La «secularidad» de la Congregación de la Misión

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

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Autor: Jacinto Fernández, C.M. · Año publicación original: 1980 · Fuente: Anales españoles, 1980.
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 I. EL HECHO HISTORICO Y VIGENTE

1. La C. M. nació (1625) y vive aún como sociedad clerical esencialmente secu­lar. Los primeros documentos eclesiásticos a ella referentes, aun pontificios (bula de erección pontificia, 1632), no contienen, o sólo contienen de paso, alguna de­claración expresa sobre su naturaleza secular, ni dicen nada expresamente de su encuadramiento en «el cuerpo del clero secular». Pues este carácter secular era entonces del todo evidente.

Pero a partir de la aprobación pontificia de los cuatro votos de la Comunidad (br. Ex commissa Nobis, 1655), y en perfecto contexto con la bula de erección pontificia (Salvatoris nostri, 1632), se define la C. M. como una congregación de vida común, exenta de los ordinarios del lugar, como los Regulares (religiosos de entonces), con la práctica completa de los consejos evangélicos. Tenía, por eso, las apariencias de una congregación religiosa.

Para evitar, pues, toda confusión, el breve de Alejandro VI, Ex commissa Nobis, declara expresamente no sólo el carácter privado de los votos C. M. (no recibi­dos por nadie, ni en nombre de la Iglesia, ni en nombre del Instituto), sino tam­bién el carácter secular de la C. M., separada de las órdenes regulares (religiosos de entonces) y en cuadrada en «el cuerpo del clero secular». Declaraciones que repite el mismo Papa, br. Alias Nos, 12-8-1659, al determinar el «estatuto funda­mental» de la pobreza.

Estos dos documentos pontificios no hacen más que romper la marcha. In­cluyendo estos dos, son al menos treinta y tres los documentos pontificios que, desde 1655, a lo largo de toda la historia C. M. y durante tres siglos (XVII, XVIII y XIX), repiten que la C M., separada de los religiosos, se encuadra en el cuer­po del clero secular (2), que sus clérigos, ordenados «in sacris», son sacerdotes seculares. No sabemos de ninguna otra Svc que pueda citar tantos documentos pontificios a favor de su secularidad. Sencillamente porque no lo necesitaban tanto como la C. M., la más parecida a los religiosos.

Este carácter secular de la C. M. fue siempre ratificado, desde sus orígenes hasta hoy, por los textos del Fundador (3), por los superiores generales y asam­bleas generales (4), especialmente por las asambleas de «aggiornamento» postcon­ciliar (5) y por los textos legales y praxis del Instituto.

II. EL «ESTADO DE LA CUESTION

2. Cuando los textos del Fundador, documentos pontificios, asambleas gene­rales, etc., repiten con tanta insistencia, desde los orígenes de la C. M. hasta hoy, que la C. M. pertenece «al cuerpo del clero secular», que sus ordenados «in sa­cris» sin «sacerdotes seculares», ¿qué quieren decir: que son sacerdotes secula­res o sacerdotes diocesanos, o ambas cosas a la vez? Veámoslo.

III. LA CUESTION PREVIA

3. Para responder a una cuestión tan interesante es necesario ante todo pre­cisar bien los términos de la cuestión: clero secular, sacerdotes seculares, clero diocesano, sacerdotes diocesanos.

Sacerdotes seculares y sacerdotes diocesanos son dos conceptos sustancialmen­te diversos.

Sacerdote secular es la relación del sacerdote con los cuatro estados funda­mentales de la Iglesia: clerical y laical, religioso y secular. En estos dos binomios los términos de cada binomio (clerical-laical, religioso-secular) son entre sí opues­tos e irreductibles: un clérigo nunca podrá ser al mismo tiempo lego, y vicever­sa. Un religioso nunca podrá ser al mismo tiempo secular, y viceversa. Pues el estado secular se recibe en el Sto. Bautismo (c. 87), y sólo se pierde al emitir la profesión religiosa, la cual solamente tiene ese poder radical y profundo de cam­biar el estado canónico fundamental del emitente, haciéndole pasar del estado secular recibido en el Bautismo, al estado religioso (cc. 107, 487-488, 638, 640, 673).

