La santidad de san Vicente de Paúl (I)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidadLeave a Comment

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Acepto con gusto el título de la charla: “La santidad en san Vicente de Paúl”, primero, porque al poner en san Vicente me da libertad para hablar, bien de su santidad personal bien de las ideas que tenía sobre la santidad, soslayando el peligro de separar persona, vida y pensamiento; y segundo, porque prefiero la pala­bra santidad a la palabra perfección o a la frase plenitud de vida. No me gusta la palabra perfección porque, ya por definición, nunca la alcanzaremos, pues “perfecto es aquello a lo que nada le falta, ni cuantitativa (perfecto, en este sentido, significa acabado) ni cualitativamente (es perfecto, en este sentido, lo que no puede ser mejorado ni rebasado)”. Y el hombre siempre es perfeccionable. Llegar a la perfección es imposible para un ser humano crea­do. Así lo afirmaba también san Vicente. Por su parte, la expre­sión plenitud de vida cristiana tiene idéntico significado, pues ¿qué hombre o mujer puede alcanzar la plenitud de vida? Plenitud es sinónimo de perfección cualitativa o de totalidad cuantitativa y el ser humano es incapaz de alcanzarlas. Plenitud y perfección son atributos exclusivos de Dios y nunca, aunque quiera, se los podrá conceder a un ser humano, que por ser creado es ya imperfecto y limitado. Me diréis que la santidad es exclusiva igualmente de Dios, y es cierto, pero hay varios matices esenciales que las dife­rencian: uno, que la perfección y la plenitud no tienen grados, son el no hay más, y a este summum el hombre no puede llegar ni con la ayuda divina, mientras que la santidad tiene grados, más o menos, y algunos de esos grados están al alcance de los seres humanos, con la ayuda de Dios; dos, que ya sólo el esfuerzo de santificamos, nos hace santos, pero no perfectos; y tres, que por el bautismo somos entregados al Padre y, por ello, somos santos e hijos de Dios, mas no perfectos. Se puede achacar que perfección, según la Biblia, en su acepción moral significa bueno, fidelidad a la voluntad divina4. Lo que pasa es que estamos hablando en cas­tellano, y en castellano —y en la mayoría de las lenguas actuales—tiene el sentido que le he dado. Es cierto que santidad es una expresión que, para algunos, suena a algo pasado, arcaico, mien­tras que perfección y plenitud de vida parecen expresiones más modernas y están más de moda’.

Los IDEALES TERRENOS Y LA SANTIDAD

Algunos biógrafos modernos se han escandalizado porque autores anteriores presentaran a Vicente de Paúl santo ya desde niño y han intentado retratar a un adolescente o a un joven alejado del ideal cristiano de santidad y que necesitó una conversión para encaminarse a la santidad. Nos los han pintado a él y a la familia como unos campesinos pobres que escogen por egoísmo a uno de sus miembros, sin preocuparse si el chaval tiene vocación, para que los saque de la pobreza a través del entramado clerical y sacer­dotal, considerado como un empleo terreno más que como un ministerio eclesial. No estoy de acuerdo con el fondo de la tesis, y me parece oportuno indicar ya desde ahora que la santidad de Vicente de Paúl no fue fruto de una conversión en sentido de ruptura, sino la evolución natural de su piedad juvenil. Veamos.

Primero, la vocación no era considerada por los contempo­ráneos del joven Vicente de la misma manera que hoy día. En la primera mitad del siglo XVII se pensaba que para tener vocación bastaba desear ser sacerdote, ya que el sacerdocio es el más gran­de de los ministerios que puede ejercer un hombre y, por ello, quererlo es lo mejor que se puede desear. Es la idea que propa­gará san Francisco de Sales, y es la idea que defendía san Vicen­te hasta 1636, cuando le convence más la idea del Oratorio de Bérulle de que la vocación personal es una llamada de Dios. Cuando el hijo de Luisa de Marillac, Miguel, duda de su voca­ción, san Vicente consuela a la madre, diciéndole: “Ayer vino acá su doble primo el señor de Rebours. Quedamos de acuerdo en que lo mejor para su hijo es el estado eclesiástico”. Sin más, como si fuera una de las profesiones del mundo, aunque, cierto, añade: “Su temperamento parece tender más bien a él que al mundo”. Y ya está. Así se concebía la vocación entonces; y si ahora no siente atracción, es decir, no tiene vocación, es “que quizás ha sido ese joven el que ha embarullado su fantasía en esto… pero que, si las cosas se le representan debidamente, la razón volverá a ocupar su puesto”. La razón, no la llamada.

