La Provincia española de las Hijas de la Caridad (XXXVII)

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Author: Pedro Vargas .
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Echando ahora una ojeada sobre las demás casas confiadas a las Hijas de la Caridad en Madrid y en provincias, pocas fueron las alteraciones de que hay noticia. La revolución, la guerra y la peste, con su natural séquito de miserias, hacían más necesaria la actuación de las Hermanas en el servicio de los infelices. Gracias a esto pudieron sub­sistir muchos establecimientos, a quienes las Juntas de Beneficencia no podían suministrar recursos; y sólo vivían por la milagrosa economía de aquellas Hermanas que imploraban la caridad privada, flor que nunca muere y además servían de balde, por amor de Dios. Ante ello, todo intento sectario tenía que callar.

Entonces se vio la divina vocación de aquellas heroínas que, en medio de las mayores privaciones, peligros y hasta lazos para que dejaran su estado de sacrificio, permanecieron firmes y constantes.

Ya dimos cuenta de la medida violenta tomada por la Junta del Hospital General de reducir las Hermanas y de la expulsión de la digna Superiora Sor Vicenta Molner y de otras seis Hermanas, «por razones de policía y buen gobierno». Sin duda ello estaba relacionado con la vil acusación que una Hermana, tal vez única, infiel a su vocación, había hecho contra sus Hermanas, «de la poca o ninguna adhesión al gobierno de Su Majestad, la Reina, por quien deben rogar más que conspirar». Lo delicado de las circunstancias hacía peligrosa semejante acusación, pero el P. Codina, siempre atento y vigilante, supo deshacer el infundio­

Más resonancia tuvo el suceso consignado en las Actas de la Junta de Señoras de la Inclusa y fué que el 3 de diciembre de 1835, se presentó allí de improviso el propio Gobernador civil de Madrid y «halló efectos, que consistían en colchones y utensilios de cocina, correspondientes a una corporación extinguida». La responsabilidad, si había alguna, cayó sobre la buena Superiora, Sor Antonia Anguela, víctima po­co después de su caridad asistiendo a los apestados; pero la Junta de Señoras manifestó su desagrado «por su falta de previsión en dar lugar a un suceso de esta especie». El hecho tiene fácil explicación y, de no haber existido delación alguna, carecía de importancia.

Mayor la tuvo en el Hospital de Mujeres incurables, donde la Junta de Señoras, presidida por el Jefe político de Madrid, envió con fecha 29 de abril un oficio, ordenando que salieran inmediatamente del establecimiento, la Superiora Sor Margarita Vasseur y otras tres Hermanas, dando por razón «la extraña conducta observada por Sor Margarita, en su ausencia de esta Corte sin permiso de la Junta de Señoras y la o­cultación de efectos de conventos extinguidos, con riesgo de comprometer el establecimiento, y el honor y buen nombre de la Junta, con otras demasías en el uso de sus facultades».

Nunca como entonces se manifestó la prudencia, la fortaleza y el amor del P. Codina para con sus Hijas. Oigamos su relato. «A principios de abril del presente año, enterado el Superior de las Hijas de la Caridad, de que las encargadas del Hospital de Ávila habían caído casi todas enfermas, en términos de que ni podían atender a sí ni a la numerosa hospitalidad que tenía a su cargo, trató, como era de su obligación, de remediar tan extrema necesidad. Como ésta era a más tan perentoria, dispuso que inmediatamente saliesen dos jóvenes del noviciado para su socorro y que las acompañase Sor Margarita Vasseur, Superiora de las Hermanas del Hospital de Incurables de esta Corte, con el doble objeto de atender a la seguridad de las expresadas jóvenes y de alentar con su presencia a las enfermas de Ávila y proveer a todas sus necesidades.

Habiendo Sor Margarita recibido de su Superior la expresada orden con urgencia, dispuso precipitadamente el viaje y, creyendo que sería de pocos días de ausencia, sólo avisó por escrito al Jefe inmediato del establecimiento, la orden que tenía y que iba a ejecutar, dejando todas las providencias oportunas para que, durante su ausencia, no padeciese detrimento alguno el Hospital, como en realidad no lo padeció. Por razón de las nieves y ventiscas muy frías, que hacían casi intransitable  el Puerto de Guadarrama, se detuvo Sor Margarita algunos días más de los que había creído.

