La secularidad de la Compañía de las Hijas de la Caridad. Sus repercusiones en la formación.

Francisco Javier Fernández ChentoFormación VicencianaLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Fernando Quintano, C.M. · Año publicación original: 1999 · Fuente: Ecos de la Compañía.
Tiempo de lectura estimado:

Introducción

El modo de tratar el tema de la secularidad de la Compañía será muy similar al seguido en la conferencia anterior. En la primera parte trataré de explicar en qué consiste dicha secularidad. En la segunda enumeraré algunas consecuencias que se deducen para las Hijas de la Caridad en el campo de la formación.

1. La secularidad de la Compañía

a) Intención de los fundadores desde los orígenes

Las Hijas de la Caridad son seculares, sin duda. Tienen derecho a reivindicar esta cualidad como uno de sus rasgos distintivos. Los fundadores así lo quisieron.

Recordemos algunos textos.

«Las Hijas de la Caridad no son religiosas sino Hermanas que van y vienen como seglares».

«No puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosas hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas; maldición al que hable de hacerlas religiosas».

«Si os pregunta (el obispo) qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios; y que no se trata de que no estimáis a las religiosas, pero que si lo fueseis tendríais que estar encerradas y por consiguiente tendríais que decir: adiós al servicio de los pobres»,

«Si se presentase ante vosotras algún espíritu enredador e idólatra que dijese «tendríais que ser religiosas, eso sería mejor», entonces, hijas mías, la Compañía estaría para la extremaunción… pues quien dice religiosas dice enclaustradas, y vosotras tenéis que ir por todas partes» 4.

«Vi dos o tres veces al señor Vicario General para explicarle que no éramos sino una familia secular».

Las afirmaciones de los dos fundadores son claras y rotundas. Pero ¿qué entendían por secularidad?. Según se desprende de los textos citados y de otros aún más explícitos, lo que intentaban, ante todo, era salvaguardar el fin de la Compañía. Secularidad equivalía a vida no religiosa. Hasta ellos, la vida religiosa incluía la clausura, la cual era incompatible con el fin de la Compañía: servir a los pobres allí donde ellos reclamasen la presencia de las Hijas de la Caridad.

Hay que reconocer que la vida religiosa no es hoy como en tiempo de los fundadores. Desde entonces han ido apareciendo otras muchas congregaciones, religiosas o no, con unos fines y espiritualidades similares a los de la Compañía. Por la puerta que con tanto empeño lograron abrir los fundadores han entrado otras muchas instituciones, y que, por lo mismo, las diferencias han disminuido.

Ello no obstante, sería contrario a la intención de la Iglesia minusvalorar esas diferencias. Tanto el Concilio Vaticano II como la Exhortación Vita Consecrata insisten repetidamente en la fidelidad a los distintos carismas que a través de los siglos ha suscitado el Espíritu Santo. Tal diversidad hermosea la Iglesia. La ten­dencia, que a veces se percibe hoy, a dejar en segundo plano tales diferencias en favor de la causa común del Reino, más que potenciar esa causa, lleva a una desidentificación e indiferenciación peligrosas que no respetan la dinámica crea­dora del Espíritu.

b) «Tenéis un espíritu propio»

La insistencia de San Vicente en la no religiosidad de la Compañía no estaba motivada sólo por el peligro de que enclaustrasen a las Hijas de la Caridad. Las tres conferencias «sobre el espíritu de la Compañía>, (2, 9 y 24 de febrero de 1653) son prueba clara del interés que tenía el fundador en que las Hermanas comprendiesen bien cuál es su espíritu. Un espíritu que se concreta en la humil­dad, la sencillez y la caridad. Ese espíritu es como el «alma del cuerpo de la Compañía». La Hija de la Caridad que careciese de él estaría muerta.

San Vicente, después de señalar el espíritu que caracteriza a algunas congre­gaciones (capuchinos, cartujos, jesuitas y carmelitas), añade: «Ved, pues, mis queridas Hermanas, cómo Dios da su espíritu de forma diferente a unos y a otros, de tal manera que el espíritu de unos no es el espíritu de otros… Es muy impor­tante que las Hijas de la Caridad sepan en qué consiste ese espíritu». «Es preciso que sepáis la diferencia que hay entre vuestra Compañía y otras muchas que hacen profesión de servir a los pobres como vosotras, pero no de la manera que vosotras lo hacéis».