En cambio, los términos de un binomio (clerical-laical) no se oponen a los tér­minos del otro (religioso-secular): por ejemplo, un clérigo puede ser al mismo tiempo religioso.

4. Pero el concepto de sacerdote diocesano es totalmente diverso, pues se re­fiere no a los estados fundamentales de la Iglesia, sino únicamente a la incardi­nación en una diócesis. Sacerdote diocesano, en el sentido propio, es el que está incardinado en una diócesis.

Como estos dos conceptos son específicamente diversos, las cosas que ellos significan pueden existir separadas en la realidad. Ejemplos:

Un religioso nombrado obispo residencial continúa siendo religioso (cc. 627, pár. I, 629), y por tanto no pertenece al estado canónico secular, ni está secula­rizado (c. 640). Sin embargo es un verdadero sacerdote diocesano mientras retie­ne el cargo, pues es nada menos que la cabeza de todo el presbyterium diocesano y de toda la diócesis (7).

Un clérigo —máxime ordenado in sacris— que se hace religioso, durante el tiempo de los votos temporales no pierde su propia diócesis (c. 585), y por eso, no renovados los votos u obtenido el indulto de secularización, debe volver a su propia diócesis y ser recibido por su propio obispo (c. 641, pár. I). Durante el tiempo de los votos temporales es un verdadero sacerdote diocesano, pero no un sacerdote secular, sino religioso.

Existen diócesis encomendadas por la Santa Sede de un modo exclusivo a una religión (c. 488), v. gr. una diócesis misional en territorios dependientes de la Propaganda Fide, una abadía o praelatura nullius. En este caso, los sacerdo­tes religiosos destinados por los superiores al servicio de la diócesis, bien que incardinados en su respectiva religión y después de la profesión perpetua (c. 585), deben ser retenidos y clasificados como sacerdotes diocesanos durante el tiempo de su destinación a dicho territorio, si no queremos admitir el absurdo de una diócesis sin sacerdotes diocesanos. Pero tales sacerdotes, según la clasificación de los estados fundamentales de la Iglesia, no son seculares, sino religiosos.

Por su naturaleza, la exclaustración es temporal. Pero no obsta absolutamente que se conceda por graves razones una exclaustración indefinida cuando, por una parte, las razones exigen esta separación material del Instituto y, por otra, el reli­gioso no quiere, de acuerdo con sus superiores, romper definitivamente sus víncu­los jurídicos con la religión mediante el indulto de secularización. A este gé­nero de exclaustración, y al margen del Codex 1. C., pertenece la exclaustración ad nutum S. Sedis, introducida por la praxis de la S. C. de Religiosos, cuando, por el modo de ser del individuo, se le hace insoportable la vida de comunidad o él resulta insoportable a la comunidad; y también, en vez de la expulsión, cuan­do no hay causas suficientes o suficientemente demostradas, pero la presencia del individuo resulta notablemente perjudicial al Instituto. Se le impone enton­ces esta exclaustración aunque él no la pida, y dura a beneplácito de la Santa Sede. Ni él puede entretanto volver a la religión, ni los superiores pueden recibir­lo o llamarlo. A la religión se le impone un subsidio para el exclaustrado si éste no puede valerse por sí mismo, o sea, la religión suplirá en el caso y en la me­dida que él no pueda procurárselo.

En esta situación jurídica y económica, el sacerdote religioso exclaustrado, su­puesto el beneplácito del ordinario y de la Santa Sede, puede ser incardinado a una diócesis por un tiempo indefinido, pasando a ser de este modo un sacerdote religioso y diocesano a la vez, pero no secular, supuesta la naturaleza de esta ex­claustración, que, como las otras, mantienen al exclaustrado en el estado religioso.