Entre tanto, el establecimiento de Incurables fue allanado, invadida la habitación de las Hermanas, selladas todas las puertas y enseguida, verificado el más riguroso registro de toda la casa, sin perdonar los desvanes y sótanos más indecentes y despreciables. El que ejercía en aquella época la autoridad de Jefe político, acompañado del arquitecto y demás dependientes, quiso presenciar el escrutinio cuyo resultado fue no encontrar más que telarañas y basura, donde es regular que la haya.

A pesar de estar judicialmente probada la inocencia de las Hermanas, éstas fueron privadas de todo el manejo de los bienes y enseres del Hospital, que hasta entonces habían tenido a su cargo con no poco provecho del mismo. Los muebles más precisos para el uso de las Hermanas y alhajas de su pertenencia, sus cortos intereses, fruto de sus ahorros quedaron todos asegurados y bajo llaves y candados, para suj­etarlos a un inventario riguroso y a una especie de secuestro, de que ­todavía muchas cosas no han salido ni han sido devueltas a sus propie­tarias.

No sólo esto; con fecha 29 de abril se ofició, por la Junta al Superior de las Hijas de la Caridad para que inmediatamente hiciera retirar del Hospital a la Superiora por los tres cargos, que allí se ha­cen, y que inmediatamente se pusiera otra en su lugar. El Superior, viendo una orden tan terminante de una Junta respetable, presidida por la primera autoridad de la Provincia e intervenida por dos miembros de la Junta Municipal de Beneficencia, tuvo a bien ceder y hacer retirar a la Superiora y a algunas otras Hermanas, que por justos motivos se ­lo suplicaron, sin rebatir los cargos infundados, que se contenían en el citado oficio, pero dando a entender que no le costaría mucho trabajo deshacerlos.

Unas providencias tan estrepitosas, tomadas y ejecutadas sin escuchar a la parte acusada ni darle lugar para la defensa, y las voces que con esta ocasión se esparcieron por la Corte, hubieran dado al través con el honor de las Hijas de la Caridad, en los puntos más delicados, si no estuviese más que patente y justificado en todas las provincias de la Monarquía.

El Superior, a cuyo cargo está defenderle, aunque ha sido solicitado por parte de alguna persona principal de la Junta de Damas para que volviese a tomar el Gobierno del Hospital Sor Margarita Vasseur, ­por convenir así al bien del mismo, no ha creído deber acceder a esta insinuación, si primero no se devuelve el honor quitado a la Superiora y a las Hermanas por medio de alguna orden formal, emanada de la auto­ridad competente y que allane el camino para que el Superior pueda libremente disponer que Sor Margarita vuelva a su oficio, sin que lo pasado pueda en manera alguna perjudicar a su buen nombre ni al decoro que le corresponde  por los importantes servicios que ha hecho, durante su gobierno al Hospital de Incurables de esta Corte.

La Junta, en efecto, en la que celebró el 16 de octubre de 1837 a pluralidad de votos, resolvió que se oficiase al Superior de las Hi­jas de la Caridad, notificándole la resolución que se había tomado de que, para borrar la injusticia ejecutada, en 28 de abril, contra Sor Margarita y subsanar su honor y reputación atacados por aquella medida, volviese la expresada Señora a encargarse de la superioridad de que se había hecho retirar. Así se ejecutó todo, el mismo día 16, viniendo la Sra. Presidenta y tres individuos más de la Junta a buscar a Sor Margarita y reponerla en su lugar».

La muerte de Sor Rosa Grau, acaecida en 16 de abril de 1837, llenó de consternación a todas las Hermanas, principalmente a las del Real Noviciado y a las de la Inclusa, en cuyas casas actuó durante muchos años. Después de Sor Manuela Lecina, se la puede considerar como la Hija de la Caridad más influyente que tuvo la Congregación en su primera época. El catálogo de Hermanas inscribe su nombre en séptimo lugar y es por tanto la primera, que recibió el santo hábito en España descontadas las seis, que lo vistieron en el Noviciado de París.

