Las Hijas de la Caridad en la Guerra de la Independencia. La Inclusa y Colegio de la Paz. La antigua Inclusa, donde primeramente se establecieron en Madrid, las Hermanas en 1800, estaba situada en la Puerta del Sol, con la capilla pública a la calle de Preciados. Trasladado el establecimiento, en 18 de noviembre de 1804, a la calle de la Libertad su primera solemnidad fue la inauguración de su capilla, a que fue invitado el Sr. Cardenal quien delegó para la bendición de ella al Sr. Cura de San José. Al quedar reunidos, en septiembre de 1807, la Inclusa y el Colegio de niñas de la Paz, en el edificio de la Calle de Embajadores, en él se juntaron las catorce Hermanas que dependían de la Junta de Señoras considerándose ésta la casa principal del Instituto, no sólo por el mayor número de Hijas de Caridad, sino por residir en ella Sor Manuela Lecina, nombrada Superiora General, como ahora decimos Visitadora y que fue siempre modelo de fidelidad a su vocación. Allí, a la sombra protectora de la Junta de las nobles Damas y sin germen interior de discordia, pudieron afrontar con relativa paz la nueva prueba a que las iba a someter el azote la guerra de la Independencia.
La situación de la casa, durante la invasión francesa fue angustiosa por falta de recursos y notable aumento de criaturas. Mucho dice en su favor, que visitando el establecimiento, el 25 de febrero de 1809, el intruso rey José Bonaparte «se manifestó muy complacido de la limpieza y asistencia de los niños y niñas de los dos establecimientos, a los cuales su ofreció soberana protección». Y en efecto, poco después a 9 de marzo la Sra.Vicepresidenta recibía un Oficio que decía: «Entre tanto que Su Majestad realiza los medios de beneficencia ilustrada a favor de un establecimiento tan recomendable como el de niños expósitos y niñas del Colegio de la Paz, no quiere diferir un instante el acreditar con un corto y pronto rasgo el tierno interés que le merecen y lo sumamente satisfecho que ha quedado, al ver el orden y aseo que, gracias a Vd. y sus dignas compañeras reinan en aquellas casas. Me ha encargado, pues, que prevenga, como lo ejecuto con esta fecha, al encargado de los reales almacenes de la Fábrica de Guadalajara tenga a disposición de V. E. las sargas que necesitan para vestir completamente las niñas, maestras y amas».
Pero la situación llegó a tal extremo que, en diciembre de aquel mismo año fue menester vender los vasos sagrados y se comunicó a la Junta de Señoras «orden al Colector para que reservados tres Cálices, dos copones y la custodia, pasasen la demás plata a la Casa de moneda, lo que habiéndose ejecutado, resultó de su peso ciento seis marcos que a razón de ciento cuarenta y ocho reales cada uno, importa quince mil doscientos setenta y tres reales, que satisfarían en metálico a la mayor brevedad».
En medio de tales apuros, cada día mayores, a causa de la guerra, trataron las autoridades de acrecentárselos, mandando a la Inclusa los niños del Hospicio. En Junta 9 de abril de 1812. «enterada de ello, acordó se respondiese a S.E., «exponiéndole la absoluta imposibilidad de recibir los niños del Hospicio, por no haber espacio suficiente en la casa para los que se hallan en el día; que la miseria a que está reducida la impiden también poderlos mantener; que se halla falta de sirvientes para el cuidado y asistencia de ellos, pues reducida a las doce Hermanas de la Caridad para la servidumbre de los niños y chicas del Colegio; con otras reflexiones que la Junta tuvo presentes en atención a las cuales se acordó también que, deseoso este cuerpo de contribuir al alivio de los infelices niños del Hospicio, se propusiera a S.E, la formación de un establecimiento temporal en la casa que fue Inclusa, calle del Soldado, donde se halla el Noviciado de las Hijas de la Caridad, las que con un corto estipendio llenarían este piadoso objeto, asistiendo a los niños del Hospicio y a los que pasen de la Inclusa y que no pertenecen al Establecimiento, supliéndose los gastos necesarios por la Comisión de socorros públicos, así para camas, jergones, sábanas y otros utensilios, como para el diario alimento, según se tenga por conveniente».
Y tanto aumentaron los niños en la Inclusa que la Junta de Señoras se vio obligada a pedir locales en la Escuela Pía de Avapies, entonces desocupada, trasladando a ella los niños por algún tiempo, con beneficio de su salud.
Al evacuar, en agosto de 1813, las tropas francesas la Corte, se vio la casa privada del socorro de pan y carne, que diariamente le daba el Gobierno francés de las provisiones del ejército, sin cuyo socorro hubieran perecido y tan apurada que, en diciembre se acudió a la caridad pública por medio de la prensa.
Pero fue en mayo del año siguiente 1813, cuando la penuria se extremó de tal manen que las Señoras pensaron tener que abandonar a los niños. Así leemos en la sesión del día 19 que «la Junta, angustiada de la grandísima escasez que hay en la Inclusa y Colegio, como de la enorme deuda de sus dependientes, a quienes se está debiendo cuatro años de salario, más de quinientos mil reales a las amas de fuera, sin contar la deuda de los abastecedores; desnudos y hambrientos los niños y niñas de ambos establecimientos, que por falta de subsistencia, fallecieron el año pasado mil ochocientos sesenta y cuatro; y que, hasta fin de abril del presente han muerto doscientos cuatro; que por efecto de la miseria se han marchado las amas de la casa y sólo han quedado cinco, para veinticinco criaturas; apurados pues. todos los recursos con la venta de varias casas y cambio de vales con un quebranto enorme y, atendiendo, por otra parte, a que el Gobierno no ha proporcionado auxiliar a estas casas, acortó se pase un oficio al Sr.D.Pablo Arribas, exponiéndole que, en el caso de que en el día se las pueda socorrer con lo necesario para salir de las necesidades, en que se hallan, se sirva S.E. nombrar las personas que guste para que sucedan a la Junta en el Gobierno y dirección de los citados establecimientos, quedando muy pronta para hacer la correspondiente entrega a los sujetos que la designen, pues este cuerpo no tiene ya bastante valor para ver expirar en sus manos los niños y niñas de estos asilos de la humanidad y de la religión».
Son de suponer las amarguras de las Hermanas en tales circunstancias. Refiriéndose ellas más tarde, Sor Rosa Grau, decía en 1817: «Razón de lo que tengo percibido de lo que las Hermanas trabajamos en el tiempo de las miserias, estando los franceses, con permiso de las Señoras Curadoras, con el motivo de no poder pagarnos la casa por estar en tanta miseria, nos fue preciso tomar varias labores para poder ganar alguna cosa para vestirnos, calzarnos, los ratos que nos quedaban y las Señoras convinieron gustosas. A pesar de que no éramos el número completo y nos vimos reducidas a tomarnos doble trabajo las Hijas de la Caridad debemos trabajar siempre en beneficio de la casa y por tanto propuse a las Señoras, que cuando nos pagaran se descontaría de nuestra pensión. Empezamos el año 1808 hasta el año de 1814, en que he sacado la cuenta haber ganado, en ese tiempo, ocho mil reales, los que se descontarán en estos meses de atrasos.»