Citamos por último el caso de los Misioneros de la Campiña (Missionari della Campagna, Missionaires de la Plaine), fundados por el P. Gabriel Martin (decret. de erección diocesana, 12-7-1928) en Lueon (Francia) para recristianizar las regiones difíciles de esta diócesis. Se trata de una congregación religiosa de derecho dioce­sano cuyo superior ipso iure es siempre el obispo diocesano. Esta congregación, jurídicamente es una parte integrante de la diócesis. Por tanto, aunque tienen votos religiosos perpetuos, y por ellos se incardinan inmediatamente en su con­gregación (c. 585); sin embargo, mediante la congregación sus sacerdotes están verdaderamente incardinados en la diócesis, y por derecho particular son una parte del clero diocesano, con los mismos derechos y obligaciones generales que los demás clérigos diocesanos (Archivo, S. C. de Religiosos). Son, pues, a la vez sacerdotes religiosos y diocesanos, pero no seculares, pues no pierden con tal incardinación su «estado religioso».

A imitación de esta congregación religiosa, y en el afán de unión entre ambos cleros, pudieran fundarse otras y multiplicarse estos ejemplos con exuberancia.

5. Conclusión: Los sacerdotes diocesanos, a las órdenes inmediatas del obis­po para el régimen y cuidado pastoral de una diócesis, son también, en la inmen­sa mayoría de los casos, sacerdotes seculares. Por esta razón, ni la jurispruden­cia, ni la doctrina, han fijado definitivamente el término técnico invariable para designarlos. Unas veces les llaman sacerdotes seculares, clero secular (designa­ción tradicional) y otras veces sacerdotes diocesanos, clero diocesano. Las dos nomenclaturas les cuadran.

Sin embargo adviértase que estos sacerdotes son siempre, y sin excepción al­guna, diocesanos, si bien en algún caso (clérigo que se hizo religioso y está en el período de la profesión temporal) están sólo radical y potencialmente bajo la autoridad del obispo. Pero no son siempre seculares, como lo prueban los ejem­plos citados. Por eso el término técnico fijo e invariable que mejor les cuadra es el de sacerdotes diocesanos, clero diocesano, no el de sacerdotes seculares, clero secular.

Si los sacerdotes diocesanos no son siempre seculares, tampoco éstos son siempre diocesanos, en otro plano de la disciplina eclesiástica. En efecto: Los sacerdotes incorporados a las Svc o a los Is son siempre, y sin excepción alguna, seculares. Pero los sacerdotes de las Svc, en la mayor parte de los casos, no son sacerdotes diocesanos en sentido propio, es decir, incardinados en una diócesis. En efecto, los sulpicianos son siempre, y sin excepción alguna, sacerdotes secula­res y diocesanos. En el Cottolengo, todos los clérigos están incardinados en su diócesis de origen. En el Oratorio (Roma), la mayoría de los sacerdotes están incardinados en una diócesis, y lo mismo en el Oratorio de Francia. En las dieciséis sociedades misioneras se tiende, después del Concilio Vaticano II, a re­cuperar su antigua «praxis» de la incardinación diocesana a opción de los socios, y así gran parte de los sacerdotes de cada una de estas Svc serán a la vez, como en las anteriores, seculares y diocesanos. En cambio, en las demás Svc no se ad­mite, por ahora, la «praxis» de la incardinación diocesana.

Conclusión: Según este parangón en su doble vertiente, la más exacta cla­sificación técnica para el futuro Codex sería ésta:

Sacerdotes religiosos, clero religioso: Los incorporados en una Religión (c. 488). Si bien en alguna manera (quadam vera ratione, Conc. Vat. II), pero no en sen­tido propio (salva la excepción arriba apuntada), son diocesanos por razón de los ministerios ejercidos en la diócesis.

Sacerdotes diocesanos, clero diocesano: Los incardinados en una diócesis, que en su inmensa mayoría son también, y a la vez, seculares.

Sacerdotes seculares, clero secular: Los incorporados en las Svc (ahora, Socie­dades de apostolado consociado) o en los Is, gran parte de los cuales son tam­bién, y a la vez, diocesanos en sentido propio.

Se impone, pues, para el futuro Codex I. C., una distinción en sus textos lega­les entre sacerdotes diocesanos y seculares si queremos evitar confusiones que nada favorecen al derecho.

IV. RESPUESTA A LA PREGUNTA O CUESTION PLANTEADA

1) Previos conceptos aclaratorios para responderla

En cuanto a órdenes sagradas, y según el derecho común, las Svc se rigen actualmente, lo mismo que se regían antes del Codex I. C. (1917-18), por las nor­mas del clero diocesano (cc. 678, 111-117, 948-1011), no por las normas de los religiosos exentos, salvas peculiares prescripciones en contrario de la Santa Sede.