Esto pensaba san Vicente de Paúl hacia 1635, cuando nadie niega que ya fuera un santo.

—Pero, en cierto modo, tampoco parece un disparate en la actualidad, pues no se puede admitir que la respuesta a la llama­da divina tenga que ser una respuesta desencarnada; al contrario, la respuesta vocacional encierra una motivación personal y social convertida en mediación divina. No cabe duda que hay “vocaciones” que son llamadas explícitas de Dios a determina­das personas, tal como lo hizo a Moisés, a los Apóstoles o a san Pablo y Matías. Igualmente hay llamadas a una persona concre­ta para entrar en una determinada Institución Religiosa, como aparece en la vida de algunos santos. Pero no se olvide que lo más natural es que Dios manifieste su voluntad a través de la naturaleza creada por Él para que cada hombre extienda el Reino de Dios, le dé gloria y encuentre su felicidad. La manifestación del llamamiento divino no está expresada claramente y al hom­bre puede quedarle alguna duda de cual sea en concreto la volun­tad de Dios. De ahí que esta llamada divina admita diversas respuestas humanas. Dios respeta la capacidad de iniciativa racional de la libertad del hombre. Vicente dio una respuesta desde su situación y desde la situación del mundo. Era una res­puesta racional, de acuerdo con el modo de pensar entonces, sabiendo a qué se comprometía y con la decisión de cumplir las obligaciones que entrañaba la vocación elegida de ser sacerdote. Y Dios admitió como buena esta respuesta positiva, porque en ese género de vida, de acuerdo con las situaciones personales, familiares y sociales, podría darse el encuentro entre el hombre terreno y el Dios santo, podría encontrar la santidad.

Segundo, no se puede aplicar al campesino del suroeste fran­cés la situación social y económica que los historiadores aplican a los campesinos del resto de Francia. El País Vasco, el Bearnés, Guyena y Gascuña eran Países de Estado con Parlamento, admi­nistración y tributación autónomos que habían creado un campesinado propietario de sus tierras sin que apenas hubiera arrenda­tarios. La familia de Paúl no era pobre, aunque sí pauperable, como todo campesino, en tiempos de guerra o malas cosechas.

Por parte de su madre, parece que los Moras eran burgueses y Señores de Peyroux, a 20 kms. al sur de Dax, con una serie de derechos sobre los habitantes y tierras del pueblo, como la justi­cia, el orden, la imposición de su horno, molino, lagar, etc., por los que recibían tributos y rentas, al tiempo que se liberaban de muchos impuestos. Parece también que varios hermanos de su madre eran abogados y funcionarios y que alguien de la familia Moras, acaso los abuelos de Vicente de Paúl, tenía casa en el pueblo de Puy, como residencia permanente o para pasar algunas emporadas.