Por lo tanto, la originalidad y diferencia de la Compañía con relación a la vida religiosa femenina del siglo XVII en Francia no hay que basarla sólo en la clausura. Radica, más bien, en el fin y en el modo de cumplirlo, mediante la puesta en práctica de unas virtudes características. Radica también, y quizá sobre todo, en un modo distinto de comprender la perfección y el camino que conduce a ella, en una manera diferente de seguir a Cristo. Para la vida religiosa consiste en la consagración a Dios por medio de los votos para imitar a Cristo casto, pobre y obediente. Para las Hijas de la Caridad en la donación a Dios para servirle en los pobres, imitando a un Cristo evangelizador y servidor. La entrega a Dios (consa­gración) la viven en el servicio corporal y espiritual a los pobres. «Hacéis profesión de servicio al prójimo» a lo que se comprometen con un voto especial y hacia el cual orientan los tres consejos evangélicos que asumen por votos no religiosos.

Esta manera de comprender y caminar hacia la santidad parte de la imitación de un Cristo a quien «le animaba un espíritu de perfecta caridad», y cuyas dos virtudes más características eran «la religión hacia Dios y la caridad hacia los pobres». Imitando a ese Cristo, el proyecto de la Compañía se define como un «estado de caridad», y sus miembros como «apóstoles de la caridad». En pala­bras de San Vicente: «Habéis sido fundadas para honrar la gran caridad de Nuestro Señor Jesucristo»; «el vuestro es un espíritu de caridad que os obliga a consumiros (por Dios) en el servicio al prójimo.

La reticencia, incluso oposición de los fundadores a que las Hijas de la Caridad tratasen con otras religiosas o se dirigiesen con religiosos, no tenía otra intención sino salvaguardar el espíritu original y el fin propio de la Compañía:»No tenéis que dirigiros ni a unos ni a otras, ya que tenéis que tener mucho miedo de tomar parte en otro espíritu diferente del que Dios ha dado a la Compañía». Es, pues, a partir del fin, de un espíritu y un modo de encarnarlo desde donde hay que interpretar el significado de la secularidad de la Compañía.

c) Dos grados de perfección

Si estamos insistiendo en las diferencias entre la vida religiosa y la Compañía, y en qué consisten esas diferencias, es porque, para San Vicente, «secular» equivalía a «no religiosa».

Pero hay que decir también que la secularidad de la Compañía de ningún modo significa rebajar las exigencias evangélicas; al contrario. Recordemos algu­nos textos de San Vicente:

«No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentren tantos peligros como vosotras. Por eso es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad puesto que corréis un gran riesgo de perderos si no sois virtuosas». Vosotras no sois religiosas de nombre, pero tenéis que serlo en realidad y tenéis más obligación de perfeccionaros que ellas».

La secularidad de la Compañía no significa excluir determinadas prácticas que se dan en la vida religiosa. De hecho, cuando San Vicente exhortaba a las Hermanas a abrazar ciertas prácticas y virtudes, acudía al ejemplo de las religiosas. Y en las conferencias «sobre las máximas evangélicas», «sobre el espíritu de mundo» y sobre la explicación de las Reglas, se percibe una fuerte influencia de la vida religiosa, no fácilmente conciliable con la rotundidad con que afirmaba «vosotras no sois religiosas».

San Vicente sabía muy bien que para que la Compañía pudiese continuar la misión de Cristo era necesario que abrazase las máximas evangélicas y se revis­tiese del espíritu de Jesucristo. Por eso pide a las Hermanas una vida de oración y comunitaria intensas, sacrificio y ascesis, silencio y recogimiento, pobreza, cas­tidad, obediencia etc. Las Hijas de la Caridad quieren ser buenas cristianas. Aquellas prácticas que podían ayudarlas a serlo, San Vicente las enseñaba, sin importarle de dónde procedían, aunque de hecho se inspirase en lo que hacían las religiosas. Lo cual nos daría a entender que era un espíritu y un fin propios los que diferenciaban a la Compañía de la vida religiosa de aquel tiempo, más que determinadas prácticas coincidentes.

