La santidad de san Vicente de Paúl (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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LAS CULTURAS SOCIALES Y LA SANTIDAD

Fuera Carlos du Fresne o Antonio Le Clerc de la Forét quien lograra para él un puesto de Capellán de la Reina repudiada Margarita de Valois (Margot), los espirituales que acudían al Círculo Acarie, tenían influencias entre los nobles, para bien y para mal. Todo indica que a finales de 1609 o principios de 1610 el sacerdote Vicente de Paúl era considerado un sacerdote que buscaba a Dios; y los datos posteriores nos indican que se había dado a la oración bajo la dirección de Bérulle. En 1611 hizo los Ejercicios en el Oratorio y, aunque no se hizo oratoriano, Bérulle le consideró digno de sustituir al párroco de Clichy, Bourgoing, que entraba en el Oratorio. Y sin que renunciara a la parroquia de Clichy, por influencia de Bérulle fue nombrado al año siguiente preceptor de la familia Gondi. Sin contar que ya era abad de la abadía de San Leonardo de Chaumes, aunque la cedería en 1616, el sacerdote Vicente de Paúl era párroco de Clichy, Preceptor en casa de los Gondi y, por designación del señor Manuel de Gondi, fue nombrado además párroco de la iglesia arciprestal de Gamaches, Canónigo tesorero de Ecouis, prior del priorato agustino de San Nicolás de Grosse-Sauve, y, para mí, en 1617 o antes, Vicente de Paúl era ya santo de verdad. ¿En qué me apoyo? En lo siguiente.

Los espirituales del círculo de Acarie vivían la oración y a ella se entregó Vicente de Paúl. Y en verdad que avanzó. Hacia 1614, siendo preceptor en casa de los Gondi, Vicente de Paúl aparece entrando en una Noche Mística que los biógrafos cono­cen como tentación contra la fe, pero que tiene todas las notas de ser la Noche Oscura de los Sentidos que san Juan de la Cruz coloca como la puerta que introduce a la contemplación infusa llamada oración de quietud. Hacia 1617 parece que Vicente ha pasado esa Noche. Lo cual quiere decir que ya es un santo de verdad poseído por el Espíritu del Padre y del Hijo —el Espíritu Santo—, y desprendido de todo pecado y de las imperfecciones voluntarias, según el lenguaje que usaban los espirituales de aquel tiempo.

LA NOCHE MÍSTICA DEL AMOR O SANTIDAD

Vicente junto a los espirituales del círculo Acarie buscaba la santidad, es decir, hacer la voluntad de Dios que se conocía a tra­vés de la oración y se cumplía por el desprendimiento interior. Pero cuando se halla en esa situación de pasar a ser lo que llama­mos un hombre santo, realiza el gran ofrecimiento a Dios y al hermano de dar la vida por el otro, pidiéndole a Dios que le dé a él la situación dolorosa en que vive su amigo el teólogo que conoció siendo capellán en el palacio de la Reina Margarita de Valois. Y Vicente de Paúl creyó que Dios había aceptado el ofre­cimiento y le había cargado con las dudas de su compañero de las que se verá libre solamente mediante otro acto sacrificial de amor: consagrar su vida, por amor a Jesucristo, al servicio de los pobres. Pero tengamos en cuenta que Vicente no entró en la santidad por haber hecho el ofrecimiento, sino que hizo el ofre­cimiento porque ya había llegado a la santidad, al amor-caridad.

