La santidad de san Vicente de Paúl (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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LA SANTIDAD SACERDOTAL

Otra acusación que se hace a san Vicente es el haberse orde­nado de sacerdote a los 20 años, cuando el concilio de Trento Bahía establecido la edad mínima legal a los 25 años. Y se añade que Abelly falsificó la fecha de nacimiento para librarle ante sus lectores de esa irregularidad. Sólo que el Concilio de Trento fue admitido en Francia por el gobierno y el clero 14 y 15 años des­pués de ordenarse san Vicente y que Abelly escribió la Vida después de la reforma llevada a cabo por los muchos y buenos refor­madores del clero, entre ellos el Vicente de Paúl ya santo. Pero a principios del siglo era frecuente ordenarse de cura sin tener la edad canónica, de tal manera que la irregularidad se había convertido en norma regular con la condición de pedir luego la dis­pensa a Roma. Coste cita una carta de la Secretaría de Estado al nuncio de Paris extrañándose del gran número de sacerdotes franceses ordenados antes de la edad canónica y que pedían regular su situación: Uno de los motivos, si no el único, por los que Vicente fue a Roma, meses después de ordenarse, segura­mente fue el de arreglar su situación. Y pienso que para el joven sacerdote Vicente no fue un trauma ni un pecado. La norma había sido modificada por la costumbre, con tal de acudir luego a Roma. Y así en una conferencia a los misioneros en 1642, expresa, como lo más natural, “la idea de enviar a Roma a los que no tuviesen la edad para ser sacerdotes y obtener de Su San­tidad el poder ordenarse antes de la edad”.

De la carta que escribirá años más tarde al canónigo de San Martín, diciéndole que “si hubiera sabido lo que era el sacerdo­cio, cuando tuvo la temeridad de entrar en ese estado, como lo supo más tarde, hubiera preferido quedarse a labrar la tierra”, nada se infiere contra el modo de entrar, sino contra la temeridad de ser sacerdote por la grandeza y santidad de su naturaleza y ministerios que le había descubierto Bérulle; así se lo escribía a un abogado un año antes de morir: “Y está tan metido en mí este sentimiento que, si no fuera ya sacerdote, no lo sería jamás”.

LA SANTIDAD MINISTERIAL

Nada más ser ordenado sacerdote, intentó ser párroco de Tihl, una parroquia cercana a su pueblo natal. No lo logró, pero lo intentó. Y no se concluya que era para vivir cómodamente de sus rentas. Que únicamente fuera por ese fin, es una afirmación gratuita. Cuando más tarde fue nombrado párroco en Clichy y en Chátillon, lo fue de verdad.

Es cierto que ordenado sacerdote estuvo once años sin cura de almas. Era lo común entonces y no escandalizaba a nadie. Hacia 1600, año de la ordenación de Vicente de Paúl, para 18 millones de habitantes había en Francia alrededor 100.000 sacerdotes secu­lares y otros cien mil regulares. Los sacerdotes con cura de almas eran una minoría. La mayoría buscaba ocupación como sustitutos temporales, parecidos a muchos trabajadores actuales con contra­to temporal. Todos los curas querían tener cura de almas, pues no se olvide que la cura de almas era un beneficio con remuneración muy apetecida, y quien lo lograba era un agraciado con buenas aldabas. Muchos sacerdotes una vez logrados algunos beneficios se retiraban a su país natal para vivir de su patrimonio. Esta costumbre absorbía los excedentes sacerdotales, dedicándoles a funciones pastorales secundarias. Lo que debemos evitar es un doble anacronismo: Uno, considerar el sacerdocio con mentalidad moderna, creyendo que todo el clero del siglo XVII conocía y vivía el ideal sacerdotal defendido por Bérulle, san Vicente maduro y otros reformadores, cuando los católicos se habían acostumbrado a considerar el sacerdocio como una institución social más que un sacramento de salvación. Y otro, catalogar la noción de santidad de entonces con mentalidad del siglo XXI.

Conviene aclarar el anacronismo de atribuir a la época en que vivió san Vicente las mismas características religiosas de nuestra época. Hoy en general los hombres y la sociedad prescinden de Dios. Ni le destruyen ni le hacen desaparecer, sencillamente no se preocupan de él. Lo que quieren es poner en evidencia que la ciudad vive sin Dios o sin dioses, que ningún Dios tiene poder en la vida ciudadana ni siquiera en la de aquellos hombres que continúan creyendo en él. Y así están logrando que desaparezcan el poder y la influencia de Dios en la vida de la sociedad y, por lo tanto, también se ha diluido la religión de muchos en cuanto conjunto de creencias y costumbres que los religan con Dios. Sin embargo, la dimensión religiosa del ser humano que lo relacio­na con un dios sagrado está presente en muchísimos hombres, en muchos más de lo que se piensa.