Y la Junta debiéndoles a las Hermanas diez y nueve mil reales, manda se les abone ocho mil. A pesar de tanta miseria no decayó la vida de piedad que se refleja bien en las solemnidades religiosas que se celebraban. Ya de antiguo tenía la Inclusa los oficios de Semana Santa en su Iglesia de la calle de Preciados, donde estaba establecida la Congregación de la Purísima que sufragaba los gastos. Al trasladarse la Inclusa a Embajadores, siguió celebrándose la dicha Semana Santa, aunque a costa del establecimiento.
Fiesta solemne era la de San José, Patrono de la Casa. La situación dolorosa del Real Noviciado, hacía que las Hermanas volviesen sus ojos suplicantes al patrono especial del Seminario y «Sor Manuela Lecina, sierva de los pobres», pedía en 1808 al Sr. Nuncio Apostólico, Arzobispo de Nicea y obtenía «ochenta días de indulgencia a los que venerasen con la debida devoción a una imagen de dicho Patriarca San José, que se halla colocada al presente en una pieza de la habitación de las dichas Hijas de la Caridad».
Otra fiesta tradicional, desde la llegada de las Hermanas a Madrid, fue la de S. Vicente de Paúl, su santo fundador, que no omitieron ni aún el año 1809 cuando la miseria les obligó
a vender los vasos sagrados como si quisieran ellas vivir más y más unidas a su santo Padre,
cuando más altos poderes intentaban separarlas de él y de sus Santas Reglas.
Nos da idea del valor de aquella fiesta la siguiente «Razón de gastos causados en la fiesta que con exposición del Santísimo Sacramento en la misa solemne, con sermón y completas se celebró el día 19 de julio de 1809, en la Iglesia de los Reales establecimientos unidos de Inclusa y Colegio de la Paz, en obsequio de San Vicente de Paúl, fundador de los Presbíteros de la Misión y de las Hijas de la Caridad.
Primeramente el organista y bajonista, que tocaron en la misa y Completas, que cantaron las niñas colegialas; por su asistencia mañana y tarde, treinta reales a cada uno. Al maestro de los Desamparados, que enseñó y dirigió a las niñas en la misa nueva y completas, se le dieron de agradecimiento treinta reales. A los niños desamparados, que asistieron de acólitos, ocho reales. Hubo misa rezada después de la mayor y al sacerdote que la dijo se le dio limosna de diez reales. = Suma ciento treinta y ocho reales».
En junio de 1810, el Sr. Obispo, Auxiliar de Madrid, D. Atanasio Puyal, cuya intervención en favor de las nuevas Constituciones fue muy activa en años posteriores, confirmaba a 24 niñas del Colegio de la Paz, en la Iglesia de la Inclusa.
No quiso la Divina providencia que llegase este Asilo a su total ruina y, en septiembre de aquel año de 1813, vino en su ayuda una cuantiosa limosna por conducto de D. Francisco Javier Vales; con este y otros socorros que llegaron por manos de las Hermanas, aliviaron una penosa situación.
La vida ejemplar y admirable constancia de las Hijas de la Caridad estaba patente a cuantos visitaban la Inclusa, pero el dualismo entre las Hermanas de esta casa y las del Real Noviciado, del todo distanciadas entonces, pues aquellas seguían dependientes de sus legítimos Superiores y las otras bajo la jurisdicción absoluta del Sr. Arzobispo de Toledo, tenía que dejarse sentir; y a fin de desvanecer cualquier equívoco o confusión, en 1812, se publicó en Madrid, no sin intervención de Sor Manuela Lecina y de acuerdo con el Visitador, un folleto dedicado a dar a conocer a las Hijas de la Caridad «según el Instituto de Vicente de Paúl», que en sustancia era el ya editado en 1782 y reimpreso en 1802, pero con algunos aditamentos. Por ser el folleto muy raro y compendiar con bastante exactitud el espíritu de las Hermanas queremos insertarlo aquí.
«Verdadera y sucinta noticia de las ocupaciones y buenos servicios que hacen a la humanidad las Hijas de la Caridad y Siervas de los Pobres, según el Instituto de San Vicente Paúl”, impresa por un manuscrito con que se halla cierto amigo de los pobres, a expensas de este y otros varios sujetos piadosos y beneficio de los enfermos de los Hospitales civiles de esta Corte». Madrid. M. DCCCXII. En la imprenta de Alvarez, Calle de la Zarza». «La grande obra que tanto deseó y no pudo o no tuvo tiempo de realizar S. Francisco de Sales, por medio de Santa Júana Francisca Fremiot con respecto a aliviar las necesidades los enfermos pobres por una Congregación de doncellas, que con votos simples y anuales de dedicasen a practicar con ellos las obras de misericordia, la ejecutó plenamente S.Vicente de Paúl, verdadero padre de los pobres, como le llama la Iglesia, por medio de una muy noble virtuosa y ejemplar Señora llamada Luisa de Marillac, viuda del Mr. Le Grás, secretario que fue de la Reina María di Médicis, poniendo bajo la dirección de esta prudente
Señora algunas piadosas y devoras doncellas que quisieron consagrarse a Dios para servirle
en sus pobres.
En efecto, esta noble dama, que en todo se dirigía por los consejos y reglas que le daba el Santo, puso tanta afición y atención como cuidado en formar bien y hacer crecer estas tiernas y bellas plantas, que no sólo se adelantaron luego en la virtud y se perfeccionaron en cuanto era necesario para aquel gran ministerio, sino que con la fama de su virtud y ejercicios piadosos atrajeron hacia sí otras muchas, que deseosas de abrazar el estado religioso y careciendo de dotes para ello, voluntariamente se ofrecieron a servir a Jesucristo en este Instituto en la persona de los pobres enfermos; las cuales fueron tan bien recibidas y después, a su tiempo, aplicadas a los quehaceres y ministerios de él con tanta satisfacción y ejemplo de las devotas personas que ya, a competencia, las pretendían en casi todas las parroquias y aún los mismos Obispos se empeñaban para conseguirlas.
Tales fueron los principios de esta Congregación de vírgenes llamadas con el nombre de Hijas o siervas de la Caridad de quienes ni S. Vicente ni su piadosa Cooperatriz había esperado ni menos previsto un tan veloz y rápido progreso, pero conociendo que Dios se complacía de aquella obra todavía toscamente bosquejada y que se la confiaba a ellos para que la fuesen perfeccionando, cuidó por esto particularmente el Santo, que se autorizara, como de hecho lo fue, con aprobación auténtica del Ilmo. Arzobispo de París, del Eminentísimo Cardenal de Vendomes, Legado a Latere de la Santa Sede Apostólica, del Papa Clemente XI y del mismo Rey, quien, en su Real aprobación hizo muchos elogios de este tan caritativo Instituto y lo puso bajo su protección dándolas, al mismo tiempo permiso para que pudiesen fundar y establecerse en todas las partes de su Reino, y también sumos Pontífices las han concedido después muchas gracias.
