La santidad de san Vicente de Paúl (IV)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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SANTIDAD Y REVESTIRSE DEL ESPÍRITU DE JESUCRISTO

Por el amor, el Padre envía al mundo a Jesús como portador de la santidad, y desde entonces en la Humanidad de Cristo tene­mos un camino llano y asequible de encontrar la santidad a tra­vés del seguimiento. Copiando a san Pablo escribirá san Vicente al P. Portail: “Acuérdese, padre, de que vivimos en Jesucristo por la muerte en Jesucristo, y que hemos de morir en Jesucristo por la vida de Jesucristo, y que nuestra vida tiene que estar ocul­ta en Jesucristo y llena de Jesucristo, y que, para morir como Jesucristo, hay que vivir como Jesucristo”, pues “debemos formar nuestros afectos sobre los de Jesucristo para que sus pasos sean la regla de los nuestros en el camino de la perfec­ción. Los santos son santos por haber seguido sus huellas… Por eso, hay motivos para esperar de la divina bondad que pondrá en nuestra alma todas las virtudes que nos harán agradables a sus ojos y nos concederá la gracia de seguir de cerca a Jesucris­to y de vivir su vida”.

Los hombres no pueden ser santos si no se unen a la huma­nidad de Cristo e imitan sus virtudes, porque la humanidad de Cristo es el único lugar en la tierra donde encontramos la santi­dad al ser la única que está íntimamente unida a la divinidad. Cuando san Vicente dice que Jesucristo es el adorador de la divinidad del Padre, quiere decir que es adorador de la santidad del Padre, y que al ser enviado al mundo con el encargo de traernos la santidad, nos implica a seguirlo y a unirnos a su humanidad en una comunión de vida y en una continuación de su misión. De ahí dos consecuencias: primera, que participar en la Eucaristía y comulgar frecuentemente son imprescindible para alcanzar la santidad; y segunda, que ya sólo se puede ser santo desde los pobres, continuando su misión de evangelizar y santificar a los hombres, pues si los pobres son el lugar teológico donde encontramos a Dios, son también el lugar santificador donde encontramos la santidad. No es extraño que un día escribiese a un misionero: “¡Qué felicidad para usted poder trabajar en lo que él mismo hizo! El vino a evangelizar a los pobres, y ésa es también su tarea y su ocupación. Si nuestra perfección se encuentra en la santidad, como es lógico, no hay mayor caridad que la de entregarse a sí mismo por salvar a las almas y por consumirse lo mismo que Jesucristo por ellas”. O que lo imprimiera en el comienzo de las Reglas de los misioneros y de las Hijas de la Caridad.

No es enteramente la santidad que enseñaba Bérulle ni tam­poco en su totalidad la que aconsejaba san Francisco de Sales, la santidad que ha descubierto Vicente de Paúl, más asequi­ble a los pobres y más apropiada para quienes se entregan a su servicio y evangelización. El armazón del edificio espiritual de san Vicente seguirá siendo beruliano. De san Francisco de Sales tomará los materiales y hasta la pintura, pero los planos de ese edificio que encierra la santidad los fue diseñando él a lo largo de su experiencia de vida. Y llama la atención que logra admirablemente unir la santidad ontológica, en cuanto unión con la divinidad en Jesucristo, con la santidad ética o moral alcanzada a través de la respuesta a la acción del Espíritu Santo en nos­otros. Se ve claro cuando identifica la santidad vicenciana con revestirse del Espíritu de Jesucristo: “Para tender a la perfección, hay que revestirse del espíritu de Jesucristo… Esto quiere decir que, para perfeccionarnos y atender útilmente a los pueblos, y para servir bien a los eclesiásticos, hemos de esforzarnos en imi­tar la perfección de Jesucristo y procurar llegar a ella. Esto sig­nifica también que nosotros no podemos nada por nosotros mis­mos. Hemos de llenarnos y dejarnos animar de este espíritu de Jesucristo… (La Compañía) siempre ha deseado revestirse del espíritu del evangelio, para vivir y para obrar como vivió nues­tro Señor y para hacer que su espíritu se muestre en toda la com­pañía y en cada uno de los misioneros, en todas sus obras en general y en cada una en particular.