En su caminar de cumplir la voluntad de Dios, desprenderse interiormente de todo afecto a lo creado y de entregarse a la oración, llegó a la Noche mística de los sentidos como una etapa común a todos los cristianos que siguen a Jesús. Y a ella hubiera llega­do, aunque no hubiera hecho el ofrecimiento. El ofrecimiento fue el punto final de la ascética, del esfuerzo que estaba hacien­do aquel joven sacerdote mediante la gracia y las virtudes teolo­gales que había recibido en el bautismo para el encuentro con Dios santificador. Con su esfuerzo y la gracia divina había alcanzado el desprendimiento interior de sí mismo hasta llegar a sacrificar su vida por aquel teólogo que sufría, y el Espíritu de Dios se le presenta en una contemplación infusa para ser Él mismo quien le purifique por medio de algunos de los llamados siete dones a través de una purificación llamada Noche mística y que algunos teólogos modernos, siguiendo a un contemporáneo y conocido de san Vicente, Luis Lallemant, llaman segunda conversión. Y como un fruto de la santidad se ofrece a servir a los pobres que ya visitaba en estos años oscuros en el Hospital de la Caridad que los Hermanos de San Juan de Dios habían fundado en París. Ofrece su vida al servicio de los pobres, si Dios le libra de aquellas tentaciones contra la fe. Y como una cosa corriente en la vida espiritual, Dios le saca de aquella situación, porque Dios así lo quiere para todos los que han llegado a esa etapa de la vida espiritual, como por dos veces52 san Vicente se lo insinúa a las Hijas de la Caridad. O también podemos decir que Vicente, con las disposiciones o dones que había recibido en el bautismo acogió la fuerza del Espíritu divino y salió por sus propios pies de la Noche mística, porque, a pesar de las dudas, buscaba la santi­dad. Su oración contemplativa de inmediato será de quietud y de tiempo en tiempo experimentará la presencia del Espíritu en su interior que se ha apoderado de él de tal manera que Vicente tiene conciencia de su presencia en lo más íntimo de su interior y expe­rimenta la gratuidad de su acción en su mente y en su corazón; ya es santo, ya es san Vicente de Paúl.

LA SANTIDAD VIRTUOSA

Una vez salido de la Noche, desde 1617, van sucediéndose los hechos de Gannes, Folleville, Chátillon, Mácon, Marchais; hace Ejercicios en Valprofonde y en Soissons; y se intensifican sus relaciones con el pueblo sencillo que tiene y vive otro con­cepto de santidad, la santidad ética o virtuosa, la santidad de vida por medio de las virtudes, “Dios es el Dios de las virtudes, Deus virtutum, les dirá a los misioneros, y si os ha escogido para prac­ticarlas es que vivís por Él y su reino está en vosotros”. Hombre realista y práctico nunca olvidará esta mentalidad de la santidad moral o ética que aprendió desde niño en su fami­lia y en su pueblo. Sólo que cuando tenga que dirigir Señoras, Voluntarias, Hijas de la Caridad, sacerdotes y misioneros se apoyara en la Biblia, en la Alianza que Yahvé hizo por medio de Moisés con el pueblo escogido, implicándole a cumplir los mandamietos, y el cumplimiento de los mandamientos implica también el de las virtudes: “Santificaos y sed santos; porque yo Yahvé, vuestro Dios. Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy Yahvé, el que os santifico” (Lv 20, 7-8). Desde el momento en que Dios dice esa frase, la santidad tiene un sentido único en la historia humana, de tal manera que el sentido moral de la vida es el sentido más común que tienen de la santidad los cristianos que quieren llevar una vida espiritual y en general todas las gentes; también san Vicente se lo repetirá continuamen­te a los laicos, Hermanas y misioneros, hasta afirmar que “la perfección consiste en la perseverancia invariable por adquirir las virtudes y progresar en ellas y que trabajar por adquirir las virtudes es trabajar por agradar a Dios y en ello consiste nuestra perfección, amenazando a las Hermanas con el peligro de per­derse si no son más virtuosas que las religiosas”.

Y así, en el siglo XVII y más claramente cuando fue canonizado Vicente de Paúl, se acuñó la mentalidad de que santo es el hombre o la mujer que ha practicado las virtudes en grado heroico. Más que una definición de santidad era una marca que daba a conocer si una persona había sido santa. Y si es una marca de santidad, es conveniente examinar entonces qué significaba para san Vicente heroicidad. “Practicar las virtudes heroicas” no quiere decir que el santo sea un héroe que ha vivido y ejercitado las virtudes de su estado de una manera inasequible a las demás personas. Lo que quiere decir es que su santidad le ha unido tan estrechamente a Dios que Dios ha estado presente en él y ha rea­lizado todo lo que el hombre es incapaz de hacer por sí mismo. En palabras de San Vicente “esas virtudes no son virtudes comu­nes, sino virtudes de Jesucristo”60. Es el fruto del amor de amis­tad que une al santo y a Dios. Sólo el amigo de Dios que le ama, dialoga con Él y le permite que actúe en su interior, es capaz de responder a los retos que presenta diariamente vivir las virtudes cristianas que exige la santidad.