Por parte de su padre, los Paúl eran campesinos fuertes, con tierras, bosque y ganado en Puy y en otras partes cercanas a Dax, como en el pueblo de Saint-Paul. Al ser una familia de funcio­narios, burgueses y campesinos pudientes, se supone que tenía influencias en el entramado social. Por eso se puede decir que Vicente de Paúl pertenecía a una familia capacitada y autorizada por la costumbre y la mentalidad social de la época para aspirar a más, para medrar en la escala social y eclesial sin contradecir a la santidad. Así lo vemos igualmente en las familias de Saint-Cyran, Bérulle, Francisco de Sales, Arnauld, Marillac, Attichy, etc. Y así lo pretendieron san Vicente y santa Luisa para el hijo de ésta, Miguel Le Gras. Esta costumbre únicamente era realiza­ble para las familias que podían tener influencia en la colación de beneficios clericales que pertenecían al rey, a los nobles, a la alta burguesía o al alto clero. Y si era realizable, quiere decir que se consideraba normal. Añadamos que lo corriente en aquel siglo era que los segundones de estas familias entraran en la adminis­tración pública, en los conventos o en el estado clerical. Ningu­na de estas aspiraciones se oponía directamente a la búsqueda de la santidad, porque entonces era impensable la separación de mundo y trascendencia. La sociedad francesa era de tipo sacral; lo sagrado lo impregnaba todo y no había distinción entre social, político y religioso, como puede verse en las llamadas Guerras de Religión y en las personas que llegaron a santas y que, desde niños, habían sido entregadas a los conventos o a la Iglesia como abades, abadesas, obispos o sencillos frailes, monjas y sacerdotes. A finales del siglo XVI, tener o no tener vocación dependía gene­ralmente del beneficio familiar y de las necesidades de la Iglesia. Santo Tomás y el Concilio de Trento tan sólo le piden al sacerdo­te moralidad de vida y ciencia para desempeñar su ministerio’ 1. La noción de una vocación personal fue una novedad en la Francia del siglo xvii introducida por Bérulle, Olier, Bourdoise y los oratorianos, sulpicianos y sacerdotes de San Nicolás de Chardonnet.

La familia Paúl-Moras, a iniciativa del señor Comet, —empa­rentado colateralmente con los Moras— escogió, con el asenti­miento de Vicente, el estado clerical. ¿Por qué? Pienso que, por un lado, le consideraron con capacidad suficiente para llevar los estudios eclesiásticos y llegar alto en la Iglesia. Cuando, a los quince años, fue a estudiar al colegio de Dax, pasó de golpe tres cursos y en sólo dos años se preparó para estudiar teología, ade­más de considerársele con aptitud para ser preceptor de los hijos del juez Comet. Lo cual supone que de niño, aunque guardara el ganado, tuvo profesor particular, bien en su casa, bien, y es lo unís probable, en las temporadas que pasaba en casa de sus abue­los maternos. Y por otro lado, porque vieron en él cualidades pia­dosas. A pesar de aparecer en el futuro con un carácter sombrío, duro y brusco, tenía un temperamento afectivo y compasivo: devoción infantil a la Virgen, limosnas de puñados de harina o de 10 sueldos a los pobres, lágrimas cuando a sus veinte años y recién ordenado sacerdote va a Roma y ve la tumba de los após­toles, llanto cuando visita a sus parientes y renuncia a ayudarlos económicamente. Años más tarde exclamará: “¿Piensa usted que no quiero a mis parientes? Les tengo todos los sentimientos de ternura y de cariño que otro cualquiera puede tener por los suyos, y este amor natural me apremia bastante para que les ayude”. Era     un joven bueno que pensaba cumplir con las obligaciones
sacerdotales y también, sin duda, buscar el bienestar material que, para la gente de entonces, no se oponía a una vida sincera de sacerdote, como tampoco hoy día se opone a la santidad el deseo de familias buenas de que sus hijos estudien, se gradúen y aspiren a puestos de relieve en la sociedad y en la Iglesia.