Al reivindicarse hoy la secularidad de la Compañía será, por lo tanto, por fidelidad a lo que quisieron los fundadores, y no por rebajar las exigencias evan­gélicas que conlleva el proyecto de la Compañía. Está llamada a vivir en el mundo, sin dejarse influenciar por criterios mundanos. De lo contrario perdería su condi­ción de ser sal que dé sabor evangélico y levadura que transforme la masa. Es en este sentido de exigencia que Santa Luisa decía que, siendo la Compañía secular, «debemos vivir como regulares (religiosas)»..

«Secular», etimológicamente equivale a seglar, relativo al siglo, al mun­do en definitiva. El Código de Derecho Canónico dice que la Iglesia se compone de clérigos y laicos (seglares), y que en ambos estados puede haber consa­grados.

Está claro que según esta distinción global, las Hijas de la Caridad son lai­cas con una consagración específica. Pero la Exhortación Vita Consecrata pre­senta otra formulación: «Las vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas>. Y en otros dos lugares vuelve a afirmar esa triple realidad que forma la Iglesia: laicos, presbíteros y consagrados», y añade: «el concepto de una Iglesia formada únicamente por ministros sagrados y laicos, no corresponde a las intenciones de su divino fundador», pues no se pueden olvidar las diversas formas de vida cansa­grada.

Según esta descripción, la Compañía no pertenece ni al estado clerical ni al laical, sino a la vida consagrada, lo cual no es lo mismo que vida religiosa.

Tratando de armonizar lo que dice el Código de Derecho Canónico y Vita Consecrata se podría concluir que, por la manera peculiar que tiene la Compañía de vivir su consagración a Dios sirviendo a los pobres en medio del mundo y de asumir los consejos evangélicos por votos no religiosos, es laical o secular; pero que por su fin apostólico y su vida comunitaria según sus Constituciones, tanto para el Derecho Canónico como para las propias Constituciones, la Compañía es una Sociedad de Vida Apostólica.

Los fundadores no quisieron que las Hijas de la Caridad fueran religiosas para que estuviesen más libres y disponibles para cumplir el fin apostólico. Dicho fin se vive en medio del mundo, en cercanía a los pobres. Las Constituciones afirman que la «vocación de las Hijas de la Caridad requiere constante apertura y presen­cia en el mundo». Ahí hacen efectivo el amor afectivo a Dios. Se santifican en el mundo del dolor y en la historia sufriente de cada día, sin apartarse a la intimidad de la clausura, rejas o velo… El modelo de las virtudes que forman el espíritu de la Compañía y que San Vicente proponía a las Hijas de la Caridad para que sirviesen mejor a los pobres fue el de una joven laica, Margarita Naseau, y el de las buenas aldeanas.

¿Hay algunas Hermanas hoy que piensen que el estado de vida religiosa es más perfecto que el de la Compañía, incluida su secularidad? Puede ser que las haya. No hace mucho tiempo vino a hablar conmigo una Hermana que, según ella, sentía la llamada del Señor a algo más exigente, a la vida contemplativa en concreto. Mi respuesta fue respetar ese sentimiento, pero precisándole que, aunque sintiese esa llamada, no se trataba de algo más perfecto y exigente, sino distinto.

También entre las primeras Hermanas había algunas que pensaban de esa manera. San Vicente fue muy claro: «Si las Hijas de la Caridad supiesen los designios de Dios sobre ellas y cómo quiere que lo glorifiquen, juzgarían dichosa su vocación y por encima de la de las religiosas, No es que tengan que conside­rarse por encima de ellas; pero la verdad es que no conozco ninguna Compañía religiosa más útil a la Iglesia que las Hijas de la Caridad si se penetran bien de su espíritu en el servicio que pueden hacer al prójimo,«. «Este es, mis queridas Hermanas, uno de los estados más excelentes que he conocido; no es posible encontrar ninguno que sea más perfecto. Si queréis ser grandes santas, aquí encontrareis los medios para ello». «Manteneos, pues, en el estado en que Dios os ha puesto… Manteneos en el espíritu que tenéis». Y unas líneas más adelante, San Vicente define ese estado como «apóstoles de la caridad».

Para finalizar este apartado, y a modo de síntesis, recordemos la definición de secularidad que nos presenta el Léxico de la Compañía: «consiste en que las Hijas de la Caridad viven esencialmente su entrega a Dios en y para el servicio a los po­bres, según el espíritu de la Compañía y de acuerdo con el estilo de vida que ofre­cen las Constituciones y Estatutos, para ser fieles a las intenciones de los Fundado­res». Nos parece una buena definición que resume lo que he tratado de exponer.

