brutales. Las cosechas insuficientes, seguidas de epidemias, acompañadas de las guerras, diezmaban con sus víctimas a la población. La muerte aparecía entonces con tres rostros apocalípticos, a veces distintos, con frecuencia entremez­clados. Estas tres calamidades, temidas por los hombres desde el comienzo de los siglos, se lanzaban sobre los súbditos del rey de Francia.

La guerra

La guerra, que es siempre atroz y reviste la forma de atroci­dad de su época, causaba cantidad de víctimas, especialmente en las regiones de Lorena, Champaña, Picardía y en los alrededores de París. Los desastres de la guerra desconcertaban y arruinaban al pueblo, al impedir el trabajo, el comercio y el mercado. Los ejér­citos dejaban con frecuencia a su paso, sobre todo en el Norte y en el Este, contagio, devastación, miseria y muerte. Esta soldadesca violenta y desenfrenada no tuvo límites en sus excesos.

La peste

Hasta 1650 la geografía de Francia se vio cubierta por «el mal que esparce el terror». La peste bubónica o pulmonar, aparecía y caminaba frecuentemente con fuerza devastadora. Algunos vera­nos, en cortas sacudidas aterradoras, llegó a diezmar la cuarta o tercera parte de los habitantes de una región, de una provincia. Inmediatamente que aparecía una grave epidemia, se provocaba el pánico entre los habitantes. A pesar de las precauciones y con­juros contra ella, el mal invadía los cuerpos y se propagaba por el espacio.

Otras epidemias menos «espectaculares», pero quizás más peli­grosas, pudieron provocar en algunas provincias otras «crisis de mortalidad». La viruela diezmaba cada 5 años a los niños de 3 a 7 años. Las gripes, la malaria y las disenterías no dejaron de cobrarse millares de víctimas, sobre todo inmediatamente después de las fuertes crisis de subsistencia.

El hambre

El hambre se presentó en escena con frecuencia y regularidad, sobre todo en el Norte, Centro y Este de Francia. Su origen se debía a fenómenos atmosféricos y era la consecuencia de una economía demasiado cereal, de un conjunto de costumbres económicas y sociales que imponían una estructura mental.

La gran mayoría de los franceses de esta época se alimentaba principalmente, a veces casi únicamente, de gachas, de sopa y de pan. En la alimentación de los pobres dominaban los cereales.

La cosecha de trigo, al menos en una parte del reino, no era suficiente para satisfacer las necesidades inmediatas. La tierra, des­provista de abonos, mal arada, producía muy poco. La lentitud de la información y de los transportes impedía socorrer rápidamente. Cuando se propagaban rumores de «carestía», agravando la ame­naza, los precios se doblaban, a veces se triplicaban. Imposible poder comprar. La mitad de los franceses buscaban otros alimen­tos, generalmente infectos, enviaban a los niños a pedir, robaban, se encolerizaban violentamente contra los acaparadores, llegándo­les a amenazar y a golpear. El hambre de los años 30 provocó enfer­medades. Las calamidades de 1649-1653 causadas por cuatro malas cosechas, por cuatro hambres acumuladas, se vieron agravadas por las tropas vagabundas del tiempo de la Fronda, por la inseguridad de los caminos. La correspondencia, dirigida a Vicente de Paúl, relata escenas de antropofagia y otras miserias. En realidad la mayoría de la población se alimentaba muy deficiente e insuficien­temente. Sin duda la «carestía» fue la causa principal de la crisis demográfica del tiempo de Vicente de Paúl.

El hecho de que, después de uno o dos años de mala cosecha, la mayoría de la población sea reducida a la enfermedad y a la ina­nición muestra claramente los defectos esenciales de esta econo­mía y de esta sociedad. Al mismo tiempo indica que la mayoría de los campesinos no gozan de independencia económica ni cosechan lo suficiente para subsistir. Y el mundo de los obreros y de los pequeños artesanos de la ciudad no poseen recursos suficientes para afrontar esta carestía. Cuando ésta es brutal, hace aparecer a la vez la mediocridad de los mecanismos económicos y la extrema desigualdad de las diferencias sociales.

Las grandes crisis demográficas de 1630 y las de 1648-1653 coin­ciden con las grandes crisis económicas, desencadenas por un aumento cíclico considerable de los precios del trigo. Por consi­guiente no es exagerado pretender que el precio del trigo consti­tuyó un verdadero «barómetro» demográfico, y que de la crisis eco­nómica de tipo antiguo surgió la crisis demográfica de tipo antiguo. Si la vida y la muerte de los hombres dependen de los precios del trigo, es porque los cereales dominan la economía y la socie­dad. Esto supone que la mayoría de los hombres no puede cose­char suficiente trigo para vivir, o bien no posee suficientes recur­sos para comprarlo cuando su precio aumenta considerablemente. La crisis agrícola produce entonces una crisis económica y ésta desencadena al mismo tiempo los daños del pan caro, del hambre, del paro obrero, de la miseria y de la muerte.

Sin embargo esta población, sometida a estos contragolpes bru­tales, trata de afrontar la obsesión de la muerte con una fuerza espe­cial del impulso vital: la reproducción humana se desarrolla a un ritmo suficiente para dar pábulo a la muerte y para defender la raza.

II. Aspecto económico

A veces se ha preguntado si en la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl, como en todo el Antiguo Régimen, el sistema jurídico y político no había sido «determinado» por el tipo de economía y los «modos de producción» en los cuales se desarrolló. La existencia de vínculos entre lo económico, lo social, lo político e incluso lo mental no puede sorprender más que a los ingenuos.

Con frecuencia se utilizan los criterios de los teóricos, de los autores de memorias, de los hombres de gobierno, la correspon­dencia administrativa para reconstruir la economía antigua. Ello equivale simplemente a escuchar y reproducir los sistemas de unos, las declaraciones y las justificaciones de otros. Toda teoría es ante todo un testimonio sobre los teóricos y su entorno. Igualmente los textos legislativos como los montones de papel de la administra­ción oficial, testimonian ante todo el medio ambiente que los ha producido.

Otro método más humilde y más lento, practicado paciente­mente desde hace más de veinte años, parece más seguro. Se trata de analizar al microscopio los archivos de las parroquias. Sólo por este medio se puede llegar a conocer de manera cuantitativa el aspecto económico de la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl. Ello significa que el historiador paciente gana en seguridad, lo que pierde en extensión y en pretensión. La multiplicación de los aná­lisis locales y provinciales, desde hace veinte años, termina por construir una imagen de la economía francesa del siglo XVII, capaz de proporcionar una síntesis provisional de la misma.

