La Provincia española de las Hijas de la Caridad (III)

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Author: Pedro Vargas CM .
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LOGO HHCDía memorable en la historia de la Beneficencia española será siempre aquel 26 de mayo de 1790, en cuya tarde llegaron a Barcelona las primeras Hijas de San Vicente. Entre una multitud apiñada, deseosa de contemplar de cerca a las Hermanas, fueron éstas recibidas de las autoridades y personas de mayor distinción, y en medio de demostraciones de un júbilo extraordinario, el Capitán General las condujo en su coche a la casa llamada de Convalecencia, junto al Hospital de Santa Cruz, mientras se les preparaba su vivienda definitiva.

Entre las personas que se regocijaron aquel día, y salieron a cumplimentar a las Hermanas, no fueron los últimos los Padres de la Casa Misión de Barcelona, quienes, al fin, veían cumplidos sus deseos y coronados sus empeños de implantar en España el Instituto de las Hijas de la Caridad.

Ya suficientemente descansadas de tan largo viaje, el día 22 de agosto de aquel año de 1790 fue el designado para ponerlas en posesión formal de sus oficios. Al efecto, los muy Ilustres Señores D. Mariano Pou y D. Rafael Llinás, ambos Administradores del Hospital y en nombre de la Junta, junto con el Presidente de élla, Ilustrísimo D. Jaime Roig, pasaron al establecimiento, donde los esperaban D. Francisco Javier de Despujol, Marqués de Palmarola y D. Félix de Prats y Santos, Barón de Serra, Comisionados del Sr. Prefecto, Asistente y Consultores de la Congregación de la Natividad de Nuestra Señora, y Administra­dores de la Causa Pía de Darder; todos los cuales, constituidos en el portal por donde se va a las salas de las mujeres enfermas, se procedió a la introducción de las Hijas de la Caridad y a la cesación de las señoras Darderas.

Conviene advertir para mejor inteligencia de los sucesos posteriores que la administración de los grandes hospitales, en aquella época, solía ser una máquina muy complicada, puesto que giraba sobre multitud de legados o causas pías, que dentro del establecimiento, conservaban su autonomía, por voluntad de los donantes. Así en el Hospital de Barcelona, hallamos varias de estas fundaciones, como la llamada del Devoto Anónimo, que tenía a su cuidado el de los niños expósitos; la de Darder, que sostenía doce piadosas mujeres para el cuidado de las enfermas; la de los Hermanos Hospitalarios, que cuidaban de las salas de hombres y últimamente, el pío legado de Lupiá, que se aplicó al sostenimiento de las Hijas de la Caridad.

Ya desde el primer día surgieron dificultades por parte de las «Darderas», a quienes venían a sustituir las Hermanas. La Dirección del Hospital lo arregló convenientemente, dejando a las Darderas solamente el cuidado del departamento de las mujeres dementes. Las relaciones de la Junta Administrativa con las Hijas de la Caridad no pudieron ser, en un principio, más cordiales.

Sor Juana David puso en manos de ella una carta de la Madre General, que traducida dice así: «Señores, hónrome al presentar a Vds. a nuestras queridas Hermanas españolas, a las que debo dar el testimonio más favorable de piedad y buena conducta. Están adornadas de disposiciones las más felices para el desempeño de su santo estado, aun cuando no se han ejercitado el tiempo requerido para llegar a la perfección necesaria, que en su ejercicio, tienen sus Señorías derecho a esperar de ellas: por lo cual hemos resuelto darles una Superiora francesa, del todo instruida en las obras que se nos confían. Solamente el feliz éxito de esta empresa nos ha movido a elegir a una de las asistentas de la Congregación, persona de mucha virtud. Sacrificio es éste para mí muy costoso, pero lo he hecho por Dios y en honra de esas queridas Hermanas, cuyo regreso a su Patria, sin guía que las acompañara en tan largo viaje, no hubiera sido conveniente. Ruego a Vuestras Señorías muy encarecidamente se dignen otorgar a esas queridas Hermanas y a la Hermana francesa su protección y su benevolencia. Espero que ellas serán dignas de su aprecio por su bondad y disposiciones, y que su conducta merecerá la gracia que les pide la que se honra, siendo con el mayor respeto, de Vuestras Señorías, humilde y fiel servidora, Sor Dubois, Superiora General de las Hijas de la Caridad. = París 6 de mayo de 1790. A esta carta respetuosa respondieron los Administradores con otra muy atenta, fecha en 12 de septiembre, dándole cuenta de cómo ya las Hermanas asistían en el hospital y esperaba la Administración recoger los frutos de su aplicación, virtudes y trabajo, a la sombra de superiora, por todas circunstancias recomendable.