Pero ¿cuál es este espíritu que se ha derramado de esta forma? Cuando se dice: «El espíritu de nuestro Señor está en tal persona o en tales obras» ¿cómo se entiende esto? ¿Es que se ha derramado sobre ellas el mismo Espíritu Santo? Sí, el Espíritu Santo, en cuanto su persona, se derrama sobre los justos y habi­ta personalmente en ellos. Cuando se dice que el Espíritu Santo actúa en una persona, quiere decirse que este Espíritu, al habitar en ella, le da las mismas inclinaciones y disposiciones que tenía Jesucristo en la tierra, y éstas le hacen obrar, no digo que con la misma perfección, pero sí según la medida de los dones de este divino Espíritu”.

Fundadas las Caridades, la Congregación de la Misión y la Compañía de las Hijas de la Caridad, viene la etapa final en la vida y en la mentalidad de san Vicente sobre la santidad. Las Voluntarias, los Misioneros y las Hermanas están llamados a la santidad, como todos los cristianos. Pero cada uno según su estado. La santidad es única: unirse a Dios incorporándose a la humanidad de Cristo, pero el camino es diferente según cada estado y cada persona. A cada Institución que él ha fundado y a cada uno de sus miembros hay que darle el espíritu de Jesu­cristo, pero apropiado a su vida y a su servicio evangelizador. En el bautismo el Espíritu Santo nos ha santificado, nos ha hecho hijos adoptivos del Padre, partícipes de su naturaleza divina, nos ha incorporado a Cristo y, para que desarrollemos esta vida divina, nos ha dado gratuitamente el don de su presen­cia, las virtudes teologales y los dones —esas disposiciones que nos capacitan para ser iluminados y guiados por el Espíritu divino—. Es decir, la santidad es un don gratuito de Dios, es el don del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo es el gran obrero del Padre que trabaja en el interior de los hombres para darles las mismas cualidades que depositó en el Hombre Jesús e incorporarlos a su Humanidad. Dejarse conducir por el Espíritu de Jesús —que es el Espíritu Santo— es el verdadero seguimiento. Dejarse conducir produce la responsabilidad personal de vivir de tal manera que su influjo abarque toda la existencia. Aquí reside la ética o moral de la san­tidad en el hombre: en que depende de nosotros permitir al Espíritu divino que nos una a Jesucristo. ¿Cómo lo expresamos los vicencianos en la vida de comunidad y en el servicio? A través de las virtudes propias de nuestro Espíritu. La señal de que te dejas conducir por su Espíritu, el camino para incorporarse a Cristo son las famosas tres o cinco virtudes que conforman nuestro espíritu. Para ello hay que vaciarse de uno mismo y revestirse del Espíritu de Jesús. Y en esto consiste la santidad de los vicencianos: adquirir el espíritu propio, revistiéndose del Espíritu de Jesucristo, a través de la humildad, sencillez y caridad o humildad, sencillez, mansedumbre, mortificación y celo por las almas. Pero teniendo en cuenta que la persona humana, cierto, siempre es y está en relación con la santidad divina, pero también en relación con la santidad de la comunidad, pues la llamada a la santidad se dirige, al mismo tiempo, a cada persona individual y a toda la comunidad.

Claro que ello es hacer la voluntad de Dios, claro que para ello tienes que desprenderte de todo lo mundano que lo impida, claro que para ello tienes que llegar a sentir la presencia del Espí­ritu en la oración, claro que para ello tienes que incorporarte a la Humanidad de Cristo y vivir de una manera heroica sus virtu­des. Son caminos diferentes que nos destierran y nos conducen a la única santidad: la unión con el Dios tres veces santo.

Benito Martínez. CEME.

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