La salvación que viene de abajo: Hacia una humanidad humanizada

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Autor: Jon Sobrino · Año publicación original: 2006 · Fuente: Concilium 314 (2006) 29-40.
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La intuición fundamental de este artículo es que del mundo de los pobres viene salvación. No sólo viene de este mundo, pero desde él surgen elementos e impulsos de salvación que difícilmente provienen de otros mundos. En el mundo de los pobres hay algo que humaniza y que es diferente, y aún contrario, a lo que prima en el mundo de la abundancia: alegría, creatividad, paciencia, arte, esperanza, solidaridad… Y de ahí surge la esperanza de un mundo “humano”.

Una novedad epocal: dejarse salvar por los pobres

El mundo de los pobres

Hace poco escribía J. Comblin estas palabras: “En los medios de comunicación se habla de los pobres de forma siempre negativa, como los que no tienen bienes, los que no tienen cultura, los que no tienen para comer. Visto desde fuera, el mundo de los pobres es todo negatividad. Sin embargo, visto desde dentro, el mundo de los pobres tiene vitalidad, luchan para sobrevivir, inventan trabajos informales y construyen una civilización distinta de solidaridad, de personas que se reconocen iguales, con formas de expresión propias, incluidos el arte y la poesía”.

Con estas palabras se afirma que en el mundo de los pobres hay valores importantes que, además, construyen una civilización de solidaridad. Y no es una opinión aislada. Con frecuencia hemos podido comprobar en El Salvador, de gente que nos visita, que entre los pobres han visto la irrupción de lo humano en forma inesperada –y para algunos también de lo divino. También en España, en medio de la catástrofe del Katrina, una diputada de una autonomía española confesaba su emoción incontenible, su asombro y agradecimiento por el apoyo que ellos, blancos y extranjeros, habían recibido de los negros, pobres e inmersos en horrores espantosos. Los testimonios se pueden repetir ad infinitum.

En el mundo de los pobres hay, pues, algo que humaniza y que es diferente, y aún contrario, a lo que prima en el mundo de la abundancia. Como dice Nicolás Castellanos, obispo español, en Bolivia desde 1992: “en los países ricos sobran los medios y faltan razones para vivir, mientras que en los países pobres faltan medios y sobran razones”. Y esto permite formular la utopía de la “civilización de la pobreza”, contraria y alternativa a la “civilización de la riqueza” (Ellacuría).

Como Lutero que buscaba un Dios benévolo, muchos buscan hoy una “humanidad benévola, humana“, lo cual no es ninguna redundancia, y no la encuentran ni en la globalización, ni en ordenamientos democráticos, pero sí encuentran elementos importantes de ella en el mundo de los pobres: alegría, creatividad, paciencia, arte, esperanza, solidaridad… Y de ahí surge la esperanza de un mundo “otro”, y que sea “humano”.

La tradición bíblico-cristiana

Lo que acabamos de constatar está presente —de forma idealizada— en tradiciones culturales y religiosas seculares y, ciertamente, en la tradición bíblico-cristiana, aunque la cultura occidental las haya querido ignorar. Tres cosas quisiéramos recalcar de esa tradición.

En primer lugar, la intuición fundamental: del mundo de los pobres viene salvación, y desde ahí se despliega a diversos ámbitos de la realidad. No sólo viene de este mundo, pero desde él surgen elementos e impulsos de salvación que difícilmente provienen de otros mundos. Los portadores simbólicos de salvación son lo débil y lo pequeño, incluso las víctimas, como el siervo sufriente y el mesías crucificado, sin que esto se pueda descalificar objetando que así se incurre en sacrificialismo.

En segundo lugar, la resistencia a aceptar que la salvación viene, sin más, de arriba. En la tradición deuteronomista, sólo dos reyes, Josías y Ezequías, salen bien parados.

La tercera es la más honda: Dios, el Altísimo, para ser Dios de salvación, se ha abajado, y doblemente. Se ha abajado a la historia: es “el abajo” con relación a la transcendencia. Y se ha abajado a la sarx: es “el abajo” dentro de la historia. La transcendencia se hace así trans-descendencia, cercanía benévola, y con-descendencia, acogida cariñosa.