Sospecho que para algunas Hermanas que reivindican con insistencia la secu­laridad de la Compañía tampoco les satisfará la presentación que aquí hemos hecho.

Y es que, probablemente, no es la clarificación doctrinal lo que más les pre­ocupa —pues creo que también ellas la tienen clarificada—, sino la manera de expresar hoy dicha secularidad en un estilo de vida consecuente con ella.

Las situaciones de la Compañía en el mundo son muy diversas. Hay Provincias en que la cultura reinante les puede estar empujando al secularismo, y en otras al conventualismo. Desde una recta comprensión de lo que significa la secularidad de la Compañía habría que concluir: ni religiosización ni mundanización. Se trata­ría más bien de una agilidad y libertad al servicio del fin de la Compañía, sin rebajar las exigencias evangélicas y vicencianas. Creo que los Postulados apro­bados en la última Asamblea referentes al hábito van en esa dirección.

En todo caso sugiero que, como el tema de la secularidad ha sido tratado hasta ahora por expertos de la Congregación de la Misión, como parece que no han respondido a lo que esperaban algunas Hermanas, que en lo sucesivo sean ellas quienes lo estudien y expongan. Quizá logren exponer más claramente sus preocupaciones y responder mejor a los interrogantes que siguen teniendo. Sola­mente habría que pedirles que sean fieles a la intención de los fundadores y al cómo traducirla coherentemente hoy.

2. La formación a partir de la condición secular de la Compañía

Es conveniente insistir en la aclaración hecha al comienzo del tema sobre la Compañía como Sociedad de Vida Apostólica, pero ahora refiriéndonos a su secularidad. ¿Qué consecuencias se desprenden, referidas a la formación, del carácter secular de la Compañía? ¿En qué aspectos habrá que poner el acento, durante las etapas iniciales de la formación, para que las nuevas Hijas de la Caridad asimilen correctamente el carácter secular de la Compañía? También aquí me limito a una enumeración y a una clarificación de conceptos, dejan­do a las formadoras la tarea de adaptarlos y concretarlos en los planes de for­mación.

Una comprensión clara de la secularidad de la Compañía. ¿Qué se está afirman­do cuando se dice que la secularidad es una característica de la Compañía? Que el proyecto de vida que se presente a las Hijas de la Caridad esté apoyado e impulsado por el concepto evangélico de misión y no en las categorías de la vida religiosa.

Las palabras que San Vicente dirigió a las Hermanas enviadas a las parroquias y que recoge la Constitución 1. 9, son, sin duda, uno de los textos claves para comprender la secularidad de la Compañía. En ese texto se expresa el sentido de la consagración a Dios de las Hijas de la Caridad, el estilo de vida y la radicalidad evangélica de este modo de seguir a Cristo.

En la naturaleza existen ciertas especies de moluscos (tortugas, caracoles, etc.) cuyo cuerpo débil y sin un esqueleto óseo desarrollado puede vivir gracias al sólido caparazón que le protege. Sin esa protección no podrían afrontar las inclemencias del tiempo ni los ataques de otras especies.

En la vida de la fe y en la vocación puede ocurrir algo similar. Hasta hace pocos años se podía ser creyente y seguir una vocación aunque faltaran unas convicciones sólidas. El contexto cultural era favorable. Actuaba como capa pro­tectora de unos valores que podían perdurar, incluso sin una base sólida. Esas capas protectoras ya no existen en la cultura actual.

Ante ciertos contravalores de la cultura actual, la fe y la vocación sólo podrán mantenerse firmes si están cimentadas en unas motivaciones sólidas de fe y en unas convicciones profundas y personalizadas. La parábola evangélica sobre la distinta suerte que corre ante la tempestad una casa construida sobre roca o sobre arena también se puede aplicar a la vocación. Una de esas convicciones sólidas es la que expresa el documento «Un Fuego Nuevo»: «Cristo y los pobres son los dos polos inseparables que deben orientar, hoy y siempre, el ser y la misión de la Compañía».

La espiritualidad de la Compañía brota, se sustenta y alimenta de la contempla­ción de Cristo encarnado, evangelizador y servidor. Él es el misionero del Padre «enviado no a ser servido sino a servir», revelándonos así el amor de Dios por el mundo, preferentemente por los pobres. La espiritualidad de las Hijas de la Caridad, como la de María, es la de una sierva que pone su vida en manos de Dios para ser enviada para servir a los pobres.