De ahí que, por derecho común, las Svc no pueden dar letras dimisionales, ni usar los títulos de la ordenación de los religiosos (c. 982, pár. 2), sino sus propios títulos (ante todo, el de beneficio residencial, y como subsidiarios, faltando éste, los de patrimonio, pensión, servicio a la diócesis o a la misión (cc. 979, 981); ni se incardinan sus socios como clérigos en la propia sociedad al ser ordenados en ella, sino que se incardinan en una diócesis, cuyo ordinario adquieren como propio; ni vale para estas sociedades, por derecho común, el c. 585, sino que los incorporados, aun perpetuamente, en una Svc, siendo ya clérigos antes del in­greso en ella, no pierden nunca la diócesis ni el obispo (cc. 111, 115, 585) adqui­ridos antes de la incorporación en la sociedad.

En cuanto a la ordenación, también se aplican por derecho común a los religiosos no exentos, como a las Svc, las normas del «clero secular», y no las normas de los religiosos exentos.

Pero el aplicar a las Svc y a religiosos no exentos tales normas de orde­nación tiene sus inconvenientes: El efecto natural de la incardinación («obedien­cia canónica») hay que suspenderlo respecto del obispo de la propia diócesis; la obligación del obispo de recibir a un socio, quizá enfermo o anciano, cuando deja el Instituto; la poca utilidad práctica de tal sistema para una diócesis. Se opusieron pues con frecuencia los obispos a ordenar los socios de las Svc o a los religiosos no exentos con las leyes del «clero secular» diocesano, y pusieron cada vez mayores dificultades, exigiendo a veces condiciones contrarias al con­cepto de «incardinación», v. gr.: el ordenado deja la sociedad, el obispo no se hace cargo de él.

Para obviar estas dificultades, y quedando vigente (como lo está aún hoy) el derecho común ya indicado de las Svc y religiones no exentas relativo a órdenes sagradas, de hecho ya antes del Codex 1. C. (1917-18) las Svc y religiones no exen­tas tenían comúnmente, según práctica uniforme y pacífica (y tienen de igual modo hoy), los indultos de letras dimisorias y «título de ordenación», el uso de los cuales está regulado por las normas de los religiosos exentos; lo que lleva consigo la incardinación en la respectiva sociedad o religión no exenta, y no en una diócesis.

Pero, como hemos indicado, un grupo de Svc conservaron siempre hasta hoy la incorporación de todos o de una gran parte de sus socios clérigos en una diócesis. Y después del Conc. Vat. II este pequeño grupo y las sociedades misio­neras (dependientes de Prop. Fide) tienden a conservar o a recuperar la incardi­nación en una diócesis y, en general, a retener en todo su vigor el derecho co­mún (en principio aún vigente) de Ordenación en las Svc según las normas del clero «secular-diocesano». Para lo cual se van entendiendo en cada nación con la jerarquía eclesiástica, celebrando al efecto un contrato con la respectiva Conferencia Nacional de Obispos. Es firme su propósito de ser no sólo sacerdotes seculares, sino también diocesanos en sentido propio. Con lo cual queda muy reforzado su carácter secular. Es posible que otras Svc sigan también el mis­mo rumbo.

2) Respuesta a la pregunta o solución del caso

12. Según los anteriores conceptos aclaratorios, podemos responder con toda seguridad a la pregunta planteada al principio de este estudio (II).