Las doncellas, que quieren entrar en esta Congregación deben ser de familias honradas y de conocido y limpio linaje, de edad de dieciocho hasta veintiocho años; a lo menos que no excedan de los treinta: virtuosas y ejemplares, de experimentadas costumbres y que haya: traído una vida irreprensible, de buen estatura, de robusta salud, agudas y perspicaces de vista, de capacidad e inteligencia suficientes a poderse prometer de ellas el desempeño de los diferentes empleos que en lo sucesivo deben de ejercitar: han de saber bien leer y algo de escribir, procurando con el tiempo ejercitarse en esto; y por último, han de tener amor al trabajo e inclinación a las cosas de espíritu.
Su Instituto tiene dos blancos u objetos: el primero de procurar la santificación para sí mismas: y el segundo, ejercitarse en todas las obras de misericordia para con los pobres consagrándose a este fin por el amor de Dios especialmente al servicio de los pobres enfermos.
Para la consecución del primero, aunque no sean religiosas ni tienen clausura, por ser uno y otro incompatible con sus empleos y ejercicios, traen sin embargo una vida tan regulada y perfecta, como las más Santas religiosas dentro de sus monasterios; porque tiene: siempre presente y practican lo que las decía frecuentemente su Santo fundador, esto es, que ellas habían de reconocer por monasterio las casas y hospitales de los enfermos, por claustro y clausura las calles y la obediencia, por velo la santa modestia y por rejas el santo teme: de Dios; asegurándolas al mismo tiempo, que si observaban esto con un verdadero espíritu, se verificaría en cada una de ellas lo del salmista; es decir, que caminarían sobre el áspid y el basilisco, y que pisarían el león y el dragón, pero sin recibir de estos daño alguno.
Visten asimismo casi como religiosas, con un hábito de lana muy modesto y decente, viven en comunidad y bajo el gobierno de una Superiora; no necesitan de dote para entrar, ni de renta alguna para mantenerse o vestirse en adelante, pues sanas y enfermas son provistas de todo por la Comunidad; tienen cinco años de probación, los cuales concluidos, son admitidas a los tres simples votos de pobreza, castidad y obediencia, juntamente con el
cuarto, por medio del cual se consagran a Jesucristo para servirle en la persona de los pobres enfermos. Estos cuatro votos sólo duran un año, y se revalidan anualmente; y aunque alguna se inutilice para el servicio o trabajo por enfermedad o achacar corporal, una vez que haya hecho los primeros votos, siempre después se la mantiene en la casa; y sólo se suspende la revalidación con respecto a la que por sus procederes lo desmerece, cuya dilación para cualquiera de ellas es la penitencia más sensible y dura que se les puede dar; y si después de dicha penitencia se ve tal vez que la penitenciada es incorregible, lo que rarísima vez sucede pues todas son muy observantes, entonces, cuando no hay ya más esperanza de enmienda con mucha madurez y acuerdo se la despide, o por mejor decir se corta, aunque con sentimiento, aquel miembro para que no infecte lo restante de tan sano y saludable cuerpo.
Comen siempre en Comunidad, con lectura espiritual todo el tiempo de la comida; viven muy frugalmente, usando de manjares comunes y sólo beben vino cuando tal vez lo pide alguna enfermedad; no tienen prescritas penitencias ni mortificaciones extraordinarias por ser incompatibles con la salud y robustez de que necesitan para la continua asistencia de los pobres enfermos y demás trabajosos empleos a que la obediencia las destina, sino que cada una la practica más o menos, según el permiso que la dé su prudente director; se levantan en invierno y verano a las cuatro de la mañana; hacen dos veces al día oración mental en comunidad, esto es tres cuartos de hora por la mañana y media hora por la tarde; y así mismo tienen media hora de lección espiritual y cada día ejecutan dos exámenes, uno particular y otro general; éste es por la noche, antes de acostarse; confiesan y comulgan todos los domingos y días de fiesta; oyen misa todos los días; rezan el rosario; tienen sus conferencias espirituales para animarse más a la observancia y al ejercicio de las virtudes; todas las veces que salen de casa, que es siempre con licencia de la Superiora, se arrodillan para pedir a Dios la bendición, invocarle en su ayuda y para ofrecerle lo que van hacer; y en su regreso, vuelven a arrodillarse para darle gracias del bien que han hecho, para pedirle perdón si tal vez han cometido alguna falta; y por último, asisten también muy frecuentemente a las iglesias, singularmente para oir la palabra de Dios, tanto para dar ejemplo como para aprovecharse a sí mismas. Mas todo esto que se ha dicho es siempre sin detrimento de los ejercicios de caridad, uniendo y hermanando así el empleo de María con el empleo y ocupaciones de Marta, que es el otro objeto que tienen, el cual prefieren muy a sus propias cosas espirituales y ejercicios de piedad, que muy a menudo suspenden y aún tal vez en alguna ocasión omiten para asistir luego al primer grito y llamamiento de cualquier pobre enfermo; y observan, en esto el sentimiento de San Francisco el cual dice que conviene a veces dejar a Dios por Dios, lo que se verifica entonces muy bien, pues dice Cristo en el evangelio que cuanto se hace por los pobres El lo acepta como si se hiciere a su propia persona; a más que como ella se obliga con voto especial a servirle en la persona de los pobres, singularmente enfermos, es muy justo que prefieran este servicio y asistencia a sus mismas cosas espirituales; singularmente que nada pierden aún lo espiritual, antes con aquello se perfeccionan y santifican mucho más, por ser lo que ellas quiere Jesucristo.
Para el desempeño del segundo objeto se aplican ya desde los primeros años de su ingreso a aprender un poco de medicina y algo de botica, a componer medicinas con sus propias manos, teniendo en sus casa muy bellas y abundantes boticas, pero sin que jamás vendan a nadie ni una sola medicina, sino que únicamente sirven para los pobres enfermos, que pueden comprarlas; aprenden asimismo a sangrar y curar las enfermedades y achaques de poca consideración; cuidan de los Hospitales, visitan a los pobres enfermos de las casas particulares, les sirven, asisten, socorren y consuelan, les animan a sufrir con paciencia y con resignación los males que padecen, teniendo para esto una especial habilidad y singular don de Dios; y por último les disponen para recibir los sacramentos, hasta asistirles ellas mismas, si es necesario, en el postrer lance, ayudándoles a bien morir con tanta ternura y devoción que hasta eclesiásticos versados en esto, confiesan no hacerlo tan bien como ellas lo hacen.