De entre estos, hay muchos que buscan, que buscamos la san­tidad, pero dentro de una sociedad indiferente hacia lo sagrado y que silencia o excluye la influencia divina en las ciudades. La san­tidad, la relación y la unión con Dios la buscamos por caminos y medios distintos de aquellos que vivían los hombres del siglo XVII.

EN LOS CÍRCULOS ESPIRITUALES DE PARIS

A finales de 1608 llega a París. Parece que después de termi­nar sus estudios en Toulouse estuvo en Roma y, según cuenta él, dos años cautivo en Túnez. Aunque algunos biógrafos lo han puesto en duda, yo lo admito por la única razón que una aventu­ra tan descabellada no podía contarla como cierta nada menos que a un juez y abogado de Dax, que podía verificarlo con bas­tante probabilidad. Vicente ya tenía 27 años cuando lo escribió y sabía lo que escribía. Era un hombre hecho y derecho, con una personalidad madura, en una época en que la precocidad era mucho mayor que en la actualidad. No se olvide que los niños a los diez años pasaban a ser hombres. No existía la adolescencia ni la juventud tal como son concebidas hoy día. En las cartas que envió al señor de Comet no parece que Vicente considerara su cautividad como un castigo de Dios por su mala vida o por haber usurpado el sacerdocio. Él se presenta como un sacerdote bueno, que quiere vivir bien su vida sacerdotal, aunque al estilo de entonces, y pienso que este trance doloroso logró avivar más la devoción sacerdotal que guardaba dentro de él.

En París, hacia 1602, comenzaban a bullir círculos de espiri-tialidad36. Uno de los más famosos era el que se reunía en el palacio de Bárbara Juana Avrillot, esposa de Pedro Acarie; de ahí el nombre por el que se la conocía, señora Acarie y, una vez viuda y haber profesado en las carmelitas, por María de la Encar­nación (beata). Círculo frecuentado por su primo Pedro Bérulle, Andrés Duval, Ángel de Joygeuse, Benito de Canfield, Brétigny, ( iallemant, Miguel de Marillac, la marquesa de Maignelay, per­teneciente a la familia Gondi, y otros espirituales. Todos ellos seguían las inspiraciones del cartujo dom Baucousin y la espiri­tualidad renanoflamenca a través de la Perla evangélica, el Breve compendio de Isabel Bellinzaga (Gagliardi), de la Regla de Perfección de Benito de Canfield y de los escritos de santa Catalina de Génova. La mayoría de ellos leía también los escri­tos de santa Teresa de Jesús, y algunos, los de san Juan de la Cruz. Por lo que sucedió meses más tarde pienso que Vicente de Paúl tomó contacto con esos espirituales al poco de llegar a París bien porque él buscaba directamente la santidad o porque ellos descubrieron en aquel joven sacerdote ansias de santidad y le invitaron a sus reuniones. Todos ellos buscaban la santidad

como decía Bérulle, la divinización— a través de la oración contemplativa y el desprendimiento.

Es momento ya de ver el sentido que ha tenido la santidad a lo largo de la historia y concluir que la santidad es un atributo exclusivo de Dios. Santidad es una traducción, a través del latín, de las palabras griegas agiotes y osiotes. La primera encierra la idea de separado del mundo, trascendencia, pureza, simplicidad, en Dios sólo hay divinidad sin mezcla ni mancha ni nada de terreno. Y la segunda, firmeza y permanencia. Ambos atributos corresponden en exclusividad a Dios. Cuando digo atributo, no quiero decir una cualidad que posee Dios, como la justicia o la omnipotencia; la noción de santidad se refiere a la divinidad consi­derada en sí misma. Por eso es fácil identificarla con su trascenden­cia y su gloria, a pesar de la inefabilidad divina. No hay que consi­derar, sin embargo, la santidad como algo estático, sino dinámico hacia la creación. Cuando el hombre se encuentra con esta energía divina, con la santidad, queda santificado. De ahí que santo es sólo Dios, y todo hombre que está unido a Dios es también santo, al igual que todo aquello que nos une a Él. Lo que no está unido a Dios es terreno, y pecado, si voluntariamente nos separa de Dios o nos impide unirnos a Él. La santidad en el hombre, es por lo mismo, expresión de un encuentro entre Dios y el hombre.