Civilización de la pobreza

Después del Vaticano II, E. Shillebeeckx expresó la novedad que produjo el Concilio con estas palabras: “Extra mundum nulla salus” (fuera del mundo no hay salvación). Nosotros afirmamos algo más radical: “extra pauperes nulla salus” (fuera de los pobres no hay salvación). Entendemos por salvación la configuración de un mundo en el que se haga realidad la vida de los seres humanos y la relación fraterna entre ellos, más la apertura a un “más” que enriquece, la apertura a Dios. Es la utopía del Reino de Dios. Y esa salvación está remitida específicamente al mundo de los pobres, sobre todo en su dimensión de humanización.

Esta tesis es contracultural, pues el mundo de la abundancia cree haber conseguido ya esta salvación, o cuando menos estar bien encaminado para conseguirla. No se le ocurre que la salvación pueda venir del mundo de los pobres. Es tan contracultural como lo son, en el ámbito de la fe, las palabras de Bonhoeffer: “sólo un Dios que sufre puede salvarnos”. Ambas cosas, desde el NT, no deberían sorprender.

Esta tesis es también indefensa. La base teórica que se puede aducir para sustentarla (“el siervo doliente trae salvación”) constituye la máxima paradoja para la razón dentro de dicha fe. Y, empíricamente, lo que viene de abajo no es sólo salvación, también en ese mundo campea el mysterium iniquitatis. Sin embargo, esta tesis es necesaria. El mundo de la abundancia, el imperio y la globalización, dejados a sí mismos, no humanizan.

Dice Ellacuría que nuestro mundo está configurado por una civilización de la riqueza que hace de la acumulación del capital el motor de la historia y de su posesión y disfrute el principio de humanización. Esta civilización no civiliza, es decir, no salva. Aun con avances, no satisface las necesidades básicas de las mayorías del planeta, lo cual hace peligrar gravemente a la especie humana. Además, no fomenta las relaciones fraternas entre todos, lo cual hace peligrar a la familia humana. Para encontrar salvación se debe fomentar una civilización de la pobreza que tiene como “principio del desarrollo la satisfacción de las necesidades básicas” y hace “del acrecentamiento de la solidaridad compartida el fundamento de la humanización”. Para que esto se haga realidad se necesita el máximo aporte de todos, aunque esa civilización surge más connatural desde el mundo de los pobres.

Insistimos en dos cosas: la primera es que, aceptada la opción por los pobres, hay que dejarse llevar por ellos. Y la segunda es que enfocamos la salvación sobre todo como humanización.

Precisiones necesarias

La analogía del “abajo” de la historia en orden a la salvación

De arriba pueden provenir elementos importantes de salvación: la ciencia de Einstein, la revolución en favor de la libertad, igualdad y fraternidad, modelos económicos para superar el hambre, y el poder político para poner en marcha todo ello. Más aún, lo que está arriba a veces es insustituible para generar valores y solidaridad en el mundo de los pobres. Comblin insiste en la necesidad de figuras de tipo profético para que los pobres puedan recuperar la confianza en sí mismos y contagiar esperanza. Esas figuras de tipo profético pueden provenir de abajo, pero también de arriba. El abajo se ensancha entonces a modo de solidaridad, entendida ésta como el llevarse mutuamente los desiguales. Al abajarse, ellos reciben salvación de los pobres, y éstos quedan potenciados como salvadores.

El “arriba” puede ser lugar de salvación, pero está transido de ambigüedad: puede humanizar o deshumanizar (la democracia es fácilmente manipulable) y puede degenerar en su contrario. Esta ambigüedad hay que superarla con la calidad ética de quienes están arriba, aunque lo que urge más eficazmente a su superación es la realidad sufriente de abajo. Sanado y redimido, el mundo de arriba puede traer salvación. Pero tiene que abajarse para participar, aunque sea análogamente, en el abajo de la historia. Y no se puede estar abajo sin algún tipo de abajamiento real y sin compartir realmente la pobreza, trabajando a favor de los pobres, corriendo riesgos por defenderlos, sufriendo su mismo destino, y participando en sus gozos y esperanzas.