3.- Con la misma fecha escribió la Junta Administrativa otro oficio al Embajador en París, Conde de Fernán Nuñez, en los términos más satisfactorios, al que contestó el noble patricio, con fecha 6 de diciembre, con una carta en que manifiesta haber comprendido bien la grandeza de aquella empresa, en que tan celosamente había él intervenido y cuyo beneficio deseaba no se redujese al hospital de Barcelona, sino que se dilatase por toda España. «La recompensa, dice, que estoy seguro darán Vuestras Señorías a mi debido celo, será el continuar promoviendo un establecimiento de utilidad tan reconocida y procurar llegue a di­fundirse por todo el Reino, con lo cual harán una obra muy meritoria para con Dios y servirán también políticamente a nuestra patria y así conocerán que, aunque las cinco o seis Hermanas de la Caridad sean de utilidad en ese hospital, no bastan para asistir a todos los enfermos de él y mucho menos para propagar su Santo Instituto, que es a lo que creo deben dirigirse los esfuerzos de Vuestras Señorías».

Cómo honran al noble Embajador frases tan impregnadas de hondo y bienhechor patriotismo. Desgraciadamente los Directores del Hospital de Barcelona tenían entonces, miras mucho menos amplias y, aunque les cupo la gloria de haber introducido en España el Instituto de las Hijas de la Caridad, perdieron la de haber podido ser sus sostenes y propagadores.

Gracias al libro de deliberaciones de la Junta, podemos seguir paso a paso la estancia de las Hermanas y su salida del Hospital de Barcelona. En 5 de noviembre de aquel mismo año de 1790, la Administración presenta a tres de las Hermanas, Sor Teresa Cortés, Sor Clara Bofill y Sor Teresa Colomer para la dirección de los niños expósitos. Fue elegida la primera.

En 6 de noviembre hicieron los Albaceas del Sr. Marqués de Llupiá, la escritura de fundación de Hijas de la Caridad en el Hospital. En 17 números se especifican los deberes y obligaciones de las Hermanas, pero desgraciadamente, algunas disposiciones eran del todo contrarias a sus Santas Reglas. Se daba por descontado que las Hijas de la Caridad habían de quedar del todo independientes de los Superiores del Instituto. La admisión de Hermanas quedaría reservada a los Señores Administradores de la Obra Pía de Llupiá, y, estando completo el número de ellas, la provisión de plazas que fueran vacando, sería peculiar de la Administración del Hospital, excepción de las dos primeras que quedasen vacantes, las cuales deberían ser provistas, la una por los Marqueses de Lupiá y la otra por los de Sardañola. Las Hermanas no harían voto alguno de perseverancia en la misma casa, ni en sus caritativos servicios y podían en uso de su libertad, salirse del Hospital, así como también podrían ser despedidas por la Administración, si, amonestadas cristiana y prudentemente, no se corrigiesen; aunque no sin tener en cuenta para esto el dictamen de la Superiora. La Superiora de la Comunidad sería nombrada por la Administración del Hospital.

Es claro que las Hijas de la Caridad jamás podrían suscribir esos puntos tan opuestos a su vocación. Esto no podían menos de verlo los Señores Albaceas de Llupiá y los Directores del Hospital, con la simple lectura de las Santas Reglas de S. Vicente, que acababan de ser traducidas al castellano, por D. Francisco Zamora, Comendador de la Orden de San Juan. Pero se vio que el trato con las Hermanas no había modificado el criterio expuesto por ellos desde el principio, de que no querían llevar al Hospital Congregación alguna ya fundada, sino implantar una nueva, del todo sujeta a su voluntad.

Y lo más inquietante del caso para las Hermanas era que, no sólamente los Albaceas y Administradores, sino el mismo Prelado de la Diócesis había ya suscrito el nuevo reglamento. Sólo les quedaba el apoyo de los Misioneros; mas el asunto era muy delicado para ponerse desde un principio en contradicción con tan altas autoridades.

En 18 de febrero de 1791 trató la Junta del Hospital de las constituciones especiales a las Hermanas, pero se juzgó que había que esperar para hacerlo a que viniese la real licencia de aplicación definitiva de la Obra Pía de Llupiá a las Hijas de la Caridad, pues mientras tanto todo estaba en el aire.