En sus Hospitales acogen y reciben a toda suerte de enfermos a excepción de los venéreos cuya enfermedad procede del vicio impuro, al que tienen tanto horror y temor de mancharse con él, que ni aún con pretexto de caridad, quieren tratar a las personas que de eso son sospechosas, bien que les procuran, si es posible por otro conducto, el socorro y remedio que necesitan. En lo demás no hacen excepción ninguna de personas, sean sus enfermedades las que sean, asquerosas, contagiosas y aun de peste; pues sobreviniendo esta plaga, ellas están obligadas, si lo exige la necesidad a sacrificar sus propias vidas para servirles y asistirles; y a toda suerte de enfermos ellas les asisten, con tanto amor y caridad como si fuesen sus mismos hijos o hermanos, o por mejor decir como si fuese la propia persona de Jesucristo, cuyo objeto tienen siempre presente en sus ministerios y esta consideración de que los pobres son místicamente los miembros de Cristo, hace que no experimenten pena o fastidio en servirles, en tratarles con respeto y en ser muy diligentes para consolarles sufrirles sin ningún lamento ni especie de queja; antes con mucho cariño, afabilidad, singular dulzura pasan noche y día asistiéndoles alrededor de sus camas, las que procuran sean siempre bien aseadas y pulidas; les curan con mucha paciencia las llagas, les sangran y, por último, emulando la caridad del Santo Tobías, ellas, a imitación suya, dejan gustosas hasta la comida para amortajarles y darles sepultura con sus propias manos, después muertos.
No se limita su caridad a sólo los Hospitales, más aún también visitan de continuo a enfermos pobres de las parroquias, socorriéndoles, según su posibilidad, consolándoles e instruyéndoles aún en lo espiritual y ejercitando con ellos toda suerte de obras de misericordia mas, para evitar peligros, procuran en estas ocasiones ir siempre de dos en dos, o al menos acompañadas de alguna otra mujer, que sea caritativa y honrada.
Y habiéndose todavía manifestado más los designios, que Dios tenía sobre ellas, su Santo Fundador las destinó también, con el progreso del tiempo, para que cuidasen asimismo los hospitales de los pobres, para cuyos establecimientos trabajó mucho el Santo, para que se encargasen de la recepción, conservación y educación de los expósitos espúreos, habiendo con esto dado a innumerables la vida corporal y espiritual; para que sirviesen en las escuelas de niñas, enseñando a estas a leer, hacer labores de manos y en especial cuidasen de instruirlas en los principios de nuestra santa religión, en los rudimentos de la doctrina cristiana, en las disposiciones para recibir útilmente los santos sacramentos, radicándoles en la modestia y santo temor de Dios con que deben siempre vivir; las destinó igualmente para el cuidado de las casas de retiro, donde las Damas, señoras, y demás de este sexo se recogen para hacer ejercicios espirituales, cosa tan útil e importante; y por último, aún en tiempo de guerra envió el Santo alguna de estas Hijas hasta la Lorena y Picardía para el servicio y asistencia de los pobres soldados heridos y enfermos.
Y han desempeñado siempre con tanta satisfacción y edificación cuanto se las ha encargado y confiado, que son indecibles los buenos efectos y abundantes frutos que de todo esto se han conseguido; son innumerables los pecados y desórdenes, que por este medio se han evitado, y no es fácil decir las muchas damas y Señoras que se han, no solo reformado en sus trajes y vanidad, más aún dádose enteramente a la devoción y a la piedad, con lo que se ha visto sensiblemente ser estas Hijas de la Caridad, con especial modo asistidas de la Divina Providencia y protegidas de su poderosa y celestial mano. Y por esto son ya por todas partes la admiración no solo de los católicos, mas aún de los mismos herejes e incrédulos: hasta Voltaire se hace lenguas para alabarlas y elogiarlas, admirándose que este instrumento, siendo en su principio como el pequeño grano de mostaza, en breve haya crecido extendídose tanto, pues entre Francia, Polonia y los países Bajos se encuentran seis mil de estas Hijas y más de trescientas casas suyas, y el actual Rey de Prusia, bien informado de la utilidad de este Instituto y de la caridad que reina en él y con que sus Hijas tratan y asisten a toda suerte de pobres enfermos, no ha podido menos de solicitarlas y pedirlas también para sus dominios, bien que hasta el presente no le hayan sido concedidas; pero sí que se van todavía extendiendo más en las sobredichas partes, a petición e instancia de los Ilmos. Obispos de las ciudades y de los más principales y piadosos personajes de uno y otro sexo, que de continuo les ofrecen nuevas fundaciones.
En sola la ciudad de París hay repartidas por las parroquias treinta y cuatro casas, una de las cuales y la más principal es la situada delante de San Lázaro donde viven las novicias, que entre ellas y las demás, componen una comunidad de cerca de ochenta.
Otra es la tan famosa y celebrada casa de Expósitos, a donde estos son traídos luego que nacen y cuidados de aquellas Hijas de la Caridad más que con amor de propias madres, sin embrago del increíble número que de continuo las traen, (pues en la mañana que fue a visitar aquella casa quien escribió este papel le fue dicho que en la noche antecedente habían traído diez y seis entre niños y niñas para el cuidado de los cuales tienen aquellas Hijas muy particular habilidad y gracia; sobre todo son muy diligentes en averiguar si están o no bautizados cuantos expósitos las traen y si se han de bautizar algunos, procuran que sea luego siendo así que antes de tener ellas este encargo, una mujer anciana, que por espacio de muchos años lo había tenido, aseguró que jamás había hecho bautizar a alguno; en cuyo tiempo se morían muchísimos por falta de cuidado, abandonados; y se pasó al extremo de venderlos en un vilísimo precio, ya para tirar la leche corrompida de mujeres infectas, o ya cosa que causa horror, hasta para hacer hechizos y otras cosas diabólicas. Mas ahora, estas
Hijas de la Caridad velan con tanta atención sobre todos ellos, que bien cercioradas del bautismo, después de algunos días que les han tenido en casa, a los pechos de mujeres que procuran sean muy sanas, algunas de dichas Hijas los conducen en unos carros largos compuestos de dos andanas de cunas por las villas y lugares de toda aquella comarca pagar a las amas a quienes se confían con información de los médicos y de los curas, y al mismo tiempo visitando las otras amas para ver si cuidan bien de los que se las han confiado trayendo para todos la ropita que necesitan muy limpia y bien ajustada; como también devolviendo los ya destetados a su propia casa, en donde se conservan para ser educados bien instruidos en todo, y para después tomar el estado al que Dios les llame.
Hay todavía allá una tercera particular casa de estas Hijas en el grande y suntuoso edificio que la magnificencia de Luis XIV hizo erigir para comodidad de todos los Inválidos en donde los Misioneros, hijos de San Vicente, cuidan de todo lo espiritual de éstos y las Hijas de la Caridad les asisten siempre cuando están enfermos, lo que les sirve de mayor consuelo y de mucha utilidad para sus almas y universal edificación para cuantos lo ven y observan.