El modo de producir salvación

Desde abajo no se opera sobre la totalidad de la misma manera que desde arriba. Sin embargo, cabe hacer algunas puntualizaciones:

a) También desde abajo se puede actuar con algún tipo de poder, por ejemplo a través de organizaciones populares y partidos políticos, aunque nos parece más específicamente suyo actuar a través del poder social, menos proclive que el político a la deshumanización.

b) Lo más propiamente suyo es operar a la manera de “inspiración” y de “lucidez”, cosas ambas que emanan de una manera connatural, al estar primaria y directamente afectados por la realidad de la pobreza y se pueden traducir en “impulsos” capaces de mover a actitudes de misericordia y a praxis de justicia y reconciliación, operando sobre la conciencia colectiva.

c) Y opera también convocando a la solidaridad, generando una especie de internacional de salvación. Los pobres son los que tienen fuerza específica para convocar en orden a operar la salvación.

Elementos de humanización que vienen de abajo

Impulsos de salvación

Como el siervo de Yahvé, los pobres son luz de las naciones (Is 42, 6; 49). El tercer mundo ofrece luz al primer mundo para que vea su realidad tal cual es. Así lo explicó Ellacuría, metafóricamente: el pueblo crucificado es como un espejo invertido en el que, al verse desfigurado, el primer mundo se ve en su verdad, la cual se intenta ocultar o disimular. La existencia de pueblos crucificados muestra la verdad de su estado de salud. La ciencia analiza la realidad, pero, para verla tal cual es, se necesita luz.

Un segundo elemento es la esperanza como elemento de salvación. “Arriba” existen “expectativas” de que se cumplan deseos, pero no hay un “entre” (una situación intermedia entre) el presente y el futuro, y por eso no hay esperanza. La esperanza es contra esperanza, y su raíz está en el amor que carga con todo. Y ambas cosas están más connaturalmente en el mundo de los pobres. América Latina es un continente de esperanza -aunque hay épocas de desencantofrente a otros continentes que sólo tienen miedo.

Junto a luz y esperanza, el mundo de abajo genera otros impulsos: cuestiona cuan humana o inhumana es la comprensión de la salvación que se pretende desde arriba, sea ésta personal, social, ambiental o religiosa. Ayuda a poner en dirección correcta las soluciones que se le ofrecen, y a desenmascarar el dogma de que “los pobres sólo pueden recibir y no dar”, sueño dogmático en que está sumido Occidente.

Específicamente, del mundo de abajo proviene redención de lo que está arriba (poder, ciencia, tecnología). El poder está transido de una pecaminosidad innata: actuación impositiva, autoritaria y violentamente, con la exigencia de que le reconozcan como bienhechor. El uso de la ciencia y la tecnología está abierto a la ambigüedad, pues puede encaminar hacia el progreso o hacia el precipicio, como hace notar J. Moltmann. Puede producir Hiroshima o energía útil, puede superar carencias básicas o deshumanizar imponiendo el consumismo, la cosificación de lo humano.

A ese mundo hay que “redimir”, y en la tradición cristiana “redimir” sólo es posible cargando con el peso del pecado. Y el mundo de los pobres es el que, a menudo, expresa en sí mismo ese pecado que lo destroza, y carga con él. Por eso puede redimirlo.

La utopía del oikos

En un mundo en que cada tres segundos muere un niño pobre, 800 millones pasan hambre y 2.500 millones malviven con dos dólares al día, es difícil hablar de salvación ni de humanización. Y, a la inversa, si China resuelve el problema del hambre trae un elemento fundamental de salvación. Sin vida no hay “gloria de Dios” ni “decencia humana”. La pregunta es qué pueden ofrecer los pobres a esa vida.

A veces ofrecen nuevas formas de “economía popular”, y es bien sabido que en muchas culturas la conciencia ecológica para cuidar y sanar la naturaleza es superior a la de Occidente. Y no se pueden desdeñar sus aportes, indirectos, pero reales. La intolerabilidad de la pobreza lleva en sí misma el “dinamismo” para encontrar soluciones, “crear modelos económicos, políticos y culturales que hagan posible una civilización del trabajo como sustitutiva de la del capital” (Ellacuría). Lleva a cambiar el corazón de piedra en corazón de carne, cosa absolutamente necesaria viendo con cuánta dificultad el mundo de arriba se decide a buscar soluciones y a renunciar a su lujo insultante.

Por último, los pobres exigen que la solución al hambre sea humana, pues humanos son y no sólo animales, los que necesitan alimentación. Y recuerdan que la economía está al servicio del oikos, la unidad básica de vida. La salvación económica se consuma cuando hace posible el oikos: alimentación, educación, vivienda, salud, y su universalizacion, de modo que sea posible la convivencia humana. La calidad de vida y el estado de bienestar son las utopías de arriba para las minorías. El oikos es la utopía, mínima, la de las mayorías.