La espiritualidad de las Hijas de la Caridad no debe ser una «espiritualidad de trasvase». La oración no es un tiempo para llenarse de Dios y así poder llevarlo al mundo, a su misión de servicio a los pobres, como si el mundo y el servicio fuesen lugares donde no se encuentra a Dios y hay que traerlo de otra parte. El servicio a los pobres es otro modo de encuentro con Dios. Dos convicciones de San Vicente lo confirman: dejar al Dios encontrado en la oración para volver a encontrarlo presente en los pobres y viceversa: «Una Hermana irá diez veces cada día a servir a los enfermos y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios». Para que así sea es preciso «dar la vuelta a la medalla» y profundizar en la mística del servicio. No es tanto el servicio a los pobres lo que identifica a una Hija de la Caridad sino la espiritualidad de sierva como consecuencia de las tres virtudes que constituyen el espíritu de la Compañía.

El carácter secular de la Compañía no diluye ni pone en segundo plano los demás elementos de su identidad. Las Hijas de la Caridad necesitan una vida espiritual profunda, unas «sólidas virtudes». Decía San Vicente: «Es necesario la vida interior, hay que tender a ella; si falta, falta todo». Y una de las expresiones de esa vida interior, a la vez que su cultivo, es la oración. «Una Hija de la Caridad no puede vivir si no hace oración». Algo similar podría afirmarse de la vida comunitaria, de la reflexión apostólica, de la formación, del descan­so… La tentación del activismo es una amenaza para las Sociedades de Vida Apostólica. No se caerá en dicha tentación si se tiene en cuenta esta afirmación de las Constituciones: «La unión íntima con Cristo, fortalecida por la Eucaristía y Penitencia, por la oración y mortificación, salvaguarda su fidelidad. Ponen su confianza en la Santísima Virgen y encuentran un apoyo fraternal en la amistad y caridad dentro de su comunidad». La afirmación de que todo en la Compa­ñía debe orientarse hacia la misión no equivale a minusvalorar las otras dimen­siones.

  • La secularidad de la Compañía requiere comprender y vivir el servicio a los pobres no como una simple tarea apostólica, sino como expresión privilegiada de la entrega a Dios. Sirviendo a los pobres es como las Hijas de la Caridad participan en la misión de Cristo y de la Iglesia. Urge, pues, descubrir y poten­ciar la mística del servicio y la espiritualidad de siervas. Es la manera de no caer en el profesionalismo.
  • Presentar las tres virtudes específicas que constituyen el espíritu de la Compañía como las actitudes que capacitan a las Hijas de la Caridad para mejor servir a los pobres y la expresión de su espiritualidad de siervas. «Las virtudes evangélicas de humildad, sencillez y caridad son la vía por la que las Hijas de la Caridad han de dejarse conducir por el Espíritu Santo. En Cristo contemplan, para traducirlas en la propia vida, esas disposiciones que las acer­can a los más desheredados» 35. Sin descuidar el lado espiritual y ascético de esas virtudes, la secularidad requiere acentuar su vertiente apostólica y misionera.
  • La secularidad de la Compañía bajo ningún concepto equivale a secularismo, ni en ideologías ni en comportamientos. Las exigencias evangélicas, aspirando a la perfección de la caridad, son igualmente radicales para las Hijas de la Caridad que para las religiosas. Solamente que aspiran a ello por un modo de vida distinto. El carácter secular de la Compañía no rebaja las exigencias del seguimiento radical a Cristo; apunta al ideal evangélico, sin contentarse con mínimos ni instalarse en la mediocridad.

San Vicente conocía muy bien el mundo al que lanzaba a sus hijas. A diferen­cia de las religiosas, las Hijas de la Caridad no tenían ciertos escudos protectores (convento, clausura, rejas, celda…) que las preservasen de los peligros del mundo. Por eso les pedía más virtud que a las religiosas. «No hay nadie que se mueva entre el mundo como las Hijas de la Caridad y que encuentre tantas ocasiones como vosotras, hijas mías. Por eso es muy importante que seáis más virtuosas que las religiosas. Y, si hay un grado de perfección para las personas que viven en religión, se necesitan dos para las Hijas de la Caridad, puesto que corréis un gran riesgo de perderos si no sois virtuosas». Las máximas evangélicas, que son opuestas a las del mundo, eran las que debían inspirar y orientar el modo de pensar y de actuar de las Hijas de la Caridad.