A la mirada del hombre de hoy, es decir a distancia, la Francia del siglo XVII se le puede presentar como un terreno agrícola rico, pero con un gran retraso técnico, una industria o «manufactura», según el término de la época, textil mediocre, pero interesante por proporcionar a los campesinos una ayuda económica, una fortuna nacional importante, pero inmóvil y, en consecuencia, infructífera.

Una economía de un aplastante predominio agrícola

Para comprender la Francia del tiempo de Vicente de Paúl, y por consiguiente su realidad económica, se requiere no olvidar que es un país agrícola. De un ochenta a un ochenta y cinco por ciento, los franceses del siglo XVII viven en el mundo rural y sus ocupa­ciones son rurales. Incluso, al menos el cincuenta por ciento de los trabajos de la manufactura textil se realizan en la campiña.

Este aplastante predominio agrícola se expresa no sólo en la búsqueda casi angustiosa de la subsistencia — los cereales — sino también en la necesidad de cambiar o vender a fin de «comprar» la moneda indispensable para pagar a los recaudadores de impues­tos reales. Hablaremos de ello cuando nos refiramos a la realidad o aspecto social.

Una industria o «manufactura» mediocre

La «manufactura» en el siglo XVII francés, evoca más una nebulosa de obreros dispersos, aunque relativamente especializa­dos de un producto natural simple, como la lana, que una concen­tración de edificios y de trabajadores. Es menester insistir en el carácter mediocre, subordinado y dependiente de la manufactura con relación a la economía predominantemente agrícola de la que hemos hablado anteriormente. Se requiere añadir igualmente que eran más numerosos los que trabajaban en el mundo rural en el tejido de la lana que los obreros asalariados de las ciudades. Sólo en los trabajos de blanqueo, de teñido y de comercialización la mano de obra era más numerosa en las ciudades que en la campiña.

Dado lo reducido del sector metalúrgico y lo fluctuante del sec­tor de la construcción, la manufactura en el tiempo de Vicente de Paúl se basaba esencialmente en el textil. Este predominio del tex­til se debía al consumo interno y a la exportación. Al requerir una mano de obra importante, proporcionaba un suplemento salarial a cientos de miles de campesinos. Esta manufactura textil, a la vez masiva y dispersa, desempeñó un papel mucho más importante de lo que deja suponer el valor bruto de su producción. Incluso si este valor no llegó al cinco por ciento del producto nacional bruto y el número de sus productores apenas sobrepasó el cinco por ciento de la población.

Los transportes

Los transportes, una de las fuentes de movilización de bienes, resultaban lentos, incómodos y costosos en el siglo XVII francés.

El transporte realizado por los caminos y por las grandes cal­zadas o «caminos reales», además de no ser seguro, era caro y lento. El polvo o el barro, según las diversas épocas del año, la falta de arreglo, al no ocuparse apenas de ellas, alargaban los viajes inter­minablemente: la media era de una legua a la hora, es decir, de cua­tro a cinco kilómetros. Sólo los más rápidos, los que «cubrían el correo», y a condición de cambiar de caballos en cada etapa, podían alcanzar el vertiginoso ritmo de veinte kilómetros a la hora. Las empresas más rápidas realizaban como máximo entre cuarenta y cincuenta kilómetros al día.

Los abundantes impuestos de «peage» encarecían los gastos del transporte. Únicamente los comerciantes y los organismos ofi­ciales enviaban las mercancías por este medio y solamente las per­sonas acomodadas viajaban en los coches de caballos. En estas con­diciones se explica la explotación por personas atentas a los nego­cios del monopolio del transporte del correo y del personal por tierra desde el tiempo de Luis XIII. Entre otras Vicente de Paúl.

El transporte predominante en esta época se realizaba a tra­vés de ríos navegables y mares. Si se tiene en cuenta que los ríos resultaban innavegables más de la mitad del año, a causa de la sequía o de las crecidas, se puede mantener que aún este medio de transporte nos parece modesto. Por añadidura los agentes con­trolaban todas las estaciones fluviables y exigían en ellas cantidad de derechos e impuestos, especialmente a través del Loira. Tan numerosos y complicados eran, que los mejores especialistas de hoy no pueden llegar a precisarlos.

La mediocridad, la inseguridad, el coste elevado de los trans­portes concurren a confirmar que la Francia del tiempo de Vicente de Paúl es una nación compuesta de mosaicos campesinos, provin­ciales, irregulares, en la que predomina la vida local, dispersa, mal comunicada. Igualmente ayudan a explicar, y de manera decisiva, la dificultad de reinar en ella y de ver que las decisiones del poder central lleguen a ser conocidas y escuchadas en toda la extensión del reino. Esto contribuye a proteger el gusto por la independen­cia provincial y la pasividad individualista que dominan en esta sociedad.

Un sistema monetario complicado y vetusto

Resulta difícil explicar lo que fue el sistema monetario del siglo XVII francés. Lo relacionado con la moneda y el crédito ofrecen tanta complejidad que no se puede hablar de ello más que con una «simplificación casi escandalosa».

La libra turnesa (de Tours) (moneda unitaria francesa en uso en el siglo XVII) no tenía ninguna consistencia monetaria. El valor de la libra en gramos de plata fue de 18 hacia 1500, de 11 hacia 1600, de 8 de Richelieu a Colbert. Esta evolución constata la deva­luación de la moneda casi en cascada. Por encima del valor de la libra turnesa existía el «escudo de oro» y desde 1640 el «luis de oro». Por debajo del valor de la libra existían pequeñas monedas, sin gran valor para los particulares avisados. Y sin embargo era la moneda con la que se pagaba al pueblo, lo que le llevaba a veces a sublevarse. Las monedas de oro y de plata, fundamento de la riqueza de un país, no abundaban en Francia, debido a que apenas poseía metales preciosos.

Algunos factores complican este cuadro monetario simplista: En primer lugar porque el valor de cada moneda era fijado por orden real. Un medio cómodo para devaluarla. Además, hasta 1640, las monedas eran mal acuñadas, lo que permitía a hábiles artesa­nos meterlas en ácido para extraer parte del oro o de la plata que contenían. Por añadidura circulaban en Francia diferentes mone­das extranjeras, especialmente la moneda de cobre español, la inglesa, la italiana, la imperial, etc. Esta circulación de moneda extranjera, prohibida en principio, no solamente terminó siendo tolerada sino también legalizada. Esta diversidad de moneda cor­riente permitía una especulación frecuente, incluso en contra de la moneda del rey. Se llegó así a hacer desaparecer del mercado la moneda del oro y a veces incluso la de plata. Todo ello provo­caba unas operaciones complicadas, que no siempre favorecían a la economía francesa.