Con aquella misma fecha se hizo por la Junta la distribución de oficios entre las 28 Hermanas de la forma siguiente: quedó nombrada Superiora Sor Juana David, quien debería dar cuenta a la administración de cuantos caudales entrasen en su poder y de su inversión mensual. Sor Teresa Cortés fue destinada al manejo de las criaturas de leche y del gobierno, con las correspondientes muchachas probandas, con obligación también, de dar cuenta de los raudales que manejase en aquel departamento.

A sor Manuela Lecina se le encargó del cuidado de la enfermería de las cunas y a Sor María Blanc y a Sor Lucía Reventós una banda de la sala de Santa Eulalia a cada una, y entre ambas se repartirían las probandas, tomando cada una las que necesitase.

A sor Josefa Miguel se le encargó la despensa y el cuidado de la Superiora, en cuanto fuese preciso, el guarda ropa y la anotación de cuentas y caudales.

En 13 de mayo se anota el hecho de haber dado cuenta, por primera vez, Sor Teresa Cortés de los caudales que habían entrado en su poder. Presentó, además, dicha Hermana para su aprobación un plano de parte de la obra proyectada por algunos devotos en la sala del gobierno que estaba al cuidado de ella. Se acordó pedir informes sobre este plano al Sr. Administrador D. Mariano Pou.

En 16 del mismo mes se anota que, habiendo manifestado los médicos cuán conveniente sería a las probandas y aún a las Hermanas, que salieran por las mañanas, un rato, a tomar el aire en aquel tiempo de primavera, resuelve la Junta, que así se haga y que vaya siempre con ellas alguna Hermana, según pareciere a la Superiora.

Por acta de 17 de junio sabemos que la Junta había conferido con el Capitán General de Cataluña acerca de la tardanza con que en la Corte se llevaba la resolución en el asunto de la Obra Pía de Llupiá y su aplicación a las Hijas de la Caridad, en aquel Hospital, manifestándole, además, los comisionados los perjuicios que resultaban de esta tardanza, pues no dejaban de experimentarse repetidos lances dimanados de las indisposiciones originadas, desde el principio del establecimiento de dichas Hermanas, entre éstas y las señoras de la causa de Darder. Trataron, también, de la conveniencia de dar permiso para que pudieran vestir el hábito de Hermanas algunas de las muchas probandas, que justamente lo deseaban. El Capitán General les aseguró que se aprobaría aquella fundación y que la demora sólo obedecía a la multitud de otros asuntos. Se propuso también, en aquella sesión, el activar la conclusión de la habitación de las Hermanas, que ya se estaba construyendo.

El 22 de junio habiendo pedido permiso Sor Lucía Reventós para ir a Sitges a ver a sus padres, le fue concedido por 15 días. Luego se le prorrogó la licencia 15 días más.

En 8 de agosto Sor Teresa Cortés expone a la Junta, que ya era llegada la ocasión de poner en mejor estado el departamento o sala del gobierno, que estaba a ella encomendado y que por consiguiente, se debían retirar las antiguas sirvientas y colocar en su lugar nuevas probandas y una comadre para cuidar de las mujeres retiradas. Fueron atendidas sus súplicas, poniéndose allí cuatro probandas y la comadre. También se la autorizó para hacer algunos gastos a favor de los expósitos.

El 24 de octubre resuelve la Junta que según costumbre se costee a las Hermanas el gasto de los Ejercicios que suelen hacer anualmente en la Casa Misión. En 18 de noviembre se da cuenta de una limosna de cien doblones que D. Antonio Venero quiere aplicar a una estancia de expósitos destetados; y que desea corra la obra bajo la dirección de Sor Teresa Cortés, encargada por la Administración de dicho ramo. Así se acuerda.

En 9 de marzo de 1792, presentó de nuevo sus cuentas Sor Teresa, pidiendo a la vez permiso para ir a Manresa, por algún tiempo, con el fin de recuperar su salud «que es bien notorio la tiene tan quebrantada.» Después de hacer inventario de su departamento y de reconocimiento médico, le fue concedida licencia. En ausencia de Sor Teresa, dispuso la Junta se encargara de los departamentos de expósitos y gobierno Sor Manuela Lecina.

En aquella misma sesión del día 9 se trató de la tardanza de Madrid en resolver el asunto de la Obra pía de Lupiá y su aplicación a las Hermanas. Asimismo, de la necesidad de dar el hábito a las 17 probandas, que, desde mucho hacia; venían ejerciendo su caridad para con los pobres con gran satisfacción de la Administración. Resolvieron tratar de nuevo el asunto con el Capitán General.