Formar en y para un estilo de vida cercano a los pobres. Cercanía física, afec­tiva y espiritual. El estilo de vida de las Hijas de la Caridad será la manera visible de encarnar su identidad, especialmente mediante la puesta en práctica de las virtudes que constituyen su espíritu. Un estilo de vida propio de unas siervas de los pobres: abierto, acogedor, disponible. El estilo de vida de la Compañía, en cuanto secular, no equivale al estilo de vida de los seglares, entendida esta expresión en el sentido popular.

Para un mejor cumplimiento del fin de la Compañía se requiere una formación permanente. Las realidades que afectan a los pobres cambian. Para responder con realismo a sus necesidades es necesario conocer esos cambios y buscar las soluciones más adecuadas en cada momento. El «siempre se hizo así» no puede ser ya la norma que oriente el servicio. Hoy es necesario educar el sentido crítico.

Una formación contextualizada, que no aleje de la cultura de los pobres. Las prácticas apostólicas durante el seminario, el saber compaginar los tiempos de servicio y de formación, ayudará a vivir estas dos realidades íntimamente rela­cionadas.

Hay que formar para trabajar en equipo con los seglares. Esto ha sido una constante en la Compañía desde sus comienzos. Y ello sin sentido de superio­ridad ciertamente, ni tampoco con complejo de inferioridad.

Otro dinamismo orientado a fomentar la misión común y la calidad del servicio es la reflexión apostólica en comunidad. Reflexión apostólica como ejercicio de discernimiento de las realidades que afectan a los pobres, leídas desde criterios evangélicos y vicencianos y a la luz de la doctrina social de la Iglesia. Según recomendación reciente del Padre General, durante la formación se debe dar más importancia al estudio de esa doctrina.

Las Constituciones de la Compañía pueden leerse desde distintos ángulos o enfoques: desde el fin, desde el espíritu etc. Creo que también cabe una lectura desde la secularidad, pues es uno de los rasgos de la identidad de la Compa­ñía, y ello sin forzar los textos.

Las conclusiones que se sacarían leyendo y explicando las Constituciones desde un enfoque secular serían muy distintas a si se leen y explican desde un enfoque religiosizante o conventual. Por ejemplo: en la manera de comprender y presentar los votos, la vida fraterna en común, la oración, el estilo de vida, las relaciones con los pobres, el proyecto comunitario, etc.

Las formadoras tendrán que explicar y enseñar a leer las Constituciones sa­biendo distinguir entre los elementos fundamentales de la identidad -a salvaguar­dar contra viento y marea-, de otras expresiones que pueden compartir con las de la vida religiosa. El Derecho Canónico dice que las Sociedades de Vida Apostólica «se asemejan» o «se aproximan» a los Institutos de vida religiosa, y que muchos cánones son aplicables a esos dos modos de vida. Ni preocupación obsesiva por una diferenciación, ni indiferencia ante los rasgos que definen la identidad de cada grupo en la Iglesia.

La identidad de la Compañía está precisamente en esos elementos que la diferencian, tanto de la vida religiosa como de otras Sociedades de Vida Apostó­lica. La fidelidad al carisma implica conocer y expresar esas diferencias.

Que las Hijas de la Caridad se enriquezcan con todo aquello que sea cohe­rente con su carisma específico, venga de donde sea, pero preservándolo de lo que pueda distorsionarlo o diluirlo.

  • El Documento de la última Asamblea General habla de la «cultura de la Compañía». Las jóvenes que llegan a la Compañía tendrán que ir descu­briendo y asimilando progresivamente los valores evangélico-vicencianos que integran esa «cultura de la Compañía». Pero también la Compañía tiene que enriquecerse con los valores de la cultura que traen esas jóvenes. La incul­turación tiene que ser mutua. Quiero decir que los programas de formación no tienen que ser estáticos. Tienen que estar abiertos para conectar y asumir los nuevos valores que traen las jóvenes, así como atentos a lo que habrá que potenciar para contrarrestar los contravalores que probablemente también traen.
  • Las palabras expresan conceptos. Vuestras Constituciones hablan de Semina­rio, envío a misión, emisión de los votos, Hermana Sirviente, etc. ¿Por qué, en el lenguaje de algunas Hermanas, se siguen utilizando expresiones de la vida religiosa: noviciado, toma de hábito, profesión, superiora, etc.

