La provincia de Colonia de las Hijas de la Caridad (II)

Mitxel OlabuénagaHistoria de las Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: J. Schneiber · Year of first publication: 1903 · Source: Anales Madrid.
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Hijas2Algunas fundaciones anteriores al Kulturkampf.—Antes de tratar de los progresos de las obras interrumpidas y trastornadas por la persecución religiosa conocida con el pomposo é hipócrita nombre de Kulturkampf (lucha por la civilización), conviene hacer una relación sucinta de la historia de algunas fundaciones que hasta entonces se habían hecho. Ante todo nombraremos algunas casas que sólo tuvieron una existencia efímera, merced a las nuevas leyes de persecución, que por la data de su origen se llamaron leyes de Mayo.
Liblar, 1854.—En el año 1854 la Condesa de Metternich llamó tres Hermanas a Liblar, pequeña localidad en los alrededores de Colonia, para que visitaran a los pobres y enseñaran a las jóvenes las labores de mano; mas la prematura muerte de la piadosa Condesa y algunas dificultades que se presentaron, fueron causa de la corta duración de esta pequeña fundación, que desapareció a los tres años de su existencia.
La guerra de 1866.—Notemos aquí de paso que en 1866 las hijas de San Vicente hicieron su aprendizaje en las ambulancias durante la guerra entre Prusia y Austria y sus aliados.
Nuevos establecimientos, 1868.—En el año 1868 se abrieron tres casas nuevas: la de San Severino, en la parroquia del mismo nombre en Colonia; la de Hardt, pueblo grande cerca de Gladbach, y la de Xhoffraix, cerca de Malmedy, en la Wallonia. He aquí algunos detalles de estas fundaciones:
San Severino de Colonia, 1868.—En San Severino se formó un comité de señoras para imitar, sin duda, las obras que se habían fundado en Santa Ursula, y cuyo fundador había sido Vicario de San Severino. Estas piadosas señoras no pudieron ofrecer a las Hermanas más que una pequeña casa, donde establecieron un asilo de huérfanos y un obrador; hacían además la visita a los pobres. Cuando se abrigaban las esperanzas más lisonjeras de un hermoso porvenir, vinieron las nuevas leyes a prohibir a las hermanas ocuparse para nada en favor de la juventud, por lo cual las señoras se vieron precisadas a cerrar la casa, que, pasados algunos años y mejorados los tiempos, fue de nuevo ofrecida a las hermanas; mas como muchas habían emigrado a Austria, no había personal suficiente, y las señoras se dirigieron a otra comunidad que la aceptó y posee hoy en San Severino una magnífica casa con obras muy florecientes.
No obstante, las hijas de San Vicente volvieron a San Severino, como diremos en su lugar.
Hardt. —En el mismo año de 1868 se principió el establecimiento de Hardt. Como esta casa ha tornado un incremento que no era de esperar, atendidos sus modestos principios, voy a dar algunos detalles interesantes acerca de esta fundación. Hardt es un pueblo grande, distante una legua de la ciudad de Gladbach, entre Aix-la-Chapelle y Düsseldorf. He aquí cómo fueron conocidas y llamadas a él las hermanas:
La hermana Swieteczki, primera Visitadora de la Provincia después de la fundación de la casa de San Vicente, solía enviar a las Hermanas a pedir limosna para proveer a las necesidades de la numerosa juventud que en ella se albergaba. Un día envió dos a Gladbach y sus cercanías, conocidas por la fertilidad de su suelo y riqueza de sus habitantes. Eran éstas las hermanas Nellés (Sor Vicenta) y Parmentier (Sor Luisa), las cuales llegaron a Gladbach provistas de su cesta de provisiones y se pusieron en camino para ir a implorar la caridad de los ricos colonos de los alrededores; mas, por suerte, apenas habían salido de la ciudad cuando una lluvia torrencial comenzó a caer sobre ellas, sin que sus paraguas pudieran impedir que sus cornetas se empaparan en agua, quedando en el estado que es fácil adivinar. Era la corneta, aun en su estado normal, una piedra de tropiezo para los habitantes del país; ¡qué seria ahora!…. Nuestras pobres viajeras no se turbaron por eso; entraron resueltamente en casa de un paisano, contaron su desgracia y pidieron una plancha para arreglar sus cofias; después continuaron su viaje, y al llegar a Hardt se dirigieron, como era natural, a la casa del Sr. Cura. En un instante se vieron rodeadas de curiosos, que jamás habían visto las cornetas, como tampoco las había visto nunca el Sr. Cura, en cuya presencia se hallaron bien pronto. Una de las hermanas nos ha dejado la relación de la escena que allí pasó:
«Quién son ustedes y qué buscan aquí?—preguntó el Sr. Cura.—Nosotras somos hermanas de San Vicente, y venimos a suplicarle humildemente nos dé permiso para pedir algún socorro para nuestros huérfanos.—¿Conque son ustedes hermanas? Pues yo no he visto nunca hermanas como ustedes. ¿De dónde vienen ustedes? ¿Cómo se Ilaman?—Yo me llamo Nellés, y soy de Colonia.—¡Ah! ¿De Colonia? Ahora lo veremos. Catalina, dijo entonces el señor Cura a su criada, tráeme el libro donde están apuntadas las direcciones para Colonia. ¿Dice usted que se llama Nellés?—Sí, Sr. Cura, y mi padre vive en la calle ….. —Efectivamente, así es. ¿Y usted? — Mi nombre es Parmentier, calle…..— Vamos a ver. ¡Es verdad! Bueno; ya está probada su identidad; siéntense, pues, y hablaremos un poco de sus asuntos. Catalina, pon dos cubiertos más, porque ya es medio día y es necesario tomar alguna cosa.—Dispénsenos usted, Sr. Cura; agradecemos su excesiva bondad, pero no podemos aceptar su ofrecimiento.–¿Cómo, se van ustedes a pasar el día sin comer? ¡Eso sí que sería gracioso! Vamos a comer y déjense ustedes de ceremonias.»