El quicio

En una sociedad actúan muchos elementos, pero lo más decisivo es un quicio que los haga girar humanamente. En un mundo desquiciado como el actual, un quicio que sea salvífico tiene que estar enraizado en el debajo de la historia. Para ello es necesaria la compasión y misericordia hacia las víctimas, una libertad que se ponga a favor de los débiles y no del propio yo, la fortaleza para la profecía y para cargar con sus costos, y la esperanza de que la vida es posible.

También es necesaria la obediencia, pero no a cualquier autoridad, sino a la autoridad de los que sufren; la solidaridad, pero no sólo como ayuda compasiva, sino como un dar y como un recibir; el gozo de sabernos hermanos, que puede ir acompañado de sufrimiento, pero que no tiene por qué caer en la tristeza. Y es necesaria la apertura a un misterio último de la realidad, que supere el romo positivismo del mundo actual.

Todo eso más se encuentra abajo en la pobreza que arriba en la riqueza, pues le es más connatural. Y es menor el peligro de caer en irrealidad y en sucedáneos de salvación, el gnosticismo y epicureismo de siempre.

Meditación sobre la santidad primordial y el Mysterium iniquitatis

Santidad primordial

Regresemos ahora a la experiencia fundante. En Níger y Somalia hay muchas madres con niños famélicos. En Sudáfrica y Zambia hay mayorías condenadas a la muerte por el sida. En los Grandes Lagos larguísimas caravanas de mujeres huyeron de la muerte, caminando cientos de kilómetros sin prácticamente nada. Pero también hay dignidad, amor y esperanza, el anhelo de vivir. Hablamos de África, pero la realidad se repite, de una u otra forma, en muchos lugares. Hay aquí una sacudida ética: “qué has hecho de tu hermano”. Pero hay algo más.

El anhelo de sobrevivir en medio de grandes sufrimientos, los trabajos para lograrlo, con resistencia y fortaleza, desafiando inmensos obstáculos, lo llamamos la santidad primordial. En medio de la tragedia, ellos y ellas, pobres y víctimas, cumplen con la llamada de Dios a vivir y dar vida a otros. Comparada con la santidad oficial, en ésa no se pregunta lo que hay de libertad o necesidad, de virtud o de obligación, de gracia o mérito. No tiene por qué ser la santidad acompañada de virtudes heroicas, sino la que se expresa en una vida toda ella heroica en un mundo hostil. Esa santidad primordial invita a la solidaridad, invita al gozo de ser humanos unos con otros. Y en ella se hace presente Dios. Esa santidad salva.

Mysterium iniquitatis

Junto a ella se hace presente el mysterium iniquitatis, en lo que se insiste para no “idealizar a los pobres”. Es verdad, pero hay que ir por partes.

Efectivamente, entre los pobres está actuando inocultablemente el mysterium iniquitatis. Las carencias básicas tienden a reforzar el egoísmo y a fomentar los sueños deshumanizadores que vienen del Norte. El drama es impresionante. Lo mismo que une a los pobres, la necesidad de sobrevivir, es lo que los separa hasta matarse unos a otros. Una muestra macabra y actual son los niños-soldado. Melquisedek Sikuli, obispo de Butembo, enumeró los gravísimos problemas de su país: miseria, injusticia, desplazados, mujeres violadas y aldeas saqueadas, todo ello en el trasfondo del colonialismo que sigue enviando armas para la muerte. Pero no ocultó los males propios y terminó mencionando “el drama de los niños-soldado”. “Cuando no se tiene a nadie en el mundo, ni padre, ni madre, ni hermana, y se es todavía un niño, en un país arruinado y bárbaro, en donde todos se matan, ¿qué se hace? Se empieza a ser niño-soldado para comer y matar, es todo lo que nos queda” (Kouroma, Allah no está contento).

No existe ningún defensor de los pobres que, ensalzando sus bondades, no reconozca las maldades de su mundo. Eso no tiene que anular la tesis que hemos expuesto: de abajo viene salvación, y una salvación específica que no viene de arriba.