Los comerciantes, especialmente los extranjeros, tenían su curso particular del cambio de moneda: un escudo ficticio del valor de tres libras representaba a la moneda francesa en los mercados extranjeros, principalmente en Amsterdan. Pero no se puede olvi­dar que la Banca de Amsterdan, de una solidez incomparable, sos­tenía y controlaba toda la economía de las Provincias Unidas, ade­más de ser el centro mercantil del depósito del mundo. Los comer­ciantes y los políticos franceses encontraban allí el trigo báltico en los momentos de «carestía», la artillería sueca y la pólvora lie­jesa en tiempo de guerra, incluso los arenques de cuaresma y la lana española. Y, por supuesto, los prestamistas a grandes intereses.

Señalemos, finalmente, que Francia en el siglo XVII no tenía Banca de Estado, ni siquiera una banca privada sólida y estable. Se daba el título de banquero a algunos comerciantes importantes que realizaban el cambio, prestaban a grandes intereses, partici­paban en negocios complicados y oscuros, cuyo objetivo principal consistía en aprovecharse del infantilismo financiero de un Estado que no tenía ni presupuesto ni finanzas regulares. Nada en abso­luto se asemejaba en Francia a una Bolsa.

Se sabe que los análisis económicos permanecen un tanto abs­tractos, si se les corta de su soporte social. De ahí que los fenóme­nos monetarios sólo se comprenden cuando se les sitúa en los mar­cos sociales. Con relación a éstos se puede afirmar que en la Fran­cia de Vicente de Paúl se encontraban niveles muy diferentes de fortuna. Y es en ellos donde los problemas monetarios se plantea­ban de manera muy diferente:

La fortuna de la mayoría de los franceses, constituida por pequeños y medianos campesinos, consistía en las cosechas bajo todas sus formas. Todo lo demás que podían necesitar para vivir o subsistir, lo conseguían por intercambios de productos, por un trabajo suplementario, por otros servicios recibidos o por deudas consignadas en su pasivo. La moneda sonante y contante sólo la necesitaban para pagar los impuestos reales. La manera de conse­guirla era mediante la venta de pequeños productos caseros, adqui­riendo compromisos de trabajo o adquiriendo deudas con los posee­dores de dicha moneda, mediante hipoteca de sus tierras. En los medios populares, la moneda brilló sobre todo por su rareza, su escasez o su ausencia.

Los problemas monetarios franceses se presentaron de manera muy distinta en los niveles más altos de la sociedad, espe­cialmente en los grandes comerciantes y financieros. Unos y otros, juntamente con algunos ministros, se lamentaban de la escasez de las buenas monedas de oro y plata. Se puede dudar de lo exacto de estos lamentos. La prueba se encuentra en que, cuando hay suce­siones importantes y difíciles de arreglar, aparecen centenas y mil­lares de escudos o luises de oro y de libras de plata. El mismo fenó­meno se reproduce cuando se realizan brillantes matrimonios y sobre todo cuando se establecen los arrendamientos de los impues­tos reales entre el rey y los grandes financieros. En estos casos se ven llegar a los domicilios de los notarios, a los patios de las man­siones de los grandes y al ministerio de finanzas, cantidad de car­retas o de carrozas transportando monedas de oro y plata.

Solamente en el más alto escalón de comerciantes y finan­cieros, el papel, es decir, la letra de cambio o billete, constituyó la moneda real. Esta se apoyaba en la existencia de mercancías y sobre todo en el crédito, es decir, en la confianza de los comercian­tes y financieros, ya que todos se conocían. Los financieros repre­sentan una de las figuras más famosas de este tiempo. Ellos cons­tituyen la prueba más clara de la incapacidad de la realeza francesa de organizar sus presupuestos y sus finanzas. A pesar de ser las «sanguijuelas» del reino, según la expresión de Richelieu, el Anti­guo Régimen no pudo prescindir de ellos ni ellos, a su vez, del Estado.

III. Aspecto social

En el siglo XVII los estamentos de la sociedad permanecen los mismos de la tradición. En el reino se hacía la distinción entre los que oraban, los que luchaban y los que trabajaban, «estos últimos innobles, por ser útiles». Estas distinciones configuraban la «estra­tificación social» cuyos estamentos eran el clero, la nobleza y el pueblo o Tercer Estado.

El fundamento de tales distinciones se arraiga en la dignidad, estima y calidad de servicios, de acuerdo con las estructuras men­tales de la época, encarnan una concepción religiosa y militar de la sociedad y refleja una economía primitiva. Correlativas a fun­ciones sociales, estas distinciones no corresponden ni a rendimien­tos económicos ni a competencias personales. Se requiere señalar, como lo hemos hecho en la introducción, que la realidad social con­creta no concuerda exactamente con esta estructura jerárquica y hierática. El favor del rey y la economía producían en la práctica otro estilo de vida social menos inamovible y diferentemente estruc­turado y dignificado. Ello significa que un «orden» o estamento en apariencia único encubría realidades muy diversas. Un único estamento: el clero. ¡Pero en su interior cuántas jerarquías! La nobleza jamás llegó, a pesar de sus tentativas durante la Fronda, a organizarse como el clero. En cuanto al «Tercer Estado» — y su terminología ya es esclarecedora — fue un «estamento negativo», al que sólo se definía por aquello de lo que se le excluía: el servicio de Dios y la «sangre azul». Y sin embargo, en su interior se situaba la verdadera frontera, la que separaba el mundo de los participan­tes en el poder y el de los excluidos, el mundo de los nobles y el de los anónimos, la élite y las masas.

El clero

El clero de Francia, corporación tradicional como la nobleza y la burguesía, gozó de una gran influencia en la sociedad del siglo XVII francés. Esta influencia se originó en las riquezas que poseía y en los recursos financieros que utilizaba. Los bienes constituí- dos por las propiedades eclesiásticas y religiosas, a las que hay que añadir las rentas e impuestos percibidos por el personal de la Iglesia, constituyen un tercio (1/3) de la riqueza total de la nación. Si la economía de la nación no se resintió demasiado, se debió a que el sistema de colación de beneficios, la encomienda, puso en circulación la mayor parte de esta riqueza. En el grado superior de la jerarquía, los obispos eran personajes importantes, cuya influencia se hacía sentir en la política del rey y en la sociedad. El párroco era un «señor» y sometía a sus parroquianos al «diezmo».