En 20 de aquel mismo mes hizo presente D. Juan Pansich haber reparado que Sor Manuela Lecina no había cumplido en nada el subir a cuidar de las criaturas, en ausencia de Sor Teresa Cortés, según se le había prevenido por resolución de la Administración, y que, habiendo insinuado algo a la Superiora, Sor David, ésta le había respondido en tono que tal disposición no era peculiar de la Administración, lo cual precisó a dicho señor Pausich a manifestarse sentido y a hacerla entender que conocía como tal. Y que de resultas había hecho entender a las demás Hermanas, con una carta que les pasó, en la tarde de ayer, el disgusto que le había causado la respuesta de la Superiora; a que se le ha contestado, el día de hoy, con otro escrito, defendiendo lo ejecutado por la Superiora, y diciendo que deseaban explicarse sobre pretensiones que les parecía tener acerca de su establecimiento en el Hospital. En vistas de esto, se resolvió tener Junta General con asistencia de ambas Administraciones: la de la causa pía de Llupiá y la del Hospital.

El 25 de marzo se dirigió a las Hermanas un comunicado sobre lo sucedido; contestaron ellas al día siguiente, dando cuenta general Sor Juana David y Sor Teresa Cortés de todo cuanto había entrado en su poder, desde el día 2 de agosto en que se encargaron de los servicios del Hospital.

Con fecha 6 de abril todas las Hermanas, menos Sor Teresa, que estaba ausente, dirigieron con toda precisión un oficio a la Dirección, exponiendo sus pretensiones que reducían a cuatro puntos: libertad para poder observar las Reglas de San Vicente de Paúl y prácticas piadosas de su estado; libre nombramiento por parte de la Comunidad en los empleos de las Hermanas sin que la Administración intervenga más que en avisar a la Superiora de las deficiencias que hubiese; libre admisión y dimisión de novicias, dejando sólo a la Administración determinar el número conveniente al servicio; finalmente, en todo lo temporal cuentas y método en el servicio de enfermos, será privativo de la Administración disponerlo todo y ellas obedecerán exacta y puntualmente. «Esto es, muy ilustres Señores, lo que pretendemos, no teniendo en ello, otra mira, que la conservación del espíritu de nuestra vocación, la paz, unión y buen orden de la Comunidad, que todo resultará para mayor alivio de los pobres, gloria de Dios y aún satisfacción de VV.SS. si merece su aprobación, como nos lo prometemos de su caritativo y religioso corazón… sus atentas y humildes servidoras, las Hijas de la Caridad, sirvientas de los pobres enfermos. Sor David, Sor Josefa, Sor María, Sor Lucía, Sor Manuela Lecina.

La respuesta de los delegados D. Juan Ponsich, Administrador del Hospital y del Sr Marqués de Llupiá fue conciliadora, pero afirmándose en las disposiciones adoptadas, «por las cuales, sólo se admitieron dichas Hermanas de la Caridad como personas seglares :.ce pendientes de toda Congregación o cuerpo regular o cuasi regular y bajo este supuesto, e artículo 3° del convenio firmado en París a los 18 de abril de 1790, entre el Superior General de la Congregación de la Misión y la Superiora, también General, de las Hijas de á Caridad, de una parte, y de otra, el Exmo. Sr. Conde de Fernán Núñez, embajador de SM. Católica… En cuanto a lo espiritual solamente estarán sujetas al Sr. Obispo Diocesano Ir Barcelona, como seglares…»

Por lo que mira a la libertad e independencia de la Superiora en el nombramiento de Hermanas para los empleos, sólo la admiten «bajo la precisa condición de que preceda la aprobación de los propios señores Administradores; así como, si estos lo estiman conveniente, deberá variar el destino de las que una vez hubiese nombrado».

En 20 de abril, ambas Administraciones reunidas tuvieron dos sesiones, concurriendo a á segunda de ellas los abogados del Hospital, D. Mariano Oliveras y D. Buenaventura Vallocera. Leyóse el papel formal de pretensiones presentado a la Administración por las Hijas de la Caridad, el día seis del corriente mes «del que sin duda, dice el Acta, tienen el cabal conocimiento los Sacerdotes de la casa de la Misión».

La Junta resolvió que no se admitiese ninguna probanda más, por entonces, y que se pusiese en conocimiento del Capitán General todo lo sucedido. Con fecha 29 del mismo mes se dio por ambas administraciones, la del Hospital y la de la Causa pía de Llupiá, contestación al escrito anterior de las Hijas de la Caridad.