Tampoco se oponían para Vicente de Paúl, cuando ya era santo, en 1638, y escribía a santa Luisa sobre el futuro de su hijo Miguel: “He hablado con el señor Pavillon de su hijo; creo que es conveniente que acabe la teología, que se haga sacerdote, que se ejercite algún tiempo en los ejercicios de piedad convenientes a los eclesiásticos y, una vez hecho esto, no pongo ninguna difi­cultad en que el señor Pavillon lo reciba. Aparte de esto, el joven sería inútil a dicho señor Pavillon y tendría una pena insoporta­ble viéndose en unas montañas en la extremidad del reino, sin hacer nada, e inútil para todo cargo. En nombre de Dios, señori­ta, créamelo: yo sé lo que es esto. Espero que, si su hijo hace lo que acabo de decir, no le faltarán buenos empleos; si Dios quie­re mantenerme en vida, le prometo cuidar de él como si fuera de mi sangre”. Parece que san Vicente no oponía la santidad al deseo de medrar en la sociedad y en la Iglesia. Más, me da la sensación de que san Vicente consideraba este anhelo humano como el resultado de una programación que hubiese hecho Dios al crear el universo y, de acuerdo con la naturaleza, quedase pro­gramado en el hombre el amor propio, la responsabilidad y la lucha por la felicidad personal, como si la santidad no fuera nada más que vivir según la naturaleza humana programada por Dios, cumpliendo, así, su voluntad.

SANTIDAD Y LA VOLUNTAD DE DIOS

Porque cumplir la voluntad de Dios entraba de lleno en el concepto de santidad que tenía Vicente de Paúl, y que en el fondo es admitido también en la actualidad. Un día le escribió a santa Luisa: “¡Qué poco se necesita para ser santa: hacer en todo la voluntad de Dios!”15. Cuando el santo comenzó a dirigirla, la machaca con la idea de cumplir la voluntad de Dios, para que él y ella tengan siempre un mismo querer y no-querer con Dios, pues es el fin al que han tendido los santos y sin ello nadie puede ser feliz, hasta declararle ella que había sido él quien le había enseñado a amar la voluntad de Dios tan justa y misericordiosa. Es cosa natural, por lo tanto, que ella, su mejor discípula, la seño­rita Le Gras, dijera a una señora que la santidad consistía en la unión de la voluntad del hombre con la de nuestro buen Dios, por­que también san Vicente declaraba rotundamente que la santidad consistía en hacer siempre y en todo la voluntad de Dios, hasta tal punto que su voluntad y la nuestra no sean nada más que una.

Y ésta era también la idea de todos los espirituales de entonces. Ante tantas calamidades, guerras y enfermedades de origen des­conocido contra las cuales los hombres y la ciencia se sentían impotentes, aquella gente religiosa se lo atribuía al querer de Dios; la gente consideraba el mundo dirigido por la Voluntad divina que por medio de su Providencia actuaba castigando con guerras y catástrofes naturales o premiando con la paz y las buenas cose­chas. Al hombre, arrepentido o agradecido, sólo le tocaba aceptar el beneplácito divino” sin adelantarse a su providencia. Algunas veces san Vicente añade expresiones espirituales más místicas, identificando el querer de Dios con su amor benevolente al inundo, pero en el fondo nunca abandonó la interpretación ascéti­ca de permanecer ante el querer de Dios como los soldados a las órdenes de los mandos o como los mulos ante su amo.

Se podrá objetar que eso no es santidad, que cumplir la volun­tad de Dios de este modo es un determinismo que lleva a consi­derar a Dios un déspota que exige a los hombres una obediencia ciega, anula la libertad humana y convierte al hombre en un autómata y a la divinidad en Deus ex machina’. Pero guste o no guste, hay que admitir que aquellos espirituales, incluido san Vicente, intentaban ser santos movidos por esta mentalidad. Aunque ciertamente Vicente de Paúl, hombre práctico más que teórico, que se guiaba más por la experiencia espiritual que por una ideología, en la vida ordinaria humanizaba la doctrina. Para él el problema no está en cumplir la voluntad de Dios, que hay que cumplirla siempre, sino en saber cuál es la voluntad de Dios y dónde está. Y así divide la voluntad humana en pasiva y activa. Ante lo mandado o prohibido, es decir, ante el pecado o la bondad, la voluntad de Dios está clara, como igualmente está clara su voluntad ante los sucesos naturales que se presentan como inevitables o ineludibles: aunque haya que luchar por evi­tarlos, cuando no se los pueda eludir, hay que acatar pasivamen­te el querer de Dios, considerado como el gran Programador de este PC que es el universo. Viéndolo bajo este aspecto, podemos decir que no está lejos de lo que modernamente algunos llaman el designio inteligente.