Dejando aparte su función religiosa, el alto clero reunió entre sus miembros a personas de origen noble o burgués. Con el favor del rey y la confirmación del Papa, las diversas noblezas y burgue­sías instalaban a sus segundones en el episcopado y en los mejores conventos, en los que vivían de las rentas señoriales y de la tierra, unidas a sus funciones. Exceptuado el bajo clero de los vicarios y de los sacerdotes «habituales», es decir, sin beneficio y sin minis­terio pastoral preciso, los párrocos urbanos y rurales gozaron de una buena situación, en comparación de la mayoría de los campe­sinos y de los obreros de la ciudad. Estas diferencias entre «bajo» y «alto clero» nos manifiestan que este grupo social se vio some­tido, tanto o más que los otros grupos sociales, a la disgregación tradicional del estamento jurídico de la sociedad.

La gran cantidad de sacerdotes y religiosos es otro aspecto del poder e influencia de la Iglesia, del clero, que llegó a representar el dos por ciento de la población. Una encuesta, realizada con minu­ciosidad alrededor de 1660, constata 136 arzobispos y obispos, 40.000 párrocos, 40.000 entre vicarios, capellanes, confesores de religiosas, sacerdotes «habituales», 5.000 abades o priores secula­res, 16.000 canónigos. Todos ellos suman 101.000 eclesiásticos del clero secular. El número de religiosos es de 82.600, de los cuales 35.600 pertenecen a comunidades, que viven de rentas y trabajos, y 47.000 a las órdenes mendicantes antiguas o reformadas, que «viven y prosperan por la mendicidad».

Este resumen indica que la Iglesia de Francia en tiempo de Vicente de Paúl, el clero, primer «orden del reino, detentaba un gran poder económico, jurídico y social.

La nobleza

La nobleza es definida por los juristas como el «segundo orden de la nación». Esta definición encubre una realidad muy compleja y un grupo social difícil de limitar.

La nobleza, que representaba entre el cuatro y el cinco por ciento de la población, encubría situaciones muy diversas. Como los demás grupos sociales, la nobleza se vio confrontada en el siglo XVII a la realidad socio-económica. Realidad que provocó en ella una disgregación, a pesar de mantener la unidad de nombre.

Ella vivía principalmente, a veces casi únicamente, de sus bie­nes raíces, de la renta de la tierra que recibía a través de diversos canales. Algunos nobles gozaban de pensiones, que el rey les con­cedía por medio de beneficios, funciones, dignidades.

«Ninguna tierra sin dueño», decía el adagio. A estos vínculos entre el señor y la tierra se añadían, según la diversidad de regio­nes, innumerables derechos «feudales» y le concedían ser juez en las jurisdicciones ordinarias. En toda la extensión del «señorío» — en el que había tierras que no le pertenecían — exigía sus dere­chos y percibía una suma cada vez que se transmitía una renta o se realizaba una compraventa de rentas o de inmuebles entre cam­pesinos. En la iglesia, donde por derecho de patrimonio nombraba al párroco, el noble era tratado con distinción, signo de su condi­ción. La exención de pagar los impuestos reales, especialmente la «taille», le distinguía claramente de los plebeyos.

La nobleza intentó por todos los medios ser una clase «domi­nante», a través de su influencia en los asuntos y cargos públicos, y «privilegiada». Quiso distinguirse de los demás grupos sociales por el manejo de las armas y por un estilo de vida fastuoso, incluso cuando sus recursos no correspondían a semejante despilfarro. Todo ello explica el mito que se creó en torno a la nobleza y la con­ciencia que ésta tuvo de su distinción. Si la nobleza no fue amada en el siglo XVII francés, no dejó, sin embargo, de ser envidiada. La prueba está en que la burguesía aspiró a ser noble y, para con­seguirlo, no dudó en pagar grandes sumas de dinero al rey.

En realidad, los nobles eran «clientes». Clientes, clientela, estas palabras evocan un sistema social, en el que el favoritismo, la fide­lidad, la dependencia tienen preeminencia. La nobleza en Fran­cia no se salvó más que por el favor del rey. Al mismo tiempo el aumento de clientes acrecentó el poder de quien utilizó el favori­tismo. Así pensaban los «grandes», que lo eran, sin duda, por el favor del rey, pero más todavía porque le forzaban a otorgarles estos privilegios en razón del temor que le inspiraban. Richelieu, cliente del rey, y él mismo señor de otra clientela, haría todo lo posible para reducir la nobleza a la sumisión y a la dependencia. Depen­dencia económica y sumisión política se unieron para humillar y disgregar a la nobleza.

Tercer estado o pueblo

A diferencia del clero y de la nobleza, el estamento llamado Tercer Estado se caracteriza por la heterogeneidad de sus compo­nentes, ya que en él se agrupaban sectores muy dispares social, cul­tural y económicamente hablando.

La burguesía

El término burguesía en el siglo XVII francés envuelve y revela diversas categorías dentro de la misma «estratificación social». En ella se distingue la burguesía inactiva y la activa.

La burguesía inactiva estaba constituida por los rentistas del Estado y del pueblo y vivía de los arrendamientos de sus propie­dades (casas, tierras, etc.) y del producto de rentas constituidas, sobre todo en París. Con el resto de los grupos, que componían la burguesía, poseían entre el quince y el veinte por ciento de la tierra.

La burguesía activa, muy unida al régimen a través de sus diver­sas actividades, participaba en el buen funcionamiento de la admi­nistración de la monarquía.

Más importante que la enumeración de las diferentes burgue­sías — alta, mediana, pequeña — interesa señalar, al menos que todas ellas absorbían la mayor parte de la renta del reino y no olvi­dar su significación social.

Lo mismo que los nobles, los burgueses eran propietarios y, a veces señores, la diferencia consistía en que poseían menos tier­ras y menos señoríos. Por el contrario, se sabe que su administra­ción fue ordinariamente más inteligente, más contenciosa, en defi­nitiva, más fraudulenta que la de la mayoría de los nobles. Rete­niendo, a veces por miles, letras de cambio, recibos, créditos, es decir hipotecas, tenían la posibilidad de aumentar su hacienda, haciendo disminuir, a veces, las propiedades de los nobles y, con frecuencia, las tierras de los campesinos. Anticipando semillas, grano, herramientas, telas, salarios, los obreros de la ciudad y los pequeños campesinos dependían totalmente de ellos. Por añadidura, se hacían nombrar, con frecuencia administradores de las propie­dades de la nobleza y del clero e instalados en estas funciones lucra­tivas se beneficiaban de nuevos réditos de la tierra.