En Versalles, población de dos parroquias, se establecieron también dos casas de estas Hijas, la una para los pobres del hospital, a donde los Reyes enviaban diariamente todas las sobras de su magnífica y opulenta mesa, que repartían aquellas entre los enfermos convalecientes con mucha discreción y prudencia; la otra, para la educación pública de todas las muchachas pobres de la ciudad y enseñanza de todo lo necesario, no sólo para ser devotas y buenas cristianas, más aun para ganarse después la vida y ser útiles, tanto en sus casas particulares, como a la común sociedad humana.
El actual gobierno de Francia. sin embargo de ser opuesto a toda corporación o comunidad especialmente religiosa, llamando a este Instituto, honor del linaje humano, no sólo lo ha restablecido, autorizando a la antigua Superiora General para recibir novicias instruirlas en todas las partes de él, con el fin de que las ejerciten en París y en toda Francia sino que el Ministro del Interior ofreció, a nombre del gobierno, que a las Hijas de Caridad que se fuesen congregando les pagaría a cada una del tesoro público trescientas pesetas de pensión al año.
En España están admitidas desde el año 1792, en que se verificó el formal establecimiento de ellas para el cuidado del hospital General de Lérida y se han extendido a Barbastro, Canet y Reus en donde se han establecido dos casas, una para la enseñanza pública y otra para el cuidado del hospital, habiendo merecido alguno de estos establecimientos que el Gobierno le consignara de los fondos públicos cantidad considerable para su subsistencia; y por último fueron conducidas a la Real Inclusa de esta Corte para proporcionar un maternal cuidado a los niños expósitos.
Será sin duda muy de la gloria de Dios y de gran utilidad para nuestra España que estableciesen casas de este Instituto, no sólo en las ciudades sino también en las principales villas, pues de aquel resultaría el común alivio y enseñanza de toda suerte pobres. Dios nuestro Señor se digne mover los corazones de todos los que pueden contribuir a tan santa obra.»
Claro es que todas estas reminiscencias de las Hijas de la Caridad francesas habían tener eco agradable en los oídos del Rey José. El folleto pues, era de oportuna publicación para el futuro desarrollo de las Hijas de la Caridad en España.
El Real Noviciado.- Con la guerra de la Independencia el asunto de esta fundación quedó en suspenso, así como el proyecto de las nuevas Constituciones. Hacia 1810 dejó la casa de su primera instalación en la calle del Prado y se trasladó a la del Soldado en el edificio que para ello le cedió la Junta de Señoras de la Inclusa. Aunque, según ya queda referido, Sor Manuela Lecina era la Superiora nombrada por el Sr. Visitador y reconocida por la Real orden de la fundación, desde que, ella en 1807 se trasladó con las Hermanas y niñas del Colegio de la Paz para unirse con la Inclusa, quedó ejerciendo la total dirección de la casa Noviciado Sor Lucía Reventós, separada ya del cuerpo del Instituto y sujeta su comunidad exclusivamente al Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo. Suprimidas las Reales consignaciones con el trastorno de la guerra, se vieron precisadas aquellas Hermanas a abrir un colegio pensionado de niñas, de cuyos emolumentos se pudieron sostener.
Como testimonio de la piedad y del amor a las Hermanas por parte de aquellas nobilisimas Damas de la Junta, mencionaremos aquí los cuatro breves que Su Santidad Pío VII expidió con fecha 27 de noviembre de 1807, a petición de las Señoras María de la Concepción Ponce de León y Claravabal. Duquesa de Medinaceli y de su hermana María del Carmen, Condesa de Trastamara, poco antes de separarse los dos establecimientos el Noviciado y el Colegio de la Paz.
1º Que todas las personas del Noviciado y Colegio tanto entonces como en el futuro pudieran ganar indulgencia plenaria en la hora de la muerte.
2º Que todos los fieles cristianos que, confesados y comulgados, visiten la capilla de la Casa y recen las preces de costumbre, puedan ganar indulgencia plenaria en todas las cinco festividades de precepto de la Sª. Virgen; y en las otras dos festividades que no lo eran, siete y siete cuarentenas.
3º Que además del altar privilegiado, que ya tenía la Capilla, hubiera en ella otro segundo altar con el mismo privilegio.
4º Que todos los fieles cristianos que visiten el dicho oratorio público pudieran ganar indulgencia plenaria una vez al mes, en el día señalado por el Prelado, comulgando y orando según las condiciones acostumbradas.
La invasión francesa, que sobrevino en 1808, impidió que el Noviciado llegase a trasladarse a la casa convencida con la Inclusa, pues en sesión de 16 de septiembre de ese año a Excma. Sr.Presidenta manifestó un oficio del Sr.Alcalde de Corte. D. Manuel María de Fimes, diciendo a S.E. haber acordado el consejo se depositen y custodien en la casa de la Inclusa de la calle del Soldado los bienes y efectos secuestrados a los franceses; y a fin de poner en ejecución lo mandado por dicho Supremo Tribunal, esperaba se le entregase la llave de dicha casa para verificarlo. Enterada la Junta de todo, comunicó a S.E. para que conteste al Junco, instruyéndole de los inconvenientes que tiene la Junta para entregar las llaves, respecto a lo que hay pendiente en el asunto con el Excmo. Sr.Cardenal Arzobispo de Toledo que trata de poner en ella el Noviciado de las Hijas de la Caridad.
El Hospital de Lérida.- Esta fundación, considerada, no sin fundamento, como madre de las demás, siguió acreditando sus caritativos servicios y, gracias a sus edificantes Hermanas sanas, había sido vencida la antigua repugnancia, que el vecindario sentía por el hospital, “por falta de enfermeros y sirvientes que se dedicasen al cuidado de los enfermos,» dice Prin Tarragó en «Cosas viejas de Lérida. «La experiencia ha acreditado, afirman las Constituciones impresas en 1797, la utilidad y las ventajas que las Hermanas logran al hospital ya en la mejor asistencia de los pobres, ya en el aseo y limpieza de las camas y habitaciones ya en el cuidado de los niños expósitos, ya en el manejo económico y fiel de lo que distribuye por sus manos. Y si la envidia se ha atrevido a esparcir voces que han podido prevenir al público contra ellas, la Junta no puede menos de decir que todo esto ha sido calumnia propagada por el capricho y por la oposición que encuentran todas las obras se empiezan a honor de Dios».
«Durante la invasión francesa, dice el citado Prin Tarragó, o sea desde 1810 a 1814, dominaron los franceses en la Ciudad, destinaron estos todo el Hospital para solos los enfermos, pues existían ordinariamente de ciento cincuenta a doscientos. Aquellos cinco años los demás enfermos, las Hijas de la Caridad y los expósitos fueron arrinconados en las casas del Callejón de Vilagrasa, que aun existen, sufriendo toda clase de privaciones.
El Colegio de Barbastro.- Ya quedan referidos los principios de esta fundación debe a los desvelos de sus Misioneros de aquella ciudad y al piadoso legado del Canónigo Sr Jiménez; pero pronto se vio que las rentas eran insuficientes para una enseñanza del todo gratuita, lo que obligó, en octubre de 1796 al Sr. Murillo a presentar un memorial al Ayuntamiento, pidiendo, a nombre de las Hermanas, algún subsidio, y se trató de trasladar las escuelas al centro de la población. «Aunque no le pareció muy bien al Sr. Obispo, por haber bastantes comunidades, dijo que sí, por ser útiles las Hermanas para la enseñanza que a los pactos debía añadirse la obligación de admitir educandas».
«Los bienes que dejó para la fundación el canónigo Jiménez no eran suficientes para mantener las maestras, dice Fray Ramón de Huesca, ni su casa, donde se establecieron bastante capaz para la habitación y escuelas, ni proporcionada para la concurrencia de niñas, por estar en un extremo de la población. Para evitar estos inconvenientes el Supremo Consejo de Castilla, a súplica de la Ciudad, señaló de los propios de la misma, cuarenta reales de vellón para comprar una casa, que por su capacidad y situación fuese a propósito para los fines expresados, y cuatro mil cuarenta y siete reales, en cada un año, del sobrante de dichos propios para la manutención de seis maestras. En conformidad con estas concesiones se hizo la escritura de capitulación, en que se expresan los pactos y obligaciones de entrambas partes, la que aprobó el Real Consejo, recibiendo la casa de las Hijas de Caridad de Barbastro bajo su inmediata protección, como consta de su decreto, dado Madrid, a 9 de agosto del año 1799».
Gloríase el citado autor de que fuera esta fundación de Barbastro la propagadora de las Hijas de la Caridad. «Salieron, dice, de Barbastro para fundar la Inclusa de Madrid y cuidado de los expósitos cinco Hermanas de la Caridad, entre ellas Sor Manuela Lecina, Superiora de la casa de Barbastro, en calidad de Superiora de la nueva fundación. Posteriormente han ido de Barbastro a Madrid, con el mismo destino, en dos veces ocho Hermanas más, cuyo celo en cuidar de los expósitos es bien notorio. Finalmente en el año 1805 fueron a fundar a la ciudad de Pamplona para cuidar de los expósitos tres Hijas de la Caridad, dos de la casa de Lérida y una de Barbastro. Hay en ésta de ordinario seis Hermanas, cuyo empleo ahora es la enseñanza de las niñas, conforme a su fundación, pero están prontas a servir a los prójimos, en los demás oficios de Caridad propios de su Instituto, el que, según resumen de lo dicho, se va propagando por España, desde la casa de Barbastro».
Así se expresaba en 1807 con noble patriotismo el Historiador de las Iglesias de Aragón. Al año siguiente la entrada de las tropas francesas en Barbastro acabó con esta enseñanza. Cuatro de las Hermanas huyeron y se refugiaron en Mallorca y fue lo más lamentable que las tres que se quedaron en la ciudad, jóvenes, pero ya con votos, perdieron su vocación.
Cinco años después y con fecha 1 de septiembre de 1815, aparece en Barbastro Sor María Blanc, comisionada por los Superiores para reorganizar aquellas escuelas, quien dirige, fecha, en tal fecha al Ayuntamiento la siguiente exposición
“Ilustre Sr: Sor María Blanc, Hija de la Caridad y Superiora que es de esta Congregación en la ciudad de Lérida, con la mayor atención y respeto a V.E. expone: Que no pudiendo restablecerse todavía a su casa o convento de Lérida, en Cataluña, a causa estar invadido aquel suelo por los franceses y teniendo orden expresa de los Superiores de su Congregación de San Vicente de Paúl de esta Ciudad, bajo cuya dirección inmediata se halla para permanecer en la presente Ciudad, a fin de negociar y aun de erigir la casa de Enseñanza de esta Ciudad, a la primera oportunidad que el estado de las cosas lo permitan y bajo aquellas bases que afiancen la perpetuidad de este Instituto y manutención de sus Hermanas compañeras, le ha parecido a la que expone haber llegado la época deseada de poder llenar sus deseos y ser en su modo útil al Común de esta Ciudad, con el establecimiento de dicha casa de Enseñanza, en cuya atención a V.S, reverentemente suplica venga a bien adoptar las providencias convenientes para el mejor acierto, contando desde luego con la inutilidad de la exponente y de cuatro Hermanas e Hijas de la Caridad que actualmente se hallan emigradas en Mallorca y gustosas se trasladarán bajo el directo amparo o inmediata protección de V. S. a fin de proceder desde luego a la educación y enseñanza de cuantas niñas quieran concurrir a adquirirla por mañana y tarde, conforme se hallaba antes de ahora estipulado y convenido con el anterior Gobierno de la misma, cuya gracia esperan merecer de la justificación de V.S. = Barbastro, 1° de setiembre de 1813″.
El informe del Síndico Procurador D. Joaquín Mur fue favorable: «Semejante Instituto, dice, desde aquélla época de la aprobación del Supremo Consejo, hasta que ocurrió ser invadido el pueblo por las tropas francesas, con cuyo motivo dichas maestras se emigraron y los expresados bienes con sus productos fueron secuestrados por el Gobierno intruso, hallándose y continuando en este estado por vuestro legítimo Gobierno, habiéndose experimentado durante la falta del significado establecimiento, que habrá sido la serie de cinco años notable decadencia en la enseñanza, como que ha dependido de algunas mujeres particulares asalariadas por los padres de las que concurren voluntariamente a igual desempeño, careciendo en su lugar de enseñanza los mendigos o de cortos haberes en razón de lo cual entiende el infrascrito Prior Síndico ser de la obligación del Ayuntamiento Constitucional… organizar el consabido establecimiento, que con conocido adelantamiento de las niñas, tanto en los principios de nuestra religión católica, como en las faenas propias de su sexo, desempeñaron las predichas maestras bajo el sistema y reglas prescritas en su escritura de fundación otorgada en la presente ciudad por el Ayuntamiento de la misma y D. Julián Lacambra, Vicesuperior de la Congregación de la Misión de ella y Sor Manuela Lecina, Superiora de las predichas monjas».
Con esto se pudo ya dar por establecido el Colegio, quedando en él de Superiora la exponente Sor María Blanc.
Hospital y Enseñanza de Reus. El antiguo Hospital de Reus, donde al principio se establecieron las Hermanas, estaba situado en la calle que, aun hoy, se llama del Hospital. Aun se conserva el edificio con su capilla pública, dedicados el uno y la otra a usos profanos.
Las Hermanas de tal manera lograron atraerse al vecindario por sus buenos servicios, así con los enfermos como con las niñas de sus escuelas, que pronto pudieron tener rentas propias con que vivir con independencia y, «en 31 de diciembre de 1801, fue convenido entre la Administración y las Hijas de la Caridad, que supuesto que las rentas de éstas ascendía ya a 1360 libras, se separasen desde aquel día del gasto común de los enfermos, cuidando ellas por sí solas de las rentas». La administración les seguiría concediendo la ropa blanca de mesa y cama, los enseres destinados a su uso, así como el fuego, jabón y coladas. Así lo comunicaba Sor Lucía Reventós al Ayuntamiento.
Esta prosperidad económica había permitido aumentar notablemente el número de Hermanas, pues eran 15 y nueve de ellas estaban dedicadas a la educación y enseñanza de cerca de quinientas niñas. El Pbro. D. Tomás Pedreny fue uno de sus más insignes bienhechores durante la vida: y, a su muerte, les hizo el legado de su propia casa. Otra persona caritativa. Dña. María Suliva, «compadecida de las Hermanas, que por su edad y achaques se veían reducidas a pasar el resto de sus días en el estrecho recinto de su habitación, legó a dicho establecimiento o Hermanas, que cuidaran de los enfermos, una pequeña granja con sus tierras, conocida por Mas de las Monjas. Efectivamente, la proximidad de la finca, su amena y solitaria posición quizá haya prolongado los días y devuelto la salud a muchas Hijas de la casa de Señor.» Esto decían posteriormente las Hermanas, cuando la ley de Desamortización se la arrebató.
A la entrada de las tropas francesas no parece que el Hospital ni las Escuelas sufriera trastorno alguno, aunque no se libraron de sustos.
Inclusa de Pamplona. De esta casa no hallamos más referencias de estos años de la guerra de la Independencia que estudiamos, sino una alusión de lo mucho que trabajaron entonces en favor de los niños expósitos. Sor Magdalena Piguillén, Superiora ejemplarísima desde la fundación hasta 1837, en que murió, lo cual indica que el establecimiento de las Hermanas subsistió.
Tortosa: Fundación de la Misericordia = En vísperas de la invasión francesa, a 5 de abril de 1808, hízose la Escritura de bases para la admisión de Hijas de la Caridad en la casa Misericordia.
Fue debida esta fundación al celo y caridad del piadoso Deán de aquella catedral, Don Manuel Guerra, Director del Establecimiento, quien, obtenida la Real Orden, consiguió del Ilmo. Sr. Torres, obispo de Lérida la cesión de una Hermana de su hospital, Sor Antonia Borgón, que fue nombrada Superiora de la nueva comunidad.
Con este motivo el P. Sobíes escribía, en 24 de enero de aquel año, a la Junta del Hospital de Lérida, que presidía el Obispo, las siguientes frases encomiásticas, bien merecidas por aquella Junta magnífica. «Muy Señor mío de mi primera veneración. Con motivo de la nueva fundación, que Su Majestad ha decretado cuiden del Hospicio que se ha erigido para expósitos y huérfanas, me es indispensable… extraer a Sor Antonia de ese hospital para constituirla Superiora de esa fundación… Yo me prometo del prudente y exacto juicio de V.S. y del amor al bien público, que no pondrán dificultad en que se saque a Sor Antonia para fin tan grande y por otra parte tan honroso para ese Hospital, pues es como la madre, en donde se forman excelentes Hijas de la Caridad para proveer los nuevos establecimientos que Su Majestad se digna conceder para alivio de los pobres, lo que ha de servir de mucha satisfacción a Su Señoría, pues, en el día, se encuentran tres Superioras, Hijas criadas en ese santo Hospital. Queda a mi cargo llenar el hueco que deja Sor Antonia.»
Por su parte el Sr. Deán de Tortosa, en 27 de marzo decía al Sr. Obispo de Lérida: «Y como hace tanto tiempo que deseo y solicito este beneficio, por la urgentísima necesidad que tienen estos pobres de él, después de dar a VV.SS., las más rendidas gracias por el gran bien que en esto he recibido, pienso no perder un momento el tiempo y escribo por este mismo correo al Presidente de la Misión de Reus, D. Francisco Camprodón, para que desde luego envíe a mi nombre persona de su confianza que pase a esa, en busca de la referida Sor Antonia, para trasladarla a Reus, donde yo estaré para recibirla y traerla a ésta »
Es de advertir, para entender mejor esta delicada correspondencia y singular aprecio, que en ella se hace de las Hermanas, que, entonces las Hijas de la Caridad en toda España no eran más que cuarenta y cinco, descontadas las cinco que habían fallecido y seis que no habían perseverado.
Esta fundación de Tortosa, que años más tarde aparecerá aureolada con resplandores de gloria y de martirio, fue suprimida en 1810, durante la invasión francesa, sin que tengamos más pormenores de ella, pero fue restablecida en 1815.
Hospital de Cádiz. Aunque no de una manera permanente, fue en este hospital, donde por primera vez, Andalucía, tan fecunda luego en fundaciones de Hijas de la Caridad, conoció sus caritativos servicios. Sin que conste el motivo, cuando en 1808 las tropas francesas entraron en Madrid, dos de las Hermanas de la Inclusa, Sor Josefa Miguel, una de las seis primeras fundadoras y Sor Cándida Bofil, de las antiguas recibidas en España, huyeron de la Corte y fueron a refugiarse en el hospital de Cádiz, donde ejercitaron su caridad no pocos años, pues hasta 1818, no volvieron a Madrid con la licencia del Sr. Camprodón.
Vamos a cerrar este capítulo echando una mirada sobre la notable influencia que ya las Hijas de San Vicente en la beneficencia de nuestra Patria.
Apenas establecidas en Barcelona, la Junta de Zaragoza pedía informes para introducirlas en su Hospital; y aunque no acertó la Junta de Barcelona a enfocar el espíritu de las Hijas de la Caridad que allí, por vez primera se fundaron, queriendo reducirlas a los estrechos límites de aquella casa, no dejó de beneficiarse de su estancia, pues al salir las Hermanas, se formó una Congregación similar en sus fines, con varias jóvenes que con ellas se formaron y bajo la presidencia de una de las antiguas, Sor Teresa Cortés; Congregación que aun perdura y se ramifica.
Al poco tiempo de reorganizarse en Madrid la Inclusa, bajo el servicio de las Hijas de la Caridad, de varias casas cunas de provincias acudían pidiendo informes y direcciones para hacer lo mismo. Mayor fue la influencia de las Hermanas del Hospital de Reus. Allí fue donde el P. Bonal, santo sacerdote y apóstol de Caridad sacó el molde para fundar, en el Hospital de Gracia de Zaragoza el Instituto de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, hoy tan extendidas por todas partes. De Reus salió también, años después, el germen de 12 Hermanas de la Consolación de la Madre Molas. En Vals, Cervera, Tarragona, Gerona y Huesca se fundaron Hermandades de piadosas enfermeras de carácter meramente local para el servicio de sus hospitales, y a su ejemplo, varios otros pedían informes y orientaciones para hacer lo mismo. Estas piadosas asociaciones eran del todo independientes unas de otra y se regían por los estatutos, que cada administración las señalaba, y en su vida y método se dejaba sentir como un reflejo de la vida y método de las Hijas de San Vicente. Era indudable que el servicio de éstas caritativas Hermanas, por deficiente que fuese, representaba un notable progreso si se comparaba con el servicio de personas asalariadas.