Se afirmó que es difícil responder a la pregunta planteada por falta de docu­mentos (18). Sin embargo sobran los documentos para responder a la pregunta con toda certeza, pero distinguiendo dos períodos en la historia de la C. M.:

A) Hasta 1632, la C. M., en el primer período de su historia, no era más que una asociación clerical dependiente de la Prop. Fide, no exenta ni capaz de exención en su institución primitiva, integrada por sacerdotes que, al ingresar en la comunidad, no querían perder ni perdían, según el derecho de entonces, su dió­cesis de origen. Con razón se ha dicho que estos primeros sacerdotes (incluido el Sr. Vicente), verdaderos fundadores de la C. M., probablemente nunca perdie­ron, hasta morir, su diócesis de origen (19). Eran pues estos sacerdotes, con toda certeza, sacerdotes seculares y, a la vez, sacerdotes diocesanos en sentido propio, como el clero diocesano que, a las órdenes del obispo, rige y cuida pastoralmen­te una diócesis. Así lo entendía el Sr. Vicente y los documentos de este primer período al designar a estos sacerdotes con el calificativo que ya entonces, como ahora, se aplicaba muy comúnmente al clero diocesano. Con esta designación nada tenía que ver ni la dependencia de estos sacerdotes del obispo al ejercer sus ministerios externos, ni su dependencia del Sr. Vicente en el régimen mera­mente interno de la comunidad. Lo mismo sucedería hoy con una asociación cle­rical diocesana de este tipo.

B) En 1632 (erección pontificia C. M. bula Salvatoris nostri), la primitiva aso­ciación se transforma en una Congregación, en una de las Svc de entonces, las congregaciones seculares que, sin ser congregaciones religiosas, imitaban a los regulares (religiosos de entonces) al menos en la vida comunitaria y organiza­ción interna, y dependían, como ellos, de la S. C. de obispos y regulares.

Pero lo que más hace a la solución del presente caso es un elemento de con­tacto con los regulares (religiosos de entonces) y con los religiosos exentos de ahora: La C. M., a impulsos del Fundador, logró y aceptó desde 1632, y retuvo hasta hoy, nada menos que la exención en sentido propio, la plena exención de los regulares y demás religiosos exentos.

No existen en la Iglesia más que dos Svc clericales de este tipo con exención plena: la C. M. y la S. A. C. o palotinos.

Ahora bien, la jurisprudencia y la doctrina, lo mismo en el derecho antiguo que en el moderno, aplicaban y aplican a las Svc clericales las normas de «ordena­ción» del «clero secular diocesano» en el plano del derecho común, es decir, por­que de suyo (derecho común) no son exentas, lo mismo que se lo aplicaron, por la misma razón y en parte, a las religiones clericales no exentas (c. 964).

Pero las dos Svc clericales (C. M. y S. A. C.) que excepcionalmente y del todo fuera del derecho común son exentas, lo mismo que las religiones clericales exen­tas, nunca se rigieron ni pueden regirse, en materia de sagradas órdenes, por el derecho del «clero secular diocesano», sino por el derecho propio de los institu­tos clericales exentos. La exención de suyo lleva consigo la facultad de «letras dimisoriales» extendidas por el superior exento, título de ordenación propio (no los del clero «secular diocesano»), y sobre todo la incardinación, como clérigos, en el Instituto exento, no en una diócesis. Razón fundamental: Los institutos exen­tos (religiosos o no religiosos), en virtud de su inmediata dependencia del Roma, no Pontífice, y no por la territorialidad, forman verdaderas divisiones «quasi-ade­cuadas» o «quasi-territoriales» en la Iglesia, y si son además clericales, verdade­ras «quasi-diócesis».

Por eso, concedida que le fue la exención, la C. M. se atuvo, en cuanto a órde­nes sagradas, a las normas de los institutos clericales exentos, y no a las normas del «clero secular diocesano».

En virtud de la exención concedida por Urbano VIII (1632) y confirmada por Alejandro VII (1655), los superiores C. M. comenzaron a expedir «letras dimiso­riales» a favor de sus súbditos ya en tiempos de San Vicente. Pero en 1657, vivien­do aún el Santo, el Vicariato de Roma contestó esa facultad. Y nombrada una comisión que, con la autoridad de Alejandro VII, resolviera la cuestión, la comi­sión falló a favor de tal práctica basándola únicamente en la exención de la C. M.

Contestada otra vez esta facultad en el primer cuarto del siglo XVIII, Bene­dicto XIII declaró auténticamente que tal práctica le compete a la C. M., como siempre le compitió, en virtud de su exención (23). Desde entonces hasta hoy, la C. M. usó pacíficamente de este derecho.