Con respecto a la admisión o exclusión de Hermanas ceden en que sea de la facultad de .a Superiora, pero, siempre, previo consentimiento y aprobación de los Señores Adminisradores.. se observa de paso que no formando las Hermanas de la Caridad un cuerpo religioso, la práctica de las comunidades regulares, en este punto no puede servir de regla para su resolución … »

11.- A este escrito replicaron las Hermanas con otro de 16 de mayo, alegando, que sobre las condiciones contratadas en París, entre aquellos Superiores y el Embajador de España «se cimentó su venida a este Hospital General de Barcelona, como Hijas de la Caridad, con sus establecimientos y reglas, sometidas en un todo a ellas; y, en la parte temporal, a la ilustre Administración, sin que a ésta sea lícito alterar, en punto alguno, la legislación de aquéllas. Bajo este constante concepto, han traído sus Reglas, selladas y firmadas por la Superioridad, y bajo el mismo, se las fueron pedidas por V.S. para traducirlas al español, cuya menor alteración es ilícita, en razón de la buena fe, en la de un solemne contrato, en la intervención del alto carácter de los contratantes y en la del mejor servicio del Hospital, como se acredita en muchos de la Europa a que están adictas». «La fundación del pío legado con que se nos arguye, en nada trasciende a nosotras, que posterior a nuestra venida y a la fecha de dichas condiciones, fue ignorada por nosotras; no nos intimó entonces y se pretende argüimos con ella ahora, como título derogatorio de nuestras Reglas; mas carece de toda fuerza. En su .aso, hubiéramos protestado y lo ejecutamos ahora, que se nos hace saber, en todo lo respectivo al quebrantamiento de nuestras ordenaciones… »

Este documento, dictado sin duda por los Señores, de la Casa Misión y suscrito por todas las Hermanas menos Sor Teresa, que seguía ausente, necesita ser examinado a la luz de los escritos que mediaron entre París y Barcelona, antes de la venida de las Hijas de la Caridad a España. Y la realidad es que las últimas bases trabajosamente aceptadas por una y otra parte, gracias a la laboriosa mediación de nuestro Embajador en Francia, eran tan imprecisas que sobre ellas sólas nada se podía presumir, y todo se dejaba a una posterior y mutua inteligencia. Si las Hermanas españolas, como ellas declaran y es de suponer, no estuvieron al corriente de las propuestas y contrapropuestas que precedieron a su venida, es lo cierto, que, claramente y en última respuesta, dijeron los Directores del Hospital que no pretendían instalar en él una Comunidad de Hijas de la Caridad, sino servirse de ellas para fundar una Hermandad a su gusto. Las altas y patrióticas miras de nuestro Embajador en Francia, quien deseaba el establecimiento y difusión de las Hijas de la Caridad en nuestra patria mediante su instalación en Barcelona, no fueron comprendidas por los Administradores de su Hospital, pero justo es confesar que no fueron inconsecuentes ni injustos; y las Her­manas, que estaban en su perfecto derecho de rechazar todo cuanto se opusiera a sus Santas Reglas y estado, no podían fundarse para ello en concesión alguna documentada de ellos. Sólo las circunstancias angustiosas por que atravesaba entonces el Instituto en Francia, fue el motivo de tener que enviar los Superiores a España a aquellas primeras Hijas de la Caridad, sin escritura bien determinada, creyendo que, con la venida de la Superiora francesa Sor David y con el trato de las Hermanas, podría enderezarse aquel mal entablado negocio. No lo quiso así la Divina Providencia y nada pudo alegarse contra su salida del Hospital. Esto era tanto más de sentir cuanto que, por aquellos días, la Junta o Sitiada del Hospital de Zaragoza pedía a la de Barcelona, y por segunda vez, informes sobre las Hijas de la Caridad con idea de instalarlas allí. Dadas las circunstancias, contestaron dilatando su informe para más adelante.

Con fecha 29 de mayo uno de los dirigentes de la Junta del Hospital escribe a las Hermanas quejándose de un escrito de la Superiora. Contestan ellas dos días después. «No reconocemos, dicen, motivo alguno de resentimiento y menos que haya contravenido en un ápice a la atención y subordinación que debemos a los Señores Administradores, según lo que se convino con el Sr. Embajador de España en Francia y conforme a lo que prescriben nues­tras Reglas, relativo a este asunto».