Sor María Rosa Grau nació en Palau de Tordera, Cataluña, en 30 de noviembre de 1769 y recibió las aguas del santo bautismo en 2 del siguiente diciembre. A los 22 años, un mal doloroso en un dedo, y al parecer incurable le condujo al Hospital de Barcelona, donde hábiles cirujanos la curaron radicalmente. Entonces conoció y fue conocida por las Hijas de la Caridad recién establecidas allí y, sintiendo el divino llamamiento, pidió y fue admitida en el Instituto, a seis de mayo de 1791.

Al tener que salir las Hermanas en 1792, según queda referido, hubo de retirarse a su casa hasta que, poco después, fue llamada para la fundación en el Hospital de Lérida. Ya desde entonces llamaban la atención sus prendas y virtudes, hasta decir de ella  el Ilmo. Sr. Torres, Obispo y Presidente de aquel Centro que «Sor Rosa valía por cuatro». «De gran espíritu» la llama el viejo libro de personal.

Vino a la Inclusa de Madrid con Sor Manuela Lecina, en 1800, y cuando, en 1803, ésta pasó a ponerse al frente del Real Noviciado, Sor Rosa quedó encargada de la Inclusa, hasta que en 1806 volvió a ella Sor Manuela. En 1814, da de ella el P. Visitador Sr. Segura el siguiente testimonio: «Siete o nueve Hijas de la Caridad de esa Inclusa me pidieron para Superiora a la muy edificante y mortificada Sor Rosa Grau; estos relevantes y buenos informes tuve por otra parte, de ella, y condescendí con tan razonable petición, porque por regla general y común­mente hablando conviene que la Superiora sea a gusto de sus súbditas».

Las Señoras de la Inclusa celosas de sus pretendidos derechos para el nombramiento de la sucesora de Sor Manuela Lecina no se conformaron y pidieron por Superiora a la de Barbastro, Sor María Blanc, a lo que accedió el Visitador, si bien la Junta de Señoras se avino luego al primer nombramiento de Sor Rosa.

Adicta siempre a sus Superiores y fidelísima a su vocación, trabajó cuanto pudo para evitar la pérdida del Real Noviciado y puso todo ­el ascendiente de su virtud y de su amistad con la Junta de aquellas no­bles Señoras para conseguirlo, siguiendo en todo los ejemplos y espíritu de Sor Manuela Lecina.

En febrero de 1817, aceptó la Reina el título de Superiora honoraria de las Hijas de la Caridad en España, y el Vicario General de la Congregación propuso a la Augusta Señora una terna para que se dignase nombrar la que gobernase, en su nombre el Instituto de las Hermanas. Sor Rosa iba la segunda en la terna, después de Sor María Blanc, que salió electa. Entonces hallaron los Superiores ocasión propicia para poderla sacar de la Inclusa y llevarla a Valencia, como maestra del Noviciado, establecido interinamente en aquel Hospital. En tan delicado cargo permaneció hasta 1822,en que volvió a Madrid, como Superiora de la Inclusa, vacante por muerte de Sor María. Pero al llegar a la Corte, tuvo que encargarse de la nueva fundación del Hospital General, para arreglar, en calidad de Superiora interina, las cosas de aquel nuevo establecimiento, en el que sólo permaneció desde el 15 de octubre de 1822 hasta el 26 de febrero del siguiente año, no sin oposición de las Señoras de la Inclusa, que la reclamaban y se la llevaron.

En 19 de septiembre de 1830 por disposición del P. Feu y aun por encargo y recomendación del Superior General Sr. Salhorgne, fue nombrada Superiora del Real Noviciado y Visitadora. Tanta fue la oposición de la Junta de las Señoras de Honor y Mérito a su salida, que sólo violentamente pudo ser trasladada y no sin que la dicha Junta apelara al favor de los mismos Reyes.

La muerte de Sor Rosa era tanto más aflictiva cuanto, en aquellos días aciagos, el Instituto de las Hijas de la Caridad veía amenazada su misma existencia por el furor revolucionario y persecutorio, que decretó la supresión de las Ordenes religiosas. Para contener este golpe que se cernía sobre el Real Noviciado, expuso Sor Rosa al Gobierno los servicios de las Hermanas. Sus memoriales no cayeron en el vacío, pero las inquietudes y zozobras junto con toda clase de privaciones de carácter económico contribuyeron sin duda a abreviar los días de su peregrinación en este mundo.

Murió Sor Rosa, como suele decirse, con las armas en las manos. Sólo estuvo enferma seis días. Aceptó la muerte con fervoroso sacrificio; se confesó como de ordinario y sin el santo miedo que la Justicia Divina le solía infundir cuando sana. No se le oyó una queja en medio de los remedios dolorosos que se le aplicaron. Recibió los últimos Sacramentos con el fervor que acostumbraba y repitiendo jaculatorias, serena y tranquila, expiró con los dulces nombres de Jesús y María en los labios, entre las lágrimas de sus hijas, que el día 16 de abril de 1837, con razón lloraban su orfandad. Tenía setenta y ocho años. La Nota de sus virtudes publicada entre las de Francia nos la presenta como dechado de perfección. La pureza de su alma se reflejaba en su modestia; la obediencia era su alimento; el amor a su santa vocación en medio de tantas contrariedades a toda prueba; su sencillez y prudencia atraían hacia ella toda clase de personas para recibir de ella consejo. Notable era su humildad que puesta en los altos cargos, la llevaba a ejecu­tar los oficios más humildes y finalmente su fiel observancia de las reglas, que, en el día mismo que cayó enferma de muerte se levantó exacta a las cuatro de la mañana, hasta que se vio forzada a volverse a la cama. Los informes de todas las casas donde vivió la presentan como modelo de Hija de la Caridad. Al morir sólo tenía un hábito raído y algu­nos libros devotos.

Los conventos, abolidos de hecho, lo fueron de derecho escrito, por ley del 19 de Febrero de 1836, aplicando el producto de la venta de todos sus bienes a la amortización de la deuda pública, y los exclaustrados recibieron una pensión de cinco reales diarios.

El noviciado de las Hermanas providencialmente iba salvándose del naufragio, pero su situación era cada vez más angustiosa como nos revela el siguiente memorial enviado a la Reina por el P. Codina, quien, al disolverse la Comunidad de los Misioneros, permaneció firme en su puesto, echando mano de todos los recursos que su influencia en la Corte le proporcionaba, para sostener la casa principal, corazón y vida de todo el Instituto.

     «La necesidad, decía en 21 de febrero de aquel año, ha ido aumentando considerablemente. Para mitigarla algún tanto se recurrió de nuevo a Su Majestad, pidiendo que se le concediese el uso de la franquicia de derecho de Puertas para la introducción de géneros necesarios para la manutención de la Comunidad, como la tenía antes, y se contestó con fecha 28 de septiembre, que no era posible acceder a esta súpli­ca, pero que, siendo esta casa un establecimiento de Beneficencia, el déficit que existe entre las rentas y sus precisos gastos debe cubrirse de la partida de ocho millones, setecientos setenta y tres mil reales, que en el presupuesto del dicho Ministerio se señala para objetos de caridad, para cuyo fin se llama la atención de la Comisión de Beneficencia. A esto acudió la Superiora, acompañando una copia de la última Real Orden a fin de que diese cumplimiento a lo que en ella se le encarga. Mas, hasta ahora, ningún efecto ha resultado favorable a esta casa, que por lo mismo camina a su aniquilamiento. Ya se hubiera verificado, si algunas personas piadosas no hubieran acudido a su sostén, proporcionándole algunas sumas considerables. Mas este recurso eventual se va acabando y por tanto, debe perecer el establecimiento y su caída llevaría en pos de sí, las de las demás comunidades que tienen a su cargo cerca de cuarenta, entre Hospitales y Casas de Caridad.

     Este mal de tanta trascendencia se cortaría si se cumpliese ­religiosamente lo mandado por V.M. en el Real Decreto de 8 de marzo ­de 1836.

      A las Hijas de la Caridad les corresponde, en virtud de dicha Real providencia, la de cinco reales diarios y aunque si todas las que componen este Real Noviciado gozasen de salud, podría bastar para cubrir todos los gastos indispensables, entre los que deben entrar también más de quince mil reales, que cuesta todos los años la casa habitación. Esto aún cuando anduviese corriente el pago de las mesadas; ¿qué será, pues, habiendo atrasos considerables? En efecto, desde el mes de septiembre del año último, en que quedó encargada la Contaduría de amortización de esta Provincia de hacer los correspondientes pagos, este Noviciado no ha percibido más que una mesada y media, habiendo transcurrido el tiempo de seis meses.

     Esta es, Señora, una sencilla y verdadera relación del estado en que se halla este Noviciado. Si se le deja en él, perecerá irremediablemente y dentro de pocos años queda extinguido en España el benéfico Instituto de las Hijas de la Caridad, que se ha sostenido en Francia, a través de las más espantosas revoluciones. Vuestra Majestad decida ya terminantemente sobre su suerte futura. Si es Su Real agrado que se sostenga, es indispensable que a estas heroicas vírgenes, que sacrifican todas sus delicias y esperanzas, su salud y su vida en beneficio de la Nación, la Nación las sostenga realmente con los pagos efectivos mensuales de la pensión, que les ha señalado, y no con promesas y dilaciones, que no pueden remediar las necesidades».

A la muerte de Sor Rosa Grau había quedado al frente del Noviciado Sor María Peñasco, quien, como «Superiora de las Hijas de la Caridad del Noviciado de esta Corte», acudía al encargado de Recaudación exponiéndole que «esta Comunidad que, al presente consta de cua­renta y nueve Hermanas, se compone en su dos terceras partes de enfermas y achacosas, ya por vejez, ya también por haber perdido la salud en el servicio de los pobres enfermos de varios establecimientos benéficos de esta Monarquía. Las pensiones con que dotaron los Reyes este establecimiento, de que fueron fundadores, han sido reclamadas y recogidas por el Ramo de amortización. La pensión de cinco reales diarios por cada Hermana, que el Gobierno ha decretado por las Cortes, desde el mes de abril no se cobra. Para ir pasando al día, necesita esta Comunidad de la piedad de los fieles. En este estado se le ha presentado de orden de V.S. las libranzas de los derechos de Aposento de los años 35 y 36, cuyo total asciende a ochocientos reales vellón, cantidad que no puede satisfacer hasta que pueda percibir alguna mesada de las pensiones que devenga. Por tanto, a V.S. rendidamente suplica se sirva exonerar a esta Comunidad del pago, que al presente se le exige, hasta que logre recoger alguna parte de las pensiones, que se le debe, o mandar V.S. mismo se retenga en la expresada pagaduría, aquella cantidad que sea suficiente, a cambio de la deuda».

Pero no eran las angustias económicas lo que más atormentaba a las Hermanas del Noviciado. En aquel verano de 1837 la Reina había tenido que sancionar la supresión total de las Comunidades, sin exceptuar las de Beneficencia. Esto llenó de consternación a la Comunidad, que acudió entonces al Presidente del Gobierno, implorando un poco de compasión.

     «Excmo. Sr.: Sor Isabel Gormaz, Superiora de las Hijas de la Caridad del Noviciado de San Vicente de Paúl de esta Corte, a V.E. con el debido respeto expone:

     Que desde que S.M. la Reina Gobernadora se sirvió sancionar el 22 de julio pasado, lo que las Cortes habían decretado relativo a supresión de todas las Órdenes Religiosas y Corporaciones y Beaterios destinados a la enseñanza pública y hospitalidad, esta corporación de su cargo se halla poseída de la más profunda tristeza y consternación. Ella se compone en el día de cuarenta y siete Hermanas, imposibilitadas las más, por haber perdido la salud en el servicio de los enfermos en los hospitales, así civiles como militares y el de los pobres en los Hospicios y Misericordias y de los expósitos en las Inclusas de varias provincias de esta Monarquía.

     No pudiendo ser útiles ni restablecerse en los establecimientos subalternos, o por su avanzada edad o por haber perdido la vista o por haber contraído enfermedades incurables, la Congregación las hizo retirar a este establecimiento central, cuidando de enviar otras Hermanas robustas para que ocupasen las plazas, que las enfermas habían dejado vacantes. Ni puestas aquí tienen ociosas sus escasas fuerzas; sirven al público en una numerosa enseñanza de niñas pobres, que desempeñan gratuitamente, sin percibir de las discípulas ni de las autoridades retribución alguna temporal. Privadas de las pensiones que los Sres. Reyes fundadores de este Noviciado las habían señalado y atendidas a la que el Gobierno  de su Majestad ha tenido a bien sustituir, por atrasos de cobranza de su dotación, que son bien notorios, mas la incertidumbre de poder conservar este Asilo y el temor, que han concebido de ser echadas de este Establecimiento, después de haber oprimido sus espíritus, es de temer que obre fatales efectos en su quebrantada salud.

     Por más que la Superiora se ha esmerado en alentar a sus Hermanas, manifestándoles que el corazón materno de S.M. y la filantropía del Gobierno, no permitirán que queden abandonadas unas personas que se han desvivido y enfermado en el servicio de este Reino, sus palabras no han sido suficientes a tranquilizar sus ánimos abatidos por los males que padecen y por el temor, que la nueva providencia adoptada por el Gobierno las inspira.

     En esta triste situación, no tiene la Superiora otro recurso que dirigirse a V.E., que es la autoridad inmediata de que depende. Por tanto a V.E. rendidamente suplica se digne mirar con compasión este establecimiento, asilo de caridad cuyos, votos son asistir y cuidar de la humanidad doliente hasta perder su salud y su existencia y, penetrado del mérito de tan beneficioso Instituto, tomarlo bajo su poderosa protección e inspirarle alguna confianza de que no se le molestará, antes al contrario, se le conservará cual se halla, para que pueda continuar prestando a la nación los servicios que, hasta el presente, le ha prestado. Favor que espera del noble y generoso corazón de V.E. al que quedará eternamente agradecida.

     = Madrid, 16 de Agosto de 1837″.

Otra petición de mucha importancia en favor de las Hijas de la Caridad fue la dirigida al Gobierno desde San Sebastián. Estando allí el teatro de la guerra, había de ser objeto de especial atención para las autoridades supremas. Es un elogio cumplido de las Hermanas que dice así: «Junta de Beneficencia de San Sebastián = Excmo. Sr. Secretario de Estado y de Gobernación de la Península = Excmo. Sr. = La Junta de Beneficencia de la Ciudad de San Sebastián en Guipúzcoa, llama por un momento la atención a V.E. Las Cortes han autorizado al Gobierno para que pueda conservar bajo su dependencia algunas casas de las Hermanas  de la Caridad de San Vicente de Paúl, mientras se adopten los medios convenientes de suplir su falta; de consiguiente, consultando en interés de la humanidad las Reglas dadas por el Fundador, cree esta Junta hacer un servicio grato a los ojos del Gobierno y no duda en a­cogerse a su protección. El 2º párrafo del capítulo lº de las Reglas dice literalmente: «Considerarán las Hermanas que, aunque no sirvan en religión, por no ser compatible tal estado con los empleos de su vocación, con todo, hallándose más expuestas en el mundo que las religiosas y no teniendo ordinariamente por monasterios sino las casas de los en­fermos, por celdas cuartos de alquiler, por capillas las parroquias, por claustros las calles de la ciudad o las salas de los Hospitales, por clausura la obediencia, por rejas el temor de Dios y por velo la santa modestia, deben, en fuerza de esta consideración, llevar una vida tan ­virtuosa como si estuvieran profesas en religión, etc.

Su mera lectura hace resaltar la diferencia de la institución con las otras, cuya supresión está decretada; no viven en una religión por no ser compatible tal estado con los empleos de su vocación; por claustros tienen las salas de un hospital, las calles de una ciudad. Sin duda que son éstas las razones, que han movido a las Cortes a establecer una excepción favorable a las Hijas de la Caridad. Y cuando ha llegado en España la hora de extirpar los abusos, de establecer el orden, de difundir el sentimiento de filantropía, de escoger lo bueno y lo ú­til, ¿temeremos de que se nos prive de la institución más grandiosa de todas las que hasta ahora ha sugerido la piedad verdadera? ¿Desterraremos de nuestro suelo el mejor ornamento, la prueba más palmaria de los adelantos de la civilización? Lejos de nosotros semejante idea. Nunca jamás las esperanzas han sido tales, como las que infunde un Gobierno be­néfico y liberal. El hará que progresen sin cesar todos los estableci­mientos que contribuyen inmediatamente a la efectiva mejora y bienestar de nuestra sociedad y procurará decorar más y más el cuadro sorprendente, donde han de quedar escritos los grandes hechos de la excelsa Cristina, durante la minoridad de la 2ª Isabel de Castilla. En Francia mismo, en medio de los horrores de una revolución, han sido respetadas y aún protegidas las Hijas de la Caridad y cada día han prosperado más y más bajo el Gobierno de la República, del Consulado, del Imperio y de la Restauración, habiendo llegado a un grado admirable de perfección. Y no puede suceder otra cosa. Examínese, Excmo. Señor, atentamente la conducta ­de las Hijas de la Caridad con los infelices y desvalidos, sus afanes, su dulzura, el desprendimiento voluntario y generoso de la quietud y de las comodidades, aquel cuidado que se concibe, pero no se explica, a­quella asistencia asidua, constante y siempre celosa… ¿Qué cosa es capaz de suplirla? Allí obra el pleno conocimiento de los deberes, que se han contraído; allí obra la moral sublime del Evangelio; en aquellos corazones están grabados de una manera indeleble los preceptos de la caridad, y nada es igual a esto. La esmerada educación de las niñas es otro de los beneficios debidos a este Instituto. La dulzura en las costumbres, que infunden las Hijas de la Caridad, el conocimiento de las labores propias, el placer de enseñarlas alivian los rigores de la orfandad o los insultos de la fortuna, siempre incierta y varia. Con toda verdad puede decir esta Junta que hasta esa capital misma han sido y son llevadas con empeño varias huérfanas educadas en este Establecimiento y gozan del mayor aprecio por su comportamiento.

Últimamente, la economía llega a su punto con las Hijas de la Caridad. Consideran como patrimonio suyo lo que es de los pobres y no perdonan medio para mitigar los gastos. Si fuera propio del momento, si el Ilustrado Gobierno pudiese ignorar nada de cuanto diga esta Junta, probaría y haría ver que en las críticas circunstancias del cólera morbo, hubieran quedado abandonados los enfermos y atacados, si las Hijas de la Caridad no se hubiesen encargado  voluntariamente de la asistencia en el Hospital General, que se estableció para el vecindario  y la guarnición militar, y en cuyo servicio falleció una de ellas así como actualmente otra en la asistencia a los acometidos del tifus.

Y aún, en las angustias de la guerra civil, hubieran sucumbido estos Establecimientos, a no hallarse su gobierno interior entregado a las beneméritas Hijas de la Caridad. Mucho tiempo se han experimentado los efectos de una administración mercenaria, cada año más costosa y más llena de defectos, que desaparecieron desde el feliz llamamiento a las Hermanas; acuerdo que bendice cada vez más el vecindario de San Sebastián, gloriándose la Junta de haber celebrado una escritura, que la da completa autoridad; que disipa hasta el menor recelo, que infunden las Congregaciones, y que ha llamado la atención de ilustres patricios.

Por esto la Junta ha hecho alusión a la guerra civil y fuera ingratitud pasar en silencio la admirable conducta de las Hijas de la Caridad. Sí, Excmo. Señor, sitiada esta ciudad por los rebeldes, los establecimientos del Hospital y Misericordia quedaron fuera de ella; arrancados de su edificio natural, han tenido que ir a otros puntos y, durante seis meses, despreciando los riesgos, bajo el fuego enemigo, las Hijas de la Caridad han cuidado de los infelices con más esmero que nunca y han conservado los efectos pertenecientes a las casas. Difícil o casi imposible sería conseguir otro tanto de personas asalariadas, que el cálculo o la necesidad las reduce a servir, como acredita la experiencia de años.

Tantos desvelos, tanto bien, algo merecen de la sociedad agradecida; respétense, Excmo. Señor, en obsequio a la humanidad las formas de que usan las Hijas de la Caridad, su delicadeza, porque, en defecto, es de temer que puedan ausentarse a los establecimientos del vecino Rei­no de Francia. Convínense los preceptos de la ley con la común utilidad y que los pueblos continúen gozando de las positivas ventajas de esta admirable, benéfica y desinteresada Institución.

Estos son los votos de la Junta de beneficencia de San Sebastián que animada del celo más puro, eleva a la superior justificación de V.E. para los efectos convenientes, esperando de la ilustración de V.E. un ­feliz resultado.

Dios guarde a V.E. muchos años.

San Sebastián, Junio 27 de 1837».

 

 

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