Benedicto XIII no hizo más que aplicar a la C. M. el derecho común de la Iglesia, vigente ya en el derecho antiguo lo mismo que en el actual Codex (1917-­18): En la C. M., como en los demás institutos clericales exentos, únicamente los ordinarios o prelados exentos pueden otorgar el mandato jerárquico de ordena­ción sagrada («letras dimisoriales») a sus súbditos exentos (seculares, en institu­tos no religiosos), incardinándolos, por consiguiente, como clérigos y con dichas «dimisorias», en su «quesi-diócesis» o instituto clerical exento. Lo mismo que los obispos, mediante sus «letras dimisoriales», sólo pueden incardinar en su dióce­sis a sus propios súbditos, los clérigos «seculares diocesano», o a los equipara­dos a ellos y sometidos como ellos al obispo en cuanto a órdenes sagradas, los clérigos de las Svc no exentas y el grupo de religiosos no exentos.

Por fin también en cuanto a los «títulos de ordenación» la C. M., como exen­ta, se acomodó a las normas de los institutos clericales exentos y no a las nor­mas de los sacerdotes «seculares diocesanos». Pues ni la S. Sede, ni la «praxis» comunitaria C. M. aplicaron jamás a sus ordenandos los cinco títulos de ordenación del «clero secular diocesano» (cc. 979, 981), sustancialmente iguales a los del derecho antiguo. Unicamente les aplicaron el primer título (beneficio), pero modificado (beneficio no residencial), y el título de patrimonio (sobre los bienes patrimoniales del ordenando); dos formas de título que no se oponían para nada ni a la exención de la C. M., ni a la incardinación en ella de sus ordenandos. Para reforzar el carácter secular de la C. M. se aplicaron estas dos formas de «títulos de ordenación» aun después de su exención y por voluntad de la misma Sede Apostólica, que tantas veces declaró la secularidad de la C. M. y su encua­dramiento en el «cuerpo del clero secular».

Pero aún estas dos formas de «título» tuvieron sus dificultades, principalmen­te por razones económicas, desde los comienzos de la exención C. M., y desapa­recieron a mediados del siglo XVIII, sustituyéndolas la S. Sede con el título Mensae communis, hasta hoy vigente y perfectamente adaptado a la exención de C. M. y a la incardinación en ella de sus ordenandos.

Por otra parte, este derecho en cuanto a órdenes sagradas, llevado siempre a la práctica por la C. M. en toda la historia de su exención, se confirma (y para mayor abundancia) con dos hechos: En la C. M. nunca hubo conciencia, a partir de la exención (1632) de que sus súbditos, al ordenarse, se incardinaran en su diócesis de origen ni en ninguna otra. Y tantos documentos de la S. Sede en toda la historia C. M., que tantas veces califican de seculares a sus sacerdotes y los declaran encuadrados «en el cuerpo del clero secular», ni una sola vez, después de la exención (1632), los declaran diocesanos o encuadrados en «el cuerpo del clero diocesano».

13. Concluimos, pues, y con toda certeza: A partir de la exención (1632), el Fundador, los documentos pontificios, los superiores generales y asambleas ge­nerales, al sostener que los sacerdotes C. M. son seculares, encuadrados en el «cuerpo del clero secular», querían decir que son verdaderos sacerdotes secula­res (en el sentido explicado en el núm. 3), como lo eran también antes de 1632, pero de ningún modo querían decir que son sacerdotes diocesanos en sentido propio, es decir, incardinados en una diócesis, como lo eran antes de 1632. Ni podían decir otra cosa.

V. RESUMEN Y CONCLUSIONES FINALES

14. Las reducimos a las siguientes:

1. La Los socios C. M. son verdaderamente seculares en el sentido eminentemen­te positivo y radical de los cuatro estados canónicos y fundamentales de la Igle­sia: Entre éstos se encuadran todos los socios C. M. en el estado secular, irre­ductiblemente opuesto al estado religioso; estado secular que recibieron en el santo bautismo y que no perdieron al incorporarse en la C. M.

Tal es la nota más fundamental en la «identidad» de la C. M.; nota que ante todo deben defender sus socios si quieren conservar su personalidad. Nota de la que pueden gloriarse, no del aspecto meramente negativo de esta nota, es de­cir, de no ser religiosos, pues sería un absurdo dentro de la Iglesia el gloriarse un fiel cristiano de no encuadrarse en el «estado religioso».