Reunida la Junta en 11 de junio, fueron convocadas las Hermanas ante ella para comunicarles, que dentro de dos o tres días, serían de nuevo llamadas para que declarasen si se acomodaban, o no, a las disposiciones contenidas en el escrito que les fue dirigido por los Directores con fecha 29 de abril.

Efectivamente el día 15 de junio, reunidas en junta extraordinaria ambas Administraciones del Hospital y del Marqués de Llupiá, acordaron designar a los Señores D. Juan Ponsich y al Sr. Marqués dicho, para resolver el asunto de las Hermanas. En tal virtud, estos señores se fueron a entrevistar con el Capitán General de Cataluña, quien les manifestó «sentir vivamente las novedades sobrevenidas a tan útil establecimiento».

En aquel mismo día, por la tarde, fueron convocadas las Hermanas ante los Señores Administradores. Preguntadas, cinco de ellas dijeron que no se conformaban a las disposiciones del 29 de abril, y que persistían en sus respuestas del 16 de mayo; la otra Hermana, Sor Teresa, dijo que sí se conformaba con las susodichas disposiciones.

Oída la respuesta, se les manifestó a las cinco Hermanas fieles a su estado, que no podían seguir al servicio del Hospital, y, en consecuencia, que declarasen el plazo para su salida, a fin de que la Administración providenciase sus medidas. De todo lo cual se levantó acta. Después de oídas las Hermanas, fueron llamadas las probandas, de dos en dos, en número de dieciséis, pues dos se hallaban ausentes. Y habiéndoles propuesto que si querían quedarse en el Hospital, la Administración estaba dispuesta a admitirlas bajo un reglamento conveniente al buen orden y mejor asistencia de los enfermos y expósitos y bajo la precisa condición de estar enteramente sujetas a las disposiciones de la Administración, de no haber de hacer voto alguno y de quedar con entera libertad de confesarse y dirigir sus conciencias con cualquier confesor aprobado por el Diocesano; Juana Parcet y Josefa Torrens respon­dieron que se conformaban; Ignacia Casasayas, Antonia Borgón y Maria Arenas dijeron que se tomarían unos días de tiempo para reflexionar, y que darían su respuesta al Prior del Hospital. De las once restantes, Cándida Bofil, María Rosa Grau y Madrona Godás contestaron que se irían al día siguiente; Francisca Freixas y Mariana Salvadó el domingo; María Josefa Casasas, el lunes; María Gras, dentro de cuatro días; Jacinta Verges y Antonia Oriol, dentro de los doce días inmediatos; Clara Colomer y Paula Puig que se irían el día en que se separaran las Hermanas. De todo se levantó acta. De ellas Rosa Grau y Paula Puig estaban admitidas en la Congregación desde el 6 de agosto del año anterior.

Informado de todos estos sucesos, el Capitán General, manifestó a los delegados Señores Ponsich y Marqués de Llupiá que convenía que ambas Administraciones le pasasen por oficio los documentos de todo lo actuado, desde la venida de las Hermanas de París, a fin de poder deliberar acerca de su colocación, cuando ellas salieran del Hospital. También les propuso, «meditasen si sería conducente a evitar nuevos chismes y conversaciones, de que, en el propio día en que se ausentasen del Hospital las Hermanas de la Caridad, lo ejecutase igualmente Sor Teresa, hasta que las cosas estuviesen tranquilas, pues reconocía su Excelencia útil dicha mujer. Esto podía hacerlo el Sr. D. Jaime Roig canónigo y Administrador, «con el pretexto de que pudiese recuperar bien su salud».

El 22 de junio se pasó al Capitán General el oficio con los documentos pedidos por él, y S.E. manifestó a los comisionados que habían estado en palacio las Hermanas con su Superiora les había dicho que se dispusieran para volver cada una a sus casas; y «que a la Superiora le proporcionaría un decente depósito, al parecer en casa de D. Narciso Darró abogado, hasta que volviese a Francia, pagándole el viaje la Causa pía de Llupiá. Su Excelencia se encargó también de poner al corriente de todo a nuestro Embajador en París, Conde de Fernán Núñez.

14.- El 24 de junio de 1792 salieron definitivamente las Hijas de la Caridad del Hospital de Barcelona. Poco después se fundó en él la Hermandad, según los deseos de aquella Junta, poniéndose al frente de la nueva institución Sor Teresa Cortés con algunas de las probandas. Hoy es una verdadera Congregación religiosa con el título de Hermanas del Hospital de Santa Cruz.

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