Otra fuente de riqueza, difícilmente comprensible para el mundo de hoy, se encontraba entre las manos de la burguesía del siglo XVII; toda función pública, jurídica o administrativa, era vita­licia. El funcionario la heredaba o la compraba. Sometidos al sistema de compra-venta, los cargos públicos se convirtieron en inver­sión, en negocio. R. Mousnier ha estudiado con detalle y profun­didad el aumento de su cotización.

Por asociaciones y compañías algunos burgueses se convirt­ieron en arrendatarios de los impuestos y derechos del rey. El nego­cio consistía en anticipar la suma prefijada de sus rentas y recu­perarla después ampliamente a expensas de los contribuyentes habituales. Así se puede comprender la potencia de algunas fami­lias de la burguesía y la posibilidad que tenían de aprovechar todas las ocasiones para invertir ventajosamente su capital. Es cierto que algunos de estos burgueses podían haber sido tratados de usure­ros y ladrones. Sin embargo era necesario recurrir a sus servicios, puesto que el dinero escaseaba y todas las clases sociales, incluso el rey, lo necesitaban.

No se puede dudar de que, desde 1630 hasta finales del siglo XVII, la burguesía tuvo en el Estado monárquico un papel de máxima importancia.

CORPORACIONES DE ARTESANOS

Las corporaciones de artesanos eran agrupaciones de patro­nos, oficiales y obreros de diversas profesiones: tejedores, curti­dores, tintoreros, albañiles, carpinteros, aserradores, herreros, car­niceros, cuchilleros, etc. Estas corporaciones constituían dos gran­des grupos: libres (métiers regles) y «juradas» (métiers jurés).

EL MUNDO DE LOS PATRONOS

El estudio de los patronos — fabricantes urbanos — revela tres tipos de empresa, que corresponden a tres tipos sociales, a pesar de la aparente unidad de la profesión: el fabricante vendedor, de cuya independencia económica no se puede dudar; el simple fabri­cante, pequeño patrón, que intenta guardar su autonomía, pero que en realidad depende de los grandes comerciantes; el patrono que no posee más que un telar, asalariado de un género apenas privile­giado.

LOS OBREROS ASALARIADOS DE LA CIUDAD

En la base de la escala de esta ciudad urbana, la masa de los obreros asalariados (más de la mitad en Amiens, más de un tercio en Beauvais, numerosos en otras partes, especialmente en Lyon y París) amontonada y hambrienta, agobiada por la dominación económico-social de la burguesía comerciante, se alojaba en los arrabales y en los barrios miserables. Sin tierras, sin ser propieta­rios de sus casas, sin mobiliario apenas, sin lencería; su salario constituía el único medio de vida. Pero este salario era siempre incierto, lo mismo que el empleo. Además todo un sistema de anticipos, proporcionados por los patronos, convertía a estos obreros en una especie de perpetuos deudores, totalmente sometidos al poder de dichos jefes. Deudas y analfabetismo hacían de los trabajadores manuales no especializados un mundo dominado y dependiente.

Los más pobres de estos obreros, excluidos de un contrato de trabajo a causa de su edad o de su enfermedad, permanecían al mar­gen de toda organización y corporación.

Los obreros más favorecidos, los que no conocían ni un solo día de paro, recibían su salario entre 260 y 290 días al año, dado el número excesivo de días de fiesta, y este salario era de diez soles en Beauvais y en Amiens, de doce soles en las mejores ciudades como París, Lyon, Rouen. Pero estas cifras deben relacionarse con el coste de la vida.

Con su salario, los obreros más favorecidos difícilmente podían alimentar con pan a su familia. Sin embargo estas condiciones de vida eran las mejores para los obreros de Beauvais. Si surgía algún imprevisto: enfermedad del padre, tener cuatro o cinco hijos, este presupuesto familiar se desequilibraba y la familia tenía que recur­rir, para poder subsistir, a las instituciones caritativas incluso los años de equilibrio económico y de buenas cosechas.

Los obreros menos favorecidos, cuyo salario era de cinco a ocho soles por día — las viudas y muchachas cobraban dos o tres soles — no tenían la posibilidad de comprar el pan necesario para ali­mentarse.

Cuando la cosecha del año era mala y sobre todo si el mismo fenómeno se repetía al año siguiente, con las consiguientes subi­das del precio del trigo y sobre todo del pan, los salarios registra­ban por este hecho una devaluación, aun cuando el valor nominal fuera el mismo. Desgraciadamente, la baja de este salario acaecía en períodos de crisis. Estas bajas de diez a veinte por ciento cons­tituían un beneficio apreciable para los fabricantes y negociantes. Los obreros no tenían más remedio que aceptar esta disminución de salario. En realidad era preferible un salario nominal y real­mente disminuido que el no tener ninguno. Si la crisis alimenticia se agravaba, provocando una crisis textil y manufacturera, se desen­cadenaba la crisis económico-social. Los obreros tenían entonces que someterse al paro obrero parcial y después al total y a veces prolongada. La falta de salario les entregaba al hambre, a la mise­ria y a las instituciones caritativas. Durante estos períodos la «mor­talidad» popular intensa diezmaba a los obreros: las instituciones caritativas disponían de recursos muy pequeños para luchar con­tra un mal que tenía sus raíces en la estructura económica y social de la época. En realidad millares de hogares obreros llegaban al extremo de la aflicción, cuando el torbellino de la muerte no arre­bataba su vida, sumergida en una miseria terrible.

La dominación de la fabricación y del comercio, ejercida por el grupo restringido de grandes negociantes, establecía las venta­s de este grupo con el daño consiguiente para la multitud de arte­sanos — fabricantes y obreros — reducidos a la mendicidad, a la indigencia y los más pobres al hambre, a la miseria. Toda fortuna proviene de luchas, de conquistas, que suponen unos vencidos. Lo pie en el tiempo de Vicente de Paúl hizo morir a unos, enriqueció a otros; disimularlo, no sería honrado.

Los campesinos

La sociedad, lo mismo que la economía o que el Estado en tiempo de Vicente de Paúl, se apoyó en la masa más numerosa, más eminentemente productiva, más dependiente: la masa de los cam­pesinos. «Un año de interrupción en el cultivo de la tierra hubiese sido, la muerte para todos». Ellos proporcionaron con su tra­bajo los bienes al país, cultivando un terreno del que poseían bas­tante menos de la mitad. Y esta propiedad, al ser de tipo señorial, no era jamás completa. Por añadidura un tercio (1/3) de las tierras francesas estaba repartido muy desigualmente.