2.» En este mismo sentido, los clérigos C. M. (encuadrados también en el esta­do clerical) son clérigos o sacerdotes seculares. Pues tampoco pierden, al orde­narse, el estado secular recibido en el bautismo, como los clérigos o sacerdotes de las demás Svc, de los Is y del clero diocesano.

3.» La C. M. tiene su propio grado de secularidad, lo mismo que las demás personas, físicas o morales, encuadradas en el «estado secular» (Svc, Is, clero diocesano, asociaciones de los fieles, «laicos» del mundo).

Ejmplo: La C. M., como las demás Svc, es radical y fundamentalmente más secular que los mismos Is, pues constituye un estado meramente apostólico, y no el «estado jurídico de perfección evangélica y apostólico (a la vez)» de los Is. Si bien éstos son más seculares que la C. M. y las demás Svc por su carencia ins­titucional de la vida comunitaria y por su típica inmersión en la vida y activida­des del siglo.

Cada uno de los cuatro estados canónicos y fundamentales de la Iglesia (clerical-laical, religioso-secular) en la estructura genérica y primaria dentro de la cual radican otros estados particulares.

Ejemplo: En el estado secular de la C. M. se insertan el estado apostólico de todos sus socios y también el estado clerical de sus socios clérigos, que, como socios de la C. M., son antes vicencianos que clérigos.

Los sacerdotes C. M. no son diocesanos en sentido propio, es decir, incardi­nados en una diócesis, por ser esta nota de suyo incompatible con la exención. Sin embargo son eminentemente diocesanos en un sentido amplio y pastoral:

Apostolado secular inmediato y directo, como el del clero diocesano; tendencia institucional y práctica a una plena unión ministerial con el clero diocesano (sim­patía y fácil entendimiento con él, como «carisma» de la C. M.); unión socio- jurídica con el clero diocesano dentro de asociaciones ordenadas al apostolado diocesano, etc. (v. gr.: la Hermandad Misionera).

Como lo han hecho algunas Svc desde sus orígenes y tienden a ello otras después del Conc. Vat. II, la C. M. puede reforzar poderosamente su carácter se­cular admitiendo constitucionalmente la opción o posibilidad de la incardinación diocesana de sus socios, al menos de una parte de ellos (v. gr.: Los dedicados ha­bitualmente y en plan de especialización al ministerio parroquial misionero).

Para ello se debería renunciar en asamblea general al privilegio de exención. Teniendo en cuenta que los institutos de derecho pontificio, como la C. M., gozan de una exención en el régimen interno, y que los institutos de derecho clerical y pontificio, como la misma C. M., gozan, además, en el derecho actual, de alguna jurisdicción eclesiástica verdadera y exenta. Por otra parte, la exención en los textos conciliares tiende a reducirse al marco del régimen interno.

Perjudica no poco a la secularidad de la C. M. su nombre de Congregación, muy apto en el siglo XVII, pero que hoy significa más bien congregación religiosa. Deberá pues asumir otro de los nombres admitidos por el Fundador, verbigracia el de Sociedad de la Misión, Societas Missionis (en armonía con las demás Svc), y con las posibles siglas de Sc. Ms. Tal nombre («Societas») se halla repetido en los primitivos documentos del Instituto.

8.» La vida comunitaria C. M. es perfectamente compatible con su carácter secular, según las normas del Fundador, que exigen nuestra máxima fidelidad ante todo por ser esta vida un excelente medio para el fin apostólico de la Sociedad.

Pero se puede perjudicar notablemente el carácter secular de la C. M. impri­miendo a su régimen interno un estilo de vida propio de los religiosos; usando el vocabulario «religioso» en el trato de los socios y de las «instituciones» de la Sociedad; transformando de algún modo la Comunidad, que es únicamente apostólica, en una comunidad conventual (28). Todo lo cual podría también men­guar indirectamente la tendencia al único fin apostólico de la C. M. Al efecto serían oportunas, en la revisión «postconciliar» definitiva, normas muy concre­tas de la Curia Generalicia.

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