Conclusión

Una vez más se ha pedido tratar los temas de la Compañía como Sociedad de Vida Apostólica y su carácter secular. Ciertamente bajo un enfoque particular: para deducir algunas consecuencias que repercutan en la formación.

Los rasgos que definen a una Sociedad de Vida Apostólica están claramente enumerados en el Código de Derecho Canónico y desarrollados en las Constitu­ciones de la Compañía. No estoy tan seguro que a la hora de elaborar esas Constituciones se haya tenido expresamente en cuenta el carácter secular de la Compañía, aunque tampoco encuentro en ellas objeciones en contra de esa secularidad.

Si sigue habiendo Hermanas que reclaman clarificaciones sobre el significado de la secularidad será porque desean que la Compañía siga siendo fiel a sus orígenes también en este punto; o porque no lo ven lo suficientemente explicitado en las Constituciones. ¿O será también porque perciben una corriente religiosizan­te o conventual que atentaría contra dicha secularidad? Otras Hermanas pensarán, por el contrario, que actualmente es mayor la amenaza de secularización que de religiosización.

Insistimos en que la Compañía está presente en contextos socio-culturales muy diversos. Las Constituciones al hablar de la formación, piden tener en cuenta esas «diferencias de ambiente y de cultura». Pero si las Hijas de la Caridad tienen claro lo que significa la secularidad según sus fundadores, serán capaces de superar tanto el peligro religiosizante como el secularizante, allí donde se dé uno u otro. Los correctivos a introducir ante uno u otro peligro estarán inspirados en la oración de Jesús por sus discípulos: «Padre, no te pido que los apartes del mundo, sino que los defiendas del maligno… como Tú me enviaste al mundo así también yo les envío al mundo».

A ustedes, como formadoras que son, sí se les puede pedir y exigir que conozcan y sepan presentar a las nuevas Hijas de la Caridad lo que significa e implica el que la Compañía sea una Sociedad de Vida Apostólica y secular. Su mejor guía serán las Constituciones, tal y como son. Y ustedes siempre abiertas a todo lo que pueda enriquecerlas, a la vez que precavidas ante lo que pueda diluir o deformar su tarea educativa.

San Vicente y Santa Luisa, inspirados por el Espíritu Santo, suscitaron en la Iglesia una nueva manera de seguir a Cristo. Ellos pensaron que los moldes de la vida religiosa de su tiempo no eran adecuados para cumplir el fin y para encarnar el espíritu de la Compañía naciente. Por eso la quisieron secular, no religiosa.

La preocupación por defender la secularidad de la Compañía deberá estar motivada por un deseo de fidelidad a los orígenes, nunca por un secularismo que rebaje las exigencias evangélicas del seguimiento radical a Cristo según la Com­pañía. También el proyecto de vida de las Hijas de la Caridad exige un éxodo, una ruptura con otros modos de vida, incluso buenos, que no respondan al fin y al espíritu de la Compañía. En este sentido, la secularidad de la Compañía no significa vivir como los seglares, sino como Hijas de la Caridad; y su estilo de vida será el que se desprende de sus Constituciones.

Ciertamente, los Institutos religiosos, las Sociedades de Vida Apostólica, los seglares y todos los demás cristianos tenemos la única finalidad de ejecutar la gran sinfonía del evangelio. Formamos todos esa gran orquesta compuesta por músicos e instrumentos distintos; cada uno aportando su estilo y tonalidad espe­cífica.

Para que la Compañía, desde su manera particular de interpretar la partitura, siga aportando su sonido propio en esa gran orquesta, se requiere formar bien a quienes van a tocar los instrumentos. He ahí la tarea de las formadoras en la Compañía: enseñar a las nuevas Hijas de la Caridad a leer e interpretar la partitura del evangelio según lo hicieron sus fundadores. El Espíritu Santo, autor de los distintos carismas y Director de esa gran orquesta, sabe cómo integrar armónica­mente estilos e instrumentos diferentes. Y si estamos atentos a ese Director, Él irá suscitando, también en la Compañía, nuevos ritmos y estilos según la marcha del mundo y de la Iglesia.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *