La Junta de Caridad de la Ciudad de las Palmas, Canarias, que trabajaba con celo por mejorar la suerte de sus pobres, ya, desde 1815 suspiraba por la venida de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl para el Hospital de San Martín. En sesión de 30 de abril de aquel mismo año, D. José Martínez leyó una memoria sobre la utilidad que traería a la Casa Hospital las Hermanas Paúlas, y la proposición de conducir a esta sala algunas individuas de esta Congregación. Informado el Prelado del proyecto en cuestión, contestó complacidísimo y se hicieron gestiones, ya en Madrid, ya en Zaragoza, con las Hermanas de santa Ana, para la consecución de algunas de ellas. Las ocurrencias políticas de aquel tiempo paralizaron tan loable proyecto.
«Mas como no por eso la Junta echó en olvido su designio, sabiendo en el año 1825, que las Hijas de la Caridad tenía erigida ya la casa en Madrid bajo las Reglas dadas por su santo fundador, aprobadas por la Santidad de Pío VII en Bula expedida en Roma a 27 de noviembre de 1818 y autorizada por nuestro augusto Monarca el Sr. D. Fernando VII por su Real orden de 8 de marzo de 1819, que designó al Ilmo. Sr. D. Fr. Fernando Cano, Obispo nombrado de Canarias, que aún se hallaba en la Corte, para que interpusiese su autoridad y respeto con el Rvdmo. Sr. Vicario y Visitador General de la Congregación de la Misión, a fin de que, como Superior inmediato, en España, de las Hijas de la Caridad concediese su licencia para que pasasen algunas de ellas a esta Isla; y vencidas que fueron las dificultades ocurridas, restó sólo por allanar las del corto número de socias, que a la sazón existía en aquel Noviciado, quedando dicho Superior de acuerdo con S.I. en remitir ocho de ellas, luego que hubiera Comunidad suficiente.
En este estado de cosas acaeció la muerte del Iltmo. Sr. Obispo a poco de su arribo a esta Capital y habiendo sido electo en su vacante el Ilmo. Sr. D. Bernardo Martínez, instruido este nuevo Prelado de los antecedentes ya citados, tomó S. I. el mayor interés de tan importante negocio a favor de su grey, redoblando su actividad y celo pastoral y practicando cuantas diligencias le fueron dables hasta tener la satisfacción de ver celebrada la escritura de la Contrata, entre el Sr. Visitador General de la Congregación y el Apoderado de esta Junta de Caridad, fecha en Madrid a 7 de febrero de 1828».
Pero habiendo ocurrido algunas dificultades, tuvo que retardarse la ejecución hasta junio de 1829, en que llegaron a Canarias las ocho Hermanas destinadas, que fueron las siguientes:
Sor Agustina Ferrándiz, Superiora Sor Simona Redondo
Sor Magdalena Llorach Sor Casimira Izco
Sor Martina Maritorena Sor Nicolasa Azpiroz
Sor Paula Martínez Sor Luisa Zuriburu
Las Hermanas fueron conducidas en triunfo, entre vivas y aclamaciones de los vecinos, acompañadas del Iltmo. Sr. Obispo, Sres. Deán de la S.I.C., presidente del M.I. Ayuntamiento, Justicia y Policía Municipal, Gobernador Militar, Junta de Caridad y otras Autoridades y personas condecoradas del pueblo, desde la Puerta del Mar hasta las Casas de Beneficencia, en cuyo Oratorio público se cantó un solemne Te Deum en acción de gracias y dio Su Ilma. la bendición pastoral, subiendo en seguida a la sala principal de la Casa, donde fueron recibidas por las Señoras de la primera distinción que las esperaban poseídas de los sentimientos más tiernos de afecto y benevolencia, sirviéndoseles por los individuos de la Junta el refresco que se les tenía preparado, al mismo tiempo que el numeroso concurso que se había reunido, aplaudía su feliz llegada con las mayores demostraciones de satisfacción y gozo, por tener en el país un bien tan inestimable como el que ofrece el establecimiento de estas Hermanas.
La Sra. Condesa de la Vega Grande, penetrada de los más generosos y cordiales sentimientos, las obsequió en el día inmediato, con una espléndida comida y sucesivamente fueron visitadas por las Autoridades, Corporaciones y demás personas de jerarquía de esta Ciudad. Poco tiempo después oficiaba la Junta de Caridad al R. P. Feu participándole la llegada de las Hermanas y dándole las más expresivas gracias por la parte que había tenido en tan útil y grato envío.
La alegría por la feliz llegada y recibimiento de aquellas Hermanas, las primeras en atravesar el océano, se vio ensombrecido por la pérdida de Sor Simona Redondo, joven novicia, como casi todas, menos las dos primeras. Era natural del Grao, Valencia, donde nació en 1805. Entró en la Congregación en 27 de diciembre de 1826. A resultas de los sucesivos mareos del viaje falleció en 1 de julio del mismo año 1829, recién llegada a Las Palmas.
Esta pérdida sensible y a la vez el deseo de la Junta y de las Hermanas de abrir escuelas gratuitas para los hijos del pueblo, movieron al mismo Sr. Obispo a pedir al Director de las Hermanas que enviase otras tres de refuerzo, como se verificó en la primavera de 1830, en que arribaron a las Islas afortunadas Sor Francisca de Sales Gamio, Sor Nicolasa Brimeu y Sor Angela Azós.
Además del Hospital de San Martín, y en su recinto, se encargaron las Hermanas de la Cuna de expósitos, del Hospicio y de la Casa de Corrección para mujeres delincuentes.
El Hospital de San Martín, como todos los de aquella época, antes de la asistencia de las Hijas de la Caridad, no se distinguían ni por su limpieza ni por el cuidado de los enfermos, por lo cual el ir al Hospital era para muchos tan repugnante que sólo acudían a él los destituidos de todo otro auxilio. «A pesar de ser tantas las miserias y los enfermos en la Isla, las salas se veían por eso tan desiertas en un principio, que las Hermanas rogaban a Dios que les viniesen enfermos que cuidar». Apenas un año llevaban allí ellas, cuando ya todo había cambiado de aspecto.
La fundación de la enseñanza, se inició en Las Palmas a petición de las mismas Hermanas, quienes, como decía la Junta de caridad, «no satisfecho su eficaz y caritativo celo con las ordinarias ocupaciones, aunque grandes, han propuesto a esta Junta bajo cuya inspección se hallan. el plausible proyecto de dedicarse a enseñar la doctrina cristiana, leer y escribir, con más las labores propias de su sexo, cuales son hacer calceta, cortar y coser, bordar, hacer encajes, etc. No sólo a todas las niñas que se hallan acogidas en dicho Hospicio, sino también a algunas otras de casas particulares que quieran ocurrir a su enseñanza y cuyo número deberá nivelarse, ya por la capacidad del salón destinado a ella, ya por el tiempo que las maestras tengan para desempeñarla». Fue aprobado el proyecto en 7 de septiembre de 1830. No hay para que decir que las escuelas tuvieron tal aceptación y «tan favorecidas del público que este centro llegó a ser muy luego el mejor Colegio de Las Palmas, en donde se educaron muchas y distinguidas damas de la aristocracia canaria».
Aunque, en mayo de 1837, el Presidente de la Junta ensalzaba entusiásticamente la buena marcha del Establecimiento, y las Hermanas con sus trabajos extraordinarios y con su economía milagrosa se iban sosteniendo, la verdad era que la escasez y la pobreza iban en aumento. Se rebuscaron algunos medios para aliviar aquella angustiosa situación, como el horno de pan para la venta al público.
A pesar de todo, en 1846, la Superiora se vio obligada a oficiar a la Junta de beneficencia, exponiendo las necesidades de la casa, así como las deudas que había tenido que contraer para remediarlas, pidiendo prestado, por no haberle pagado las hospitalidades de los militares durante dos meses. La Junta, aunque llena de buenos deseos, contestó excusándose de la tardanza en los pagos por falta de recursos. Era tanta la estrechez y tenían las Hermanas que contemplar tanta miseria, que no pudiendo por más tiempo sus caritativos corazones sufrir las desgarradoras escenas de hambre y de miseria, que diariamente contemplaban, sin poderlas remediar, resolvieron dar cuenta de ello al Visitador de la Congregación, P. Codina, por si tenía a bien disponer de ellas o remediar algún tanto su precaria situación. El Sr. Codina, que acababa de recibir el nombramiento de Obispo de Canarias, enternecido al ver la triste suerte de las Hermanas les envió los socorros que pudo haber y dispuso que continuaran en su puesto, en la completa seguridad de que, mientras hubiese un pedazo de pan en la mesa del Obispo, a ellas no les había de faltar.
Esta nota predominante de la pobreza, a veces, extrema, no es característica de éste o de aquel establecimiento de Beneficencia, es general de todos, durante casi todo el siglo pasado. «La Cuna de expósitos y el Hospital de San Martín de esta ciudad eran dos establecimientos a cual más rico, poseyendo cuantiosas fincas. Las leyes de desamortización y consolidación les obligaron a enajenarlos a favor del crédito público y por este respeto la Caja de amortización adeuda al Hospital de San Martín hasta diciembre de 1820 la cantidad de 1.227.073 reales vellón de capital; de réditos hasta la misma fecha, 249.666 reales vellón; y agregados a una y otra cantidad los corridos posteriores, asciende la deuda actual a 2.400.000 reales. Y sin embargo no se les da en cuenta un sólo maravedí; no se les dispensa el pago de crecidas contribuciones y ni aún se les quiere expedir los nuevos documentos o láminas equivalentes a los que entregaron en la oficina provincial de crédito público el 20 de julio y el 3 de septiembre de 1821». Estas reflexiones de la Junta de Canarias ponen bien en claro el inmenso latrocinio que estaba sufriendo toda la beneficencia de España, asaltada por el liberalismo gubernamental.
En 1844 el P. Sanz recoge la estadística de la casa con los siguientes datos: «las estancias del Hospital pueden calcularse de treinta a treinta y cinco; los niños de lactancia, de veintiséis a treinta; en el Hospicio hay ciento y veinte personas entre inválidos, niños, niñas, etc. en el Colegio hay veintiséis educandas, y en la escuela gratuita de treinta a treinta y cinco niñas. Todo el gobierno de este gran establecimiento está bajo el cuidado y dirección de once Hermanas: el número primeramente convenido era de ocho, pero fue necesario aumentarlo en razón a los nuevos cargos.
Inmensos son los bienes que la benéfica Institución de las Hijas de la Caridad ha producido a aquellos Isleños: las costumbres de la juventud han mejorado visiblemente y preparan un porvenir más feliz y religioso; su educación rivaliza con la que se da en las ciudades más cultas de la Península»‘
En 1848 las Hermanas recibieron con el regocijo que es de suponer la noticia de la llegada a Canarias del nuevo Prelado P. Codina tan querido director del Instituto y que entonces iba a ser su verdadero padre y su mejor guía y auxiliar, en medio de la gran tribulación que pronto iba a venir con la invasión colérica. Iba acompañado del Santo P. Claret y de tres Hermanas que se ofrecieron, entre ellas, la inolvidable Sor Felipa Salarich, cuyos ejemplos de heroica caridad difícilmente pueden ser superados, como veremos, al hablar de aquel terrible azote.
Ahora sólo resta decir que las angustias económicas del establecimiento continuaron durante muchos años, siempre en aumento.
Uno de los recuerdos más simpáticos de aquel santo misionero P. Claret, que acompañó al Obispo Codina y fue un nuevo San Vicente evangelizando a los pobres, es el interés que puso en aliviar la pobreza del Hospital y Hospicio de San Martín Como hijo de tejedor y ejercitado en el oficio de su padre y viendo los enormes gastos que tenían que hacer las Hermanas en ropas para la casa, les propuso que comprasen un telar y material para tejer, ofreciéndose él a enseñarles su manejo. Así lo hicieron y con tanto aprovechamiento aprendieron niñas y Hermanas, que en muy poco tiempo pudieron surtirse de todo el lienzo necesario.
En 1851 tenían en marcha 20 telares que elaboraban 41.760 libras de material.
Pero el trabajo de los telares no era, con mucho suficiente. Del Hospital de San Martín estuvieron saliendo durante muchos años hermosas alfombras para las iglesias de la Isla y hasta para la misma catedral, en donde todavía parece se conserva alguna; asimismo casullas, albas y toda clase de ornamentos confeccionados por las Hermanas y niñas del hospicio quienes también lavaban, cosían, planchaban y rizaban la ropa de muchas iglesias de la ciudad y de los campos, confeccionaban prendas de vestir para seglares y equipos de boda, etc.
Véase la siguiente nota que da idea de la importancia de aquellos talleres, que empleaban anualmente: «Lino para hilar y hacer lienzo del país: 24 quintales. Lana para alfombras: 10 quintales. Algodón para bordar: 18 libras. Hilo chato de bordar: 30 libras. Hilo para encajes: 3 libras. Hilera de algodón para coser: 30 libras. Algodón sencillo para coser y hacer calceta: 2 quintales. Seda negra de pelo para bordar en tul: 18 libras. Seda de pelo de todos los colores para bordar: 4 libras. Materiales de oro para bordados en todas clases: 4 libras».
La misma confianza que, en cuanto a la administración, había depositado la Junta en las Hermanas, si por un lado era un favor, era por otro mayor tormento para ellas. Esto movió a la digna Superiora Sor Magdalena Llorach a descargarse de tamaña responsabilidad o a lo menos a que la Junta participara en ella de cerca. «Yo estoy, dice al Presidente, sumamente agradecida de la mucha confianza que siempre han hecho de las Hermanas, confiándonos las cantidades para distribuirlas a nuestro arbitrio; pero en las actuales circunstancias me parece bien oficiar a la Junta, proponiendo el que ponga un proveedor de todo lo necesario para los establecimientos, como hacen en otras casas de la Península y será más descanso para mí y acaso más fácil para los señores y podrán remediar estas necesidades mejor que nosotras. Este es mi parecer; usted, Señor mío, me hará el favor de decir cuál es el suyo, pues yo estoy resuelta a no hacer nuevas deudas en mi nombre y mi corazón no sufrirá que los pobrecitos padezcan. Mi poca salud va atrasando con estas cosas; usted verá si podrá haber algún remedio’.
Entre tanto murió Sor Magdalena. El Ilmo. Sr. Codina recordó a la Junta los honores y decoro a que era digna en sus funerales una de las primeras Hermanas fundadoras. La Junta manifestó que no podía nunca olvidar deber tan sagrado, no sólo por haber sido superiora la digna Hermana, sino por las relevantes cualidades que la habían adornado y los eminentes servicios que había prestado a la humanidad doliente; y que el Sr. Presidente había tomado a su cargo el dictar las medidas oportunas para manifestar a toda la provincia el aprecio que le merecía la expresada señora Superiora y la respetable Comunidad, que con tanto acierto había sabido dirigir.
La sucesora de Sor Magdalena continúa la dolorosa preocupación ante la extrema necesidad de sus pobres. En 15 de noviembre de 1856, oficia diciendo: «No teniendo ya valor esta Comunidad que presido, para presenciar las calamidades que hace seis años sufren los niños, que están bajo nuestros cuidados, por el retardo de las pagas de las nodrizas de los campos y habiendo nosotras tentado cuantos medios hay que tentar para buscar alimentos, con que prolongar su vida, experimentando inútiles todas nuestras diligencias y siendo víctimas de la muerte cuantos niños entran en esta cuna, creo un deber de mi conciencia, manifestar a la muy ilustre Junta de Beneficencia la imposibilidad de escapar de la muerte ni un solo niño, si no se buscan nodrizas.
Como la desgracia de estos inocentes se va aumentando cada día, espero de la notoria caridad de los Señores, que inventarán algún medio para suspender la sentencia de muerte, que ha caído sobre estos pobrecitos y, al paso harán a las Hermanas el particular favor de aliviar las de la pena de verlos padecer sin poner remedio a su mal».
Estas compasivas palabras de la Hermana eran un eco de las pronunciadas por el mismo San Vicente ante los niños expósitos de París.
La peste había, como suele, dejado en pos de sí un largo rastro de miserias. Cientos de niños huérfanos habían quedado sin amparo. ¿Cómo acudir a esta gran necesidad? Pues fundando un nuevo Asilo bajo la dirección de las Hermanas. A tal fin consiguió el Ilmo. Sr. Codina cinco nuevas Hermanas que llegaron en diciembre de 1853.
La benéfica y admirable influencia de las Hijas de la Caridad en aquel Hospital como en los demás del Reino, quedó magníficamente retratada por el Ilmo. Sr. Codina, cuando ya Obispo de Canarias, dirigió a las Cortes Constituyentes una exposición, con fecha 12 de abril de 1855. Era su propósito defender los bienes de los pobres contra los proyectos de una nueva desamortización.
«Cansaría, dice, demasiado la atención de VV.SS. Sres. Diputados, si hubiese de referir las ventajas que reportan todos los establecimientos de beneficencia. Casi todos han sido fundados en tiempo de mi dirección. Sé cómo se hallaban antes de ser confiados a las Hijas de la Caridad y no ignoro, no ignora el público, cómo han mudado de aspecto, después que ellas se han encargado de su administración económica.
No puedo pasar por alto lo que ha sucedido y está sucediendo en la Comunidad que tengo la dicha de poseer en mi Obispado. Le está encomendado el único establecimiento de Beneficencia que abran todos los ramos del Instituto. Paisanos y militares enfermos, mujeres enfermas, niños expósitos; doscientos niños de los cuales la mayor parte han perdido a sus padres en la epidemia del cólera morbo, que hizo los mayores estragos en esta Isla; niñas pupilas que pagan su pensión, ancianos decrépitos, departamentos de niños y viejos estropeados; todos estos ramos son desempeñados a mi satisfacción y de toda la Ciudad.
Los bienes de Beneficencia son muy escasos y apenas podrían bastar para mantener dos meses el establecimiento. ¿De dónde, pues, ha de salir dinero para alimentar y vestir a 300 pobres? De las industrias, economías y trabajo de las Hermanas. Ellas han tomado sobre sí la carga pesadísima de la panadería, ya para que tengan mejor pan los enfermos y demás pobres, ya también para aprovechar las ventajas de la venta del pan que no son de poca consideración. Las preciosas labores de las niñas expósitas y huérfanas pueden competir con las de los mejores establecimientos de la Península; producen un aumento de ingresos para atender a la manutención. Todo esto y las limosnas que varias personas acaudaladas y caritativas de la ciudad, administradas por manos puras que no tienen más interés que ver bien asistidos a los pobres, sus verdaderos Sres., hace que el establecimiento se halle, sino en estado de lujo, por lo menos en el de una decente comodidad».
Corrían los años, pero la suerte económica del Establecimiento no mejoraba. Tres Oficios de la Superiora, Sor Francisca de Sales Gamio nos revelan su estado en 1857. No solamente carecían de lo más necesario, como el alimento y ropa para los enfermos, sino que se adeudaba enormemente al Hospital y a las pobres Hermanas, pues en dos años nada se había pagado, por lo cual, dice la Superiora, es absolutamente imposible sostener los Establecimientos y se hace sumamente preciso e indispensable pasar por el desgarrador sentimiento de tener que cerrarlos, arrojando a la calle, así a los enfermos como al crecido número de huérfanos y expósitos que en ella existen, si no se toman prontas y enérgicas medidas capaces de evitar aquella sensible, pero necesaria disposición.
Claro que esto no habría de suceder mientras las Hermanas estuviesen allí, pero se necesitaba una heroica resistencia para no retroceder ante aquellos interminables asaltos de la miseria, que se prolongaron hasta que, ya entrado este siglo, en 1912, los Cabildos Insulares se hicieron cargo de los asilos de beneficencia confiados antes a la Diputación.
Sor Petra Aulés, que fue la Superiora del Hospital durante la época de mayor abandono por parte de las autoridades encargadas de la Beneficencia, salvó la situación angustiosa, mostrándose mujer de gran espíritu. Era natural de la Villa del Arenal, Ávila, donde nació en 1841. Ingresó en el Seminario de las Hijas de la Caridad en 1861, siendo destinada a este Hospital y puesta al frente de la Panadería en octubre de 1864. A la muerte de Sor Agustina Giménez, en 1881, la sucedió en el cargo de Superiora y, en 1897 fue nombrada Comisaria de Canarias. Murió en 2 de noviembre de 1905.Dentro del estrecho marco de estas fechas se encierra todo un mundo de Caridad.
«Si hubiéramos penetrado en los Asilos de San Martín, a raíz de su muerte, hubiéramos oído a los enfermos contar los cuidados preferentes con que los trataba Sor Petra, la solicitud con que procuraba mitigar y sanar sus dolencias corporales y espirituales.
Allí hubiéramos visto, en diversos departamentos, centenares de niños y niñas, a quienes la orfandad o el abandono dejó en medio del arroyo y a quienes Sor Petra levantó en sus brazos comunicándoles el calor del seno materno y amparándoles contra los rigores de su triste muerte.
Hubiéramos encontrado, en departamento especial, mujeres desgraciadas que la sociedad arrojaba de sí con el desprecio, pero que regeneradas por la paciente labor de Sor Petra vivían honradamente y atestiguaban con sus lágrimas, su amor y gratitud a su insigne bienhechora.
Hubiéramos hallado doncellas de posición social distinguida, que por contingencias de la vida, no podían vivir en casa propia y que apoyadas y sostenidas por Sor Petra, miraban como suyo el departamento de los pupilos y bendecían la mano que les proporcionó casa y seguro asilo para vivir decentemente; pobres ancianos y desgraciados imbéciles, que, a su modo y según sus facultades, la bendecían como madre; numerosos soldados procedentes de diversas provincias de España, dados de baja en el servicio por motivos de salud, que en las tristezas de su enfermedad veían suplidos por Sor Petra los cuidados de la propia familia y estimaban tanto más los consuelos de aquella madre, cuanto mayor era el contraste de su afabilidad con los rigores de la disciplina militar.
Hubiéramos oído, finalmente, a las mismas Hijas de la Caridad enumerar detalles tan sencillos y conmovedores, que aún recuerdan los supervivientes, los maternales cuidados que debían a su amada superiora; cómo se posponía a todas, cuando se trataba de cosas favorables; cómo iba siempre delante, cuando había necesidad de hacer frente al sacrificio; con cuánta voluntad y cariño abría sus brazos para recibir a las Hermanas de otras casas, que, quebrantadas en su salud, necesitaban un clima más benigno. Su desvelo por los pobres era tal que no daba punto de reposo; y ya en las calles de la ciudad, o de los pueblos del interior, demandando una caridad para sus pobres, ya en el comercio pidiendo objetos para su bazar anual de Navidad, siempre se la encontraba trabajando por la causa del indigente. ¿De dónde sacar si no el alimento diario de más de 500 personas, que tenía a su cargo? y ¿cómo había de pagar mensualmente a más de ciento cincuenta nodrizas encargadas de los niños de la Cuna?
Pero donde más pedía Sor Petra era, a la puerta del Sagrario. Cuando alguna calamidad pública se cernía sobre la población, ya estaba Sor Petra con su Comunidad, no sólo trabajando corporalmente, sino más aún con el espíritu, pues todas ellas pasaban largos ratos en oración, con los brazos en cruz, pidiendo al Señor que suspendiera el rigor su la justicia.
Cuando una desoladora sequía llevó el hambre más espantosa a los tristes habitantes de Fuerteventura, que tuvieron que emigrar en busca de sustento, por varios meses fue el Hospital de S. Martín fonda gratuita para doscientos o trescientos de estos desgraciados, en donde a diario les repartían dos suculentos potajes. Pero no fueron sólo los cuerpos los que recibieron alimento. Allí estaba Sor Luisita, una Hermana muy menudita, pero de un alma muy grande, una sandía, que era la encargada de instruirles y les preparaba para confesar v comulgar. Allí estaba, también, aquel santo sacerdote Burgalés, gran limosnero, que tenía siempre el bolsillo dispuesto para comprar vestidos, zapatos y mantillas para todos aquellos que no las tuvieran decentes para acercarse a la Sagrada mesa,
La caridad de Sor Petra esparció su fecunda semilla fuera de 1as Palmas, fundando las escuelas para niños pobres del Puerto de la Luz, que luego se convirtieron en el magnífico Colegio de las Hijas de la Caridad. La Congregación de Hijas de María, fundada en 1871. extendió sus ramas desde el Hospital de S. Martín a más de treinta pueblos de la Isla, y a otros de Fuerteventura y Lanzarote, cuyo fruto más patente son la multitud de Hijos de San Vicente y otras Congregaciones, que de ella han salido.
Otra de las Hijas de la Caridad más distinguidas de esta Casa fue Sor Felipa Salarich. Nació en Vich en 1828 Ingresó en la Congregación en 1845. Pasó destinada al Hospital General de la Corte y allí se hallaba en 1848, en que juntamente con otras dos Hermanas que como ella, se ofrecieron voluntarias, vino a Canarias con el Padre Claret acompañando al P. Codina nombrado Obispo de aquella Diócesis.
Llegaron a Gran Canaria el 14 de marzo y se encargó de la educación de las niñas. Apenas pronunció sus santos Votos, ya la vemos en 1851, correr animosa al puesto de mayor peligro para asistir a enfermos atacados del cólera, que hacía los mayores estragos, como queda referido.
Al fundarse la Comunidad en el Hospital de San Lázaro de las Palmas, fue nombrada Superiora en 1889. Cuando se hizo cargo del Hospital, los pobres leprosos se hallaban como encenagados en un lodazal de inmundicias. Sus miserables celdas parecían más bien sepulcros de cadáveres en descomposición, que habitaciones de seres vivientes. Esto iba unido a tan horrible desmoralización, que su sólo recuerdo arrancaba siempre amargas lágrimas a Sor Felipa.
Al tener que cortar abusos y corregir defectos, con los que estaban bien avenidos aquellos desgraciados, hubo de recoger abundante cosecha de insultos, amenazas, calumnias y hasta castigos de los mismos cuya felicidad procuraba. Pero su espíritu de sacrificio todo lo recibía con alegría.
Después de adecentar la casa la vemos recorrer con las lágrimas en los ojos las calles de la población, pidiendo de puerta en puerta ropas para vestir las desnudas carnes de sus lazarinos, pues necesitando algunos miles de pesetas para subvenir a tantas necesidades, el Director del Establecimiento, puso en sus manos 350 Ptas.
Mas cuando aquellas espigas se convirtieron en rosas, cuando aquel inmundo lodazal se había adecentado y las jaculatorias habían reemplazado a las blasfemias; cuando Sor Felipa se había captado las simpatías y el amor de todos sus pobres, entonces, sintiéndose herida su profunda humildad, de tal modo pintó su inutilidad y miseria a los Superiores, que éstos creyeron conveniente volverla al Hospital de San Martín. En él fue la más adicta colaboradora de las Superioras, que se sucedieron en su larga vida de noventa y tres años, teniendo que llevar la carga durante el tiempo de la interinidad.
El amor a los pobres fue su pasión dominante; la devoción a la Virgen, cuyo santo escapulario siempre la acompañó y ni un sólo pobre murió sin este escudo de salvación. La humildad, piedra de toque de la verdadera caridad, fue su distintivo, que como se ha dicho, la hizo dejar el gobierno de San Lázaro. Otra prueba de su gran humildad fue, que, a pesar de haber tratado íntimamente con su paisano, el gran filósofo Balmes, hasta el extremo de haber recibido visitas suyas en el Noviciado, no hablaba nunca de ello en su legítima satisfacción; y nunca se pudo averiguar claramente el grado de parentesco que la unía con el insigne poeta Verdaguer; pues lo más que en los últimos días dijo sonrojada fue, que era pariente muy cercano de su madre.
Todos los actos de piedad los repetía tres veces en honor de la Santísima Trinidad: la señal de la cruz, la genuflexión, el Gloria Patri, etc. Había ya llegado a cumplir los setenta y cinco años de vocación; y, preparada con el mayor fervor y devoción para celebrar a solas con su divino Esposo las bodas de diamante, puso todo su empeño en que tan memorable fecha pasase desapercibida y no pudiéndolo evitar, solo permitió que, a las cinco de la mañana, se cantase una misa en acción de gracias y accedió con gusto a amadrinar, en el acto de la bendición la hermosa imagen de la Milagrosa, que las Hermanas habían adquirido para la Sala de Cirugía de mujeres.
