INTENCIÓN DE LOS FUNDADORES
Las Hijas de la Caridad son seculares, sin duda. Tienen derecho a reivindicar esta cualidad como uno de sus rasgos distintivos. Los fundadores así lo quisieron. Recordemos algunos textos.
«Las Hijas de la Caridad no son religiosas sino Hermanas que van y vienen como seglares» (SVP, VIII, 226. C. 12a).
«No puede decirse que las Hijas de la Caridad sean religiosas, ya que si lo fueran, no podrían ser Hijas de la Caridad, pues para ser religiosas hay que vivir en el claustro. Las Hijas de la Caridad no podrán jamás ser religiosas; maldición al que hable de hacerlas religiosas» (SVP, IX, 594).
«Si os pregunta (el obispo) qué sois, si sois religiosas, le diréis que no, por la gracia de Dios; y que no se trata de que no estiméis a las religiosas, pero que si lo fueseis tendríais que estar encerradas y por consiguiente tendríais que decir adiós al servicio de los pobres» (SVP, IX, 498).
«Si se presentase ante vosotras algún espíritu enredador e idólatra que dijese «tendríais que ser religiosas, eso sería mejor», entonces, hijas mías, la Compañía estaría para la extrema unción… pues quien dice religiosas dice enclaustradas, y vosotras tenéis que ir por todas partes» (SVP, IX, 1176).
«Vi dos o tres veces al señor Vicario General para explicarle que no éramos sino una familia secular» (SLM. Correspondencia y Escritos, 290)
Las afirmaciones de los dos fundadores son claras y rotundas Pero ¿qué entendían por secularidad?. Según se desprende de los textos citados, lo que intentaban, ante todo, era salvaguardar el fin de la Compañía. Secularidad equivalía a vida no religiosa. Hasta ellos, la vida religiosa incluía la clausura, la cual era incompatible con el fin de la Compañía: servir a los pobres allá donde ellos reclamasen la presencia de las Hijas de la Caridad.
La secularidad es una característica esencial de la identidad de la Compañía
Está claro que los fundadores no quisieron que las Hijas de la Caridad fuesen religiosas. Estaban convencidos de que Dios había suscitado algo nuevo en la Iglesia, y para contenerlo no servía de molde de la vida religiosa femenina de su tiempo que incluía le clausura.
Pero lo que verdaderamente identificaba a la Compañía en sus orígenes no era únicamente el no vivir en clausura, sino «honrar la vida humana de Jesús en la tierra» (SVP, IX, 21), «consagrarse totalmente al servicio de los pobres y de las buenas obras» (SVP, IX 67). La diferencia fundamental de las Hijas de la Caridad con respecto a las religiosas estaba no solo en la clausura, sino en la manera distinta de concretar el seguimiento de Cristo, de aspirar e la santidad. La vida religiosa lo hace mediante la profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia (general. mente por votos públicos y perpetuos) para imitar a Cristo casto pobre y obediente. Las Hijas de la Caridad aspiran a la perfección de la caridad, a la santidad evangélica, siguiendo a Cristo evangelizador y servidor de los pobres. Es decir, las Hijas de la Caridad concretan el seguimiento de Cristo en la caridad que se hace servicio a los pobres. Esta es su única profesión (cf. SVP, IX, 805) A ese nuevo modo de imitar a Cristo lo llamaba san Vicente «estado de caridad» (SVP, IX, 1178), y a las Hermanas «apóstoles de la caridad» (SVP, IX, 732). Los votos vienen después, cuando ya son Hijas de la Caridad desde cinco a siete años antes, y los hacen, o renuevan cada año, para confirmar su entrega total a Dios sirviendo a los pobres. Por eso sus votos son «no religiosos» y reciben del servicio su carácter específico (cf. C. 27 y 28). El P. Lloret lo expresaba con esta frase: «No hacéis los votos para ser Hijas de la Caridad, sino porque sois Hijas de la Caridad y para serlo mejor cada año».
Las CC. 7a, 27 y las dos fórmulas de los votos remiten a la consagración fundamental de todo cristiano que acontece en el bautismo. «Vosotras —les decía san Vicente- os habéis entregado a Dios para vivir como buenas cristianas, para ser buenas Hijas de la Caridad, para trabajar en las virtudes propias de vuestro fin, para asistir a los pobres» (SVP, IX, 749) Es significativo que san Vicente considere a Margarita Naseau como la primera Hija de la Caridad, siendo una joven laica que murió antes de la fundación de la Compañía; como lo es también que fuesen las buenas aldeanas las que inspiraron al fundador las virtudes del espíritu de la Compañía; las conferencias vienen seguidas (cf. SVP, IX, 88-90, «sobre las virtudes de Margarita Naseau», y 91-103, «sobre la imitación de las jóvenes campesinas»).
Fernando Quintano, CM
CEME 2015