«Humildemente le suplicamos que no insista más, porque nos está prohibido comer en las casas y por eso traemos ya en nuestra cesta algunas provisiones. «Está bien; si así lo quieren ustedes, tengan la bondad de esperar un poco hasta que yo hubiere acabado de comer, y luego saldremos a recoger limosnas.»
En efecto, después de comer este venerable Sacerdote tomó su sombrero y su bastón, y salió acompañando a las hijas de San Vicente, que por su sencillez, humildad y fidelidad a las reglas se habían ganado ya sus simpatías. Llama a la primera puerta, y sin más ceremonia se dirige a la señora de la casa, y tuteándola la dice: «Ana-Fey (Ana Genoveva), aquí están dos hermanas que piden limosna para sus huérfanos; es preciso socorrerlas con largueza, y espero que serás generosa.» Ana-Fey obedeció con gusto, y las hermanas no pudieron menos de mostrarle su agradecimiento con las lágrimas en los ojos. De este modo condujo aquel buen Sacerdote a sus huéspedes por todo el pueblo, llamando a todas las puertas y siendo en todas partes obedecido, conforme a las facultades de cada uno.
Durante el camino pidieron permiso a su caritativo conductor para tomar un poco de alimento, lo que hicieron una después de otra, sentadas al pie de un montoncito de heno.
Así pasaron la tarde, y al anochecer las hermanas, muy satisfechas de la abundante limosna que habían recogido, se despidieron del Sr. Cura para volver a la Gladbach y dar cuenta a su Superiora del su comisión.
El bondadoso Cura, entre tanto, edificado de su conducta, se decía a sí propio: «He aquí las hermanas que yo necesito»; y sin gran demora se puso en camino, y llegó a la Casa de San Vicente de Colonia, pidiendo Hijas de la Caridad para dar escuela a las niñas y visitar a los pobres enfermos de su parroquia.
Permítaseme ahora ceder la pluma a una de estas dos hermanas, que fue enviada como maestra de escuela a esta nueva fundación y fue testigo de todas las transformaciones que padeció, y es actualmente Superiora, hace ya muchos años, de la Casa de Hardt. He aquí lo que escribe:
«El 18 de Marzo del año 1868 salieron de la Casa de San Vicente de Colonia para Hardt, cerca de Gladbach, las tres hermanas Josefina Bolten, Felicidad Klein y Luisa Parmentier, acompañadas de la hermana Swieteczki y su compañera Dominica Fuchs, con el fin de fundar una nueva Casa.
„Con mucho sentimiento suyo se separaban de una casa que, a pesar de su pobreza, les era tan querida, de una Superiora a quien de corazón amaban, en cuyas peñas y consuelos habían tenido parte durante largos años, y de unas compañeras con quienes habían vivido en unión y caridad perfecta, haciendo más difícil y penosa aún esta separación los 117 huerfanitos de la casa, que las acompañaron hasta la estación.
„En llegando a Hardt fueron recibidas con cruz alzada por el Sr. Cura, a quien acompañaban el maestro antiguo, el sustituto de éste y los niños de la escuela. Una niña, que hoy es Superiora de una nuestras casas, recitó una composición, en la que se revelaba de un modo tierno y afectuoso la piedad y delicadeza del anciano preceptor. Después fueron conducidas a su modesta morada, la cual, además del desván, se componía de tres piezas, a saber: un pequeño locutorio; una pequeña sala de comunidad, que servía también de refectorio, y una pequeña cocina que daba paso para el patio. La escalera, que no merecía nombre de tal, conducía directamente al desván, es decir, debajo de las tejas, desnudas de todo adorno, en donde se había preparado un rincón para dos camas, colocándose otra en el lado opuesto. Los muebles guardaban proporción con el inmueble.»