A las 5 de la tarde de aquel mismo día, 8 de diciembre abandonó el rinconcito del oratorio, en donde se la encontraba continuamente platicando con Jesús Sacramentado y durante su corta enfermedad no se oyó más queja que ésta: «Deseo morir, Hermanas mías, porque el servicio que me prestan les hace falta a los Pobres». En 17 de diciembre entregó su alma al Señor.
En otro capítulo trataremos del heroico comportamiento de las Hermanas, durante la peste de 1918,
Han sido Superioras:
Sor Agustina Ferrándiz
Sor Magdalena Llorach
Sor Francisca de Sales Gamio
Sor Agustina Jiménez
Sor Petra Aulés
Sor Benigna Marrero
Sor Ma Jesús Rodríguez
Sor Josefina Favelo
Sor Carmen Benítez
Sor Asunción Giménez.
Las de los números 4, 6, 7 y 8 fueron naturales de la Gran Canaria.
Llegó el día 24 de julio de 1929, fecha fijada por el Excmo. Cabildo Insular para demostrar una vez más a las Hijas de San Vicente que su actuación en el Hospital de San Martín, lo mismo que en los demás Establecimientos que regentan, es muy aplaudida y con agradecimiento aceptada por las dignas autoridades de la Provincia de Las Palmas.
Se cantó un solemne Te Deum en la Catedral, con asistencia de todas las representaciones civiles, militares y eclesiásticas y numeroso pueblo, Padres Paúles e Hijas de la Caridad de las seis casas de Gran Canaria. Después que el Sr. Obispo terminó aquel himno de gracias, dirigió una sentida alocución, ensalzando la obra secular y benéfica de las Hijas de la Caridad, recordando los días aciagos de la peste.
Recibida la bendición del Prelado, la comitiva comenzó a desfilar ordenadamente en dirección al Hospital. Las casas todas del trayecto estaban engalanadas y las campanas de la catedral acompañaban con su repiques a las alegres marchas de las bandas de música.
Llegado que hubo la manifestación al Hospital de San Martín, entre una multitud de gentes de todas clases, el Sr. Presidente del Cabildo Insular descubrió, entre grandes aplausos, una lápida que decía: «Homenaje del Cabildo Insular de la Gran Canaria a las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl con motivo del Centenario de su llegada a esta Isla y en agradecimiento a los servicios prestados a la Provincia de las Palmas.- 1829-1929.
Acto seguido, ocupó la tribuna, y dijo que, como Presidente de la entidad que había organizado aquel homenaje a las Hermanas de la Caridad, tenía que hacer resaltar los rasgos más salientes de la Comunidad, durante el siglo cumplido por éstas en San Martín. Habló de las diversas Superioras, de Sor Felipa Salarich y de Sor Brígida Casteló, que realizó tantas obras meritísimas en el Asilo de S. Antonio para recoger niños desamparados.
No quiero -añadió- mencionar el nombre de las Hermanas que me escuchan, porque no quiero herir su modestia; pero tengo que citar un nombre, que es el de Sor María Mendivil, que hoy cuenta 77 años de edad, la que llegó a Las Palmas en 1884 cuando S. Martín se hallaba en las mayores estrecheces. Esta benemérita Hermana, que lleva en el Hospital 45 años de relevantes servicios, ha estado prestándolos continuamente en la sala de hombres y fue la que con Sor Felipa Salarich, contribuyó a la fundación de S. Lázaro, en donde tuvieron que estar raspando la mugre de las paredes con cuchillos. Esta acompañó a Sor Petra por los pueblos a pedir para los niños de la Cuna, devueltos por las amas por no tener con que pagarlas y fue ella, también, la que durante la guerra de Cuba fundara un Hospital para soldados en S. Martín.
Por todos estos servicios pido al Sr. Gobernador civil, que me escucha, en nombre del Cabildo que presido, solicite de los poderes públicos le conceda a Sor María Mendivil la Cruz de Beneficencia, en justo premio a los inestimables servicios que ha prestado a esta Isla de la Gran Canaria y, en su persona, la reciban todas las Hermanas del Hospital de S. Martín».