NUEVA VISIÓN DE LA SANTIDAD

Desde que salió de la Noche mística, en el interior de san Vicente de Paúl comienza a bullir otra idea de santidad. Su huida a Chátillon puede considerarse como el ansia de encontrar esa nueva santidad que se había instalado en su corazón más que en su mente. Él nunca olvidará que para entrar y salir de la Noche fue el amor al prójimo quien le abrió la puerta. En aquellos actos de amor encontró la santidad, o mejor, pienso que aquellos actos de amor eran la verdadera santidad, pues santidad y amor se identifican. Por eso, donde el Antiguo Testamente dice que Dios es santo, san Juan dice que Dios es amor.

La santidad, la unión con Dios sólo puede realizarse por el amor, porque Dios es amor, y el hombre no es nada más que un animal que ama con el amor divino, depositado en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo (Rm 5, 5). De tal manera que le lleva a san Vicente a afirmar que lo importante en la santidad ya no es cumplir la voluntad de Dios, sino cumplirla por amor a Dios. La santidad divina es, pues, la misma realidad que el amor, y la santidad humana será ya, para san Vicente, una relación de amor, el encuentro del amor humano con el amor divino en los pobres. Esta es la gran paradoja divina: que la santidad que refleja la alteridad de Dios con el mundo, lo incorpora a su santidad. De ahí la preocupación de insistir tanto a las Hermanas como a los misioneros en hacer oración y no salir nunca de ella.

Desde noviembre de 1618 hasta septiembre de 1619, san Vicente dialogó frecuentemente con san Francisco de Sales que se hallaba en París y quedó subyugado por su bondad. Su amistad le afianza en la nueva experiencia de santidad que había descubierto en el trato con la gente de Folleville, Chátillon y de los pueblos que misionaba. La unión directa con el único Santo es una exigencia de la santidad, pero incompleta. La santidad ya no es para él una línea recta hacia Dios, sino un rayo que zigzaguea de pobre en pobre donde encontramos a Dios. Idea que ya nunca abandonará, explicándosela a los misioneros: “Santo Tomás pro­pone la cuestión siguiente: ¿quién es el que más merece, el que ama a Dios y descuida el amor al prójimo o el que ama al próji­mo por amor de Dios? Y da él mismo la respuesta, diciendo que es más meritorio amar al prójimo por amor de Dios que amar a Dios sin entrega al prójimo… ya que la perfección de la ley con­siste en amar a Dios y al prójimo. Dadme a un hombre que ame sólo a Dios, un alma elevada en contemplación que no piense en sus hermanos; esa persona, sintiendo que es muy agradable esta manera de amar a Dios… se detiene a saborear esa fuente infini­ta de dulzura. Y he aquí otra persona que ama al prójimo, por muy vulgar y rudo que parezca, pero lo ama por amor de Dios. ¿Cuál de esos dos amores creéis que es el más puro y desintere­sado? Sin duda el segundo, pues de ese modo se cumple la ley más perfectamente”.

Hay varios datos que confirman que Vicente de Paúl, ha ido cambiando el sentido de la santidad, debido al trato con la gente en las misiones, primero; por influencia de san Francisco de Sales, después, y finalmente por el encuentro con las señoras de las Caridades y las Hijas de la Caridad. Primer dato, en 1602, cuando san Francisco de Sales frecuenta el círculo de Acarie, se manifiesta un contraste radical entre la concepción salesiana de santidad y la berulliana. Segundo dato, cuando en 1618 san Vicente encuentra a san Francisco de Sales, cuyos libros había leído, queda atado a su mentalidad sobre la santidad y el amor, de tal manera que le dice a santa Luisa que lea el Tratado del amor de Dios, especialmente en lo que toca a la voluntad de Dios y a la indiferencia, y que haga los Ejercicios siguiendo la Intro­ducción a la vida devota, que, por su parte, santa Luisa se lo recomienda también a las Hermanas de Angers. Tercero, pienso que este cambio de postura ante la santidad fue la causa principal por la que Olier, beruliano convencido, dejó en 1635 la atención de san Vicente para tomar la del P. Condren, superior del Oratorio.

LA SANTIDAD ES EXPANSIVA

Este nuevo concepto de santidad no es que sea más moderno, es que es el único cristiano y evangélico. No olvidemos que la santidad no es estática, porque Dios tampoco lo es. Dios sale al encuentro del hombre para que participe de su vida divina en un miento de poner la santidad en la historia del mundo. La santi­dad es algo dinámico, es la energía divina que se comunica a los hombres, les sale al encuentro, y en ese encuentro el hombre des­cubre el mundo divino.

