La «Carta Magna» y la secularidad de la Compañía
El texto más explícito sobre la secularidad de la Compañía es, sin duda, el de san Vicente que está recogido en la C. 12a. Un análisis de todo este número nos da a entender que las palabras de san Vicente han sido incluidas en este lugar para resaltar la movilidad y disponibilidad de la Compañía para ir al encuentro de los pobres, para vivir entre ellos. Y como las religiosas estaban obligadas a vivir en clausura, las Hijas de la Caridad no podían ser religiosas: «No se hallan en una religión, ya que ese estado no conviene a los servicios de su vocación». A continuación, san Vicente enumera algunos elementos que distinguen el modo de vida de las religiosas (monasterio, celda, claustro, rejas, velo…) y el de las Hijas de la Caridad (casas de los enfermos, cuarto de alquiler, calles de la ciudad … cf. C. 12a).
San Vicente era consciente de los peligros que corrían aquellas jóvenes Hermanas que él lanzaba al mundo sin las defensas de la clausura. Por eso les pide que tengan tanta o más virtud que si fuesen religiosas. A ese nuevo modo de vida «en medio del mundo» viviendo su entrega total a Dios no en la clausura y en la contemplación, sino en el mundo y al servicio de los pobres lo llama san Vicente «secular»: «las Hijas de la Caridad no son religiosas, sino Hermanas que van y vienen como seglares» (SVP, VIII, 225; C 12a). «Seglar», etimológicamente equivale a «secular», relativo a siglo, al mundo en definitiva. No existía entonces otra manera de distinguir la vida religiosa de la vida de las Hijas de la Caridad que llamando a estas «seglares». Hoy habría utilizado la expresión «Sociedad de vida apostólica» como hace el Derecho Canónico y las Constituciones (Canon 731,1; C. 1 b).
El Código de Derecho Canónico dice que la Iglesia se compone de clérigos y laicos (seglares), y que en ambos estados puede haber consagrados (cf. Canon 207,1).
Está claro que según esta distinción global, las Hijas de le Caridad no son clérigos sino laicas con una consagración específica: «entrega por entero y en comunidad para servir a Cristo en los pobres» (C. 7a) Pero la Exhortación Vita Consecrata presenta otra formulación: «Las vocaciones a la vida laical, al ministerio ordenado y a la vida consagrada se pueden considerar paradigmáticas.; (VC. 31c). Y en otros dos lugares vuelve a afirmar esa triple realidad que forma la Iglesia: laicos, presbíteros y consagrados (cf. VC 4b, 29c). Y añade: «el concepto de una Iglesia formada únicamente por ministros sagrados y laicos, no corresponde a las intenciones de su divino fundador» (VC. 29c), pues no se pueden olvidar las. diversas formas de vida consagrada (cf. VC. 29c)
Según esta descripción, la Compañía no pertenece ni al estado clerical ni al laical, sino a la vida consagrada, lo cual no es Ic mismo que vida religiosa.
Los distintos Sínodos de los Obispos (sobre los laicos, los presbíteros y la vida consagrada) han tratado sobre las tres maneras de ser cristianos en la Iglesia. Las tres originales, necesarias y de la misma dignidad. No se contraponen, sino que se complementan; no hay competencia entre ellas sino estímulo mutuo. Es la Iglesia común con variedad de ministerios y carismas. Esos tres Sínodos inspiraron tres Exhortaciones Apostólicas de Juan Pablo II: «Christifideles laici» (sobre los laicos, 1988), «Pastores dabo vobis» (sobre los sacerdotes, 1992), «Vita consecrata» (sobre la vida consagrada, 1996). Supongo que las Hijas de la Caridad no tomaron como directamente dirigidas a ellas las dos primeras y sí la tercera, pues pertenecen a la vida consagrada, no como religiosas sino como Sociedad de vida apostólica, como institución secular.
Fernando Quintano, CM
CEME 2015