En los demás acontecimientos de la vida la voluntad de Dios no se presenta con toda claridad y le toca a la inteligencia huma­na descubrirla y a la libertad del hombre, cumplirla activamente, siguiendo a Jesús y guiadas por el Espíritu Santo, de acuerdo con el objetivo que Dios ha dado a los hombres de amarse mutuamente y que Vicente de Paúl concreta personalmente como el de hacer felices a los excluidos. De ahí sacará una serie de conse­cuencias sobre la voluntad de Dios: Dios ha creado el universo que evoluciona y se rige —expresión de su voluntad— de una manera racional. Su voluntad es que todo ser creado, especial­mente el hombre, actúe y se gobierne por la razón. Deduciendo el santo que todo lo que es racional es voluntad de Dios, pues Dios no puede contradecirse. Pero Dios ha puesto en la creación un programa de amor siempre en bien de los pobres, y esta voluntad de Dios se antepone a cualquier otra, aun a la manifestada en las Reglas. Al servirlos y evangelizarlos, lo racional es buscar la voluntad divina en los evangelios, en las Reglas, obedeciendo a los superiores, orando, consultando a los entendidos, analizando las causas y los sucesos de la vida, pues Dios habla a través de él los siempre en bien de los pobres. Pero en última instancia es el hombre libre el que decide guiado por la razón y la prudencia.

Es así como san Vicente hace de cada suceso una experiencia espiritual, y concluye que es la razón del hombre la que descubre la voluntad divina que, a su vez, atrae a la voluntad humana a su cumplimiento, implicando de este modo, para alcanzar la santidad, a la libertad humana, hasta tal punto que, al ser el hombre de buena voluntad quien discierne lo que es voluntad de Dios, es él el que decide y ejerce su voluntad, convencido, eso sí, de caminar de acuerdo con la voluntad divina. ¿Qué es si no lo que dice a santa Luisa?: “Estoy seguro de que usted quiere y no quiere lo mismo que Dios quiere o no quiere, y que no está jamás en disposición de querer y no querer más que lo que nosotros le digamos que nos parece que Dios quiere o no quiere… Si su divina Majestad no le hace conocer, de una forma inequívoca que Él quiere otra cosa de usted, no piense ni ocupe su espíritu en esa otra cosa. Déjelo a mi cuenta; yo pensaré en ella por los dos”. Y así, hay frases dichas a santa Luisa que nos aturden: “Sí, señorita, ciertamente le ayu­daré a cumplir la voluntad de Dios, mediante su gracia y el buen uso que Él la hará hacer de ella; y creo, efectivamente, que con­vendrá que vaya a los pueblos, cuando esté usted un poco más fuerte, para acabar de robustecerse”. “Y si no tiene la posibili­dad de suplir su falta (sustituir a una Hermana), parece ser que la voluntad de Dios es que ella espere, pase lo que pase”’. “Ya que la voluntad de Dios es que nos acomodemos a las circunstancias de las personas, de los lugares y de los tiempos”’. O la que escribió al señor de Comet sobre la muerte de su hermano: “El no murió cuando murió porque Dios lo hubiese previsto así o decidido que el número de sus días fuese tal, sino que Dios lo previó así y el número de sus días fue conocido que era el que era, por haber muerto cuando murió”. Todo esto lo escribía un santo. Y me pregunto, ¿para él, quién cumple la voluntad de quien? La respuesta puede ser discutida, pero no se olvide que algunos historiadores, al considerar la fundación de las Carida­des, la Congregación de la Misión, las Hijas de la Caridad, los ejercicios a ordenandos o las Conferencias de los martes como el resultado inmediato de un acontecimiento, han concluido que para san Vicente la Voluntad de Dios se confunde con la expe­riencia vivida en los sucesos.

Benito Martínez. CEME.

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