Por otra parte, como no tenían criada, se veían precisadas, después de las horas de clase, a hacer todas las labores, hasta a barrer la calle, con grande admiración de los que pasaban. Hay que decir, sin embargo, que gracias a los honorarios que el Estado pagaba a las dos maestras, se fue mejorando la situación. Pudiéramos referir otros detalles, pero lo que se ha dicho bastará para venir en conocimiento del buen espíritu y de las virtudes de que dieron ejemplo estas buenas hijas de San Vicente, en Hardt. Por eso la divina Providencia, que de un modo visible había dirigido los humildes principios de esta fundación, la ha bendecido, haciéndola llegar al grado de prosperidad en que hoy se encuentra.
Por no alargar demasiado esta relación, indicaré solamente las fechas de sus nuevos progresos.
El 2 de Julio de 1869 se puso la primera piedra de una nueva casa con dos escuelas en la calle de Dulken, de la cual tomaron posesión las Hermanas el 7 de Abril de 1870.
En otoño del año 1875, la hermana encargada de la segunda clase se vió precisada a abandonar su puesto con motivo de la persecución religiosa (porque no había sido colocada en él definitivamente). En cuanto a la hermana encargada de la primera clase, de buena gana la hubieran despedido también, pero hubiera sido preciso pagarle una pensión; por eso trataron de persuadirla a que se quitara el hábito, aparentando que abandonaba su vocación, y continuara de este modo desempeñando su cargo; mas viendo que nada conseguían, le mandaron, con fecha 29 de Septiembre de 1877, una notificación seria, en la que se la ponía en la alternativa de abandonar la Congregación de las Hijas de la Caridad o renunciar a la escuela, pues las nuevas leyes prohibían a las personas pertenecientes a alguna comunidad dedicarse a la enseñanza; a esta comunicación, la edificante Luisa Parmentier dió la siguiente respuesta:
«Al Inspector de las escuelas de Hardt: La que suscribe ha recibido, por medio del Inspector local de Hardt, una comunicación del Gobierno real de Düsseldorf, en la que se la participa que si desea continuar ocupándose de la enseñanza, debe abandonar la Congregación de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl y presentar los documentos auténticos que acrediten esta salida. A lo cual respondo:
I.° Que aun cuando me es muy sensible tener que abandonar el ejercicio de la enseñanza, en que me vengo ocupando desde hace veintitrés años por el bien de la Iglesia y del Estado, todavía es mucho mayor el sacrificio que se me pide de abandonar una Congregación a la cual hace veintiún años que pertenezco, cuyo fin es ocuparse en las obras de la caridad cristiana; por lo cual declaro que por motivos de conciencia ni puedo ni debo salir de la Congregación de las Hijas de la Caridad.
2.° Que yo, siendo hermana, fui instituida por el Gobierno real, no de un modo provisional, sino de una manera definitiva, con fecha 6 de Abril de 1870. Ahora bien, el carácter de maestra principal de la escuela de niñas implica la inamovilidad del cargo sin el consentimiento de la instituida, a no ser que haya motivos que justifiquen su deposición. Y si mi calidad de miembro de una comunidad es uno de estos motivos, el Gobierno debiera habérmelo advertido a su tiempo.
3.° Por lo tanto, sólo puede buscarse la razón de mi deposición en mi conducta o en el descuido en el cumplimiento de mis deberes, puntos sobre los cuales me someto gustosa al juicio de la intendencia local y del Inspector de las escuelas del distrito; y como no puedo creer que existan verdaderos motivos que justifiquen mi deposición, para el caso en que, a pesar de todo, se llevase a cabo, pido la conveniente pensión, a que juzgo tener perfecto derecho.
4.° En este caso estoy dispuesta, mediante estos módicos honorarios, a unirme a mis compañeras para dedicarme al servicio de los enfermos, como ellas lo vienen haciendo desde hace mucho tiempo, ya en su casa, ya a domicilio.
Ruego a la Diputación escolar de Hardt haga suyos mis deseos y se digne apoyarlos ante el Gobierno real, y me reconozca, con los sentimientos de la más alta consideración, por su humilde servidora. —Sor Luisa Parmentier.»
El Gobierno tuvo en cuenta esta exposición; depuso a la hermana de su puesto, pero le concedió una pensión de 200 thalers, o sea 600 marcos, o 750 francos. Al mismo tiempo se la autorizó para dar principio a un hospital, para el que una piadosa señora del lugar cedió una pequeña casa contigua a la escuela, con la carga de pagar a su madre, mientras viviera, una renta de 180 marcos. Otras personas piadosas ayudaron con sus limosnas a la instalación de doce camas y demás utensilios necesarios, continuando así esta pequeña obra por espacio de cuatro años, en medio de la mayor pobreza, pues las hermanas no tenían otros recursos que los 600 marcos de pensión, de los cuales había que descontar los 180 de alquiler.
En lo más riguroso de la persecución, habiéndose muerto los dos Sacerdotes del lugar, carecían de Misa y Comunión durante la semana, y los domingos venían por turno los Curas de alrededor a hora muy avanzada de la mañana. Tampoco tenían confesores, pero procuraban ir cada tres semanas a Colonia para confesarse.
J. Schneiber

 

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