Como toda sociedad humana, la sociedad campesina deja aparecer oposiciones brutales y tonalidades infinitas. Se conoce mejor a los ricos y medianos labradores, que a los jornaleros del campo a los propietarios de pequeñas parcelas. El campesino pobre del siglo XVII es, aún hoy, muy mal conocido.

Dada la organización del mundo rural, cuatro categorías se pre­cipitaban sobre el trabajo y el producto de los campesinos: la comu­nidad rural, la iglesia, el Señor y el rey, este último con los más fuertes y variados impuestos. Las exigencias fiscales del Estado y de los señores — eclesiásticos o laicos — absorbían la mayor parte de las ganancias y reducían la población campesina, si la venta de los productos había sido baja, a una miseria extrema y, con fre­cuencia, a la desesperación y a la rebelión.

Las rentas estipuladas en especie podían pagarse más fácil­mente. Para las demás era necesario hacerlo en metálico. Para con­seguirlo, los pequeños y medianos labradores se endeudaban siem­pre con los mismos acreedores. A la deuda constantemente consi­gnada, se añadían los intereses desde el primer momento. En el momento de pagar a los recaudadores de la contribución rural y abonar los arrendamientos, los campesinos se veían presa de una multitud de acreedores.

Los pobres campesinos, obligados a vender una parte de su herencia para poder pagar sus deudas y encontrar con qué alimen­tar a sus familias en los períodos de carestía y de indigencia, ter­minan por perder su herencia inmediatamente después de la cri­sis demográfica. El hambre y la miseria arrancan a estos pobres campesinos sus tierras y les obligan, a veces, a trabajar como arren­datarios las parcelas recibidas en otro tiempo en herencia. Esta conquista urbana y burguesa de la tierra progresa al mismo ritmo y tiempo que crecen las deudas de los campesinos. Durante el siglo XVII, la burguesía prosiguió su ofensiva contra la propiedad campesina.

El conocimiento del mundo campesino revela al menos, tres tipos sociales diferentes, a pesar de la aparente unidad de nombre.

El labrador es el campesino que posee los medios necesarios y en particular los utensilios para explotar los bienes rurales que posee o arrienda. De ahí que haya que distinguir, aunque de forma muy genérica, los labradores-propietarios y los labradores- arrendatarios.

Los estratos superiores de la sociedad rural están constitui­dos por los labradores ricos, que poseen de veinte a treinta hectá­reas, grandes colonos, recaudadores de señorías. Su estudio, sobre todo su existencia, contribuyen a explicar la incomodidad, la mise­ria de los campesinos pobres, reducidos casi a ser sus deudores y sus asalariados. No sólo alquilan sus utensilios de trabajo, sino también prestan dinero. Su rango social proviene de esta fuerza económica. Si no siempre poseen una gran superioridad económica, sin embargo con mucha frecuencia dominan la vida campesina.

El labrador mediano raramente poseía más de una decena de hectáreas. Con su par de caballos, acompañados con frecuencia de una yegua, labra sus tierras, ara para sus vecinos más pobres y explota algún arrendamiento que puede igualar en extensión a su propiedad. Interesantes los años buenos, estos arrendamientos constituyen, por el contrario, cargas pesadas los años difíciles, puesto que el aumento del arriendo es constante. El conjunto de su ganado, por término medio, no alcanza proporciones importan­tes. Mediocres propietarios, medianos arrendatarios, apenas fue­ron otra cosa que modestos campesinos con un par de caballos.

La clásica clasificación del mundo campesino en obrero rural y labrador olvida a todo un grupo de campesinos bastante nume­roso en algunas regiones de Francia. Estos poseían pequeñas parcelas de tierra y trabajaban otras que arrendaban, al mismo tiempo que criaban un pequeño número de animales. De esta manera podían vivir, aunque muy pobremente. Su apariencia de indepen­dencia económica se limita estrictamente a los años muy buenos. En los años de mala cosecha no pueden vivir del producto de sus tierras, de la explotación de su trabajo, si no es contrayendo deu­das. Con estos grupos de campesinos hay, quizás, que relacionar a los obreros y propietarios al mismo tiempo de algunas pequeñas parcelas. Todos ellos constituían aproximadamente los dos tercios (2/3) de los campesinos. Muchos de ellos debían encontrar otras ocu­paciones para poder vivir. Su condición de vida no fue fácil, su nivel social fue bajo.

Los obreros del campo — jornaleros — eran frecuentemente lo muy pobres y de los «más miserables se ignora casi todo». A veces les llamaba «mendigos», aunque tuvieran residencia. Lo que se sabe con certeza por los registros parroquiales, es su muerte en masa cuando una epidemia pasajera o el «hambre cíclica» apare­cían. Ellos constituyen con los mendigos el estrato inferior de la sociedad rural. Tributarios de empleos irregulares formaban el mayor número de pobres. La estructura campesina y social impe­día a los obreros del campo todo esfuerzo eficaz para salir de la miseria económica y social.

Pobres

El sentido de la palabra pobre en el siglo XVII no tiene sola­mente una significación económica. En sentido amplio, pobre es el que sufre, el que se encuentra en la desdicha, el afligido. En una aceptación más estricta, pobre es el que se encuentra viviendo continuamente en la «escasez», en la «necesidad», en la «penuria». Fure­tiére, en su Dictionnaire, da esta definición del pobre: «el que no tiene las cosas necesarias para sustentar su vida». Pobres son, en consecuencia, aquellos que están expuestos cada día a caer por debajo del mínimo vital biológico.

La definición más exacta del pobre la encontramos en J.P. Camus, obispo de Belley (1581-1652) cuando escribe: «Pobre es el que no tiene otro medio para vivir más que su trabajo». Esta relación entre pobre y mundo del trabajo, entre pauperismo y cesa­ción de trabajo se evoca muchas veces en el siglo XVII.

En realidad el siglo XVII considera pobres a quienes están cons­tantemente amenazados de caer fácilmente en la pobreza, dada la incertidumbre en que se encuentran todos los días de poder con­seguir los medios necesarios para poder subsistir. Ello indica, y en definitiva explica, que el siglo XVII llama pobres a quienes están acechados cada día por la pobreza y, al más mínimo incidente de la coyuntura histórica (mala cosecha, crisis agrícola, que desenca­dena siempre una crisis textil y manufacturera, en definitiva una crisis económica y social con todas las consecuencias que implica) se encuentran acosados, a veces incluso, apuñalados por ella. El mundo de los pobres es el de la necesidad, el de la ausencia de reser­vas, especialmente de reservas alimenticias; es el mundo condenado a vivir en la obsesión de poder conseguir el pan de cada día.

El mundo de los pobres es, en definitiva, el mundo de la depen­dencia en razón de su ignorancia y de su endeudamiento endémico con los «poderosos», los «burgueses» que intentan llegar por todos los medios a su alcance a «la conquista de la tierra». De la pobreza a la mendicidad la diferencia sólo es de grado, no de naturaleza: esta idea parece esencial en el estudio de la realidad social del siglo XVII. La prueba se encuentra en que la mendicidad, concebida como un recurso casi ordinario de las clases humildes, es un rasgo característico de la estructura social de la Francia del tiempo de Vicente de Paúl.

Mendigos

El vocabulario empleado, para definir a los mendigos, no es sólo revelador de la estructura mental de la sociedad, sino suma­mente significativo de la historia social. El mendigo es el que no puede ganarse la vida y se ve obligado a recurrir a la ayuda de los demás para poder subsistir. Ello significa que ha caído en el mundo de la pobreza y que no puede salir de ella. Por eso el único recurso normal de su existencia es dedicarse a la mendicidad. J.P. Camus es, quizás, quien de nuevo nos da la definición más exacta del tér­mino mendigo en la primera mitad del siglo XVII: al pobre «que no tiene otro recurso más que su trabajo para mantener su vida», opone el mendigo, «que no sólo se encuentra privado de todo recurso, sino reducido a tal grado de miseria, que no puede ganarse la vida por su trabajo, incluso aunque lo desee, bien porque está impedido por dolencia o enfermedad, bien por falta de empleo aun cuando esté en plena salud y tenga capacidad suficiente, si se le empleara en el trabajo». En esta sociedad estratificada en «órdenes» jerar­quizados en «estados», los mendigos en buena salud se encuentran en lo más bajo de la escala social.

Para reaccionar contra la política social de la monarquía admi­nistrativa y por un instinto de sana vitalidad, los grupos de mendi­gos se convierten a veces en bandas numerosas. Estas bandas cobi­jan tanto la mendicidad como forma de acción, como el bandolerismo de truhanes. La mendicidad encubre entonces la actividad de vulgares criminales y se practica a gran escala. Estas asocia­ciones criminales se desarrollan en gran parte de Francia, sobre todo inmediatamente después de la dispersión de numerosas compañías de soldados o de licenciamiento de personas a quienes alimentaba la guerra o a quienes vivían de ella como parásitos. Las autoridades llegan a sospechar con fundamento que el mundo de los mendigos dispone de una organización interna. La opinión más corrientemente extendida es que esta organización está estruc­turada según el modelo de los bandidos. Se requiere señalar que todos los mendigos no eran, ni mucho menos, disimuladores de enfermedades o/y criminales. Sin embargo la ociosidad es en sí misma, desde el siglo XVII — en razón de las ideas humanistas v mercantilistas — un crimen, ya que lleva en ella, según la sabi­duría popular, el germen del crimen: «La mendicidad es escuela de toda maldad». Este simple hecho es suficiente con frecuen­cia para que la colectividad trate a los mendigos, en su conjunto, como criminales, engañadores y perezosos.

Vagabundos, desalmados

El término vagabundo se precisa lentamente a través del siglo XVII a medida y ritmo que el vagabundeo se convierte en delito. Al ser definido por los juristas con mayor precisión, el término adquiere su sentido preciso. Para el jurista Simon, que escribe en I642, el «vagabundo es el que ha abandonado su domicilio y el lugar de su residencia para robar y vivir del bandidaje y, como se dice, vagar de un lugar a otro, perezoso y más inclinado a hacer el mal que el bien, lo que va contra las buenas costumbres y por eso la ley le persigue y le hace perder el privilegio de su residencia».

Un edicto de 1656, referente a la seguridad ciudadana de París, define con mayor precisión al vagabundo:

«Serán declarados vagabundos y desalmados (‘gens sans aveu) quienes no tengan ninguna profesión ni oficio ni bienes para subsistir; quienes no puedan hacer certificar su vida honrada y sus buenas costumbres por personas honradas, conocidas y dignas de fe y que sean de condición honorable».

En la definición del vagabundo aparece la expresión de desal­mado. El término es muy significativo en la semántica de la pobreza: muestra que la sociedad francesa de esta época sitúa a todo un grupo de pobres al margen de la sociedad. El pobre y el mendigo forman parte, con frecuencia, de la sociedad. Al vagabundo, por el contrario, se le define por su ausencia de vínculos sociales: no tiene domicilio. No se puede olvidar que el vagabundeo es un de­lito. La reprobación de la ausencia de domicilio crece hasta el final del siglo XVII, cuando se llega a hacer del vagabundo igual a desalmado.

El desalmado («gens sans aveu’) es aquel a quien nadie quiere reconocer como suyo, aquel de quien ningún hombre digno de fe se quiere presentar como garante. No tener la garantía de nadie, equivale a estar al margen de la sociedad, a no pertenecer a nin­guna estructura corporativa. Ello es grave en una sociedad donde «clientela» y «corporación» constituyen los vínculos sociales. Si se añade que los vagabundos y, a veces, algunos mendigos viven voluntariamente al margen de la sociedad, es decir, «sin someterme a las reglas de la religión y de la razón», se puede imaginar su esta­tuto social. Porque todos ellos constituyen un peligro social para el orden público, ya que su vida se presenta como anormal, es decir, no respetan las normas vigentes en la sociedad; porque violan la eminente dignidad del orden colectivo, se les margina de la socie­dad, al mismo tiempo que les busca la policía y los poderes judi­ciales les condenan.

Los documentos, que nos informan acerca de los vagabundos, los proporcionan los registros judiciales, parroquiales, hospitala­rios. Estos registros nos ayudan a precisar su silueta. En la pro­porción de dos tercios (2/3) son hombres, cuya edad oscila entre los 15 y 50 años. Entre ellos se encuentran errantes, que mendigan exhibiendo úlceras, heridas o enfermedades perfectamente imita­das, vagando de un lugar a otro en busca de un trabajo hipoté­tico. Otros tipos de vagabundos, mejor caracterizados, se encuen­tran entre maestros de escritura, maestros de escuela, músicos de paso, falsos peregrinos, quienes «bajo pretexto de piedad» mendi­gan de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, de región en región, clérigos errantes, sacerdotes de paso. Una tercera categoría la cons­tituyen los gitanos. En algunas épocas la sociedad militar propor­ciona, más exactamente habría que decir restituye, otro tipo de vagabundos. Se trata de esa laya de buscones que siguen a la tropa, entre mendicantes, vagabundos e insinuantes; de esta partida de paisanos, pordioseros y ganapanes, cobardemente a recaudo de las botas militares, ávidos del momento del saqueo después de la ocu­pación de la plaza. Después de desertar o de ser licenciados en masa durante la campaña de invierno asedian y devastan la campiña.

El mayor número de vagabundos, sin embargo, lo forman jornaleros agrícolas y pequeños campesinos. En un siglo donde el impuesto fiscal es de repartición, la miseria y la huida de unos puede tener efectos acumulativos. Quienes han resistido durante algún tiempo, después de haberse sublevado en masa contra las aplas­tantes cargas fiscales y ser aplastados, terminan, al verse sobre­cargados de impuestos, por abandonar su hogar y sus tierras. Espe­cialmente lo hacen cuando los soldados queman los pueblos o se llevan la cosecha. En la Francia de Vicente de Paúl, crisis econó­micas y fuertes cargas fiscales, sin olvidar la política del gobierno que se instala en la guerra y en el despilfarro, tienen una influen­cia directa en la errancia y el vagabundeo. La «conquista de la tierra», emprendida por unos cuantos acaparadores burgueses, obliga a los pequeños campesinos, endeudados con estos acreedo­res, a vender sus tierras y a abandonar sus hogares. El único medio de subsistir para estos campesinos es lanzarse a los grandes cami­nos y unirse a los grupos de mendigos, vagabundos y truhanes, orga­nizados para vivir de robos, saqueos, limosnas arrancadas por ame­nazas y por la violencia.

Actitudes y comportamientos ante los pobres

Las actitudes mentales y sociales de los hombres y de la socie­dad del siglo XVII en relación con los pobres olvidan a veces, y otras perciben, la conciliación paradójica del escándalo de la miseria vivida — pobreza real — y la estima espiritual de la pobreza — vir­tud que introduce en la vida cristiana —. Desdichadamente en sus actitudes y comportamientos los individuos y la sociedad del tiempo de Vicente de Paúl disocian con frecuencia la pobreza — como noción espiritual y realidad psicológica — del contexto económico- social. De ahí la contradicción de esta sociedad entre la proclama­ción de «la eminente dignidad de los pobres» y la decisión por decreto real del «encerramiento de los pobres». Semejante contra­dicción se arraiga en haber ido sustituyendo los criterios evangé­licos de servicio a los pobres por los del mercantilismo de la época, orientados a crear una economía nacional y por criterios mora­les y religiosos de matiz represivo y moralizador, encamina­dos a «reglar» y «gobernar» la vida de los pobres que viven al mar­gen de toda regla social y religiosa. Estos criterios y estas actitu­des explican el que algunas obras y actividades caritativas de neto matiz evangélico en beneficio de los pobres se convirtieran en ope­raciones represivas, cobraran un aire de control policial y provo­caran el «encerramiento de los pobres» en el Hospital general. Encerramiento decretado por un edicto real de 27 de abril de 1656.

El edicto fija y determina la organización temporal y espiritual del hospital. La ejecución de este edicto es asegurada con celo por una compañía de arqueros. Se sabe perfectamente que el pro­cedimiento es poco apreciado por Vicente de Paúl, que lo juzga no solamente imposible sino inhumano.

En realidad el Hospital general constituye un lugar inhumano, al ser un mundo cerrado, un mundo separado. Esta separación significa que los pobres son considerados como elementos asocia- les. Y como a tales se les encierra como a otros asociales: prostitu­tas, dementes, hijos pródigos. Todos los que viven en contradicción con el buen orden o que se dedican a «actividades criminales» o vergonzosas, creando un peligro para el sistema colectivo, forman una población de marginados a quienes hay que encerrar. Los pobres pertenecen a ese mundo. Se les encierra para castigarles, corregirles, preparar su integración en la sociedad, obligarles a tra­bajar y a cumplir las normas de la Iglesia.

La vida perezosa o/y viciosa que llevan vagabundos y mendi­gos ¿puede justificar el carácter represivo de esta legislación que concierne tanto a vagabundos y mendigos como a pobres y necesi­tados reducidos a la miseria por el paro o la carestía?. Los textos legislativos, lo mismo que los partidarios del encerramiento de los pobres, olvidan analizar las causas del pauperismo. Semejante olvido impide distinguir a los unos de los otros. La consecuencia de esta falta de análisis es grave: la condenación, al mismo tiempo y sin ninguna distinción del campesino, del obrero, del artesano empobrecido por las crisis económico-sociales, y del mendigo y vagabundo que hacen de la mendicidad y del robo un oficio, un medio de vida. El Estado centralista o absolutista ignora o afecta ignorar que a efectos económico-sociales hay que responder con causas del mismo género y no con medidas moralizadoras y opre­sivas. No se trata de mantener la buena conciencia de parlamenta­rios y burgueses, sino de solucionar la situación económica de la parte más inferior de la sociedad. La abstracción de la cultura y el rigorismo moral de la época clásica tienen su influencia y signi­ficación en la decisión real del encerramiento de los pobres.

Esta voluntad de encerrar a los pobres está sostenida por razo­nes de hecho y por un movimiento de ideas. Pero al mismo tiempo la aplicación de esta legislación rigurosa del decreto real suscita oposiciones y resistencias en una parte de la opinión pública. Entre otros, y de manera más sensible y concreta, se encuentran la gente sencilla y muchos espíritus lúcidos y evangélicos. Vicente de Paúl es uno de ellos. El prefiere exclamar y clamar: «Los pobres que no saben adónde ir ni qué hacer, que sufren y que se multiplican todos los días constituyen mi peso y mi dolor».

Por haber escuchado el clamor de estos pobres, por haber com­prendido que la causa de los pobres es la Causa de Dios, por haber comprometido y arriesgado su vida y haberla entregado a Dios I lasta llegar a consumirla en el servicio de estos desdichados, estas miserias ambulantes, estos pobres se lo agradecieron e hicieron I un ser humanamente grande y cristianamente santo. Pero de esto serán otros quienes les hablen.

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