Muchos conventos situados a lo largo del Rin desde Suiza hasta Flandes, vivieron la santidad, en cuanto relación unitiva con Dios, de acuerdo con los escritos de san Gregorio de Nisa, el pseudo Dionisio y Eckhart, buscando en la contemplación infu­sa una unión esencial con Dios. Es la espiritualidad renano-flamenca que seguían Bérulle y los espirituales del círculo de Acarie. Estos espirituales concebían la santidad como una línea recta dirigida por un extremo hacia Dios, al que se debía alcanzar por la oración contemplativa, mientras que por el otro extremo se separaban de lo creado por medio del desprendimiento de todo lo terreno hasta el anonadamiento total. De ahí ese unirse con Dios en la oración mística prescindiendo de todo lo creado, aun de las facultades del alma —unión esencial— y hasta de la misma Humanidad de Jesús. Es cierto que Bérulle pasó del teocentrismo al cristocentrismo, pero al Cristo Dios, definiendo la santidad como la unión con la divinidad manifestada en la humanidad divinizada de Cristo.

Con estos espirituales comenzó a relacionarse Vicente de Paúl al llegar a París, contagiándose de su espiritualidad de tal manera que sólo un año antes de morir dirá a los misioneros: “¿Qué es la santidad? Es el desprendimiento y la separación de las cosas de la tierra, y al mismo tiempo el amor y la unión con su divina voluntad… es romper el afecto a las cosas terrenas y unirse con Dios”. Sacerdote bueno, también él se dio a la oración y al desprendimiento personal en busca de la santidad. Puede pare­cer que esta afirmación no esté muy de acuerdo con la carta que envió dos años más tarde a su madre en la que presenta una serie de ambiciones materiales que no respiran desprendimiento. Tal como lo pensamos nosotros en el siglo XXI, no; tal como lo pensaban aquellos espirituales de comienzos del siglo XVII, sí. Vuelvo a indicar que el anacronismo es un disparate en la historia.

  1. DESPRENDIMIENTO

Hay que tener presente que las categorías sociales de aquella época eran consideradas como queridas por Dios, y todos los hombres debían intentar ascender en la escala social por medios lícitos. Se sentía una obligación hacer fructificar los talentos que Dios daba a cada hombre para escalar o comprar puestos en la pirámide social. Todo ello estaba admitido por la corte, la socie­dad y la Iglesia, y hasta reglamentado. A quienes llegaban a los puestos de la nobleza, alcanzados o comprados, se les asignaba el título de nobles de toga. Un año antes que san Vicente escribie­ra la carta a su madre, san Francisco de Sales publicaba la Intro­ducción a la vida devota, como una conclusión a la que había lle­gado desde que aparecieron la Devoción moderna y los Ejercicios de san Ignacio de Loyola para presentar la santidad en todos los estados sociales. Idea resaltada más firmemente aun por los hugo­notes al defender que el éxito económico y social en esta vida son signo de estar predestinado por Dios a la salvación eterna.

El desprendimiento que propugna la espiritualidad renano-flamenca es el desprendimiento interior, en especial del amor pro­pio, el anonadamiento interior en cualquier estado social. Y san Vicente comenzaba a adquirirlo cuando fue acusado de robo y su única defensa fue decir Dios sabe la verdad. No fue ese lance el comienzo de una conversión, era el avance continuo y natural en el camino de la santidad, por el que ya caminaba desde joven. Ni por un momento parece que se le ocurriera decir que un muchacho le había llevado la botica, y aceptó la calumnia como un desprendimiento interior. Cuando el juez de Sore lo denigró delante de Bérulle y sus amigos, san Vicente estaba entre espiri­tuales que comprendían y aconsejaban esa postura. Hay con­tradicción entre lo que he dicho y la carta a su madre, sólo si no se comprende la diferencia que existe entre el desprendimien­to interior de las facultades y la situación social en la que vive cada persona. Era una interpretación puntual que también admi­tía san Vicente4° de la primera Bienaventuranza, la de los pobres de espíritu.