En tales circunstancias el P. Bonal y su digno amigo D.Jaime Cesat, Párroco de Vals, concibieron, con miras las más patrióticas y cristianas, el proyecto de unificar toda esas Hermandades de Caridad en una sola, estudiando los medios conducentes para realizarle. Tal es el contenido de la notable carta que, con fecha 11 de octubre, 1808, dirige Cesat al P.Bonal, y que tiene relación íntima con las Hijas de San Vicente o Paulas como las llama.
«Muy Señor mío y amado hermano en Jesús: He recibido su apreciada carta del 4 de los corrientes, relativa a los consabidos asuntos de los Hospitales. Y en su contestación debo hacerle a V. presente que, cuando le dije que la experiencia me había hecho conocer que podían sin peligro las Hermanas servir a los enfermos de los Hospitales, apoyaba también mi modo de pensar en los que las dio San Vicente, aun para servir en los hospitales de los ejércitos y enviándolas a diferentes países, debiendo precisamente pasar por otros infestados de herejes.
Mi proposición pues, no se extendía solamente a los enfermos de medicina sino también a los de cirugía, bien que siempre debe entenderse con cierto temperamento, dándoles caldo y medicinas, pero no aplicando remedios al cuerpo ni asistiendo a la curación de los heridos, sino prestando antes las vendas, trapos, hilas, etc. y entregándolo a los Hermanos los cuales, aunque en menor número, siempre son necesarios para aquellos objetos y para los hombres delirantes. Aun a los venéreos podrán asistir según este mismo método, sin peligro de su salud espiritual, pero en estos casos, las más proyectas, las más modestas; y si las hubiese viudas, sería muy oportuno que en preferencia se aplicasen a este servicio. El glorioso San Vicente no se paró en la vida licenciosa, que comúnmente tienen los soldados ni en si los enfermos eran turcos o herejes Las de su tiempo, sirvieron a toda clase de enfermos, sin haberse experimentado que las voces descompuestas de aquellos les hiciese impresión, antes, leemos que la ejemplar paciencia de una de las Hermanas en sufrir las injurias, fue el motivo de la pronta y muy portentosa conversión de un turco.
Amigo, en los principios de nuestro establecimiento hice muchas reflexiones que me inclinaban a pensar de otro modo, pero la conducta de San Vicente me ha animado mucho. Aquí no he visto más que cinco o seis enfermos gálicos, pero a éstos les ha servido especialmente nuestra Superiora, no más que en lo que permite la decencia; y con su caridad y exhortaciones creo los ganó para Jesucristo. Tan brillantes son los efectos de la reina de las virtudes.
En cuanto a la Superiora de Cervera me, confirmo en que habrá no poca dificultad. Por lo que toca a las postulantas se irá practicando y Vds. dispondrán como mejor parezca; y, si viene, podrá determinar sobre ellas.
El proyecto de uniformidad en todas las Hermandades lo considero muy importante, pero no menos arduo. No sé si V. extiende la uniformidad a todas las de España o solamente entre las del Reino de Aragón y provincias de Cataluña. Si lo primero, seria del caso que en Madrid tuvieran las Hermanas una Superiora General, que lo fuese durante su vida y que, falleciendo ésta, se juntase allí una de las Superioras de todas las casas de cada provincia para nombrar la nueva Superiora General y que el nombramiento de la que debería ir, recayese sobre la Superiora de cada provincia, que tuviese más años de Hermandad, pagando los gastos de su viaje todas las casas de la Provincia.
Las Superioras particulares de las casas parece que también deberían serlo durante su vida y que la elección se hiciese por las mismas Hermanas de la casa, obteniendo, empero, antes de la posesión, la confirmación de la Superiora General: y durante la vacante, debería gobernar, en el primer caso, la más antigua de las Superioras; y en el segundo, la más La de hábito de la casa. Las frecuentes elecciones fomentan discordias.
La Superiora General y, por consiguiente, toda la Hermandad debería tener sello que consistiese en un círculo con una cruz en medio y alrededor escrito: Hermandad de Caridad; y al reverso escrito al medio: España u otra cosa semejante.
Cuando conviniera trasladar alguna Hermana de una casa a otra, debería representarse por la Superiora local a la General y ésta, bien informada, despachar la orden sellada, teniendo para esto un formulario con el nombre en blanco y dejando también lugar para señalar la casa a que se destinare. Pero debería suceder raras veces y solamente con graves motivos para ahorrar gastos a las administraciones.
Las Reglas y formas de hábito, los cuatro votos simples por un año, su renovación del consejo de los directores, etc. todo habrá de ser lo mismo en todas las casas. En lo espiritual estar sujetas a los Ilmos. Señores Obispos, que cuidasen de señalarles directores. En lo temporal a las Administraciones, dándoles ración o dinero y lo demás que necesitan para sí y para los enfermos, llevando las Hermanas cuenta de carga y data, que presenten cada mes a la Administración y se las ponga el visto bueno. La admisión de Hermanas debería ser peculiar a éstas.
Si V. entiende la unión entre las del Reino de Aragón y Provincia de Cataluña, podría establecerse una cosa semejante; pero, en todo caso, no faltarán dificultades, porque se ha de tropezar con Ayuntamientos. Administradores y con las Paúlas, si se trata de reunir las suyas a nuestras Hermandades, que tal vez será lo mejor.
De cualquier modo, esta pretensión se ha de entablar por una Junta. En la actualidad, ninguna puede hacerlo mejor que la de esa Ciudad (Zaragoza). Ha de entender en el plan el Exmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Toledo y sin la aprobación de los dos en la debida forma, nada adelantaríamos.
Todo lo que llevo dicho no es más que un bosquejo hecho con precipitación. Puede hacerse mejor y con otras prevenciones muy importantes. No faltan ahí personas de muchas luces y acendrada Caridad para realizarlo y protegerlo. Yo no he hecho más que manifestar a V. mis sinceros deseos y que entienda que los establecimientos de las Hermanas harán mayores progresos, si se fundan sobre bases más sólidas que las que han tenido hasta aquí. Pero también conozco que sólamente una autoridad superior es capaz de allanar un sin número de dificultades, que puedan ofrecerse, y que el enemigo de todo lo bueno no dejaría de presentar.
Quiera Dios bendecirlo todo y V. encomiéndeme esta obra con sus fervorosas oraciones. Saludo a toda esa Hermandad y ruego al Señor guarde a V., los muchos años que desee su SS. y H° en Jesús, que b.s.m. de Vd. Jaime Cesat.