San Vicente de Paúl comprendió bien lo que es la santidad de Dios, que no separa, sino que penetra en el mundo a través de Jesucristo, llamando a ser santos no a las personas únicamente individuales, sino a toda la humanidad, y que, por lo tanto, mientras haya pobres no puede haber santidad en el mundo, porque la pobreza es la negación de Dios y la destrucción de la Iglesia a la que Jesús incorpora a los bautizados, formando un cuerpo místico, cuya cabeza es Él y cuyo espíritu es el Espíritu Santo, y firmando la alianza de hacer santos a los hombres si cumplen el mandamiento de amar a Dios con todo el corazón, alma, fuerza y mente y al prójimo como a uno mismo (Lc 10, 27), o más conciso aún, si se aman unos a otros como Él nos amó (Jn 13, 34). San Vicente lo concretizó en amar y servir a los pobres: “¡Por la caridad, por Dios, por los pobres! Si conociera usted su felicidad, hermana, se sentiría realmente llena de gozo; pues, haciendo lo que usted hace, cumple la ley y los profetas, que nos mandan amar a Dios con todo nuestro corazón y al prójimo como a nos­otros mismos. ¿Y qué mayor acto de amor se puede hacer que entregarse a sí mismo por completo, de estado y de oficio, por la salvación y el alivio de los afligidos? En eso está toda nuestra perfección”.

CARIDAD PERFECTA

San Vicente, al equiparar la santidad con la caridad perfecta, no la considera tanto cualitativamente —en grado sumo—, cuanto extensivamente: abarcando a Dios y al prójimo. Y es que para san Vicente, si Dios llama a todo un pueblo y le hace santo, por­que ha visto su aflicción y quiere liberarlo de sus opresores, y si Jesús reúne a los bautizados en Iglesia y la convierte en su espo­sa santa, para liberar especialmente a los pobres, quiere decir que la santidad es solidaria con los pobres. Por eso, san Vicente, siguiendo a san Lucas (6, 36), a la santidad la llamará compa­sión: “El Hijo de Dios, al no poder tener sentimientos de compa­sión en el estado glorioso que posee desde toda la eternidad en el cielo, quiso hacerse hombre y pontífice nuestro, para compa­decer nuestras miserias. Para reinar con él en el cielo, hemos de compadecer, como él, a sus miembros que están en la tierra. Los misioneros deben estar llenos de este espíritu de compasión, ya que están obligados, por su estado y su vocación, a servir a los mas miserables, a los más abandonados y a los más hundidos en miserias corporales y espirituales.

Y si la santidad se identifica con la compasión quiere decir que la santidad es personal ciertamente, pero en relación comunitaria con el pobre. Así nos explicamos que, al ir creciendo su experiencia de la presencia compasiva de Dios en los pobres, la plasmará en aquel texto tan conocido: “No hemos de considerar a un pobre campesino o a una pobre mujer según su aspecto exterior, ni según la impresión de su espíritu, dado que con frecuencia no tienen ni la figura ni el espíritu de las personas educadas, pues son vulgares y groseros. Pero dadle la vuelta a la medalla y veréis con las luces de la fe que son ésos los que nos repre­sentan al Hijo de Dios, que quiso ser pobre; él casi ni tenía aspecto de hombre en su pasión y pasó por loco entre los genti­les y por piedra de escándalo entre los judíos; y por eso mismo pudo definirse como el evangelista de los pobres: Evangelizare pauperibus misit me. ¡Dios mío! ¡Qué hermoso sería ver a los pobres, considerándolos en Dios y en el aprecio en que los tuvo Jesucristo!”.

Y si la santidad en el hombre, aunque sea personal, está en relación con Dios y con los hombres, conviene volver a lo dicho interiormente. Santidad quiere decir que en Dios no hay nada terreno ni mundano, en Dios sólo hay divinidad, Dios es puro Dios, y así la santidad se identifica con su simplicidad. La conclusión que pone san Vicente es que no puede existir santidad en los hombres si no buscan la unión. Y aunque alguna vez la pone como objetivo del amor de Jesucristo, recomendándosela a los misioneros que marchaban a Irlanda, la mayoría de las veces la pone como fruto del amor en la Trinidad que hace la unión de las tres Personas divinas, modelo de la unión comunitaria. Pues la unión es la manifestación humana de la simplicidad divina, de la pura divinidad, o sea, de la santidad trinitaria lograda por el amor divino que llamamos, al igual que san Vicente, Espíritu Santo.

Benito Martínez. CEME.

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