Nos viene así otro aspecto de santidad que siempre ha estado presente en la humanidad, incluido el cristianismo: el rechazo o desprendimiento del mundo. Hasta el Concilio Vaticano II, se puede decir que en general la espiritualidad cristiana tenía de la creación una visión dualista de origen neoplatónico transmitida por el agustinismo: alma y cuerpo, pasiones y virtudes, natural y sobrenatural, mundo y Dios, etc. y, aunque la teología ha recor­dado que lo sobrenatural no anula ni sustituye ni disminuye lo natural, sino que supone la naturaleza, la cura, la perfecciona y la eleva , sin embargo, entre muchos cristianos se había llegado a la conclusión que la santidad incluye el desprecio del mundo, el contemptus mundi, interpretando de una manera vulgar a san Juan42. Se defendía que la santidad es algo sobrenatural, y que cuanto más se vive lo natural, menos sobrenatural es una perso­na. Ya desde los padres del desierto y los orígenes del monacato, se consideraba la santidad como el alejamiento y aun el despre­cio del mundo, arrastrando a muchos hombres y mujeres a los monasterios y conventos. La Iglesia ayudaba a las religiosas a desprenderse del mundo por medio de la clausura de grandes muros y fuertes verjas. Cierto que no se puede negar que la ascesis y la mortificación están en el evangelio y ningún cristiano Ruede rechazarlas; son expresión común de toda vida espiritual, hasta llegar a formar en aquellos años uno de los puntales de cualquier vida espiritual. El mismo san Vicente las aceptaba corno parte del evangelio y se las exponía a santa Luisa como el plan de vida espiritual que debían llevar las jóvenes que empe­zaban a ser Hijas de la Caridad: “Dígales en qué consisten las virtudes sólidas, especialmente la de la mortificación interior y exterior de nuestro juicio, de nuestra voluntad, de los recuerdos, (le la vista, del oído, del habla y de los demás sentidos; de los afectos que tenemos a las cosas malas, a las inútiles y también a las buenas”’.

Siguiendo el dualismo corriente y cierto pesimismo agusti­niano propio de la época, San Vicente, sin acercarse al calvinismo ni llegar al jansenismo, también estaba convencido de que la naturaleza era mala y llevaba al pecado: “Pues mirad, —decía a las Hermanas— lo mismo pasa con la vida de los hombres que han salido de la masa corrompida del mundo para servir a Dios. Es una vida que no va según la naturaleza, porque… seguir la naturaleza es ir hacia abajo. Por eso no cuesta ningún esfuerzo, dado que es como la corriente de agua que nos inclina a esas cosas… Si no seguimos mortificándonos continuamente y yendo contra nuestras inclinaciones, si dejamos a nuestros ojos en liber­tad para que miren todo lo que se presenta, evitando sobre todo mirar a un hombre en la cara —no hay que hacer eso nunca, a no ser por necesidad—, inmediatamente nos disipamos y vamos hacia abajo”.

Así el desprendimiento del mundo se equiparaba a la santi­dad, dando a los religiosos el apelativo de vivir en un estado de perfección, como si la santidad fuera propia de los religiosos. Aparentemente también san Vicente lo admitía y decía: de las dos clases de personas que hay en el mundo, “unas están en sus ocupaciones y no se preocupan nada más que del cuidado de su familia y de la observancia de los mandamientos; las otras son aquellas a las que Dios llama al estado de perfección, como los religiosos de todas las órdenes y también aquellos que Él pone en comunidades, como las Hijas de la Caridad, que… no dejan de estar en este estado de perfección, si son verdaderas Hijas de la Caridad”. Digo aparentemente porque años más tarde reto­cará esta mentalidad: “Del religioso se dice que está en estado de perfección, no que sea perfecto; pues hay que establecer una diferencia entre estado de perfección y ser perfecto;… aunque el religioso haya hecho lo que dijo nuestro Señor, esto es, vender todos los bienes y dárselos a los pobres, si ustedes quieren, no por eso es perfecto, aunque esté en el estado de perfección”.

¿Qué es entonces la santidad? —se preguntaba san Vicente— Y respondía: “Es el desprendimiento y la separación de las cosas (le la tierra, y al mismo tiempo el amor a Dios y la unión con su di vina voluntad. En esto me parece a mí que consiste la santidad. Si uno de los dos extremos de la santidad es el despren­dimiento del mundo, el otro extremo es la unión con Dios por medio de la contemplación infusa. Esta mentalidad llevó a mucha gente a dedicarse a la oración en busca de la contempla­ción y a identificar oración contemplativa con santidad y el fiado de santidad con la altura de la contemplación. Aunque no h diga con plena claridad, también san Vicente lo indica en la conferencia que dio a las Hermanas el 31 de mayo de 1648, y se lo sugiere a un misionero: “Ya sabe usted, padre, que aunque la vida contemplativa es más perfecta que la activa, no lo es más que aquella que comprende a la vez la contemplación y la acción, como es la suya, gracias a Dios”.

Benito Martínez. CEME.

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