Maldad de arriba y maldad de abajo

Podríamos preguntarnos si esa maldad es como la que impera en el mundo de la riqueza, y pensamos existencialmente, no en pura lógicaque hay diferencias. La maldad de arriba parece, por así decirlo,”más” maldad, pues en el “arriba” hay más oportunidades para dominar la vida y menos necesidad de ofender y oprimir. La de “abajo” parece “menos” maldad, pues con frecuencia lo que empuja a ella es la necesidad de sobrevivir o la desesperación y hastío que produce una vida en pobreza. Y lo que hay de libertad existe en medio de la indefensión, la debilidad, los ataques de la sociedad y de sus instituciones. Los pobres son, en definitiva, los que no tienen nombre —y así carecen hasta de existencia—, los cercanos a la muerte lenta de la pobreza y a la muerte rápida y violenta de la injusticia y la opresión.

La maldad de “arriba” encoleriza e indigna, sobre todo cuando se comete contra los de “abajo”, lo que ocurre muy frecuentemente. La maldad de “abajo” repugna y decepciona, pero sobre todo entristece. ¿Será esto una ilusión para mantener acríticamente la tesis de la “santidad primordial”, de “la salvación viene de abajo”? Sinceramente, pensamos que el “abajo” de la historia con “su” misterio específico de iniquidad trae más salvación y humanización que el “arriba” de la historia con el “suyo”. Pensamos que, juntamente con su pecado, el estilo de vivir de los pobres es, por naturaleza, de una finura y calidad mayor que otros estilos de vivir.

El filósofo Kant distinguía entre los conceptos de “precio” y “dignidad” concluyendo que “lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad”. Parafraseando libremente estas palabras, pensamos que en el mundo de la riqueza, aun con dignidad, predomina el “precio”, mientras que en el de la pobreza predomina la “dignidad”, aunque no sea más que por necesidad.

Muchas veces hemos hecho notar el agravio comparativo por el mero hecho de existir juntos el ricachón y el pobre Lázaro. Queremos añadir ahora la desmesura comparativa en dignidad de Lázaro con respecto al ricachón por el mero hecho de ser lo que son. Y recordar las palabras de Jesús cuando, hablando del óbolo de la viuda, nos dice que ella dio todos sus recursos, mientras que los demás sólo echaban de lo que les sobraba. La diferencia fundamental no es la cantidad, sino la calidad. Los pobres no tienen dinero que dar, y —si dan— se dan a sí mismos. Por su mayor endeblez e indefensión su bondad parece ser de más quilates. Estructuralmente, en los pobres se mantiene, mejor que en otros lugares, la reserva de dignidad de todo lo humano.

No sabemos cuánto de salvación viene de abajo. Pero, dejando a su inercia lo que está arriba, de la globalización capitalista, del Occidente narcisista, de la civilización de la riqueza, no se avizora salvación. Recordemos lo ocurrido en fechas recientes:

  • Singapur, 6 de julio. Culto a la pompa, despilfarro y prosperidad insultante.
  • Londres, 7 de julio. Barbarie terrorista por una parte, y por otra, el empecinamiento de Occidente: no cambiará. Seguirá recordando el 11-S y el 11-M, y ahora el 7-J, pero seguirá ignorando el 7 de octubre de 2001 cuando la comunidad democrática bombardeó Afganistán y el 30 de marzo de 2002 cuando un grupo de países demócratas bombardearon Iraq. Afganistán e Irak no tienen calendario. No existen.
  • G-8, 8 de julio. Los todopoderosos se presentan como benefactores condonando la deuda a África. Pero los grandes beneficiados son Time Warner, Ford Motor Company, Nokia, Emi Music…

De un mundo así poca humanización puede venir. En el mundo de la pobreza siempre hay oferta de humanidad. Entre escollos y debilidades asoma la inmensa riqueza espiritual y humana de los pobres y los pueblos del tercer mundo, hoy ahogada por la miseria y la imposición de modelos culturales más desarrollados en algunos aspectos, pero no por eso más plenamente humanos.

Terminamos con unas palabras de Monseñor Romero que recogen a cabalidad la tesis central de estas reflexiones: “entre los pobres quiso poner Cristo su cátedra de redención” (Homilía del 24 de diciembre de 1978). Y recordemos el matiz que “redención” añade a “salvación”: los pobres cargan con el pecado de sus opresores.

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